Los césares de la decadencia:008

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RAFAEL REYES[editar]

RAFAEL REYES, es de la estirpe roja de los tiranos asesinos;

es de la raza de Sila, del cual, recuerda vagamente, la sanguinaria rapacidad;

aparece después de Marroquín, como Nerón después de Claudio, para suceder al Reinado de la Imbecilidad, con el Reinado de la Muerte;

en América, ha tenido semejantes:

recuerda a Juan Manuel Rosas, del cual no alcanza a tener la altura;

a Melgarejo, del cual tiene la Crueldad, sin el Valor;

a Estrada Cabrera, del cual tiene la ferocidad, más el Impudor de ella;

en las dictaduras de su patria, no tiene antecesores;

los morfinómanos de la cadena, han osado compararlo con: Tomás Cipriano de Mosquera!...

sólo la abyección de esta servidumbre asiática, puede iniciar el torpe paralelo;

¿qué hay de común, entre aquella águila caudal, y, este gavilán salvaje?... Sólo las garras;

Mosquera, fue grande, como Julio César, del cual en la República romana, habría sido el Émulo; nacido era para la púrpura;

Reyes, es salvaje y brutal, como Cómmodo, del cual en el Imperio, habría sido el favorito; hecho fue para la librea;

Mosquera, nació, para honrar la Tiranía, con el Genio;

Reyes, para deshonrar el Despotismo, con el Crimen;

Mosquera, hizo surgir con sus reformas, más libertades, que las que decapitó con su espada;

Reyes, copista servil de un Tirano azteca, no sabe sino deshonrar por su cobardía, la púrpura, que el otro honró con su valor;

en Mosquera (1), lo que sorprende, es la caída;


en Reyes, lo que asombra, es la elevación.

Mosquera, era superior a su Fortuna; Reyes, es inferior a su Crimen;

¿qué puede haber de común, entre este soldado atáxico y aquel Caudillo bélico?

Mosquera, fue digno de dar la Libertad, y vivió para ella; Reyes, ha sido incapaz de servirla, y sería indigno de morir por ella;

Mosquera, fue cruel, para vengar la Libertad; Reyes, ha sido cruel, para vengarse de ella;

Mosquera, si no fue el más virtuoso de sus conciudadanos, fue el más grande de sus contemporáneos; Reyes, aparecido en una época de pequeñez moral, no ha sobrepasado la talla del último de sus mercenarios;

Mosquera, vivió bastante para engrandecer su patria; Reyes, ha vivido bastante para venderla;

aquél, tenía el alma romana; éste, la tiene fenicia;

aquél, era un espíritu de decisión; éste, es un espíritu de simulación;

aquél, era la audacia, yendo hasta la temeridad; éste, es la astucia, cabalgando en la duplicidad;

aquél, era un talento, dominador e indomable; éste, es apenas un instinto, maleador y, maleable;

aquél era nacido para la dominación; éste para la abyección;

con aquél, se conoció todo lo que hay de más grande en la Libertad; con éste, se ha visto, todo lo que hay de más vil, en la esclavitud;

aquél, tenía una alma de Héroe; éste, tiene una alma de mercachifle;

aquél pensaba en las batallas; éste piensa en los contratos;

aquél, pensaba en la Gloria, para la cual era nacido; éste, piensa en el lucro, en el cual ha engrandecido;

para aquél, el Poder, era un Honor; para éste, el poder es un negocio;

para aquél, la política, era un escenario; para éste, la política, es un mercado;

aquel, era capaz de poner todo el oro de las minas, en sus charreteras de General; éste es capaz, de fundir sus charreteras, para amonedar el oro de ellas;

Mosquera, tenía el alma épica; Reyes, la tiene ética;

aquél, era un hijo legítimo del Cid; éste, es el último retoño del avaro de Molière;

aquél, era el hombre de las grandes acciones de guerra; éste, es el de las grandes acciones de Banco;

aquél, era un Hombre de Letras; éste, también, pero... de letras de Cambio...

aquél, era el de la política iniciatriz y libertaria; éste, es el de la política calculatriz y monetaria;

aquél, hizo de Colombia, un país, al servicio de su propio progreso; éste, ha hecho de Colombia, una factoría, al servicio de los yanquis;

Mosquera, fue un Creador; Reyes, ha sido un Destructor;

aquél, era una alma de filósofo, que libertó al país de la tutela del Papa; éste, es un espíritu campesino, que ha entregado el País, al azote de la Iglesia;

aquél fue a defender su patria, más allá de sus fronteras; éste, fue a venderla en Washington, por un puñado de monedas;

donde aquél, extendió su brazo, armado de hierro, éste, extendió su mano, mendiga de oro;

aquél, fue traicionado; éste, fue Traidor;

¿cómo pueden paralelarse, el alma de Alejandro y la de Bazaine?

