El sabor de la tierruca: 24

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Corrían, corrían los cuatro sujetos hacia casa de la bruja, y en un periquete llegaron allá. Sin detenerse a llamar a la puerta, abriéronla de un empellón, y vieron a la Rámila acurrucada junto al llar de la cocina, soplando unos carbones a los cuales estaba arrimando un pucherete cubierto con un casco de teja.

-¡Allí tiene el unto! -pensaron los cuatro, al reparar en el puchero.

La vieja se volvió hacia ellos y se estremeció. Ni aun en son de paz entraba allí nadie que no le armara guerra. ¡Qué intenciones no llevarían aquellos hombres que atropellaban su casa en ademán airado!

-¡La gente se está matando! -dijo uno sin acercarse mucho a la Rámila, porque su miedo supersticioso podía más que el mal intento que le conducía.

-¿Qué gente? -preguntó la vieja temblando.

-La de Cumbrales.

-¿En dónde?

-En el Campo de la Iglesia.

-¿Por qué?

-Porque vinieron los de Rinconeda, acometieron, y se respondió como era debido.

-¿Y por qué no vais a separarlos?

-Allá estuvimos, pero no podemos.

-¡Muy en su punto traéis la ropa para haber hecho cosa mayor! ¿Y la Josticia?

-Panza arriba lo más de ella, y el alcalde en mucho apuro.

-¿Por qué no se hace respetar?

-Porque primero es lo otro: pa eso es de Cumbrales.

-Y vusotros, ¿de dónde sois entonces?

-¿Por qué es la pregunta?

-Porque debierais estar ayudando a los vuestros, y no escondidos como liebres en este ujero.

-Se ha convenido allá, en vista de que ni la Josticia ni el señor cura ni don Valentín ni don Pedro Mortera pueden con aquello, en que andan en el ajo manos que no son vistas de ojos corporales... Y a eso venimos.

-¿A qué?

-A que vaya a deshacerlo el mesmo demonio que lo amañó.

La pobre anciana, que había cobrado algunas fuerzas de espíritu en el recelo que mostraban los cuatro invasores, que permanecían agrupados cerca del que con forzada valentía llevaba la voz, desalentose mucho al oír la última respuesta de éste y al notar cierta resolución en la actitud de los otros tres. Intentó, sin embargo, sacar el posible partido del miedo que inspiraba su mala fama, y preguntó al hombre que hablaba, con sus remedos de hechicera de teatro:

-Y ¿quién es ese demonio?

-Usté lo es.

-¿Yo?... Pedazo de bruto, si yo fuera el demonio, ¿no estuvierais ya asados los cuatro, en pena del mal querer que aquí vos trae?

Miráronse los hombres nada seguros de estar en lo cierto, y hasta recelosos de que aquel supuesto demonio, si le apuraban mucho, hiciera lo que hasta entonces no había hecho, sabe Dios por qué consideración. Uno de ellos, acaso el más bruto, se aventuró a decir:

-No alcanza tanto el poder de usté, aunque mucho sea para hacer mal.

-Pues entonces, almas de Dios, ¿a qué venís aquí?

-A que vaya usté a deshacer aquello.

-¿Cómo he de deshacerlo?

-Con el conjuro que mejor le cuadre.

-¡Jesús me valga! -clamó entonces la pobre vieja- ¿Por qué me habrá nacido a mí esta fama tan negra y desdichada?

Probó la exclamación que la Rámila perdía terreno; envalentonáronse los otros al notarlo; acercáronse más a ella, y gritó uno en tono amenazante y descompuesto:

-¡Pronto, que pa luego es tarde!

-¡Pero, hijo, si yo no puedo hacer lo que queréis!

-¡Por buenas o por malas!

-¡Que soy una pobre mujer sin ventura, que nunca mal le hice a nadie!

-¡Echarla mano!

-¡Por los clavos de Jesús!...

-¡Llevémosla arrastrando, si por sus pies no va!

-¡Miraime de rodillas pidiéndovos misericordia!

Cuando decía esto la infeliz, ya tenía encima las manazas de dos hombres que tiraban de ella y se disponían a arrastrarla.

-No hay remedio -pensó entonces entre angustias mortales: -o arrastrada aquí si me resisto, o arrastrada allá si voy y aquello no se calma... ¡La muerte de todas maneras!

El apego a la miserable vida la inspiró un recurso.

-Dejaime un instante, que yo pueda hablar, -dijo a los dos verdugos.

