Aura o las violetas: 006

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¡Cuántos años han pasado y siento aún la impresión de aquella escena!

al llevar aquella noche la mano a mi frente, hallé marchitas en ella, las flores de mi corona infantil, cuyas hojas des­prendidas, aun agitaba el viento en aquel bosque, y en el corazón sentí algo como la punta de un puñal que se clavaba en él; ¡Dios mío! era mi niñez que moría con mi ventura; ¡eran los últimos resplandores de mi infancia, que se apagaban para siempre ya!

estrechando contra mis labios, el único ramo de violetas que había recibido de sus manos, me dormí soñando con su amor y mi desgracia; varias veces desperté sobresaltado, y veía a mi madre, ya inclinada al pie de un crucifijo, o ya llorando cerca de mí, y besándome en la frente; la pobre viuda veía acercarse la partida de su hijo, y comprendía que la mitad de su corazón se iba con él;

al día siguiente, empapado por las lágrimas de aquella madre amorosa, y las de mis hermanas, dejé la casa de mis mayores con el corazón transido de agonía; a poca distancia de allí, me hallé frente a la casa de Aura; a las primeras luces del día, vi una sombra que se dibujaba tras de las cortinas de un balcón; el corazón la reconoció:  ¡era ella!

la ventana comenzó a abrirse, y una mano blanquísima asomo; creí que iba a llamarme; no sintiéndome con fuerzas Para aquel último sacrificio, me incliné sobre el caballo, le clavé las espuelas, y partí como un rayo... atravesé el río, y pronto me encontré en el recodo del camino que me ocultaba a la vista de los de la casa; allí me alcanzó el criado que me acompañaba, y me entregó lo que había recogido al pie del balcón: era un ramo de violetas, atado con una cinta blanca, en cuyos extremos se leía trazado con lápiz: –de un lado ¡adiós! –del otro, Aurora;

acerqué mis labios a aquella reliquia cariñosa, y seguí mi  camino, diciendo con el alma, un adiós a aquellos bosques queridos, que habían sido la cuna de mi amor, los amigos de mi niñez y los testigos de mi felicidad; cada uno de ellos era un recuerdo querido; bajo su sombra protectora había fabricado mi espíritu soñador, sus mejores castillos de ilusión, y había pulsado la lira, en los primeros ensayos de mis cantos;

allí dejaba mi amor; jirones de mi virtud, y recuerdos de mi infancia, y sólo llevaba, en cambio, un puñado de violetas símbolo de tanta pasión, tanta felicidad, y tanta angustia