Ángel Guerra/017

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Ángel Guerra
Primera parte - Capítulo III - La vuelta del hijo pródigo​
 de Benito Pérez Galdós


V[editar]

Al exordio de su madre, Ángel no contestaría nada. Sabía por larga experiencia que la contradicción la sacaba de sus casillas. Mejor era dejarla que se desfogase, guardando las réplicas para cuando la elocuencia de ella principiase a desmayar. Después del estilo severo, la dama había de usar el sarcástico en esta forma: «Pero tú, ¿qué caso has de hacer de esta pobre mujer ignorante, que no ha ido a la Universidad, ni sabe leer esos libracos franceses? Claro; tú, destinado a reformar la sociedad, y a volverlo todo del revés, levantando lo que está caído y echando a rodar lo que está en pie, eres un grande hombre, un pozo de ciencia. No estoy a la altura de tu sabiduría. Verdad que hasta ahora no has hecho más que borricadas, vomitar mil blasfemias delante de otros tan tontos como tú, juntarte con lo más perdido de cada casa, y embaucar a los cabos y sargentos para que salgan por ahí como unos cafres y asesinen a sus jefes. ¡Vaya, que te estás cubriendo de gloria! Tenemos que ponernos vidrios ahumados para mirarte, porque el resplandor de tu aureola de gloria nos ciega, y de tu cerebro salen las llamaradas del genio, como de una fragua magnífica, en que se está forjando el porvenir de la humanidad. ¡Vaya, que me ha dado Dios un hijo, que no me lo merezco! Lo malo es que mientras la humanidad no se resuelva a dejarse arreglar por estos profetas de papel mascado, a mi hijo y a otros como él hay que mandarles a Leganés, ya que no hay encierro para los memos. ¡Lástima grande que esta sociedad tan tonta no os comprenda, y siga despreciándoos y teniéndoos por unos grandísimos imbéciles! ¡Ay, qué equivocación haberte dado crianza de caballero y haber puesto sobre tu cuerpo una levita! A estos grandes hombres hay que dejarles con su trajecillo corto y su baberito, para que estén más en carácter cuando nos hablen de todas esas bienandanzas que nos van a traer... Lo que es en ésta os habéis lucido, y agradece a Dios que aquí no hay gobiernos que sepan castigar. Si los hubiera, ya os arreglarían bien, y tendríais que guardar eso que llamáis dogmas y eso que llamáis el credo... ¡Valiente credo! para predicárselo a los salvajes del África.

«Otra cosa tengo que decirte. Por lo visto, te has decidido a ser revolucionario práctico, y a predicar con el ejemplo, porque todos esos ¡dogmas! que quieres meternos en la cabeza con ayuda de los militronches, no tienen maldito chiste sin la salsa del amor libre, y he aquí por qué el muy salado de mi niño vive amancebado con una princesa de la ilustre dinastía de los Babeles, cuya filiación puede verse en el Almanaque Gotha... o de la Gota. Lo que nosotros llamamos escándalo, inmoralidad, pecado, estos redentores lo llaman ley de humanidad ¿no es eso? anterior y superior de la ley escrita; y aunque para los que vivimos en el mundo civilizado, de esto a volver a la edad salvaje, no hay más que un paso, el sabiondo de mi hijo no lo ve así, y hace vida matrimonial con su tarasca, cuyos hermanos cuando no están presos los andan buscando. Claro, para regenerar la sociedad hay que empezar por lo de abajo, y buscar nuestra compañía en las barreduras sociales. Hay que enseñar el dogma, ¡vaya con el dogma! a la prostituta, al ladrón y al falsificador, y sacar de los presidios la sociedad que ha de ocupar los sitios donde hoy estamos las personas honradas. Eso, eso; suprime las leyes, así religiosas como sociales, destituye a Cristo crucificado, y al Papa, y al Rey, al Gobierno y a la Sociedad.

No seas tonto; puesto a ello, suprime también la vergüenza, que es otra de las antiguallas que estorban; y como vas a destronar las clases y los nombres y todo, empieza por abolir la ropa, introduciendo tú y tu querida la moda de salir a la calle con taparrabo».

