A flor de piel: 04

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Capítulo III[editar]

PASTOR. -¿Pero qué es esto? ¿Qué significa esto?
MME. ALVING. -(Con voz ronca.) ¡Espectros!
IBSEN.

«Esa mujer es un peligro para ti, créeme; no es capaz de querer, y tiene en sí algo que atrae, que fascina. No ha amado nunca, y para una vez que dicen quiso le costó la vida al interesado. Ha rodado mucho. Si no fueses más que un snob, pase; pero tú eres un detraqué, y es un peligro para ti». Las palabras de Julito repercutían en su memoria con esa claridad con que vibran en el oído las notas de una canción oída por la noche al despertar después de pesado sueño. Fue aquella la primera sensación de ser; la segunda un sabor acre, un poco acidulado, el gusto de aquellos labios maestros en un besar sabio que parecía sorber la vida.

Tenía pesada la cabeza, dolorido el cuerpo, con impresión tan grande de repugnancia moral que casi degeneraba en malestar físico. No sentía sueño, ni tampoco ganas de levantarse, y no queriendo encender luz por temor a que el conocimiento de la hora en que vivía despertase en él impaciencias e inquietudes, permaneció en la cama, sumido en las tinieblas. Aquel estado letárgico de estacionamiento, alejadas preocupaciones, le agradaba por su consonancia con el de su espíritu, víctima del desequilibrio constante entre su querer y su sentir. Para que la calma fuese completa deseó alejar el recuerdo de la aventura nocturno; pero ésta le obsesionaba con esa extraña, fascinación que mueve a contemplar por segunda vez el espectáculo que nos hizo retroceder la primera, asqueados. Y como los fantasmas alejan los fantasmas, trató de evocar los de su infancia, adolescencia, y juventud: hechos, ideas y sentimientos de aquel vivir fragmentario compuesto de sensaciones, vibraciones de sus nervios sin conexión ni enlace.


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A aquel extraño estado espiritual en que vivía no le había llevado ni una gran catástrofe pasional ni un terrible dolor, sino una serie de pequeñas tragedias sentimentales. Ni férrea mano que le trazara un camino para marchar por la vida, ni excelso ideal que le sirviese de faro, ni un gran cariño que la llevase de la mano; por eso la suya, dejada al propio impulso como nave a merced de las olas, ya se había remontado a las cumbres del ensueño, ya se había arrastrado por todos los lodos de las pasiones. Ideales y deseos distintos se habían sucedido en su alma con rapidez cinematográfica, sin dejar otra huella que el amargor de la desilusión.

Compuesto de matices que se esterilizaban mutuamente, carecía su alma de matiz alguno, y sólo cobraban relieve en la policroma monotonía algunas ráfagas de sensualidad más imaginativa que real y tal cual cabriola de su desordenada imaginación; y pasando sobre él, anonadándole, impidiéndole todo esfuerzo, una abulia extraña, especie de impotencia creadora.

Verdad es que el ambiente de suave nebulosa en que se deslizaron los primeros años de su vida fue propicio al desenvolvimiento de aquel raro carácter de un decadentismo y una exquisitez de fin de raza.

Por qué raro capricho del azar, del matrimonio de don Casimiro y doña Purificación Martínez, honrados comerciantes de un prosaísmo abrumadoramente burgués, y sobre los restos de aquella casa de préstamos La Providencia, donde radicaba, el origen de su fortuna, nació su padre, alma digna de uno de esos príncipes del Renacimiento italiano, artistas y grandes señores a un tiempo mismo, un Médicis o un Borgia, y que, como uno de los más ilustres de éstos, se llamó Alejandro, es cosa que no podríamos explicar, pero que, sin embargo, como tantas otras cosas inexplicables, sucedió.

Ocho años llevaban de casados, y ocho de explotar aquel negocio de préstamos sobre ropas y alhajas, y ya pensaban en retirarse del comercio con un saneado capitalito hecho a fuerza de privaciones, tan sólo con la ayuda de su honrado trabajo -la honradez no se les caía de la boca, pues no hay que olvidar la cáustica ironía de nuestro amado señor don Francisco de Quevedo Villegas, que nos dice que «conciencia de mercader es como virgo de cotorra, que se vende sin haberse», cuando al primer anuncio de la tarda satisfacción del mayor y ya desesperado deseo de su miserable vida les hizo delirar: ¡un hijo! Porque seguramente sería hijo, y por añadidura listo, guapo, bueno. Aquello acabó de decidirles dejar el comercio. Traspasarían la tienda, para lo que se les ofrecía ocasión propicia en los deseos emprendedores de un dependiente, y quedaríanse con lo que a préstamos -con un diez por ciento mensual de interés y garantía de su sueldo- a empleados y militares se refería. Acordado ya tan interesante extremo, comenzaron a hacer castillos en el aire por cuenta de aquel vástago que el propicio destino les enviaba. Sería... ¡qué sé yo! Político, diputado, ministro; quizás, quizás, tirándole más la milicia, general, caudillo victorioso, árbitro de la nación; o tal vez, prefiriendo las glorias religiosas, obispo, cardenal, papa... Pero no, eso no: ellos querían que perpetuase la raza de los Martínez, que seguramente se ennoblecería con una de aquellas coletillas -de Fonseca, de Alfarache, de Malferir- que veían en los documentos hipotecarios de herederos de casa grande, documentos que en la ampliación de sus negocios comenzaban a guardar en los cajones de la cómoda, contrayendo andando el tiempo matrimonio con alguna de aquellas linajudas damiselas necesitadas de un revoque en sus desconchados blasones, y que fuese título. La idea de ser marqueses progenitores hacíales estremecerse de gozo. ¿Dinero?... ¡Bah! Eso no les importaba. Ya tendrían ellos buen cuidado de dejarle el riñón (léxico martinesco) bien cubierto.

