El sabor de la tierruca: 23

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El sabor de la tierruca
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XXIII: Griegos y troyanos

de José María de Pereda



Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco a poco reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas a la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y a voces de Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosa era siempre una provocación semejante... ¡Pero en aquel día!... ¡Después de las devastaciones del huracán, apenas encalmado!...

-¡Pues como vengan!

Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.

Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que lo tenían por costumbre; hartáronse de repicar a vísperas..., y nada. Tachirense luego las tres campanadas al rosario; acudió la gente; llegó el señor cura; redole y hasta echó su poco de plática sobre la paz y concordia entre los pueblos cristianos; acabose la piadosa tarea, que duró tres cuartos de hora..., y nada. Desocupose la iglesia; quedáronse en el porche, murmurando, las mujerucas a ese manjar aficionadas; agrupáronse de cuatro en cuatro, a la sombra de las tapias fronteras al corro del baile, las viejas, acurrucadas en el suelo, a jugar el ochavo a la brisca o al mayor punto; avanzó la gente moza; resonaron las panderetas recién templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que estaban Pablo y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse los viejos mirones en las paredillas; oyose la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea con la tradicional y obligada copla

Para espenzar a cantar.
Licencia tengo pedida,
Al señor cura, primero.
Y a la señora Josticia.

Dio principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vio o no se vio, si se hizo o no se hizo la prohibida seña del as o del tres del palo del triunfo; alzose regocijada gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco un emboque a la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado, reclutando muchachos para jugar a la cachurra en la mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre..., en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya..., y nada. Los de Rinconeda no venían, y los de Cumbrales llegaron a no pensar en ellos: como que el cura se fue a rezar vísperas, y el alcalde a dormir un rato.

Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra a todo correr por el camino alto de Rinconeda.

-¡Ahí vienen! -gritó cerca del corro de bolos.

Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tanta, que los juegos cesaron y el baile se suspendió.

-¡Eso es una cobardía! -gritó un mozo encaramándose en la pared de la bolera y dirigiéndose a los dos corros- ¡Si vienen, que vengan! ¿Pensáis que vos van a comer? Pus lo que hagan haremos... Yo, por mi parte.

Gustó la arenga, aprobose, serenáronse los espíritus y continuaron los juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad que por miedo, a mi entender.

En esto, apareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venido Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que se trasladara de un punto a otro. Provocación como ella no se conocía en la historia del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno a uno, tres a tres, ocho a ocho, hasta doce a doce, se había pegado infinidad de veces los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda y en todas las romerías en que se habían encontrado, porque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo entero al otro pueblo, con premeditación y a sangre fría, pasaba con mucho la raya de todas las previsiones.

Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y traían en medio a Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano. Esto ya era un dato para creer que la función era de desagravio, y en honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía un palo, de los de pegar, debajo del brazo: otro dato; y también lo era el verse algunos garrotes más entre la turba, toda de gente moza, que seguía a la primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo el más lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropa, y que no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corro de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vio que, llegado el caso, podía librarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las mozas de Cumbrales, al ver la actitud provocativa de las de Rinconeda, no acababan de hacerse cruces con los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...». ¡Cómo las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó de elevar la indignación a su colmo, fue ver al Sevillano entre los invasores... ¡Con ellos venía el Opas, el don Julián de Cumbrales!

Pasó la procesión por delante de la bolera, cantando las mozas y con una en cada brazo Chiscón, y llegó al Campo de la Iglesia, donde hizo alto y relinchó de firme. Pablo dejó entonces de jugar y se encaramó en la paredilla, mirando hacia allá. Estaba algo pálido y muy nervioso. Nisco no apartaba de él la vista, y la gente de la bolera miraba tan pronto a Nisco como a Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos iban hechos, ni a quién le tocaba birlar. En esto, cesó también el baile, porque Chiscón se empeñó en que habían de sentarse las cantadoras de Rinconeda donde estaban las de Cumbrales. Oyéronse voces de riña. Chiscón, después de dejar sentadas a sus cantadoras junto a las del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió la descortesía de obligarlas a hacerlo), volviose a colocar a los suyos en el mismo terreno en que acababan de bailar, y aún estaban, los de Cumbrales. Con esto creció el vocerío, y Pablo bajó de la paredilla; llegose a las cantadoras de Rinconeda y las preguntó secamente:

-¿Venís de guerra?

