El sabor de la tierruca: 11

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El sabor de la tierruca
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XI: Apuntes para un cuadro

de José María de Pereda



Bien corrida era ya la media tarde cuando despertó don Baldomero, porque fue Sidora a levantar la mesa y le dio en la cara con el mantel al echársele debajo del brazo. Incorporose el hombre lentamente, bostezando mucho y con grande clamoreo; se desperezó a sus anchas, lió un cigarro y le encendió sin dejar de estremecerse ni de bostezar entre chupada y chupada. Salió después del casarón, y, paso a paso, llegó a la taberna, café de los holgazanes desidiosos de aldea.

Junto a la enrejada ventana, por donde el tabernero despachaba a los parroquianos vergonzosos, había una mesa de basto tablero, y alrededor de ella, sentados, hasta tres personajes que voy a presentar al lector, porque debe conocerlos. Vestía el uno un traje entre andaluz y de la tierra (ancha faja de estambre negro a la cintura, calañés, chaleco desceñido, y en mangas de camisa); andaría rayando con los treinta y cinco años; y como aún era mozo soltero, presumía de apuesto sin serlo cosa mayor; ostentaba en la cara anchas patillas negras; miraba gacho y hablaba ceceoso y lento, más por alarde que por natural disposición. Había estado, de mozo, en Andalucía, como tantos otros conterráneos suyos; y era casi el único resto del antiguo jándalo, de los que volvían a caballo, entre rumbo y alamares, escupiendo por el colmillo y, a creer lo que ellos mismos aseguraban, sembrando el camino real de pañuelos de seda y onzas de oro.

No le dio a éste gran cosa la vanidad por ese lado: en cambio, su boca era una carnicería, hablando, mientras acariciaba con la mano el cabo de una navaja que siempre llevaba asomando por el ceñidor, de la gente que él había despachado al otro mundo, no más que por tocarle con el codo al pasar, o por no dejarle la acera libre, o por mirar dos veces seguidas a la mujer que por él se moría. Con esto, con no trabajar nada, con frecuentar demasiado la taberna y con amenazar en voz sorda, marcando mucho la sonrisa, al lucero del alba a cada paso, llegó a hacerse temible en Cumbrales, aunque no hay memoria de que nadie le viera cumplir una pizca de lo mucho que ofreció en su vida, ni siquiera tomar parte en las serias contiendas de que fueron causa sus baladronadas impertinentes, en corros y romerías. Pretendió a todas las buenas mozas de Cumbrales, y de todas recibió calabazas; apechugó después con lo que quedaba, y ocurriole lo mismo. Desde entonces se hizo protector de las mozas de Rinconeda, y esto acabó de desacreditarle en su pueblo. Llamábanle el Sevillano, y nadie le podía ver en Cumbrales, pero ninguno se atrevía a decírselo a la cara.

El personaje que estaba enfrente de él en la mesa era un mocetón hercúleo, de mucha y enmarañada greña, y sobre ella, tirado de cualquier modo, un sombrero negro de anchas alas. Estaba despechugado y dejaba ver un cuello robusto, unido al abovedado pecho por un istmo de pelos cerdosos, entre músculos como cables. No era fea su cara, pero tampoco atractiva, aunque risueña. Pecaba algo de sucia, y no eran sus ojos garzos todo lo grandes ni todo lo pulcros que fuera de desear. La barba, no muy bien afeitada, y el pelo, tenían un color mal determinado, entre rubio y negro; matiz que daba una feísima entonación al rostro; el cual, sin haber en él reflejo alguno de maldad, acusaba cierta grosería de instintos que repugnaba. Pues este mocetón, también en mangas de camisa y con la chaqueta al hombro, era el famoso Chiscón el de Rinconeda, gran amigo del Sevillano de Cumbrales, y pretendiente de Catalina desde que Nisco la había dejado. Tenía algunos bienes, y era trabajador cuando quería; pero mucho más dado a zambras y bureos, y un apaleador de gran fama.