La fecha del fausto suceso se avecindaba, y era preciso buscar nombre al nonnato infante. A los héroes, reyes y guerreros de la historia contemporánea, única que -es un decir- conocían, fue pasada revista, pero fueron todos rechazados: unos por feos, otros por haber servido a antipáticas personalidades, otros por el mal fin de sus primitivos portadores. Decidiéronse. Decoraban las paredes de la sala en su nueva casa una colección de litografías, resto del negocio, representando las victorias de Alejandro el Grande en la India -infames dibujos en que aparecía el guerrero con anacrónico atavío medioeval rodeado de negros salvajes empenachados de hórridas plumas-, y aquello fue un rayo de luz. El niño se llamaría Alejandro, y el nombre traería suerte.

Y acertaron. El Destino, que a veces tiene raros antojos, tuvo el de complacerles; y como en esos cuentos en que apenas formulado un deseo aparece un hada benéfica que se apresura a convertirlo en realidad, así el Deseado fue tal y como ellos le soñaron.

Ya en su infancia, una rara distinción en su figura le hacía destacarse del plebeyo marco; después, y según crecía, sus condiciones se afinaban más y más. Era un carácter de sensibilidad exquisita lleno de delicadeza, de gusto artístico, que rechazaba instintivamente cuanto trascendía, a vulgar; tenía apasionado amor por todo lo bello, por todo lo alto, por todo lo noble. Según crecía, el innato instinto estético que había en él acrecentábase. -Este niño será un gran artista, -decían cuantos le veían. ¿Un gran artista? ¡Bueno! No sería ministro, ni general, ni príncipe de la Iglesia, pero sería pintor insigne, genial escultor. De sus manos saldrían aquellas obras cuyo valor intrínseco no apreciaban, pero cuyo valor material no les era desconocido. Y humildes en su paternal orgullo, no cesaban de exclamar como plegaria de admiración un perpetuo «¡Pero a quién ha salido este chico! ¡No parece hijo nuestro!»

No escatimaron medios: maestros, colegios, viajes. Creció. Ansiosos esperaron la obra que le inmortalizara. Y esperaron inútilmente. Pasaron los días, los meses y los años, y la obra no llegaba. Y no llegaba porque faltábale la gran fuerza creadora: la voluntad. Su espíritu era como el mar: ondulaba perpetuamente, reflejando todas las imágenes, todos los matices, todos los cambiantes, desde las borrascas pasionales a las melancolías crepusculares y las glorias matutinas; pero al igual del mar, su hermano, carecía de facultad fijadora, y apenas reflejada la imagen se iba desdibujando lentamente hasta desvanecerse. Era un artista de la vida que cincelaba la existencia como antaño los sacros cálices el divino orfebre.

¡Qué bien recordaba Willy a aquel padre que en circunstancias azarosas fue su único amigo, maestro y compañero! ¡Qué bien evocaba su figura de elegancia, un poco bohemia, pero viril, noble, sin decadentismos! Parecíale ver asomar su rostro de presa, sus ojos audaces y aquel su aire un poco fanfarrón. Decían que se le parecía, y tal vez fuese cierto; pero, de ser así, la semejanza sería la que podía haber entre un aventurero florentino y un su descendiente poeta montemartesco. Creeríase que entre Alejandro y Willy habían vivido generaciones enteras apurando todos los goces y todos los dolores despilfarrando la vida, porque hay razas que desgastan en años lo que otras tardan siglos en desgastar.

Recordaba Willy aquel escepticismo que hacía temblar perpetuamente el labio paterno con gesto vagamente desdeñoso. Era entonces, aún, amable escepticismo de hombre corrido sin crueldades ni ensañamientos; su ironía mostraba, el lado grotesco de las cosas; sentimientos y pasiones dejaban caer ante su mirada perspicaz los oropeles en que desfilaban envueltos por el carnaval de la vida y le mostraban sus pobres personalidades un poco ridículas, y él se contentaba con sonreír y poner un epitafio irónico sobre la tumba de aquella nueva ilusión que moría. Para él no había sino una religión: el arte. Y un culto: la belleza. Honor, deber, creencias, no eran sino vanas palabras del formulismo social con que aquellos que no eran bastante grandes para vivir bajo las supremas leyes del arte trataban de encauzar sus existencias.

