A flor de piel: 07

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Capítulo VI[editar]

Honte à moi! Chaque jour, et chaque jour plus fort,
le dégoût vient gonfler mon cSur qui te renie;
Mais devant le splendeur de ta grâce impunie,
s'agenouille ma haine et couche mon remord.
EDMOND HARANCOURT.


En el impaciente pasear por la estancia con que entretenía su espera Willy, se detuvo ante la estatua de Astarté, su obra maestra inacabada. Por raro capricho imaginativo del artista, habíase encarnado la divina Dama del Sol en quimérica alimaña de trágico horror.

De viejo paño de terciopelo rojo rameado de oro de bizantina magnificencia, empalidecido por los años, surgía el bloque de nevada albura. Sobre inmenso peñasco un adolescente parecía agonizar, en espasmo, no sé si de dolor o de voluptuosidad. Su cabeza, de clásico perfil de Ganimedes, pendía inerme fuera del mármol, mostrando su belleza insuperable de semidiós heleno; su cabello recortaba la frente estrecha, y caía hacia atrás en pequeños bucles; sus labios se entreabrían en un gesto de doliente voluptuosidad, y en el fondo de sus ojos entornados titilaban sus reflejos acuosos dos zafiros pálidos. Su cuerpo, de viriles líneas llenas de gracia y de belleza, como de noble luchador griego, se retorcía en crispación espasmódica, bajo la caricia del monstruo que le estrechaba. Era éste un pulpo enorme, de largos tentáculos que se enlazaban a las piernas nerviosas de acerados músculos, apresaban los brazos finos y aprisionaban la fresca juventud del tronco con su inmundo abrazo. Y surgiendo del cuerpo repulsivo un rostro de mujer de belleza perversa, se inclinaba sobre el suyo. No tenía edad, como no la tiene lo eterno, lo inmutable -el amor, el dolor, la lujuria, la muerte- era sencillamente hermoso, dolorosamente hermoso, con la belleza de la fatalidad. Sus labios se tendían voraces hacia los del mancebo, como si fuesen a sorber su vida, y sus pupilas, incrustadas de glaucas esmeraldas, buscaban las miradas puras, azules.

Aquel grupo, que impresionara en cualquier lugar, tornábase inquietante en el extraño decorado del estudio. Cubrían los muros prodigiosos tapices de la fábrica de los Gobelinos, reproduciendo la fábula de Hermafrodita. En los boscajes de mirtos de Halicarnaso, la ninfa Salmacis estrechaba entro sus brazos al esquivo hijo de Venus y Mercurio, implorando de los dioses la uniesen a él; los centauros galopaban por entre frondas de laureles-rosas; las sirenas -Leucosie, Ligea y Parthénope-, meciéndose sobre las ondas azules del mar Tirreno, atraían los pasajeros con sus dulces cantos, a nada comparables, y las esfinges solitarias en los desiertos de arena guardaban su enigma.

En un rincón, y sobre un caballete revestido de un viejo brocado del siglo XV, un agua-fuerte de Goya lucía obsesionante. Por obscura callejuela madrileña marchaba con firme paso, rico en donaire, una maja; su cuerpo, de opulentas curvas, era sensual como el de su desnuda compañera; el seno erguido, amplia y redonda la cadera como jarra talavereña; firme la pierna, parecía que al andar, en torno a su falda ceñida de madroños, las castañuelas repicaban las alegres notas de un fandango, mientras sus pies, menudos, calzados de escarpines de alto tacón, hechos a pisar las capas de grana de los toreros, disponíanse a marcar los pasos de la danza; y de pronto, como en siniestra obsesión, entre las blondas de la mantilla que le caía con salero sobre los rizos, aparecía en todo su horror una calavera. Un viejo, caídos los embozos de la capa, le iba a los alcances, casi le tocaba. En el rostro senil, crispado en babosa sonrisa, lucía una claridad de lujuria casi demoníaca, mientras al quicio sombrío de miserable mancebía, la celestina, con toda la noble apariencia de una sierva de Satanás, reía procazmente mostrando el cuévano inmundo de su boca desdentada. Una leyenda rezaba al pie del cuadro: «¡Anda, que ya la alcanzas!»

Un antiguo paño litúrgico, bordado al estilo gótico con los misterios de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, cubría la cola del piano, a cuyo lado se erguía, sobre truncada columna de mármol, un busto de Medusa, lívida la faz, de transparente alabastro, flameante la cabellera, de broncíneas sierpes, fascinadores los ojos, empedrados de enigmáticas gemas.

