El sabor de la tierruca: 15

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¡Qué distintas de las de Pablo corrían las horas para Nisco! Aquellos pensamientos, dulces como las mieles, altos y relucientes como el sol y la luna, que saboreaba y entreveía el hijo de Juanguirle, sus dejos tenían ya de la ruda amarga en que el desengañado amigo los había empapado al hundirlos en la charca terrena y prosaica de sus consejos sesudos. Ya no arrullaban los sueños del presumido mozo dulces sinfonías, ni visiones de palacios de oro, donde reinas y emperatrices le vestían y le calzaban, duques eran sus mayordomos, y marqueses sus criados. Muy de continuo sentía el cencerreo del ganado en la vecina cuadra, y en sus espaldas los duros bodoques del mal tundido colchón de su pobre lecho; realidades de la vida más poderosas ya que las encantadas imaginaciones de otros días bien cercanos.

No se entienda por esto que daba Nisco por perdidas sus esperanzas; pues bien sabe Dios que aún las mimaba y las consentía, porque el esencial fundamento de ellas no había padecido, que él supiera, menoscabo alguno. Pero era indudable que en la senda de flores que recorría había topado con un tropiezo de mucha cuenta. Las palabras de Pablo fueron claras y terminantes; y esto era muy grave, no tanto por ser de quien eran, cuanto por estar muy puestas en razón. Así le dolían a él en lo más hondo de su vanidad; así las recordaba y exprimía a cada instante, y muy especialmente cuando se miraba al espejillo colgado debajo del cuarterón de su ventana; como si no comprendiera entonces, aunque lo temiera mucho, que aquellos sus rizos pegados a las sienes, el mirar blando de aquellos sus ojos negros, aquella su belleza toda, en fin, con el saber adquirido, por su voluntad, y el buen querer de su corazón, no eran alas bastantes para volar hasta el sol que había contemplado cara a cara sin deslumbrarse. Desde el suceso del cierro (más de ocho días) tres veces nada más había estado en casa de Pablo, y otras tantas se habían visto y hablado los dos en la calle; pero en la calle y en casa, Pablo no era el amigo íntimo y afectuoso de antes: hallábale Nisco frío, reservado y lacónico hasta la sequedad; y como ignoraba los verdaderos motivos de este cambio, achacábale a lo que más temía; y esta aprensión le abrumaba el espíritu, porque, para ayuda de sus males, ¡se conjuraban contra él tantos elementos!...

Saliendo la última vez de casa de Pablo, mustio y compungido, porque, como en las dos anteriores, halló a su amigo reservado y serio, cerrada la puerta de la sala y los pasadizos desiertos, topó, cerca de la portalada, con la Rámila que iba a entrar por ella.

-¡Hola, guapo mozo! -díjole la vieja, al notar que no le gustaba el encuentro-. No pensé que eras tú de los que temen.

-¡Temer yo! -respondió Nisco de mala gana- ¿Por qué había de temer cosa alguna?

-Eso es señal de que no la has hecho. Ya sabes: quien no la hace...

-¡Ya se ve que no la he hecho!

-¿Estás muy seguro de ello, Nisco?

-No recuerdo haberla ofendido a usted.

-¡Otra, bobo!..., si no se habla de mí. Si de mí se hablara, igual fuera de más que de menos. Me han hecho tantas, que ya no reparo. Pero bien pudieras habérsela hecho a otros.

-¡A nadie!

-¿Ni siquiera a Catalina, santuco de Dios?

-¡Dale otra más!... ¡Mire usted que es tema, puño! -dijo Nisco machacándose con los suyos cerrados en las caderas- Y a usted ¿qué le importa? Y por último, usted ¿qué sabe?

-¿Pues no he de saberlo? ¿No ves que soy bruja, tocho?... El que me importe o no, ya es distinto, y sobre esto no reñiríamos en ningún caso; pero te importa a ti, y, porque te importa, te voy a contar un cuento.

Nisco no sabía a qué santo encomendarse en aquel trance, ni sobre qué pie echar el cuerpo para descansar mejor, en el desasosiego que le consumía. De largarse trató, para cortar por lo sano; pero la vieja se le atravesó delante, y, a mayor abundamiento, le agarró por las solapas de la chaqueta y le dijo muy seria:

-¡Escúchame..., o te muerdo!

Tembló Nisco al oír aquella amenaza en tal boca, y respondió, resignándose a la fuerza:

-¡Pero acabe pronto!

