Los césares de la decadencia:013

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JOAQUÍN CRESPO[editar]

JOAQUÍN CRESPO, tuvo toda la talla de un César, sin tener el alma de un Tirano;

ejerció el Poder, sin ejercer el Despotismo;

y, amó la Libertad bastante, para darla a los pueblos, después de haberla conquistado con su lanza; era sencillo como Probus; austero, como Trajano; y, recto como Marco Aurelio;

era hecho para gobernar desde una choza, un pueblo de pastores heroicos;

la simplicidad de su vida, era cuasi ascética, y, todos los apetitos parecían dormidos en aquel soldado de hierro, bajo cuya armadura latía un corazón perdidamente enamorado de la Libertad;

no amó ninguno de los placeres, que enervan y debilitan los hombres, y que apoderándose de los grandes capitanes, se vengan con su conquista, de aquellas con que su espada hace temblar la tierra;

los vicios que hicieron llorar a Alejandro, que obscurecieron la gloria de César, y causaron la pérdida de Antonio, no existían para él;

la mesa, el lecho, los placeres, no existían para su austeridad;

no amaba otro licor que el agua del desierto, recogido en su casco de guerrero;

no se embriagó nunca, sino de su propio valor, entre el humo del combate;

de todos los vicios del soldado, no tuvo sino el vicio de la guerra; a los catorce años, se desposó con ella, y, no la abandonó, sino al morir; murió en sus brazos; fue el amor de su Vida;

las épocas de sus gobiernos, no fueron sino un alto entre dos batallas;

se detenía en el Capitolio Nacional, como en una tienda de campaña, y su caballo enjaezado relinchaba a la puerta;

la imaginación, no puede representárselo, sino a caballo, alta la noble figura, marchando hacia el combate;

silencioso y taciturno, no tuvo otra pasión, sino la de vencer;

era un hombre de guerra; no era un hombre de gobierno;

el Poder lo empequeñecía;

su figura, no puede tener otro horizonte, que el desierto y la batalla;

su valor, igualó y aun eclipsó, los más altos corajes de la Historia; pero, en aquel hombre, todo era sereno; hasta la cólera;

su valor, no era impulsivo, era reflexivo; tenía más serenidad, que impetuosidad; no marchaba en el combate, a saltos, como un jaguar, sino sereno, impasible, como un elefante heroico;

amó el peligro, con un amor fraternal; vivió y murió en sus brazos, como en los brazos de un hermano;

el valor, en él, no era un esfuerzo, le era consubstancial; pero, no era ciego, como un instinto; era luminoso, como una Virtud;

su tienda de campaña, era pura como una celda de asceta;

podría llamársele: el cenobita de la espada; su Vida, fue un Poema Épico, donde la templanza de la Virtud, iguala sólo a la templanza del acero;

era místico y caótico; y, siendo ajeno a todas las pasiones humanas, no tuvo sino una sola pasión: la de su espada;

vivió con ella, y, murió sobre ella, como Atila, sobre el vientre de una mujer;

la gloria de su Vida, es haber puesto ese amor, al servicio de la Libertad;

nunca se volvió contra ella; jamás la hoja gloriosa, vibró en su brazo, sino en defensa de esa Libertad, que fue, el sueño de su Vida;

fue el Soldado Liberal, armado por el Destino para la defensa del Derecho;

fiel a su misión, nada lo apartó de su camino;

murió poniendo su espada entre el conservatismo y la Libertad;

y, su cadáver, como el de Manlio, defiende aún la República, contra el esfuerzo bárbaro, de esos héroes (?) adventicios, que han venido después, para degollarla;

ha sido pasando sobre ese cadáver, que los lobos de la sierra pudieron llegar hasta la Libertad y devorarla...

fue pasando sobre el cuerpo inanimado del Último Caudillo Liberal, que las hordas salvajes, del Despotismo, pudieron llegar al Capitolio, y, llenar el aire, con el vocerío de sus victorias;

sólo, muerta esa Virtud, pudo triunfar el Crimen;

jamás guerrero alguno, poseyó como Crespo, en tan alto grado, todas las virtudes privadas;

y, habría sido capaz de todas las virtudes públicas, si hubiese tenido la del desprendimiento;

sólo ésa, faltó a su gloria...

era un Héroe, como Páez;

no era un Hombre de Estado, como Guzmán Blanco:

ni un gran Administrador, como Rojas Paúl; era un Caudillo, el último Gran Caudillo, que haya merecido el nombre de tal, en Venezuela;

llegado al Poder, para suplantaren él, a Andueza Palacio, apareció bajo el solio, como para probar que al reinado de todos los vicios, podía suceder en Venezuela, el reinado de todas las virtudes;

su gobierno, fue el reinado de la Libertad, y, habría sido completo si se pudiese decir también, que había sido el de la Providad;

habiendo sido capaz de imponer el orden político, fue incapaz de implantar el orden económico;

del montón de ruinas en que Andueza, convirtió la República, él, pudo salvar la Libertad, pero, no pudo salvar, la Prosperidad nacional;

se retiró del Poder, creyendo salvar su obra dejándolo acéfalo;

renunciando a poner bajo el solio a un hombre, puso a Ignacio Andrade;

coronando la Ineptitud, coronó la Ingratitud;

ésa fue su falta;

ésa su Muerte.




Los césares de la decadencia de José María Vargas Vila
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PREFACIO PARA LA EDICIÓN DEFINITIVA - PRELIMINAR - EN COLOMBIA - RAFAEL NÚÑEZ - MIGUEL ANTONIO CARO - MANUEL ANTONIO SANCLEMENTE - JOSÉ MANUEL MARROQUÍN - RAFAEL REYES - EN VENEZUELA - JOSÉ ANTONIO PÁEZ - GUZMÁN BLANCO - ROJAS PAÚL, y ANDUEZA PALACIO - JOAQUÍN CRESPO - IGNACIO ANDRADE - CIPRIANO CASTRO -