Aura o las violetas: 011

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La aurora, del día fijado por mí para ir a la ciudad, llegó al fin; aunque había estado algunos días privado de sentido por la fiebre, según mis cuentas, y lo que me parecía haber oído a mis hermanas, aun tendría tiempo para hablar con Aura y realizar mi plan; era preciso ocultar mi pensamiento, pero, ¿quién podría imaginar que en el estado de postración en que me hallaba, pensara en moverme de mí lecho? nadie;

eran las cuatro de la mañana; todo estaba en silencio; hacía una hora, que mi madre había vuelto a recogerse, después de darme la última cucharada del medicamento; mis hermanas, que habían velado hasta muy tarde, dormían también; entonces, levanté mi frente, pálida como la de un espectro, y asomé la cabeza fuera de las cortinas del lecho; estaba completamente solo; tomé la ropa, que el criado convenido conmigo, había puesto allí, y comencé a vestirme; pero muchas veces tuve que cesar en esta faena, porque me faltaban las fuerzas; cuando, haciendo un esfuerzo supremo, me puse en pie, sentí un zumbido horrible en los oídos, me faltó la vista, y tuve que asirme a las columnas del lecho para no caer; pero la robustez de la edad, y el fuego de la pasión, me sostenían; cobré nuevas fuerzas y comencé a andar; al pasar por cerca de un diván, que estaba en mi mismo aposento, me detuve conmovido: la mayor de mis hermanas estaba allí, había velado mí sueño hasta que cayó rendida. Eva, momentos antes de despertar al mundo, al lado de Adán, no debió de estar más bella; casi todo su cuerpo se ocultaba bajo el manto negro de sus cabellos destrenzados, que sólo dejaban ver a trechos sus vestidos, y el perfil admirable de su rostro; así se duermen las palomas blancas, bajo el manto de sombras de la noche; dormía tranquila y su respiración era igual, como la de un niño en la cuna; ni una nube empañaba aquella frente castísima; ¿qué podía turbar aquel sueño de virgen, en esa edad en que sólo se sueña con los ángeles y Dios? ¿qué borrascas podía haber en aquel corazón, inocente, ajeno del mundo y sus dolores? la tranquilidad es el privilegio de la inocencia, y ella dormía bajo este amparo; tuve ímpetus de despedirme de ella, con una caricia, pero temí que despertara; recogí del suelo el abrigo con que había cubierto sus plantas, y que había caído al suelo, y volví a cubrirla con él; seguí mi marcha, mis pasos se apagaban en la alfombra, y nadie podía oírme; al pasar frente a un espejo, me sorprendí, podía reconocerme, parecía un cadáver;

tuve que atravesar el aposento de mi madre, contiguo al mío, ella dormía, pero no tan tranquilamente como mi hermana: sin embargo, tenía su rostro esa apacible dulzura  que lo caracterizó siempre; arrojé sobre ella una mirada de ternura; su faz estaba ennubecida, como si un pensamiento muy triste la poseyese, su sueño era inquieto y agitado, profundos suspiros se escapaban de su pecho, y en la contracción de su frente, y el aspecto angustiado de su rostro, se adivinaba bien cuánto sufría; ¡ay! la imagen de su hijo desgraciado vagaba en el pensamiento de aquella mártir, agobiada ya por tantos infortunios; ¡pobre madre mía! ¡mis dolores le robaban hasta la paz del sueño! quise posar mis labios, en la mano que reposaba sobre la colcha de damasco rojo, no me atreví a hacerlo, por temor de despertarla; seguí mi camino; me sentía sobresaltado, y tenía remordimiento de abandonarla así, furtivamente, sin recibir su bendición, como lo hacía siempre que salía de casa; iba ya a pasar el umbral de la otra habitación, cuando mi madre se quejó débilmente; creí que me llamaba, me volví; pero no, seguía dormida; ¡ay! aquel gemido era algo como una reconvención, como una queja; ¡qué extrañeza, qué dolor, qué desesperación, se apoderarían de ella, cuando dentro de pocas horas, al acercarse a mi lecho, lo encontrara vacío!... ni esta consideración pudo detenerme; mi resolución estaba tomada; atravesé el salón, y abrí la puerta que daba al corredor; estaba aún muy obscuro: la brisa helada de la cordillera, pasó obre mi frente, como la mano de un muerto; sin embargo, avancé, aunque me sentía muy mal; el ambiente estaba húmedo, y el aire gemía melancólico en los árboles del patio, formando murmullos misteriosos, en los ángulos de los corredores, y en los pasadizos; las blancas columnas de piedra de la antigua morada, formadas en  hileras, me parecían las sombras de mis mayores, que se alzaban para detenerme; la casa estaba medrosa, los criados dormían todos, y sólo Pablo, mi compañero desde niño, me esperaba al pie de la escalera; me cubrió  bien, con el abrigo que llevaba, para impedir la acción del frío, y comencé a descender; difícilmente llegué al piso bajo; me sentía desfallecer; sin embargo, estaba resuelto morirme o a salvarla;