Irguiéndose sobre pedestales de extrañas formas, estatuas fragmentarias -María de Magdala, Salomé, Judith, Parsifae, de Creta, Calimanthe- surgían de labradas estofas, historiadas de inverosímiles fieras y exóticos pájaros que evocaban al remoto Oriente, y por todas partes, en los búcaros de tornasolado vidrio veneciano, en las cinceladas copas de orfebrería italiana del siglo XVI, en los barros españoles y en los policromos tibores chinescos, flores, muchas flores en plétora de matices y fragancias. Flores, muchas flores: crisantemas trágicas como desmelenadas cabecitas de princesas del imperio del Sol naciente; rosas de enfermiza albura, que semejaban rostros de niñas a quienes la Amiga besó en la frente en la pasada Primavera; lirios cándidos, como aquel que el arcángel ofreciera a María con las palabras santas: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres!»; o morados, como las tristezas, como los crepúsculos, como las vestiduras de pasión; gardenias y nardos, las flores que envenenan, y violetas, las humildes florecillas de amable aroma. Crisantemas, rosas, lirios, gardenias, nardos y violetas, mezclando sus tintes y sus perfumes en peregrinos ramilletes.

Willy miró el reloj -el Tiempo jugando con la Vida- y tornó a pasear presa de impaciente ansiedad. Esperaba a Lucerito; la esperaba como siempre, porque aquella mujer tenía el don de hacerse esperar, tardando el suficiente tiempo para provocar ansioso temor, sin dar lugar a que su víctima se resignase ni estallara en violenta ira. La gitana tenía en sí, no por estudio, sino por merced de la naturaleza, todas las artes del poder femenino. Sabía ser altiva, y humilde, tierna o desdeñosa, con una rara intuición del ajeno estado de espíritu.

En un mes de relaciones, aquella mujer había tomado un dominio absoluto sobre el bohemio, se había infiltrado en su sangre como sutil veneno que matara deleitando, y llegó a ser para él imprescindible, como lo es su droga al morfomaníaco. Aquella fatal fuerza, aquel gran peligro, la sensualidad que dormía callada en él, habíase despertado en contacto con el cuerpo moreno.

En un principio mirola como modelo admirable, que era, además, una pose más que cultivar; extravagancia de artista, de cuyos detalles se cuidaba como de los de una escultura. La oposición de Lina, el ansia de afirmar su libertad, precipitole, y cuando se dió cuenta del peligro era tarde: la pertenecía. Y sentía hostilidad contra aquella mujer que poseía su cuerpo por completo sin poseer su alma. Cierto que a Lina tampoco le había amado; que había sentido por ella la sorda hostilidad del esclavo por su amo; pero Lina, a lo menos, era el instrumento necesario, y la Soler la sima sin fondo en que sus ilusiones iban a perderse. A Lucerito no la quería, puesto que querer no quería a nadie. Su alma, como soberbia águila, remontaba su vuelo por cima de las más altas cumbres. Aseguraba su vida; el anhelo de gloria había renacido, y como en el mundo es imposible vivir un ensueño y realizarlo en manos del arte a un tiempo mismo, no amaba a nadie. Pero la gitana le dominaba. Un deseo loco de ella ardía en Willy a todas horas, consumiéndole; era inútil que en ausencia suya forjara proyectos de rebelión; una mirada, un gesto, una caricia bastaba para vencerle. Y ella, tranquila, risueña, segura de sí, sabía negarse y entregarse en alternativas que aumentaban el amor del escultor por ella.

