Ángel Guerra/020

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Ángel Guerra
Primera parte - Capítulo III - La vuelta del hijo pródigo​
 de Benito Pérez Galdós


VIII[editar]

Abriose la puerta; pero quien entró por ella no fue ese loco, sino Basilisa, susurrando: «Sr. de Miquis». Éste apareció en seguida, y doña Sales le dijo riendo: «Estoy de enhorabuena, doctor. Ha parecido el prófugo. Esto me ha sentado mejor que los brebajes de usted, que saben a demonios, sobre todo, ese extracto de... no sé qué. Dígame: ¿vienen esos señores a la consulta? ¿No sería mejor que antes viera yo a mi hijo?»

Miquis opinó que ante todo la consulta. «Los compañeros ya están ahí. Aguardan en la sala. No quiera que me la vean a usted bajo la influencia de una emoción fuerte.

-Si estoy serena, doctor; si me encuentro ahora muy bien.

-El estado general no es malo, mi querida doña Sales; pero se me ha puesto usted nerviosilla, y no será extraño que el corazón nos juegue una mala pasada. ¿A ver ese pulso? (Tomándolo con profunda atención.) Calma, calma, señora mía. Procure usted tranquilizar su ánimo. Al Kronprinz que aguarde en la puerta. Si quiere usted hacer extremos de sensibilidad con alguien; si siente usted arrebatos de amor, abráceme a mí, que estoy decidido a curarla para casarme luego con usted.

Doña Sales y todos los presentes se echaron a reír. Otro médico de mejor sombra que aquel Miquis, no lo había en Madrid. Consolaba a los enfermos con su carácter festivo y sus humoradas familiares; inspirábales confianza en el tratamiento, robusteciendo la moral, y encubriendo la aridez adusta de la ciencia con las flores más agradables del trato urbano. Por esto y por su saber y experiencia clínica tenía tanto partido. Doña Sales le apreciaba mucho, y cuando murió el Sr. Martínez de Castro, fue su heredero en la dirección médica de la casa el buen Miquis, discípulo y ayudante predilecto de aquel sabio eminente. Era doña Sales señora muy mirada, muy atenta a las conveniencias sociales, cuidadosísima de su persona; obedeciendo a cierta presunción decorosa, que más valiera llamar decencia. Aunque se estuviera muriendo, no se presentaba nunca al médico desgreñada y a medio arreglar. Según ella, si se viste a los cadáveres; también deben vestirse los enfermos. En esto era la señora la misma pulcritud, el decoro personificado, y aquella tarde de la consulta, considerando ésta como un acto de etiqueta en las relaciones del enfermo con la sociedad, se hizo peinar con exquisito esmero sus cabellos blancos, en bandós; se puso el corsé, prenda que no abandonaba sino cuando le era imposible soportarle, y la bata de las solemnidades, de raso, negra con listas blancas. Antes aguantaría sin chistar los mayores dolores y molestias, que presentarse en facha innoble delante de personas entrañas. El día que le dieron el Viático, se peinó y vistió de la misma manera, porque si rendía tributo a la idea religiosa, también acataba la sociedad y la ciencia, dando al César lo que del César es. Hallábase, pues, como he dicho, sentada en su sillón, muy tiesa, muy aseñorada, muy convencida de que lo enfermo no quita lo decoroso, y de que debemos padecer y morirnos con las formalidades correspondientes a la clase a que pertenecemos.

Había sido mujer de figura arrogante, que conservaba en sus años maduros, y de la cual hacia gala siempre, imponiéndose la disciplina del corsé, coquetería decente que merece respeto. Su cuerpo derecho y gallardo, su busto de formas abultadas por delante, su espalda sin curva, sus bien aplomados hombros y su carnoso cuello ofrecían, a los sesenta años largos, un buen ver que la señora cuidaba sin afeites, como se cuida una buena casa de sillería, a la cual no hay que sostener con apeos ni revocos, basta con que se vigile la trabazón arquitectónica. Mas si perfecta era la conservación de su cuerpo estatuario; no podía decirse lo mismo del rostro, en el cual el tiempo se había vengado de su impotencia para estragar el talle, pues de las facciones hermosas, aunque duras, de doña Sales, apenas quedaban vestigios. Cara de pocos amigos, ningunos tuviera si con la afabilidad de la palabra no conquistara en segunda instancia todos los que en la primera perdía. El pelo, con sus añadidos correspondientes, era todo blanco, y las cejas enteramente negras; la nariz de caballete, la piel pergaminosa, toda pautada de finísimas arrugas que modelaban las facciones; la boca armada de una magnífica dentadura postiza.

