El rey del mar: Capítulo XI

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El rey del mar
Capítulo XI: El crucero del rey del mar de Emilio Salgari

Cuarenta y ocho horas más tarde, el Rey del Mar; que había reemprendido su ruta rumbo a Poniente, para esperar al pairo a los barcos que venían de la India, de las grandes islas de Java y de Sumatra, y que se dirigían directamente por los mares de la China y del Japón, avistó un penacho de humo a unas quinientas; millas de distancia del grupo de las Burguram.

-¡Barco de vapor! -dijo Kammamuri, que estaba de guardia en la cofa del trinquete.

Sandokán, que en aquel momento se hallaba comiendo con sus amigos y con el jefe de las máquinas, se apresuró a subir al puente, al mismo tiempo que ordenaba:

-¡Reavivad los fuegos! ¡Los artilleros, a los cañones de las torres!

Toda la tripulación subió a la cubierta, sin excluir la guardia franca, pues nadie podía suponer con qué clase de barco iba a tener que vérselas el Rey del Mar.

Como el crucero se encontraba todavía a muy poca distancia de las islas de Borneo, podía darse el caso de que se topara de improviso y de manos a boca con algún buque de guerra que se encaminase hacia Labuán o hacia Sarawak.

El Tigre de Malasia escudriñaba el océano utilizando un anteojo de gran alcance. Por el momento no se vela más que una columna de humo que se destacaba en el luminoso horizonte; pero el barco no debía de tardar en aparecer, pues el Rey del Mar Iba a su encuentro con una velocidad de doce nudos.

-¿Qué es, Sandokán? -preguntó Tremal-Naik, que se le había acercado.

-¡Un poco de paciencia, querido mío! -contestó el formidable pirata.

-¿Y si ese barco no es inglés?

-Se le saluda y se le deja marchar, pues no vamos a ponernos en guerra con el mundo entero.

-¿Lo ves?

-Ahora comienzo a distinguirle, y me parece que es un vapor mercante, porque no veo el gallardete rojo de los buques de guerra. Ya se destaca en el horizonte la arboladura. Bastará disparar un cañonazo sin bala para detenerle. Ordena que Sambigliong disponga cuatro chalupas con algunas ametralladoras, y que se armen sesenta hombres.

-¿Le abordaremos? -preguntó Kammamuri.

-Si es inglés, como supongo, sí. Nuestro crucero empieza mejor de lo que esperábamos, teniendo en cuenta los pocos días que hace que hemos dado principio a las hostilidades.

La distancia se acortaba rápidamente, pues el Rey del Mar aumentaba la velocidad, con objeto de estar en condiciones de impedir la fuga al vapor, que parecía de muy buena marcha.

Los hombres de vigía en la plataforma reconocieron la bandera desplegada en el asta de popa, y la noticia fue saludada con un grito de júbilo.

-¡No me había equivocado! -dijo Sandokán -. ¡Ese barco es inglés!

Inspeccionó rápidamente las chalupas, que ya habían bajado hasta las portas, y los sesenta hombres que debían ocuparlas; en seguida dio la orden de dirigir el crucero sobre el vapor de modo que le atajase el camino.

Aquel barco, probablemente, procedía de los puertos de la India. Era un gran vapor de más de dos mil toneladas, con dos mástiles y dos chimeneas.

Sobre la toldilla había una multitud de gente que se agolpaba en la obra muerta, atraída por la presencia de aquel buque de guerra que con tanta velocidad se dirigía hacia ellos.

En cuanto estuvieron a unos mil metros de distancia, Sandokán mandó desplegar su bandera en el palo de mesana y disparar un cañonazo sin bala, lo cual significaba: «¡Deteneos!»

Al oír aquella intimidación Inesperada, se produjo gran confusión a bordo del vapor. Viose a los marinos y a los pasajeros correr hacia la proa, y sus gritos llegaban claramente hasta el buque corsario.

La vista de aquella bandera, tan conocida en los mares de Malasia, debió de producir en todos una Impresión enorme, y mucho más porque el Rey del Mar continuaba corriendo como si quisiera pasar por ojo al pobre barco.

Durante algunos minutos se vio que el buque viraba unas veces hacia babor, otras sobre estribor, como si dudara acerca del camino que debía emprender; pero una bala, disparada por una de las piezas de caza, y que pasó silbando sordamente sobre la toldilla, los decidió a detenerse.

-¡Máquinas atrás! -ordenó Sandokán -. ¡Al agua las chalupas, y a sus puestos los hombres de desembarco! ¡Tú, Yáñez, encárgate del mando!