El tercer personaje era un pobre hombre, de edad incalculable a la simple vista, anguloso y acartonado, encogido y bisunto.

Aunque cargado de familia, tenía horror al trabajo duro del campo, y se había propuesto hacerse rico de sopetón; para lo cual contaba con dos elementos importantísimos: su ingenio y la manía de las herencias gordas de la otra banda. De su ingenio eran producto multitud de artefactos, para los que había pedido, con mal éxito, privilegio de invención o cincuenta mil duros al Estado. El más ingenioso de sus inventos, y por el que revolvió la provincia entera hasta conseguir que el ministro de Fomento examinara el prodigio, fue un cepo para cazar topos en el instante en que estos minadores sempiternos arrojan la tierra sobre el prado; pero se tocó el inconveniente de que era preciso adivinar dónde iba a formarse la topera para colocar allí el aparato y juzgar de su utilidad, y no hubo ocasión de tratar del punto secundario que se mencionaba en la breve memoria del autor, o sea el millón y medio que éste pedía por el invento, aunque con la obligación de construir uno a sus expensas para las necesidades del Gobierno de la nación. En estos ensayos empleaba la mayor parte del tiempo que pasaba en casa, serrando listones y tabletería que atrapaba aquí y allí, aviniendo y combinando pedazos, fuerzas y resistencias. Diéronle, por esto, el nombre de Tablucas, y con él se le llamaba y a él respondía, casi olvidado ya del verdadero.

No por estas atenciones descuidaba el asunto de las herencias, que todos los días le daba no poco que hacer. Siempre tenía una o dos entre manos. Referían los periódicos que un archimillonario había muerto en el Japón, supongamos; contábanselo a él los que ya le conocían el flaco, o lo inventaban, o llegaba un pobre a la puerta y le decía: -Y ello ¿habrá algo de cierto en eso que se corre al auto de unos treinta millones que están depositaos en el Gubierno de arriba, por no conocerse a los herederos del montañés que los dejó al morir en el Pirul, de Padre Santo, rey..., o cosa así?». En cualquiera de los casos preguntaba Tablucas: ¿Está ese pueblo en la otra banda?». Contestábanle siempre que sí; y ya no necesitaba saber más.

Hubo en su familia un individuo que sobre el año 20 pasó a las Américas y de cuyo paradero no volvió a saberse nunca; y en todos los ricos, muertos abintestato en la otra banda, es decir, en América, en la China..., en cualquier punto remoto de la tierra, llamárase aquél como se llamara, veía Tablucas a su pariente, rebuscando su genealogía, cotejando fechas y acumulando supuestos e imaginaciones. Colocado ya sobre el rastro del asunto, como él decía, consultábale con los licurgos callejeros de Cumbrales; después con los abogados de veras; luego con el cónsul de la nación en que había muerto el pariente, y, por último, trataba de entenderse con el ministro de Estado. A todo esto, llenándose los bolsillos de papelucos con nombres de personajes, respuestas vagas de este agente o del otro alcalde, y de fes de bautismo, sin que faltara la del ignorado pariente, y arreglando en su imaginación la historia de tal modo, que el más sutil se quedaba perplejo al oírla. Todo esto le costaba dinero, viajes y molestias sin número; pero vendía gustoso el mendrugo de su familia, y jamás le cansaban las idas y venidas, ni le desalentaban desengaños ni malas razones. Así, hasta que se moría otro millonario, y dejaba, por seguir a éste, el rastro del anterior, exclamando al emprender la nueva campaña, alegre y regocijado: -¡Bien dije yo siempre que por este lado había de venir la herencia!».

Por lo demás, aunque frecuentaba mucho la taberna, no era gran bebedor, y rara vez se emborrachaba. Hablar de sus maquinas y enseñar los papeles referentes a la millonada que estaba para caerle, era su pasión predominante fuera de casa.