Su madre, tal y como ahora la veía, roto aquel velo que hacíala aparecer como melancólica sombra de belleza y de ternura, era mujer de una frivolidad abrumadora, que no vivía sino de su belleza y para su belleza, y por reflejo del lujo y la elegancia como medios de hacerla resaltar. Para ella el mundo era escenario donde se exhibía como una gran muñeca mecánica, sin sentimientos, sin cariños, casi sin pensamientos, y como una gran muñeca, a quien no se puede ni besar, por miedo a que se despinte, la recordaba ahora. Su matrimonio con Alejandro Martínez fue una de tantas románticas locuras como éste hizo. Se conocieron en Roma, en una galería del palacio Doria, ante un cuadro de Patinir. Era por aquel entonces Flavie Corsini, de la patricia familia de los príncipes Corsini Cavalcanti, una belleza pálida, de virgen cristiana. Su cabello, de un oro deslucido, sin rojas flamas a lo Ticiano, se partía en crenchas rígidas, que bajaban, acariciando sus sienes, a ocultar sus orejas. La frente era estrecha, de candor virginal y albura de azucena; los ojos azules, luminosos, ensoñadores, mirando ingenuos bajo el áureo trazo de la ceja, y los labios finos y descoloridos. Alta, delgada, de florentina elegancia de líneas, caminaba pausada, lenta, sin perder jamás su armonía estatuaria.

Alejandro amola, primero con locura, paseando su idilio por las viejas ciudades italianas, luego por los lagos suizos, después por los invernáculos de la costa Azul, por los cafés-concerts de París más tarde, y, por fin, muerta su ilusión ante aquella plástica hermosura que, sin tener alma, hablaba al alma, comenzó a mirarla, como a un objeto artístico más, mejor aún, como a su obra. Prodigiosos brocados, de superba magnificencia medioeval; joyeles de asiática suntuosidad, preseas y atavíos dignos de una Teodora de ensueño, trazaron el cuadro y moldearon la estatua. Y, cosa rara, aquella mujer que no supo representar una comedia de amor, encarnó a maravilla aquella farsa de arte.

En aquellos tiempos, su hogar, si hogar puede llamarse aquel campamento bohemio, sin raíces que lo ataran al pasado, ni anhelos que lo ligaran a lo porvenir, hallábase instalado en un risueño hotel, donde toda frivolidad tenía morada, y toda locura hacía su habitación. Por aquella casa desfilaban, en perpetua farándula, gentes de todos linajes y condiciones, que reían las patochadas de su padre y admiraban las elegancias de su madre. Allí se comía, se bailaba, se jugaba, y el desfile era interminable. Próceres, políticos, artistas, aventureros, histriones, se sucedían sin cesar; pero sobre todo brillaban en aquel cielo esas efímeras estrellas, personalidades de raro cosmopolitismo, que huían, dejando una estela de escándalo -duelos, quiebras, adulterios suicidios.

De aquel primer período de su vida no conservaba claro recuerdo más que de una escena, precisamente la que puso fin a él.

La mañana era brumosa, fría, gris. Al través de la tenue neblina se veían agitarse, sacudidas por intermitentes ráfagas de viento, las ramas esqueléticas de los árboles, semejantes a brazos de torturados que apostrofaran al firmamento en una súplica desesperada de piedad. Un movimiento insólito animaba el hotel, y Willy, olvidado en sus habitaciones del piso segundo, sin atreverse a salir ni a llamar, permanecía con la frente apoyada en los cristales, que empañaba su aliento, contemplando con ojos extáticos el largo paseo desierto, con sus dos hileras de bancos alineados a los lados, tal una doble fila de abandonados sepulcros.

Frontero el mediodía, Dolorosa, la vieja doncella, encanecida en el servicio de su casa, subió por él. Había en sus ojos, de humildad canina, tristeza tan lastimera, conmiseración tan profunda, sintió deseos de llorar. Sin decir nada, cogiole de la mano y bajó con él. Un viento helado de desolación parecía haber pasado por allí, barriendo la dicha para siempre. Las chimeneas apagadas, las macetas sin plantas y grandes manchas obscuras que se destacaban sobre la tenue coloración de las sedas que tapizaban las paredes, indicando el lugar que ocupaban los cuadros, daban una impresión de hundimiento, de catástrofe. En el gabinete de su madre -prodigioso camarín de bizantina fastuosidad- estaba ella, en pie, modestamente vestida de gris, tocada la cabeza de sencillo sombrero de fieltro, del que pendía un gran velo, alzado ahora para secar las lágrimas que se perlaban en sus pupilas de ensueño y resbalaban por su faz de virgen cristiana. Al verle, ni un gesto de dolor, ni un suspiro de consuelo; permaneció inmóvil, petrificada. Al poco rato entró su padre, hosco, taciturno. Cambiaron algunas palabras agrias, duras. Cuando Alejandro hubo partido, cogiole ella, y nerviosa, conteniendo los sollozos, le besó en la frente; luego murmuró egoísta:

-¡Pobre de mí!


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Ahora el escenario había cambiado. Al risueño hotel sucediera la destartalada casona, de laberínticos pasillos y grandes salas entarimadas, residencia antaño de los Montalto, propiedad hoy día, merced a uno de aquellos préstamos hipotecarios origen de su riqueza, de su abuela.

El carácter de la vieja habíase amargado. Perdida la fe en su hijo, la tacaña sordidez de sus primeros años había retoñado en ella. Una ira sorda, rencorosa, había nacido en su alma contra aquellos seres que dilapidaban imbécilmente lo que a fuerza de privaciones había reunido en laborar de una vida entera, y día por día, hora por hora, expió, desde, su madriguera, aproximarse la catástrofe con tan violenta rabia, que deseara a veces su pronta llegada, que le volviese a aquellos seres, vencidos, indefensos.

