El sabor de la tierruca: 20

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-A tiempo llegas, ¡vive Dios! -bramó el jurisconsulto, trémulo y erizado.

-¿Ya estás con la mosca, hombre? -respondió don Pedro, parándose junto al hueco de la puerta- ¿Dónde demonios la cogiste? ¿Por qué te pica ahora?

-¡Y tienes el candor de preguntármelo!

-¿Es decir que yo debo saberlo?

-Debieras presumirlo, cuando menos.

-¿De manera que estamos como estábamos?

-Así lo quieres tú y así sucede... ¡Y así sucederá, mientras los hombres no lleven, como yo, la conciencia en la palma de la mano, y escritos en la frente sus pensamientos!

-Todo eso me huele, Juan, a que has dado suelta a los tuyos, y te andan a calabazadas en la mollera. ¡Que nada te aprovechen los escarmientos y nada te enseñe la experiencia...!

-Tienes razón, Pedro: nada me enseña la experiencia..., tanto me cuesta creer en la falsedad de los hombres ¡Y cuánto disgusto me ahorrara si más escarmentado fuera; si de una vez para siempre cortara por lo sano e hiciera un deslinde en el campo de ciertas intimidades!

-Como la nuestra, ¿no es eso? Mira, Juan: el pensar a voces, como tú piensas y quieres que piensen los demás, tiene la contra, amén de otras muchas, de que se hacen públicos los pensamientos ruines, como esos que, por las trazas, me consagras ahora. Por fortuna, te conozco muy a fondo; y, porque te conozco así, te los perdono, sin usar el derecho que me das, pensando mal de mí, para preguntarte por la causa de ello. ¡Qué hermoso manicomio fuera el mundo, tan lleno de hombres aprensivos, si todos pensáramos a voces, como tú lo deseas!... Pero dejemos esto ahora.

-No he de dejarlo, ¡vive Dios! Que me interesa mucho ponerlo en claro.

-Corriente, Juan; pero como yo no he venido a tratar de ese punto, aplázalo siquiera hasta que yo te diga a qué vine; y, entre tanto, piensa de mí cuantas maldades quieras.

Esto dicho por don Pedro Mortera, detuvo a su amigo que por delante de él pasaba, muy agitado; asiole el brazo y le introdujo en el gabinete; a todo lo cual se prestó el jurisconsulto como una máquina, pero una máquina cargada de pólvora y erizada de mechas encendidas entre espinas de acero. Cuando estuvieron encerrados los dos compadres, dijo de muy mala gana don Juan de Prezanes, continuando allí sus paseos:

-¿A qué tantos misterios? ¿Qué es lo que tienes que decirme?

-Que merecías que no te lo dijera, por obcecado y, cascarrabias, -respondió don Pedro Mortera.

-¿Puedes decirme a qué has venido, sin provocar nuevos altercados? -repuso don Juan, desentendiéndose de la chanza de su amigo.

-He venido -respondió don Pedro- a pedirte la mano de Ana para mi hijo Pablo.

No es dado a la rudeza de mis pinceles pintar con exacto parecido la impresión que estas palabras causaron en el jurisconsulto de Cumbrales. El corazón, el cerebro, los nervios, cuanto en su ser había de inteligente y sensible, se conmovió al mismo tiempo por muchos y diversos modos. Lo inesperado del caso; la vehemencia de su amor a Ana; las prendas de Pablo, a quien quería como a un hijo; la alegría reflejada en el noble rostro de su compadre; las ruines sospechas con que él le ultrajaba un momento antes; el inmenso beneficio con que le brindaba el enemigo supuesto, y la mal probada lealtad de los amigos que con tan negros colores se le pintaban, la inquebrantable entereza del uno; las sospechosas veleidades de los otros; lo que estaba pasando entonces; lo que le había pasado toda su vida; su soledad de siempre; el abrigo y el amor de una familia para en adelante, cuando el frío de la vejez le amenazaba con sus rigores y sus tristezas... ¿Quién sabe lo que aquel hombre vio en un solo instante, a la luz de un relámpago de su cerebro tempestuoso!

Tembló de pies a cabeza; pensó que le faltaba suelo donde pisar, o que el techo se le desplomaba encima; trocose la fiereza de su semblante en mansa dulzura, y apenas halló voz en su garganta para decir a su amigo, volviéndose hacia él rápidamente:

-A ver, hombre..., a ver... Hazme el favor de repetirme las..., eso, ¡eso que me has dicho!