El portugués se ciñó el sable que le había llevado Sambigliong, se puso en el cinto las pistolas, y descendió en la chalupa más grande, tomando asiento junto a Tremal-Naik.

El vapor se había detenido a ochocientos metros de distancia, considerando inútil toda resistencia contra aquel crucero formidable, que con una sola descarga le hubiera echado a pique.

Los pasajeros, agolpados en la toldilla, proferían gritos ensordecedores, creyendo que había llegado su última hora.

Las cuatro chalupas, tripuladas por los sesenta hombres, armados con carabinas y kampilangs, se pusieron rápidamente en marcha en dirección al vapor, mientras que los artilleros del Rey del Mar apuntaban dos piezas de las torres de babor, dispuestos a hacer fuego al menor indicio de resistencia por parte de los Ingleses.

Cuando las chalupas se hubieron aproximado al vapor, y estaban a una distancia de trescientos pasos, Yáñez ordenó imperiosamente a los marinos Ingleses que bajasen la escala, amenazando con hacer fuego si no le obedecían.

A bordo hubo unos momentos de confusión y de duda. Aparecieron en las bordas algunos marineros armados de fusiles, como si tuviesen intención de oponer resistencia; pero los, furiosos gritos de los pasajeros, que no querían, como es de suponer, exponerse al peligro de que la formidable artillería del corsario los echase a pique, les obligaron a retirarse, y la escala descendió de un solo golpe.

Yáñez, seguido de Tremal-Naik, Kammamuri y doce hombres, se lanzó, hacia la plataforma, desenvainando su sable inmediatamente.

El capitán del barco le esperaba rodeado de sus oficiales, mientras que los pasajeros, que serían aproximadamente unos cincuenta, se agolpaban detrás, mudos y aterrorizados.

El capitán era un hombre arrogante, de alta estatura, rostro enérgico y bronceado por el sol de los trópicos, con el pelo negro y la barba rizada; en fin, un tipo soberbio de marino.

Al ver aparecer a Yáñez con el sable desenvainado, palideció, y en seguida arrugó el entrecejo.

-¿A qué debo el honor de esta visita? -preguntó, con voz temblorosa por la ira.

-¿Ha visto usted los colores de nuestra bandera? -preguntó a su vez el portugués, tras un gesto irónico de saludo.

-Sé que los piratas de Mompracem tenían en otro tiempo un estandarte rojo con una cabeza de tigre.

-Entonces me permitirá usted que le notifique que esos piratas han declarado la guerra a la nación de ustedes y al rajá de Sarawak.

-Me habían asegurado que ya no hacían el corso.

-Y es verdad, señor mío; pero el Gobierno de ustedes ha provocado a los tigres de Mompracem, y éstos han vuelto a tomar las armas.

-En conclusión, ¿qué es lo que quiere usted?

-Concederles veinte minutos para que puedan embarcarse en las chalupas, y echar a pique este barco.

-¡Eso es un acto de piratería!

-Llámelo usted como mejor le plazca; eso no me importa -respondió Yáñez -. ¡U obedecen ustedes, o se ahogan! ¡Ustedes escogerán!

-Concédame usted algunos minutos para que pueda, consultar con mis oficiales.

-No le concedo más que veinte; una vez hayan transcurrido, nos retiraremos y el crucero abrirá fuego, estén ustedes a bordo o no. Apresúrense, porque tenemos prisa.

El capitán, que hacía grandes esfuerzos por dominarse, llamó a consejo a sus subordinados; casi en seguida dio las órdenes para echar las chalupas al mar, y mandó descender, ante todo, a los pasajeros.

-Cedo a la fuerza, porque no puedo oponer resistencia -dijo a Yáñez -; pero apenas hayamos llegado a Natuna o a Banguram, daré parte telegráficamente al gobernador de Singapoore.

-Nadie se lo impedirá a usted -contestó Yáñez -. Mientras tanto, debo hacerle observar que ya van diez minutos transcurridos y que permito que los pasajeros y la tripulación se lleven consigo cuanto posean.

-¿Y la cala de a bordo?

-Nosotros no sabríamos qué hacer con ella; si a usted le desagrada perderla, puede llevársela.

Mientras tanto, los marineros habían echado al agua todas las lanchas, después de haberlas provisto de víveres por varios días, remos y velas.

El capitán dio la orden de embarco, y éste comenzó, haciendo bajar primero a las mujeres y después a los demás pasajeros. Los últimos en embarcarse fueron los oficiales, que llevaban los papeles de a bordo y la caja.

-¡Inglaterra vengará este acto de piratería! -dijo el capitán del vapor, que estaba muy conmovido.

Yáñez saludó sin replicar.