La vida se deslizaba allí con una monotonía miserable, en absoluta soledad moral. Y recordó la insuperable tristeza de aquellos yantares, cuando, congregados ante los manteles de hostil blancura monástica, comían silenciosos, interrumpiendo tan sólo la calma, de muerte una lágrima que temblaba en las pestañas de su madre, una imprecación contenida, que era como trueno de la tempestad que bramaba en el alma de su padre, o una frase amarga, mojada en hiel, que dejaba caer la vieja.

Una noche...-¡con qué claridad se ofrecía a sus ojos la escena que aisló para siempre a aquellas almas! -una noche, pues, comían los cuatro bajo la triste luz de una lámpara de petróleo. De pronto una palabra más amarga, una protesta más violenta de Alejandro, provocó la tempestad. Habló la vieja, y habló cruel, implacable, como el destino, sin importarle que aquel a quien hería fuese su propio hijo. ¿Por qué se quejaba? ¿Quién sino él tenía la culpa? En la vida, tarde o temprano, se recogen siempre los frutos de nuestras obras. ¿No habían pasado su padre y ella la suya sacrificados, esclavos de él? ¿No habían vivido para verle rico, grande, feliz? Y él, loco, imbécil, lo había tirado todo a rodar. Siguió ahondando la herida, ensañándose sin piedad, sin compasión hacia aquel ser, alma de su alma, carne de su carne. ¿De qué había servido su sacrificio, su cariño? ¿de qué? ¡Todo tiene límites en el mundo!

Estalló. ¡Ah! ¿Creía ella, por azar, que aquello era cariño, aquello amor? ¡No, no! ¿Medir la ternura según el éxito de las empresas? ¿Pero no veía que era irrisorio sarcasmo? Amar es poner, no ya nuestra vida, nuestra alma, entera al servicio de nuestro amor, y no éste al de falsos convencionalismos sociales en que no creen ni aun aquellos que aparentan acatarlos. Amar es sacrificarse perpetuamente, tener piedad, perdonar siempre. Es callar y ocultarse en los momentos de dicha, acechar los de dolor para brindar refugio. No es cariño aquel que nos traza un camino, y, al verle desdeñado, espera casi satisfecho que nos estrellemos para decir: «¿Ves? ¿ves cómo tenía razón?»; querernos es tratar de conducirnos hacia la dicha; y si no nos dejamos guiar, si erramos, esperar pacientes, acumulando perdón y ternura para el momento en que, vencidos, vamos a caer, tender los brazos y murmurar una palabra de consuelo y de esperanza.

Exaltado, se había puesto en pie, y hablaba poniendo en cada palabra su pobre corazón, que sangraba dolores, desengaños y tristezas. Su madre le miraba silenciosa, casi enternecida; en los dulces ojos de Flavia, brillaban dos lágrimas, y por un instante pudo creerse que al empuje del sentimiento aquellos tres punzantes dolores se fundirían en un solo dolor, más dulce, más llevadero. Fue sólo un momento; las tres almas tornaron a alejarse, y ahora para siempre.

Desde entonces la vida corrió más triste aún, más monótona, más anonadadora. Los recuerdos se confundían luego en la bruma incolora de aquel vegetar, y sólo evocaba claramente la frívola tragedia de la muerte materna. Fue como había sido su vida entera. Aquella ave de peregrino plumaje, que pasara la vida gorjeando, tenía que morir al ponerse en contacto con el frío de la pobreza y el olvido. Y fue su muerte, dolorosa, una protesta contra la recidumbre de su destino que no la dejara gozar, una suprema rebelión contra la vejez y la fealdad. No pensó, al morir, en Dios, ni en su marido, ni en su hijo; pensó en que dejaría de ser bella, y dejaría de gozar.


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Peregrinos Alejandro y Willy por el mundo, y perdida el primero toda ilusión para sí mismo, púsolas en su hijo, pues son de tan rara condición las humanas ilusiones, que aun aquellos mismos que dicen carecer de ellas, tan sólo de ellas viven. Quiso que aquel ensueño de arte y de gloria, imposible para él, fuera patrimonio del heredero; quiso hacerle fuerte, invulnerable a las humanas debilidades, emprendedor, osado.

Había cambiado mucho Alejandro Martínez a los crueles latigazos de la vida. Aquella suave ironía que apenas si era antes grato cosquilleo, habíase trocado en terrible bisturí que desgarraba creencias, ideas y sentimientos, mostrando sus deformidades y gangrenas. Rompía las envolturas gratas o tolerables, y tras de disecarlas para recreo de la vista, mostraba el contenido nauseabundo. Ante los ojos asombrados del adolescente, que, al ver, veía, aquella realidad, mostró tras de cada fe una superstición o una cobardía, tras de cada amor una lujuria, tras de cada cariño un egoísmo, de cada amistad un interés. E implacable, cruel, no se contentó con analizar los ajenos sentimientos, sino que desgarró sin compasión su propio corazón, y cuando le vio sangrar no se detuvo, sino que siguió estrujando hasta que ya no rezumaba ni una gota. Asistía Willy horrorizado a aquella impía anatomía moral, a aquella amputación ilusoria. Comenzaba a ser hombre, y, según es ley natural del vivir, a aclararse sus ideas y sentimientos.

