Aura o las violetas: 008

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Dominado por mis tristes pensamientos, y perseguido por amargas reflexiones, llegué una tarde al sitio de «Las Violetas» testigo en otro tiempo de mi felicidad; todo estaba lo mismo los árboles gigantescos, dando siempre sombra, a la casta mansedumbre de esas flores; las mismas enredaderas, tejiendo guirnaldas sobre la frente de los arbustos; la misma soledad, la misma calma; pero en vano, busqué una huella de nuestra última visita, no la hallé; el viento no guardaba ya, ni memoria de nuestras palabras; nuevas flores habían brotado en el suelo; nuevos vientos habían soplado en la espesura, y murmullos y voces, muy distintos, traía la brisa en sus flotantes alas; las violetas, daban su perfume de siempre, abrillantando sus morados pétalos, con la luz amarilla del crepúsculo; cogí algunas, y las llevé a mis labios, ¡ay! no eran las mismas que ella acarició con su aliento, cuando niños, y tímidos, llegamos allí, a decirnos el postrer adiós;

ante aquel bosque, tabernáculo de nuestro amor, poblado de tantas memorias, y tantos recuerdos, permanecí absorto y meditabundo, como un hijo en presencia del sepulcro de su madre; ¡aquella era la tumba de mi felicidad!

también, la tarde expiraba, como aquella tarde de mi des­pedida, las aves voloteaban sobre mi cabeza, y las blancas pasionarias, abrían sus hojas pálidas, a los besos de la noche, que avanzaba; pero ¡ay! el dolor que embargaba mi alma, era más profundo, que el de aquella otra tarde; me recliné sobre el sitio en que habíamos estado juntos, y allí permanecí largo rato, como abrazado a su memoria, y dormido en el regazo del recuerdo.

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Cuando me puse en pie, era ya de noche; me dirigí a la casa, atravesé sin ser sentido, los corredores y entré a la sala;

al pasar el umbral de la puerta, me estremecí, como deslumbrado por un rayo, y di un paso atrás; Aura estaba allí, sola, reclinada en un sofá, y en un momento de completa abstracción; tenía su hermosa cabeza, apoyada en una mano, cuyo brazo se hundía en el fondo carmesí de un cojín, y, sus hermosos cabellos, caían hacia atrás, como para formarle una aureola d esplendor; la luna, que penetraba a través de las vidrieras, y cortinaje del balcón, dejaba caer la luz sobre su rostro pálido, con ese tinte amarillento y triste, con que baña las hojas mustias de - azucenas que ha desgajado el viento en la espesura; tenía un aspecto tan abatido, que me detuve a contemplarla;

no se dio cuenta de mi llegada, o no tuvo fuerzas para huir, porque permaneció inmóvil; avancé hacia ella.

–Aura –le dije con un acento débil;

Entonces levantó la frente;

al sentir después de tanto tiempo, la luz de su mirada sobre mí al verla tan cerca, al comprender en su aspecto que sufría, no pude contenerme; los recuerdos de mi amor, y de mi sufrimiento, brotaron a mi mente, y me arrojé a sus plantas; tomé en las mías, sus manos heladas, las cubrí de besos y de lágrimas, y recliné sobre ellas mi frente angustiada;

ninguno de los dos acertábamos a hablar una palabra; últimamente, yo rompí el silencio; conmovido y sollozante, le hablé de mi amor, de mi desesperación, de su indiferencia; hice pasar ante ella, los recuerdos de nuestra infancia, sus promesas, y las horas de nuestra felicidad; le dije, cuánto había sufrido y llorado, aquella tarde en *Las Violetas*, y, le pedí piedad para mis dolores; al fin, cuando con toda la vehemencia de mi alma, la acusé de su perjurio, y la hice cargo de la desgracia de mi vida, agitada por los sollozos, juntando sus manos y acercándose a mí, en un ademán de infinita desesperación, me dijo:

–Perdóname, perdóname, yo no tengo la culpa;

y, volvió a caer cubriéndose el rostro con las manos;

alentado por aquellas palabras, redoblé mis súplicas, mezclando con ellas, el nombre de Dios, y la memoria de su padre; los ojos cubiertos con la mano, que sostenía su pañuelo de batista, la cabeza inclinada hacia atrás, ensimismada y sombría, no me respondía nada, parecía no oírme siquiera;

herido como un tigre, por aquello que yo reputaba indiferencia, me levanté furioso, arrojé el insulto a su cara, fingí sentir desprecio por ella, y con extraña vileza, le hice una acusación cobarde...

pálida y muda, ante aquella humillación, no lanzaron sus labios una queja alzó sus grandes ojos bañados de lágrimas al cielo, bajó la frente y prorrumpió a llorar;

conmovido con tanta abnegación, volví a caer a su lado, implorando el perdón de mi falta; estreché sus manos, recliné su frente sobre mi pecho, y agasajé sus cabellos; se dejaba acariciar como una muerta; ceñí su talle con mi brazo, y la traje sobre mi corazón, entonces exhaló un gemido.

–Aura, Aura mía–le dije entonces–, ¿por  qué me has aborrecido?

como despertando de un sueño sacudió su pálida cabeza y clavando en mí sus ojos llenos de ternura y de pasión, estrechó mi mano contra su pecho, y me dijo:

–Sé generoso, perdóname, y ten compasión de mí;

después, mirándome fijamente murmuró:

–¡Cuánto has sufrido, amor mío!... y, apartando los cabellos, que habían caído sobre mi frente angustiada, aplicó a ella los labios; al contacto de aquel ósculo pasaron todas las nubes de mi desgracia, y me sentí de nuevo revivir.

–¿Me amas aún? –le dije.

–Sí, mucho, mucho –respondió tan triste, como el ge­mido de un ave moribunda.

–¿Me olvidarás?

–¡Nunca!

–Entonces, ¿por qué me has hecho sufrir tanto?

–Calla, por Dios, no me preguntes nada –dijo, y selló mi boca con su mano;

el amor, la soledad y la sombra, nos rodeaban;

recliné mi cabeza enloquecida sobre su seno, y caímos en un éxtasis de pasión...

poco después, la voz de una de mis hermanas, se oyó en el corredor llamándola; entonces, volvimos a la realidad de la vida; me estrechó por última vez, y se levantó sobresaltada; arrancó con mano temblorosa, un ramo ajado de violetas que adornaba su pecho y me lo dio; conservé aún por un momento, su mano entre las mías.

–Adiós –me dijo con un estremecimiento nervioso; había en su voz, algo de solemne, y me pareció como salida del fondo de un sepulcro.

–¿Cuándo nos volveremos a ver?

–Muy pronto.

–¿Y, entonces, me lo explicarás todo?

–Sí, mañana lo sabrás todo.

–Ingrata –iba a decirle, pero cuando fui a llevar su mano al corazón, había desaparecido como una sombra;

quise perseguirla, mas cuando llegué a la puerta, el ruido de sus pasos se perdía en el aposento de mi madre; abrumado de emociones contrarias, me arrojé sobre el mismo sofá, que ambos acabábamos de abandonar, y un tropel de pensamientos diversos, vinieron a hacerme compañía.