Sonriose don Pedro, que estudiaba grado a grado la transformación de su compadre, y le complació así:

-Que te pido la mano de tu hija Ana para mi hijo Pablo.

-¡Jesús, María y José!

-¿Tanto te asombra la pretensión, Juan?... ¿Es posible que jamás te haya pasado esa idea por las mientes?

-Jurara que no, Pedro..., y no porque el caso esté fuera de lo natural y hacedero, y no sea, además, bueno y conveniente para todos..., quizá, si me apuras, sea Pablo el único hombre que yo juzgue digno de ser el marido de Ana; pero está mi vida tan empapada de disgustos y contrariedades; estoy tan avezado a la oscuridad de las penas y a los quebrantos del espíritu, que ni soñando ven mis ojos cuadros de color de rosa. Así es que ahora, con eso que me dices, tan de improviso, tan de repente, tan inesperado y en tan especial ocasión, parece que salgo de una pesadilla horrenda y entro en la vida regular de los hombres libres y de los padres venturosos... ¡Ay, Pedro!... ¡Dios os lo pague!

Y aquel desdichado, siervo del más tirano de los temperamentos, y condenado al suplicio de arrastrar su corazón por todas las asperezas de la vida, lloraba como un niño.

-¡Qué demonches, hombre! -decía, entre puchero y puchero, a su amigo, que le contemplaba con cariñoso interés: ¡mire usted que es raro este efecto que me ha causado la noticia!... Te extrañará mucho, ¿no es verdad, Pedro?... Nada, somos así, y perdona la debilidad... Pues mira, hombre; me hace mucho bien acá dentro esta sacudida. Y dime, ¿qué piensan ellos del proyecto?..., ¿están de acuerdo?

-¿No han de estarlo?

-¡Picaronazos!... Pero ¿de cuándo acá, hombre?

-Sospecho que desde que eran así de chiquitines.

-¿Y no se han acordado hasta ahora de decirlo?

-Por las trazas, no han caído en ello hasta ahora. Hoy me lo ha declarado Pablo, y hoy te lo cuento a ti.

-Y ¿qué dice tu mujer a eso?... ¿Qué dice María?

-Lo que digo yo; lo que piensas tú: que si a ellos no se les hubiera ocurrido, debiera ocurrírsenos a nosotros.

-¿Se te ocurrió alguna vez a ti, Pedro?

-¡Ya lo creo, Juan!

-Y ¿por qué no lo dijiste?

-Porque prefería que se anticiparan ellos, como se han anticipado.

-¿Y si no se anticipaban?

-Están en la flor de la juventud, y había mucho tiempo por delante.

-¡Para ti, que eres feliz; no para mí, que corre siempre lleno de pesadumbres!

-¿Esperas que este suceso te libre de ellas?

-De muchas sí, Pedro. La soledad fue siempre el mayor de mis males, no lo dudes. Yo hubiera sido otro hombre con la casa llena de familia y la conciencia cargada de obligaciones. La de no hacer desgraciada a mi mujer, fue freno que domó los ímpetus de mi temperamento; y el amor y la abnegación con que ella pagaba el sacrificio, llegaron a hacerme hasta venturoso. La muerte me arrebató este bien cuando empezaba a saborearle... Y solo volví a verme.

-¡Solo!... ¿Y tu hija, hombre de Dios?

-Precisamente nace el mayor de mis tormentos del celo heroico con que está consagrada a mí; porque ¿qué derecho tengo yo para echar sobre sus hombros la misma cruz que le tocó en suerte a su madre? ¡Vivir por ella; mirarse en sus ojos, y hacerla desgraciada! ¿Habrá tortura mayor para el corazón de un padre? Y si hoy en la noticia que me traes columbro yo la dicha de Ana para el resto de sus días, ¿qué mucho que en esa visión se deslumbre mi alma, y lo publiquen sin reparo mis ojos y mi lengua?

-¿Te parece bien que hables del caso a tu hija estando yo delante?

-¡Vaya si me parece!... Y va a ser ahora mismo.