En cuanto el barco quedó desierto, los malayos de las barcas subieron a bordo, mientras que las chalupas de vapor del Rey del Mar se acercaban rápidamente,

Se abrieron las carboneras con objeto de sacar el combustible, que era muy escaso, porque el vapor debía hacer escala en Saigón para renovar sus provisiones, y comenzó a toda prisa la faena.

Dos horas después, los malayos abandonaban, a su vez, el buque. Todavía estaban a la vístalas chalupas que conducían a la tripulación y a los pasajeros.

-¡Dos cañonazos en la línea de flotación! -ordenó Sandokán.

Poco después, dos granadas hundían el costado de babor del buque, abriéndole dos enormes brechas, a través de las cuales se precipitó el elemento líquido.

Al cabo de cuatro minutos desaparecía la nave en los abismos del mar de la Sonda, produciéndose una explosión tremenda al estallar sus calderas. El Rey del Mar volvió a emprender su crucero, y se alejó hacía el Sudoeste.

A la mañana siguiente, un velero inglés sufría la misma suerte, después de haberle tomado una parte de su cargamento, que consistía en pescado seco, y que iba consignado a los puertos de Hainán. Igual fin tuvieron otros buques de vapor y de vela, que fueron a hacerse mutua compañía en los profundos abismos del océano.

El crucero batía las líneas de navegación sin que nadie se lo estorbase, llevando el corso desde las costas de Borneo hasta dar vista a la isla de Anaba, atajando en su camino a los barcos que procedían del estrecho de Malaca directamente, de los mares de la China y del Japón.

Ya habrían echado a pique a cañonazos otros treinta barcos, causando enormes pérdidas a las compañías navieras, cuando un día, un prao bornés anunció a aquellos terribles destructores que había visto en aguas de Natuna una escuadra compuesta de varios buques de guerra.

Probablemente, se trataba de la de Singapoore, enviada para cañonear al buque corsario. Aquel mismo día se reunieron en consejo Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y el ingeniero Horward, quienes decidieron suspender el crucero y dirigirse sin vacilar a Sarawak en busca del Mariana, que debía de estar esperándolos en la boca del Sedán.

Además, sus amigos y antiguos aliados los dayakos debían de haber comenzado ya a invadir el sultanato; por lo tanto, aquél era el momento preciso para atacar por mar al rajá y hacerle pagar cara su cooperación en la conquista de Mompracem.

En vista de esta determinación, el Rey del Mar, que tenía llenas las carboneras y llevaba también gran cantidad de combustible en la estiba, hizo rumbo hacia el Sudeste, pues antes quería Sandokán cerciorarse de si los ingleses seguían todavía en su isla.


Ordenó que pusieran el máximo de velocidad en la máquina, y el crucero devoraba las millas. Durante cuarenta y ocho horas navegó hacia Borneo, sin tener un mal encuentro, a pesar de que todos estaban seguros de que por aquellos mares, y con objeto de sorprenderlos, cruzaba una gran escuadra.

Hacia la puesta del sol del segundo día, llegaba el Rey del Mar a la vista de Mompracem, el antiguo refugio de los tigres de Malasia.

Sandokán y Yáñez, profundamente emocionados, volvieron a ver su isla, desde la cual, y con sólo sus praos, habían hecho temblar durante largos años al poderoso leopardo inglés.

Cuando se acercaron al cabo oriental, en que se abría una rada pequeña, ya la noche había cerrado hacía algunas horas; pero la espléndida luz de la luna permitía distinguir la gran roca en que había ondeado orgullosamente en otros días la terrible bandera del Tigre de Malasia.

La casa que sirvió de refugio a los dos jefes piratas, ya no se veía. En su lugar, se alzaba un fortín, probablemente bien artillado, para impedir que los últimos tigres, errantes por el mar, intentasen la reconquista de su madriguera. En el fondo de la rada se distinguían también confusamente obras de defensa, bastiones y elevados recintos.

Apoyado en la borda de popa, sin decir palabra, con los ojos turbados y ensombrecido el rostro, Sandokán miraba su antigua morada; por la expresión de su semblante, se adivinaba fácilmente que su corazón sangraba en aquellos momentos.

Yáñez, que estaba a su lado, le puso una mano en la espalda y le dijo:

-El día menos pensado la reconquistaremos, ¿verdad, Sandokán?

-¡Sí! -contestó el pirata, tendiendo el puño a la Isla de un modo amenazador -. ¡Sí! ¡Y ese día los arrojaremos a todos al mar, pero sin misericordia!

Volvió la mirada hacia el océano, que brillaba bajo los rayos de la luna.

