Recordación Florida/Discurso Preliminar

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DISCURSO PRELIMINAR.


I.

 Frecuentes y naturales son las vacilaciones al principio de toda obra, en que el deseo de acertar supera á cualquier otro interés; y tal irresolución, hija de esa confusa, inseparable sombra del espíritu humano llamada duda, contuvo un tanto mi primer impulso al realizar la idea que ha dado vida á esta Biblioteca de los Americanistas. Bien se comprende que las indecisiones habían de producirse en la elección del libro con que la Biblioteca debía inaugurarse; porque si por un lado con sus voces propias y convincentes decía la lógica que, para una publicación dedicada á reunir lo más selecto de cuanto se ha escrito sobre la historia del Nuevo Mundo, ninguna base pudiera tenerse por mejor y más sólida que la geográfica y prehistórica, y la formada con las obras más antiguas y raras, y primeras que dieron á conocer las Indias Occidentales; por otra parte el amor á lo desconocido, y el contagio de la inquietud que consume á todo bibliófilo desde que lo posee impreso, me inclinaron á preferir la novedad á la lógica; subyugado, tal vez, por el miedo de que el precioso, codiciado inédito pu- diera desaparecer antes de disfrutarlo el público estudioso. Que no meno que á esto nos ha conducido la lamentable pérdida de muy valiosos originales. que por incuria unos, y á poca costa otros, han salido de este país, no tan sobrado, ciertamente, de patriotismo literario como de nece sidades diariamente renovadas.

 Vencido al cabo por ese temor, me incliné á lo inédito, y preferí, entre otras obras ya de antemano hojeadas, la Historia de Guatemala, que con el título de Recordación Florida escribió á fines del siglo XVII el capitán D. Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, rebiznieto del soldado historiador Bernal Díaz del Castillo; queriendo justificar y escudando mi elección, así en la importancia del libro como en la procedencia de su autor, y en referirse el asunto á uno de los territorios que poseyeron la más antigua y perfecta civilización de aquel rico Mundo. Así lo juzgan, y no sin fundamento, americanófilos de gran nota, que presentan como patentes pruebas de sus aseveraciones las venerables ruinas de Palenque, de Uxmal y Copán, representantes de la peculiar y misteriosa civilización de Chiapa, Yucatán y Centro-América; tan misteriosa aún, que no encontrando palabra propia con que calificarla, ha recibido el nombre de civilización palencana, que hoy lleva;[1] pues aunque aquellos venerandos monumentos recuerden en muchos puntos los celebrados de Tebas, de Micenas y Ninive, no puede lealmente asegurarse que les copiaran. Y testigos son, en la antigua gobernación de Guatemala, las admirables construcciones de la que fué opulenta ciudad de Utatlán, nombrado hoy Santa Cruz del Quiché, que en tiempo de su esplendor ponía ella sola en pie de guerra setenta y dos mil combatientes; los vestigios y cimientos de grandes fortalezas, como la famosa cordillera de Parrazquín, situada entre Totonicapán y Quetzaltenango en la provincia de este nombre; los restos colosales del castillo de las barrancas de Olintepeque, edificado á manera de laberinto; y por fin, y entre otras obras sorprendentes, la celebrada cueva de Mixco, vecina de la villa de Xilotepeque, en la que sus constructores se sirvieron de una arquitectura casi igual á la dórica para dar entrada á las extensas, numerosas y no todas bien exploradas salas subterráneas, y para comunicar entre sí unas y otras de puertas arqueadas tan perfectas,[2] que abisman el ánimo al calcular la antigüedad de las generaciones que dejaron esos portentosos recuerdos.

 Además de esas consideraciones, no despreciables, fué gran parte á resolverme en este sentido la que juzgué necesidad muy justa de rendir el tributo debido al loable sentimiento que animó á su autor para emprender la obra de que trato; pues no se propuso menor fin que poner de manifiesto los errores cometidos por el reverendo padre maestro Fr. Alonso Remón, de la orden de la Merced, al publicar en 1632 la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España escrita por el singularísimo Bernal Díaz del Castillo; animándole, acaso también, la idea de imitar en esto á su famoso antecesor, que, excitado por idéntico celo, ocupó los últimos años de su dilatada vida en demostrar las equivocaciones ó inexactitudes en que había incurrido el capellán familiar de Hernán Cortés, Francisco López de Gómara, al referir en su Hispania Victrix ó sea Historia general de las Indias los hechos de la conquista de la Nueva España.

 Y por cierto que, quien abundando en parecido espíritu de rectitud é imparcialidad tratase de seguir el camino trazado por los autores de aquellas vindicativas obras, pudiera bien permitirse lamentar muy de veras las omisiones que se notan en la última reimpresión de la del mismo Bernal Díaz, dirigida por el erudito D. Enrique de Vedia, particularmente en lo relativo á la vida del famosísimo historiador: omisiones poco disculpables, sin duda, en el biógrafo que como Vedia conocía, según él mismo indica, no sólo la obra de Fuentes y Guzmán, que aquí se imprime, y la probanza que su rebisabuelo hizo de los méritos y servicios contraídos en la conquista; sino también otros de los curiosos papeles que el activo coleccionador D. Antonio de Uguina poseyó, y sirvieron grandemente á Mr. Ternaux Compans para sus apreciables y celebradas publicaciones. Pero tales omisiones y la censura á que se prestan, pueden salvarse ahora fácilmente merced á la diligencia de mi buen amigo el distinguido americanista D. Marcos Jiménez de la Espada, quien, comisionado por el Gobierno para reunir en el Archivo de Indias los curiosos documentos que debían presentarse y figuraron en la Exposición verificada en el Ministerio de Ultramar al celebrarse el cuarto Congreso de los Americanistas, eligió con gran acierto entre esos documentos aquella probanza: con la cual, y con los datos que sobre Bernal Díaz presenta su rebiznieto en la Recordación Florida y con las noticias que en la misma historia del aventurero escritor se encuentran, ofrécese decir acerca de este todo lo que Vedia calló y bastante más de lo publicado hasta el día, y aclarar también algunos hechos particulares de la eternamente memorable conquista del mundo de Colón.

 Esto y no más me propongo en el presente Discurso preliminar; tomando por fundamento los escritos de aquella famosa familia, que pudiera muy bien llamarse la de los antiguos historiadores de Guatemala.


II.


 Bernal Díaz del Castillo, natural de la muy noble é insigne villa de Medina del Campo, fué hijo de Francisco Díaz, regidor de ella, que por pronombre llamaron el Galán , y de doña María Díez Rejón; personas que debieron disfrutar de alguna consideración social, si se atiende á que el mismo Bernal Díaz en su historia se cuenta muchas veces entre los hidalgos y sujetos de calidad que asistieron á la conquista,[3] y á que el emperador Carlos V le llamara «deudo de servidores y criados nuestros» al recomendarle especialmente en una Cédula Real al Presidente de la Audiencia de Guatemala.[4]

 No se sabe con fijeza la fecha del nacimiento de Bernal Díaz, aunque bien puede suponerse que sería en los últimos años del siglo XV, y que no tenía muchos cuando en 1514 salió de Castilla y se embarcó con el gobernador nombrado para Tierrafirme Pedro Arias d'Avila; asemejándose en esto á los historiadores del Perú Francisco de Jerez y Pedro Cieza de León, que, según común creencia, contaban quince y trece años respectivamente cuando pasaron á las Indias. Pero sí se sabe, que el primer punto de aquel continente que conoció nuestro aventurero fué la ciudad de Gracias á Dios, donde á poco de llegar presenció las diferencias que el dicho Pedrarias tuvo con su yerno el conquistador de aquella provincia y descubridor del mar del Sur Vasco Núñez de Balboa, á quien, entendiendo que iba á alzarse con copia de soldados para efectuar por sí alguna empresa, ó envidioso acaso de las que había ya realizado, formóle proceso y le mandó degollar. Lo cual, y la inquietud de los ánimos, y la inacción de los expedicionarios que ansiaban conquistas y sus consiguientes provechos, y las noticias que habían llegado allí de que á Diego Velázquez y á los suyos les iba muy bien en la conquista de Cuba, hiciéronles pedir á Bernal Díaz y á otros hidalgos licencia, que alcanzaron de Pedrarias, para trasladarse á aquella isla, confiados en obtener ricas encomiendas de indios.

 Mas el reducido número de los de la Antilla no se prestaba á tanta demanda; y viendo los aventureros defraudadas también sus esperanzas, ganosos como estaban de emplearse en algo que les fuese prontamente lucrativo, se reunieron en número de ciento diez, entre los procedentes de Tierrafirme y los descontentos de la isla, y concertaron con el rico encomendero de Sancti Espíritus Francisco Hernández de Córdoba ir á sus órdenes en busca de nuevas tierras.

 Adquiridos al efecto tres navios, nombrados los pilotos que debían gobernarlos, y por primero de ellos á Antón de Alaminos el de Palos de Moguer, y provistos de bastimentos suficientes para una razonable jornada, hiciéronse á la mar desde el puerto de Jaruco el 8 de Febrero de 1517; doblaron á los doce días la punta de Guaniguánico ó Cabo de San Antón, y navegando al acaso, aunque siempre al Oeste, por un mar completamente desconocido, avistaron tierra á los veintiún días de su salida de Cuba, y desembarcaron el 5 de Marzo, para reconocerla, en la nombrada de Catoche, donde riñeron la primera sangrienta batalla con los naturales, que si de pronto les atrajeron recibiéndolos afectuosamente, luégo les atacaron con un vigor inesperado. Huyendo los expedicionarios de gente tan doble, recorrieron la costa de Yucatán hasta Campeche; bajaron en aquella playa para proveerse de agua, y siendo igualmente rechazados con verdaderas nubes de flechas, de las que «á mí, dice Bernal Díaz, me dieron tres flechazos, y uno de los que me dieron bien peligroso, en el costado izquierdo, que me pasó á lo hueco», determinaron regresar á Cuba; mas convencidos por Antón de Alaminos de que por la Florida (que diez años antes había visitado con Juan Ponce de León) era la vuelta más fácil y breve, allá se dirigieron; y al reconocer la costa y bajar á hacer aguada, fueron también recibidos á flechazos, de los que otro le tocó á Díaz en el brazo derecho, aunque de poca herida, y les obligaron á reembarcarse precipitadamente para salvar sus vidas.

 Vueltos á Cuba y tomada tierra en el puerto de Carenas, dióse cuenta del descubrimiento á Diego Velázquez, mientras Bernal Díaz quedaba en la Habana curando sus heridas; y ya repuesto, fué á ver al Gobernador, que á la sazón residía en Santiago de Cuba y «andaba dando mucha priesa en enviar otra armada.» «Cuando le fuí á besar las manos,» dice nuestro soldado, «como Velázquez é yo éramos algo deudos, él se holgó conmigo; y de unas pláticas en otras me dijo, que si estaba bueno de las heridas para volver á Yucatán. É yo riyendo le respondí, que quién le puso nombre Yucatán; que allí no le llaman así. E dijo: — Melchorejo, el que trujistes, lo dice. E yo dije: — Mejor nombre sería la tierra donde nos mataron la mitad de los soldados que fuimos, y todos los demás salimos heridos. E dijo: — Bien sé que pasastes muchos trabajos, y así es á los que suelen descubrir tierras nuevas y ganar honra; é su Majestad os lo gratificará, é yo así se lo escribiré. É ahora, hijo, id otra vez en la armada que hago, que yo haré que os hagan mucha honra.»

 No eran, en verdad, necesarias grandes excitaciones para decidir un espíritu tan amigo de novedades como el de Bernal Díaz, quien al ver terminar el apresto de la armada, á cuyo frente había puesto Velázquez á su deudo Juan de Grijalva, sin vacilar fué á embarcarse con Alvarado y Montejo y Avila y los demás compañeros disponibles de la expedición de Francisco Hernández, el cual acababa de morir en su encomienda de Sancti Espíritus. Desde Santiago de Cuba se trasladaron los cuatro navíos de la nueva armada por la costa del Norte al pueblo de Matanzas; de allí dieron velas el 5 de Abril de 1518 con rumbo á Yucatán, y llegaron á los diez y ocho días á la isla de Cozumel. Al saltar en tierra los expedicionarios, se les acercó una india moza que hablaba la lengua de Jamaica, «que es como la de Cuba,» dice Bernal Díaz; «y como yo y muchos soldados entendíamos muy bien aquella lengua, nos admiramos y la preguntamos cómo estaba allí, y dijo: que había dos años que dió al través con una canoa grande en que iban á pescar diez indios de Jamaica á unas isletas, y que las corrientes la echaron en aquella tierra.» De esta suerte, y no de otra, se han hecho varios descubrimientos que preocupan hondamente á ciertos hombres cavilosos, empeñados en atribuir á misteriosas causas lo que en las naturales tiene llana y fácil explicación.

 Pasaron los españoles desde Cozumel á Champotón, donde fueron recibidos de los indígenas con cruda guerra; navegaron luego á Boca de Términos, y á los ríos de Tabasco ó Grijalva, de Guazacoalco, de Papalohapan ó de Alvarado, y hacia el pueblo de Tlacotalpa ó río de Banderas, que nombraron así por las que usaban en sus lanzas los indios y movían llamando á los navegantes á la playa para hacer rescates; y costeando siguieron hasta la isla de Sacrificios y el punto de Ulúa ó Culúa que llamaron San Juan, por el nombre de Grijalva y por haber llegado allí el día de su santo.

 Tras breve descanso en aquella costa, durante el cual se comisionó á Pedro de Alvarado para que en uno de los navíos fuese á Cuba y diese á Velázquez noticia de que era tierra firme la descubierta y abundante en las riquezas de que le llevaba valiosa muestra, siguió la armada costeando. En el rio Huitzilapán ó de Canoas, los indios tripulantes de las que se acercaron á reconocer á los expedicionarios, les embistieron con gran fiereza; y viendo éstos la imposibilidad de rescatar oro, continuaron su rumbo hasta acercarse á una punta tan difícil de doblar, que les obligó á volver atrás, después de oir la opinión del primer piloto Alaminos. Viraron los buques, y desandando lo recorrido, volvieron al río de Guazacoalco y á Tonala, donde rescataron multitud de hachas de cobre, que creyeron ser de oro; y allí, junto al cu ó templo de los ídolos, sembró Bernal Díaz seis ó siete pepitas de naranja que llevaba desde la isla de Cuba, que nacieron muy bien por haberlas cuidado aquellos sacerdotes idólatras, y dieron los primeros naranjos de la Nueva España; sobre los cuales dice Díaz, que después de ganado Mexico fué por ellos, «é traspúsolos é salieron muy buenos.»