Mosquera, era la grande alma Cesárea, llena de todas las elocuencias, las de la palabra y las de la acción; ganaba sus batallas, con la misma majestad con que sabía escribirlas; se defendía ante la posteridad, con tanto brillo, como ante el enemigo; y, a semejanza de Julio César, era el único comentador, digno de sus combates;

no era un hombre bueno; era un hombre grande;

su perfil, de águila mala, se dibuja en la Historia, con su gesto, amenazante aún en la quietud, como las garras de un tigre dormido;

su divisa, fue la ruda divisa de los Wameschewin: JUSQU'AL'OS;

divisa de Conquistador, cuya águila, dibujó con sus propias garras el blasón;

Reyes, no tiene alas sino garras; y, las hundió en las entrañas del Tesoro Nacional;

JUSOU'AU FOND, tal fue la divisa de su codicia, frente a las arcas abiertas;

su efigie bárbara, llena de rudeza y parsimonia, lo hace aparecer como un huno destructor, como un Atila católico y tesaurizador, lleno de un fanatismo simiesco;

su sable de ostrogodo, fundido, no en el molde del de los héroes, sino en el hacha de un verdugo, lo hace aparecer como un Escita, en furia, con el brazo tendido al espacio, queriendo decapitar el porvenir;

desnudo de toda civilización, es como un bárbaro de Epiro, rasguñando con su pica, una metopa del Partenón;

la América, no tiene un soldado más salvaje, que este vándalo catolizado, el rojo de cuya púrpura, es auténtico, y, suda sangre...

su gesto hace retroceder los siglos, y, entrar la Historia en la selva;

la Naturaleza, hizo de él un Verdugo, la casualidad, le arrojó sobre los hombrosun manto de César y puso en sus manos un Imperio...

¿qué ha hecho de ellos?...

venderlos;

el Cetro, que un héroe hubiese honrado; el Imperio, que un sabio, hubiese gobernado, él, los puso en almoneda...

ciego al sentido de la Gloria, sus ojos no se abren sino a la sangre y la codicia;

él, sabía, que asaltando la Patria, no podría salvarla;... pero, podía venderla...

y, la vendió;

el Destino, tiene de esas ironías: se complace en colocar sobre un trono, cretinos, nacidos para el cuidado de un establo;

al verlos, se está tentado a decir con Luis XIV: Otez-moi de là eces magots;

esos tiranos, inferiores a su crimen, no tienen sino una sola grandeza: la de su Imbecilidad;

ella les sirve de excusa;

tal es la grandeza y la excusa de este bárbaro;

llegado al poder, cuando toda forma de heroísmo había pasado, no halló al frente, sino el pillaje, y, se entregó a él;

actuando fuera de la Civilización, el ruido de su pica, no hizo temblar el mundo, pero, hace llorar la Libertad;

hecho amo de un pueblo que ha retrocedido a la barbarie; que cansado de desmoralizarse en la guerra se corrompía en la paz, y no sabiendo ejerer la Libertad, se conformaba con maldecir de ella; este hombre se presentó en los más remotos límites del mundo, dispuesto a asombrar la Historia, ya que no podía honrarla y, a degollar a un país que no había ahorrado bajeza ninguna para merecer su esclavitud.


* * *


RAFAEL REYES, no pertenece a la Historia; pertenece a la Tragedia;

no entra en la Humanidad; permanece en la Selva;

al llegar a él, salimos de la Civilización y entramos en la Barbarie;

la Tiranía se interna en la montaña;

los hombres desaparecen de la Historia;

el tigre llega...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

para historiarlo, el historiador, se hace cazador;

ya no describe un hombre; rastrea las huellas de una fiera;

hay que seguirla en la noche profunda...

las páginas de la Historia se hacen precipicios; torrentes de sangre os detienen a cada paso; el Horror reina como soberano; el Crimen, oculta el Sol;

la persecución se hace terrificante; los lebreles del espanto aúllan, husmeando las huellas de la fiera...

de los montes inaccesibles baja el silencio; y, a una luz mortecina, venida de un cielo sin sublimidades, en el matorral profundo, sobre los restos de su último festín, el enorme felino acurrucado;

vedlo;

¿no os recuerda vagamente a Cómmodo?

es la medalla de la Estupidez, y, el perfil del Disimulo;

pálido, con la palidez enfermiza del Miedo y la Crueldad; cabellos lacios, de un rubio sucio, escrementoso; los bigotes, caídos en un gesto de laxitud, rebeldes al hierro, que quiere imperializarlos en una mueca teutónica; ojos de cocodrilo joven, de un verde azuloso llenos de perfidias y de obscuridades, ojo siempre prontos a llorar sobre la presa devorada; labios delgados, de Avaricia y de Crueldad; el cuerpo mastodóntico de viejo peón caminero, hecho al peso del fardo y al salto en la emboscada del camino; manos de orangután; pies de gorila en viaje;

ese hombre, no es un hombre: es un Instinto: el Instinto de la Matanza;

toda su alma, reside en las mandíbulas;

y, esa alma, no es una Alma, es, un Apetito;

el apetito de matar;

este hombre, es la Aurora Boreal del asesinato...

aculado entre la selva y el Poder, asaltó el Poder como una presa;

no lo ejerció: lo devoró;

y, sus pupilas felinas, miran el mundo, como extrañado de no haberlo devorado aún;

la visión de bosques ilimitados y profundos, que guarda su retina opaca y pérfida, ahoga en ella el espectáculo de la civilización;

a donde dirige sus ojos glaucos y taciturnos el horizonte se enrojece, con un color de sangre;

pasa, dejando en la Historia, una huella roja, y, un olor almizclado de felino;

Genserico, de nuevo cuño, ajeno a toda ilusión noble a todo sueño heroico, ignaro y helado en su insolencia, se diría un Jefe de cheruscos, en plena demolición de un clan;

un bárbaro de Priscus, digno de ser estudiado por Jornandés;

como Coriolano, ha combatido contra su Patria, y, como Catilina ha conspirado con las facciones para asesinar la República;

merodeador en todos los campos; incapaz de amar ningún partido, los ha adulado a todos; comprendiendo que los conservadores no le darían nunca el Poder, fue al campamento de los liberales vencidos y los compró; y, aquellos mercenarios, desorientados por la derrota, facciosos hartos de servir a todas las pasiones en los campamentos de la Libertad, no encontraron ya mejor empleo a su ambición, que ponerla al servicio del Despotismo; y alistados bajo las banderas de Reyes, se hicieron los esclavos de su Fortuna;

y, el torrente de los mercenarios, lo trajo al Capitolio;

desconcertado por su suceso, el Bárbaro, no sabía cómo usar de él, y, no contando con el Orgullo de los vencedores, se dio a halagar las más bajas pasiones de los vencidos, e hizo de ellos, los mejores aliados de su victoria...