Él, que siempre contempló a los demás con altivo desdén, con reposada indiferencia, sentía ráfagas brutales de celos que agitaban furiosamente su espíritu, desencadenados con una mirada de los ojos sombríos, apaciguados con un beso de la roja boca. No trabajaba; la figura, obsesionante le poseía como diabólico maleficio; los ojos fabulosos de tenebroso brillo lucían perpetuamente ante él, y el cuerpo desnudo se le ofrecía por doquier como en baudelairesca pesadilla. Sentía el jadear de los labios sobre los suyos y el macizo temblar de los senos erectos entre sus brazos como una condenación. Comprendía que era suyo a muerte, y la palabra terrible parecía escrita, como en el festín de Baltasar, en caracteres ígneos ante él. El demonio de que hablan los místicos había hecho morada en su cuerpo, y no había humano exorcismo que le echara de allí. ¡Y, sin embargo, no la amaba! ¡Estaba seguro de no amarla! Por el contrario, la odiaba. Una ira inmensa se alzaba en el fondo de su alma egoísta contra aquella criatura que desbarataba su vida. A veces en las sombras fantasmagóricas del estudio, al morir del crepúsculo, una idea cruzaba su cerebro escalofriándole como el roce de las alas de un pájaro siniestro. ¡Matarla! Así se liberaría y sería fuerte, fuerte, para siempre. Su descabellada imaginación le presentaba, como en un álbum prodigioso de cobres, los sutiles crímenes de la Edad Media, los venenos que quitaban la vida en un festín, en una orgía, en una noche nupcial; los dramas de aquellas cortes políticas, artistas y crueles; los asesinatos de los Borgias, de los Médicis, de los Valois; aquellas alcobas sombrías tapizadas de viejos Flandes, donde en lechos erguidos sobre salomónicas columnas, como túmulos imperiales, agonizaban, entre damascos color de púrpura, y sangre, un decadente príncipe que estorbaba a la política del privado o una princesa pálida, como azucena, mística, que era obstáculo a las ambiciones de una favorita. Forjaba descabellados planes, y luego, cuando en casa de Lina hablaban de una reciente excursión en automóvil, o en el club una partida de «poker», se encontraba ridículo y se reía de sí mismo; pero allá en lo íntimo de su ser seguía deseando un cataclismo que matase a aquella criatura, que les separase para siempre... y al sonar la hora corría loco a sus brazos y lo olvidaba, todo para sólo pensar en ella.

La Vida hizo girar entre sus manos de bronce la esfera de cristal de roca, y el Tiempo, irónico, señaló la hora. Willy tornó a detenerse impaciente ante la estatua de Astarté, y sus dedos largos y finos, en que brillaba, como escarabajo de luz, un diamante negro, corrieron por el torso del monstruo en leve caricia. Así, sobre el superbo fondo del estudio, podía apreciarse mejor en toda su noble elegancia la persona del escultor. A pesar de su atavío montemartresco, evocaba vagamente su figura la de uno de aquellos sutiles príncipes florentinos, artistas y envenenadores. Las líneas de su cuerpo, armoniosas, llenas de viril y nerviosa elegancia, se dibujaban bajo el negro terciopelo -¡oh suntuosos terciopelos del Tintoreto!- del traje bohemio, y resaltando en el marfil del sedeño cuello de su camisa, que se abría sobre la chaqueta, el rostro muy pálido, de líneas finas, un poco crueles, ensangrentado por el leve trazo de los labios irónicamente perversos e iluminado por la fría luz de las pupilas, que en sombrías cejas altivas, brillaban grises, aceradas, perspicaces, mostrábase, como en un claroscuro. Una cabellera castaña con imprevistos reflejos de cobra completaba su figura. Laxitud enfermiza envolvíale traidora; languidez malsana, matizaba sus gestos, dándole cansado aspecto de vencido.

Un timbrazo largo, sostenido, impaciente, hizo latir su corazón, y antes de que hubiese tenido tiempo de reponerse entró en apoteosis de luz y de alegría Lucerito Soler. Quiso mostrarse serio, ofendido.

-Mira la hora...

Ella saltó a su cuello.

-¡Chaval!

Desarmado, rió. Después se besaron.

Doña Trotaconventos, discretamente rezagada como correspondía a su elevado ministerio, contemplaba, ensimismada en esa afición de las almas artistas por las cosas bellas, un soberbio candelabro de plata, calculando mentalmente su empeño; cuando creyó pasado el primer transporte volviose hacia ellos:

-Bueno, Lucero, aquí te quedas. ¡A ver si estáis como Dios manda! En usted fío. Formalidad -y tornándose festiva- ¡cuidadito con don Willy, que es un picarón! -y se digirió a la puerta.

Al llegar se detuvo con grandes muestras de consternación:

-¡Jesús Nazareno! ¡Qué cabeza la mía!... ¡Pues no me he dejado la bolsa en casa y he de ir a la droguería!... Y ahora tener que subir setenta escalones -siguió plañidera-. ¡Válgame la Virgen bendita de los Dolores! Que estoy yo para subir y bajar... ¡Ampáreme nuestro Señor! ¡Si donde no hay harina todo es mohína!... ¿Tú tienes ahí dinero? -preguntó encarándose con su sobrina.