 En esto se ve, y lo demuestra bien la actividad desplegada por muchos soldados, á seguida de la conquista, para aclimatar las producciones europeas en las tierras descubiertas, que no fueron los españoles á la América sólo á buscar oro y á matar indios, según han dicho, calumniándoles, algunos trasoñadores de aquella historia. La España explotaba el oro, sin duda alguna, y con él enriquecía á la Europa, derramándolo en las guerras, que mientras fué rica no consiguió acabar; pero sus grandes esfuerzos los dirigió preferentemente á implantar allí la civilización como aquellos tiempos la comprendían, y á procurar que no se destruyesen los indígenas; que conservándose y creciendo y asimilándose á los dominadores durante los trescientos años de posesión, sirvieron en la época presente para fundar en la que fué América española las nacionalidades que hoy existen y se desarrollan y se dirigen á un gran porvenir. ¿Podía España hacer más? Díganlo las naciones que allá adquirieron dominios y nada fundaron; ó conteste, si no, en representación de la América sajona, la opulenta república de los Estados-Unidos, en la que, mientras nuestros padres dejaban las colonias con millones de indígenas, y naciones constituídas, sus puritanos y filántropos cazaban y cazan aún los indios tan sin miramiento y con tanto extremo, que apenas pasa en el día de trescientos mil el número de los de todas razas que en aquel extensísimo territorio se cuentan, según expresión de las estadísticas oficiales últimamente publicadas.[5]

 La armada de Grijalba regresó desde Guazacoalco á Cuba, invirtiendo cuarenta y cinco días en llegar á la residencia de Velázquez, á quien hallaron los descubridores tan entusiasmado con las muestras del oro que Alvarado le llevó, que en todo pensaba menos en premiar con las encomiendas ofrecidas á aquellos valientes. Concediólas sí, y con largueza, al tiempo de noticiar los descubrimientos á la corte, al obispo Fonseca, y al licenciado Luis Zapata y al secretario Lope de Conchillos, y todavía no al Rey, porque residiendo aún en Flandes, poco, por el pronto, podía resolver que le fuese favorable; mas para los compañeros de Hernández de Córdoba y de Grijalba sólo esperanzas había, porque, mientras en ellos fiaba la suya, antes les quería instrumentos de su ambición que agradecidos loadores de su justicia.

 Calculando ya en los valiosos rescates que la conquista y población de las tierras visitadas podían proporcionarle, y contándolos por base de futuros medros y grandes prosperidades, se apresuró Velázquez á disponer en unión de varios ricos encomenderos otra más formidable armada y numerosa expedición, que confió, aunque desconfiado, á las sobresalientes dotes y actividad reconocida del inmortal extremeño Fernando Cortés: bien que éste pudiera hacerla por sí, según los intereses que á la empresa había aportado.

 Bernal Díaz, que acababa de llegar del continente con Juan de Grijalba, según asegura en su historia, aunque la probanza de sus servicios no menciona esta expedición, acaso porque en ella no fué herido; siendo, sin embargo, de notar que en la otra probanza hecha por su hijo mayor cuarenta años después y viviendo aún él se declara como hecho indudable:[6] Bernal Díaz, que no pensó presentar por mérito la introducción y aclimatación del naranjo en el continente americano, por suponer aquello cosa muy natural; creyó que á su honra cumplía seguir á los que fueron sus compañeros en las otras jornadas, y alistóse en la de Cortés; esperando hallar en el tercer viaje el premio que en los anteriores no había conseguido. A las órdenes de aquel héroe, si no el primero, uno de los más grandes capitanes que la historia memora, se embarcó nuestro soldado el 10 de Febrero de 1519 en el navío San Sebastián, que mandaba el valeroso Pedro de Alvarado, y llegó á Cozumel dos días antes que el del caudillo y los otros buques que le seguían.

 Después de tomar allí algún descanso, siguieron su viaje el día 1.º de Marzo. «Embarcamos en Cozumel, é dimos velas é con muy buen tiempo íbamos nuestra derrota, dice en su historia, cuando vimos virar y retroceder al puerto el buque de Juan de Escalante.» «Al notarlo Cortés, exclamó: — ¿Qué es aquello? ¿qué es aquello? Y un soldado que se decía Zaragoza[7] le respondió que se anegaba el navio de Escalante, que era á donde iba el cazabe.»[8] Entonces Cortés mandó al piloto Alaminos que hiciese las señales á todos los navíos para que arribasen á Cozumel, como lo hicieron, y llegados, descargaron y compusieron el navío que hacía agua. Uno de los cuatro días que en esto se ocuparon, presentóse á los españoles el náufrago medio indianizado Jerónimo de Aguilar, que el providente acaso había lanzado allí cinco años antes para que aprendiera la lengua de los naturales y sirviese en esta ocasión á Cortés, como sirvió eficazmente, de gran auxiliar en la realización de sus temerarias empresas.

 Alistado ya el buque, recorridos los demás y embarcados los expedicionarios, salieron de nuevo á la mar el 4 de Marzo; navegaron hasta el río de Tabasco y Grijalba, en cuyas márgenes, provocados por los indígenas, se dieron aquellas sangrientas batallas de Potonchon y de Centla que iniciaron el dominio de Cortés en la que llamó Nueva España, y pasando luego á las tierras comarcanas de San Juan de Ulúa establecieron en la fundación de la Villarica de la Veracruz la base de las conquistas del continente.

 De allí en adelante no faltó Bernal Díaz á su puesto en ninguna de las más importantes funciones de guerra. Presente estuvo en las de Tizapacinca, que dieron ya á conocer á los españoles á cuánto llegaba el poderío, magnitud y riqueza de las tierras que osados iban á conquistar: cumplió cual debía en los numerosos combates reñidos con los republicanos tlaxcaltecas que, por satisfacer odios de vecindad, se aliaron á los extranjeros y contribuyeron decididamente á destruir el poderoso imperio de Moctezuma fundado por gentes de su raza: peligró, como todos, en la espantosa celada dispuesta por la teocracia mexicana en Cholula que, vencida por Cortés con la habilidad y energía que le eran tan propias en los lances decisivos, les abrió el camino de la capital á las huestes cristianas; y penetrando en ella con una audacia jamás vista, coadyuvó con nuestro soldado al inaudito atrevimiento de privar de su libertad al temido emperador Moctezuma en el propio corazón de su prepotente imperio y en medio de sus incontables y valientes súbditos, y al no menos temerario arrojo de dejarle en prisiones y á la custodia de Pedro de Alvarado y de unos pocos conquistadores, en tanto que el caudillo con el resto, y entre ellos Bernal Díaz, se dirigía á la costa, y desbarataba la expedición de Pánfilo de Narváez, y le prendía, y se apoderaba de sus mil trescientos combatientes, y volvía seguidamente con aquella ya nutrida hueste á librar á sus compañeros de Mexico del aprieto en que estaban por el pronunciamiento general en su contra de los naturales de toda la tierra. Allí participó como todos del pavoroso conflicto y sangriento desastre de la funesta retirada de la capital en aquella noche tríste, en que Cortés lo creyó todo perdido cuando vio reducidos á la mitad sus soldndos y ésios acribillados de heridas; pero ileso por fortuna, aunque maltrecho nuestro historiador, asistió luego á la gloriosa victoria de Otumpán, en que peleando por la vida conquistaron los españoles la mayor honra de las alcanzadas en el Nuevo Mundo, porque triunfo tan señalado decidió á los tlaxcaltecas á jurar leal y eterna adhesión á sus aliados, como esta alianza excitó á Cortés á cumplir el empeño en que soñaba de señorear la capital del Anáhuac y sentar con fijeza allí el dominio de la madre España.

 Tampoco Bernal Díaz faltó de su puesto durante aquel azaroso sitio de setenta y cinco días, en el que se riñeron muchas desesperadas batallas, de una de las cuales salió malherido en la garganta, y no pocos sangrientos reencuentros ya en tierra, ya en medio del agua de las lagunas, así en Tepeaca como en Tezcuco, y en Mexico y en los Peñoles del Marqués, y en Cuauhnahuac y en Xochimilco; hasta que, ganada la capital el 15 de Agosto de 1521, por desvergonzarse los soldados con exigencias desmedidas en el repartimiento del botín, y singularmente en el del oro, se vió obligado el caudillo á quitarse de sobre sí aquel dominio enviándoles, dos meses después, á visitar todas las provincias que le pareció que convenía que se poblasen. A los más codiciosos, procedentes en su mayor parte de la armada de Narváez, les destinó á los puntos de donde suponían que Moctezuma recibía el oro, porque en el territorio de Mexico no se daba, y á los capitanes y conquistadores experimentados, y que le inspiraban más confianza, les señaló verdaderas conquistas, como al valeroso y discreto Gonzalo de Sandoval, á quien le envió á la comarca de Tustepeque para poblar á Medellín y someter á Guazacoalco, y á sojuzgar la provincia de Panuco.

 «Acuérdome», dice á este propósito Bernal Díaz, que «fuí á hablar á Cortés que me diera licencia para que fuese con Sandoval, y me dijo: — En mi conciencia, hermano Bernal Díaz del Castillo, que vivís engañado; que yo quisiera que quedárades aquí conmigo; mas si es vuestra voluntad ir con vuestro amigo Gonzalo de Sandoval, id en buen hora, é yo tendré siempre cuidado de lo que se os ofreciere. Mas bien sé que os arrepentiréis por me dejar.» Y así sucedió en efecto; porque mientras Cortés repartía en Mexico «solares para las iglesias y monasterios y casas reales y plazas, y á todos los vecinos les daba solares;» y en tanto que, después de aquietada la conmoción movida por los soldados de Garay en el Panuco, concedía encomiendas de los indios sometidos en aquella tierra, tierra en la que además de los vicios comunes á la Nueva España «tenían otras treinta torpezas,» según afirma nuestro historiador, estaba éste sin medras ningunas ni probables esperanzas de obtenerlas, sino más bien sufriendo y sumando nuevas penalidades, al lado de su amigo Sandoval en las comarcas de Tustepeque y Guazacoalco. Cuando andaban más ocupados en la conquista, tuvieron que interrumpirla por haberse presentado en la Veracruz Cristóbal de Tapia, favorecido del obispo Fonseca y por su influencia nombrado gobernador de la Nueva España, que iba á tomar posesión del cargo; pero convencido por el oro con que Cortés le obsequió de que era muy poca persona para tanta responsabilidad, volvióse á la isla de Santo Domingo con la codicia satisfecha, que era en puridad á lo que iba; y quitado aquel tropiezo, continuaron los soldados sus facciones después de haber firmado y remitido cartas al Rey solicitando para Cortés la gobernación de la tierra.

 El capitán Sandoval regresó entonces con los suyos á las provincias momentáneamente abandonadas; continuando la sumisión de los Zapotecos y los Minxes, donde siguieron sufriendo los trabajos propios de una guerra en país desconocido y amante de su independencia. Para abreviar la ocupación del territorio, distribuyó el caudillo grupos de exploradores con el encargo de reconocer el terreno, ocupar el país y someter blandamente á los naturales; y habiéndose malogrado una de estas entradas por ineptitud del capitán Briones que la dirigía, envió á que enmendase la torpeza á Alonso del Castillo, conocido entre los suyos por el de lo pensado, con otros seis conquistadores, y entre ellos Bernal Díaz; quien al referir el suceso, da cuenta de su gracejo y del jactancioso carácter que le distinguía, expresándose de esta suerte:

 «Quiero decir por qué se llamaba aquel capitán, que iba con nosotros por caudillo, Castillo el de lo pensado, y es por esta causa que diré. En la capitanía de Sandoval había tres soldados que tenían por renombre Castillos: el uno dellos era muy galán, y preciábase dello en aquella sazón, que era yo, y á esta su causa me llamaban Castillo el galán. Los otros dos Castillos, el uno dellos era de tal calidad, que siempre estaba pensativo, y cuando hablaban con él, se paraba mucho más á pensar lo que había de decir, y cuando respondía ó hablaba, era un descuido, ó cosas que teníamos que reir, y por esto le llamábamos Castillo de los pensamientos: y el otro era Alonso del Castillo, que ahora iba con nosotros, que de repente decía cualquiera cosa, y respondía muy á propósito de lo que preguntaban, y se decía Castillo el de lo pensado.»

 Dada por éste y el galán muy buena cuenta de su comisión á los Minxes, pues hasta consiguieron que los indios de paz les recogiesen en buena cantidad oro lavado de unas minas que les mostraron, volvieron con la rica nueva al lado de Sandoval, que les recibió complacidísimo; y suponiendo por las muestras que fuese la tierra productiva, entendió seguidamente en hacer repartimientos á los vecinos que habían de quedar allí poblados. Tomó para sí los pueblos de Guazapaltepeque; concedió á Luis Marín la provincia de Xaltepeque, «y á mí, dice el soldado historiador, me mandaba quedar en aquella provincia y me daba muy buenos indios y de mucha renta (que pluguiera á Dios que los tomara) que se dicen de Meldatán y Orizaba, y otro pueblo que se dice Ozoquetipa; y no los quise, por parecerme que si no iba en compañía de Sandoval, teniéndole por amigo, que no hacía lo que convenía á la calidad de mi persona.» Así era Bernal Díaz; quien al mostrar el fondo de su carácter retrataba al conquistador de su tiempo, aventurero más que interesado, caballeroso y fantástico hasta el punto de querer cerrar, abroquelado con las reminiscencias de la Edad Media, el paso á las corrientes que preparaban el porvenir positivista, padre de nuestra edad. Pues así como nuestro soldado eran la mayoría de sus compañeros. Verdad es sin tales cualidades, exageradas por la imaginación juvenil de los conquistadores, no existiría la sublime epopeya que les inmortalizó. ¿Deberíanse acaso el éxito y los incidentes de la conquista de América á la gran suma de jóvenes casi adolescentes que á ella asistieron? Tal vez sí.