Detrás del mostrador estaba, llenándole de cuentas con tiza, Resquemín, el tabernero, hombre bien engrasado, algo viejo y de áspero y avinagrado humor.

Sobre la mesa, entre los tres personajes descritos, había, además de un jarro con su correspondiente vaso, una ociosa baraja, algo parecida, por lo resobada y maltrecha, a aquélla con que Pedro Rincón y Diego Cortado ganaron al arriero de la venta del Molinillo doce reales y veintidós maravedís, si no me engaña la memoria.

Ociosa, como he dicho, estaba la baraja, acaso porque faltaba un pie para un partido a la flor de cuarenta; pero no lo estaba tanto el vaso, que a menudo andaba de mano en mano y de boca en boca, colmado del tinto que oportunamente escanciaba Chiscón, quien, por las trazas, era el que convidaba allí.

Andaba éste en tentaciones de pedir a Catalina a la hora menos pensada; visitábala por las noches en presencia de toda la familia, pues este favor no se niega jamás en ninguna cocina montañesa, y gustábale mostrarse rumboso ante la gente de Cumbrales, por lo que esto pudiera servirle de recomendación a los ojos de su novia, que, dicho sea de paso, no se los ponía de resistencia, aunque sólo con el disculpable propósito de encender resquemores en el pecho de Nisco. Tomaba Chiscón la buena acogida por donde más le halagaba, y proponíase abreviar los procedimientos, por lo que pudiera ocurrir. De esto se había hablado algo aquella tarde entre él y el Sevillano, que con sus consejos y protección le ayudaba, y hasta acababa de brindarse al de Rinconeda para limpiarle de estorbos el camino, si por estorbo tenía a Nisco todavía. Cabalmente había sido el hijo de Juanguirle el causante de que Catalina no le diera cara cuando él la pretendió. Y bien sabe Dios que si Nisco le hizo desalojar la calleja más que a paso, fue porque él no llevaba encima la herramienta, y el otro comenzó a ventear el garrote. ¡Si le tendría ganas el Sevillano! Agradeciole el brindis Chiscón, pero desechó el servicio por innecesario.

En esto llegó Tablucas, que no habló de sus máquinas ni sacó los papeles de su pleito. Traíale últimamente muy preocupado y absorto otro asunto harto excepcional y perentorio; y por esta herida respiraba solamente, y de esto hablaba en todas partes, y de esto habló allí entonces tan pronto como se sentó y le pellizcaron la lengua Resquemín y el Sevillano, que ya conocían el conflicto.

-De lejos todos somos valientes- decía el hombre de los inventos y de las herencias, respondiendo a las chanzas de los otros;- pero allí vos quisiera yo ver, ¡corcia!, allí, en la soledá de la noche, clamando la familia aterecía de espanto; y tamborilazo va y tamborilazo viene a la puerta. ¡Vos digo que aquello levanta en vilo!...

Aquí estaba el asunto cuando entró en la taberna don Baldomero. Arrimose al lado libre de la mesa, sentose perezosamente, y dijo, después de dar entre dientes las buenas tardes:

-Resquemín..., la sosiega.

El tabernero tiró de pronto la tiza contra la pared, púsose en jarras, y moviendo a uno y otro lado la cabeza, sin apartar de don Baldomero los ojos de gato irritado, comenzó a decir con su voz atiplada:

-Me paece a mí ¡jinojo!, que el día menos pensao le va a resquemar a alguno el mote en la asadura; porque ¡jinojo!, si piensan que yo soy guitarra para dejarme tocar de todo chafandín que a bien lo tenga, ya estáis aviaos... ¡Porque ¡jinojo!, cuando a mí se me sube el tufo a la cabeza, soy tan hombre como el que más!... ¡Y no digo más!... ¡Y ésta y no más!... ¡Pues no faltaba más!... ¡Jinojo!

-¡Ingrato! ¡Mal tabernero!... ¿Después que te lo digo para adularte, me riñes todavía?