Lucerito la tendió el portamonedas. Lanzole, la zurcidora de gustos una mirada asesina capaz de pulverizarle. ¡Pues no faltaba más! ¿Para qué están los hombres? ¡Que pagase aquel panoli!

-Mujer, no olvides que has de ajustar a la modista con eso hoy -y sonriendo con su boca mellada se volvió al escultor-: ¡Si tuviese usted ahí dos duros!...

Willy se llevó la mano al bolsillo. No tenía plata. Allí, muy dobladito, estaba el billete de cincuenta pesetas, resto del empeño de la sortija de brillantes. Lo sacó de mala gana, con la esperanza de que no lo aceptasen, y se lo ofreció a la vieja.

-No tengo suelto; si quiere...

-Bueno, ya se lo daré...

Y los dedos de rapiña trincaron rapaces el papelito verde.

La gitana protestó:

-Pero, tía...

-¡Bah! Al señor qué le importa si me conoce bien -¡y tan bien como la conocía!- y sabe que presto se lo he de devolver; entre amigos, ¡qué pinturerías ni qué...! hoy por ti, mañana por mí.

Y amable, melosa, salió tras de mucho encargar a Willy cuidase su niña, su único tesoro, en lo que ciertamente no mentía.

Quedaron solos. Lucerito, plena de gracia, ambulaba por el estudio y contemplaba las estatuas como a grandes muñecos, inconsciente de las trágicas fuerzas que evocaban, como inconsciente era de su propia y fatal fuerza, como inconscientes son todos los grandes poderes de la naturaleza: el vendaval, el rayo, el mar. Ante la estatua de la diosa se detuvo fluctuante entre el horror y la risa. Se decidió por ésta, y rió; rió sin cansancio, y sus alegres carcajadas, frescas, cristalinas, sonoras, vibraron en el estudio, ensombreado por el anochecer. Su vida victoriosa parecía llenarlo todo; de su cuerpo emanaba una reverberación de júbilo imponderable: iba y venía, risueña y sonora, pueril, tarareando coplas en que mezclaba sentimentales lamentaciones con obscenidades, imprecaciones de fe y amor con callejeros donaires, modulando pases de danzas que dejaba inacabados. La falda de lana azul, sencillamente plegada, moldeaba los flancos, que se movían rítmicos, incitadores, y dejaba entrever, en sus rápidos giros, la torneada pantorrilla ceñida por calada media de seda negra, y el pie inverosímil de niña calzado de charol; una blusa de tafetán cereza ceñía el busto en suave curva, y el velo de Almagro echado por cima de su bella cabeza, sin sujeción de agujas ni horquillas, dejaba rizarse la corona de negros bucles que ornaban la testa, y tendiendo sobre la clásica frente su indiscreto velo aumentaba el brillo de las pupilas, que, sombrías, inmensas, vagaban acariciándolo todo con su caricia de fuego.

Cansada, fue a sentarse en un diván hecho con pieles de oso, y con su mano ensortijada, vestida de negros mitones, llamó a Willy.

Sentose él a su lado, muy cerca, y la miró intensamente, apasionado, loco. Ella le pasó los dedos por el pelo.

-¡Te quiero! -murmuró.

-¡Eres mala! -afirmó Willy.

Lucero abrió mucho los ojos, ingenua, asombrada.

-Contigo, no... Mira, gitano -y le hablaba con pueril seriedad, ladeando la cabeza-; he sido muy perra con muchos, unos por primos, otros por chulos; ¿pero, con mi niño?... -y le acariciaba tenuemente- hasta la última gotita de mi sangre daría por ti.

Y como prueba suprema:

-Ya ves, ni te pido nada ni quiero nada tuyo más que tu corazoncito; pero ha de ser para mí sola, ¿verdad, churumbeliyo de mi alma?... ¡Y -prosiguió- mira tú que estoy currelada y que he pasado! -e hizo un gesto como para apartar un recuerdo sombrío- pero yo soy así... cuando quiero.

Apasionado besó sus manos.

-¡Gitana!

Ella siguió:

-A veces pienso que soy como esas serpientes que son muy feroces, y el domador las pone en el pecho, y allí se están quietas, quietas...

Y toda encogida se refugió en sus brazos.

Un escalofrío le corrió al escultor por el espinazo, y pareciole que, efectivamente, tenía un reptil oculto en el pecho. Para romper el doloroso encanto la miró al rostro.