Salió, diciendo esto, y llamó a Ana desde la puerta. No debía andar lejos la joven, ni muy ajena a lo que se trataba en el gabinete de su padre; porque llegó a él en seguida y muy turbada. La enteró éste de lo que ocurría, y se turbó más; pero se repuso pronto, porque no era su turbación hija de lo inesperado ni de lo desagradable. Respondió serena al obligado interrogatorio a que se la sometió, y aun traspuso los ordinarios límites, dando un poco de suelta a su corazón, alentada por el regocijo que leía en la cara de su padre. Después dijo así, volviendo a ser dueña de su genio alegre y travieso:

-Bien está todo; pero le falta la salsa que ha de hacerlo más sabroso; y esta salsa -añadió encarándose con su padrino- va a ser de cuenta de usted.

-Pues tenla por segura -respondió don Pedro muy risueño- si es cosa hacedera en mi cocina.

-¡Vaya si lo es! -repuso Ana.- Pero así y todo, mírese usted mucho antes de comprometerse.

-Hija mía -dijo don Pedro fingiéndose más preocupado de lo que estaba-: me vas metiendo en cuidado. ¿Qué demonio de salsa puede ser ésa?

-Oiga usted la receta..., pero a condición de que si, como usted dijo, es hacedera, no ha de faltar en mi boda. ¿Se acepta la condición?

-¿Y si no la acepto? -preguntó, a su vez, don Pedro.

-Si usted no lo acepta -respondió Ana muy seria- no hay boda.

-¡Demonio! -exclamaron aquí los dos compadres; y añadió don Pedro-: A tales amenazas, hija mía, no hay otro remedio que ceder. Con que venga la receta.

-Pues la salsa de mi boda -dijo entonces Ana- ha de ser la boda de María.

Esta vez fue don Pedro Mortera quien se quedó hecho una estatua, mientras don Juan de Prezanes, entre curioso y admirado, le contemplaba con las cejas muy levantadas, la boca entreabierta y las manos cruzadas atrás.

-¡La boda de María! -repitió don Pedro sin salir de su sorpresa- Pero ¿cómo?..., ¿con quién?

-Con un novio que tiene... ¡Y muy apuesto y muy guapo!

-¡María un novio! ¿Desde cuándo, mujer?

-Hace más de dos años, padrino.

-¡Y sin saber yo una palabra!... ¡Imposible!

Soltó aquí la carcajada don Juan de Prezanes, y dijo a su compadre:

-A la zorra, candilazo... ¿Pensabas ser en tu casa más lince que yo en la mía? Pues chúpate esa.

-¡Qué lince ni qué demonio, hombre! Si todo esto es una broma de tu hija. ¿No es verdad, Ana?

-No, señor, que es la pura verdad, -respondió ésta muy seria; y a continuación refirió cuanto el lector sabe del caso, pero sin decir quién era el padre del mancebo de la villa.

Asombrábase cada vez más don Pedro Mortera, y dijo al terminar Ana su relato:

-Pues si tan honrado, tan bello y tan rico es el pretendiente, ¿por qué tiene mi hija por imposible mi consentimiento?

-Pues ahí verá usted... ¡Como si el reparo fuera cosa del otro jueves!

-Pero ¿qué reparo es ese, Ana?... ¡Acaba, por Dios, de una vez!

-Las pocas simpatías que hay entre usted y el padre del novio... ¡Como si los hijos tuvieran la culpa de las flaquezas de los padres!

-Apostamos algo a que... ¿Quién es ese padre, Ana?

Al oír esto, se santiguó don Juan de Prezanes, y volvió la cara para que su compadre no le viera reírse.

-¡Justo!... ¡Lo que yo iba sospechando! -exclamó don Pedro Mortera apretando los puños- Pero ¿qué demonio ha hilado esta madeja en que me estáis enredando? Y, sobre todo, y aun suponiendo que yo fuera capaz de ser consuegro de un hombre semejante; que yo olvidara lo que olvidar no puedo; que yo no viera lo que tengo delante de los ojos, ¿qué hay aquí hasta ahora sino el antojo de dos mozuelos? ¿Qué pasos se han dado ante mí para que yo, sin desautorizarme, pueda..., ni siquiera darme por entendido de lo que ocurre?... ¿O se trata de humillarme hasta el punto de que yo vaya a ofrecer a mi hija al mequetrefe que la galantea, quizá por pasatiempo?

-En todo eso se ha pensado, padrino -respondió Ana con la más hechicera gravedad- y todo está de manera que solo falta el consentimiento de usted.

-Y ¿quién lo ha arreglado así, señora medianera? -preguntó don Pedro, que a duras penas contenía la risa a que le incitaba la cómica seriedad de su ahijada.

-Yo, -respondió ésta.