A esta chanza socarrona del impasible don Baldomero, replicó Resquemín hecho una lumbre:

-¡Yo no necesito las adulaciones de usté ni de nadie, jinojo!... Yo me futro en ellas ahora y siempre; y en usted..., y en todos los presentes..., y en el mundo entero ¡jinojo!, que no estoy aquí para recreo de nadie, sino por el mío ¡jinojo!... Y el día que me dé la gana, dejo el oficio ¡andando!, que para eso tengo posibles... Y si me da el real antojo, echo todos estos trastos a la calleja, ¡rejinojo!... Y si me apuran un poco, lo hago ahora mismo... ¿Ve usted este vaso? ¿Le ve usted bien? Pues éste es el caso que hago yo de este vaso... -(Y no le rompió)- ¿Ve usted esta botella? ¿La ve usted bien? Pues éste es el caso que hago yo de esta botella. -(Y la dejó donde estaba)- ¡A mí con esas, jinojo! ¡Si soy yo más hombre!... ¡Con burlas a mí!... Valiérales más a algunos pagar a menudo las cuentas; que a fe que la hay con más renglones que la letanía de los Santos, ¡jinojo!, y no digo de quién, porque no me da la gana: por eso... ¡Y no hay más que eso!... ¡Y sobra con eso!... ¡Jinojo!...

Después abrió los bastidores de un armarillo, y volvió a cerrarlos, y tornó a abrirlos, y al cabo cogió un vaso pequeño, le llenó de aguardiente y se lo llevó a don Baldomero.

-Aquí está la sosiega -dijo plantando el cortadillo en la mesa-. ¡Jinojo! -continuó- nadie se extrañe de que el hombre se remonte un poco a lo mejor..., porque no es uno de peña, ¡jinojo!... Y buenas son las chanzas; pero no tanto que ofendan. Tanto me estimas, tanto te aprecio. ¿No está esto en ley?... ¡Pues vívase en ley!... ¡Ésa es la ley..., jinojo!

Así era aquel hombre.

Chiscón y el Sevillano, sin hacerle maldito el caso, seguían comentando, medio en serio y medio en broma, los relatos de Tablucas.

-La primera vez -dijo éste, cuando calló Resquemín, pensé que era algún vecino que llamaba con apuro. Salí corriendo, abrí la puerta... Y ná, por más que miré aquí y allí. Pregunté a la viuda... Desde aquí se ve, enfilá con el esconce de la iglesia: tal como aquí está ella, y pegante por la derecha la de la viuda de Pedro Jelechos; en un mesmo portal..., puerta con puerta, vamos. Pregunté a la viuda, y díjome que ni ella había llamado ni había oído porrazo alguno. Un bardalón tremendo rodea por detrás las dos casas... Por allí no puede saltar nadie a los huertos, ni tiempo tuvo de esconderse en ellos después de llamar, porque yo abrí tan aína como oí los golpes, y el corral no tiene más salida que la portalada; las tapias son muy altas, y en el corral no se vio alma viviente, ¡y eso que la luna alumbraba de firme! Bueno. A la otra noche, estábamos cenando, y ¡plun!, de repente, ¡zas!, a la puerta. ¡Cristo mío, qué tamborilazos! ¡Nadie probó más bocao allí! En esto se oye una voz, como de alma en pena, que dice por el ojo mesmo de la llave: «¡El que salga a fuera en toda la noche, o quiera saber quién llama, perece!...». Quedéme patifuso, y entendí que la mujer y los hijos fenecían de temblor. ¡Cómo no saliéramos, corcia!...

-Y ¿a la otra noche? -preguntó el Sevillano, que no apartaba la vista de los ojos de Tablucas.

-A la otra noche -continuó éste-, ná, porque arreció el ábrego... ¡Y esto me da a mí mucho que cavilar! ¿Hay juriacán o negrura? Ni un soplo se oye allí. ¿Hay sosiego y luna clara? Pus ¡leña a la puerta! De modo y manera que, por unas o por otras, de mi casa no sale una mosca tan aína como anochece... Y esta vida traigo dos semanas hace... ¡Decime vusotros, corcia, si tal vida se puede aguantar!

