Los césares de la decadencia:006

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MANUEL ANTONIO SANCLEMENTE[editar]

MANUEL ANTONIO SAN CLEMENTE, sucedió a CARO; con San Clemente, la Legalidad entra en agonía, y, la Regeneración, entra en decrepitud;

con la Regeneración, no moría ninguna virtud, pero sí desaparecían algunos principios;

con aquella Legalidad, no moría ninguna libertad, pero, sí desaparecía el fantasma de la Ley;

sin brillo, pero sin mancha. San Clemente, era una de esas virtudes, que tienen el don de merecer la estimación, sin alcanzar a despertar la admiración de sus conciudadanos;

era uno de esos hombres, en quienes la Virtud es una dignidad, y, en quienes las dignidades no añaden nada a esa Virtud;

hecho todo de cosas austeras y mediocres, fue una figura grave y dolorosa a la cual, el infortunio, estaba llamado a darle una grandeza, que la prosperidad, no le habría dado nunca;

dar proporciones heroicas a su caducidad: tal fue su gloria;

no se abrió con su ambición un camino al Poder, fueron las ambiciones de los otros, las que lo llevaron a él...

sin embargo ¿cómo declarar exento de ambiciones, ese anciano que a los ochenta y seis años de su edad, prefiere el ejercicio de la Autoridad, al goce de la tranquilidad, deja la quietud del hogar por las aventuras del Poder y aspira a poner bajo el solio, una cabeza que no debía esperar ya sino el amparo cariñoso de la Muerte ?

aquella cabeza que parecía haber pensado tanto ¿no le dijo nada sobre la miseria efímera del Poder, y sobre la vileza infinita dée los hombres?...

una cabeza así, tan incapaz de pensar, merecía bien la afrenta de reinar;

cuando el pensamiento no ha puesto nada sobre una frente, ¿qué puede ponerse mejor que una corona?

el hombre, sobre el cual la Razón no ejerce su imperio, bien merece ejercer el Imperio de los hombres;

San Clemente, apareció en el Poder, como una evocación, como un revenant surgido de los antros lejanos de la vieja dramaturgia conservadora; pertenecía a la Paleontología Política, era el último ejemplar de la fauna ya extinta de los doctrinarios; era una especie de marsupial, traído del dintel de otras edades;

era una Momia, cubierta de polvo venerable,, como las Pandectas y el Código de Justiniano, inclinado sobre los cuales, había pasado su vida toda;

no era un literato, ni siquiera un letrado; era un Jurisconsulto; inflexible como la Ley, y, casi tan viejo como ella; Papiniano, hecho Emperador, bajo las facciones de Nerva;

no traía para seducir al pueblo —si un pueblo esclavo tuviese necesidad de ser seducido— sino la corona de plata de sus canas, y, una vida de mediocridad, honesta y borrosa, pasada en la soledad, de un lejano campo de provincia;

no era augusto, sino por el patrocinio de los años, porque su grandeza de ciudadano, no alcanzaba a disculpar a los ojos del pueblo su fortuna de Amo;

sin embargo, la austeridad de su vida privada, era una garantía de la rectitud de su vida pública; y, se esperaba que fuese en el Poder, lo que había sido en el hogar: un hombre sencillo y recto, lleno de todas las virtudes mediocres, de las cuales no alcanzaba a hacerse una gran virtud;

un Tirano recto, y un Administrador probo: eso esperaba el pueblo de su nuevo Amo;

y, así, lo vio subir, sin entusiasmo, pero sin odio, respetando más en él, su Virtud, que su Autoridad; y, harto ya de servidumbre, no paró mientes en este Amo Octogenario, que no tenía ya fuerzas de hacerse un Monstruo;

en la serie de esos tiranos fugitivos, corriendo aceleradamente hacia la disolución, la tiranía de San Clemente, fue la tiranía de un Notario de Aldea, hecho César, por la ironía inagotable del Destino; fue el último Tirano constitucional;


la Legalidad del Despotismo, se encarnó en él, para bajar augustamente a la tumba, en la osamenta de un hombre honrado;

el Crimen, fatigado de vivir, aspiró a los funerales de la Virtud, y, se refugió en San Clemente, para ser ejecutado por la Traición, antes de serlo por la Justicia;

el beso de Judas, lo mató;

tocado por los dedos de gloria del Martirio, el Monstruo se hizo augusto;

y, la Justicia se desarma, ante esta cabeza cortada por la Traición...

un motín de pretorianos, presidido por el Vicepresidente de la República, dio en tierra con el Poder de San Clemente, el 31 de Julio de 1901...

en esa noche trágica, los pretorianos ebrios, mandados por Manuel Casabianca, asaltaron el Palacio Presidencial, declararon destituido al Presidente, y, sobre las ruinas de la Legalidad, inauguraron la Tiranía del Tumulto...

el noble anciano, fue aprisionado y encadenado, y, el Delito puso la corona del Martirio, sobre aquella cabeza que la edad debía haber aconsejado mejor, e hizo augusta aquella frente que no tuvo siquiera tiempo de enrojecer de su elevación...

la Historia, no puede juzgar a este César fugitivo, porque sería calumniar la Nada;

¿qué decir de su miserable esterilidad?

en la noche de su Dolor, no pudo ni florecer el Crimen;

los jardines del Delito, quedaron estériles bajo su mano;

esa sombra de déspota, arrastrado por la ambición, basta el Solio, sorprendido en él, por la Traición, cayendo del Poder en la Prisión, y, de la Prisión en la Muerte, no pudo añadir ningún trofeo, al carro de la Tiranía, que marchaba ya, sin tropiezo ninguno, a pleno campamento de los bárbaros;

la Traición, que oculta bajo el trono, saltó sobre él, en una noche sombría, y, asesinó al viejo César, no pudo eliminar sino una sombra:

y, sin embargo, esa sombra, era toda la Legalidad, todo lo que del fantasma de la Ley, quedaba en el país;

el despotismo constitucional, envejeciendo, se inclinaba dulcemente hacia la tumba..

los pretorianos, que el 31 de julio, le dieron el golpe de gracia, iniciaron con él, el reinado de la Audacia: sobre el cráneo desnudo del César octogenario, colocaron como una bandera, el hacha de los mercenarios en furor...

el Despotismo, libre ya de la Legalidad, entró plenamente en el Tumulto...

la República había muerto...

ya no quedaba por matar, sino la Patria.



Los césares de la decadencia de José María Vargas Vila
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