-¡Ave María purísima!

Don Juan de Prezanes no pudo más aquí, y soltó una carcajada que duró un buen rato.

-¡Te digo -exclamó después- que es el mismo demonio esta muchacha!

-Pues el asunto es más serio de lo que parece, ¡caramba! -dijo don Pedro, verdaderamente alarmado- A ver, Ana, a ver... ¡Dime, con toda formalidad, lo que has hecho; qué lío es ese en que me habéis metido!

-No hay tal lío, padrino, sino la cosa más natural del mundo. Previendo yo lo que sucede, y compadecida de la situación de María, la aconsejé que aceptara la oferta que su novio la había hecho de hablar del caso a su padre. Si en éste hallaba oposición, ¿a qué seguir adelante? Y si, por el contrario, le parecía bien, ¿por qué ocultárselo a usted? Pues habló el pretendiente; y como halló buena acogida en su padre, que no se atreve a dar ese paso que usted echa de menos, porque teme ser mal recibido; y como yo sé todo esto porque debía saberlo, a usted se lo cuento ahora. ¿Hay nada más natural..., ni mejor conducido, aunque no debiera decirlo yo? Además -añadió Ana, viendo que su padrino se paseaba inquieto y cabizbajo, sin replicar una palabra, y que la incitaba su padre con los ojos a continuar el asedio- no es sólo el bien de María lo que me ha movido a echar sobre mí el empeño de arreglar este asunto. Tiene él más alcance de lo que parece. Usted y mi padre andan siempre a la greña porque mi padre se mete más de lo que debiera en esos enredos que arman el barón de Siete-Suelas, el marqués de la Cuérniga y otros tales que de eso viven, y está a matar con don Rodrigo Calderetas, porque don Rodrigo Calderetas también se mete en esto mismo..., y en otro tanto más. Es de creer que cuando usted y mi padrino sean todos unos, por..., por eso que se ha arreglado hoy, mi padre tire más para los suyos que para los ajenos, y se acabe entre usted y él ese motivo tan viejo de discordias y desazones... Pues que se casa María con el hijo de don Rodrigo Calderetas, buen señor, por lo demás, y amigo de usted en otro tiempo: cátele usted ya de la familia y poniendo sus muchas influencias en el fondo común, para bien de estas pobres gentes, y a los barones y marqueses, en manos de Asaduras, que es lo mismo que decir que no volverá a saberse de ellos en diez leguas a la redonda de Cumbrales. ¿Le parece a usted, padrino, de poca importancia el casamiento de María, aunque sólo se le mire por este lado?

Continuaba paseando don Pedro, mirábale anheloso don Juan, y también quedaron sin respuesta estos razonamientos de Ana, que estaba muy lejos de chancearse al exponerlos. ¿Labraron algo en el ánimo de Pedro Mortera? No pudo saberse por entonces, porque Ana no consiguió arrancar a su padrino otras palabras que éstas, dichas al despedirse poco después:

-Hija mía, la salsa que te he ofrecido lleva demasiada sal y pimienta para comprometerme yo desde ahora a preparártela; pero con esa salsa o sin ella, no faltará Dios de tus bodas, ni María dejará de ser tan feliz como merezca serlo.

-Envíame a Pablo en seguida, -díjole don Juan de Prezanes, despidiéndole con un abrazo en la puerta de la escalera.

Cuando volvió a la sala, dio otro más apretado a su hija que le esperaba allí. ¡Cuánto la dijo en aquella caricia, con las lágrimas de sus ojos y los latidos de su corazón!

-¿Cree usted que va vencido? -le preguntó Ana, secándose las mejillas, cuando la emoción la permitió hablar.

-¡Y cómo no, hija mía, en una causa tan injusta como la suya y con un enemigo como tú?

Tres días después de estas ocurrencias, recibió don Juan de Prezanes la visita de don Rodrigo Calderetas.

Era este personaje no muy alto, bien contorneado, aparatoso de traje y apostura, de blanca tez, teñido bigote, muy afeitado el resto de la barba, tersas, pulcras y cerradas tirillas, y gran cadena de reloj.

Iba de casa de don Pedro Mortera, y le preguntó su amigo don Juan, apenas le hubo saludado:

-¿Y el asunto?

-Como era de esperarse -respondió la «gran persona»-; porque no vine yo a ofrecer ninguna puñalada al señor don Pedro Mortera, amigo mío.

