El sabor de la tierruca: 26

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El sabor de la tierruca
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XXVI: De varios colores

de José María de Pereda



¡Qué noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuaba agravándose, y nadie se atrevía allí a aventurar un remedio, porque el aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas, que bien podían dar veneno por triaca. Se entraba y se salía a cada instante, y se andaba de puntillas en la estancia a media luz; se aplicaba el oído a la agitada y seca respiración, y la palma de la mano a la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstos producía una pregunta muda y anhelosa en los ojos contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se iba a todas las puertas y ventanas que daban al corral; y por cada rendija se escuchaban los ruidos de afuera, hasta los más leves rumores..., el latir de algún perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la yunta, las almadreñas del carretero, algún cantar lejano..., todo muy de tarde en tarde. Después, el silencio absoluto, impenetrable como la oscuridad que le envolvía... ¡Ni un sonido que se pareciera al de las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos cantos de la calleja!

Nada se le había dicho a Ana de la alarmante gravedad en que se hallaba Pablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malas noticias; y ésta no tardó en llegar a casa de don Juan de Prezanes.

Cenando estaban ya padre e hija; ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al lado del enfermo.

Se adivinan, sin que yo las describa, las impresiones de Ana junto a aquel lecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle a la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los sollozos en su pecho y las palabras en su boca pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.

-¡Se abrasa el desdichado! -tuvo que decir entonces, porque la pena y el sobresalto de que se vio acometida, la impusieron aquel desahogo.

Abrió los ojos Pablo al oír aquella voz, y dijo, queriendo sonreírse:

-Esto pasará pronto...

-¿Cómo te encuentras, hijo mío? -le preguntó su madre, anhelosa y acongojada, aprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar el estado del enfermo.

-Bastante bien -respondió éste, volviendo a cerrar los ojos- El calor me incomoda mucho... ¡Más agua!

Sobre la mesita cercana al lecho había una botella, casi vacía ya, y una copa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acerco a los labios ardientes de Pablo. Éste cogió con su mano, que abrasaba, la copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió, sorbo a sorbo, como si le refrescara, más que el agua que bebía, el contacto de aquella piel fina y rosada, misterioso centro en que a la sazón convergían los anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.

Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba a todos y a cada uno cómo había sido aquello; qué trámites había seguido la agravación; a qué hora se había ido a buscar al médico; por qué no venía ya... Y todo cuanto podía preguntarse y mucho más, espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablaba, y tan pronto Ana volvió a poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulso al enfermo; le palpó la frente; le arropó cuidadoso; le subió el embozo de las sábanas y volvió a bajársele; tornó a subírsele; quiso hablarle, y se contuvo; le arreglo la almohada, y otra vez las ropas; volvió al intento de preguntar algo... Y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba la respiración del enfermo y miraba a los circunstantes; y a todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se humedecían; sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido a las narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía a guardarle..., en fin, marcaba.

Al último, estalló así:

-¡Pablo..., hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije puede haber contribuido a la desazón en que te hallas. Si es así, ¡perdóname, por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... No era fácil adivinar... Creía tener mis razones, estar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo como yo, en determinados casos de la vida, reprenda a un mozo como tú, que se halla en salud cabal, como tú te hallabas cuando yo te reprendí..., quizá con mayor dureza que la debida, porque a la lengua más la mueve el temperamento que la voluntad. Pero aquello pasa..., pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy importancia maldita, y creo que eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Pero, aunque pasajero, te postra en la cama y te hace padecer... ¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!... ¡Y ese médico que no llega!... ¡Y al bestia que fue a traerle no se te habrá ocurrido buscar otro a faltas de él!... Hay gentes que entienden algo de remedios caseros para estos lances perentorios. Aquí todos somos unos burros que no sabemos jota de ello. Nada se nos ocurre para aliviar a este infeliz que se abrasa, Dios sabe por qué... ¡Y esto es precisamente lo que hay que averiguar cuanto antes; y sólo puede averiguarlo un médico, y el médico no viene!... ¡Si estos bestias de Cumbrales no hubieran despedido al suyo hace cuatro meses!... Hombre, ¿no sería bueno mandar otro propio con el caballo del cura? No soy gran jinete, pero me atrevo a ir hasta el fin del mundo en busca de un médico ahora mismo.