-De paz venimos, -respondieron las mozas.

-Pues no toquéis entonces, que tocando están quienes deben, y corro hay aquí para que bailen todos, si de divertirse en paz se trata.

-¡A tocar se va! -dijo en esto, un mozo de Rinconeda, mirando airado a las dos mozas increpadas por Pablo.

Las dos mozas se dispusieron de nuevo a tocar.

-¡Pues no se toca! -dijo Pablo, blanco de ira.

Y hablando así, arrancó las dos panderetas de las manos en que estaban, y rompió los parches sobre sus rodillas.

¡Cristo mío, la que en seguida se armó allí! Pero Pablo, que ya la esperaba, porque de un modo o de otro tenía que venir, con las rotas panderetas en las manos, la cabeza erguida, la boca entreabierta, el pecho anhelante y lívida la tez, examinó el campo con una mirada rápida, y la clavó firme sobre Chiscón que corría hacia él, apartando la gente, como el oso los matorrales. Estremeciose el joven un momento, arrojó los aros, dio dos pasos hacia el gigante que podía desbaratarle entre sus brazos de roble, y le recibió con una puñada en la jeta, y tal puntapié en la barriga, que el oso lanzó un bramido y necesitó todas sus fuerzas bestiales para no desplomarse, como torre socavada. Nisco, que no había perdido de vista a Pablo, en cuanto le vio enfrente de Chiscón saltó como un corzo desde la bolera al campo, sin tocar la paredilla, y voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro un valentón del otro pueblo, y fuéronse a las manos. Creció con esto la bulla; saltaron detrás de Nisco los jugadores de bolos; salieron los hombres que estaban en la taberna; encontráronse con otros del bando enemigo, y la lucha se trabó en todas partes con la prontitud con que se inflama un reguero de pólvora. Acudieron al vocerío las mujerucas del portal de la iglesia, y las viejas que jugaban a la brisca, y los muchachos que correteaban por las inmediaciones, y se llenó de gente el campo, desde el corro de bolos hasta el extremo opuesto.

Toda aquella masa, al principio inquieta, nerviosa y movediza, fue enrareciéndose poco a poco, aquietándose y buscando los puntos más elevados y menos peligrosos, mientras los combatientes, en grupos enmarañados, forcejeaban, iban, venían, se bamboleaban, alzábanse y se agachaban; de manera que todo este conjunto de actores y espectadores parecía embravecido torrente encajonado de pronto entre recios e insuperables muros.

Ya no se oían voces allí, ni amenazas, ni se veía el garrote describiendo rápidas curvas en el aire, porque (justo es declararlo) los de Rinconeda arrojaron los suyos cuando vieron inermes a los de Cumbrales; no brillaba, ni brilló antes, el acero homicida, porque esta arma vil no se conoce en los honrados campos montañeses, si algún descastado no la usa a traición, muy raras veces. Sólo se percibían sordos ronquidos, jadeos de la respiración, desgarraduras de camisas y, de vez en cuando, un cuajjj despatarrado, como odre henchido que revienta de pronto: era que un luchador caía de espaldas en el suelo, debajo de su adversario; el cual no abusaba de la ventaja adquirida: no hería a su enemigo, ni siquiera le golpeaba en sitio peligroso; conformábase con tenerle allí como crucificado, y con responder a sus ronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios; alguna vez se oía también el estampido ronco de un puñetazo sobre un esternón de acero... Y poco o nada más se oía; porque, cuanto a los espectadores, ni se movían ni chistaban: allí se estaban todos con los ojos encandilados y el color de la muerte en el semblante; los muchachos, royéndose las yemas de los dedos; las mujeres, con la boca abierta, y los viejos, dando mandíbula con mandíbula.

Harto claro se vio que las mozas de Rinconeda no contaron con todo lo que estaba pasando, al ir a Cumbrales como fueron; y por verse tan claro en la sorpresa y dolor que mostraban, no cayeron sobre ellas las hembras de Cumbrales y se libró de ser un verdadero campo de Agramante aquel Campo de la Iglesia.