 Para dejar Sandoval memoria de su paso y un recuerdo de la patria de Cortés en aquella tierra, fundó á Medellín: dirigióse desde allí á la provincia de Centla y á un pueblo ribereño del río Guazacoalco, al que pasó con su hueste por un puente de canoas el siguiente día al de la Pascua del Espíritu Santo y le dió nombre de villa del Espíritu Santo. «Y le pusimos aquel sublime nombre, dice Bernal Díaz, lo uno porque en Pascua de Espíritu Santo desbaratamos á Narváez, y lo otro porque aquel santo y nombre fué nuestro apellido cuando lo prendimos y desbaratamos; lo otro por pasar el río aquel mismo día, y porque todas aquellas tierras vinieron de paz sin dar guerra, y allí poblamos toda la flor de los caballeros y soldados que habíamos salido de Mexico á poblar con Sandoval.» «Este, añade, repartió aquellas provincias y pueblos en nosotros después de las haber enviado á visitar é hacer la división de la tierra y ver las calidades de todas las poblaciones: y fueron las provincias que repartió las que ahora diré. Primeramente á Guazacoalco, Guazpaltepeque é Tepeaca é Chinanta é los Zapotecas; é de la otra parte del río la provincia de Copilco é Cimatán y Tabasco y las sierras de Cachula, todos los Zoqueschas, Tacheapa é Cinacantán é todos los Quilenes y Papanachasta; y estos pueblos que he dicho teníamos todos los vecinos, que en aquella villa quedamos poblados, en repartimiento.»

 Lo que entonces correspondió á nuestro soldado fueron «los señores é naturales de los pueblos de Tlapa é Potuchán, que son en la provincia de Cimatán;» según expresa la cédula de encomienda firmada por Hernán Cortés en Mexico á 20 de Setiembre de 1522,[9] sobre los cuales pueblos dice en su historia: «Valiera más que yo allí no me quedara, según después sucedió: la tierra pobre y muchos pleitos que trujimos con tres villas, que después se poblaron. La una fué con la Villarica de la Veracruz,[10] sobre Guazpaltepeque y Chinanta y Tepeaca; la otra con la villa de Tabasco, sobre Cimatán y Copilco, y la otra con Chiapa, sobre los Quilenes y Zoques (ó Zoqueschas); porque todas estas tres villas se poblaron después que nosotros poblamos á Guazacualco; y á nos dejar todos los términos que teníamos fuéramos ricos. Y la causa porque se poblaron estas villas que he dicho, fué que envió á mandar su Majestad que se poblasen con todos los pueblos de indios más cercanos, y en comarca de cada villa les señaló términos: por manera que de todas las partes nos cortaron las faldas y nos quedamos en blanco.»

 Ocupados estaban los descubridores en estas sumisiones y repartimientos, cuando les llegó la noticia de que al desembarcadero del río de Aguayulco, distante quince leguas de allí, había llegado un navío procedente de Cuba que conducía á la esposa de Cortés doña Catalina Xuárez Marcayda y á su hermano Juan Xuárez. Al saberlo Sandoval, trasladóse allá, con parte de los suyos, para acompañarla á Guazacoalco y luego á la capital, donde el caudillo residía y obsequió á su esposa con públicos regocijos y muy lucidos juegos de cañas; quedando en tanto Bernal Díaz en su villa con el capitán Luis Marín, ocupado en apaciguar los indios de Sandoval y los de los encomendados á otros conquistadores, que al partir éstos para Mexico se habían sublevado. En Guazacoalco supo nuestro historiador , porque de público se dijo, que, á pesar de tanta fiesta, le había pesado mucho á Cortés la llegada de la señora, y que ésta, á obra de tres meses, murió de asma, y no de violencias maritales como más tarde propaló malévolamente Nuño de Guzmán.

 En una de aquellas entradas, en que dispuso Luis Marín que fuese nuestro soldado por caudillo de otros tres compañeros, para someter á los indios de Cimatán donde radicaba su encomienda, le tocó por ventura, y no buena, recibir la primera herida, «que me dieron, dice textualmente, de un flechazo en la garganta, que con la sangre que me salía, é en aquel tiempo no podía apretalla ni tomar la sangre, estuvo mi vida en harto peligro; y porque no me acabasen de matar, me escondí en unas matas, y aunque me tornaron á herir fui á las canoas donde estaba ya mi compañero Francisco Martín (pues los otros dos habían sido muertos por los indígenas) y nos salvamos mientras los agresores se entretenían en registrar y repartirse la ropa de nuestras petacas.» Y no paró aquí en aquella ocasión la poca ventura de Bernal Díaz, sino que, teniéndole por muerto al ver que tanto retardaba su regreso á Guazacoalco, dispusieron en la villa de sus bienes y vendieron su hacienda, que sólo en parte pudo rescatar al volver junto á sus amigos, fatigado y malherido, después de veintitrés días de ausencia.

 Este lance y otros, ocurridos á varios cabos y caudillos, hiciéronle comprender al capitán Luis Marín la casi imposibilidad de dominar el alzamiento con las cortas fuerzas de que disponía. Con tal persuasión fué á México para noticiar á Cortés el grave estado de la guerra y pedirle algún refuerzo, «que el general le concedió de treinta soldados, con el encargo de someter también á los naturales de la provincia de Chiapa que se mostraban rebeldes y de poblar allí una villa» de que dependieran y les contuviese.

 Penosas fueron las jornadas en aquel territorio, por la belicosa calidad de sus habitantes, y por tener que abrir caminos , y sostener continuas luchas, y sufrir los consiguientes contratiempos en heridas sin poder curar, y hambres sin satisfacer; siendo aún mayores las penalidades para Bernal Díaz, que, como soldado práctico, iba siempre á la descubierta y á pie; pues no era tierra por donde podían correr los caballos, ni convenía descubrirse con ellos cuando explorando se anticipaba hasta media legua al grueso del ejército. Pero dominadas todas las dificultades y vencidas en arduas luchas cuantas huestes indígenas se opusieron á su marcha, siguieron ésta hasta llegar á la ciudad de Chiapa, «que verdaderamente se podía decir ciudad, por lo bien poblada, y tener las casas y calles muy en concierto, y más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos á ella que estaban poblados á su rededor.» Entre ellos Cinacatán, Gopanantelán, Pinola, Gueyhuiztlán y Chamula, rindieron obediencia á España al mismo tiempo que los habitantes de Chiapa; aunque los de Chamula sólo momentáneamente, por haberles excitado á la rebelión los desmanes de un mal soldado que fué á atropellarles exigiéndoles oro.

 Para aquietarles y satisfacerles castigó el capitán Marín, cual correspondía, al codicioso promovedor, y envió seguidamente emisarios á los chamultecas llamándoles de paz y ofreciendo garantizarles sus derechos; á lo que respondieron tan despreciativamente que obligaron al caudillo á ir contra ellos en són de guerra. Y en verdad que su briosa respuesta supieron bien mantenerla aquellos valientes, defendiendo su patria con el más levantado heroísmo: la cual defensa tocó tan de cerca el galán Castillo como lo manifiesta al decir: «A mí me dieron los chamultecas un buen bote de lanza, que me pasaron las armas, y si no fuera por el algodón y bien colchadas que eran, me mataran; porque con ser buenas las pasaron y echaron buen pelote de algodón fuera, y me dieron chica herida.» Herida que debió escocerle mucho, y excitar grandemente su coraje el desperfecto de la armadura vegetal, porque, aprovechándose del momento de tregua producida por la aparición de una densa niebla, al ver arrimadas muchas lanzas á los aduares y á las barbacanas de la fortaleza donde los sitiados se defendían, suponiéndoles descuidados y en la creencia de que los españoles no atacarían mientras la oscuridad durase, para desmentirles penetró Díaz con otro soldado por un portillo, atacóles reciamente, y siguiéndole á sus voces los demás sitiadores desbarataron é hicieron huir á los chamultecas, que, vencidos, prestaron luego incondicional obediencia á España. En premio de aquella hazaña, realmente valerosa, «me depositó aquel pueblo de Chamula el capitán Luis Marín, dice el historiador, porque desde Mexico le había escrito Cortés que me diese una buena cosa de lo que conquistase, y también porque era yo mucho su amigo del Luis Marín, y porque fuí el primer soldado que les entró dentro. Cortés me envió cédula de encomienda guardada y me tributaron más de ocho años:» la cual cédula fué después confirmada por el gobernador Marcos de Aguilar.

 Claramente se ve en esto que no olvidaba Cortés ni las promesas hechas á Bernal Díaz, ni el afecto que en más de una ocasión le había expresado; y tan lo entendían así los conquistadores sus compañeros, que muchos acudían á él mortificándole con peticiones de cartas recomendatorias para el caudillo gobernador, cuando le dirigían alguna pretensión. Pero con todo, y á pesar de tanta influencia cerca del dispensador de las mercedes, no fué nuestro soldado de los más persistentes en solicitar, ni por consiguiente de los más favorecidos en disfrutarlas por sus servicios en la conquista.

 Hecha la de los chamultecas, y recorridos los pueblos de la Chontalpa, Copilco y Ulapa, volvieron los expedicionarios á Guazacoalco, al tiempo que celebraban los vecinos de Mexico, con alegrías y ruidosos regocijos, el nombramiento de gobernador propietario de la Nueva España que el Emperador había enviado á Cortés por medio de sus parientes Rodrigo de Paz y Francisco de las Casas; del cual suceso esperaban los descubridores grandes provechos y la segura posesión de los que habían obtenido. Pero sabiendo á la vez que se dirigían á la capital para encargarse de sus empleos unos oficiales de la Real hacienda, nombrados por la metrópoli para que entendiesen en la administración de los pueblos sometidos, se enfriaron algo las alegrías, sospechando, y no sin motivo, que alguna desazón les había de traer la presencia de aquellos advenedizos.

 Fueron éstos el tesorero Alonso de Estrada, que se decía hijo del Rey Católico; el contador Rodrigo de Albornoz,[11] el factor Gonzalo de Salazar y el veedor Pedro Armíldez Chirino, sujetos todos bien recomendados en la corte, que, al nombrarlos, demostró claramente que si anduvo remisa en concederle al conquistador lo que de derecho le correspondía, y bastante desacertada y poco previsora entorpeciendo más que alentando la colosal empresa realizada por el caudillo extremeño, no pecó de falta de diligencia en procurar utilizarse de los ricos productos que aquellas dilatadísimas tierras le brindaban; aunque pecara, y mucho, de impaciente en descubrir el poco tacto político, al hacer los nombramientos de tales funcionarios y manifestar así como desconfianzas de los héroes que sin el auxilio nacional habían acrecido el poder de su patria con la posesión de un mundo. Medida fué aquella aconsejada acaso por émulos apasionados, como lo fué también la de enviar á Cortés, para escatimarle la alta honra alcanzada, jueces de residencia que, cuando más, podrían formar la cuenta de su heroísmo; pero medidas eran muy propias de nuestro carácter, que aun se repiten y durarán por desgracia mientras no nos curemos de la absurda enfermedad de las desconfianzas oficiales, tan propia de la vida moderna, y de la manía de sembrar lamentables inquietudes con innecesarias complicaciones administrativas.

 En tanto que aquellos entorpecedores de los planes de Cortés tomaban posesión de sus puestos fiscales y empezaban á mover las pasiones, que al exaltarse tantos conflictos y tantas desdichas produjeron, no permanecía ocioso Bernal Díaz. Coadyuvando á los propósitos del Gobernador respecto de un Rodrigo Rangel, á quien para justificar cierta protección le había concedido la entrada ó conquista de los pueblos de Chontalpa, acompañó al novísimo capitán á aquella facción, en la que, como siempre, le tocó algo, pues recibió siete flechazos «por los cuales, dice, allí quedara si no fuera yo muy armado, que con el mucho algodón de las armas se detuvieron la flechas, y todavía salí herido en una pierna.» Pero convencido Rangel de su falta de aptitud para aquellas guerras, aunque aseguraba que en las de Italia había sido un héroe, desistió de la empresa delante de los inconvenientes para él invencibles, y tuvo que volverse á Guazacoalco, más á encubrir sus desdichas que á descansar y solazarse al grato calorcillo de la gloria.

 La vuelta de éste y la de nuestro soldado á su villa coincidió con la llegada á Mexico de los doce primeros frailes franciscos que Cortés había pedido á la metrópoli para doctrinar á los numerosos indios sometidos. Deseando Bernal Díaz recibir sus bendiciones y participar del regocijo que tal suceso produjo, trasladóse á la capital; y además de esto para pretender del Gobernador le mejorase su encomienda de Cimatán, que le tenía poco satisfecho. Pero Cortés, que tampoco lo estaba bastante con la gloria alcanzada, olvidando, lo que bien se sabía, que el camino de la ambición no tiene término, proyectaba ya á este tiempo nuevas empresas; y como tratándose de ellas no se consagraba ni atendía á otra cosa nuestro desinteresado y aventurero historiador, á ellas dedicó todo el calor que para pretender llevaba.


III.


 Respondían los planes de Cortés á las noticias recibidas de las provincias de Honduras. Allá había enviado á Cristóbal de Olid para someter la tierra é investigar sus riquezas, y habiéndole asegurado que éste, de acuerdo con Diego Velázquez, se había alzado, puso otro ejército á las órdenes de Francisco de las Casas con el encargo de someterle y de conquistar aquellas provincias. Pasaba el tiempo sin comunicársele nada, y traduciendo el silencio por elocuente denunciador de algún mal suceso, acordó ir él mismo á enterarse de lo ocurrido y á realizar lo proyectado. Reunió al efecto lo más escogido de sus conquistadores, y como entre los primeros se distinguían los vecinos de Guazacoalco, trasladóse desde la capital á aquella villa; dispuso que todos menos los enfermos se aprestasen, y hecho alarde del conjunto de la expedición, que la formaban 250 soldados viejos, los 130 de á caballo y los demás escopeteros y ballesteros, ordenó aquella penosísima jornada, más rica en tristes episodios que en inmediatos provechosos resultados.

