Evangelina

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Nota: Traducción de Miguel Antonio Caro incluída en el libro Traducciones poéticas (1889).

En esta tierra plácida que baña
 El Delawér, y que á la dulce sombra
De alta floresta y pastoral cabaña
 A Penn, su apóstol, reverente nombra:

Allí de la fructífera campaña
 Sobre la igual, terciopelada alfombra,
La ciudad que él fundó marca su huella
Y del río á las márgenes descuella.

Sus calles repercuten todavía
 Los nombres de sus árboles frondosos,
Como ansiando aplacar con su armonía
 Las dríadas y silfos nemorosos
Que vieron con enojo el hacha impía
 Invadir sus retretes misteriosos;
Y allí el aura es fragancia, y la hermosura
En el pérsico ve su imagen pura.

Arrojó en esta playa el Océano
 A Evangelina, huérfana y proscrita,
Y si patria y hogar le hurtó el tirano,
 Aquí otra patria con amor la invita.
René Leblanc, el venerable anciano,
 Reposó aquí su dilatada cuita,
Y de cien descendientes, uno apenas
Vio en torno suyo al rematar sus penas.

Para su amiga en Filadelfia había
 Algo que hablaba al corazón siquiera.
Algo que murmurarle parecía:
 "Entre nosotros no eres extranjera."
Y el cuácaro tutear que en torno oía
 Le recordaba aquella paz primera,
Aquel Edén de iguales y de hermanos,
Arcadia realizada entre cristianos.

Así, cuando por fin cesó en el mundo
 Esa persecución que nunca alcanza
Su objeto; aquel afán ciego, infecundo;
 Ese loco esperar sin esperanza:
Entonces, sofocando en lo profundo
 Del corazón la impía desconfianza,
Volvióse aquí, como hacia el sol las hojas,
Aquella alma en tinieblas y congojas.

Igual se ve desde eminente cumbre
 Plegarse y disiparse el cortinaje
De niebla matinal, y entre áurea lumbre
 Ir surgiendo el magnífico paisaje:
Roja ciudad de innúmera techumbre.
 Quintas y aldeas como suelto encaje,
Y, entrelazando hogares y plantíos,
Caminos de oro y plateados ríos:

Así también se disipó en su mente
 La neblina falaz que la distrajo,
Y hoy al sol del amor resplandeciente
 Ve el mundo inmenso dilatarse abajo.
El sendero asperísimo y pendiente
 Que entre angustias y lágrimas la trajo,
Perdió con la distancia sus fragores,
Y es ya una calle de arbolado y flores.

Gabriel no ha muerto, vive en su alma: en ella
 Su imagen brilla sin cesar, vestida
De amor y juventud: dos veces bella,

 En flor de corazón y en flor de vida:
Cual lo vio última vez la fiel doncella
 Extático en ardiente despedida,
Y más perfecto aún; que hoy lo acrisola
De eterna ausencia fúnebre aureola.

El tiempo no entra en su memoria: en vano
 Los años, aunque lentos, se suceden:
No han de cambiarlo en su tesón profano;
 Transfigurarlo solamente pueden.
Para Gabriel no existe aquel tirano
 De quien olvido y desamor proceden.
Él ya no es un ausente: es como un muerto
Que al fin la mar depositó en su puerto.

Dulce paciencia, abnegación constante,
 Consagración activa al bien ajeno,
Hé aquí lo que esa mártir anhelante
 Leyó escrito en las llagas de su seno.
Así va á difundirse en adelante
 Aquel amor de que rebosa lleno,
Cual rica especia embalsamando el viento
Sin perder su fragancia al dar su aliento.

Roto de la esperanza el frágil vaso,
 Y todo anhelo terrenal proscrito,
Sólo ansia ya con reverente paso
 Seguir las huellas de Jesús bendito;
Reanima el cuerpo quebrantado y laso
 Templándolo en el piélago infinito

De la divina caridad, y ufana
Ciñe el cordón humilde de la Hermana.

Meses y años enteros se deslizan
 Viéndola infatigable en su tarea;
¡Cuánta llaga esas manos cicatrizan!
 ¡Cuánta miseria incógnita rastrea!
Por callejuelas que á hombres horrorizan
 De puerta en puerta sin temor golpea,
Y para cada mal lleva consigo
Pan, luz, remedio, estímulo y abrigo.

Noche tras noche, cuando duerme el mundo,
 Y ruedan por las calles desoladas,
Entre ráfagas de aire gemebundo,
 Las voces del sereno acostumbradas;
A tiempo que él anuncia aquel profundo
 Sueño, y la paz y la quietud guardadas,
Tal vez divisa en mísera buhardilla
Velando algún dolor su lamparilla.

Y día tras día el alemán labriego,
 Al entrar paso á paso con la aurora
Rodando el carretón aldeaniego
 Colmado en frutos de Pomona y Flora;
Cuando sus gritos turban el sosiego
 Del arrabal que aun duerme en esa hora,
Ve que á su claustro vuelve entonces ella,
Pálida de velar, mas siempre bella.

R. Pombo.