La sombra (BPG): 3

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La Sombra
Capítulo I - El doctor Anselmo : 3
 de Benito Pérez Galdós

El doctor continuaba mirando aquel diabólico aparato con ese abandono o negligencia que se pintan en el semblante cuando el pensamiento está muy lejos del sitio en que se fija la vista.

Creeríase que le importaba poco el resultado de tal experimento, y que no le había de dar placer ni disgusto la verdad cíentifico, que con el líquido circulaba por el tubo.

-Pero ¿cómo se ha dedicado usted a la química? -le dije, seguro de que el sabio no daría contestación categórica.

-Para atar la loca -contestó-, para contenerla y obligarla a que no me martirice más. Yo necesito estar siempre ocupado en algo: la lectura me distrajo un poco; pero al fin llegué a cansarme de leer. Hace poco vi en ciertos libros cosas que me llamaron la atención y no comprendí. «Voy a ver lo que es eso, dije, yo necesito meterme en experimentos». Compré estos trebejos, y me puse a soplar y a observar. Una nomenclatura y un manual me han bastado para distraerme unos días. Pero aquí no hay nada más que un pasatiempo: cultivo la curiosidad aunque sin fruto positivo. Que nadie espere de esto ningún adelanto científico. La verdad es que caliento mi máquina y descompongo esos aguachirles, no pienso en otras cosas, y así me va tal cual.

-¡La loca, siempre la loca! -le contesté.

-La verdad es que la imaginación, a quien con mucha propiedad llama usted, de ese modo, si usted la sujetase un poco, lejos de atormentarle podría ser fuente fecundísima de creaciones, cuya importancia usted más que nadie puede conocer. ¿Por qué no se ha dedicado a las artes?

-¡Oh! Para el cultivo de las artes -dijo, volviendo la espalda al aparato-, se necesita una imaginación cuyo ardor y abundancia se contengan en los límites naturales; una imaginación que sea una facultad con sus atributos de tal, y no enfermedad como en mí, aberración, vicio orgánico. Esa preciosa facultad, aunque exuberante en algunos, no llega a dominar al individuo hasta el punto de imponerle una segunda vida; no es, como en mí, la mitad completa de la naturaleza. Yo no sé por qué vine al mundo con esta monstruosidad; yo no soy un hombre, o más bien dicho, soy como esos hombres repugnantes y deformes que andan por ahí mostrando miembros inverosímiles que escarnecen al Criador. Mi imaginación no es la potencia que crea, que da vida a seres intelectuales organizados y completos; es una potencia frenética en continuo ejercicio, que está produciendo sin cesar visiones y más visiones. Su trabajo semeja al del tornillo sin fin. Lo que de ella sale es como el hilo que sale del vellón y se tuerce en girar infinito sin concluir nunca. Este hilo no se acaba, y mientras yo tenga vida, llevaré esa devanadera en la cabeza, máquina de dolor que da vueltas sin cesar.

-Es verdad -dijo maquinalmente, admirado de que en su locura hubiera podido expresar tan bien y de un modo tan pintoresco el deplorable estado de su cabeza.

-Yo soy esclavo de esto -continuó-. Desde niño vengo padeciendo los estragos de mi imaginación. Ella en cincuenta años me ha hecho vivir trescientos. Sí; las falsas sensaciones que yo, aunque apartado del mundo, he experimentado en mi vida, suman las vidas de seis hombres; he vivido demasiado, porque la fantasía ha puesto en mi tiempo millones de días.

-Vamos -dije para mí, mientras hacía con la cabeza una respetuosa señal de asentimiento-; ya te engolfaste en tus manías, y eres hombre perdido por esta noche.

-Soy muy desgraciado, el más desgraciado de los hombres -prosiguió el doctor-. Mis desdichas no tienen igual en el mundo, ni se parecen a nada de lo que leemos. Otros hombres son mortificados dentro de su naturaleza, mientras yo me salgo en esto de la común ley de los dolores humanos; porque soy un ser doble: yo tengo otro dentro de mí, otro que me acompaña a todas partes y me esta siempre contando mil cosas que me tienen estremecido y en estado de perenne fiebre moral. Y lo peor es que esta fiebre no me consume como las fiebres del cuerpo. Al contrario: esto me vivifica; yo siento que esta llama interior parece como que regenera mi naturaleza, poniéndola en disposición de ser mortificada cada día.

-Es particular -dije, no comprendiendo nada de aquello de llama interior, y el ser doble, y el tornillo sin fin.

-No encuentro mi semejante en ninguna parte -prosiguió-. Únicamente puedo llamar prójimos a los místicos españoles, que han vivido una vida ideal completa, paralela a su vida efectiva. Estos tenían una obsesión, un otro yo metido en la cabeza. A veces he pensado en la existencia de un entozoario que ocupa la región de nuestro cerebro, que vivo aquí dentro, alimentándose con nuestra savia y pensando con nuestro pensamiento.

-¡Oh! explique usted eso un poco más -dije, satisfecho de ver entrar a D. Anselmo por el camino de una extravagancia que parecía ser muy divertida.

-No es más que una idea vaga... Si yo pudiera exteriorizarme, expresar todo esto que hay en mí, de seguro se pasmarían muchos que hoy se ríen de mis cosas.

-¡Oh! Si usted escribiera sus memorias, D. Anselmo -dijo afectando mucha seriedad para que no desconfiase-, no habría en antiguos ni modernos quien le igualara.

-Es verdad -contestó D. Anselmo, cuyos ojos se animaron con repentino fulgor. -Nadie me igualaría. Mi vida ha sido universal compendio de toda la vida humana: ¿no es verdad?