 Antes de emprender la marcha, mandó Cortés á Bernal Díaz que, como capitán de treinta españoles y de tres mil indios mexicanos, pasase á los pueblos de Cimatán, que estaban de guerra, para someterlos, y para que en el ínterin se mantuviesen allí aquellos mexicanos que consumían y pesaban con exceso sobre los bastimentos no sobrados de la villa, y en tanto que aquella facción terminaba, dedicóse el general á hacer entrega de la gobernación de la Nueva España al tesorero Estrada y al contador Albornoz. Cumplido por Díaz su cometido con el mejor éxito, y arreglado ya todo, se puso en movimiento el ejército; llevando Cortés consigo, además de los capitanes Sandoval, Marín, Marmolejo y otros, á los señores de México y Tezcuco, y á varios caciques y principales mexicanos con gran suma de indios tlamemes y de guerra. Reunió, además, una buena colección de instrumentos músicos, con el fin de divertir á los soldados en los trances más penosos; aumentó el convoy con muchos cerdos y las semillas europeas que pudo adquirir, para propagar las especies en los puntos del camino que juzgase á propósito, y juntó cuantos objetos de oficio y arte pudieran necesitarse en la fundación de poblaciones españolas.

 De la de Guazacoalco dirigióse la expedición á Tonala, y desde allí á Ayaguayulco y al río Mazapa, y á Iquinapa y Copilco, que era principio de la muy poblada provincia de Chontalpa; luego fueron á Nacaxuxuica y Zagután, donde les obsequiaron con bastimentos los caciques de Tabasco y unos indios de Tlapa encomendados á Bernal Díaz, y seguidamente á Tepitán é Iztapa, y al cenagoso río de Cholapa; empezando allí los consejos de nuestro soldado á servir de mucho para vencer las dificultades de la marcha, que no fueron pocas, á pesar de guiarse Cortés «por un paño de nequen en que iban señalados todos los pueblos del camino desde Guazacoalco á Hucayala.» Pero eran los montes tan espesos, que para atravesarlos y tomar rumbos tenían necesidad los expedicionarios de valerse á menudo del piloto Pedro López, quien con la brújula en la mano y acompañado de Bernal Díaz, iba en la vanguardia abriendo paso al ejército. Y con todo se extraviaban diariamente, y continuamente se encontraban privados de bastimentos y sin saber cómo buscarlos.

 A tal extremo llegó en ciertos días la carencia de éstos, que los mexicanos que iban en la expedición, excitados por el hambre, mataron á los indios de la tierra, que servían de guías, y á escondidas se los comieron; y tanto apremió la necesidad de todos en aquella ocasión, que al regresar Bernal Díaz de Ciguatepecad, á donde había ido en busca de comida, y á traer, conducidas por indios, ciento treinta cargas de maíz, y algunas gallinas, y frísoles, miel y sal, apercibidos los soldados de la llegada del convoy, lanzáronse desordenadamente sobre él, y lo arrebataron todo en un cerrar de ojos sin conocimiento del caudillo ni de los jefes inmediatos. Mucho irritó á Cortés aquel tumultuoso atentado y escandalosa falta de respeto á las ordenanzas; «y como vió, dice Bernal Díaz, y consideró que el enojo era por demás y dar voces en desierto, me mandó llamar á mí, y muy enojado me dijo que cómo puse tal cobro en el bastimento. Yo le dije que procurara su merced enviar adelante guardas para ello; y aunque él en persona estuviera guardándolo, se lo tomaran , porque le guarde Dios de la hambre, que no tiene ley. Y como vió que no había remedio ninguno, y que tenía mucha necesidad, me halagó con palabras melosas, estando delante el capitán Gonzalo de Sandoval, y me dijo: — Oh señor hermano Bernal Díaz del Castillo, por amor de mí, que si dejastes algo escondido en el camino, que partáis conmigo, que bien creído tengo de vuestra buena diligencia que traeríades para vos y para vuestro amigo Sandoval. Y como oí sus palabras y de la manera que lo dijo, hube lástima dél. Y también Sandoval me dijo: — Pues yo, juro á tal, tampoco tengo un puñado de maíz de qué tostar y hacer cacalote. Y entonces concerté y dije: — Conviene que esta noche, al cuarto de la modorra, después que esté reposado el real, vamos por doce cargas de maíz y veinte gallinas, y miel y frísoles y sal, y dos indias para hacer pan que me dieron y han de venir de noche; y esto hemos de partir entre vuestra merced y Sandoval é yo y mi gente. Él se holgó en el alma y me abrazó, y Sandoval dijo que quería ir aquella noche conmigo por el bastimento; y lo trujimos: con que pasaron aquella hambre... Preguntó Cortés si los frailes tenían que comer; é yo le respondí que cuidaba Dios mejor dellos que él, porque todos los soldados les daban de lo que habían tomado por la noche, é que no morirían de hambre.»

 Vista la buena cuenta que de su persona daba Bernal Díaz en las comisiones que se le confiaban, fué desde entonces el preferido para el desempeño de las más arduas, que eran seguramente en aquellas circunstancias las de explorar el terreno y adquirir comestibles. Merced en gran parte debida á los oficios de este incansable soldado, consiguió Cortés llegar á Hucayala ó Acala la Grande, porque había también Acala la Chica, y que los caciques le recibiesen con grandes muestras de amor y muchos bastimentos, le informasen que á ocho jornadas de allí había hombres barbudos como los españoles, y que, el camino que había de seguir hasta aquel punto, se lo diesen pintado en unas mantas, donde trazaron los ríos y ciénagas y atolladeros que habían de pasar.

 Para corresponder Cortés á la fineza de aquellos indios, accedió complaciente al ruego que le hicieron de someter á unos pueblos circunvecinos que les daban guerra. Comisionó al efecto á Diego Mazariegos, primo del gobernador interino de Mexico Alonso de Estrada, al cual, para que no malograse la facción, por ser nuevo en tierra de Indias, le aconsejó que llevara consigo á Bernal Díaz, soldado práctico y capaz para tales actos y que «lo que yo le aconsejase (dice él mismo) no saliese dello.» Y así lo hizo. «No quisiera, añade nuestro soldado, escribir esto en esta relación, porque no pareciese que me jactanciaba dello; y no lo escribiera, sino porque fué público en todo el real, y aun después lo vi escrito de molde en unas cartas que Cortés escribió á su Majestad, haciéndole saber todo lo que pasaba, y el viaje de Honduras: y por esta causa lo escribo.»

 Terminada satisfactorianente la empresa, volvieron contentos al real Mazariegos y Díaz, dirigiendo por el río muchas canoas llenas de bastimentos; pero pronto la alegría que traían se anubló y fué reemplazada por la lástima que les produjo la ejecución de Cuauhtemotzin y de su primo el cacique de Tacuba y de otros principales señores mexicanos,[12] á quienes Cortés mandó ahorcar por sospechas , alimentadas con denuncias de algunos indios, de que combinaban levantarse con los suyos y matar á todos los españoles. Refiriéndose á aquellas tristes escenas, dice el soldado historiador con la llaneza y sinceridad que tan bien parecen: «Yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo, por haberlos conocido tan grandes señores; y aun ellos me hacían honra en el camino con cosas que se me ofrecían, especial en darme algunos indios para traer hierba para mi caballo. Y fué esta muerte que les dieron muy injustamente dada, y pareció mal á todos los que íbamos á aquella jornada.» Lo mismo debió sentir luégo Cortés, porque, según el mismo soldado afirma, «desde entonces pareció que de noche no reposaba de pensar en ello: y salíase de la cama donde dormía, á pasear en una sala á donde había ídolos, que era aposento principal de aquel pueblezuelo, y descuidóse, y cayó más de dos estados abajo, y se descalabró la cabeza y calló, que no dijo cosa buena ni mala sobre ello, salvo curarse la descalabradura; y todo se lo pasaba y sufría.»

 ¿Se fundaría acaso Cortés para tomar aquella terrible resolución en el tumulto producido la noche del rebato de los bastimentos, ó en algunos otros sediciosos incidentes de la marcha, todos graves, sin duda, en las apuradísimas circunstancias que atravesaba?

 Todo pudo contribuir á ello; aunque más bien debe suponerse que si hubo plan se combinó en Mexico. Cortés, que sacó de la capital á los caciques, y los llevó consigo á la jornada para quitar toda bandera de rebelión á los que pudieran intentarla contra los conquistadores, sabía bien que los poderes caídos jamás se conformaron con las privaciones de la adversidad; y como comprendía igualmente que en cualquiera ocasión propicia, aunque los propósitos de Cuautemotzin y los suyos fuesen pacíficos y leal la sumisión jurada, pudieran verse obligados por sus adeptos á cumplir los deberes de raza, aceptando ó conformándose con las aclamaciones que en su favor hiciesen los más celosos defensores de la independencia; por eso Cortés, que fiaba en gran parte el éxito de su ardua empresa al auxilio que como tlamemes ó bagajeros y aun como combatientes le prestasen los indios mexicanos, y que tenía por cierto que mientras sus señores naturales viviesen no reconocerían otro superior; necesitando serlo él en absoluto, y mandarles por sí, y quitarse aquella sombra de poderío que cohibía su libertad de acción, para consolidar la conquista que, según las máximas de su tiempo y las de muchas otras épocas, consistía en el exterminio de cuantos con legítimo ó tradicional derecho pudieran entorpecerla con reclamaciones ó con restauraciones; decidióse, aunque con pena, cual lo demostraron sus consiguientes preocupaciones, al sacrificio de Cuauhtemotzin y de los otros caciques, aun sabiendo que se exponía á una general censura, antes de que las penalidades apremiasen más, y la defensa propia y los disgustos llegaran al extremo de obligarle á usar correctivos sangrientos en más extensa escala. La política y no el caudillo extremeño mató por tanto á aquellos caciques: cúlpese, pues, más que al héroe, á las doctrinas de su edad, y á esa pantalla, cómoda y necesaria muchas veces, que con el nombre de razón de Estado tantos absurdos ha encubierto y tantos encubrirá aún. Cortés como Cuauhtemotzin y los suyos fueron víctimas de las circunstancias; que si privaron de la vida á los indígenas, también al español le disminuyeron mucho el reposo y la tranquilidad en gran parte de la suya.

 Siguiendo los expedicionarios su viaje hacia la tierra de Nito, á donde unos sacerdotes de ídolos les encaminaron, diciéndoles que á siete soles de allí había hombres como ellos, atravesaron los pueblos Mazotecas, abundantísimos en venados mansos que discurrían por los campos confiadamente y con la libertad de dioses; pues como á tales los adoraban, y con su divina carne acudieron próvidos á la humana flaqueza de los españoles: pasaron luego á Tayasal y á la Sierra de los Pedernales, sufriendo allí peligrosas heridas, así hombres como caballos, y en las márgenes del río Taica desesperadas hambres, que mitigó, como siempre, la incansable diligencia de Bernal Díaz, explorando la tierra y proveyendo al ejército de los productos que contenía. Habiendo descubierto en aquella ocasión ciertos depósitos con mucho bastimento á gran distancia del real, «hice tinta, dice en su historia, y en un cuero de atambor escribí á Cortés que enviase muchos indios, porque había hallado otras estancias con maíz; y á otro día vinieron sobre treinta soldados y más de quinientos tlamemes y todos llevaron recaudo.»

 A los cinco días de forzosa permanencia delante del pueblo de Taica, que los ocuparon echando sobre el río uno de aquellos admirables puentes de troncos de árboles colosales que aun hoy se llaman puentes de Cortés, pasó el ejército á Taica, y á poco de salir de él, extraviándose otra vez, tuvo que sacarle del apuro nuestro explorador, que á pesar de padecer calenturas, fué á ruegos de Sandoval en busca de guías; y atravesando bosques y cruzando torrentes los halló al cabo, sorprendiendo y aprisionando de noche á unas indias que le nombraron el pueblo de Oculiztli ó Coliste, situado río abajo, á dos soles de distancia, por el punto donde los pobladores españoles residían. Conjurada con esto la gravedad de la situación, y animados hasta los más abatidos, que en la reunión á aquellos pobladores suponían ver el fin de los sufrimientos, dispuso Cortés, para convencerse de la verdad que se adelantase Sandoval con seis soldados. Prendieron éstos á tres vecinos de San Gil de Buenavista y con ellos le llevaron noticias detalladas de la merecida muerte de Cristóbal de Olid en Naco, y del viaje á Mexico de sus jueces y ejecutores Francisco de las Casas y Gil Gonzalez Dávila, y relación de cuanto había ocurrido en aquellos descubrimientos.

 Con tales nuevas, no todas consoladoras ciertamente, emprendió el ejército la marcha hacia el mar, é hizo alto en la ribera del río grande del Golfo Dulce, en tanto qué Cortés, antes que nadie y acompañado de algunos deudos, entraba en San Gil de Buenavista. Siguióle luego el grueso de la gente, que al llegar á tan pequeña población, desprovista de comestibles y de todo recurso, por tenerla continuamente bloqueada los enemigos indios del contorno, sufrió el triste desengaño que es de suponer; viéndose otra vez obligado el caudillo, para evitar los males consiguientes á la carestía, á emplear el conocido procedimiento de adquirirlos asaltando las haciendas de los indígenas que contenían maíz. Elegidos, como siempre, para cumplir tales funciones Bernal Díaz y los vecinos de Guazacoalco, capitaneados por Luis Marín, fueron á buscarlo en el camino de Naco, y habiendo hallado á ocho leguas de distancia grandes estancias con cacahuatales, muy bien provistas del codiciado grano y de frisóles, avisaron al caudillo de la riqueza de la tierra. Éste, que tocaba ya los inconvenientes de tener tanta gente reunida donde los medios escaseaban, envió allá á Gonzalo de Sandoval con la mayor parte del ejército y la orden de mantenerle en el país y ocuparle en exploraciones hasta que otra cosa dispusiese.