Era en lo físico un muchacho de complexión delicada, enfermiza nerviosidad -tal vez heredada de su madre- e imaginación espléndida. Y en cuanto a su espíritu se refiere, como formado en la escuela del florentino, que vivía en su padre, informábale una carencia absoluta de sentido moral. Todas esas bellas utopías por que luchan los hombres eran para él monsergas. Deseó desde muy joven ser escultor. Los dioses y diosas que viera surgir ante sus ojos en los museos italianos, le fascinaban como fragmentos de una bella vida remota que imposible cataclismo hubiese petrificado. Amaba la escultura por cima de todo. Era su arte. Él no comprendía el alma que puede palpitar en el fondo de las cosas, y tenía, en cambio, prodigioso instinto de percepción para la forma. No comprendía que un matiz provocara un sentimiento, y percibía, en cambio, la belleza, de una mueca dolorosa o la magnificencia de un gesto trágico. Bajo sus dedos hábiles el barro se moldeaba en suaves líneas, y el mármol se caldeaba con un soplo de vida. Pero la abulia, aquella fatal herencia, pesaba, sobre él, esterilizando sus esfuerzos. Apenas en su imaginación, soberbia fragua forjadora de quimeras, concebía una obra, y antes que el cincel y el buril diesen remate a ella, un ensueño de gloria se cernía sobre la innata maravilla. Escapábase su pensar por campos de irrealizables esperanzas; sus manos quedaban inertes, y poco a poco la abulia descendía sobre él, le envolvía en su velo gris. La concepción se esfumaba hasta borrarse, y la obra quedaba inacabada. Así, en su estudio dormían el sueño piadoso del olvido en los grandes bloques de mármol la crispación lasciva de un torso femenil o el enigma de unos labios sádicos.

Dos desengaños crueles, dos catástrofes sentimentales acabaron de trazar aquel carácter. Fue la primera su iniciación de amor; la segunda, la muerte del postrer ídolo ante que se arrodillaba aún.

Refugiado en su estudio una tarde de verano, reposaba. Tropical calor caía a plomo, anonadándole. Willy leía. Las páginas dolorosas de Le Calvaire le ofuscaban con una sensación casi morbosa. De la azotea próxima venía un vaho de infierno. Voz de mujer cantaba a lo lejos, y las chocarreras notas de aquel cantar llegaban a él apagadas, fatigosas.

Cogiditos de la mano
¡Riquitrún!
Se marcharon de paseo
¡Riquitrún!
Mi primita Encarnación
Y su tío don Tadeo.
Riquitrún, riquitrún,
Riquitriquitriquitrún.
... ... ... ... ... ...


Willy, aburrido, salió al terrado. El sol caía de plano sobre los rojos ladrillos del empedrado, recociéndolos; algunos tiestos de albahacas morían en la asfixia de la tarde de fuego; en el cielo ni una nube; un azul intenso teñía el horizonte, que de vez en cuando estelaban de negro una bandada de errabundos pájaros. Atraído por la voz femenina, se aproximó a una ventana abierta.

El reflejo solar reverberaba en el blancor de las paredes enyesadas, dañando los ojos; en un hornillo caldeado al rojo se calentaban algunas planchas, y ante enorme mesa vestida de blanco lienzo, una mujer planchaba. Era hembra fuerte, alta, vigorosa, de animalidad potente; tenía el pelo rojo, los ojos grises, pequeños, pitañosos, de raras pestañas e hirsutas cejas; la boca grande, lujuriosa; en la albura de su piel la viruela había dejado sus huellas; goteándole el sudor de la frente, remangadas las mangas, dejando ver al desnudo los recios brazos y entreabierta la chambra, mostrando el prominente seno agitado por leve jadear, respiraba intenso olor de bestia en celo. Willy quedósele mirando curioso; ella, al sentirse contemplada, fijó en él los ojos un instante asombrada; luego rió neciamente. Entablaron palique. La mujer seguía su trabajo, deteniéndose de vez en cuando con la plancha en alto para mirarle y reír, mostrando los dientes grandes y amarillos. De pronto sintió el muchacho ansiedad extraña, ola de fuego que invadía su cuerpo todo, con un deseo indefinido, ansioso, violentísimo, que hacía arder su sangre en anhelos desconocidos. Seca la boca, palpitante la nariz, inyectados los ojos, se aproximó a ella, y sus manos, que temblaban, tentaron el cuerpo sudoroso. La prójima resistió primero débilmente, riéndole en los labios; después se entregó allí mismo, entre los montones de ropa húmeda, con sumisión de bestia familiar.

Rodaron...


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Los años habían corrido y cumplido Willy los veinticinco, cuando murió su padre. Sintió el muchacho al verse solo impresión de abandono, de soledad moral inmensa. De la feroz demolición interior llevada a cabo en su alma por su maestro, sólo una ilusión quedaba en pie, su madre; y a ella se asió. Jamás las acres palabras del vencido, implacables con todos y con todo, habían manchado la dulce sombra de Flavia. Y según el tiempo corría, ejerciendo sus funciones de Jordán, borrando los pecados y dando mayor brillo a las virtudes, la figura de la italiana, limpia de frivolidades. y ligerezas, se agrandaba y embellecía envuelta en suave bruma de bondad y ternura, y en la aridez del alma de Willy era, aquel refugio a su pensamiento, fuente de paz.