Si un luchador, al levantar la cabeza, mostraba la faz ensangrentada, alzábase en los contornos un rumor de espanto y de indignación al mismo tiempo; y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia! ¡A buena puerta se llamaba! Tres concejales, el pedáneo y el alguacil estaban enredados en lo más recio de la pelea, brega que brega, no para poner paz, sino porque eran ellos de Cumbrales y los otros de Rinconeda; el juez municipal, que al empezar la batalla se hallaba en la taberna (cuya puerta trancó por dentro Resquemín, dicho sea de paso, en cuanto quedó desocupada), se escondió en el pajar..., con el sobrante de la jarra que tenía entre manos; y, cuanto al alcalde Juanguirle, ya sabemos que se fue a dormir la siesta poco después de salir del rosario.

A todo esto, los plúmbeos nubarrones se iban desmoronando en el cielo, y extendían su zona tormentosa, cárdena y fulgurante, hasta la misma senda que recorría el sol en su descenso; y cuando un rayo de él lograba rasgar los apretados celajes y caía sobre los entrelazados grupos de combatientes, relucía el sudor en los tostados rostros manchados de sangre y medio ocultos bajo las greñas desgajadas de la cabeza; y cual si aquel rayo, calcinante y duro, fuera aguijón que les desgarrara las carnes, embravecíanse más los luchadores allí donde el cansancio parecía rendirlos, y volvía la batalla a comenzar, lenta, tenaz y quejumbrosa.

Ya sabemos dónde luchaban Pablo y Chiscón; que éste era grande y forzudo, y cómo recibió su primera embestida el valeroso mozo de Cumbrales, que si no era tan fuerte como su enemigo, tenía, en cambio, la agilidad de la corza y el temple del acero. Así saltaba, hería y se cimbreaba. Eran los dos luchadores el ariete poderoso y la espada toledana. Huir de los brazos hercúleos de Chiscón, era todo el cuidado de Pablo; y entre tanto, golpe y más golpe sobre el gigante. Reponíase éste apenas del aturdimiento que le causaba un puñetazo en la boca, y ya tenía otro más recio en las narices; con lo que el salvaje, poco acostumbrado a aquel género de lucha, bramaba de ira; y bramando, esgrimía las aspas de su cuerpo, y cuanto más las agitaba, más se perdían sus derrotes en el espacio, más se quebrantaban sus bríos y más espesos caían sobre su cara, llena ya de flemones, ensangrentada y biliosa, los golpes de su ágil adversario. Pero necesitaba éste terminar de algún modo aquella lucha desigual y expuesta, y tras ese fin andaba rato hacía. No bastaba aturdir al atleta; era preciso derribarle, vencerle. Al cabo, logró plantarle un par de puñetazos entre mejilla y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómago al humillar el bruto la cerviz, quedose éste como Polifemo cuando Ulises le metió por el ojo el estacón ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo a su cuello de toro; hizo allí presa con las manos, que tenazas parecían; sacudiole dos veces, y a la tercera, combinada con un hábil empuje de la rodilla, acaldó en el suelo al valentón de Rinconeda. Fragor produjo esta caída; pero no por el choque de las armas, como cuando caían los héroes de la Iliada, sino por el peso de la mole y el crujir de los pulmones y costillas. Cayó el gigante con el rostro amoratado y medio palmo de lengua fuera de la boca, porque Pablo, sin aflojar la tenaza de sus dedos, se encaramó a su gusto sobre el derribado coloso.

No muy lejos de Pablo andaba Nisco, que tampoco peleaba al uso de la tierra, como su adversario quería; es decir, pecho a pecho y brazo a brazo, con variantes de zarpada y mordisco, sino a puñetazo seco y a rempujón pelado; mas no procedía así porque su contrario fuera más fuerte que él, pues allá se andaban en brío y en tamaño, sino porque en el hijo de Juanguirle obraban la vanidad y la presunción lo que en Pablo la necesidad aquel día. Es de saberse que hasta para luchar a muerte era vanidoso y presumido el demonio del muchacho aquél. Así se le veía rechazar a su enemigo con un golpe seguro y meditado, y aprovechar la breve tregua para atusarse el pelo y acomodar el sombrero en la cabeza. Sus brazos, antes de herir con el puño, describían en el aire elegantes rúbricas, y no tomó actitud su cuerpo que no fuera estudiada. Parecía un gladiador romano. Estaba un poco pálido y se sonreía mirando a las muchachas que le contemplaban. Otras veces recibía con las manos la embestida del enemigo; le sujetaba por los brazos, le zarandeaba un poco, y después le despedía seis pasos atrás; y vuelta a componerse el vestido, a colocarse el sombrero, a sacudirse el polvo de las perneras, y a sonreír a las muchachas, entre las que estaba Catalina a tres varas de él, anhelosa, conmovida y siguiendo con la vista, y en la vista el alma, todos sus ademanes y valentías.

Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ella, parecía decirle la gallarda moza con los ojos: «¡Ánimo, valiente!, que en cuanto las fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para morir a tu lado defendiendo tu vida». ¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueña, y mientras se acicalaba, entre embestida y sopapo, se leían claramente estos pensamientos:

-«No quiero mal a este enemigo; no tengo empeño en causarle daño; peleo con él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeda, y para que vea que ni le temo ni es capaz de vencerme..., pero que no me toque en el pelo de la ropa. ¡Eso sí que no lo tolero yo!».

Al fin apareció por el lado de la Iglesia el bueno de Juanguirle, a quien había ido a despertar Cerojas. Subió a lo más alto de la peña, recorrió con la vista azorada el campo de batalla, y se llevó ambas manos a al cabeza; luego pateó y se lamentó y se mesó las greñas. Algunos espectadores se le acercaron encareciéndole la necesidad de que la lucha terminase; y la digna autoridad, sin hacer caso de consejos que no necesitaba, alzo el sombrero hasta donde alcanzaba su diestra, bien estirado el brazo después de ponerse sobre las puntas de los pies, y grito así, con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Alto!... ¡A la Josticia!... ¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡Al mesmo Dios, si a mano viene; que, a falta de otro mejor, a la presente su vicario soy en este lugar!... ¡Ténganse, digo, los de Cumbrales!... ¡Respeten mi autoridad los de Rinconeda!... O si no... ¡Voto al chápiro verde!...

Como si callara. Volvió a patear el digno alcalde, y cambió de sitio, y tornó a mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconeda, que no habían hallado con quien pelear, o no lo habían intentado con gran empeño, le miraban de hito en hito.

-¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡A la Josticia! -volvió a gritar Juanguirle.

-¡A la Josticia!. ¡A la Costitución!... ¡A la Ley! -repitieron algunas personas consternadas, recomendando así a los combatientes las amonestaciones de la autoridad.

La misma desobediencia.

-¡A mí los de josticia! -insistió el alcalde, gritando-: ¡A mí los que estén por el sosiego!... ¡Déjalo ya, Bastián!... ¡Suelta tu parte, Braulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡Sin camisa y machucado está!... ¿Qué más quieres?... ¿Qué más queréis los de Cumbrales por esta vez?... ¿No me oís?... ¿No vos entregáis?... ¡Voto a briosbaco y balillo, que se han de acordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos son los rebeldes a la autoridad!... ¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡Viva Cumbrales!

Oído esto por los dos de Rinconeda, dijo uno de ellos al alcalde, encarándose a él y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que tenía echada sobre el hombro izquierdo:

-¡Pus nos futramos en Cumbrales, en la ley y en usted que la representa!

-¡Hola, chafandín pomposo! -replicole Juanguirle, volviéndose al atrevido y echando el sombrero hacia el cogote, con un movimiento rápido de su cabeza- ¿Conque todo eso sois capaces de hacer?... Pues mírate tú, hombre: paso lo de mi persona, y no riñamos por lo de la ley; ¡pero relative a lo de Cumbrales, mereciera ser yo de Rinconeda si no me pagaras el agravio!

Y con esto se fue sobre el mozo, y le alumbró dos sopapos.

Contestó el de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba; impidióselo un espectador de Cumbrales, y agarráronse también los dos; con lo que se animó bastante por aquel lado el campo de batalla.