 Mientras la expedición iba á su destino, aproximóse á la costa un buque procedente de Cuba con cargamento de pan cazabe, pipas de tasajo salado y algunos caballos y puercos; todo lo cual compró Cortés al fiado á su dueño Antón de Camargo, para repartir entre los necesitados vecinos de la villa y para abastecer un bergantín en que se proponía reconocer las riberas de aquel gran río, como lo verificó en el espacio de veinte días. Persuadido de que la tierra no prometía lo que esperaba, regresó á San Gil de Buenavista y escribió á Sandoval pidiéndole diez soldados de los de Guazacoalco, porque sin ellos no se hallaba en las entradas, y ordenándole á la vez que con el ejército fuese á Naco, en tanto que él, con los vecinos de la villa, se dirigía á Puerto de Caballos para poblarle. Dispuesto todo, embarcó la gente, trasladóse á aquel puerto, fundó con cuarenta y cinco vecinos la que nombró villa de la Natividad, y dejando por gobernador á Diego de Godoy, trasladóse seguidamente á Honduras; llegando á Trujillo casi al mismo tiempo que Sandoval á Naco, donde recibió la carta de su jefe, y atendiéndola, designó los diez soldados viejos que fueron á unírsele, exceptuando á Bernal Díaz que, con beneplácito del capitán su amigo y por sentirse enfermo, pudo excusarse.

 Siguiendo Sandoval las órdenes del caudillo, ocupóse en someter á los indios de las vecindades de Naco, logrando poner aquella tierra en paz y en comunicación con Puerto, de Caballos; y habiendo tropezado en sus excursiones con unos soldados de los de Pedrarias Dávila, que con su capitán Francisco Hernández molestaban injustamente á los indígenas, comunicó el caso á Cortés por medio de Luis Marín y de cinco soldados, entre ellos Bernal Díaz, quienes tras penosísimos trabajos llegaron á Trujillo al tiempo que un barco y las cartas enviadas por el licenciado Zuazo, alcalde mayor de Mexico, con la relación detallada de todos los conflictos sufridos en la capital por las demasías de los oficiales reales.

 Hondamente apenaron al conquistador las tristes nuevas; pues abatido de espíritu, y no bien curado de la grave enfermedad en que corrió gran riesgo, estaba tan acabado, que mucho temió no poder resistir el rudo golpe. Pero reaccionándose á las pocas horas, con la energía propia de los grandes caracteres, ordenó que inmediamente se aprestase el mejor buque para hacerse á la mar, y dispuso que los pobladores de Puerto de Caballos se trasladasen á Naco y los soldados mandados por Sandoval se dirigiesen á Mexico. Al conocer Bernal Díaz esta determinación, «como ví, dice en su historia, que Cortés se había de ir á la Nueva-España por mar, le fuí á pedir por merced que en todo caso me llevase en su compañía, y qué mirase que en todos sus trabajos y guerras me había hallado siempre á su lado y le había ayudado; y que agora era tiempo que yo conociese dél si tenía respeto á los servicios que yo le había hecho, y amistad y ruego presentes. Entónces me abrazó y me dijo: — Pues si os llevo conmigo, ¿quién irá con Sandoval? Ruégoos, hijo, que vais con vuestro amigo Sandoval; que yo os prometo, y empeño estas barbas, yo os haga muchas mercedes; que bien os lo debo antes de agora. — En fin, no aprovechó cosa ninguna; que no me dejó ir consigo.» ¿Tendría presente Castillo, al hacer su petición, el desaire inferido en Mexico á su jefe cuando aconsejándole que siguiese á su lado prefirió el de Sandoval? En consecuencia de la afectuosa negativa, tomó con Luis Marín y los otros de Guazacoalco la vuelta de Naco, después de darles Cortés un abrazo y encargarles que sin excusa alguna siguiesen la vía de Mexico y pasaran, si hubiese lugar, por «la provincia de Nicaragua para demandarla á su Majestad el tiempo adelante.»

 Contrarios vientos, temporales deshechos y acaso apocamiento del convaleciente y de los marinos, hicieron arribar dos veces al puerto de Trujillo el buque en que iba el conquistador, quien á la segunda arribada, teniendo por providencial aquella oposición de los elementos, pues no hay grande hombre que no tenga su peculiar superstición, decidió no contrariarla y esperar en aquella tierra, que tan mal le había tratado, circunstancias menos adversas. Resuelto á ello, envió contraórdenes á Sandoval, encargándole que quedara donde estuviese y no pasase adelante en el camino de Mexico: ¡pues todas estas precauciones creía necesarias el conquistador para evitar que se complicasen los asuntos políticos de su querida Nueva España, tan revueltos por los empleados del fisco constituídos en autoridad!

 El disgusto que en el campo de Sandoval produjeron las nuevas órdenes de Cortés, bien puede suponerse cuál sería en los que, cansados de conquistas, y de guerrear y de sufrir sin tregua durante largos años, ansiaban ya algún descanso. Tal les contrarió aquel mandato, que hasta maldiciones públicas dirigieron á su autor, murmurando y diciendo todos, según el mismo Bernal Díaz afirma: «que ya no había ventura en cuanto él ponía la mano;» atribuyendo nuestro soldado aquella decadencia del caudillo á la preocupación en que había caído desde la injusta muerte de Cuauhtemotzín. Ya desbordados en la arrebatadora corriente de la inobediencia los soldados, dijeron desvergonzadamente á Sandoval: «que si quería poblar, que se quedara con los que quisiesen, que harto conquistados y perdidos les traía;» jurando que no le habían de aguardar más, sino irse luego á las tierras de Mexico ganadas por sus esfuerzos.

 Comprendiendo el capitán cuan fundadas eran las quejas de su gente, aconsejó que las manifestaran á Cortés con comedimiento. Hiciéronlo así, escribiéndole una muy razonada carta; y siendo la respuesta bastante desabrida, rogóles Sandoval á los más exaltados que se contuviesen en tanto que él iba á Trujillo á convencerle y conseguir lo que calmase los agitados ánimos.

 Mientras allá se encaminaba y cumplía su misión, ocupáronse los soldados en recorrer, á las órdenes de Luis Marín, las tierras de Marayani y de Acalteca, donde aburridos se instalaron para esperar la resolución del caudillo. Demoróse ésta bastante, así porque el general se entretenía en someter los pueblos inmediatos á aquella villa cuando á ella llegó su capitán favorito, como porque éste no pudo al pronto persuadirle, y cuando lo consiguió, fueron cumplidas sus órdenes con sobrada negligencia.

 Cortés, que á juicio de Bernal Díaz estaba á la sazón tan apocado que hasta temía ser preso por los descomedidos oficiales de la hacienda si no entraba en Mexico con medios suficientes para imponerse, holgó sobremanera de ver á su predilecto Sandoval; escuchóle como á un buen amigo, y se dejó convencer al cabo; mas creyendo que antes de acordar su razonable pretensión, convenía dar cuenta de su persona á los pobladores de la Nueva-España, que teniéndole por muerto, autorizaban con implícito consentimiento los desmanes de los usurpadores del gobierno, comisionó á su criado Martín de Orantes para que, disfrazado, fuese á Mexico con cartas para el tesorero Estrada y las personas que habrían de coadyuvar al restablecimiento del orden. Escribió al mismo tiempo á Pedro de Alvarado, que andaba en las entradas de Guatemala, participándole sus proyectos, y al capitán Luis Marín encargándole que con las fuerzas de su mando fuese hacia donde Alvarado conquistaba; y cuando supuso que la misión de Orantes había producido efecto, dejóse ya convencer de los marinos que le aseguraban estar la mar buena y favorable el tiempo para navegar. Embarcóse entonces, que era el mes de Abril, acompañado de Sandoval y de las personas de su mayor confianza, con rumbo á la Habana; descansó cinco días y dirigióse al puerto de Medellín, inmediato á la isla de Sacrificios, y de allí á la capital de Mexico, donde en el mes de Junio se le recibió triunfalmente; pues tanto los españoles como los naturales, ansiaban ya el fin de las perturbaciones en que aquellos malhadados oficinistas les habían envuelto.

 Las órdenes comunicadas desde Trujillo á Luis Marín no llegaron oportunamente á su noticia por la mala fe del gobernador Saavedra, que las detuvo; y cansados los de Acalteca de esperar tanto, obligaron á su capitán á que tomase algún acuerdo, y éste fué comisionar á Francisco Marmolero y á Bernal Díaz para que con otros soldados prácticos fuesen á aquella villa y se enterasen de lo que ocurría. A su paso por Olancho ó Guayape recibieron estos comisionados una carta de Saavedra en respuesta á otra que les había precedido, refiriéndoles en ella la llegada de Sandoval, el embarque de Cortés y las disposiciones que había dictado. Y así enterados, dice nuestro historiador, «á buenas jornadas volvimos donde Luis Marín estaba, y acuerdóme que tiramos piedras á la tierra que dejábamos atrás.» ¡Tan triste impresión llevaban de los trabajos en ella sufridos!

 Impuesto Marín de lo ocurrido, emprendió con su mermado y valiente ejército la marcha hacia Guatemala por el camino de Marayani, donde hallaron seis españoles que de orden de Alvarado iban en su busca. Trasladáronse todos á Choluteca y uniéronse á Alvarado otros soldados de Pedrarias que iban á tratar asuntos de la conquista: siguieron todos el camino de Guatemala por el caudaloso río Lempa: visitaron la tierra de los Chapanastiques, que mataron á Nicuesa, y donde se pobló la villa de San Miguel; y entrando en la provincia de Cuzcatlán, que aunque estaba de guerra les proporcionó bastimentos en abundancia, encamináronse á Petapa ya en són de guerra, porque al pasar unas sierras que los guatemaltecos tenían cortadas y muy defendidas, empezó la lucha; en la cual dice Bernal Díaz que le hirieron de un flechazo, mas no de graves consecuencias por fortuna. Vencidos aquellos obstáculos, llegó el ejército á Petapa á los tres días de pelea, y pasó al siguiente al valle que llamaron del Tuerto, donde á poco se fundó la ciudad de Santiago de Guatemala. «Acuerdóme, dice, que cuando veníamos por un repecho abajo, comenzó á temblar la tierra de tal manera, que muchos soldados cayeron en el suelo, porque duró gran rato el temblor.»

 Dirigiéronse desde allí los conquistadores al punto donde estuvo Guatemala la Vieja y les esperaban los caciques Cinacam y Sequechul con numerosísimas huestes, que vencidas en reñidísimas batallas les permitieron descender y acampar en la llanura. Brindóles entonces Alvarado con la paz, y negándose á aceptarla, no insistió por tener antes que cumplir los deseos de Cortés; trasladóse á Olintepeque, donde á las órdenes de su hermano Gonzalo estaba el grueso de sus tropas, confirmó á éste en el mando mientras se dirigía á Mexico, y encaminóse directamente á esta ciudad con algunos de sus caballeros y los soldados de Luis Marín por Soconusco, Tehuantepeque, Guaxaca y Chalco.

 Sabida por Cortés la aproximación de los expedicionarios á la capital, salió á esperarles á la calzada de Iztapalapa. Allí recibió con abrazos y aplausos muy merecidos á aquellos héroes, si desarrapados, henchidos de gloria, y fueron luego aclamados con gran regocijo por sus antiguos compañeros de armas, vecinos de Mexico; obsequiados por el conquistador con un espléndido y solemne banquete y con alojamientos cómodos, y agasajados con vestidos y dinero. «A mí, dice Bernal Díaz, Sandoval me envió ropas para me ataviar, é oro é cacao para gastar»;[13] y añade que al siguiente día del de su llegada se presentó al licenciado Marcos de Aguilar, que, como sucesor del juez de residencia Luis Ponce de León, gobernaba la Nueva España, á pedir que le encomendase indios de la capital. Denegada la súplica por no tener Aguilar poderes para hacer tales concesiones, le contentó con buenas promesas, que al cabo se redujeron á confirmarle en la posesión de lo que nuestro poco afortunado pretendiente disfrutaba en Chamula, y no pasaron adelante, acaso por haber muerto el gobernador antes de cumplirlas, y no mucho después de hacerlas.

 Dejó Aguilar ordenado en su testamento que le sucediese en la gobernación el tesorero Alonso de Estrada, que ya la había desempeñado interinamente, y no con gran fortuna. Temiendo el cabildo de Mexico que no la tuviera mejor en aquellas circunstancias, y recordando con dolor los conflictos pasados, rogóle que para no asumir tantas responsabilidades, y para contener en el límite de sus obligaciones á los turbulentos y al no poco agitador Nuño de Guzmán, compartiese la pesada carga del mando con Cortés, que, sujeto á la residencia, y en suspenso ésta por la falta de Marcos de Aguilar, se hallaba desposeído de todo cargo oficial y sin más autoridad que la de su gran prestigio. Resignado sufría aquel gran carácter los injustos desaires de la Corte, cuando fueron á hacerle la oferta, que dignamente rechazó por no verse más deprimido ante aquella opinión por él creada; y eligióse entonces, acaso por indicación suya, al alguacil mayor de Mexico y su capitán favorito Gonzalo de Sandoval.

 Poco después, y quizá por recomendación de este su amigo, le encomendó Estrada á Bernal Díaz con fecha 3 de Abril de 1528 «los señores y naturales de los pueblos de Gualtipán y Micapa en las sierras de Cachulco, que solían ser sujetos á Cimatán y Popoloatán en la provincia de Citla.»[14] Posesionóse nuestro soldado de este repartimiento al tiempo que llegaba á la Corte la noticia de la muerte de Aguilar y del acuerdo tomado en Mexico para reemplazarle. El Rey, que impresionado por los calumniadores de Cortés seguía atendiéndoles, aprobó cuantas medidas había dictado Estrada, inclusas las concesiones de encomiendas de indios, y le nombró gobernador propietario. Bernal Díaz, al saberlo, creyóse ya en segura posesión del premio que por sus penosísimos y prolongados sufrimientos de diez años había obtenido; pero también en esta ocasión se equivocó, porque Diego de Mazariegos, primo de Estrada, y Baltasar de Osorio, le desposeyeron de ello para agregarlo á las villas de Chiapa y Tabasco; por los cuales despojos entabló pleitos con esas villas la de Guazacoalco, de la que era regidor el despojado, quien nada pudo á la postre conseguir de provecho, por carecer de medios y faltarle la influencia que, á veces, hasta en los casos de justicia se necesita para hacerlos prevalecer.


IV.