Don Baldomero, en tanto, fumaba, sorbía alguna que otra vez, y parecía no dar la menor importancia al relato de Tablucas.

Preguntole Chiscón si sospechaba de alguien, y respondió el atribulado personaje:

-¡Corcia, si sospecho!... Y no lo digo por la viuda, aunque mujer es de laberientos y tapujos y de un vivir como es público y notorio desde que le faltó el marido y paece que le cayeron las Indias en casa, según lo que se peripone y redondea, cuando, en pura equidá debiera andar a la limosna, sola y sin bienes como se ve... Más poder tiene que ella y que todo hombre nacido quien la mi puerta aporrea sin fegura corporal como nusotros. Lo que con ese ultraje se busca en mi casa, no lo sé a la presente; pero tocante a quién me le hace... ¡Corcia si lo sé! Y lo sé, porque lo he visto... ¡Lo he visto con estos mesmos ojos!... Y al auto de ello, vos diré que en una de las noches de los tamborilazos, no teniendo pecho para abrir la puerta, subime al sobrao, y por un ujero de la ventana miré hacia el Campo de la Iglesia, por si descubría a alguno que corriera hacia acá, cuando veo encima de ese muro viejo que pega con el mi corral, y mira que mira hacia mí, un perrazo blanco y negro, que no miento si digo que era tan grande como el toro de la cabaña. A la otra noche, el mesmo perro en el mesmo sitio... Y siempre que hay garrotazos en la mi puerta, el perro en el murio. ¿Qué hace allí ese perro, corcia? ¿Qué perro puede ser ése? ¿Qué ha de ser ese perro sino ella mesma?

-Y ¿quién es ella mesma? -preguntáronle.

-¡Pus la Rámila, corcia..., la Rámila! Pondría las dos orejas a que es ella. Y si miento o no miento, ha de saberse pronto, porque tengo en el magín una idea..., que se verá en su día... Y no digo más ¡corcia!

Apuró don Baldomero el último trago de la sosiega, y dijo a Tablucas:

-Pues yo te daría un consejo... Si estás en tus cabales cuando oyes los linternazos a la puerta y ves el perro en el murio.

-Lo oigo y lo veo como a usted a la presente; y lo oyen y lo ven la mujer y los hijos. ¡Ojalá no lo viéramos ni lo oyéramos pizca!

-Pues mi consejo es que hables poco de ello y que sigáis cerrando la puerta al anochecer..., por si acaso te baldan de un garrotazo. Por de pronto -añadió don Baldomero cogiendo la baraja que estaba sobre la mesa-, vamos tú y yo a meter mano a estos dos valientes, en un partido a la flor; y eso te distraerá un poco.

-Hasta el anochecer y no más, ¡Corcia! -replicó Tablucas-; porque en cerrando la noche, no será el hijo de mi padre quien pase junto al murio.

-Yo te aseguro que estando conmigo -díjole don Baldomero,- nada malo han de hacerte las brujas: soy un puro amuleto de los pies a la cabeza.

Aceptose de buena gana el desafío por el Sevillano y Chiscón, a quienes tenía muy suspensos el relato de Tablucas, y se dio comienzo a la partida.

Es cosa averiguada que aquella noche, por indicación del jándalo, en lugar de ir el de Rinconeda a casa de Catalina por la calleja contigua al murio, como de costumbre, se dieron ambos un paso, para tomar el aire, por la barriada opuesta; y desde allí, rodeando mucho, llegó a su casa el Sevillano, admirado, por primera vez en su vida, de lo que ladraban los perros en Cumbrales en cuanto anochecía, y siguió Chiscón, solo y relinchando, en busca del norte de sus pensamientos.


El sabor de la tierruca de José María de Pereda

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