El rey del mar: Capítulo II

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El rey del mar
Capítulo II: Un audaz golpe de mano
de Emilio Salgari


Cuando Tremal-Naik y Damna vieron entrar a Yáñez, vestido de aquel modo tan desusado de él, se levantaron como movidos por un resorte, y quedaron con la boca abierta, a punto de proferir un grito de sorpresa, que hubiera sido muy natural en aquella ocasión, pero que el audaz portugués temía grandemente, por sus fatales consecuencias. Una rápida mirada de éste lo detuvo a tiempo en los labios de ambos.

Por fortuna, el capitán Moreland, que daba la espalda a la puerta y a quien se le enredó la correa del sable en el respaldo de la silla, cuando iba a levantarse, no pudo sorprender aquella imperiosa mirada.

El portugués dio media vuelta sobre los talones, se cuadró y llevó la diestra a la visera del casco de corcho cubierto de franela blanca, y saludó militarmente.

El capitán era un arrogante joven de unos veinticinco años, de elevada estatura, con ojos negros que parecían llamear, una barba fina y negra que le proporcionaba un aspecto altivo, y la piel muy bronceada. Diríase que le corría por las venas más sangre indostana o malaya que europea, a pesar de la pureza de líneas de sus facciones, que eran más caucásicas que indostanas.

-¿De dónde viene, señor teniente? - preguntó en purísimo inglés, después de haberle mirado largamente.

-Vengo de Kohong a traer a usted víveres, de parte del gobernador. ¿No los esperaba usted, capitán?

-Sí; había pedido provisiones, porque aquí no es posible encontrarlas.

-Botellas y productos europeos, ¿no es eso?

-Sí, es verdad - contestó el capitán -. Pero no era necesario que me enviaran un oficial para traerme eso: bastaba con algunos soldados.

-No se atrevía a comunicarles las noticias que me ha encargado que transmita a usted personalmente.

-¿Noticias?

-¡Y graves, sir Moreland!

-¿Es usted el comandante de la guarnición de Kohong?

-Sí, capitán.

-Usted no es inglés.

-No, señor; soy español, y desde hace algunos años estoy al servicio del rajá de Sarawak.

-¿Y qué es lo que tiene usted que decirme?

Yáñez señaló a Tremal-Naik y a Damna, que permanecían en pie, inmóviles y llenos de asombro, pero sin pronunciar una sola palabra ni hacer el más pequeño movimiento que pudiera poner en guardia al capitán.

-¡Tiene usted razón! - dijo sir Moreland, sonriendo -. ¡Son mis prisioneros!

Se volvió hacia Tremal-Naik y Damna, y les dijo con extremada cortesía:

-Dispénsenme ustedes que me ausente por algunos minutos.

«¡Vaya! - pensó Yáñez -. ¡No les trata como a prisioneros, sino como a huéspedes! ¿Qué es lo que significa esto? ¡Aquí hay gato encerrado!»

Siguió la dirección de la mirada del capitán, y vio que la fijaba insistentemente en la muchacha, la cual bajó los ojos ruborosamente.

«¡Ah! ¡Demonio! - pensó el portugués, arrugando el entrecejo -. Parece que se entiende la sangre angloindia. ¡Tendría que ver!»

El capitán abrió una puerta lateral, e introdujo a Yáñez en un gabinete muy elegante y amueblado al estilo de la India, con ricos tapices, muebles ligeros, pequeños divanes de telas orientales con hilos de oro, y grandes vasos de bronce con relieves colocados en los ángulos.

Una lámpara en forma de globo, un poco opaca y de color azulado, esparcía una luz ligeramente velada sobre los tapices, haciendo brillar sus recamados argentinos.

-Nadie puede oírnos, teniente - dijo el capitán, después de haber cerrado la puerta con llave y haber dejado caer un pesado cortinón de brocado antiguo.

-¿Sabe usted, capitán, que los tigres de Mompracem han declarado la guerra a Inglaterra y al rajá de Sarawak, su protegido? - dijo Yáñez,

-Ayer me lo comunicó el rajá por medio de un correo - contestó sir Moreland -. Pero, ¿es que están locos?

-No tanto corno usted cree - respondió Yáñez -, Recuerde usted que fue Sandokán el que deshizo y arrojó de aquí a James Brook, cuando éste se hallaba en todo su auge y se creía invencible.

-¡Aquéllos eran otros tiempos, teniente! Y, además, ¡desafiar a Inglaterra! ¿Ignoran, Quizá, que el poderío naval inglés es temido, incluso por los Estados europeos? Esos locos harán algún crucero con sus praos por estas aguas, y a los primeros cañonazos quedarán deshechos.