 Investido Alonso de Estrada con la plena autoridad de gobernador propietario de la Nueva España, se desvaneció tanto con el brillo del mando y le dominó de tal manera la fatuidad, que atropellando toda consideración, cometió desatentadamente numerosos é injustificados desmanes, como el de desterrar de Mexico á Cortés por suponerle entorpecedor de sus planes gubernativos. ¡A Cortés, que tanto le había distinguido y tolerado!

 El gran conquistador, que seguía sufriendo el olvido y las injusticias de la Corte, retiróse obediente á su villa de Coyoacán y luego á Tezcuco y á Tlaxcala, donde se le acercó el Obispo á rogarle de parte del arrepentido Estrada que olvidase su arrebato y aceptara su perdón y volviese á México. Hernando Cortés juzgó que si autorizaba en aquella ocasión con su aquiescencia el atrevimiento del gobernador cortesano, pudiera serle muy difícil contenerse en cualquier otro punto que le afectase, y despreciando las menguadas humillaciones del sujeto, aunque respondiendo cortésmente á la autoridad, resolvió dejar la tierra de sus afanes y de su gloria, é ir á enterarse personalmente de las causas de aquellos desdenes que sufría. Preparó, al efecto, su viaje, y después de nombrar procuradores que mirasen por sus asuntos durante la ausencia, se embarcó para Castilla en 1528.

 En tanto que llegaba á la Corte y mientras desautorizaba á sus calumniadores y recibía del Emperador, con las mayores muestras de cariño y de reconocimiento por sus servicios, el título de Marqués del Valle de Oaxaca, y el hábito de Santiago, y el nombramiento de capitán general de la Nueva España, vivía modestamente nuestro Bernal Díaz en la villa del Espíritu Santo de Guazacoalco, á donde se había trasladado antes de comenzar las desavenencias entre Cortés y Estrada. En aquella villa desempeñaba el cargo de regidor y procurador síndico cuando supo que los señores de la primera Audiencia, recien llegada á Mexico, habían dispuesto que todas las poblaciones de españoles enviasen á la capital procuradores para revisar los repartimientos, conforme á las ordenes que el Rey les había comunicado. Para enterarse mejor del mandato pasó á Mexico: sabido lo que se trataba, regresó á Guazacoalco, y elegido con Luis Marín para representar á los encomenderos de la villa, trasladóse con él á la capital, donde perdieron desesperadamente el tiempo y nada alcanzaron en definitiva, porque el presidente de la Audiencia, Nuño de Guzmán, y los suyos, más se ocupaban en atender al propio interés que al cumplimiento de las cédulas reales. Pero en cambio sufrieron los conquistadores no pocos disgustos por haber protestado enérgica y colectivamente contra algunas injustas acusaciones que el apasionado Guzmán dirigió á Cortés, y por haberse declarado solidarios de su caudillo en la reclamación de intereses é indetanizaciones que un comisionado de doña María Valenzuela, viuda de Pánfilo de Narváez, presentó contra los que habían combatido y vencido á éste y aprovechádose como despojo de guerra de cuanto en su armada llevaba. Por negarse á reconocer tan extraña exigencia, fueron presos cuantos conquistadores se hallaban á la sazón en capital, «que en las probanzas, dice Bernal Díaz, vieron fueron en ello, que pasaron de más de doscientos y cincuenta; y á mí también me prendieron, y nos sentenciaron en ciertos pesos de oro de tepuzque, y nos desterraron de cinco leguas de Mexico, y luego nos alzaron el destierro.» Verdad es que en cuanto se refería al novísimo Marqués del Valle, estaban unánimes y prontos siempre los leales conquistadores, aun aquellos que más servicios habían prestado y menos recompensas recibido, á defenderle decididamente, y más en aquella ocasión en que los ofensores no eran sino instrumentos de venganza y de codicia, que de los importantes cargos judiciales con que estaban investidos abusaban viciosa y torpemente.

 Durante las demasías de Nuño de Guzmán, y hasta la vuelta de Cortés á Mexico, efectuada en 1530, y en todo el tiempo que invirtió el nuevo capitán general en hacer armadas y descubrimientos por la mar del Sur, permaneció nuestro Bernal Díaz en Guazacoalco, haciendo sus viajes á Mexico sólo cuando despertaban su curiosidad y le atraían sucesos de importancia, como la llegada de la segunda Audiencia presidida por el eminentísimo y bien reputado obispo D. Sebastián Ramírez de Fuenleal. Aquella ausencia del centro del movimiento político, que ha sido siempre el foco de los medros, fué seguramente la causa de que al infortunado conquistador no se le atendiesen sus servicios cual merecía; pues cuando otros arrastrándose subían, él desmedraba por digno, y confiado, y caballeroso y lleno de honra.

 Ciertamente que el Marqués del Valle no andaba tampoco muy próspero en buena suerte, por haberle llegado el tiempo «en que no tenía ya ventura en cosa que pusiese la mano, sino todo se le tornaba espinas y se le hacía mal,» según dice el mismo Díaz; quien continuaba atribuyendo aquello á la preocupación constante que cual sombra perseguía á Cortés desde la muerte de Cuauhtemotzin. Tan contrariado se vió por la ineficacia de sus descubrimientos en la mar del Sur y la pérdida de las armadas, en que había gastado más de trescientos mil pesos, y tan cansado de empresas, y deseoso de arreglar el recuento de sus vasallos y la resolución de ciertas reclamaciones que en la Corte tenía pendientes, que determinó regresar á Castilla: lo cual verificó después de presenciar en Mexico las fiestas dedicadas á celebrar las paces en Aguas Muertas, hechas entre el Emperador y el Rey Francisco I.

 Dispuesto su viaje, «me rogó á mí, refiere nuestro historiador, que fuese con él, y en la Corte demandaría mejor mis pueblos ante los señores del Real Consejo de Indias, que no en la Audiencia de Mexico»; y decidido á seguir el consejo de su caudillo y á ejercer la acción de pretendiente con eficaces fundamentos en que apoyarla, se apresuró á hacer la probanza de sus servicios ante la Audiencia de la Nueva España en los primeros días de Febrero de i539.[15] Pidió y obtuvo, además, cartas de recomendación para la Corte del mismo Marqués del Valle y del buen virrey don Antonio de Mendoza en los últimos días de aquel mes;[16] y «luego me embarqué, dice, y fui á Castilla, y el Marqués nofué hasta de allí á dos meses porque estaba malo. Esto fué, añade, el año de 1540, porque en 1539 falleció la Emperatriz doña Isabel á primero de Mayo, é yo, como regidor que era de la villa de Guazacoalco é conquistador más antiguo, me puse grandes lutos y con ellos fuí á Castilla, y llegado á la Corte, me los torné á poner mucho mayores, como era obligado.» Tan exageradas parecieron aquellas manifestaciones del sentimiento oficial, y tanto llamaron la atención en Madrid, donde á poco de entrar Bernal Díaz llegaron Hernán Cortés, Hernando Pizarro, Nuño de Guzmán y otros conquistadores con sus deudos y criados, que, según él mismo afirma, dió la gente cortesana en el chiste de llamarles los indianos peruleros enlutados.

 La llegada de nuestro pretendiente á Madrid, supuesto que se embarcara en la Nueva España á principios de 1540, debió ser hacia el mes Marzo, porque ya en 15 de Abril se dictó un auto por el Consejo de Indias, emanado de las probanzas y de alguna otra petición aclaratoria[17], que produjo la Real cédula dirigida al adelantado de Guatemala D. Pedro de Alvarado, en la que, atendiendo las reclamaciones del conquistador, se mandaba que, en compensación de los pueblos que le habían quitado en las provincias de Chiapa y Tabasco, se le diese otra cosa de igual importancia en aquella provincia, y si no hubiese indios vacos á la sazón, le concediera los primeros que vacaren.

 Por cierto que en aquel documento figura un licenciado Villalobos, que en su cargo de fiscal, y por lo entorpecedor en la gestión administrativa, parece el maestro de nuestros actuales empleados de Hacienda; pues empezaba su informe nada menos que negando á nuestro conquistador que lo fuese, y que en premio de sus servicios hubiera obtenido los pueblos que en su probanza decía. Pero el tal Villalobos, que cumpliendo celosamente su oficio de restringir la gracia creía obrar en justicia creando obstáculos, recordaría acaso haber visto en los registros de la Casa de Contratación de Sevilla y entre los pasajeros embarcados para Indias desde 1509 á 1517 el nombre de un Alonso Díaz, hijo de Bernal Díaz y de María Díaz, vecinos de Toledo;[18] y confundiendo al héroe de Chamula con el padre de aquel pasajero, que bien pudiera haber pedido alguna merced por los servicios de su hijo, se decidió llanamente por lo que le daba ocasión al placer de una negativa. ¡Estaría de oir el verdadero y gracioso Bernal Díaz al ver negarle su personalidad!

 Mas los del Consejo de Indias, pesando unas y otras razones con el detenimiento que acostumbraban, desatendieron las del fiscal, y conformándose con las de la probanza, aconsejaron la expedición de la Real cédula consabida. Verdad es que en aquellos tiempos, si el Rey influía, aunque no siempre, en las decisiones de los altos Cuerpos consultivos, estaban éstos más libres que hoy de las ingerencias y sugestiones políticas: si es que por políticos pueden tenerse á todos los que así se llaman en el día; entre los cuales no escasean, por desgracia, los entes perturbadores y vagos que prescindiendo, por no poseerlos ó ser incapaces de adquirirlos, de los cimientos y de los estudios que para nombrarse tales políticos se requieren, penetran descaradamente y como con ganzúa, y sin las llaves legales y legítimas labradas ante la opinión pública por el talento y el saber, en el templo erigido solamente para los idóneos en la difícil ciencia de gobernar.

 Bernal Díaz, que debió conocer antes de dictarse el auto que sometía su asunto al arbitrio del virrey de la Nueva España, temiendo que por tal medio se demorase demasiado la ejecución favorable, interrumpió el despacho del expediente con nueva solicitud, rogando que se le hiciese la gracia en otra parte del virreinato que no fuese Tabasco ni Chiapa, por tener todos sus indios repartidos, ó que se le concedieran de las provincias de Guatemala; y de ahí la Real cédula dirigida á Alvarado. Además, y para que la voluntad del Rey se cumpliese de cualquier suerte que fuera, alcanzó en 2 de Julio otro mandamiento para el mismo virrey D. Antonio de Mendoza, ordenándole que si D. Pedro de Alvarado no cumplía el suyo oportunamente, le proveyese en la Nueva España con uno de los corregimientos de Mincapa, ó Suchetitán ó Soconusco.[19]

 Provisto de estas Reales cédulas, salió Bernal Díaz de la Corte para regresará las Indias, emprendiendo probablemente su viaje hacia mediados 1541, puesto que asegura haber llegado á la Nueva España poco después de ocurrido el alzamiento de la provincia de Xalisco y el suceso desgraciado de los españoles en Nochistlán, que produjo la muerte de D. Pedro de Alvarado, ocurrida el 4 de Julio de aquel año entre el pueblo de Atenguillo y la villa de Guadalajara.

 Al llegar á México, presentó sus cédulas al virrey Mendoza; pero como éste andaba entonces muy ocupado en la reducción de los sublevados xaliscenses y en las expediciones que por mar y por tierra tenía proyectadas, no pudo hacerle gran caso. Aburrido de esperar, y llamándole á Guatemala las afecciones de familia, allá se fué, donde su mujer doña Teresa Becerra, hija única del conquistador y regidor de aquella ciudad Bartolomé Becerra y de doña Juana de Saavedra, estaba con su padre al cuidado de las dos hijas ya mozas en aquel tiempo y de un hijo aún niño que había tenido de Bernal Díaz, quien debió casarse á su vuelta de la expedición á las Hibueras.

 A poco de esto, el licenciado Alonso Maldonado, gobernador que había sido de Guatemala en 1543, fué nombrado primer presidente de la Audiencia de los Confínes, establecida en Comayagua, y encargado, por tanto, de dar cumplimiento á las cédulas que estaban en suspenso por la inesperada muerte de Alvarado. Bernal Díaz se le presentó, pidiéndole que lo diese á las dictadas en su favor, y acordándolo así el Presidente, le depositó ciertos indios que á la sazón vacaron; no pudiendo favorecerle con más por haberse dispuesto en las Ordenanzas de Indias recien comunicadas á aquellas partes, que cuantos indios vacaren se pusiesen en cabeza del Rey.[20] Nuestro soldado historiador, que desempeñaba el cargo de regidor del Cabildo de Guatemala, apenas podía sustentarse con el escaso producto de los pueblos Zacatepeque, Joanagacapa y Misten que le estaban encomendados; y para mejorar su suerte, decidió hacer otro viaje á la Corte y reclamar de nuevo el premio en las cédulas ofrecido.[21] A los pocos meses de estancia en ella, y con fecha de 1.º de Diciembre de 1551, pudo conseguir otra Real cédula dirigida al licenciado Alonso López de Cerrato, sucesor de Maldonado, disponiendo que á Bernal Díaz se le diese en la provincia de Guatemala un corregimiento proporcionado á las encomiendas de que se le había desposeído.[22]

 Pero el licenciado Cerrato, más bien que á los conquistadores atendía á sus parientes, á quienes daba los mejores repartimientos, según el mismo soldado decía al Emperador en carta de 22 de Febrero de 1552;[23] quedando por esto sus pretensiones en blanco, y dejándole entre todos tan necesitado y reducido, que hubo de recurrir al mismo Emperador rogándole que «se sirviese mandarle admitir en su Real casa en el número de los criados»,[24] y á solicitar de la Real Audiencia de Guatemala que le concediese la plaza de fiel ejecutor. Obtenido este cargo, escribió otra carta al rey D. Felipe II en 20 de Febrero de 1558 suplicándole que mandase confirmar aquel nombramiento, si no por sus méritos, al menos en atención á lo bien que sus antecesores habían servido á la monarquía.

