Ángel Guerra/021

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Ángel Guerra
Primera parte - Capítulo III - La vuelta del hijo pródigo​
 de Benito Pérez Galdós


IX[editar]

Ambos le saludaron y celebraron su vuelta, sin aludir explícitamente a los tristes sucesos del 19 de Septiembre, y, cada cual en su tonadilla, endilgaron una exhortación al revolucionario. No sé cómo se las compusieron, que en la de Taramundi salió la infalible meta, y en la de Medina el nefando peso de las contribuciones. Ángel no quería chocar, y se resignó a oírles en calma.

Los dos doctores, que con Miquis constituían la facultad consultiva, pasaron a ver a la enferma. Gran contrariedad para ésta tener que despojarse de su corsé y someterse a las auscultaciones, palpaciones y al examen impertinente de la ciencia, amén de las enfadosas preguntas; algunas de tal calidad, que doña Sales tenía que afinar su delicadeza y discreción para contestarlas. Durante mediano rato fue su busto guitarra o pandereta de aquellos señores, que la tocaban por aquí y por allí, aplicando el oído, y observando cómo entraba y salía del corazón la sangre, y los ruidos que hacía por aquellos caños y tubos internos. Satisfecha la curiosidad científica, los sabios pasaron a deliberar al gabinete próximo, y Miquis reclamó la presencia de Ángel, pues la consulta, en buena ley, debía verificarse delante de una persona de la familia. La discusión no fue en verdad muy larga, El más viejo de los tres, el Sr. Carnicero, glorioso veterano de San Carlos, sostenía que la insuficiencia aórtica; perfectamente apreciable a la auscultación y al tacto, era esencial, mientras que el otro, Moreno Rubio, teníala por fenómeno sintomático, y calificó el mal esencial de endocarditis, originada por accesos reumáticos sucesivos, que habían ido lesionando paulatinamente el tejido del corazón y disminuyendo energía. Señal de la endocarditis era la palidez del rostro de la enferma, sin perjuicio de su robustez, la hinchazón de las piernas, y los dolores pungitivos en la región precordial. Por virtud de la misma insuficiencia aórtica dilatábanse los ventrículos, produciendo la compensación. Pero había el gravísimo peligro de que se rompieran las sinergias. Moreno Rubio, algo aficionado a emplear figuras en sus deliberaciones, completó su pensamiento en esta forma: «Si nos faltan las sinergias, mi querido Sr. Carnicero, si esas activas mediadoras entre el sistema nervioso y la función cardíaca nos presentan la dimisión, un breve síncope puede traernos un desenlace muy funesto».

-Oyó el anciano con expresión de incredulidad benévola el dictamen de su compañero, que había sido discípulo, y le faltó tiempo para calificar la enfermedad de asma esencial, explicando, en apoyo de su opinión, el proceso de la esencialidad, que Moreno Rubio y Miquis habían oído mil veces de boca del maestro, así en la cátedra como en las consultas, Y casi casi lo podían repetir de memoria sin equivocarse ni en una sílaba. Firme en su doctrina, propuso el Galeno del antiguo régimen las emisiones sanguíneas y los derivativos. Moreno Rubio se manifestó contrario en absoluto a las sangrías, ventosas y sanguijuelas, y recomendó la convallaria, los tónicos; la digitalina y el uso constante de los bromuros, indicando para los accesos de disnea inhalaciones de oxígeno.

En cuanto a Miquis, más avanzado aún que su compañero, si aceptaba el diagnóstico de éste, no estaba de acuerdo con él en el tratamiento, y era partidario de la menor cantidad posible de medicación farmacéutica. De Carnicero aceptó los purgantes, de Moreno la cafeína; pero rechazó la digitalina, prefiriendo la preparación de la digital a estilo casero, cociéndola y administrándola en infusión. En cuanto a las sangrías, no había que pensar en semejante cosa.

Luminoso fue el debate, y muy bonito para cualquier academia, aunque para la salud de doña Sales resultaba de una esterilidad manifiesta, pues ya fuese el mal como lo describía el uno, ya como el otro lo pintaba, el peligro era indudable, y así lo reconocían ambos desde sus respectivas posiciones científicas, acordes también en el desastroso efecto que había de producir en la enferma toda impresión moral demasiado fuerte. La paz del ánimo era el auxiliar más positivo de la acción terapéutica, mucho reposo, y ninguna contrariedad. Hermanando con arte supremo la psicología y la medicina, Miquis les explicó el carácter entero y tozudo de doña Sales, su propensión a la inflexibilidad y a las resoluciones inquebrantables. No había más remedio que evitarle la contradicción, y procurar en todo caso que su rígida voluntad no tuviera que romperse ni doblarse: Esto se lo dijo a sus compañeros para que lo entendiera Ángel, que escuchaba todo con atención profunda.