-¡De nuevo vuelve a acometerme un deseo furioso de destrucción! -dijo -. ¡Delante de mí veo sangre!

Casi en aquel mismo instante, se oyeron unos gritos procedentes de la proa:

-¡Allí! ¡Allí! ¡Miren ustedes!

Sandokán y Yáñez se precipitaron hacia la amura de babor, al ver que los hombres de guardia se lanzaban a través de la toldilla.

-¡Faroles! -exclamó el portugués.

-¡La sangre que buscaba! -gritó Sandokán, en cuyo corazón parecían haberse despertado de golpe sus antiguos instintos de ferocidad.

Hacia levante, y en dirección de la isla Romades, tuyas cumbres ya se divisaban, aparecieron distintamente, y casi a flor de agua, seis puntos luminosos verdes y rojos, y en lo alto, otros dos blancos.

-Son dos barcos de vapor -dijo Yáñez -, y apostaría a que vienen de Labuán.

-¡Tanto peor para ellos! -contestó Sandokán, tendiendo la mano hacia aquellos puntos luminosos -. ¡Pagarán lo de Mompracem! ¡Da orden para que activen los fuegos!

-¿Qué es lo que quieres hacer, Sandokán? -preguntó el portugués, impresionado por la luz siniestra que brillaba en los negros ojos de aquel hombre terrible.

-¡Echar a pique a esos barcos con toda la gente que llevan!

-Sandokán, no olvidemos que no somos piratas, sino corsarios. Además, todavía no sabemos si esos barcos son de guerra o mercantes, y si enarbolan o no bandera inglesa.

En lugar de responder, el Tigre de Malasia mandó apagar las luces, llamar «¡todos a cubierta!» y dirigir el crucero sobre los dos barcos.

A las once, el Rey del Mar viraba de bordo a unos quinientos metros de distancia de los dos vapores, los cuales, completamente ajenos al tremendo peligro que les amenazaba, navegaban a cuarto de máquina y muy cerca el uno del otro.

-Parecen dos transportes -dijo Yáñez -. ¡Escucha, Sandokán!

En los entrepuentes, que aparecían iluminados, estallaba un ruido de tamboriles, notas de cornetín y canelones. Aprovechando aquella noche espléndida y la tranquilidad del océano, los soldados se divertían. El viento; que soplaba del septentrión, llevaba aquellos rumores hasta el Rey del Mar.

-Son soldados ingleses de Labuán, que regresan a la patria -dijo Yáñez -. ¿Oyes, Sandokán? Esas canciones que hemos oído también en las campamentos ingleses de la India durante el sitio de Delhi.

-¡Sí, soldados! -repuso el Tigre de Malasia con acento extraño -. ¡Bien! ¡Saludan a la lejana patria, pero va a caer la muerte sobre ellos!

-¡No hables así, amigo mío!

-Pero, ¿no piensas que esos hombres me han arrojado de la isla, después de haber hecho una matanza entre mis valientes?

Se habla erguido completamente; tenía el rostro inflamado por una terrible cólera, y sus ojos llameaban. El antiguo pirata, el temerario Tigre de Malasia, que durante tantos años había ensangrentado las aguas de aquellos mares, volvía a despertarse.

-¡Sí, reíd, cantad, bailad, ésas son danzas fúnebres! ¡Mañana, apenas amanezca, se helará la risa en vuestros labios! ¡Os habéis olvidado demasiado pronto de mi pequeño pueblo, a quienes sorprendisteis y degollasteis en las playas de mi isla! ¡Pero aquí está su vengador, espiándoos!

El Rey del Mar, que ya había virado de bordo, seguía silenciosamente a los das barcos, sosteniéndose siempre a una distancia de una milla.

A aquéllos ya no les era posible huir, pues no podían competir en velocidad con un buque de tal potencia. Quizá si navegaran en aguas de las islas Romades que estaban muy cerca, podrían conseguir algo, sin embargo, aun en ese caso, no hubieran logrado salvarse todos.

Inclinado sobre la borda, Sandokán no les quitaba ojo. Parecía tranquilo, pero debían de atormentarle pensamientos terribles de destrucción, de sangre, de venganza.

-¿Quién me impediría -dijo, de pronto - caer como una tromba sobre esos barcos, y a golpes de espolón, enviarlos hechos pedazos al fondo del mar? ¡El océano guarda muy bien los secretos que se le confían, y jamás se sabría nada!

-Por humanidad, no lo harás, Sandokán -dijo Yáñez.