 En esas estrecheces iba alargando sus años, el que ya en 1552 decía al Emperador que estaba en senectud, y no vivía tan tranquilo en su encomienda de Chamula como supone D. Enrique de Vedia, pues hacía bastantes años que Diego de Mazariegos le había privado de ella; estrechamente vivía el bueno de Bernal Díaz y con no pocos trabajos sacaba su familia adelante, cuando el clérigo de Hernán Cortés Francisco López de Gómara publicó su Crónica de la conquista de México, que si por considerarla «historia libre,» cual la calificó León Pinelo, fué prohibida en 1553 por Felipe II, no se pudo evitar que uno de los ejemplares llegara á manos de nuestro conquistador. No pudiendo leer éste con paciencia que Gómara le deprimiese, juntamente con sus compañeros de armas, por aumentar la gloria de Cortés, como si éste necesitara del achicamiento de los demás para descollar en grandeza, se puso á escribir su Verdadera Historia de la conquista de la Nueva España, que debió terminar hacia el año de 1568, y cuando contaba cerca de ochenta de edad. Esta apreciabilísima obra, que conocieron algunos en Guatemala, cual lo declaró en 12 de Febrero de 1579, viviendo aún el autor, Juan Rodríguez Cabrillo de Medrano, que la vió y leyó, y asegura que se envió á su Majestad el rey D. Felipe,[25] fué impresa el año de 1632 en la Imprenta Real de Madrid por Fr. Alonso Remón, sirviéndole de original el manuscrito que poseía el erudito consejero D. Lorenzo Ramírez de Prado: reimprimióse á principios de este siglo por D. Benito Cano, en cuatro volúmenes dozavo: mereció los honores de la traducción al alemán en 1838; y últimamente, el año 1861, la publicó D. Enrique de Vedia, no bastantemente depurada de errores materiales, en el tomo vigésimosexto de la Biblioteca de Autores españoles y segundo de los Historiadores primitivos de Indias.

 Que Bernal Díaz vivía algunos años después de terminar la obra, lo prueba su permanencia en Guatemala al hacerse en 1579 por su hijo mayor la probanza de los méritos y servicios de su abuelo Bartolomé Becerra, para fundar en ellos la petición de algunas mercedes, ya que en los de su padre no era posible por habérselos premiado; y pasada aquella fecha, en que se aproximaría el historiador á los noventa de edad, puede asegurarse sin gran riesgo que no viviría mucho más tiempo aquel singularísimo carácter.

 El inglés Robertson, á quien tanto sirvió la obra de Bernal Díaz para escribir su deficiente Historia de América, le pinta muy favorecido ; aplaudiéndole con entusiasmo la ingenuidad, sinceridad y sello de autenticidad que la crónica manifiesta, aunque al contar los pormenores más interesantes demuestre un amor propio y vanidad muy graciosos, si bien disimulables en un soldado que asistió, sin duda, á más batallas que á lecciones de gramática. Bernal Diaz ni aun sabía latín, lo cual, en su tiempo, apenas era disculpable, y así lo refiere al asegurar que por aquella ignorancia no pudo entender las palabras puestas en el escudo concedido á Hernán Cortés con el título de Marqués del Valle; mas no por esto debe admitirse el calificativo «de idiota y sin letras» que á sí propio se aplica en el cap. ccxii de su historia. Bernal Díaz pasó por buen soldado; si no de los nacidos para producir héroes cual Cortés y grandes capitanes como Alvarado y Montejo, fué de aquellos que en la subordinación y en la obediencia cifran su culto; y que siendo fácil en prestarse á la fatiga, buen explorador como andariego, voluntarioso y alegremente dispuesto siempre, aunque por jactancia, á todo lo que pudiera hacerle figurar entre los primeros, contribuyó, y no poco, al éxito admirable de la conquista. Hija de su carácter fué la mala suerte que en ella alcanzó; pues mientras sus compañeros más osados tenían en poco los títulos, los honores, las capitanías generales y adelantamientos con que fueron premiados, él, sin pasar de simple encomendero y de regidor de Cabildo, siquiera fuese del de Guatemala, limitó el lamento de sus desdichas á sublimar en su historia el valor de los servicios que á la patria había prestado. En ellos obró más de corazón que por cálculo, y ahí se equivocó grandemente; pues sabido es que la sencillez y la modestia nunca se tuvieron por las mejores cualidades para conseguir medros y disfrutar aplausos ruidosos. Mas ya que sus contemporáneos se los negaron, justo es que la posteridad, libre de egoísmos y de pasiones, se los conceda con espléndida largueza.


V.


 El verdadero historiador de la conquista de la Nueva España, según él mismo se titulaba, murió de edad avanzadísima y después de 1580 probablemente: y no dejándoles á sus hijos más que mucha honra y copiosas necesidades, tuvieron precisión de acudir como buenos hidalgos al empleo público, para atender á su subsistencia. Dos ó tres fueron los varones que en esto se ocuparon; dejando, además, Bernal Díaz dos hijas mayores que ellos, ya doncellas en 1540, de las que nada he podido averiguar sobre su suerte y posteridad.

 El primero de los hijos, llamado Francisco Díaz del Castillo, hubo de nacer hacia 1536, según parece de la declaración de Juan Rodríguez Cabrillo de Medrano, que habiéndose criado con él contaba cuarenta y tres años al hacerse en 1579 la probanza de los servicios de Bartolomé Becerra.[26] El segundo, conocido por Pedro del Castillo Becerra, nacería hacia 1549, cual se deduce de la probanza de su filiación hecha en 1613.[27] Obtuvo el Francisco, en memoria de los servicios y del nombre de su padre, varios corregimientos en pueblos de S. M. y de particulares; desempeñando en varias ocasiones los de Tecpan-Atitlán, Totonicapa, Guamayaque y San Luis, Quetzaltenango, y los del partido de Suchitepeques y de la costa de Zapotitlán: fué casado con doña Magdalena de Lugo, hija de conquistador, de la que hubo cinco hijos; y debió morir bastante pobre y necesitado, entre 1611 y 1613, puesto que en este último año pidió ya su hermano segundo la indicada probanza de filiación, para que le sirviese de comprobante en alguna solicitud. Pedro del Castillo Becerra, era á la muerte de su hermano mayor, contador oficial real de la hacienda de Guatemala, y estaba casado con doña Jacoba Ruiz del Corral, hija de Francisco del Valle Marroquín.

 Hijos de éstos, aunque con certeza no he podido averiguar de quién, y nietos por consiguiente de Bernal Díaz, fueron el Dr. D. Ambrosio Díaz del Castillo, canónigo tesorero de la catedral de Guatemala en 1630, maestrescuela en 1635, arcediano en 1637 y deán en 1638; y el Dr. D. Tomás Díaz del Castillo, canónigo en 1635, maestrescuela en 1638 y chantre en 1653.[28] Hermana del D. Ambrosio fué doña María del Castillo, depositaria del primitivo manuscrito de la historia de su abuelo el conquistador; la cual lo dejó á sus hijos, autorizado con la firma del deán, y éstos lo facilitaron á su deudo D. Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán para escribir la Recordación Florida que aquí se imprime.

 Por lo que en su libro indica, nació este escritor en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala el año 1642 ó el de 1643, puesto que al tratar en la obra de los terremotos sufridos en aquella ciudad desde el 18 de Febrero al 4 de Marzo de 1651; y refiriendo el pavoroso efecto que tan persistentes y violentas sacudidas terrestres produjeron en los habitantes, dice así: «En el atrio de San Francisco, siendo yo de ocho años de edad á la sazón, me acuerdo haber visto muchas personas, aunque por la confusión de las tinieblas no conocidas, confesar sus culpas á voces...»

 Tuvo el autor por padre á D. Francisco de Fuentes y Guzmán, natural también y regidor de la ciudad de Santiago, y descendiente del Fuentes de Guzmán que consta entre los pobladores de la ciudad, si no de los primeros, de aquellos que fueron á Guatemala cuando estaba aún por reducir la parte de la costa del Sur; el cual poblador, de distinguido nacimiento, proporcionó á su descendencia enlaces con las más ilustres familias de la conquista, como Alvarado, Becerra, Castillo, Polanco, Villacreces, Cueva y Guzmán, etc.; que disfrutaron grande y dilatada influencia y desempeñaron cargos importantes de república en aquella capital y su provincia. Pruébase en que entre los Guzmanes, el llamado Juan fué alcalde del Cabildo de Guatemala en los años 1548, 53 y 57; D. Diego de Guzmán en 1577, 82, 90 y 1605, y Hernando de Guzmán en 1578: en que de los Fuentes y Fuentes de Guzmán, el D. Rodrigo de estos dos apellidos, bisabuelo de nuestro autor, sirvió los cargos de alcalde primero en 1595, de alcalde único por ausencia y enfermedad de los propietarios, en gran parte del año 1597, y de segundo alcalde en 1601: el cual D. Rodrigo de Fuentes y Guzmán casó con una hija del capitán de la conquista Hernando de Chaves. D. Alvaro Fuentes de la Cerda tuvo la vara de segundo alcalde en 1610, y lo mismo D. Francisco de Fuentes y Guzmán que la poseyó en 1636 y la de primero en 1656;[29] su hijo, el historiador D. Francisco Antonio, fué regidor perpetuo del Ayuntamiento de aquella muy noble y muy leal ciudad y magistrado pretorio suyo desde 1664; sirviendo además los cargos que menciona en su Recordación Florida.

 El ejercicio de aquellos cargos y el obligado y frecuente trato con los naturales indios, despertaron en él tal afición al estudio de sus costumbres y tradiciones, que coincidiendo esto con la llegada allí (1675) de la Verdadera Historia de la conquista de la Nueva España escrita por su rebisabuelo Bernal Díaz del Castillo y publicada en 1632 bajo la dirección del R. P. M. Fr. Alonso Remón, dedicóse, al leer la obra impresa, á confrontarla detenidamente con el borrador original que se conservaba en su familia, ó sea en la descendiente del conquistador. Notando, dice, «que lo impreso no conviene en muchas partes con el venerable amanuense suyo, porque en unas tiene demás y en otras de menos, y se oscurece en otras la verdad,» empezó, con la mucha aplicación á que las antigüedades le excitaban, á remover, examinar y ordenar los papeles viejos y en gran parte deteriorados del archivo de su Cabildo, en los que hizo descubrimientos de muy importantes documentos.

 Por ellos conoció las reales cédulas de 19 de Diciembre de 1533, 16 de Agosto de 1572, 23 de Setiembre de 1580 y 13 de Febrero de 1581, en que se mandaba escribir la historia del Reino de Guatemala; y tanto por atender á los deseos del Rey, á quien rendía ferviente culto, cuanto por su decisión á defender al ilustre antecesor, refutando los numerosos errores de fray Remón, emprendió en 1680 su obra; y terminada la primera parte, solicitó del Rey que le honrase con el título de cronista de aquel reino, en la siguiente carta hasta ahora inédita.[30]

 «Señor. = Habiéndome ocupado por espacio de veinte y siete años en oficios y comisiones del Real servicio de V. M., y el tiempo que he vacado en las asistencias del campo, por la disposición de mis haciendas; en unas y otras ocupaciones honestas reconocí muchas cosas maravillosas, escondidas y retiradas á la noticia de los hombres, que fuí recogiendo curiosamente en apuntamientos de mi secreto; hasta que, por el año de mil seiscientos y ochenta, pareciéndome cosas dignas de que llegasen á la Real noticia de V. M., empecé á escribir la Historia material, militar y política deste dilatado Reino de Goathemala, cuya Primera parte tengo escrita, y continuada la Segunda, y sin darle paso por algunos instrumentos que necesito de las Secretarías, y no consigo el ruego: Y aunque tengo noticia de que V. M. ha mandado al Presidente y Oidores de esta Audiencia se le dé noticia destas cosas y otras maravillosas del Reyno, entiendo que no se ha hecho, ni es fácil; con cuya noticia he pedido á uno de estos Ministros de V. M. se me dé la Real cédula y comisión de la Audiencia Real para ello: sin que tampoco lo consiga mi celo, instado del amor á V. M. y cariño á mi Patria. Siéndome ahora preciso dar cuenta á V. M. desta ocupación en que me hallo, sin tener fruto que aliente mi vigilia en cosa que es tan del agrado y Real servicio de V. M., y créditos de la Providencia en lo que se ve y contempla, producido en estas partes por obra de la Naturaleza, sin otras del Arte, que como raras y admirables acreditan la antigüedad política de los indios: Suplico á V. M. sea servido, con lo que acerca de mi persona le informaren aquellos Ministros del Real y Supremo Consejo de Indias que antes lo fueron en esta Real Audiencia de Goathemala, donde me trataron y conocieron, mandarme honrar con el título de su Coronista deste Reyno, con especial comisión para poder pedir de los archivos y secretarías los testimonios de que necesitare; mandando que á ello den favor la Real Audiencia, gobernadores, alcaldes mayores de las provincias, y juntamente los cabildos eclesiásticos y seglares, y los prelados de las religiosas: que el libro Primero desta materia podrá ir luego en la primera ocasión que se ofrezca, mandando V. M. se remita; que sólo en esto solicito se logre el trabajo de mi ocupación y servicio de V. M. Cuya Real persona guarde Dios, con aumento de mayores reinos y señoríos, para bien de la Cristiandad. Goathemala y Abril 13 de 1687 años. = B. L. R. P. de V. M., D. Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán.»

 El Consejo de Indias, en 29 de Enero de 1689 puso al acuerdo del Rey este decreto: = «Que envié la primera parte que dice tiene escrita, para verla en el Consejo; que antecediendo esto se tomará resolución y atenderá á su pretensión.» Y en su virtud se comunicó al Presidente de la Audiencia de Guatemala[31] la siguiente cédula Real:


 El Rey. = «Presidente y oydores de mi Audiencia Real de la ciudad de Santiago de Guatemala: En carta de veinte y tres de Abril del año de mill y seiscientos y ochenta y siete, me ha dado cuenta Don Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, vecino de esa ciudad, de que tenía escrita la primera parte de la Historia general de ese Reino y que continuaba la segunda, y me suplicó que, para conseguir con mayor facilidad algunos instrumentos que le faltaban para finalizarla, fuese servido de honrarle con el título de Coronista de ese Reino. Y habiéndose visto en mi Consejo de las Indias, ha parecido mandaros hagáis decir á ese sujeto, me envíe la primera parte de la historia que avisa tiene escrita, para que se vea en el dicho mi Consejo; advirtiéndole, que antecediendo esto, se atenderá á su pretensión: tomándose breve resolución con entero exámen de la historia: y de lo que resultare me daréis quenta. Fecha en Madrid á veinte y seis de Marzo de mill y seiscientos y ochenta y nueve; = Yo el Rey. = Por mandado del Rey nuestro señor, D. Antonio Ortiz de Otalora. = Señalado del Consejo.»