-Como guapa, no lo eres -dejó caer tras breve contemplación-, pero tienes luz en la cara.

Mirole primero seria; luego abrió los ojos, luminosos, espléndidos, inundando de claridad el rostro, en que brilló la blancura de los dientes; luego, poco a poco, con gesto de infinita voluptuosidad, entornó los párpados y le brindó los labios rojos, que se entreabrían, tal una flor al sol de la mañana. Él mordió su divino veneno en un beso largo, largo; después gimió quedamente:

-¡Mía, mía, nada, más que mía! Mira, nena, no quiero que te toque nadie, que te habla nadie, que te vea nadie...

Luego imploró:

-Si es verdad que me quieres, deja ese cochino teatro... ¡Tengo celos, y te mataré!

Ella rió.

-¿Y de qué voy a vivir?

Inconsciente en su pasión, afirmó:

-Yo te sostendré.

Ella denegó:

-No puede ser. Dejaría de quererte. Yo soy como los gorriones: necesito luz, alegría, libertad.

El timbre, que repicaba insolente, cortó su madrigalizar. Primero no hicieron caso, o intentaron seguir su charla; pero el timbre vibraba procaz, implacable, y al fin el escultor, aburrido, se levantó y salió a la antesala. Al abrir la puerta con ademán violento de impaciencia, lo único que distinguió en la penumbra crepuscular que invadía ya la escalera fue una sombra. Era una mujer enlutada, tocada, la cabeza de minúsculo sombrero y cubierto el rostro por espeso velo.

-¿Qué se le ofrece? -interrogó.

Con voz doliente, pero firme, respondió la figura sombría:

-Soy yo, Lina. Ha muerto Baby, y vengo a traerte perdón y amor.

-¿Ha muerto Baby?

Y la sorpresa le hizo retroceder un paso, que la sombra aprovechó para penetrar en el recibimiento y cerrar la puerta.

-Sí, ha muerto -afirmó Carolina-; estoy sola, sola, y he venido a ti. Ya ves, sacrifico vanidad, coquetería, hasta mi dignidad,... pero te quiero.

Sintió él inmensa lástima por aquella orgullosa criatura que se humillaba hasta implorarle. ¡Qué inmensa catástrofe sentimental había tenido que anonadar a aquella mujer fuerte para que mendigase una limosna de afecto! ¡Qué inenarrable metamorfosis había tenido lugar en aquel corazón de luchadora, para llevarla hasta el renunciamiento! Mirola, tratando de descifrar sus facciones en la semiobscuridad de la habitación. No pudo. Sólo acertó a ver un rostro que albeaba entre las negras vestiduras como azucena mortuoria. Misericordioso, iba a dejarse llevar de aquel primer impulso, cuando las notas de una melodía, apenas esfumadas en las teclas del piano, le recordó la existencia, pared por medio, de la gitana; y así como un chispazo produce una llamarada, así aquel recuerdo le hizo ver claros los peligros. Las dos mujeres, la amada y la imprescindible, frente a frente, querellando, y las dos perdidas para siempre, o peor aún; doña Trotaconventos volviendo inopinadamente, el escándalo, y luego, quién sabe, tal vez el divorcio de la Monreal, y luego para toda la vida, la carga de aquella mujer vieja, enamorada, celosa.

Ella también había oído, y una ira insensata agitó su alma. Olvidó sus planes de mesura, de habilidad, de política, aquel prudente obrar según las circunstancias, y con voz dura, metálica, muy distinta de la que usara anteriormente, preguntó severa, juzgadora:

-¿Quién está ahí?

Sorprendido, perplejo, murmuró:

-Nadie.

-Bueno, pues déjame entrar: estaremos mejor.

Cogido en mentira, azorado, sin saber qué partido tomar, fue a la ventura.

-Tengo ahí amigos...

-¿Quiénes?

Cada vez menos dueño de sí, juguete de aquella fatalidad, dió el primer nombre que le pasó por la imaginación.

-Julito...

-Si es Julito, no importa que me vea; entraré.

Y dió un paso, resuelta, desconfiando de la veracidad de sus palabras, decidida, en su excitación, a cerciorarse.

Willy le obstruyó el camino. ¿Qué hacer? Lucerito iba a impacientarse, y saldría, provocando la temida escena. La Monreal -la conocía bien- no cedería fácilmente, y, por otra parte, aquella imagen enlutada, arrebatada en un vendaval de pasión y tristeza, le infundía pavor y lástima y... un vago placer. Turbado, inquieto, no acertaba con una solución. Al fin, murmuró, a la buena de Dios:

-Hay otros amigos...