Hablaba y hablaba sin cesar don Juan de Prezanes, al tenor de lo apuntado, mientras se paseaba inquieto y taciturno su compadre por delante de la puerta de la estancia, y permanecían las tres mujeres junto al lecho de Pablo, como otras tantas estatuas de la melancolía.

Notábase demasiado calor allí; lo advirtió el enfermo y se desalojó el cuarto, quedando en él solamente doña Teresa, sentada junto a los pies de la cama.

Pasó otra hora; y ya don Pedro había dado las órdenes para que se fuera en busca de otro médico, cuando se oyeron en el corral las herraduras del caballo que debía traer lo que con ansia mortal se esperaba...

Y lo traía el noble bruto sobre sus lomos empapados de sudor.

Digo que llegó el doctor, forrado, por cierto, de pies a cabeza en altas polainas, recio capote y descomunal bufanda.

Cómo fue recibido, no hay que contarlo, pues ya se sabe con qué ansiedad se le esperaba.

Siempre sucede lo mismo en idénticos casos; lo cual no nos impide, cuando estamos en cabal salud, poner a los médicos a bajar de un burro, por ignorantes y matasanos. Así somos, con la gracia de que en otros muchos lances de la vida, aún somos peores y más injustos y más ingratos. Pero vamos al asunto.

Tardó el médico, porque se hallaba ausente de la villa cuando fueron a buscarle. Llegado a su casa, le enteró de lo ocurrido el criado de don Pedro; después salió a encargar a un farmacéutico los medicamentos que juzgó necesarios, operación nada breve... Pero, en fin, ya estaba allí, aunque un poco retrasado, con un frasco en cada bolsillo y llena de emplastos la cartera. Aunque entradillo en años, era chancero y alegre; por lo que sus palabras (después de oír de pie, y mientras se despojaba de los pesados abrigos que llevaba encima, la relación hecha por don Pedro) fueron a modo de brisa que, si no barrió, adelgazó mucho los negros celajes que abrumaban el ánimo de aquellas buenas gentes.

Entró luego en el cuarto del enfermo, seguido de don Pedro Mortera y de don Juan de Prezanes. Salió doña Teresa; cerrose la puerta y comenzó el reconocimiento, que fue largo y escrupuloso.

La herida, por estar muy inflamados sus bordes, no pudo examinarse como el doctor quería; pero era indudable, por lo que estaba al alcance de la sonda y lo que respondía el enfermo, que no era profunda, sino a lo largo de la costilla sobre la cual estaba.

Hízose la cura como debía de hacerse; se le dio a Pablo una bebida al caso; se recomendó el silencio y el desahogo en la estancia, y volvieron a salir de ella los hombres. Las tres mujeres los esperaban en el carrejo, con la ansiedad que es de suponerse. El médico habló así entonces, sin cuidarse maldita la cosa de ajar la voz:

-Es más el ruido que las nueces. La calentura, que es muy alta, tendría gran importancia si la herida fuera penetrante; pero felizmente no lo es, y de ello he de convencerme más tan pronto como disminuya la inflamación a beneficio de lo dispuesto ahora. Pablo es nervioso y vehemente; han pasado muchas horas perdidas desde que fue herido; precedió al lance una escena violenta, según me han dicho, y parece ser que vino tras otra por el estilo ocurrida ayer. Todo esto contribuye, indudablemente, a poner a Pablo en el estado de exacerbación en que se halla; estado que no juzgo grave, ni mucho menos, aunque a los ojos profanos lo aparenta... Conque a cenar, si no lo han hecho ustedes ya; a la cama después los que no velen, y a dormir sin penas ni cuidados; que, o yo me engaño mucho, o esto ha de ser obra de pocos días.

