Divertidas aventuras: 13

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Al día siguiente, revelé a de la Espada todos mis secretos, sin omitir ni aun el fracaso de mi última tentativa. Se echó a reír.

-¡No seas tonto! -dijo-. No te aflijas ni te desalientes. La muchacha está a punto, y sólo te falta la ocasión. ¡No vayas a asustarla! Por el contrario, inspírale la mayor confianza posible, y espera. La casualidad te proporcionará, indudablemente, algún momento de gran emoción para ella. Ése es el bueno, y habrá que aprovecharlo... Pero ¡ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y en cuanto llegue a descubrir tus intenciones, o su realización, si no te mata es muy capaz de casarte a la fuerza, tanto más cuanto que es íntimo amigo de tu padre.

-¡Bah! -repliqué-. Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. ¡Cuántos del pueblo, según tú mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para evitar que el escándalo fuese más grande!...

La oportunidad de que hablaba «el galleguito», como le decíamos, no tardó, efectivamente, en circunstancias trágicas para mí... Había conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos, exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la más deliciosa intimidad. Hablábamos de casarnos... hacíamos proyectos... Ella quería que viviésemos en casa de su padre, yo fingía que habitásemos en la nuestra, y sólo se arribaba a un acuerdo, cuando nos proponíamos hacer una sola de las dos familias, cosa fácil, dada la amistad que las vinculaba.

-¡Lo malo es que así nunca estaremos solos! -objetaba yo-. Siempre tendremos a uno de los viejos pisándonos los talones.

-¿Y eso, qué le hace? -replicaba Teresa-. Si no nos quisiéramos sería otra cosa, ¡pero nos queremos tanto!...

Pero vamos al caso. Una tarde, y como solía desde que yo iba «haciéndome hombre», Tatita me invitó a montar a caballo y acompañarlo hasta una chacra, a dos o más leguas del pueblo, donde tenía un negocio pendiente que era preciso arreglar sin pérdida de tiempo. Su invitación era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto más jovial compañero de viaje y jamás me he aburrido a su lado.

No tardaría mucho en hacerse noche, porque habían dado ya las siete, pero el asunto urgía y ambos estábamos acostumbrados a recorrer el campo a cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de mediodía, ni a las «luces malas» de la media noche. Llegamos a la chacra cuando acababa el día, con una puesta de sol admirable que envolvía la pampa entera en un manto de púrpura. Tatita arregló en un cuarto de hora o veinte minutos lo que tenía que arreglar, apretamos nuevamente la cincha a los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de noche. Sólo una línea pálida, al Oeste, señalaba el sitio por donde se había marchado el sol. El crepúsculo, engañoso, nos fingía paisajes desconocidos, contagiándonos con su propia vacilación. Sin dejar de ver, no discerníamos la naturaleza de las cosas vistas, y sólo una larga práctica nos permitía seguir sin desviarnos la cinta descolorida del camino.

-¡Vamos a llegar muy tarde! -exclamó de pronto Tatita-. Cortemos campo.

-¡Cortemos! -contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección a Los Sunchos, sin abandonar el galope.

El camino daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en la época de las lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una tercera parte tomando la línea recta, la cuerda, como si dijéramos, pero el proyecto no era muy cómodo, porque el campo, cubierto de grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tenía, además, vastos limpiones llenos de vizcacheras. Afortunadamente la pálida mancha de estos rompecabezas basta para advertir el peligro a un jinete experimentado, aun en la oscuridad de la noche, sobre todo si monta un caballo «baquiano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto campero.

Me adelanté, pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura, que evitaba matorrales y vizcacheras atenta a todos los detalles, moviendo sin descanso las orejas, y habría galopado un cuarto de hora, cuando me pareció oír un grito. Detuve en seco el caballo y escuché. No oí nada más, ni siquiera el galope del zaino de Tatita, cuyas herraduras debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado, dura entonces, por la sequía, como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba aquello? Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás a rienda suelta. Nada veía. Nada oía. Mi caballo dio de repente una terrible espantada junto a una vizcachera, y echó a disparar pesando violentamente sobre el freno. A duras penas logré contenerlo, y acariciándolo le obligué a volver al paso hacia la vizcachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo! Primero entreví, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas rotas, resollaba y resoplaba lastimosamente. Un poco más lejos estaba Tatita, tendido en la tierra petrificada de la vizcachera. Me tiré del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el corazón parecía no latir...

Volví la vista a todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado no pasaba nadie, sobre todo a aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar a Tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tenía a mi alcance para tratar de hacerlo volver en sí? No había otro partido que tomar. Lo recosté lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía, y, convencido de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la más desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían a la distancia.

Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo, de reconstruir el accidente; preocupado por un asunto que podía significarle la pérdida de una crecida suma de dinero, Tatita se había distraído, confiando en el instinto del viejo caballo, que conocía perfectamente el campo en muchas leguas a la redonda. Pero el zaino habría tenido también su momento de distracción, bastante para meter las manos en una cueva de vizcacha, «bolearse» y proyectar a su jinete a varios metros de distancia. El pobre Tatita debió dar con la cabeza en la tosca dura que rodeaba las vizcacheras... ¿Estaría muerto? ¡No! Semejante rodada no acababa con los gauchos de su temple. ¡No! Cuando mucho, sufriría un largo desmayo y la herida sería fácil de curar... La primera juventud se rebela contra la idea de la muerte.

Volví con gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo, mientras un hombre corría a avisar al médico y a buscar un coche. Yo esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto a emprender la marcha; pero seguía inerte, tibio aún, y no fue posible hacerle tragar una gota de ginebra, llevada a prevención. El doctor Merino, que llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el fallecimiento.

No omitiré aquí un episodio que, pese a las circunstancias trágicas, me ocupó un instante, produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno de los paisanos que me habían acompañado, oyendo que el zaino de Tatita resollaba y se quejaba casi como una persona, se acercó a examinarlo.

-Tiene las dos patas quebradas -dijo-. Hay que despenarlo.

Y sacando el facón de la cintura, con ademán resuelto, de un solo tajo lo degolló, consumando así, sin pensarlo, un sacrificio usual en la tumba de los antiguos señores de la pampa...

El cadáver del pobre Tatita fue tendido cuidadosamente en el carruaje, y yo lo seguí al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurría, como si yo también hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar al pueblo, nuestro pequeño grupo había aumentado considerablemente, y al pasar por las calles principales, dirigiéndonos a casa, formábamos ya un imponente cortejo: la noticia había cundido; los amigos, los indiferentes y los enemigos atraídos por la pena, la curiosidad o la disimulada satisfacción. Entretanto, algunas mujeres rodeaban ya a Mamita, preparándola para la horrible sorpresa. Al oírnos llegar, se precipitó hacia el carruaje, presintiendo que sólo encontraría un cadáver. La escena fue desgarradora, y entonces comprendí cuánto amaba mi pobre madre a aquel hombre que había vivido con ella treinta años de indiferencia y de abandono.

El velorio y los funerales hicieron época en Los Sunchos. Mamita, incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto a su esposo, dio carta blanca a amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante treinta y seis horas largas, alternándose el chocolate con los vinos y licores, los «churrasquitos» con el mate dulce o amargo, el puchero con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas.

Una nube de chinas de las casas amigas habían ido «a ayudar», convirtiendo la nuestra en pandemonium y la sala, el comedor, las habitaciones de respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban de política, contaban cuentos, jugaban a las prendas, iniciaban o continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que sólo faltó el baile, se prolongó hasta la hora de conducir los restos a su última morada.

Yo estaba aturdido. Tatita había sido tan bondadoso, tan camarada, que lo quería de veras, y su ausencia repentina e irrevocable, producíame, al propio tiempo que dolor, una rara sensación de espanto, como si me encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador. Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera, como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara por una confusa y angustiosa pesadilla...

Hubo discursos junto a la tumba de don Fernando Gómez Herrera, cuyo ataúd acompañó el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de víboras. Don Sócrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que era un prohombre a quien la patria y su partido debían sacrificios innumerables. Don Temístocles Guerra declaró que perdíamos en él un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podría ser reemplazado jamás. El doctor Argüello, senador de la provincia, que, con el diputado Quintiliano Paz, había ido expresamente a Los Sunchos, para honrar la memoria de Tatita, habló en nombre del poder ejecutivo y de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido cuando, en plena madurez, mayores servicios podía prestar a la patria.

Yo oía todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido, y no podría reconstruirlas ahora, si después no las hubiera escuchado cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas, siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo de la personalidad a quien se honraba, siempre sin proporción ni medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, lo hubiesen sido también en la existencia.

A la puerta del cementerio, acompañado por el cura, don Jenaro Cecchi, por algunos presuntos parientes de Papá o de Mamá, y por don Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estreché una tras otra todas aquellas manos indiferentes, y escuché de aquellas bocas sin emoción las rituales palabras de pésame. Esta larga, esta interminable ceremonia fue para mí una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que la antevíspera había recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volví a casa, en un estado de estupor, sólo comprensible si me digo que la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes catástrofes, anestesiándolo en cierto modo, hasta que empieza a acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompañaban.

En casa, y con otras señoras y niñas, Teresa trataba de consolar a Mamita que, encerrada en su cuarto, a oscuras, llorando y rezando, no quería ver a nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno. Me tuvo abrazado largo rato, cubriéndome de besos y bañándome en sus lágrimas.

A la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que quedó para acompañar a mi madre y manejar la casa, por indicación de don Higinio.

Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda aflicción, me habló más tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante en que nos abrazamos, perdida la cabeza.

Y éste fue el momento de gran emoción de que hablara de la Espada.




Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira de Roberto Payró

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