-En eso Precisamente es en lo que está usted equivocado, sir Moreland. No es con sus veleros con lo que emprenderán la guerra. Ayer se vio un enorme barco de vapor a veinte millas mar adentro de Kohong, y llevaba enarbolada la bandera roja de los tigres de Mompracem.

El capitán se sobresaltó.

-¿Cómo es eso?

-Y, según parece, se dirigía hacia estas costas.

-¿Le ha encontrado usted?

-No, capitán.

-¿Y qué es lo que vienen a hacer aquí? ¿Sabrán que tengo anclado mi barco en la segunda boca del Redjang?

-El gobernador de Kohong cree que tratan de asaltar el fortín de Macrae, para libertar a los dos prisioneros, y por eso me envía para que advierta a usted que se los mande en seguida. Yo tengo el encargo de conducirlos en la lancha de vapor que se halla estacionada en la rada.

-Están más seguros a bordo de mí barco.

-Los expone usted a los riesgos de una batalla; sobre todo, siendo ya ahora muy dudosa la victoria. El gobernador preferiría que usted se los enviase. Según tengo entendido, ese mismo deseo se lo ha manifestado también al rajá de Sarawak. Dice que hay que retener, aun cuando sea en calidad de huéspedes, a esas dos personas, para oponer así un obstáculo a la audacia de Sandokán, e impedirle que insurreccione a los dayakos del interior, que siguen siendo aliados suyos desde los tiempos de James Brook.

Sir Moreland permaneció silencioso durante unos instantes, y parecía presa de una preocupación muy honda; al fin, después de algunos momentos de silencio, dijo, con una inflexión de tono muy particular, que no se le escapó al portugués:

-También yo tengo por eso prisioneros a Tremal-Naik y a Damna.

Se pasó la mano por la frente, con un movimiento nervioso, y suspiró.

-¡La fatalidad del Destino! - dijo, como hablando consigo mismo.

Yáñez le observaba atentamente, mientras pensaba:

«¡Qué demonio! ¿Se habrá enamorado este angloindio de los ojos de Damna? ¡Por Dios vivo que me parece un hermoso joven, lleno de fuego y de atrevimiento, y se me figura que es un hombre leal! ¡Probemos a ablandarle!»

Y ya en voz alta, preguntó:

-¿Qué decide usted, capitán?

-El gobernador de Kohong puede estar en lo cierto - contestó sir Moreland, después de un breve silencio -. Los prisioneros serían para mí un embarazo a bordo de mi barco. Además, nunca se puede saber cómo va a terminar una batalla, sobre todo cuando esos terribles piratas andan por medio. Tengo gran confianza en el poder y en la solidez de mi barco y en el valor de mis hombres, que he escogido cuidadosamente, y también en la potencia de mis cañones, que son de los más modernos; pero desconozco la fuerza de mis adversarios, y podría tocarme la peor parte. ¿Cree usted que sabrán dónde está mi Sambai?

-¿Es ése el nombre de la nave de usted?

-Sí - contestó el capitán.

-En Kohong se cree que el Tigre de Malasia y Yáñez lo saben, y no dudan en que le acometerán de un momento a otro.

-Entonces confiaré a usted los dos prisioneros. Pero, ¿me responde usted de ponerlos a salvo?

-Seguiré, la costa marchando por detrás de las escolleras. En aquellos canales interiores hay poca agua, y el barco de los piratas de Malasia no podrá seguirme. ¡Respondo de ellos, capitán!

-Seria mejor que aprovechase usted la oscuridad de la noche.

-Precisamente eso mismo era lo que quería proponer a usted - dijo Yáñez, que a duras penas contenía su alegría.

-¿Cuántos hombres tiene usted?

-Diez aquí y dos en la rada.

-Puede usted utilizar la barcaza de vapor, y de ese modo llegarán a Kohong al amanecer.

-¿Y usted, capitán?

-Yo saldré al mar para ir en busca del Tigre de Malasia. ¡Deseo medirme con ese hombre!

-¿Le odia usted?

-Es un pirata a quien ya es tiempo de domar - se limitó a contestar el capitán -. ¡Sígame usted!

Abrió la puerta y volvió a entrar en el saloncito donde todavía estaban Tremal-Naik y Damna.

-¡Prepárense ustedes para marchar! - dijo, mirando de un modo particular a la muchacha.

-¿Adónde quiere usted llevarnos, capitán? - preguntó Tremal-Naik.

-He recibido orden para que los conduzcan a ustedes a Kohong.