¡Bendita boca! ¡Bendita ciencia que por ella habló! ¡Benditas palabras que rompieron en un instante las férreas y candentes ligaduras que oprimían y abrasaban tantos corazones henchidos de amor al valiente mozo!

Una hora antes habían llegado Juanguirle, el padre de Catalina y media docena más de vecinos de las inmediaciones, a saber noticias del enfermo, de cuyo estado gravísimo comenzaba a hablarse en el pueblo, y a ofrecerse a todo cuanto ellos pudieran hacer en servicio y descanso de la casa. Todos estaban en la cocina aguardando el resultado de la visita del médico, y a todos les dio cuenta don Pedro Mortera, muy regocijado, del fallo del doctor.

Éste consistió en quedarse allí aquella noche; y era muy corrida ya la mitad de ella, cuando Ana y su padre, después de haber visto que Pablo dormía con relativo sosiego, se retiraron a su casa.

A la mañana siguiente la calentura había cedido mucho; tenía poca sed el enfermo, y la herida presentaba mejor aspecto; con lo que el médico, confirmándose en su primer dictamen, se volvió a la villa.

No entra en mis propósitos, ni vendría muy al caso, escribir la historia detallada de la enfermedad de Pablo. Lo que importa conocer aquí es el resultado de ella, y a este propósito, digo que tres días después de lo narrado, el enfermo estaba completamente limpio de calentura, y su herida, nueva y cómodamente examinada por el doctor, en las mejores condiciones apetecibles.

Como ya se le permitía hablar, Nisco, que había saltado de la cama en cuanto supo lo que a su amigo le ocurría (aunque, por acuerdo de Juanguirle, lo ignoró hasta que hubo pasado lo más grave), le acompañaba algunos ratos.

No era ya el mozo aparatoso y remilgado de antes. Presentábase en la nueva etapa de su vida, sencillo, modesto y bondadoso. ¡Cuánto había ganado en el cambio! Atribuíase éste en casa de don Pedro Mortera al reciente percance que aún le tenía con la frente vendada, y a su pena por lo acontecido a Pablo; pero yo sé que el descalabro que principalmente había dado origen a tan notable transformación, era bien diferente del que le produjo la pedrada del Sevillano. El resto fue obra de la abnegación de Catalina, ejemplo admirable que acabó de abrir los ojos al iluso.

Estando una tarde sentado a la cabecera de la cama de Pablo, llegó Chiscón al portal, hallándose en él don Pedro Mortera. Descubriose con respeto el hercúleo mozo, y habló así al caballero, que le miraba con repugnancia:

-Tiénenme por amigo del hombre que ha puesto a Pablo en peligro de muerte. Nunca lo fui, señor don Pedro, aunque dejé que me lo llamara y que a mi lado se le viera muchas veces. De saber acabo la maldad del alevoso; habrá quien piense que consejos míos le movieron la mano traidora, como a mí los suyos me acabaron de mover la voluntad a preparar la guerra del domingo... Y aquí vengo, señor, a lavarme, con la verdad, de la mancha de esa duda. Yo no soy santo; la ira me tienta muy a menudo; y, por verme fuerte, gústame que valga la mía más de lo que debiera gustarme; pero guerreo en buena ley, cara a cara y con armas iguales. A Pablo busqué así; pudo más la su maña que la mi fuerza, y venciome... Usted lo vio. Doliome la afrenta, es verdad; pero juzguela castigo por mano de un valiente; y de allí no pasaron mis rencores, aunque la pena fue grande. Sin ser visto de nadie, volvime a mi casa... ¡Por el Santo nombre de Dios, juro que, desde mucho antes de enredarme con Pablo aquella tarde, no he vuelto a ver al traidor que al otro día le dio la puñalada!

Cayó mucho hacia la benevolencia la antipatía con que miraba don Pedro a Chiscón, cuando éste acabó su apasionado razonamiento; y díjole el grave señor, pero sin dureza:

-Nadie ha sospechado aquí semejante cosa: puedes estar tranquilo.