Terminada la consulta, volvieron los tres al lado de doña Sales (ya nuevamente apasionada dentro de su corsé y en postura de besamanos), para despedirse de ella y darle consuelos y esperanzas, asegurándole con la hipocresía más caritativa que se hallaba muy bien. Contestoles la paciente con gratitud, y también les endilgó su poquito de farsa hipócrita, diciéndoles que se notaba mejoradísima, y que la consulta le infundía una confianza y una seguridad a prueba de disneas y síncopes. Siguieron unos toquecitos de broma por parte de Miquis, y se disolvió la junta, siendo Carnicero el primero en desfilar. Partió después Moreno Rubio, a quien el marqués de Taramundi ofreció su coche, y en la sala quedaron Augusto, Ángel y D. Cristóbal Medina, que pretendía pasar a saludar a la enferma. Hízolo con permiso del médico, y en tanto Miquis y Ángel hablaron brevemente.

-Ya lo has oído, querido Ángel. Tu madre puede vivir ¿quién lo duda? si conseguimos restablecer la regularidad circulatoria, ayudados del reposo moral. ¡Lo moral, el espíritu!... Maldita llave. Como se destemple, cuenta que se te desafinarán todas las notas de la gaita. No sería yo médico si no fuera un poquito psicólogo, y no veo salvación para tu madre si no conseguimos equilibrar su temperamento. Considera que tus lamentables desacuerdos con ella, de diez años acá han contribuido no poco a las averías de su trastornada mecánica vascular. No echo sobre ti toda la culpa; la reparto por igual entre los dos. Si tú eres terco y absoluto, absoluta es ella y de una pieza. Pero tú no estás enfermo y ella sí. A ti te corresponde ceder, transigir, quitar de en medio todas esas diferencias de apreciación y de conducta, aparecer... digo aparecer porque no me atrevo a mayores pretensiones, aparecer en completa concordancia con ella, dispuesto a someterte a su voluntad y a vaciarte en el molde de sus opiniones.

Impresionado por la consulta, y por la situación de su madre, cuya gravedad entendió tan bien como los médicos, Guerra no decía nada, mostrando su conformidad con enérgicos movimientos afirmativos de cabeza, resuelto a poner en ejecución lo que su amigo le recomendaba, por creerlo no sólo conveniente, sino justo y profundamente humanitario.

Pasó después Augusto al cuarto de doña Sales, a quien, halló en gran parla con Medina, muy animada y risueña. Leré le preparaba la mesita para comer, ayudada por Ción, la cual mostraba en este trajín doméstico una oficiosidad graciosa y una diligencia que solía concluir con romper algún plato. Lo primero que hizo Miquis fue alejar a Medina, diciendo que la conversación, aun con persona tan juiciosa, perjudicaba a la enferma; despidiose el otro; sirvió Leré la comida, y mientras doña Sales despachaba con mediano apetito una sopa tapioca y un alón de pollo, con medio vaso de vino en agua de Seltz, el médico psicólogo la preparó para el paso crítico de la entrevista, empezando por asegurar que Ángel no parecía el mismo, tal mudanza habían hecho en él los desengaños. Convenía, pues, en provecho de todos, que el delincuente arrepentido fuese tratado con consideración, no abroncándole con el recuerdo de sus botaratadas. Si se comprometía doña Sales a pasar una esponja sobre todo lo pasado, Augusto salía garante de la sumisión incondicional del hijo.

La enferma creyó, o afectaba creer lo que su médico le decía, y a todo se avino, luciendo aquel formulismo social que tan magistralmente manejaba. Miquis empleó su viva imaginación y su fácil palabra en un ingenioso trabajo sugestivo para incrustar, digámoslo así, en la mente de doña Sales la idea de que no debía permitirse la emoción más leve ante su hijo, recibiéndole como si le hubiera visto aquella misma mañana y todos los días. En suma, pretendía crear en la enferma un estado psíquico normal, y con tal arte presentó la cuestión, que la señora, echándose a reír, se dio por bien sugestionada y le dijo: «Sí, si estoy convencida de que Ángel no ha faltado de casa un solo día... Basta de brujerías, doctorcito. No necesito que me manipule usted más. Quedamos en que no ha pasado nada extraordinario, en, que le recibiré como si le hubiera visto hace una hora y viniese de una corta diligencia en la calle, por ejemplo, de preguntarle a usted si tomo la digital dos veces o cuatro durante la noche. Y para concluir, si ese tonto está oyéndonos detrás de la puerta, que entre de una vez. No, si no me altero, si estoy tranquila... Entra, bobo, y basta ya de comedia».



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Ángel Guerra (Segunda parte)