y, éstos, habiendo perdido, no ya el amor de la Libertad, sino hasta la memoria de ella; favoritos ávidos de lucro; arrogantes en deshonrarse; hábiles únicamente en ejercer la Adulación; arrojándose de bruces en la bajeza, que es el único poder de las almas inferiores; sintiéndose despreciados de todos, terminaron por despreciarse así mismos; renunciando al disimulo de su Crimen, no se preocuparon ya, sino de conservar los beneficios de él; y, se dieron con tal amor al servilismo, que cualquiera tomaría su entusiasmo por fidelidad, si no se les calumniara, suponiéndolos capaces de tener alguna;

¡ni él, ni ellos, enrojecieron de su triunfo!...

en la punta de esas espadas y, escoltado por una turbamulta de vencidos, ansiosos de botín, llegó al Capitolio, aquel Tartufo rapaz y pérfido, que no se vuelve a la Libertad sino para herirla; que moja en agua bendita, su puñal, antes de matar; que ofrece al Corazón de Jesús, como un ex-voto de guerra, las pieles de los indios asesinados por sus manos; que guarda en su casa, porque eso porta ventura, un trozo de la cuerda, con que él mismo ahorcó a Coccobolo, cuyo nombre lleva; que hace de sus asesinatos, una especie de Ritual sagrado; que asesinando a los indios en la montaña, hacía examinarlas entrañas por agoreros de la tribu, y, ajustaba su marcha en la selva, al pronóstico de los augures, con una fe salvaje, en el dictado oracular; lo cual no impedía que a veces, se volviera contra el Augur, y, lo asesinara, haciéndolo arrojar maniatado a un remanso del río, para divertirse en ver la lucha de los peces, en torno al Adivino, sacrificado; entrando después silencioso en la selva, que temblaba, seguido de cerca por sus hombres de presa, como un Nemrod, formidable y arcaico;

aquel hombre fue el estupor de la barbarie, antes de ser el escándalo de la Civilización...

antes de ser la pesadilla de la Libertad, había sido ya la pesadilla de las selvas;

había ya deshonrado con sus crímenes la Naturaleza, antes de deshonrar con ellos el Poder;

a los veinte años de su edad, abandonó su hogar, expulsado por el hambre, como

los lobos, del bosque, y, se hundió en plena naturaleza virgen, en la vida enorme y soberana de las selvas;

la sombra amplia y profunda de los bosques ribereños del Amazonas, vio internarse en ellos, aquel adolescente rubio y feroz, que llevaba ya en las pupilas atigradas, el horror de su visión ocre y roja... color de oro y de sangre; el lucro y la matanza: los dos dioses de su vida;

la civilización, no tenía atractivos, para aquella alma de fiera;

la selva lo llamaba, con un grito de madre, y, fue hacia ella, como un cachorro de tigre, hambriento de morder el pezón que ha de nutrirlo;

no quiso vivir entre los hombres, y fuese a vivir fuera de ellos, esperando la hora de volver y devorarlos...

seguido de sus hermanos, como una loba de sus lobeznos, se internó en la montaña...

a la aparición de aquel trío formidable, la selva milenaria gimió de espanto;

se diría que había hecho un gesto de horror, cual si en sus entrañas obscuras, hubiese clamado la voz de un presentimiento...

sabio era el corazón de la selva, porque la Odisea de los hermanos Reyes, iba a sobrepasar cuanto de cruel y abominable han hecho todos los cazadores de hombres, cuya codicia ha violado el trabajo mudo y encarnizado de las montañas profundas...

antes de eclipsar a Boves, como Tirano, Reyes, eclipsó la crueldad de Pizarro como Conquistador;

ni las selvas del Gongo, bajo el cuchillo de los exploradores; ni las de Djibouti, bajo los tormentos de Toqué; ni las de los Herreros, bajo las bayonetas alemanas, presenciaron semejante poema de exterminio, ni escenas tan revoltantes de rapiña, como las que esa avalancha de robos y asesinatos, que se llamó la «Compañía de Reyes Hermanos» desencadenó sobre las selvas sorprendidas y las indiadas inermes...

más de seis mil indios asesinados y, otros seis mil, vendidos como esclavos al Brasil, fueron los pilares, sobre los cuales levantaron el oprobio de su fortuna, aquellos agiotistas del desierto...

en medio de la barbarie ellos la superaron, asombrándola;

solo un hombre les hizo frente, en nombre de la Piedad, y, denunció al mundo aquel mercado de hombres, que afrentaba por igual, la Civilización y la Humanidad;

ese hombre, fue un italiano, Giovanni Coccobolo, que ejercía en aquellas regiones, el comercio del caucho y cuya casa comercial, se disputaba con la de «Reyes Hermanos» el dominio de la selva;

los esclavistas denunciados, hubieron de cesar en su comercio, porque las autoridades del Brasil, tomaron medidas contra ellos;

cesado el comercio de esclavos, la casa Reyes Hermanos, periclitó e hizo quiebra fraudulenta...

culpando de ella, al generoso defensor de los indios, los hermanos Reyes, se volvieron contra él, y Giovanni Coccobolo, tuvo que abandonar sus empresas, a la voracidad de aquellos, que más de veinte veces, atentaron contra su vida;