-¡Ah! sin duda. ¿Quién puede dudar eso?

-Usted, que me ha oído contar algunos sucesos, lo comprenderá. ¿No es verdad que no hay nada más maravilloso que mi matrimonio? ¿Usted no recuerda aquel original suceso que le he contado, cuando me encontré en presencia del más extraño fenómeno que se ha ofrecido a la observación humana?

-No recuerdo de qué habla usted.

-Mi matrimonio, sí: yo se lo he contado a usted. Lo que entonces se habló fue un embuste. Nadie supo la verdad de tan singular acontecimiento.

-A mí no me ha contado usted maldita de Dios la cosa -le dije, recordando que, a pesar de su franqueza y locuacidad, no había hablado nunca, sino muy obscuramente, de aquel misterioso asunto.

-¿Que no se lo he contado? Juraría que se lo referí punto por punto la otra noche.

-Aseguro a usted que no sé una palabra.

-¿No le conté a usted aquello de mi mujer, de aquel hombre... de aquel demonio...?

-Nada de eso sé.

-¿Yo no he hablado con usted de mi palacio?

-Del palacio sí, aunque ligeramente -dije recordando la fantástica pintura que de su casa hacía con frecuencia el doctor.

-¡Oh, estupendo, maravilloso! Mi padre tenía un grande amor a las artes. ¡Qué preciosidades, qué joyas!

-Sí, debía de ser magnifico -repetí para incitarlo a hablar y recrearme en el desborde siempre majestuoso de su verbosidad fecunda.

-Aún me parece que estoy allí -dijo con una especie de éxtasis-, y veo a mi mujer, andando lentamente y con majestad, como ella andaba; entrar allí, cerrar la puerta; me figuro que siento el ruido de sus vestidos al caer, el sonido de su grueso collar de ámbar al ser puesto en el platillo del guarda joyas.

-¡Oh! siga usted, siga.

-La media noche es fecunda en imaginaciones. Ella pasaba por delante de mí, dejando como un rastro de luz. Yo no dormía, porque estaba alerta, siempre con el oído atento a aquella voz abominable.

-¿A la voz de Elena?

-No, no -dijo con furor-; a la voz de... La sangre corrió de su herida...

-La señora estaba herida sin duda.

-No, él; lo cual no impedía que me mostrara su infame sonrisa y su mirada de demonio.

-Veo que ese es asunto complicado. ¿Anda en él alguna persona de quien yo no tenga noticia?

-Sí, usted le conoce, todos le conocen, anda por ahí. Yo le veo todos los días: hace pocas noches estuvo aquí.

-¿Quién?

-Ese... Pero voy a contárselo a usted formalmente -dijo como quien se decide, después de dudar mucho tiempo, a hacer una importante revelación-. Usted oiría hablar entonces de mi esposa, de mí; oiría mil necedades que distan mucho de la verdad. La verdad pura es lo que voy a contar ahora.

El doctor Anselmo empezó a hablar refiriendo su extraño suceso con prolijidad encantadora: no perdonaba recurso alguno de elocuencia; describía los sitos del modo más minucioso y tan al vivo, que seducía su lenguaje. Había, sin embargo, cierta vaguedad y confusión en el relato; y era preciso acostumbrarse a su peculiar estilo para encontrar el método misterioso que sin duda tenía. Al principio, como su fantasía estaba más suelta, divagaba de aquí para allí, entremezclaba la relación con sentencias de su cosecha, con apreciaciones que tenían a veces pasmosa originalidad y a veces una candidez cercana a la estulticia. Inútil es decir que había mucho de novelesco en todo aquello, y que en las descripciones, sobre todo, dejaba correr muy descuidadamente la lengua. Risa causaba oírle describir su palacio, que a ser como él decía, no tendría igual en los más florecientes tiempos de las artes. Dejaba afluir la vena de su erudición en llegando a este punto, y ni la razón le contenía, ni el temor de parecer mentiroso le refrenaba. No sabemos si las mentiras que contó y que vamos a transcribir, pueden tener, arregladas y metodizadas, algún interés y visos de sentido común. Tal vez resulten menos locas de lo que a primera vista parece; tal vez aparezca un rayo de lógica en ellas, si se las considera como creación metafísica; tal vez, sin saberlo el mismo doctor, había hecho un regular apólogo sacado del más amargo trance de su vida; y él, sin sospecharlo siquiera, al agregar a su cuento mil mentiras y exageraciones, había producido una pequeña obra de arte, propia para distraer y aun enseñar.

Poco antes de haber empezado, entró doña Mónica, a quien atraía el calor del hornillo, único rescoldo que había en la casa en las noches de invierno. Franqueza digna de los tiempos patriarcales reinaba entre los dos: ella tenía costumbre de arrimarse al aparato químico; y allí, si no hacia media, se quedaba dormida con una beatitud que el sabio no podía ver sin admiración. El escuálido gato, que parecía alimentado con cloruros y bromuros, dio algunos pasos por la habitación, como quien busca alguna cosa, probó varios sitios, se instaló primero en un libro, y después entre dos pilas de Volta, y al fin, no gustándole ninguna de estas cosas, vino a tenderse perezosamente entre los pies de la dueña.

El doctor Anselmo habló de esta manera:


La Sombra de Benito Pérez Galdós

Prólogo

Capítulo I - El doctor Anselmo : I - II - III - IV

Capítulo II - La obsesión : I - II - III - IV - V

Capítulo III - Alejandro : I - II - III - IV