Ángel Guerra/015

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Ángel Guerra
Primera parte - Capítulo III - La vuelta del hijo pródigo​
 de Benito Pérez Galdós


III[editar]

Ante todo, la joven aquella, cuya edad no pasaría de veinte años, soltera y natural de Toledo, había entrado en la casa con el carácter de institutriz o aya de la niña de Ángel, y tales aptitudes y cualidades reveló al poco tiempo de estar allí, que sus funciones se fueron multiplicando, y doña Sales le tomó vivísimo afecto, concediéndole su confianza en unión de Basilisa, la criada veterana; pero como más inteligente que ésta, tenía Leré atribuciones de mayor importancia en el gobierno doméstico. En aquellos días oficiaba también de enfermera, sin olvidar sus demás quehaceres, ni el cuidado engorroso de la chiquilla. En la casa la querían todos, altos y bajos, y su autoridad no fue nunca molesta, por el tacto singularísimo que siempre tuvo para imponerla dulcemente y sin humillación de nadie. Su actividad era tal, que no se concebía hiciese tantas cosas y desempeñara funciones tan distintas con un solo cuerpo. Iba y venía de estancia en estancia, ligera, sin que se le sintieran los pasos, y la servidumbre inferior se acostumbró pronto a no verse nunca libre de su incansable vigilancia.

Comprometido se vería el definidor de bellezas a quien mandaron poner a Leré en el grupo de las feas o en el de las bonitas, porque era su cara de las más enigmáticas que pueden verse, ininteligible o expresiva por todo extremo, según por donde se empezara a deletrearla. El blanco marmóreo de su tez contrastaba con lo negro de su pelo y de sus cejas, las cuales parecían dos tiritas de terciopelo pegadas en la piel. Mal figurada la nariz y no muy correcta la boca, blancos y desiguales los dientes, resultaba un conjunto dudoso, de esos que deben entregarse al personalismo estético y al capricho de los hombres. Además, sus ojos verdosos con radiaciones doradas hallábanse afectados de una movilidad constitutiva, de una oscilación en sentido horizontal, que la asemejaba a esos muñecos de reloj, que al compás del escape mueven las pupilas de derecha a izquierda. Cuentan que la causa de tal afección nerviosa fue que, hallándose su madre embarazada, tuvo un gran susto y la criatura salió con aquella vibración de los nervios ópticos, que científicamente se denomina nistagmus rotatorio. Como si esto no fuera bastante, contrajo, ya grandecita, el tic o maña de pestañear incesantemente, más a prisa cuando redoblaba su actividad en cualquier asunto, o cuando por diferentes motivos se excitaba; y de la oscilación horizontal de sus pupilas, junta con aquel abre y cierra de las pestañas largas y negras, resultaba un cruzamiento y enredijo tal de destellos y sombras, que, al hablar con ella, no se le podía mirar atentamente sin marearse. A veces ocurría el fenómeno extrañísimo de que, por efecto de un contagio nervioso, el interlocutor de la muchacha, si era la conversación algo viva, a poco que se fijase en los ojos de ella empezaba a tartamudear. Hasta que no se iban acostumbrando al cabrilleo de los ojos de Leré, las personas que con ella vivían pasaban muy malos ratos. De cuerpo era bastante esbelta, de mediana talla, el seno más abultado que lo que a su edad correspondía, la cintura delgada y flexible, el andar más que ligero volador, las manos listas y duras de tanto trabajar.

-Sí, prepárala gradualmente -le dijo Guerra-. Hazlo tú como te parezca mejor, y Braulio ayudará. ¿Está muy incómoda conmigo? Yo reconozco que no faltan motivos; pero también habrá algo que me disculpe... Mira Leré, hazme el favor de no pestañear tan vivo, que me mareas. Había ya perdido la costumbre de ver tus ojos, y créeme que es como si estuviese viendo el reflejo del sol en el agua movible.

Leré se echó a reír, y mirándole sin pestañear, abría mucho los ojos, cuyo movimiento oscilatorio no cesaba, porque era superior a su voluntad.

-¿Y no podrías -añadió Ángel- corregirte ese bailoteo de los ojos? Francamente, temo mucho que se le pegue a mi Ción...

-No se le pegará... Esto lo tengo porque mi madre...

-Sí, sí, ya sé la historia... Hablemos de otra cosa. ¿Y dices que mamá no duerme esta noche?

-Si acaso, algunos ratos, muy breves. No puede acostarse, y la tenemos en el sillón, derecho el cuerpo entre almohadas. Ayer estuvo tan bien que nos dio esperanzas pero esta tarde ¡ay, qué tarde! Creíamos que se ahogaba.

-El médico -apuntó Braulio, considerando que debía decir a Guerra toda la verdad-, se muestra muy reservado, y teme mucho que las impresiones morales influyan de un modo funesto.