Al morir su padre y verse solo en el mundo, aquel su enfermizo sentimentalismo heredado de su madre, sugiriole una idea romántica: anheló abandonar París, donde en medio del barullo y animación se hallaba más abandonado, más solo, y buscar refugio en el vetusto caserón madrileño en que corrieron tristes años de su vida, y allí vivir, hallando consuelo en la memoria, de aquella madre tan santa, tan dulce y tan desgraciada. Y pensado y hecho: púsose en camino.

Cuando aquella tarde un poco bochornosa de mediados de mayo pisó el umbral de la casa familiar, latíale con violencia el corazón. Sin detenerse, con la ansiedad de aquel que después del naufragio va a caer en los brazos de la persona amada, penetró en las habitaciones de su madre. Todo estaba como años atrás. Allí la inmensa cama de palo de rosa y bronces, donde agonizara; allí el largo diván guarnecido de encajes, en que tantas horas implacables le vieran languidecer de tedio, una novela entre las manos; allí aquel arpa raras veces tañida en crisis de romántica tristeza; allí el pupitre de peregrinas incrustaciones de maderas preciosas; y allí, en fin, el retrato de la amada muerta. ¡Qué bella estaba! El óvalo prodigioso de su rostro de madona angélica se dibujaba bajo el oro pálido de los bandós hieráticos. Los ojos de cielo brillaban serenos en la nacarada albura de la tez, cobijados bajo la línea irreprochable de la ceja, y en sus labios florecía aquella sonrisa, que era a la vez plegaria y beso. Hallábase sentada en un escabel; una vestidura de cándido blancor ceñía su cuerpo; blanca paloma yacía en su regazo, prisionera entre sus manos, no menos blancas que ella. A sus pies en búcaro de peregrina elegancia, florecían azucenas litúrgicas, cándidas como flores del huerto de Sión, y al través de unas arcadas que sostenidas por pétreos pilares cerraban el fondo del cuadro, divisábase un paisaje de bíblica ingenuidad pueril.

Willy sintió deseos de arrodillarse y rezarle como una santa; después otro no menos vehemente de abismarse en el pasado y de volver a vivir su vida. Con unción abrió el mueblecillo de las incrustaciones; un conjunto de marchitas fragancias -olor de antiguos encajes, de viejos abanicos, de olvidados papeles, de mustias flores- que daban una sola fragancia, la fragancia del pasado, le hirió haciendo llenarse sus ojos de lágrimas. Comenzó a revolver cosas, y con cada nueva surgía un recuerdo, y su alma, yerta como tierra quemada por un sol de verdad, se inundaba de bienhechora melancolía. Caía la tarde; Willy, abismado en las dulces memorias, no veía llegar la noche. En un cajoncito halló un paquete de cartas atadas por una cinta azul. Lleno de emoción, creyendo serían de su padre, se aproximó a la ventana para leerlas. Rompió la cinta y miró la letra. No era de Alejandro. Trató de leer, y no había luz; sólo algunas palabras -amor... cariño... te juro...- le quemaban los ojos. Ansioso, desasosegado, buscó cerillas, y no las halló; trató de encender la luz eléctrica, y no funcionaba... Impaciente, nervioso, decidió marcharse, irse a un café para leer allí.

Salió a la calle. Había caído un chaparrón, y las losas de la acera espejeaban; una emanación intensa de humedad subía de la tierra mojada. La multitud transitaba ruidosa por la amplia vía, y Willy, deseando huir, refugiose en el primer café que halló al paso. Era un café popular, de grandes dimensiones, decorado con infames pinturas y enormes espejos, que reflejaban la profusa iluminación de bombillas eléctricas y arcos voltaicos. El pianista acababa de tocar la Rapsodia húngara, y el numeroso público que llenaba el local aplaudía a rabiar. Willy sentose a una mesa y pidió coñac. En la de al lado a la suya, una señora gorda y frescota, tocada de clásica mantilla, con facha de tendera, endomingada, acompañaba a dos pollitas esmirriadas, luciendo presuntuosos sombreros, y las tres paladeaban sendos sorbetes de mantecado. En frente, dos obrerillos tomaban café. El muchacho sacó sus cartas, y comenzó a leer. ¡Eran cartas de amantes! De amantes, sí, en plural; de dos amantes. Y ni siquiera latía en el fondo de ellas el fuego de una pasión irresistible, sino la amable ligereza de unas relaciones mundanas. Citas, proyectos de diversiones, celos de vanidad, quejas de amor propio: ¡total nada! No podía leer. El pianista aporreaba el teclado, y parecía, descoyuntarse llevando con todo el cuerpo el compás del Vals de las olas. La señora gorda y sus niñas comentaban a gritos chismes de vecindad, y los obreros reían chabacanerías. Su dolor, la revelación de su deshonra, la desilusión sentimental, se borraban confundidos en el ensordecedor horrísono. Le parecía tener ante sí una novela, cuyo asunto fuera una de aquellas crueles disecciones de almas que su padre realizara tantas veces a su vista. Una pasión fuerte, invencible, que atropella por todo, que lo sacrifica todo, que lo barre todo, puede perdonarse; una pasión criminal, traidora solapada, llena de infamias y bajezas, puede hasta admirarse; ¡pero aquello! Al fin salió. No quería ni pensar en ello para poder conciliar el sueño, que bien lo había menester. A la siguiente mañana, analizaría, meditaría tras de leer las cartas reveladoras. Hondo horror sentía por la crisis moral que le esperaba: deseo de dormir, de no volver en sí jamás.