-En dos palabras te despacho -dijo sonriéndose la vieja; y añadió en seguida-: Amigo de Dios, éste era un mozo soltero, con pocos bienes de fortuna, pero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día en el monte cortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos y adrales, que vendía en ferias y mercados; trabajaba además un poco de tierra prestada, y tenía una vacuca en aparcería. Así iba tirando el hombre de Dios, con los calzones remendados y no muy llena la barriga, pero en buena salud y muy contento, porque no había conocido cosa mejor. Pues, señor, que estando un día en el monte y en lo más espeso de él, porque en lo más espeso se jallan siempre los buenos avellanos, corta esta vara y corta la otra, cátate que oye tocar el bígaru2 adjunto a sí mesmo, y de un modo que gloria de Dios daba el oírle. Y oyendo tocar el bígaru tan cerca, y no viendo por allí pastor que pudiera hacerlo, fuese detrás del son; y yéndose detrás del son, apartaba las malezas; y apartando y apartando, llegó a un campuco muy majo, donde vio el bígaru solo arrimado a una topera grande y sonando sin parar. Pues, señor, qué será, qué no será, acercose a la topera, y vio que en el borde mesmo de ella y con las patucas metías en el ujero, estaba sentao un enanuco, menor que este puño cerrao, y que este enanuco era el que tocaba el bígaru. Viendo el enanuco al mozo, deja de tocar y dícele: -«¿Qué hay, buen amigo? -Pues aquí vengo», respondió el otro, «por saber quién tocaba tan finamente; pero si es que estorbo, me volveré por donde vine». A lo que volvió a decirle el enanuco: -«¡Qué estorbar ni que ocho cuartos, hombre!... Sépaste que para que tú vinieras he tocado yo». Pues, amigo de Dios, que en éstas y otras, métense en conversación el enanuco y el mozo, y cuéntale el mozo al enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajos de su vida, dícele el enanuco al mozo: -«Pues amigo, de todo eso era yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte qué deseas en premio de tu hombría de bien». A lo que respondió el mozo: -«Con que fuera mío lo que a renta y en aparcería llevo, y dos tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las Indias. -Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta», dijo el enanuco. Y volvió a responder el mozo: -«Me basta, y hasta me sobra, si bien se mira lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría de cosa mejor, por desconocerla». Conque, amigo de Dios, cátate que le dice en esto el enanuco: -«Coge de esta tierra que ves junto a mí, y échatela en el pañuelo». Asombrose el mozo, porque pensó que el enanuco se burlaba de él, y tornó a decirle el enanuco: -«Cógelo, hombre, sin recelo, que de ello tengo yo llenos mis palacios, a los que se va por este ujero en que estoy». Por si era o por si no era, el hombre sacó del seno el moquero, y echó en él una buena mozá de aquella tierra, y añudó luego los picos. Y díjole entonces el enanuco: -«Ahora, vete a casa, y cuando te acuestes, pon debajo de la almohada esa tierra, según está en el pañuelo. Al despertar mañana, verás si te he engañado». Pues, señor, que lo hizo como se lo mandaron; y ¡quién te dice a ti que, al despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡Más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer su alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco a poco el mozo, empezó a echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao; tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unos ganados que tenían que ver: bien comido y bien trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao a lo que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios, cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas sí que eran mozas, con sus vestidos de seda y sus abanicos y sus lazos de crespón y sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran mozos, con sus casacas de paño fino, sus borlajes de oro y sus botas relucientes! ¡Y qué vida la suya! Éste a caballo, aquél en coche; el otro de brazalete con la señora; paseo abajo, paseo arriba; comedia aquí, valseo allá; buena mesa, muchos sirvientes y gran palacio... Vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que volvió el mozo a su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada del mundo. Volviendo así a su pueblo, cogió duda a la borona, dio en aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello que había visto, y en ser un caballero de los más regalones; y pensando de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero, y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el magín, que no se atrevía a poner por obra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerla, porque lo agorrao iba a acabarse, y él no estaba por volver a trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó hacia el monte; y arreando hacia el monte, llegó al sitio que buscaba; y llegando a aquel sitio, oyó sonar el caracol del enanuco; y oyéndole sonar, se acerca al enanuco y le dice:

-«Hola, buen amigo: pues yo venía a darle a usted las gracias por el favor que me hizo tiempo atrás, y a pedirle otro nuevo, si no ofende. ¡Qué ha de ofender, hombre!» respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo pueda, pide con libertad». Alegrósele el corazón al mozo, y tornó a decir al enanuco: -«Pues yo deseara llenar estos sacos que traigo aquí, de la misma tierra que usted me dio la otra vez. -Todo este campo es de ella», respondió el enanuco; «conque así, cava donde quieras y llénalos a tu gusto. No te olvides de ponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto despiertes al amanecer». Y con esto, metiose el enanuco por el ujero a los sus palacios; con lo cual quedose solo el mozo; y cava, cava, en un periquete llenó de tierra los sacos, y se volvió a casa con ellos más contento que unas pascuas. Llegó la noche, acostose, durmió poco con la brega que traía en el magín, y al amanecer ya estaba el mozo más listo que las liebres; y estando más listo que las liebres, pensaba en abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas como iban a salir de aquellos sacos; y pensando en esto, los abrió; y abriéndolos... ¡Hijo de mi alma!... No encontró en ellos más que la tierra que había cavao en el monte. Quedose en la agonía el pobre hombre; y quedándose así, llegó a consolarse cavilando que, mirando bien las cosas, con lo que ya tenía de antes le bastaba; y cavilando esto, fue al cajón donde guardaba las pocas monedas sobrantes... ¡Y tierra eran también, como la de los sacos!... ¡Y tierra los papeles de sus compras! Fue a la cuadra... ¡Y montones de tierra los bueyes!... ¡Y montones de tierra el ganado que pagó con el dinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia que la vaca en aparcería. Reparó entonces en la casa, y vio que era la misma en que él vivía cuando era pobre zonchero: a la puerta había un coloño de varas y unos adrales a medio hacer. Gimió y golpeose, el venturao; y al monte fue a contar su desgracia al enanuco; pero el enanuco le dijo: -«Eso que te pasa, no puedo remediarlo yo: quien por mi mano te dio la riqueza que has menospreciado, te dice ahora por mis labios que la miseria en que vuelves a verte es el castigo que da Dios a los cubiciosos que quieren pasar de un salto, y sin merecerlo, de zoncheros bien acomodados, a caballeros poderosos». Y colorín colorao... ¿Qué te paece del cuento, Nisco?