Coccobolo, emigró a Panamá; ¡ah! allí debería más tarde, pagar con su vida, su generoso gesto libertador, pereciendo a manos de Rafael Reyes, el esclavista, hecho general de la Dictadura;

veinte años duró Reyes en la montaña fatigando el exterminio, al frente de su columna de forajidos, sin contacto ninguno, con el mundo ni con la civilización

al fin, después de su ruidosa quiebra, perseguidos por sus acreedores y por los indios coligados, los esclavistas tomaron la huida...

el menor, fue alcanzado por los indios, y devorado por ellos;

el otro, se dejó morir, antes que abandonar sus tesoros, y cerró sus ojos sobre las montañas, en un inmenso sueño de codicia...

solo Rafael pudo escapar con vida;

y, como un tigre salido de la montaña a la llanura, sintió el deslumbramiento del sol de la Civilización, que ardía sobre él;

la vista de la Humanidad, le dio temor y furor, como a una fiera extraviada...

y, miró la Humanidad, con un deseo ardiente de devorarla;

era en plena guerra civil;

la sangre se escapaba a torrentes, de las venas abiertas de la República, apuñaleada por la Discordia...

y Reyes, se puso a chupar esa sangre con delicia, como en una ubre ubérrima...

se hartó de ella;

nada pudo comprender de la grandeza de la guerra, pero agotó su ferocidad;

y, las mandíbulas del tigre, se fatigaron devorando hombres en los valles idílicos del Cauca...

bien pronto los asesinatos de Quibdó, de Pereira, de Calibio, ejecutados por aquel salvaje, escapado a la montaña, asombraron la República y, el nombre de Rafael Reyes, fue pronunciado por todos los labios, con un estremecimiento de horror...

las matanzas de vencidos, la muerte dada fuera de los campos de batalla, la crueldad ejercida sobre los hombres inermes, las mutilaciones de los cadáveres, fueron su especialidad...

así se vieron .aquellos incendios de las cárceles repletas de liberales, y en una de las cuales, perecieron seiscientos ciudadanos abrasados...

los prisioneros eran arrojados de lo alto de los precipicios, en los caminos solitarios;

o amarrados de pies y manos, eran puestos en barcas ya agujereadas, y entregados a las corrientes de los ríos, para que hallaran pronta sepultura, bajo la mansedumbre de las aguas...

todo eso, hecho por propia mano de Reyes, sin fatigarse, sin rendirse, colocado por encima de todo horror...

unía a todo eso, las prácticas del más extraño fanatismo;

sus tropas marchaban entonando cánticos religiosos, llevando imágenes sagradas en lo alto de las bayonetas, batiendo estandartes con el corazón de Jesús y la Virgen de Lourdes, toscamente bordados...;

en la noche, las selvas se despertaban al ruido de las Letanías, cantadas en alta voz, por millares de hombres; y, el cántico de la Salve, subía como una plegaria miserable, en el silencio infinito...

las prostitutas, que seguían esas bandas descamisadas, se sentían contagiadas del mismo furor religioso y sanguinario; y, eran ellas las más feroces a la hora del pillaje, las que aullaban más fuertemente, a la hora del cántico, arrastrándose al pie de las imágenes sagradas, en un verdadero delirio histérico...

las hubo extáticas y visionarias, que predecían al ejército sus victorias y, ofrecían coronas a las frentes de los soldados, en cuyos brazos habían dormido;

un anciano, hallado en un bohío, fue bautizado con el nombre del Mesías (1), y, era como el Augur, de aquellos bárbaros en marcha;


Reyes, los arengaba, como un iluminado, en un lenguaje primitivo e inculto, lleno de vehemencia, llamándolos al asesinato de los impíos y, prometiéndoles el cielo, en pago a sus proezas homicidas (2);


los condecoraba al día siguiente de una batalla, con escapularios enviados expresamente por los fanáticos de las ciudades cercanas, para las huestes de Dios, como llamaba Reyes, sus turbas desarrapadas;

nada igual al pavor que se apoderaba de las poblaciones, a la aproximación de aquellas turbas semidesnudas, cargadas de escapularios, entonando cánticos sagrados, y, blandiendo al aire sus espadas desnudas;

invadían el poblado, entraban al templo, se postraban de rodillas en las plazas y calles cercanas, y, se escuchaba el clamor ronco de sus oraciones despiadadas, subir al cielo, con el rumor de un mar, en la noche... se diría una peregrinación en Lourdes;

Reyes, los arengaba; los augures los bendecían...

y, después...

se entregaban al pillaje...

la tierra temblaba bajo sus pies...

más feroces que los bárbaros de Atila, ellos podían decir con él: la estrella cae; la tierra tiembla, yo soy el martillo del Universo;

¿no os parece leer una narración de Priscus, después de Aëtius, cuando las llamas de Alarico, parecían querer devorar toda la tierra, y, el torbellino de los bárbaros en marcha hacía temblar el mundo, pronto a desaparecer bajo ellos?...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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los conservadores mismos, se espantaron de aquel bárbaro enorme, que pasaba sembrando el espanto, y, era, según él mismo decía, el Ministro de la cólera de Dios: flagelum Dei, habría dicho este jefe de salvajes, si la lengua del Lacio, como toda lengua civilizada, no le hubiese sido extraña;

¿cómo librarse sin ruido de aquel azote, que ellos mismos habían desencadenado y cuya carrera vertiginosa amenazaba convertir el Cauca en un desierto?...

el espanto del Gobierno, fue igual al espanto de los pueblos...

los conservadores, no repugnaban deber su victoria a la barbarie, pero, a condición de que esa barbarie no los deshonrara antes de ahogarlos;...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Reyes, continuaba matando, postrado a los pies de Dios...

la soledad hecha por su espada, lo rodeaba como un Imperio;

¿cómo detener aquel bárbaro, cuya tienda de campaña era una Iglesia, cuya bandera de combate esa un estandarte sacro, dado por un Obispo, para pelear contra la Herejía, y, que como Teodosio, pasaba en oración la víspera de las batallas, y, creía que los santos combatirían a la cabeza de sus ejércitos, como al lado de los cristianos, en la batalla misma de Aquilea?