Y por la mañana, al despertar, se halló tranquilo, indiferente, sin inquietudes ni amarguras, casi contento de vivir, curado. Leyó las cartas, una a una, entre bostezos, como páginas de un viejo romance de amores sin frescura, lleno de artificio.

He aquí por qué extrañas derivaciones sentimentales llegó a ser un canalla teórico. Y digo teórico porque tenía -sin morder la sagrada manzana- la clave del bien y del mal. Sabía planear fría, hábilmente aquellas arriesgadas empresas, y luego, en el momento decisivo, una de aquellas dos fatales fuerzas que yacían en su alma, la sensualidad o el enfermizo sentimentalismo, surgían arrollándolo todo y destruyendo su obra.

Seguro de su talento, pero seguro también de su esterilidad al faltarle con la voluntad la gran fuerza motriz, comenzó a rodar por la bohemia parisiense. Según corría el tiempo, ansia insaciable de goces le invadía, sed de dinero le abrasaba. Deseaba llegar a la gloria, pero no por la gloria misma, sino como medio de gustar de los placeres. Fue un arrivista. No perdonó ocasión ni medio; escéptico, amoral, sin escrúpulos, emprendió varias veces la conquista de la vida, pero siempre lo flaco de su voluntad y lo descabellado de su imaginación dieron al traste con su empresa. Un descorazonamiento inmenso pesaba sobre él, y comenzaba a desesperar, cuando en uno de aquellos cenáculos de la bohemia elegante, en casa del pintor holandés Wander Helden, simbolista, morfomaníaco y diabolista, que ganó su fama con una tabla prerrafaélica, «Las nupcias de la Muerte y el Amor», y acabó recluido en una casa de salud, conoció a Lina.

Diose inmediatamente cuenta de la impresión causada sobre la española dama, y vio desde luego en ella el instrumento de su triunfo.

Aquella mujer, que después de cruzar la vida en absoluta aridez de corazón buscaba en las postrimerías de ella un amor, sería la escalera por donde Willy subiría a la gloria, a la posición y a la fortuna. Lina Monreal pondría a sus pies, para servirle de pedestal, toda aquella fuerza acumulada en una existencia de lucha.

Comenzó bien; pero pronto su naturaleza resurgió, y en vez de subir él, al amparo de aquella mujer, comenzó a arrastrarla hacia el abismo.

Hacía unos días que hiciera firme propósito de salvarla para salvarse él con ella; y no bien comenzó a poner en práctica tan loable proyecto, hete aquí que en el momento de prueba surgía ante él el enigma de los ojos gitanos y la atracción del cuerpo quimérico de la Soler. Pero ahora no. Estaba decidido. Ahora...

-¡Delicioso! Todos en conmoción por ti... Lina sumida en el dolor... María sin saber qué hacer para llevar consuelo al alma atribulada... Yo en tu persecución, ¡y tú durmiendo a pierna suelta! ¡épatant!

Era Julito Calabrés, que había penetrado en la alcoba, y abriendo la ventana para dar paso a la luz de un triste día otoñal, hablaba con afectada voz timbrada de prosopopeya y de ironía; rebuscando las palabras para dar sonoridad a las frases.

Willy se había sentado en la cama, y contemplaba al elegante, que iba y venía por el cuarto, jugando con liviano junquillo, tocándolo todo, destapando los tarros, probando los perfumes, hojeando los libros, impertinente, curioso, inquieto. Un traje de paño morado, de exageradísimo entallado, le ceñía el cuerpo; llevaba al cuello una chalina de crespón malva, sujeta por dos perlas monstruosas, repulsivas, como raros bichos, unidas por leve cadena de platino; una pulsera de crisopacios y brillantes azules ceñía su muñeca; peinaba sus cabellos a lo Alfredo de Musset, y brillaba en su diestra extraña gema de acuosa coloración, regalo, según él, del rey de las islas Dahomet, exótico monarca con quien trabó gran amistad en Baden-Baden durante su estancia allí -tres días inacabables de aburrimiento, el tiempo de enviar postales a todas sus amigas-, y ostentaba en la izquierda mano un férreo anillo con arábiga inscripción, que, si había de ser creído (no lo era), fue cogido del dedo de una favorita del rey de los creyentes, muerta de amor; tenía trágica leyenda, pues su poseedor no podía amar sin ser fatal a la persona amada.