-Lo sé muy bien, señor don Rodrigo; pero como no andaban ustedes en la mejor armonía, bien pudiera haber surgido alguna dificultad...

-Efectivamente; pero cuando se trata del bien de los hijos... ¡Mostró el mío tal empeño en que se diera este paso!... Cierto que don Pedro es una persona apreciabilísima, respetable y de gran posición; que su hija es bella y digna, en todos conceptos, de un esposo como el que yo la he ofrecido y ella ha aceptado, con regocijo de toda su familia; regocijo que yo juzgo sincero y cordial, no menos que la cortés acogida que me ha hecho mi antiguo amigo..., aunque hubiera querido yo verle un poco más expansivo, más..., en fin, como en otro tiempo; pero ¡ya se ve!, hay que aparentar cierto..., pues; porque el puntillo... Esto no obsta para que yo me prometa grandes ventajas para todos de esta alianza entre dos familias tan importantes, o mejor dicho, entre tres, puesto que, según acaba de decírseme allí, el joven Pablo, hermano de María, se casa con su hija de usted..., por lo que te felicito con toda cordialidad; de manera que este doble enlace nos une a usted, a don Pedro y a mí, íntima y estrechamente... Y, a propósito: ¿conserva usted cierta carta que le escribí pocos días hace?

Sonriose don Juan de Prezanes, y respondió:

-No le apene ese cuidado, que yo nunca archivo documentos de esa especie..., por lo que pueda suceder.

-Aplaudo la previsión -repuso don Rodrigo-; pero no entienda usted por mi pregunta que estuviera yo alarmado ni mucho menos; aunque creo recordar que apunté en esa carta ciertas sospechas que yo tenía del señor don Pedro..., ya se ve: ¡se ensartan a veces de tal manera los sucesos! ¡Parecen tan fehacientes los informes! ¡Apremian de tal modo las circunstancias! ¡Llegan a tan alto mis conexiones políticas! ¡Solicitan mi cooperación fuerzas tan egregias y tan invencibles, y soy yo tan caballero, señor don Juan, tan caballero!... Por otra parte, este don Pedro Mortera ¡tiene un carácter tan inflexible, tan apegado a sus convicciones, tan refractario a los procedimientos usuales en estas manifestaciones del nuevo sistema político que gloriosamente nos rige!... En fin, él se entenderá. A usted ¿qué le parece?

-Paréceme, señor don Rodrigo -respondió don Juan sin ambages-, que le ha sobrado la razón a mi compadre siempre que se ha resistido a aliarse a nosotros para luchar en el poco limpio terreno a que le hemos llamado; porque, sean cuales fueren las ventajas del sistema nuevo, sistema que ni usted ni yo hemos tenido en cuenta para maldita de Dios la cosa al lanzarnos a las luchas de que se trata, ni él discute ni ha discutido jamás, es lo cierto que el papel que hacemos nosotros agitando estos pueblos y ensañándonos, por satisfacer míseras venganzas, en infelices desvalidos, sólo porque triunfe (digámoslo aquí donde nadie nos oye) un aventurero farsante y desagradecido, como el marqués de la Cuérniga o el barón de Siete-Suelas, es mucho menos honroso que el de mi compadre metido en su concha y resistiéndose a ayudarnos en esta obra..., verdaderamente inicua; creo, en fin, señor don Rodrigo, que, por este lado, la cuenta que haya de dar a Dios nuestro amigo, será mucho más corta que la nuestra.

-Pshe..., mirada la cuestión desde ese punto de vista..., pero considerando que son males corrientes, más diré, indispensables, y que, si nosotros no los causamos, alguien los ha de causar, la cosa cambia mucho de aspecto.

-El mal, señor don Rodrigo, mal es siempre y donde quiera; y causarle, jamás será obrar bien. Nosotros le causamos muy a menudo, ergo...

-Y pensando así, ¿cómo está usted siempre a mi lado y enfrente de su amigo?