¿cómo encadenar a Alarico, hecho ebrio, con el vino del Sagrario?...

la cobardía, tiene recursos que la duplicidad no tiene;

el Gobierno resolvió mandar a Reyes a Panamá, sobre un pontón desmantelado;

el bárbaro se embarcó, sin murmurar, izando en lo más alto de un mástil, la bandera de Lourdes, y, dio cara al naufragio, sin pestañear...

la tempestad no hacía sino cambiar de lugar;

llegó con Reyes, al Istmo, en el momento preciso de apagar un incendio;

la ciudad de Colón, ardía;

aquel heroico y gran tribuno, que fue Pedro Prestan, combatía, como un león acorralado, defendiendo la ciudad, contra los conservadores y contra los yanquis, desembarcados para ayudarlos;

y, resistía con igual bravura, el choque de aquellas dos barbaries: la que venía de Panamá, para amenazar la Libertad, y, la que llegaba de New York, para ahogar la nacionalidad;

ambas eran rechazadas por el esfuerzo del Héroe;

entonces, los americanos, prendieron fuego a la ciudad, para rendirla;

en ese momento, llegó Reyes, y, se unió a los invasores de su Patria, para someter al Héroe rebelde;

cercado por todas partes, Prestan capituló al fin, con el voraz elemento;

y, cayó vencido, entre los escombros humeantes...

los yanquis, pidieron su cabeza..,

y, Reyes, se la entregó;

Prestan, fue ahorcado;

y, la ley de Lynch, tomó posesión del territorio de Colombia;

así, veinte años antes de vender la República a los yanquis, ya Reyes, se inclinaba ante la Invasión y le abría el camino, para que pasara bajo ese arco de triunfo, que tenía la forma de una horca;

pero, apenas, si Reyes, paró mientes entonces, en la enormidad de aquel crimen...

su ferocidad había encontrado otra presa mejor, la más rica que pudiera soñar su fantasía de chacal;

entre los escombros del incendio, cerca a Prestan, combatiendo como un héroe, Giovani Coceobolo, había sido hecho prisionero...

la hora había llegado en que el terrible esclavista, iba a vengarse de aquel que lo había denunciado al mundo...

y, Coccobolo fue ahorcado aquella misma noche por Rafael Reyes, quien tuvo, él mismo, la cuerda, hasta que expiró, aquel que había ocasionado la quiebra de su casa, denunciando su terrible comercio de carne humana;

Coccobolo, murió, pero se vengó, dejando su nombre a su implacable asesino...

desde entonces, su nombre de Rafael Reyes, desapareció, ante el lúgubre apodo de: Coccobolo;

y, Coccobolo, lo llamaron todos...

pasada la terrible tragedia de aquella guerra, Coccobolo, entró en la obscuridad;

se dio entonces a los contratos, a los peculados, a las más bajas explotaciones del Tesoro Público, lleno de una sed voraz de hacer dinero;

y, enriqueció:

como Sila, se elevó de la miseria más obscura a la más insolente prosperidad, y, si en Colombia, hubiera habido aún ciudadanos dignos de ese título, habrían podido, como los romanos, reprocharle, si no su elevación, en la cual la bajeza de todos, tuvo parte, sí su riqueza, en la cual, solo el robo, la tuvo toda;

diez años vivió Coccobolo en esa penumbra, entregado a la rapacidad, hasta que una nueva guerra civil, como la corza aquella, que abrió camino a los Hunos, a través de los Palus-Meótides, vino a abrir camino a la irresistible impulsión de aquel bárbaro, otra vez estremecido a la vista del botín...

en el desmoronamiento súbito de aquella débil democracia, que marchaba a su ruina, le fue fácil vencer una vez más la Libertad;

su furor de destruir, su sed de sangre, fueron hartos; la victoria coronó sus designios; y, Coccobolo apareció vencedor; y, el pueblo, lo creyó grande, porque estaba de pie sobre los escombros;

ebrio de triunfos, el bárbaro enfatuado, pensó como Alarico, que su Destino, lo impulsaba hacia el Capitolio...

volvió las bridas a su caballo y se dirigió hacia su Destino...

un hombre le salió al paso...

y, como San León, ante el caballo de Atila, él, también desvió el azote de Dios;

aquel hombre, era Miguel Antonio Caro Presidente de la República, que sin más armas que su derecho, hizo volver grupa al corcel del vencedor, y le marcó el camino del Olvido...

y, aquel vencedor, vencido, entró en el despecho, clamando contra la iniquidad;


se entregó de nuevo al misticismo, con tal ardor de muerte, que se diría, no querer sobrevivir a su derrota...

en esa obscuridad, donde no pudiendo ser recordado por su gloria, tenía que serlo por sus crímenes, su neurosis religiosa, se exasperó hasta la locura;

no siendo ya. el conscripto de Dios, para llevar tras de sí, una turba de convulsionarios, que espantaran el mundo al son de los cánticos piadosos, se dio solo a las más extrañas aberraciones de la histeria, a la oración, a las maceraciones, a la penitencia...

