Ischia

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Nota: Traducción de Miguel Antonio Caro incluída en el libro Traducciones poéticas (1889).

Muere en ocaso el luminar del día;
Asciende en tanto á la región del cielo
Cándida Febe en silencioso vuelo,
Y orna la frente de la noche umbría
 Con transparente velo.

Por los etéreos ámbitos se extiende
El albor ondeante, que ilumina
Como río de fuego la colina,
En los riscos se quiebra, en la onda esplende,
 Y los valles domina.

De las playas el mar enamorado
Calma el fragor de tempestad y guerra,
Islas y golfos en sus brazos cierra,
Y espira húmedo aliento regalado
 Que refresca la tierra.

Verle fascina: avanza, retrocede,
Férvido y blando, sin hallar reposo,
Cual delirante arrebatado esposo

Sigue á la virgen, que resiste y cede
 A su ímpetu ardoroso.

Como suspiro de adormido infante
Dulce rumor dilátase doquiera:
¿Eco es talvez de la celeste esfera?
¿Voz de las aguas? ¿ó gemido amante
 Que exhaló la ribera?

¿Le oís? Se alza, y desciende, y vago gira,
Y extínguese. De dicha en el exceso
Humano corazón quéjase opreso;
También Natura así de amor suspira
 Del placer bajo el peso.

Gozad, mortales, del raudal de vida
Que brota en ondas y desborda lleno:
Os guía el astro del amor sereno,
Y Noche placidísima os convida
 A su místico seno.

¿No ves la luz que tiembla en la colina
Cual faro amigo? Próvido encendióla
Amor. Allí, cual lánguida amapola,
A su amado esperando, el cuerpo inclina
 La fiel amante sola.

Y los ojos levanta humedecidos,
Que copian el azul del firmamento;
y recorriendo el músico instrumento
Con mano errante, mágicos sonidos
 Da al apacible viento.

Vén, ora que en los espacios
 Domina silencio grande;
Vén, y respiremos juntos
 El ambiente de la tarde.

¡Cuán fresco se siente! Apenas
 Blanca deja divisarse
La vela que al pescador
 En paz á la orilla trae.

Desde el momento en que tú
 La barca á la mar fiaste,
A todas horas mi vista
 Persigue tu leño errante,

Como tímida paloma
 Que desde el nido, fugace
Ve el ala del compañero,
 Que fúlgida el aura bate.

Cuando á la sombra bogabas
 De esta playa, oí süave
Dilatado por las brisas
 El eco de tus cantares.

Y si en la costa las olas
 Resonaron espumantes,
Yo encomendaba tu nombre
 A la estrella de los mares.

En su hogar la solitaria
 Lámpara encendió tu amante,

Y su oración fervorosa
 Enfrenó las tempestades.

Nada hay bajo el cielo ahora
 Que no se aduerma ó no ame:
En el campo soñolientas
 Cierran las flores sus cálices.

Reclínanse en la ribera
 Mansas las ondas; la madre
Natura, entrando la noche,
 Como aletargada yace.

Para nosotros de musgo
 Se han tapizado los valles;
El pámpano revoltoso
 Gira en pliegues ondeantes;

Y el aliento de las olas
 Orea los naranjales,
Y mis cabellos perfuma
 Con las flores que deshace.

Vén, y gozando de aquestas
 Apacibles claridades,
Bajo el jazmín entonemos
 Las canciones que tú sabes;

Hasta el hora en que la luna
 Más hacia Miseno avance,
Y palidezca, al herirla
 Los fulgores matinales.

Así canta; su voz tal vez espira,
Y con las notas que el laúd exhala
Al revolante céfiro regala,
Que ya en ecos dulcísimos suspira.
 Ya mudo pliega el ala.

El que á hora, en que todo á amar convida.
Bajo ese astro encantado, de repente
La imagen bella que fingió su mente
Hallase ante sus ojos convertida
 En realidad viviente;

El que á la par con ella, en los estrados
Que forma el musgo, al pie del sicomoro,
Al arrullo del piélago sonoro,
Derramase en suspiros abrasados
 De su amor el tesoro;

El que aspirase el ámbar de su boca,
Se mirara en sus ojos, y sintiera
Que en ondas su profusa cabellera
Baja, y su frente y sus mejillas toca
 Suave y lisonjera;

El que del tiempo, aquí, la ley tirana
Burlase, embebecido en la porfía
De amar, la noche entera, entero el día,
¿Sería ése un mortal? ¿ó en forma humana
 Un inmortal sería?

Y aquí tú y yo también ¡mitad del alma!
En esta fresca orilla, en este nido

Paradisaico, al rayo adormecido
Del astro elíseo, de la mar en calma
 Al plácido ruido,

Aquí tú y yo la vista regalámos;
Aquí en inagotables manantiales
Bebimos, y de esferas celestiales
El vivífico ambiente respirámos....
 Y somos ¡ay ! mortales.