-Pero, ¿es que alguien amenaza al fortín?

-A esa pregunta no puedo contestar.

Yáñez hizo un gesto, fingiendo aprobar lo dicho,

Sir Moreland indicó a los dos prisioneros que debían ir a prepararse; luego, destapó una botella, llenó dos copas y ofreció una al portugués.

-Usted me responde de que no permitirá que los hagan prisioneros, ¿verdad? - preguntó el angloindio, después de haber bebido su copa.

-Si veo algún peligro, me echaré sobre la costa, capitán - contestó Yáñez.

-Los soldados que usted trae, ¿Son gente aguerrida?

-Son los mejores de la guarnición de Kohong. ¿Cuándo voy a tener el honor de volver a ver a usted?

-Pienso zarpar al amanecer y me dirigiré en seguida hacia la ciudadela; a no ser que me detengan los piratas de Malasia. Todavía no desespero de poder vencerlos.

Yáñez esbozó una ligera sonrisa irónica.

-Confío en que así será, capitán - dijo -. ¡Ya es hora de acabar con esos peligrosos salteadores de los mares!

En aquel momento entraban en el saloncito Tremal-Naik y Damna. El primero se había puesto un gran turbante, y la muchacha se había echado sobre los hombros un manto de seda blanca que la envolvía por completo.

-Les daré a ustedes escolta hasta la playa - dijo el capitán -, aun cuando no hay nada que temer.

Al escuchar esta resolución de sir Moreland, Yáñez frunció ligeramente el entrecejo.

-¿Piensa llevar gente consigo? - murmuró, bastante contrariado, pero tan bajo que nadie podía oírle -. ¡Bah! Los reduciremos a la obediencia tan pronto como estemos a la vista del mar.

Salieron todos juntos al patio, donde se encontraban los diez piratas alineados y apoyados en sus carabinas. Cuando vieron aparecer al capitán, presentaron armas con- tal precisión, que el propio Yáñez quedó asombrado.

-¡Son hombres fuertes! - dijo sir Moreland, después de haberlos mirado uno por uno -. ¡Vámonos!

Cuatro de los piratas formaron la vanguardia; detrás se pusieron Yáñez y Tremal-Naik y en seguida, a corta distancia, Damna con el capitán; en último término iban otros seis hombres. Los que iban delante llevaban un farol y tres antorchas para alumbrar el camino, pues el cielo había vuelto a cubrirse con un espeso velo de bruma que impedía que las estrellas proyectaran esa vaga luz que despiden principalmente en la límpida atmósfera de las regiones ecuatoriales.

Un profundo silencio reinaba en la llanura, sobre la cual se elevaba la colina, y sólo era interrumpido por los pasos ligeros del grupo. Incluso la resaca parecía haberse calmado, probablemente a causa del reflujo del mar.

Yáñez iba callado; pero de vez en cuando cambiaba una mirada con Tremal-Naik y le daba con el codo, como recomendándole la mayor prudencia. Detrás de ellos, el capitán dirigía a la joven algunas palabras en voz tan baja, que por más que el portugués aguzaba el oído, no lograba captarlas.

Los piratas, por su parte, caminaban mudos como peces, con el dedo apoyado en el gatillo de sus carabinas, y dispuestos a lanzarse sobre el capitán a la primera orden.

Descendieron de la colina, y siguieron avanzando por entre las plantaciones. Como la senda era muy estrecha, Yáñez aprovechó esta circunstancia para alejarse del capitán.

-Es preciso que estés dispuesto a todo -susurró a Tremal-Naik, tan pronto corno estuvo seguro de que no podían oírle.

-¿Y Sandokán? -preguntó en voz baja el hindú.

-Nos espera dando bordadas.

-¡A qué riesgos acabas de exponerte, Yáñez!

-Había que intentar un golpe de audacia, porque sin vosotros no estábamos libres para dar principio a las hostilidades.

-¿Qué vas a hacer con el capitán? Te pido su libertad, pues él personalmente no nos ha tratado como a prisioneros, sino como a huéspedes.

-No tengo intención alguna de matarle. Asesinarle sería una villanía. ¿Quién es ese hombre?

-Un inglés que está al servicio del rajá, y que antes perteneció a la marina angloindia.

-¿Ese hombre inglés, con esa piel tan bronceada y con esos ojos tan negros? No; más bien creo que es angloindio.

-Yo también he sospechado lo mismo; pero sea lo que fuere, con nosotros se ha portado como un perfecto caballero.

-¡Silencio, ya estamos en el mar!