entonces, fue traído a París, donde un alienista, le prescribió una larga permanencia, en una casa de Salud, de las Cevennes;

allí, recobró con la razón, la sed inmoderada del dinero;

se dio a mil empresas extravagantes, entre otras, la de una panadería en México, que tuvo un fracaso resonante, logrando hacer el pan en México y los pobres en París, donde los accionistas no se consuelan aún de sus pérdidas;

entonces, fue a Washington, comisionado por Marroquín, para pactar la venta del Istmo;

partió con éste, el producto de la venta y, fue al Congreso Pan-Americano de México, donde obtuvo un gran suceso de hilaridad (1);


durante un mes, obtuvo él, solo, el record del ridículo, y, lo desafió con tal intrepidez, que recordaba, la de sus guerras anteriores, cuando iba seguido de sus turbas, por entre los pueblos en llamas;

vuelto a Colombia esperó tranquilo la disgregación del Istmo;

cuando ésta tuvo lugar, Marroquín, lo despachó a Washington, para desarmar a Roosevelt, que ante la amenaza de una guerra posible, se preparaba a publicar los documentos de la venta infame;

en Washington, Coccobolo, trabajó su Presidencia, convenciendo a Roosevelt, de que él solo, podría salvar la situación, porque la Presidencia de Joaquín F, Vélez, sería la obstinación y la guerra;

entonces, Roosevelt ordenó a Marroquín, la elección de Coccobolo;

Marroquín. no pedía nada mejor;

él, sabía, que el triunfo de Vélez, era para él, el Juicio, la condenación y la muerte en el patíbulo;

aquel hombre justo, habría sido implacable...

los liberales, desmoralizados por la derrota, inferiores a su infortunio, votaron por Coccobolo;

todo fue en vano;

Vélez, triunfó...

¿qué hacer?...

los Estados Unidos amenazaban...

entonces, se compraron los miembros del Gran Jurado, se hizo una mayoría espuria, y, se falsificó el Acta de Padilla;

Coccobolo', fue NOMBRADO, Presidente de la República.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Coccobolo fue hecho César...


no habiendo nacido para la fortuna, se desvaneció al llegar a ella, y, se sintió atacado, del mismo extraño furor de destrucción que había aguijoneado su vida toda;

temeroso de los amigos de la Libertad; rencoroso contra los amigos de la Legalidad; demasiado pequeño para amar la primera; demasiado ambicioso, para refugiarse en la segunda; incapaz de ir a la revolución; miedoso de vincularse en la tradición; inepto para gobernar con los partidos, se entregó locamente a las facciones, y, sobre las ruinas del Poder Legal, sostenido por las ideas, estableció el Poder Personal, fundado por los apetitos y, enseñoreado en un tumulto de esclavos, fundó la demagogia del Poder, dispuesto a sorprender al mundo por su audacia, yaque no podía deslumbrarlopor su virtud;

como Maximino en el Imperio Romano, Coccobolo, fue en Colombia, el Primer Bárbaro, que se sentó bajo el solio;

todo desapareció bajo su espada;

esa ficción de República arcaica y clerical, que aun en su degradación, recordaba a los hombres, el Imperio de la Ley, degollada fue por la cuchilla del bárbaro, y sobre sus despojos, se alzó ese Imperio absoluto, tan miserable, como aquel que Camilo entregó a Brennus, antes de que desapareciera, aplastado por el Carro de Alarico;

no habiendo ya Magistrado, sino Amo; no existiendo ya ciudadanos, sino esclavos, ese Amo, no tuvo ya, necesidad de Leyes, ningunas, y, todas las violó...

halló de pie, un Congreso Constitucional, reacio a doblegarse a su poder, y, disolvió con un solo decreto, esas Cámaras, en las cuales, se había refugiado el último aliento del alma de la República;

ya no hubo Poder Legislativo;

los Altos Magistrados de la Corte Suprema, osaron discutir la validez de la elección Presidencial, y destituidos fueron de sus puestos; y, violada y abolida fue la Inmunidad de la justicia;

ya no hubo Poder Judicial;

las Municipalidades de Medellín y Cartagena, se opusieron a las medidas fiscales, que arruinaban sus Municipios, y llevadas fueron en prisión, y arrastradas, entre escoltas de soldados, del uno al otro extremo de la República;

ya no hubo Poder Municipal...

sin Poder Legislativo, sin Poder Judicial, sin Poder Municipal, Coccobolo gobernó solo...

él, fue todos los Poderes;

no existiendo ya, ninguna soberanía, ni la del Pueblo, ni la de la Ley, no hubo más Soberano que Él...

¡el bárbaro brutal y asolador!...

él legisló; él sentenció; él ejecutó; él administró...

suya fue la libertad de los ciudadanos, suya su riqueza, suya su vida...

los ciudadanos fueron arrastrados a las prisiones, a los confinamientos, al destierro...

los niños fueron azotados en las plazas públicas, y llevados a las colonias penales para ser entregados a la crueldad de los centuriones; las madres fueron burladas y abofeteadas por llorar sus hijos; los padres encadenados o insultados, por pedir piedad para ellos;

el Tesoro Público fue puesto a saco;

la Patria fue puesta en Almoneda...

los jirones de la República acabaron de ser vendidos en Washington (1);


y, Coccobolo, devoró el corazón de la República, con la furia de Sila, pillando a Atenas; de Mummius, saqueando los tesoros de Corinto...