Al mismo tiempo llegó don Valentín a todo correr, con los pábilos erizados, la gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele en la cabeza. Acometió valeroso al primer grupo, y no pudo desenredarle; acometió al segundo, y lo mismo; buscó de varios modos el cabo de aquella enmarañada madeja, y no dio con él. Al último, subiose a la altura donde había predicado el alcalde, y desde allí gritó:

-¡Nacionales!..., digo ¡convecinos!... ¡Es una mala vergüenza que mientras el perjuro amenaza vuestros hogares, malgastéis las fuerzas que la patria y la libertad os reclaman, en destrozaros como bestias enfurecidas!... ¡Convecinos!..., basta de saña inútil..., de valor estéril... ¡Guardadlo en vuestros corazones para el enemigo común!... ¡Daos el fraternal abrazo..., y seguidme después!... ¡Yo os llevaré a la victoria!... ¡Yo os devolveré a vuestros hogares, coronados de laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡Yo, que vencí en Luchana!

Mientras así hablaba don Valentín, llegó por el extremo opuesto don Pedro Mortera buscando a su hijo.

-¡Pablo! -gritó con voz de trueno, cuando estuvo junto a él- ¡Qué haces!

Y Pablo, como movido por un resorte, incorporose de un brinco al oír la voz que le llamaba, y dócil acudió a ella; pero sin perder de vista a Chiscón, que, al librarse del suplicio en que le había tenido como clavado el valiente joven, se alzaba a duras penas, derrengado y maltrecho, con la faz cárdena y monstruosa. Sentía el vencimiento como una afrenta, y más pensaba en meterse donde no le viera nadie, que en buscar un desquite en buena ley; en buena ley, porque es de advertir que el coloso de Rinconeda no era traidor ni capaz de una villanía, aunque, por efecto de su rudeza, no se ahogara con escrúpulos de otro género; era, en suma, de los que querían, llegado el caso.

«Jugar en injusto juego:
pero jugar lealmente».

No creyó don Pedro Mortera cumplido su deber con tener a Pablo apaciguado y junto a sí: quiso también pronunciar el quos ego de su respetabilidad indiscutible sobre aquel mar embravecido. Pronunciole más de una vez, pero no adelantó nada. Este fracaso amilanó a los angustiados espectadores; y más se amilanaron cuando vieron tan desobedecido como don Pedro, al señor cura, que llegó inmediatamente.

-¡Esto es obra del mismo demonio! -dijo entonces una voz desconsolada.

¡Del mismo demonio!... No necesitaron oír más cuatro sujetos de los desocupados, para ponerse de acuerdo en un instante y echar a correr hacia la casuca de la Rámila.

En tanto, don Pedro Mortera, que acababa de ver a Nisco, se dirigía a él llamándole a la paz; a lo que el mozo respondió con una sonrisa, después de pegar un bofetón a su contrario. Volvía otra vez la cara hacia éste, cuando una piedra le hirió en la frente y le tendió de espaldas, sin decir Jesús. No se supo cuál fue primero, si la pedrada, la caída del herido, no en el suelo, sino en los brazos de Catalina, o el lanzar ésta un grito como si la hubieran atravesado el corazón de una puñalada.

Vio que la sangre fluía en abundancia de la herida, y pensó volverse loca.

-¡Muérame yo! -gritaba, haciendo trizas su delantal y su pañuelo para cerrar aquella brecha por donde creía ver escaparse la existencia del valiente mozo- ¡Mate Dios cien veces al traidor que te ha herido!... ¡Mate otras tantas al bruto que amañó esta guerra; pero que no te mate a ti, que vales el mundo entero!... ¡Virgen María de los Dolores! ¡La mejor vela te ofrezco con la promesa de no bailar más en mi vida, si la de él conservas, aunque yo jamás la goce!

Uníase a estos gritos el vocear del contrario de Nisco, negando toda participación en la felonía; chispeaban los ojos de Pablo buscando entre la muchedumbre algo que delatara al delincuente; ordenaba don Pedro lo más acertado para bien del herido; acudían gentes aterradas a su lado; y mientras esto acontecía y se buscaba a Juanguirle entre los combatientes, las tintas de los celajes iban enfriándose; desleíanse los nubarrones, cual si sobre ellos anduvieran manos gigantescas con esfuminos colosales; una cortina gris, húmeda y deshilada, como trapo sucio, se corrió sobre los picos más altos del horizonte; brilló debajo de ella la luz sulfúrea del relámpago, y comenzaron a caer lentas, grandes y acompasadas gotas de lluvia, que levantaban polvo y sonaban en él como si fueran de plomo derretido.


El sabor de la tierruca de José María de Pereda

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