Pocos minutos después llegaban a la playa, junto al lugar donde se encontraba la chalupa embarrancada en la arena. A una distancia de tres o cuatro cables, humeaba la chimenea de la barcaza. El maquinista americano no había perdido el tiempo.

-¡Empujad hacia el agua la chalupa! - ordenó Yáñez.

Mientras cuatro de los piratas ejecutaban la orden, los restantes se habían colocado en derredor del grupo formado por Tremal-Naik, Damna y el capitán.

Sambigliong se colocó detrás de este último.

En cuanto Yáñez vio que la chalupa ya flotaba, se acercó a sir Moreland, que estaba cerca de Damna y le tendió la mano, diciéndole:

-¡Confíe usted en mí, capitán! ¡Pondré a salvo los prisioneros!

Mientras pronunciaba estas palabras le apretó con tal fuerza la mano al angloindio, que le hizo crujir los dedos y le paralizó el brazo.

Mientras le tenla cogido de este modo para impedir que desenvainara el sable, Sambigliong cogió al capitán por la mitad del cuerpo y le echó al suelo.

Sir Moreland dio un grito de furor.

-¡Ah! ¡Miserables!

Los piratas se precipitaron sobre él, y en un abrir y cerrar de ojos le ataron las manos atrás y le quitaron el sable y las pistolas que llevaba al cinto.

En cuanto pudo ponerse en pie, pues le habían dejado libres las piernas, hizo ademán de arrojarse sobre Yáñez, que le miraba sonriendo silenciosamente.

-¿Qué significa esta agresión? - gritó, pálido de ira -. ¿Quién es usted?

Yáñez se quitó el casco y saludándole con ironía, contestó:

-¡Tengo el honor de presentarle los saludos de mi amigo el Tigre de Malasia!

-¿Y quién es usted?

-Yáñez de Gomara, sir Moreland.

La sorpresa que le produjo al joven capitán tal revelación fue tan enorme, que durante algunos instantes no pudo pronunciar ni una sola palabra.

-¡Yáñez! - exclamó al fin, mirándole casi con terror -. ¡Usted, el compañero del Tigre de Malasia!

-¡Tengo ese honor! - repuso el portugués.

El capitán volvió los ojos hacia Damna. La jovencita no había dado el más ligero grito, ni hecho el más mínimo movimiento durante aquella agresión imprevista. Había permanecido inmóvil y silenciosa a cinco pasos del angloindio, aun cuando su palidez demostraba la angustia que sentía.

-¡Si se atreve usted, máteme! - dijo, volviéndose hacia Yáñez.

-Caballero, nos llaman piratas, pero sabemos ser generosos; mucho más generosos que otros - respondió el portugués -. Si yo hubiese caído en manos del rajá, a estas horas ya me hubiese fusilado, en cambio, yo, señor, le concedo a usted la vida.

-Que yo te habría pedido - dijo Tremal-Naik.

-Y que yo no te hubiera rehusado - añadió Yáñez.

-Entonces, ¿qué es lo que quiere usted hacer conmigo? - preguntó el capitán, apretando los dientes.

-Dejarle en libertad, señor, para que regrese a Macrae.

-Es que tal vez se arrepienta usted de esa generosidad, porque mañana les daré caza a ustedes con mi barco.

-Y encontrará en su camino a un adversario digno de usted - contestó Yáñez -. Si quiere usted esperar a la tripulación de la barcaza, aquí estará dentro de pocos minutos.

-¿Se han rendido esos cobardes?

-Los hemos sorprendido y no podían medirse con nosotros. ¡Capitán, buenas noches y buena suerte!

-¡Nos veremos más pronto de lo que usted cree!

-¡Les esperaremos, sir Moreland! ¡Eh! ¡Embarcaos!

Tremal-Naik cogió de una mano a Damna, que no había dicho una palabra, y la llevó dulcemente a la chalupa, donde la hizo sentarse a popa; después se embarcaron los demás.

Mientras tanto, el capitán se paseaba nerviosamente por la playa, tratando de romper las ligaduras que le sujetaban las manos.

La chalupa se dirigió rápidamente hacia la barcaza, cuya chimenea seguía humeando, y que tenía encendido el farol de la proa.

Después de haber estrechado la mano del portugués y de haber dado las gracias con una sonrisa, Damna habla apoyado un codo en la borda de popa, y miraba, fijamente a la playa.

El capitán había cesado de pasear. Erguido sobre una pequeña duna, miraba cómo se alejaba la chalupa; aunque no era ciertamente la barca lo que miraba.