Coccobolo, no inició sino el reinado de la barbarie: el de la corrupción, estaba ya iniciado;

para consolidar su Tiranía, él, no tuvo sino que corromper los liberales, pues ya no quedaban conservadores por corromper...

y. los corrompió;

ellos, le entregaron, los unos sus espadas, los otros su ambición, todos su dignidad, para que hiciera de ella un holocausto...

no tuvieron necesidad de ser violados, se le entregaron mansamente, con una voluptuosidad, que habría hecho honor al último liberto de Nerón;

las facciones, se disputaron el honor de ser vendidas y llevaron sus jefes al pie del Trono, para pactar con el César, el premio de su servidumbre;

algunos parecían sentir pena de no haber sido sino conquistados, por el Suceso, y, pedían ser envilecidos por él;

haberse entregado les parecía poco; no haberse arrastrado, esa era su tristeza;

la poca honra que la obscuridad dejaba a algunos, les pareció un crimen, y, se apresuraron a arrojarla a los pies de la victoria, para que la desgarrara;

los que no eran deshonrados, se creían humillados; ¡y, enrojecían de esa humillación !...

creían haber perdido su derecho ala Vida, si no reclamaban su derecho a la deshonra;

y, ¡se deshonraron!

¡terrible erotismo del azote!...

ya no hubo sino un Amo, un pueblo de esclavos, y, una corte de delatores;

las inteligencias más altas, que parecían inaccesibles a la bajeza; los corazones más fuertes, que parecían ignorar el miedo, todos claudicaron, todos se rindieron...

fue una apostasía colectiva del Honor...

el ateísmo de la Libertad, se hizo la única Religión de esos siervos;

hacer olvidar que habían sido libres, fue su única preocupación;

de rodillas, pidieron al Despotismo, perdón, por el Crimen de haberlo desconocido...

sobre las ruinas de la Patria, de la cual, nadie guardó el lejano y divino resplandor, el Crimen se creyó llamado a los más altos destinos;

y, a la gloria de la Virtud, de todos olvidada, sucedió el culto del Delito, profesado por todos;

glorificar la Traición; divinizar el Perjurio; hacer de la Deserción una Virtud, y de la Delación, una función pública; proclamar que la Fuerza, es todo, y que las Ideas, son nada; que la Audacia vencedora, prima sobre el Derecho vencido, tal fue todo el programa y toda la política, de aquella oligarquía de demagogos clericales, temblando de miedo, ante el puñal de Sila...

taciturno como Genserico y cruel como Caracalla, Coccobolo, se dio a fingir conspiraciones, para diezmar sus enemigos;

los delatores, fueron declarados sagrados, y gozaron de honores, como bajo Heliogábalo;

ya, no hubo seguridad para los ciudadanos, ni aun en el seno mismo de la servidumbre...

ninguna posición salvaba de la muerte, porque los hombres eran apuñaleados, aun estando de rodillas ante el César;

toda apariencia de dignidad, fue declarada delito de lesa Majestad;

y, los hombres libres, fueron todos, condenados a muerte, por un decreto tácito del Tirano;

conservar el decoro personal, fue un crimen oficial;

el ojo enorme y felino del Espía, se abría sobre los hombres acusados de ese Crimen;

un delator bastaba para arruinarlos...

un Consejo de Guerra, declarado Tribunal Permanente, bastaba para condenarlos;

la Muerte o la Deportación los esperaban...

así se vio una mañana, atravesar las calles de Bogotá, amarrados, entre dos filas de soldados, a Felipe Angulo, Luis Martínez Silva, Moya Vázquez, y, otros, altos personajes de la política, acusados de conspiración...

Reyes, había fraguado, él mismo, la conjura, había enviado sus esbirros a proponer la venta de sus batallones, y sus delatores, a denunciar el plan que él mismo, había concebido;

así, perdió a esos hombres, ante los cuales temblaba:

así formó una Corte Marcial, para juzgarlos;

y, así los habría fusilado, si un acontecimiento inesperado, nohubiese venido a salvarlos, desviando el rayo de aquella cólera, dando otro alimento a la fiera, que quería sangre...

cuatro campesinos ebrios, insultaron al Dictador, que iba en coche, por las afueras de la capital;

el Edecán, que acompañaba a Reyes, disparó sobre ellos, su revólver;

los ebrios, dispararon los suyos, y, huyeron...

nadie fue herido;

el Dictador, ileso, entró en su Palacio, resuelto a dar a ese hecho la magnitud de un Acontecimiento (1);


necesitaba imponerse por el patíbulo; y, lo hizo;

declaró la Capital en estado de sitio, y, su Consejo de Guerra, condenó a muerte a los cuatro desgraciados...

solos, desamparados, sin defensores, sin amigos, sin el más pequeño aparato de Justicia, aquellos infelices, que provocados por el Edecán del Presidente, habían disparado sobre él, se oyeron condenar a muerte...

y, al día siguiente, con un refinamiento de ostentación y de crueldad, que no se veía allí desde los tiempos de Sámano y de Morillo, fueron conducidos al patíbulo y ajusticiados allí, en presencia del pueblo acobardado, que temblaba ante el Amo, que así se le imponía por el cadalso...

los patíbulos de BARRO COLORADO tuvieron panegiristas, en los diaristas de Bogotá;

los perros de Betsabé, lamieron la sangre de los mártires, y, embriagados por ella, aullaron en torno a los cadalsos...

los muertos fueron insultados y calumniados...

ellos, que no tuvieron un defensor, ante el grupo de asesinos enchamarrados, que por orden do su Amo, los condenaba a muerte, vieron sus pobres nombres, entregados al oprobio, y al dicterio, por la crueldad miserable de una prensa cuasi anónima y sus cadáveres fueron despedazados por los dientes de aquellos cachorrillos del diarismo, que parecían haber bebido la leche de la vida, en la ubre envenenada de una hembra de chacal (1)...


la Muerte, no los desarmó;

y, sacudieron sobre aquellas tumbas abiertas, sus manos asquerosas, llenas de Escándalo y Mentira...

el silencio de los unos, hizo aún más sonora la Infamia de los otros;

entre los que callaron, porque hablar era la muerte, el dolor vistió de luto los corazones...

la imagen de la Piedad, proscrita de todas partes, se refugió en lo más hondo de las conciencias...