-Pues no me paece cosa mayor -respondió Nisco, que había estado escuchándole con la boca abierta.- Pero, valga o no valga, ¿por qué me le cuenta usted aquí?

-Cuéntotele aquí, porque, como dijo el otro, aquí te cojo y aquí te mato; y cuéntotele también, por si conociste tú al zonchero, o a persona que se le ameje siquiera en los humos de la chimenea.

-¡Yo no conozco ni he conocido a nadie de esas señas!

-Pues yo sí, Nisco. Yo conozco a uno, amejao al zonchero en las infladuras de la vanidá; un mozo que, por tener de todo, tuvo una novia como unas perlas, que por él se moría y por él se muere.

-¡Bah, bah! -dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la vieja- ¡No me venga con coplas!

-No son coplas éstas, -replicó la Rámila impertérrita-: son verdades como puños, que te importan más que a mí. Hace ya mucho que andas caminando hacia el monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo al encuentro para decirte que te vuelvas, porque sé lo que te aguarda si los llenas como el zonchero. Aquellos tesoros no son para ti, pobre tonto, que guardados están para quien mejor los merece. Buenos los tienes en tu casa; vuélvete a cuidarlos, que tierra será para ti el mejor de todos ellos, si la cubicia llega a descubrírsete como al otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes te quiso: pero también sé que no te querrá así el día en que tú seas la rechifla de Cumbrales. Y ahora, vete con Dios y perdona el poste; pero no olvides el cuento de el zonchero cubicioso, que has de agradecérmele.

Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... Y voy a lo que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó al estragal, encarose con él Juanguirle, que iba a salir a picar leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo:

-¡Por vida del chápiro verde, que no sé qué te hiciera para quitarte ese hipo de monja en viernes!... Pues mira que si con guantadas se curara, ya tenías un par de ellas encima. ¡Dígote con los hombres de ahora, voto a briosbaco y balillo! Si tienes un pesar, dile o revienta... Si son chapucerías de desjuiciado, acuérdate de que eres hijo de un hombre de bien, El demonio me lleve si yo sabía la menor cosa hasta que tu madre me lo dijo esta tarde, por haberlo aprendido ella en el río. Contábate, como yo, con los cinco sentidos puestos en la muchacha, que, en ley de verdad, vale más que tú; cuando salimos con que..., ¡por vida del chápiro verde!, resulta que no hay nada de lo dicho, porque el fachendoso del hijo mío hace una eternidad que volvió las espaldas. El porqué, tú lo sabrás: yo no le sé ni le sabe tu madre; y en la muchacha no consiste, que así lo juró cuando tu madre topó con ella al volver de lavar y la hablo del caso, porque debía hacerlo. De nada te acusa más que de ausencia; por leal se afirma y con llorar se venga. Esto la ensalza, si juró verdad, y a ti te honra poco, Nisco... Y a mí no mucho, que tu padre soy. Si el serlo te encoge para hablar conmigo de esos particulares, no se los calles a tu madre cuando venga de la mies y te busque la lengua..., porque ha de buscártela, y con mucha razón. Lo que yo te digo es que, inocente o culpado, vuelvas a tus cabales y cumplas con tu deber, que no tienes rentas para hacer vida de señor manido entre cristales... ¡Y en qué tiempo, voto al chápiro! Cuando asoma la cogedera y más brazos se necesitan en casa, y cuando me veo con una zancadilla a cada vuelta que doy en el ayuntamiento. Porque has de saberte que hasta de las locuras de don Valentín se quiere sacar partido por la gente que allí me han puesto para que tu padre caiga en la trampa, ya que no quiere cerrar los ojos a sus fechorías..., porque aquello, hablando en claridá, es una ladronera consentida... Pero ¡voto a briosbaco y balillo! ¡Yo les juro que a la sombra mía no las han de urdir allí mientras tu padre sea alcalde!

Y se fue a su quehacer el bueno de Juanguirle, de muy mal humor, cosa que le acontecía rarísimas veces en la vida. Pero Nisco era testarudo; y por más que el mundo entero pareciera empeñado en meterle por los ojos lo que sus ojos no querían ver, lo que tenía entre cejas allí había de estarse mientras no se lo arrancara quien allí se lo había puesto.


El sabor de la tierruca de José María de Pereda

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