-De justicia son, señor don Pedro; pero con no ser más que de justicia, estimo mucho esas palabras. Y ahora -añadió el mocetón, manoseando el sombrero-, si en ello no ofendiera...

Y aquí se paró; pero don Pedro, leyéndole el pensamiento, noblote y generoso, al través de aquella rudeza medio salvaje, díjole, señalando hacia la puerta del estragal:

-Sube a ver a Pablo si quieres.

-Ese favor iba a pedir, señor don Pedro, -respondió Chiscón agradecido.

Un momento después crujían las tablas de los peldaños, holladas por los herrados zapatones del gigante.

Llamó arriba con un deogracias que retumbó en toda la casa; salió doña Teresa; y después de oír al mocetón, le condujo a la estancia de Pablo.

Por entrar, habló en términos parecidos a los que empleó delante de don Pedro Mortera. Pablo, por toda respuesta, desde la cama en que estaba sentado le alargó su mano pálida, fina y un tanto descarnada; mano que desapareció al punto entre las dos de Chiscón, enormes, atezadas, callosas y peludas.

-Dicen -añadió el de Rinconeda un poco conmovido-, que anda oculto por temor a la justicia. ¡Que Dios le libre de caer en la de mis manos!

Después soltó la de Pablo y tendió una de las suyas a Nisco, diciéndole:

-La misma culpa que en la herida de Pablo, tengo en la pedrada que te alcanzó a ti, obra de un mismo traidor. Por lo demás, si prenda tuya quise tomar, fue porque abandonada la vi. Confieso que el no me sacó de quicios; pero no todo lo que después vino fue sólo intento mío, que lances y consejos lo fueron arreglando así. A lo tuyo te has vuelto ahora, y has hecho bien, que la prenda lo vale y la merecías más que yo.

También Nisco le alargó la diestra, en señal de amistad sin resentimientos. Después se enteró Chiscón muy ¿ti pormenor del estado de Pablo, y celebró cordialmente la mejoría. Luego se despidió cortés, a su manera, y salió del cuarto, carrejo adelante, dejando aquí un pastel de arcilla blanda, y allá un chinarro, de lo agarrado en las callejas por sus zapatones, y haciendo temblar los sucios en cada zancada.

En tanto, había llegado Juanguirle muy apurado, y estaba con don Pedro Mortera en el cuarto del portal. Tratábase de un oficio del alcalde de Praducos al alcalde de Cumbrales, recibido por éste en aquel momento.

-Ya usted lo ve -decía Juanguirle-: esas gentes se han desbandado, por estar muy perseguidas, y andan en pandillas cortas, de merodeo por acá y por allá. Han entrado en Praducos y en Sopando... Y en Coloños, que está a dos pasos de este pueblo. Verdad que ha sido entrada por salida, a lo que parece, y que se han conformado con unas cuantas raciones. De todas suertes, ¿qué le parece a usted, señor don Pedro, que hagamos en Cumbrales, en virtud de este aviso que me dan?

-Hablar poco de ello y tener mucho juicio -respondió don Pedro-; y sobre todo, cuidar de que nada sepa don Valentín, que puede hacer una majadería que nos cueste muy cara a todos.

-Eso mismo creo yo..., porque, señor, una aldea abierta, de poco vecindario, sin otra arma que el sable de ese loco...

-Y tan loco será como él quien llegue a escucharle con paciencia; y mucho más loco, quien se pare a considerar lo que podrá creerse de los que no le hagan caso.

-¿Quiere decirse que este oficio..., como si hubiera caído en un pozo?

-No tanto, porque debe servirte el aviso para estar alerta y prevenido, a fin de evitar al pueblo cuantas vejaciones puedan evitarse, si tenemos la mala suerte de recibir esta visita.

-Pues alerta está, señor don Pedro; y Dios sobre todo.

-Ésa es la fija... ¡Y cuidado con don Valentín!


El sabor de la tierruca de José María de Pereda

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