-¡Mientes!

Le escupió al rostro.

No quiso cuestionar. Conciliador se acercó a ella y le cogió la mano.

-Mira, vete ahora; los despido, y dentro de media hora estoy en tu casa.

Le rechazó airada y tornó a flagelarle.

-¡Mientes!

-Te aseguro...

-¡Cobarde! ¡No mientas! ¡Di quién está ahí! ¡Está esa mujer! ¡esa perdida! ¡esa...! ¡Dilo, no seas miserable, dilo! ¡ten siquiera el valor de tu canallería! ¡ten siquiera la franqueza de decir que estás con ella porque es tu igual, tu igual -insistió insultante-, tan indecente tú como ella, tan bajo, tan despreciable!

Y crispados los puños, lágrimas de ira resbalando por el rostro lívido, escupía las injurias como venenosos salivazos.

Irritado, audaz, clavó su puñal.

-Sí, está. Bueno, ¿y qué? ¡Me gusta! ¿Lo quieres más claro? ¡Me gusta!

Se tambaleó; luego irguiose fiera, y con ironía venenosa que desgarraba como una navaja, habló lenta, en voz baja, concentrada.

-Déjame, déjame que pase... Yo la echaré. ¿No tienes por ahí una escoba para no mancharme? Porque tocarla yo, ¡qué asco!

E hizo ademán de dirigirse al estudio.

Él cortola, el paso, y sujetándola suavemente, habló replegado en sí, haciendo esfuerzos para no dejarse llevar de la ira que le estallaba dentro.

-Escándalos, no. Si quieres irte, te juro que voy detrás de ti; si no, nada.

Violenta, quiso pasar a la fuerza.

-Entraré.

La rechazó, y ceremonioso, con ira blanca, dijo:

-Le advierto a usted, señora, que, está en mi casa, y me veré obligado a echarla.

Mirole trágica, y luego, empequeñeciéndose, rió con risa cruel, insultante.

-¿Su casa?... ¡Ja! ¡ja! ¡ja!... ¿Y a quién le debe usted todo?... ¿Qué era usted cuando le encontró en París?... ¡Un pelagatos! ¡Un escultorcillo de bazar! ¡¡de bazar!! ¿Y yo he hecho de usted lo que es para, que en mi casa -y subrayó el mi- reciba, queridas? Diga usted.

Apretó él los puños de rabia.

-Porque es usted mujer, no quiero pegarla; porque es una perdida, no mato a su marido.

Ella siguió glacial, inalterable ahora.

-Talento no tiene usted ni pizca; nombre, tampoco; dinero, menos. ¿Qué iba a ser de usted sin mi protección, sin mi posición y mí fortuna?

Le humillaba. Estalló al fin. Grosero, rió también.

-¿Su posición y su fortuna? ¡Valiente posición y valiente fortuna! ¿Dónde estarán ya? Me río de ellas... ¿Sabe usted lo que es? ¿lo sabe usted?... ¡Pues una pobre vieja!

Alzó Carolina la mano para abofetearle. Esquivó el golpe y siguió implacable.

-¡Ahora sí que hemos concluido! Quiero ser libre y no tener que aguantar imposiciones ridículas de la vanidad de nadie, y menos que me echen en cara porquerías; quiero poder querer a quien me parezca...

Y, canalla, ultrajó:

-¡Yo no soy el chulo de ninguna vieja!

Gimió como si hubiese recibido un latigazo. El escultor continuó sin piedad:

-Mañana recibirá el señor conde de Monreal el dinero que le adeudo. Y ahora, salga usted de mi casa, señora.

Lina, altiva, le midió con una mirada desdeñosa.

-¡Miserable!

Y se dirigió a la puerta que Willy había abierto. Salió. Cerrose la puerta tras de ella, y comenzó a descender orgullosa, erguida. Al llegar a medio tramo, sintió que flaqueaba; hizo un esfuerzo, y siguió bajando entre las tinieblas nocherniegas.


FIN DE LA PRIMERA PARTE




A flor de piel de Antonio de Hoyos y Vinent

Épigraphe pour un lyre condamné - Libro primero: I - II - III - IV
V - VI - Libro segundo: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - El tiempo - Libro tercero: I