-Y bien, Tremal-Naik; ¿qué me dices de este golpe de audacia? - preguntó Yáñez, riendo.

-¡Que eres el demonio! - contestó el hindú -. No dudaba de que algún día vendrías a rescatarnos; pero nunca creí que fuese tan pronto. ¿Cómo habéis sabido que nos habían conducido a Macrae?

-Lo supimos en Labuán. Después te contaré todo cuanto ha sucedido desde que os hicieron prisioneros. Por ahora tan sólo te diré que poseemos uno de los más poderosos navíos del mundo, y que nos disponemos para hacer la guerra al rajá de Sarawak y a Inglaterra, porque queremos vengarnos de que nos hayan arrojado de Mompracem.

-¿Os atrevéis a tanto?

-Y además debo añadir otra cosa, que va a dejarte asombrado.

-¿Cuál?

-Que aquel peregrino que nos dio tanto quehacer era un emisario del hijo de Suyodhana.

-¿Qué dices?

-En cuanto estemos a bordo del buque te lo explicaremos mejor. Ahora dime si hubieras pensado jamás en que Suyodhana tuviera un hijo.

-Jamás he oído decir eso; ni tampoco se me habría ocurrido pensarlo, porque el jefe de los thugs no podía tener mujer. ¡Entonces él ha sido el que desde un principio nos ha traído esta guerra!

-En la que le apoyan Inglaterra y el rajá de Sarawak.

-¿Y cómo es posible que los ingleses dispensen su protección al hijo de un thung para que venga a luchar contra nosotros, que hemos librado a la India de esa plaga que la deshonraba?

-Eso es un misterio que todavía no hemos logrado esclarecer.

-¿Y dónde está ese hombre?

-Eso es otro misterio, querido Tremal-Naik. Esperemos a ver si le encontramos para hacer con él lo que hicimos con su padre. ¡Señor Horward!

La chalupa había llegado junto a la barcaza, y el americano subió a la cubierta.

-¿Todo ha salido bien, señor Yáñez?

-Mejor no era posible. ¿Está la máquina en presión?

-Desde hace una hora.

-¿Y los prisioneros?

-Parecen conejos.

-¡Muchachos, a bordo!

Ayudó a subir a Damna a la barcaza y tras ellos subieron todos.

-¡Apresurémonos! -dijo Yáñez.

Mandó desatar uno a uno a los indios que componían la tripulación de la barcaza, deslizó en el bolsillo del sargento un puñado de libras esterlinas y les ordenó trasladarse a la chalupa mientras les decía:

-El capitán Moreland os espera en la playa. Saludadle en mi nombre y dadle las gracias por la barca de vapor que me ha regalado. Señor Horward, a todo vapor.

El americano hizo silbar la máquina repetidas veces, como si se despidiese irónicamente de los hombres de la chalupa, y una vez levada el ancla, la barcaza bogó con rapidez hacia la salida de la bahía.

Yáñez confió la barra del timón a Sambigliong y se fue hacia la proa para colocarse junto a Tremal-Naik, que sondeaba atentamente las tinieblas, procurando descubrir el buque de Sandokán, que debía de estar surcando las aguas a poca distancia de la costa.


Como llevaba todas las luces de a bordo apagadas, no resultaba fácil poder divisarlo.

-Se habrá ido mar adentro, a no ser que durante mi ausencia haya ocurrido alguna novedad - dijo Yáñez a Tremal-Naik, que le interrogaba -. Hemos sabido por un prao que venía a Labuán, que una escuadrilla de cruceros había salido del puerto de Victoria con la intención de darnos caza.

-¿La habrá encontrado Sandokán?

-Hubiéramos oído los cañonazos. Además, Sandokán no es hombre que se deje sorprender, sobre todo con el barco que ahora posee. ¡Allá veo espumear algo!

¡Es nuestro buque, no hay duda! ¡Señor Horward, cargue usted las válvulas!

La barcaza, que funcionaba estupendamente, avanzaba con gran rapidez sobre el oscuro mar, dejando a popa una estela que a veces era luminosa por efecto de un principio de fosforescencia.

De pronto una enorme mole que se deslizaba sobre el agua con un sordo fragor, apareció ante la chalupa de vapor cortándole el camino, y una voz formidable gritó:

-¡Apuntad el cañón de proa!

-¡Alto! -ordenó Yáñez con rapidez-, ¡Eh, Sandokán, echa la escala! ¡Son los tigres de Mompracem que vuelven!

La barcaza, que había moderado la marcha, abordó a la enorme embarcación muy cerca del costado de estribor, bajo la escala que había descendido de un solo golpe.