Al llegar, a esta parte del discurso, ya Guerra no podría contenerse más tiempo en el silencio respetuoso, y diría: «Mamá, si tratas la cuestión de esa manera, y con tanta pasión y mala fe, no puedo contestarte. Me callo y te dejo con tus exageraciones, quedándome con las mías, si lo son, y con mis errores, pues reconozco que algunos hay en mí».

Entonces doña Sales pasaría súbitamente al tercer período de su sermón, que era el de la cólera ciega y estrepitosa, sin admitir réplica; cólera acentuada con imponente mímica.

«Cállate, mal hombre; ya que no me consideres como madre, tenme el respeto que se debe a una señora. Estás envileciendo el nombre honrado de tu padre y el mío, y si aún tus actos no son mirados como vergonzosos, es porque las ridiculeces que hay en ellos dejan poco espacio a la vergüenza. No hables delante de mí; aquí vienes a oír y callar, y a someterte. Ya que no por mí, que soy vieja y me moriré pronto de los disgustos que me das, podrías enmendarte por tu hija, a quien transmitirás el nombre de un loco aventurero, de un estrafalario sin ley, sin honor, y sin formalidad. No consiento tus explicaciones, que son siempre las mismas, ni tus arrepentimientos; que son el principio de la reincidencia. No te nombran una sola vez nuestros amigos, los amigos de tu padre y de toda mi familia, que no sea para sonrojarme. Me vas a matar... Pronto te quedarás solo y podrás campar por tus respetos, y harás cuanta tontería y cuanta barbaridad se te antoje. ¡Pobre Ción, pobre angelito, en tus manos...! Dime, ¿qué vas a hacer de esa pobre niña? ¿La vas a educar en las estupideces de tu escuela, sin Dios, sin ley, sin honor? Esto me vuelve loca... Te pegaría, estaría pegándote hasta que el palo se rompiera en mi mano; te pondría una mordaza; te encerraría en una prisión, hasta que te quedaras en los huesos, y abjuraras de tus disparates ridículos... No me quemes la sangre, no contradigas a tu madre, que se ha desvivido por educarte, por hacer de ti un hombre recto y juicioso como tu padre, y como todos los Guerras y Monegros del mundo... Si no te escucho; si no quiere saber tus razones estúpidas; si no cedo un ápice de mis convicciones; si eres un simple, y un loco, y un disoluto, y ante mí tu papel es callar y bajar la cabeza, y no hacer ni pensar sino lo que yo te mande que pienses y hagas... ¡Silencio!»

Con todo este poder imaginativo iba Guerra componiendo previamente la terrible filípica de su madre, calcada en las que infinitas veces había oído de sus labios. Tan seguro estaba de que doña Sales le hablaría conforme al patrón o modelo de rúbrica, que lo hubiera escrito de antemano; por vía de prueba, seguro de que la realidad no habría de diferir de la ficción sino en palabra de más o de menos. Pero al fin le venció el cansancio, y se quedó dormido con ese letargo tenebroso, abrumador y calenturiento, que parece el último período de una fuerte borrachera. Primeramente, soñó que andaba por los últimos pisos de una casa en construcción, saltando de viga en viga, por entre las cuales se veían los pisos inferiores. Todo ello, a izquierda y derecha, era como inmensa jaula de maderos, algunos rodeados de sogas. Ángel corría y saltaba, movido de un hondo afán inexplicable. De pronto le faltaba el piso, sus pies quedábanse en el aire y caía, sin que la velocidad le impidiera razonar aquel viaje aéreo, contando los pisos que recorría, tercero, segundo, principal, bajo, y calculando rápidamente la manera de caer para no estrellarse. Pero esto no le salvaba, y con la violencia del choque las piernas se le embutían dentro del cuerpo, sentía los fémures penetrando al través del estómago y pulmones y saliendo por los hombros como charreteras...

Este sueño sin relación alguna con la vida real, solía tenerlo Guerra cuando su cerebro se excitaba por vivas impresiones deprimentes, caso muy común, pues cada persona tiene su manera especial de soñar, y su pesadilla que podríamos llamar constitutiva. Hay quien sueña que va por galería interminable, buscando una puerta que no encuentra nunca; hay quien se cae en un pozo, y quien corre desalado tras su propia sombra llevando los pies metidos en los bolsillos. Pero además de aquel sueño de la caída, Guerra solía tener otro, relacionado con una impresión real de su niñez, de la cual quedara profunda huella en su mente, como esas cicatrices que por toda la vida conservan en la piel la desgarradura del tejido.