Aflojaron éstos los dedazos, y habló así la Rámila, sentada en el suelo, con los mechones grises sobre la faz amarillenta y afilada, y el mísero jubón desabrochado y roto, obra todo de aquellos bárbaros:

-¿Creéis de veras que yo soy bruja?

-Como nos hemos de morir, -la contestaron.

-¿Y estáis seguros de que mi poder basta para poner en paz a los que riñen en el Campo de la Iglesia?

-Como lo estamos de que usté fue quien armó esa guerra.

-¿Armela desde allá?

-No, desde aquí mesmo, porque de aquí no ha salido esta tarde, por las trazas.

Esa es la verdad, hijos míos. Dios me mate si de esta choza he salido desde que vine de misa esta mañana. Pues desde aquí tiene que ser el conjuro. Dejaime que le haga, y dirvos vusotros. Yo vos aseguro que cuando allá lleguéis, todo estará en paz.

-¡Pamemas por salvar el pellejo!

-¡Es que si no vos vais, aunque me quitéis aquí la vida aquello no acabará!

-¿Y si se nos engaña con la promesa?

Si vos engaño, almas de Dios, con volver acá y hacerme trizas, está la deuda finiquita. ¡A bien que naide vos ha de pedir cuentas de la fechuría!

Se miraron otra vez los cuatro, como en consulta, y entendiéronse con los ojos. Uno de ellos tomó la voz de los demás y habló así:

-Trato hecho: si al llegar al Campo de la Iglesia nusotros no está la gente en paz, llame usted a Pateta que la socorra, porque no le queda otro santo que la ampare contra la ira de todo el pueblo.

Dicho esto, salieron a buen paso. La lluvia, hasta entonces contenida, comenzaba a formalizarse; los achubascados celajes se extendían en todas direcciones, y el aire refrescaba. Sin levantarse del suelo, dio la Rámila gracias a Dios por haberla sacado con vida del primer trance, y discurrió el modo de conjurar el último y el más grave. Incorporose después; se aliñó lo mejor que pudo; se echó otro refajo sobre la cabeza, cubrió con ceniza la mortecina lumbre, y salió de la choza. ¿A dónde? Adonde hubiera un poco de caridad; a casa de don Pedro Mortera; a la del señor cura..., a esconderse donde no la delataran si, al llegar los cuatro forajidos al Campo de la Iglesia, la batalla no se concluía.

Trancado estaba la puerta por fuera, cuando la lluvia espesó de tal modo, que la anciana tuvo necesidad de volverse a la choza mientras aquello pasaba. Pero el aguacero continuaba espesando a toda prisa; y espesando, espesando sin cesar, acortábanse los horizontes; dejaron de verse todas las montañas; después todos los montes; después los cerros; después los confines de la vega; luego la vega misma; después la iglesia, y los árboles, y las casas..., y, en fin, todo menos la braña y los cercados más próximos a la choza. Cada hondonada era un lago; cada roderón un torrente. Mirando al cielo, parecía que de él bajaban líquidos cables, gruesos y apiñados; ensordecía el ruido de aquella inmensa cascada, y el agua que rebotaba al llegar al suelo la que vertían las nubes, era otra lluvia hacia arriba, contra la que no hay defensa fuera del techado. Pero hasta entonces llovía sereno y a plomo; gustaba ver aquellos chorros infinitos cayendo rápidos, sonoros e incesantes, como gusta y entretiene en el silencio de la noche la llama del hogar lamiendo las negras paredes de la chimenea.

De pronto hubo una virazón al Noroeste; rugió el vendaval arisco; llevose por delante el diluvio; azotó con él muros y terrenos; revolcó las copas de los bardales en las charcas de las callejas; tumbó cuanto el sur de la mañana había dejado vacilante y removido; la noche anticipó media hora su venida; y la Rámila, tranquila por entonces, cerró por dentro la puerta de su choza, volvió a atizar la lumbre y se acurrucó junto a la llama sin quitarse el refajo de encima de los hombros, porque empezaba a sentirse el primer frío del invierno.

Cuando los cuatro sujetos que la habían atormentado llegaron, echando los bofes y calados hasta los huesos, a dar vista al Campo de la Iglesia, ni huellas de lo ocurrido quedaban en él, el agua corría por todas las camberas, se desbordaba en los senderos profundos y saltaba y hervía en los llanos al impulso de la que seguía cayendo.