¡nadie habló para dar al Crimen, su verdadero nombre! nadie lo acusó...

entre los Ministros que firmaron esa Sentencia, y, los foliculares capitolinos que insultaron las víctimas, no todos eran crueles, no eran sino viles...

habrían sido incapaces de cometer el Crimen, y se creyeron capaces de aplaudirlo...

ignoraron u olvidaron, la palabra que Papiniano arrojó al rostro de Caracalla, cuando llamado a justificar el fratricidio, le dijo: «es más fácil cometer un crimen, que disculparlo» non tam facile excusan quam posse fieri;

los mártires de Barro Colorado no tuvieron solo acusadores y verdugos...

los detractores vinieron después, para acelerar la Infamia...

diga lo que quiera la histrionia folicular de los marmitones del diarismo bogotano, a sueldo de la Tiranía, los cadalsos de Barro Colorado fueron cadalsos políticos, y, lo que se ensayó casligar allí, no fue un Crimen, sino una Idea;

Coccobolo y temblando de Miedo, en su Omnipotencia, necesitaba aterrar a sus enemigos, y, los aterró...

el gran Asesino, teme al Asesinato...

oye el clamor de su Crimen... y, tiembla ante él...

ebrio de sangre y de Imbecilidad, creyó en Barro Colorado, haber matado su muerte; y, no logró asesinar al fantasma de su Miedo;

loco de espanto, no se atrevió a devorar la presa que tenía entre las mandíbulas; y la soltó...

no tuvo el valor de fusilar a Ángulo, y a los demás comprometidos por él, en la farsa conspiradora...

le faltó el valor de absolverlos; y, los confinó a las regiones más mortíferas de la República;

habilitó a la Naturaleza de Verdugo;

y, delegó al Clima la misión de asesinarlos;

no habiendo nacido para la fortuna, se vengó de este error de la Naturaleza dándole la misión de vengar sus odios...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Una vez impuesto por el Terror, el Tirano, no guardó ya siquiera, ni las actitudes del decoro;

sin abandonar su ferocidad, se entregó a la rapacidad más desvergonzada, en unión de sus libertos, a los cuales no une otro lazo que la avidez...

harto de sangre, todos sus vicios reaparecieron en él; tuvo la locura del Poder hecha de Suficiencia y de Impotencia, de Vanidad y de Imbecilidad...

permaneciendo cobarde, permaneció cruel; pudo matar a sus enemigos, pero, no pudo matar su Remordimiento;

su morada fue un campamento donde los mercenarios velaban, con la misma feroz abyección de aquellos que Sila, enriqueció para guardarlo...

y, sembró el Silencio a dos manos; ya con el mendrugo, que tapaba la boca por un momento; ya con el Verdugo, que la hacía enmudecer para siempre;

es preciso hacer a este Tirano, una justicia: fue derecho al Crimen como una flecha, sin vacilaciones y sin engaños;

de un solo salto, llegó a la cima del Delito, que otros no alcanzan sino a tanteos...

recogió los mercenarios de todos los campos; les dio la rapacidad por bandera, y, durmió a la sombra de la fidelidad de esas espadas...

¿cuánto durararía esa fidelidad ?...

¿hay algo más efímero y más instable que la fidelidad de los esclavos ?

en el alma de todo mercenario duerme un Traidor...

tarde o temprano, él se despertará para devorar al Amo;

¿qué seguridad puede haber parala Tiranía, allí donde no ha habido ninguna para el Honor ?

¡desgraciado del Tirano, cuando ha corrompido tanto a un pueblo, que no ha dejado en su corazón, un refugio a la Lealtad!...

el Tirano que duerme bajo las lanzas de los mercenarios, no sabe cuál de aquéllas le ha de atravesar el corazón...

la lanza es implaclacable...

se reina con ella, pero se muere por ella;

entre los cortesanos y los pretorianos, no queda al Despotismo, sino el género de muerte que elegir; la almohada que ahogó la cabeza de Tiberio, o la espada que cortó el cuello de Galba...

es el único instante en que un esclavo se hace hombre: aquel en que decapita su esclavitud, decapitando a su Amo;

por ese acto de inhumanidad, vuelve a entrar en la Humanidad;

la espada que decapita la Tiranía, se hace apta para salvar la Libertad;

en el alma de todo pretoriano, bulle el sueño de un César;

todos ellos, aspiran a suceder al Amo;

¡ay de él! si tarda en desaparecer;...

no se enseña a los otros, el camino de la Audacia, sin caer atropellado por ellos;

cuando se ha llegado a las cimas de la Tiranía, el respeto mismo se hace sospechoso;

el Tirano, hábil, sabe que ese respeto, no es sino la máscara del Crimen;

he ahí la fidelidad, dijo Nerva, cuando vio llegar el centurión que venía a darle la Muerte...

la espada de esa fidelidad, llega siempre... tarda, pero llega...

pede poena claudo...

huyendo de esa fidelidad COCCOBOLO, escapó un día del poder, llevándose sus tesoros;

huyó pávido de miedo, como un lacayo infiel, sorprendido en el momento del robo;



Los césares de la decadencia de José María Vargas Vila
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