Un día de Julio del 66, teniendo Ángel doce o trece años, se fue de paseo con otros chiquillos de su edad, compañeros de instituto. Concluidos los exámenes, entretenían sus ocios en largas correrías por el Retiro y Castellana, hablando pestes de los profesores, o discurriendo alguna desabrida y fútil travesura, propia de la edad del pavo. ¿A dónde irían aquella mañana? ¿Qué había que ver aquella mañana? Pues nada menos que un espectáculo muy nuevo para ellos, el fusilamiento de los sargentos del 22 de Junio. Algunos sentían inexplicable terror; otros, entre ellos el intrépido Guerrita, votaron por la asistencia. Sí, era preciso ver aquello, que sabe Dios cuándo se volvería a ver. La ardiente curiosidad pueril pudo más que el instintivo recelo de las emociones demasiado fuertes. No había que vacilar, y allá fue la banda saltando de gozo. Averiguado que el acto se verificaría hacia la Plaza de Toros, pusiéronse en camino, y antes de llegar a la Cibeles supieron por el rumor público que los reos venían ya por la calle de Alcalá de dos en dos, en coches de alquiler, escoltados por parejas de la Guardia Civil a caballo. Corriendo como exhalaciones, anticipáronse a la fúnebre procesión a fin de tomar sitio en el lugar del suplicio. La muchedumbre, no muy grande, que a la husma del siniestro espectáculo acudía, fue detenida en la Cibeles por la Veterana; pero los chicuelos, burlando la orden de atrás, atrás, se escabulleron hacia arriba. Cerca del Retiro vieron pasar los coches... Guerra observó las caras de los sargentos... ¡Pobrecillos! Algunos llevaban ya la lividez de la muerte impresa en sus rostros atezados, los menos querían aparentar una serenidad que se les caía del semblante, como máscara mal sujeta.

Al parar los coches para que bajaran de ellos los reos, que eran veinte, atados codo con codo, la confusión era grandísima. Arremolinose el gentío; la tropa no pudo aislar a los reos sin repartir algunos culatazos; pero las mujeres, más intrépidas que los hombres, y los chiquillos, que se filtran por todas partes, pudieron acercarse por un momento a las víctimas. Guerrita vio a una mujer que, abriéndose paso a fuerza de empujones, ofrecía cigarros a los sargentos. Uno de éstos, que en el espantoso trance alardeaba de estoicismo, echose a reír y despreció el ofrecimiento con palabras groseras: «¿Para qué... quiero yo cigarros ahora?» Colocose también una aguadora, que intentaba vender vasos de agua fresca a las víctimas; pero hubo de salir a espetaperros. Angelito no se acobardó cuando la tropa empezó a despejar para formar el cuadro, y eso que su miedo era grande; le amargaba horrorosamente la boca; sentía dolorosa opresión en el pecho; pero la curiosidad pudo más que el instintivo terror, y se hubiera dejado pisotear por los caballos antes que renunciar a meter su hocico en la hecatombe.