La gente se amontonaba en el portal de la taberna y en el de la iglesia, y toda ella era de Rinconeda: los hombres, desgreñados, rotos, sucios de fango y de verdín, con las caras borrosas, hinchadas, tintas en lodo y en sangre; las mujeres, en refajo, con las sayas vueltas sobre la cabeza. Unas y otros inmóviles, taciturnos y con los ojos fijos en las goteras del corral y el oído atento al rumor de la lluvia.

En el portal de Tablucas había gente de Cumbrales. Allí se metieron los cuatro sujetos de marras, y allí aprendieron que la pelea había cesado cuando el agua no cabía ya en canales; es decir, según se calculó en el acto, poco después que ellos salieron de la choza de la Rámila, justamente cuando ésta debió de acabar el prometido conjuro; conjuro que, sin duda, armó el temporal que estaba reinando, como se arman siempre que los demonios andan por la tierra desencadenados, ya por obra de hechicerías, ya por gracia del hisopo. Deshecha la maraña del Campo de la Iglesia, Resquemín tuvo el buen acuerdo de encerrar en la taberna a los hombres de Cumbrales que en ella se refugiaron, para separarlos de los de Rinconeda; otros corrieron a sus casas, y el resto de la gente se guareció en la de Tablucas por lo mezclarse con el enemigo que asubiaba en el portal de la iglesia.

-¡Y negaréis entoavía que esa mujer es el mesmo demonio! -exclamaba Tablucas, después de oír los relatos y las conjeturas de los cuatro sujetos- ¡Y no tendré yo razón para jurar que ella es quien me golpea la puerta y se planta en ese murio en fegura de perro!... ¡Y la dejestis con vida!... ¡Corcia, si soy yo que vusotros, allí finiquita hoy!... Y pue que vos pese por no haberlo hecho; que la que es mala por el gusto de serlo, ¿qué no será cuando la ofenden?

En éstas y otras tales, arreció el viento sin disminuir la lluvia; y como éstos son signos de durar la tormenta, y la noche se venía encima, los de Rinconeda, después de breve consulta, salieron de sus refugios y emprendieron la marcha hacia su lugar, entrando en las pozas por derecho y sin tratar de defenderse contra el diluvio que los empapaba y el viento que los embestía de frente, porque hubiera sido trabajo inútil, amén de embarazoso. ¿Cómo volvían escurridos, sucios, desaliñados, taciturnos y maltrechos, aquellos mozos que, horas antes, habían venido emperejilados, alegres, sueltos y provocativos! Acaso, mientras caminaban en fila, como ratas huyendo de la inundada alcantarilla, pensaban en que sus hogares podían ser asaltados por el torrente que bajaría ya de las laderas, y este pensamiento los espoleaba. ¡Justo castigo de sus malos deseos de la mañana, cuando el sur levantaba en vilo los tejados de Cumbrales! No iba Chiscón en aquella triste caravana, ni se le había visto en el pueblo desde mucho antes de acabarse la refriega.

Del Sevillano nadie supo dar noticias ciertas. Asegurose por la noche en la taberna de Resquemín, que había desaparecido del corro tan pronto como se armó la sarracina. Muchos temieron entonces los estragos de su navaja; pero nadie le vio entre los combatientes. Sin embargo, se afirmó, con el testimonio de Bodoques que le columbró desde lejos, que él fue quien, agazapado entre unos posarmos, detrás de la pared de un huerto, hirió a Nisco con la piedra arrojada desde allí; y aún juraba Bodoques, según el narrador, que el tiro no iba al hijo del alcalde, sino a Pablo, por el modo que tuvo el Sevillano de hacer la puntería. Verosímil pareció la hazaña en quien fue capaz de presentarse en Cumbrales al frente del enemigo invasor; y bien hizo aquella noche el traidorzuelo en no aportar por la taberna, porque toda su fama tremebunda no le hubiera librado de una mano de leña como para él solo.

Excusado es advertir que se hizo público allí el caso de la Rámila, el cual acabó de afirmar entre aquellas gentes su opinión de bruja rematada; y Dios sabe lo que hubiera sido, en caliente, de la infeliz, a no estar la noche tan fría y tempestuosa.

Sobre el estado de Nisco se contó mucho y muy contradictorio, desde darle por muerto hasta creerle ya sano y de pie. A última hora entró una vecina suya en busca de vino blanco para ponérselo, con aceite y romero, en paños sobre la herida. El bravo mozo había recobrado el conocimiento y estaba fuera de todo peligro.

Esta noticia fue la única fidedigna; y se la traslado al lector, con el mayor gusto, porque sé que en ella le ha de recibir muy señalado.


El sabor de la tierruca de José María de Pereda

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