Nacida en Toledo, como su esposo, genuino cigarralero, en aquella provincia y su capital tenía fincas urbanas y rústicas, y parentela variada, quiere decir, rica y pobre. Rarísimas veces iba la señora a su pueblo, porque le desagradaba el moverse, y tenía aversión invencible al tren; pero conservaba relaciones constantes con personas de allá, principalmente con un señor de muchas campanillas, D. José Suárez de Monegro, primo suyo, a quien Ángel solía llamar Don Suero. De él, así como de los parientes pobres, se hablará después.

Momentos antes de empezar la consulta, Miquis fue a la sala, donde Ángel estaba, y llevándole a un rincón, le dijo:«Mala cabeza, fíjate bien en esto. Tu mamá está grave, no debo ocultártelo, y la gravedad de esta clase de lesiones no es independiente, en buena doctrina fisiológica, del estado moral; de modo que éste puede influir en aquella determinando cierto alivio, o dándonos un disgusto cuando menos se piense. Mucho cuidado, Angelito. Si con tantas lecciones y fracasos, no estás decidido a corregirte para siempre de tus locuras, hazle entender a tu madre que lo estás. Dale este consuelo, bruto; ayúdame a combatir el mal».

-¿Puedes dudar que lo haré? ¡Mala idea tienes de mí, Augusto!

-Y otra cosa. La primera entrevista, que sea natural, sin aquello de ¡madre mía, hijo mío! Nada de escenas de teatro. Yo me encargo de prepararos la anagnórisis, de modo que entres y la saludes como si la hubieras visto ayer. Siempre será difícil evitarle una emoción intensa; pero con tal que sea expansiva y no nos vengan después fenómenos deprimentes, no importa. Cuidado, Ángel, domina tu carácter, ponte un freno, y si es preciso un bozal; conviértete en el hombre más comedido, más burgués, más neutro y más anodino del mundo.

Guerra le contestó con un fuerte apretón de manos, y cuando Miquis y los dos médicos pasaron a ver a la enferma, quedose en la sala, aguantando la visita de dos amigos íntimos de la casa, el marqués de Taramundi, inquilino del cuarto segundo, y D. Cristóbal Medina. Uno y otro son conocidos maestros, el primero como hermano del Amigo Manso, el segundo como esposo de María Juana, una de las tres casadas que dieron tanta guerra a nuestro amigo Bueno de Guzmán, y ambos eran tipos acabados de la ciudadanía correcta y sensata, del estado llano con pretensiones directivas, hombres de menguada inteligencia y de instintos acomodaticios y vividores. Si Guerra les profesaba cordial antipatía, ellos miraban con el mayor desprecio al desgraciado hijo de doña Sales. En las conversaciones que solían entablar, Ángel les tomaba el pelo, como vulgarmente se dice, ridiculizando las expresiones enfáticas de Taramundi, y los pedestres alardes de sentido común del bueno de Medina, con lo cual doña Sales se volaba, llevando muy a mal que su hijo bromease con personas para ella tan respetables y tan bien ajustadas al canon social. Taramundi, que andaba por aquellos años de puntas con el Gobierno, porque éste no había querido traerle diputado, no hacía más que lamentarse de lo mal que iban las cosas públicas, presagiando desdichas, y viendo en cualquier suceso una catástrofe nacional. Fáciles de contar eran sus pensamientos por lo escasos, su lenguaje pobrísimo y reducido a una escasa baraja de palabras, su tono hueco y retumbante como el de una zambomba. Usaba con abrumadora frecuencia de ciertas expresiones y figuras, y rara vez dejaba de decir: «¿Cuál es la meta a que todos nos proponemos llegar? Pues la meta no es otra que la nivelación de los presupuestos». O bien: «Yo entiendo que hay una meta en la cual el carro del progreso debe detenerse». Y con esto de la meta tenía tan mareados a todos los de la tertulia, que Ángel no hablaba nunca con él sin sacar a relucir también, por chanza, su poquito de meta.

Medina hablaba un lenguaje ramplón, alardeando de campechana claridad y de sentido proverbial y refranesco. Creía que con dos palabras resolvía todas las cuestiones y cortaba las más empeñadas disputas. Se jactaba de expresar la opinión neutra, y malquisto con todos los políticos, no argumentaba más que con los apuros del contribuyente. Limitadísimo en su dialéctica, no había quien le sacara de aquel terreno, y hasta para la cuestión más sencilla y más apartada de las cargas públicas, había de sacar mi hombre el espantajo del afligido contribuyente. Una noche, en trinca de hombres solos, se enfureció tanto Ángel por la terquedad marrullera con que Medina defendía una tesis absurda, que no se pudo contener y le soltó esta barbaridad: «Sepa usted que me revientan las economías, y que me chiflo en el contribuyente».


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