-¡Humanidad! ¡Es una palabra que carece de sentido, cuando se está en guerra! ¿Acaso se acordaron ellos de esta palabra cuando decretaban a sangre fría la conquista de nuestra isla y el exterminio de nuestro pequeño pueblo? ¿Qué es lo que hoy queda de los tigres de Mompracem, de aquellos tigres que tan gran servicio prestaron a esos ingleses, librándolos de la infame secta de los thugs? ¡El reconocimiento de los voraces salteadores de los mares es ése! ¡Nos han arrebatado a traición nuestra isla, asaltándonos por la noche con fuerzas diez veces superiores, como si fuésemos bestias feroces! ¡Y eres tú, Yáñez, quien habla de humanidad! ¿Crees que si mañana cayera sobre nosotros o sobre nuestros praos una escuadra inglesa nos respetaría? ¡No, nos echarla a pique, enviándonos a dormir el sueño eterno en los abismos del mar de Malasia!

-Sandokán, nosotros podríamos defendernos, disputar la victoria, mientras que esos dos barcos no pueden oponer nada a nuestra artillería poderosa y al espolón de nuestra nave.

-¡Es verdad, señor Yáñez! -dijo una voz detrás de ellos.

Sandokán se volvió rápidamente, y se encontró ante Damna.

-Tú lo apruebas porque...

No terminó la frase, que debía de aludir a los amores de la joven con el angloindio.

-¡Que procuren defenderse ellos también, Damna! -añadió.

-No podrían hacerlo, señor Sandokán -replicó la joven -. En esos barcos es probable que vayan quinientos o seiscientos pobres muchachos que suspiran por el momento de volver a ver su patria y abrazar a sus ancianos padres ¡No haga usted llorar a tantas madres, usted, que ha sido siempre tan generoso!

-¡Mis hombres, los viejos tigres de Mompracem, han llorado la noche que los arrojaron de su isla! -dijo Sandokán, reprimiendo su ira -. ¡Que lloren también las mujeres inglesas!

Sandokán se apartó de la borda y volvió hacía las dos torres de popa, de cuyas boca-portas salían las extremidades de dos grandes cañones de caza que amenazaban al horizonte.

Iba a abrir la boca para ordenar que se hiciese fuego con aquellos dos monstruos de bronce, cuando Damna, en aquel preciso instante, puso una mano sobre los labios del terrible pirata.

-¿Qué es lo que va usted a mandar, mí generoso protector? -preguntó la angloindia.

-¡Voy a dar la orden de muerte! ¡Quiero que esos cantos de alegría se truequen en un grito de angustia! ¡Quiero que el mar abra sus abismos para tragarse a los conquistadores de mi isla!

-¡Eso no lo hará usted, señor Sandokán! -dijo Damna, con voz firme -. Piense usted que cualquier día puede verse acometido por fuerzas superiores a las suyas y ser vencido. ¿A quién respetarán entonces los vencedores?

-Además, no debes olvidar, Sandokán -añadió Yáñez, con voz grave -, que llevamos a bordo a dos muchachas: Surama, la primera y única mujer a quien he amado, y esta joven, por salvar a la cual emprendimos contra los thugs una guerra en la que tuvimos que hacer prodigios. Si ahora haces eso, ni siquiera ellas podrían sustraerse a la ira de nuestros vencedores, ¿O es que quieres también hacerlas nuestras cómplices en este acto inhumano?

El Tigre de Malasia se había cruzado de brazos, y miraba ya a Damna, ya a Surama, que se acercaba lentamente en aquel instante. La luz terrible que pocos momentos antes brillaba en sus ojos, fue apagándose poco a poco.

De pronto, sin decir una palabra, tendió a Yáñez la mano, sacudió dos o tres veces la cabeza, y en seguida se puso a pasear, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a los barcos, que continuaban su rumbo, pasando a la vista de las islas Romades.

El Rey del Mar les seguía continuamente a la misma distancia.

Transcurrió la noche sin que Sandokán descansara un solo momento. Continuó paseando en la cubierta por entre las torres, pero ya no volvió a abrir la boca.

Cuando los primeros albores del nuevo día comenzaron a difundirse por el cielo. Mandó acelerar la marcha del crucero, y que los artilleros fuesen a ocupar su puesto de combate.

Por medio de una rápida maniobra, se puso a distancia de pocos cables de los barcos, y mandó izar su bandera, apoyando la orden con un cañonazo sin bala.

Agudos gritos resonaron en los dos transportes, cuyos puentes se cuajaron de soldados, pálidos de terror.

-¡Arriad la bandera y rendíos, o de lo contrario, os echo a pique! -les dijo Sandokán, por medio de señales.

Al mismo tiempo ordenó apuntar los cañones, dispuesto a que a la orden siguiese la ejecución de la amenaza.


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