Era Julito un poseur por gusto y por conveniencia. Habíase impuesto un papel en el teatro de la vida, y desempeñábalo a maravilla. Allá en el fondo de su ser era el primero en reírse «de sus cosas», pero quería a toda costa llamar la atención, chocar siempre, destacarse. Habíase propuesto hacer única y exclusivamente su santísima voluntad, sin imposiciones ni respetos, y escudado con aquella capa de extravagancia, salíase con la suya. Sostenía las más raras y descabelladas teorías, apoyado en extravagantes textos; vestíase con insólitos atavíos, y dueño de un aplomo a toda prueba, cruzaba el mundo sonriendo irónico, caminando a su fin sin importarle el clamoreo de la chusma, como esos actores que vemos hablar y sonreír ciegos y sordos ante las iras deshechas del público. Unos le despreciaban, otros le temían, algunos, los menos, pero los más videntes, le admiraban, y todos le agasajaban, reían sus chistes, comentaban sus rarezas y temblaban sus malevolencias.

Interrogó Willy:

-Bueno, ¿qué pasa?

-¿Que qué es lo que pasa? ¡Y me lo preguntas! ¡Y tienes valor! -clamó Julito con graves aspavientos-. ¡Qué va a pasar! Que Lina, tu dichosa Lina, está que se le puede ahogar con un cabello.

-¡Qué barbaridad!... Y, ¿por qué?

El farsante tuvo un gesto melodramático.

-Lo sabe todo.

-¿Para qué se lo has dicho? -respondió el bohemio.

-¿Yo? ¿Yo? ¡Jamás! -clamó el aludido, llevándose ambas manos al pecho con un ademán de sinceridad teatral.

-¿Quién iba a ser?...

-El general, el marqués... cualquiera menos yo.

Ya sabes mi lema: Sprechen ist Silbern Schewergen ist Golden.

Willy no hacía gran caso, y se vestía cuidadosamente, sin prestar sino muy mediana atención a las palabras del poeta. ¡Bien sabía él su valor! Julito adoraba cuanto trascendía a lío o trapisonda; gustaba de enzarzar a los demás, ejerciendo de mediador, y no había embrollo que no provocara él por el solo gusto de desenredarlo luego. Siguió:

-Y cuenta, cuenta tu aventura, tu viaje sentimental a Citherea, con mi bella gitana. ¿Verdad que tiene unos ojos trágicos, unos ojos de misterio y de muerte? Los versos del poeta parecen hechos para ella:

Los ojos de las reinas fabulosas,
de las reinas magníficas y fuertes,
tenían las pupilas tenebrosas
que daban los amores y las muertes.


Willy se dejó caer desdeñoso:

-Sí, vale bastante.

-¡Adiós, tú! Mira, guarda tu desdén para mejor ocasión. ¡Es admirable, portentosa, ideal! Es gitana, y Dios sabe de qué remoto monarca descenderá; tal vez es fruto de los amores de Salomón con la reina de Saba. ¡Parece que lleva la muerte en la boca y en los ojos!... Pues y el cuerpo... Cuando anda, ¡qué ritmo!... A mí me recuerda a Baudelaire:

A te voir marcher en cadence,
Belle d'abandon,
On dirait un serpent qui danse
Au bout d'un bâton.


El escultor tuvo un estremecimiento involuntario. La figura de la bailaora habíase esfumado un instante en la semipenumbra.

Calabrés seguía hablando, ligero, risueño, baladí; saltando, en su charlar sutilmente incongruente, de unos temas a otros, desflorándolos todos sin insistir en ninguno, con amable frivolidad de conversador mundano.

-Pues, ¿qué me dices de la sin par e inenarrable doña Trotaconventos? ¡Tan gran dama! ¡tan señora! Siempre con su traje de seda negra y sus pendientes de colgantes... Luego, de fijo te habrá hablado de su gran pundonor y mucha decencia. Antes de pedirte nada, te jura por sus entenados y difuntos que no es amiga de dineros. Yo, cuando hablo con ella, me parece hacerlo con la quevedesca doña Tal de la Guía, y te aseguro que si ésta, no sale por la puerta del humo es porque ahora hay chubesquis.

Willy, vestido ya, reía las ocurrencias de su amigo.

-Bueno, ¿dónde vamos?

-¡Dónde hemos de ir! A casa de María, donde está Lina.

El amante de la Monreal hizo un gesto de resignación.

-Vamos allá.

A la distraída miró la hora. Las cuatro. A las cuatro y media tenía cita con la Soler. Recordó sus planes, sus meditaciones, su resolución inquebrantable. No iría.

Salieron. Ya en la calle, y ante el eléctrico de Julito, sintió flaquear sus propósitos. La imagen de la bohemia hirió su imaginación con punzante recuerdo, y sin detenerse a analizar impresiones ni a musitar proyectos, decidiose de súbito a ir, aunque sólo fuese un momento, y volviéndose al componedor:

-Mira, vete tú delante; ahora iré yo -dijo.

-No te dejo: no irías.

-Sí, iré.

Y echó a andar.

El otro se encogió de hombros, y entrando en el automóvil, dió las señas de la marquesa de Montaraz. Después miró a Willy alejarse, y meditó. La vida es un conjunto de novelas. Allí había una. ¡Pobre Lina! Podría llamarse... ¡Qué trouvaille! Podría llamarse, y así en francés y todo, para mayor claridad... podría llamarse Oubliée.




A flor de piel de Antonio de Hoyos y Vinent

Épigraphe pour un lyre condamné - Libro primero: I - II - III - IV
V - VI - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - El tiempo - Libro tercero: I