 Cumpliendo esta real cédula se remitió á la Corte la primera parte de la historia. No he podido averiguar con datos auténticos si la Corte en cambio concedió á su autor el título de cronista, aunque Beristain lo da como hecho indiscutible;[32] pero sí se sabe de cierto que el manuscrito fué á parar á manos del que á la sazón era oficial y luego fué ministro del Supremo Consejo de Indias, D. Manuel Josef de Ayala, que se la proporcionó á D. Juan Bautista Muñoz, quien lo puso en su Colección (tomo 29) con este preliminar: «He mandado sacar la presente copia que he compulsado con atención: en Madrid á 14 de Junio de 1793»; y al folio siguiente del de esta nota, después de encabezarlo con el título de la obra, hace el análisis de ella, que á la letra dice así:

 «En la epístola dedicatoria supone ser esta la Primera parte, tener comenzada la segunda y meditar otra tercera. La fecha es Guatemala 30 de Abril de 1790.[33] Va la firma original con su rúbrica, y ésta en todos los folios de la obra, que son 227 sin contar dedicatoria, prólogo é índice de libros y capítulos. Tomo en folio.

 El prólogo dice que esta Primera parte solamente trata «de fundamentar en su imperio y señorío á los indios Tultecas, fundadores, pobladores y dueños de aquella región; de su orígen y establecimiento, con ordenanzas y leyes; del imperio fundado por el primer rey Acxopil y de la división del imperio que él mismo hizo en dos hijos.

 Motivo de escribir: el amor á la patria, reino en su circunvalación de mil setecientas leguas, rico de minerales y de frutos, y, sin embargo, no considerado con la debida atención por los escritores de Indias; y en el que, después de lo poco que éstos escribieron, se han descubierto yerbas medicinales, gomas, licores aromáticos, raíces y cortezas saludables, fuentes minerales y muchas antigüedades; indicios de opulencia y grandeza: edificios suntuosos en que se admiran dilatados subterráneos que atraviesan muchas leguas, labrados á fuerza de pico; pruebas de la ciencia geométrica y arquitectónica. Otro estímulo fué el mal estado de los papeles antiguos de Guatemala, que si no se disfrutaban luego, ya despues estarían ilegibles y se oscurecería la memoria de los notables hechos de aquel Reino.

 La Primera parte se ocupa en sólo lo tocante al valle de la capital, la erección de esta ciudad, su destrucción, fundación de la segunda capital, con los varios sucesos de los primeros tiempos, aclarando la oscuridad en que los han envuelto los escritores por los papeles del archivo de la ciudad.

 Ni ha sido el mayor motivo «el hablar la Historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, mi rebisabuelo, que sacó á la luz el R. P. Maestro fray Alonso Remón en su última impresión, por descuido y inadvertencia del impresor ó por cuidado de negociación interesadamente solícita, defectuosa y adulterada en partes, como me advierte su original borrador que pára en mi poder, y el vindicar su verdad desfigurada; bien que sólo en lo tocante á lo que con verdad dejó escrito de este Reino: movióme también el ver que está mandado escribir esta historia por tres cédulas reales desde 1530,[34] que es la data de la primera y nadie ha cumplido hasta ahora. La tercera cédula,[35] que es de 26 de Marzo de 1689, habla de mi persona y me estimula á concluir la Segunda parte y pasar á finalizar la Tercera

 La obra original de Fuentes y Guzmán que ahora se imprime, conforme en todo con esta descripción, se conserva en la Biblioteca de S. M. el Rey (2-J-6), en un tomo folio, y la copia que de ella sacó Muñoz sería sin duda para aprovecharla en su Historia del Nuevo Mundo, no concluída. Del mismo manuscrito se sacarían algunas otras copias, si hemos de creer á Vedia cuando en el apunte biográfico de Bernal Díaz dice[36] que de la Recordación Florida «tenía á la vista la primera parte comprendida en dos tomos, en octavo, manuscritos», de los cuales se ignora su existencia.

 Ahora bien: si tantas veces se recomendó la redacción de la Historia de Guatemala ¿cómo quedó sin imprimirse la escrita por Fuentes y Guzmán, de la que ni siquiera se hizo cargo en su importantísima colección de historias de Indias D. Andrés González de Barcia? ¿Sería, acaso, por no estar completa la obra, por su estilo literario no muy florido, ó por tratarse en ella con excesiva crudeza ciertos asuntos y á determinados sujetos como al famoso Fr. Bartolomé de las Casas, de quien dice, entre otras cosas, al censurar sus escritos, que escribía con sangre? Quizá la causa porque hasta hoy quedó inédita una obra tan interesante, haya que atribuirla á la mala suerte que pesó sobre la mayor parte de las que produjo el mismo autor.

 Dice de él Beristaín[37] que D. Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, hijo de D. Francisco de Fuentes y Guzmán, regidor y cronista de Guatemala, emulando y excediendo en cultura á su progenitor Bernal Díaz, escribió la Recordación Florida ó Historia de Guatemala en tres tomos. «Dos de éstos se conservan en el archivo de aquella ciudad; y el otro, que sería el primero, se envió á imprimir á Madrid, donde León Pinelo leyó el Prólogo.» En lo cual muestra no estar bien enterado Beristaín, pues Juarros[38] dijo ya en su tiempo que se lamentaba la pérdida de la tercera parte de la expresada historia.

 Escribió también la obra titulada Cinosura política ó Ceremonial de Guatemala, de la que existían varias copias manuscritas, y tampoco se imprimió: El Milagro de la América, descripción en verso de la Santa Iglesia Catedral de Guatemala; manuscrito que conservaba original é inédito el ilustrísimo Pardo, primer arzobispo de aquella metropolitana: La vida de Santa Teresa de Jesús, en verso, que tampoco llegó á publicarse: el Norte político, que Beristaín atribuye equivocadamente al padre del autor, y éste dice que era suyo; y la descripción en verso de las fiestas hechas en Guatemala, celebrando los años de D. Carlos II al cumplir los trece de edad; único que se imprimió allí en 1675 y reproduzco en las Adiciones y aclaraciones[39] por ser folleto muy raro y difícil de adquirir.

 Lo dicho hasta aquí es cuanto me ha ocurrido sumariamente respecto de la familia de los historiadores de Guatemala que, empezando en Bernal Díaz de Castillo, dió fin en su descendiente Fuentes y Guzmán. Siguiendo sus huellas y particularmente las de éste, de quien calca muchas veces los conceptos, escribió la historia de aquel territorio antiquísimon en civilización é importantísimo, por tanto, para la etnografía, el bachiller D. Domingo Juarros, que dió á luz su obra desde 1809 á 1818. Publicó después, en 1852, el Ilmo. señor Dr. D. Francisco de Paula García Pelaez sus Memorias para la Historia del antiguo reino de Guatemala. Pero la verdadera y metódica y etnográfica historia de aquella región hay que hacerla aún, fundiendo los datos de estos escritores con los de Remesal, Villagutierre, Cogolludo, etc., y con lo mucho inédito que el Archivo de Indias atesora, para entresacar, de entre todo, lo más puro en veracidad y sustancia y presentarlo ante la crítica severa como material de indudable aceptación.

 Las obras de la mayor parte de estos escritores, incluídas en el Prospecto, preparadas están, y esperando el turno y sitio que han de ocupar en la Biblioteca de los Americanistas; la cual, para que de nada carezca en lo relativo á aquellas misteriosas civilizaciones, ningún libro que á ellas se refiera omitirá; dando cabida á su tiempo aun á los que, fundándose en autoridades bíblicas, pretenden probar que hasta el Paraíso terrenal estuvo en el Nuevo Mundo.

Justo Zaragoza.

Vallecas, 38 de Febrero de 1882.

  1. Geografía de las lenguas y Etnografía de Mexico, por el licenciado Manuel Orozco y Berra. — Mexico. 1864.
  2. Compendio de la historia de la ciudad de Guatemala, escrito por el bachiller D. Domingo Juarros, tomo II, pág. 350. - Guatemala, 1809, 1818.
  3. Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva España, por el capitán Bernall Díaz del Castillo, uno de sus conquistadores. Cap. I y otros.
  4. Vease en Adiciones y aclaraciones. — Núm. I. — Cédula Real dirigida al Licenciado Cerrato, pág. 391.
  5. La última, hecha en 1874 y leída por M. R. de Semallé en la tercera sesión del Congreso de los Americanistas celebrada en Nancy el martes 24 de Julio de 1875 (Congrés international des Américanistes. — Compte rendu de la premiére sesión. Nancy, 1875, págs. 339-346), clasifica los indios existentes á la sazón en los Estados-Unidos de este modo: Indios salvajes, que se acercan alguna vez á los agentes del gobierno para recibir víveres y vestidos, 98.108; los que obligados al trabajo se someten periódicamente y mientras llenan sus necesidades, 52.113; los que han aceptado lotes de tierra, animales y útiles agrícolas y habitan en sus haciendas, 100.085; á los que pueden añadirse 15.300 entre los llamados Pimas y Maricopas, Papagos é indios de las misiones de California, y 15.016 holgazanes y vagabundos, que suman en junto 280.622; y si se agregan á estos 24.595 que, según el Almanaque Gotha de 1875, existen civilizados, como nacidos en las poblaciones de la gran Republica, se tiene un número total de 309.094 indios en todo aquel dilatado territorio.
  6. Véase Adiciones y aclaraciones, páginas 392-409. — Probanza de los méritos y servicios de Bartolomé Becerra.
  7. Miguel de Zaragoza, padre de Juan, escribano público en Mexico que medió en las probanzas de Bernal Díaz. Véase Adiciones y aclaraciones, pag. 370 y siguientes y 410-416.
  8. Cazabe, Casabe, Casabi. — Torta circular y delgada hecha de la raíz de la yuca agria, rallada y exprimido el jugo venenoso de la planta: cuécese en el Burén ú hornillo de barro, echando por un cedazo la fécula, que se extiende y comprime con una paleta ó tablilla ó Cuisa, hasta que cocida de un lado se vuelve del otro; luego se saca y enfría: puede conservarse mucho tiempo si no se moja, y es alimento sano.
  9. Véase Adiciones y aclaraciones.Probanza de Bernal Diaz del Castillo.Pág. 376.
  10. La primera villa, fundada en 1519 con el nombre de Veracruz, fué trasladada á los dos ó tres meses al sitio de Quiahuizlán, que conservó después el nombre de Villarrica; la segunda ó la antigua Veracruz á que parece se alude, debió erigirse en 1523 ó 1524 en la orilla izquierda del río Huitzilapán ó de Canoas; y la Nueva Veracruz, que hoy conserva este nombre, fundóla volviéndola á su antiguo asiento el Conde de Monterrey, virey de la Nueva España el año 1599, y recibió de Felipe III el título de ciudad en 1615.
  11. Estrada había dejado el cargo de Contino de la casa del Emperador, y Albornoz el de Secretario, para pasar á la Nueva España. — Clavigero. — Carta de Carlos V á Hernán Cortés, de Valladolid á 25 de Octubre de 1522, dándose por satisfecho de sus servicios en la conquista,
  12. Así lo dice Bernal Díaz y esclarece Clavijero, afirmando (tomo II, pág. 133), que juntamente con Cuauhtemotzin, rey de Mexico, mandó Cortés ahorcar en Izancanac, uno de los días del Carnaval de 1525, á Coanacotzin, rey de Acolhuacan y á Tetlepanquetzaltzin, rey de Tlacopan.
  13. Las almendras de cacao, que servían de moneda entre los indios, las usaron también los españoles en sus pequeñas contrataciones, asignándole á cada centena de ellas el valor de un real.
  14. Adiciones y aclaraciones.Cédula de encomienda, pág. 376.
  15. Adiciones y aclaraciones, pág. 369.
  16. Idem, págs. 382-383.
  17. Adiciones y aclaraciones. - Probanza citada, pág. 384.
  18. Puede verse en la colección de registros de esta clase que existen en el Archivo de Indias.
  19. Adiciones y aclaraciones. — Número III, pág. 423.
  20. Adiciones y aclaraciones, pág. 389. — Las Ordenanzas se publicaron en Barcelona el 20 de Noviembre de 1542.
  21. Cartas de Indias, pág. 39. y siguientes. — En el capítulo ccxi de su historia, dice que le llamaron como conquistador más antiguo para asistir á la Junta reunida en Valladolid con el fin de tratar de las encomiendas de indios.
  22. Adiciones y aclaraciones, pág. 390.
  23. Cartas de indias, pág. 39 y siguientes.
  24. Idem, idem.
  25. Adiciones y aclaraciones.Probanza de los méritos y servicios de Bartolomé Becerra, pág. 398.
  26. Adiciones y aclaraciones.Probanza de los méritos y servicios de Bartolomé Becerra, pág. 399.
  27. Idem, id.— Petición, etc. y probanza de filiación de Pedro del Castillo Becerra, pág. 419. — Declaración de Cristóbal Azetuno.
  28. Juarros. - Historia de Guatemala, tomo, pág. 358.
  29. Juarros, tomo I, pág. 363-367 de la Historia de Guatemala, ya citada.
  30. Hállase en el Archivo de Indias. — Simancas. — Audiencia de Guatemala. — Cartas y expedientes de personas seculares, etc., 1687 á 1692.
  31. Archivo de Indias. — Audiencia de Guatemala. — Reales órdenes, etc., de 1685 á 1708; donde dice: «A la Audiencia de Guatemala que haga decir á D. Francisco Antonio de Fuentes, envíe al Consejo la Primera parte de la historia que ha escrito de aquel Reino.»
  32. Beristain. — Biblioteca Hispano-americana septentrional.
  33. Equivocada por 1690.
  34. 1533 dice Juarros.
  35. La quinta debe ser, porque la tercera lleva la fecha de 23 de Setiembre de 1580.
  36. Biblioteca de los Autores Españoles, tomo xxvi, citado.
  37. Biblioteca Hispano-americana septentrional.
  38. Compendio de la Historia de la ciudad de Guatemala, tomo II, 2.
  39. Págs. 435-451.