-Por el condenado amor propio; por el tesón; la soberbia, que ofuscan y enloquecen; por lo que se llama sostener la bandera..., por estar demasiado hecho a esa moral de sofismas y acomodamientos. Pero esto no impide que, cuando pasa la fiebre, luzca la verdad en mi razón y diga yo lo que siento, como lo digo ahora. ¡Ay, don Rodrigo, cuánto ganaríamos usted y yo en la opinión pública y en reposo y en tranquilidad de conciencia, si desde ahora nos resolviéramos a dar un puntapié a las aspiraciones de algunos caballeros como el que fue causa de ciertos párrafos de esa carta de usted; de la tempestad que éstos levantaron en mi corazón, y del riesgo a que me expusieron, y, unidos los tres, nos consagráramos a hacer el bien de estas gentes mientras se presentaba un hombre honrado que tomara, a la fuerza, el cargo penoso que tantos vividores solicitan! No creo que éste hiciera por sí solo grandes cosas allá arriba pero tampoco haría daño, que es bastante hacer; viviríamos aquí en paz, y, sobre todo, nosotros habríamos cumplido con nuestra obligación. Hablo, señor don Rodrigo, con la autoridad de mis desengaños, y, como quien dice, con el pensamiento de nuestro ya más que amigo, don Pedro Mortera. ¡Dichoso él que ha tenido fuerza de voluntad bastante para no poner nunca en contradicción sus obras con sus ideas!

-A la cuenta, señor don Juan, está usted muy dispuesto a pasarse a los reales de su amigo y consuegro..., si es que no se ha pasado ya.

-Cosa es, don Rodrigo, a que no puedo responder en este instante; pero, visto lo que ocurre, ni a usted ni a mí nos estará ya muy bien reñir con él y acariciar a Asaduras, que pretende...

-Sí, sí..., ya recuerdo. La pretensión es grave, ciertamente, y parecería mal..., pero se me ha puesto en el caso de luchar a todo trance... ¡Y como soy tan caballero!... Por eso se lo indiqué a usted para que le sirviera de gobierno; que, por lo demás... ¡Esta influencia desdichada de que estoy revestido!... Créame usted, señor don Juan, que daría lo que no es decible por ser un personaje obscuro... En fin, el asunto es de meditarse, y veremos de conducirle de manera que yo no falte a lo que debo a mis compromisos ni a lo que exigen, de un caballero como yo, las nuevas circunstancias que me rodean entre ustedes.

Poco más se habló entonces entre don Rodrigo Calderetas y don Juan de Prezanes. Despidiéronse con más cortesía que afecto; montó la gran persona en el caballejo que le había traído, flaco y peludo, pero con mucha placa y majos pespuntes en los arreos; agachó la cabeza al salir de la portalada, aunque ni con vara y media llegaba su reluciente sombrero a la viga que servía de dintel, y arreó hacia la villa por la calleja inmediata.

Al día siguiente dijo Pablo a Nisco:

-Me caso con Ana.

-Es de razón -contestó Nisco- y para bien sea por muchos años. ¡Buen personal te llevas!... Y de tu comenencia es, como en su día te dije.

-También se casa María.

-¿Tu hermana?

-Mi hermana.

-Conque..., ¡tu hermana María!... ¿Y así, tan de porrazo?

-Tan de porrazo no, puesto que son amores viejos.

¡Amores viejos!... ¡Nadie lo diría!, y, ¿con quién se casa, si se puede saber?

-Con un hijo de don Rodrigo Calderetas.

-¿El de la villa?

-El de la villa.

-Vamos, con un caballero fino y pudiente... Tal para cual, como el otro que dijo... El oro con la seda. Eso debe de ser, por lo visto... Pues por muchos años, Pablo; y si otra cosa no mandas por ahora...

-Vete con Dios, Nisco, y anímete el ejemplo.

-¿A qué, Pablo?

-A casarte con Catalina.

-Es verdad; tal para cual: esa es la ley. ¡Ojalá no se faltara nunca a ella..., ni con el pensamiento!

-Bien te la prediqué un día, y te atufaste.

-Era hablar por hablar... ¿Y nosotros, por eso, tan amigos como siempre?

-Y ¿cuál es eso?

-Eso es, Pablo, el casarte tú ahora.

-¡Qué bolonio eres, hombre!: más amigos que nunca; y a cuenta de ello, démonos un abrazo... ¡Aprieta, Nisco!... ¡Qué demonches! Tienes la mano fría y la cara algo pálida.

-Pshe..., pamplinas del arca, motivao a que estoy en ayunas...

-Por lo demás, Nisco, igual que antes..., en todo lo que no esté reñido con el nuevo estado, se entiende. Si quieres continuar las lecciones...

-¡Lecciones!... Para lo que valgo y soy, creo que ya he aprendido en tu casa..., todo lo que es menester. Conque, adiós, Pablo.

-Adiós, Nisco.


El sabor de la tierruca de José María de Pereda

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