-Me oprimís el corazón con vuestro pesimismo -dijo Ángel dominando su inquietud-. Mamá tuvo siempre una salud vigorosa. Si me dais a entender que los disgustos que yo le doy han podido, para destruirla, más que su naturaleza para defenderla; no tendré consuelo, y si ocurre una desgracia... No, no me digáis que mamá se muere. No, no me digáis eso: sed indulgentes. Mi maldad no es maldad, es fanatismo, enfermedad del espíritu que ciega el entendimiento y dispara la voluntad. Mi madre y yo pensamos y hemos pensado siempre de distinta manera. No es culpa mía... Cierto, ya sé lo que me vais a decir, cierto que yo debí, ya que no subordinar mi pensamiento al suyo, por lo menos contemporizar, disimulando... Pero no supe, no pude hacerlo, ni puedo. Mi fanatismo ha sido más fuerte que yo, y dado el primer paso, los acontecimientos me han llevado más lejos de lo que creí... Nada, nada, confiésame tú, Braulio, y tú también, Leré, que mis faltas no son de las que deshonran. Llamadlas, si os parece bien, imprudencia temeraria, desvanecimiento, exaltación política, tontería si queréis; pero no me digáis que soy un hombre de quien se debe huir como de un apestado. Eso no, eso no.

Leré contestaba suspirando, y en cuanto oyó la exculpación del hijo pródigo, se fue del comedor, llamada por sus quehaceres. Braulio, al quedarse solo con Ángel, le dijo en voz confidencial: «Mira, hijo, lo que más disgustó a tu mamá fue... Quizás sea mentira; pero me consta que se lo dijeron. Aquí no lo hemos inventado... Pues alguien le dijo que fuiste tú de los que mataron a ese pobre coronel conde de...

-¡Yo!... ¿quién ha dicho eso? Bah, bah. (Turbándose visiblemente.) Pues aunque lo fuera, quiero decir, aunque, por una fatalidad de pura táctica, de pura posición polémica ¿me entiendes? quiero decir, suponiendo que el deber, un punto de honor... relativo me hubieran llevado a tomar parte en aquella escaramuza... ¿qué responsabilidad moral tendría yo? Porque hay que considerar estas desgracias como accidentes de una acción militar... Concedo que tratándose de guerra civil, de lucha política, el caso no es glorioso que digamos..., pero es guerra ¿sí o no?, pues en toda guerra ocurren desastres y matanzas. No se pueden evitar... cae a veces lo mejorcito... no se repara... hay que matar para que no le maten a uno; hay que cerrar el paso a todo el que intente auxiliar al enemigo... Porque, fíjate bien, si dejamos que el enemigo se rehaga, estamos perdidos. Admitida la necesidad de la lucha, o partiendo del hecho fatal de la lucha... como tú quieras... tienes que concederme que las desgracias parciales son inevitables. De modo que... yo... ni sé quién cayó ni sé quién quedó en pie... Y francamente, Braulio...

No se mostraba éste muy atento a las excusas que con desordenado juicio daba el hijo de doña Sales, y con más ganas de dormir que de charlar, buscaba postura cómoda en dos sillas, abanicándose con La Correspondencia. Había pasado varias noches en claro, y su resistencia comenzaba a flaquear. Como el otro continuara defendiéndose, Braulio quiso llevar la cuestión a un terreno donde le fuera más fácil entrar en polémica.

-Has de saber que otro de los motivos del enojo de tu mamá es tu obstinación en vivir con esa chica de Babel, que es... lo que todos sabemos, y su familia un atajo de ladrones y tramposos. ¿Y esto no es deshonra, querido? y este escándalo ¿tiene alguna disculpa? ¿Te parece propio de una persona de tu posición y de tu nombre vivir de esa manera? ¡Y con qué apunte! Porque si al menos te hubieras echado una mujer de antecedentes regulares, nada más que regulares... Ángel, Ángel, lo primero que tienes que hacer cuando veas a tu mamá, y quiera Dios que puedas verla y hablarle, es manifestarte decidido a romper esas relaciones indignas... Mejor aún, anúnciale que ya las has roto, y esto será la mejor medicina para la pobre señora.

Tan agitado se puso Guerra, que no supo por dónde romper, y la ira y la compasión de sí mismo se disputaban su alma.

-Esa pobre Dulce... -dijo al fin-. Nadie la comprende más que yo. ¿Y cómo convencer a los demás de que esto que parece error no lo es? ¡Fuerte cosa que no pueda uno vivir con sus propios sentimientos, sino con los prestados, con los que quiere imponernos esta imbécil burguesía, entrometida y expedientera, que todo lo quiere gobernar, el Estado y la familia, la colectividad y las personas, y con su tutela insoportable no nos deja ni respirar... No culpo a mi madre, ¡pobrecita! por su intransigencia en este asunto, como en el otro; culpo al antipático medio social en que ha vivido, y a la tiranía de la clase, a la cual no ha podido ella sustraerse.

Braulio, a quien hacía falta un tema de conversación que le sirviera de excitante contra el sueño, apoderase gustoso de aquel, haciendo con los tópicos del sentido burgués, que fácilmente manejaba un sinfín de juegos dialécticos, a los que contraponía Guerra el aparato deslumbrador de sus ideas extremosas, cismáticas y anarquistas. Ambos contendieron sin que ninguno de los dos descubriese la falsedad de las ideas del contrario, por lo que la disputa fue un continuo saltar de lo mismo a lo mismo, o una oscilación mareante de derecha a izquierda, como el espasmo de los ojos de Leré.



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Ángel Guerra (Segunda parte)