Formose el cuadro, y fuera de él la tropa seguía conteniendo a los curiosos; pero el gran Guerrita se coló, sin darse cuenta del procedimiento, por entre los caballos, por entre las piernas, por entre los fusiles. Sentíase más delgado que un papel, y tan difuso como el aire. Sin saber cómo, hallose junto a un seco arbolillo en el cual pudo encaramarse, próximo a un montón de escombros, en el extremo superior del cuadro, junto a la tapia de la Plaza. Un hombre que parecía loco, logró escabullirse también en aquel sitio. Guerra le vio aparecer en el montón de escombros como si de entre las piedras y el cascote saliera. Ninguno de los dos se asombró de ver al otro. Imposible apreciar ni sentir cosa alguna fuera del espectáculo terrible que se ofreció a los ojos de entrambos. El pavor mismo encendía la curiosidad del buen Guerrita, que olvidado del mundo entero ante semejante tragedia, miró el espacio aquel rectangular, miró a los sargentos, que eran colocados en fila por los ayudantes, como a un metro de la tapia... Unos de rodillas, otros en pie... El que quería mirar para adelante miraba, y el que tenía miedo volvía la cara hacia la pared... Un cura les dijo algo y se retiró... Inmediatamente, las dos filas de tropa que habían de matar avanzaron... La primera fila se puso de rodillas, la segunda continuaba en pie. No se oía nada... Silencio de agonía. Nadie respiraba... ¡Fuego! y sentir el horroroso estrépito, y ver caer los cuerpos entre el humo y el polvo, fue todo uno. Caían, bien lo recordaba Guerra, en extrañas posturas y con un golpe sordo, como de fardos repletos, arrojados desde una gran altura. Todo fue obra de segundos, piernas por el aire, pantalones azules, cuerpos tendidos de largo a largo, otros en doblez, caras boca abajo, otras con la última vidriosa mirada fija en el alto cielo. Algún alarido estridente rasgó el silencio lúgubre, posterior a la descarga, y el humo se deshizo en jirones pálidos... Olor a pólvora.

El desconocido que parecía demente salió otra vez de entre los escombros, los ojos desencajados, los cabellos literalmente derechos sobre el cráneo. Por primera y última vez en su vida observó Guerra que la frase del cabello erizado no es vana figura retórica. La cabeza de aquel hombre era como un escobillón, su rostro una máscara griega contraídas por la mueca del espanto... De su cuadrada boca salió, más que humana voz, un fiero rugido que decía: «¡Esto es una infamia, esto es una infamia...!» Ángel se quedó sin movimiento, quiso huir del espectáculo terrible y del hombre aquel, no pudo; se había quedado inerte, paralizado, frío. Aún vio algo más: algunos soldados se acercaron a rematar a los que aún vivían, disparándoles a quemarropa. Concluido el acto, avanzaron algunos señores, hermanos de la Paz y Caridad, y echaron sobre los cuerpos de las víctimas sábanas blancas. Más miedo le daba a Guerra el verlos así, que descubiertos. Echose a llorar, quiso rugir también como el desconocido energúmeno, a quien no volvió a ver, por más que lo buscaba en el rimero de cascote con espantados ojos. Podría creerse que se habría escurrido entre las piedras.

No supo tampoco Guerra cómo se bajó del árbol, ni cómo se escabulló entre la tropa. En pocos segundos encontrose lejos del sitio en que vio lo que ya le pesaba haber visto... Recibiendo empujones fuertísimos por una parte y otra, avanzó buscando a sus camaradas; pero no les halló ni cerca ni lejos. Anduvo largo trecho sin dirección fija, arrastrando sus pies por el polvo, pues era tiempo de fuerte sequía... La impresión recibida era tan honda, que no se dio cuenta de los lugares por dónde iba ni de la gente que encontraba al paso. Dábase cuenta sólo de los toques de corneta que le rasgaban los oídos. A lo mejor era empujado por una racha de gente que retrocedía ante los jinetes de la Guardia Civil; poco después hallábase solo, frente a los yermos y solitarios campos del este de Madrid. De repente empezó a sentir un gran malestar físico, debilidad, opresión, náuseas, y fue acometido de vómitos violentísimos. Se sentía tan mal, que rompió a llorar, y pidió socorro... Por fin, andando a tropezones, y teniendo que sentarse de trecho en trecho para tomar aliento, pudo llegar al Prado, y de allí tardó lo menos una hora en ir a su casa, donde le recibió su madre con amor, no sin echarle una fuerte reprimenda, en cuanto se enteró de la función a que el diabólico muchacho asistido había.

Tres días estuvo en cama, y por las noches le atormentaba la opresora pesadilla, reproduciendo en toda su terrible verdad la trágica escena. Uno de los pormenores que con mayor viveza persistían en su mente, era el del hombre aquel desconocido, con cara de mascarón griego y cabellos como púas. En ninguna ocasión de su vida volvió a ver a semejante sujeto, por lo cual llegó a sospechar que carecía de existencia real, que era ficción de su mente, y forma objetiva que tomó su terror en aquel momento que jamás olvidaría, aunque mil años viviera.


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Ángel Guerra (Segunda parte)