el coche nos esperaba ya, en la puerta de campo, sigilosamente llevado allí por Pablo, que lo había preparado todo; me quería entrañablemente, y mi sufrimiento, le hacía cometer estas locuras; me arrojé sobre los cojines del carruaje, y partimos galope;

el coche, se deslizó primero, por sobre la menuda hierba de los potreros, y pocos momentos después, salimos al camino real la fiebre me devoraba, me dolía la cabeza horriblemente, tenía los pies y las manos helados, y la sed me consumía;

a poco rato empezó a despuntar el día, y el aire refrigerante de la mañana, me dio un poco de vigor; mandé descubrir! el coche, y me puse a contemplar el campo; el crepúsculo matutino daba un tinte bellísimo al paisaje; tras de los cerros del Oriente, empezaba a brillar la aurora, con una luz blanca, apacible, que se iba extendiendo poco a poco sobre el cielo, a medida que las sombras se retiraban en tropel; la naturaleza empezaba a despertarse alborozada, como uní niño que abre los ojos al sentir el aliento de su madre, que se inclina sobre la cuna; los árboles se balanceaban suavemente, como para sacudir el letargo de la noche, y las aves en los nidos, despertaban sus hijuelos, con arrullos amorosos; el rocío suspendido en los ramajes, y brillando en los helechos, semejaba los brillantes dispersos de un collar, que hubieran dejado allí las visiones nocturnas, al emprender el vuelo, sorprendidas por la aparición del día; las hierbas húmedas, exhalaban perfumes exquisitos; las inmensas vacadas, se veían esparcidas en los potreros, o recogidas en los establos, mientras los ternerillos encerrados, bramaban impacientes;

los campesinos, aparecían desperezándose a las puertas de sus casas, y me saludaban, admirados de verme cruzar el campo a aquellas horas; las casas de las haciendas vecinas, se veían retiradas del camino, y medio escondidas a la sombra de los árboles que las rodeaban; poco después, era completamente de día; habíamos andado mucho, en pecas horas; el sol se levantaba majestuoso, derramando torrentes de luz en el espacio, la mañana era espléndida; el cielo semejaba insultar mis dolores con la alegría que comunicaba a la naturaleza: todo parecía sonreír en presencia de un alma que lloraba, y tanta luz de afuera, no alcanzaba a iluminar tanta tiniebla de adentro;

iba tan embebido en mis pensamientos, que no me di cuenta de nuestra aproximación a la ciudad, hasta que el ruido del carruaje, sobre el empedrado del puente, que está a la entrada, me hizo advertir que habíamos llegado.

–A su casa –le dije a Pablo, quien debía comprender­me  ya;

–Sí, señor;

atravesamos gran parte de la ciudad;

de repente, el eco de una música no muy lejana, vino a herir mi oído: presté atención, y como caminábamos en la mis- a dirección, pronto oí claros los sonidos; era música sagrada a pocas calles, estuvimos frente a la iglesia en que tocaban; no sé explicarme por qué, pero instintivamente dije a Pablo:

–Para;

detuvo los caballos, y me abrió la portezuela, salté afuera y me dirigí al templo; la música seguía en el coro, y sonaba a mi alma como los acordes de un himno fúnebre; los perfumes del templo, las vibraciones de la música, los murmullos de la oración, parecían celebrar las nupcias de la muerte;

el corazón, presentía una gran desgracia, y, sin embargo, palpitaba acorde, con la tranquilidad de la víctima, que se apresta a recibir el último golpe;

¡pobre corazón mío!...

me detuve, vacilé un instante, y me lancé adentro;

la iglesia, estaba engalanada de blanco, como para las exequias de una virgen, pero los concurrentes, demostraban asistir a uno de esos actos, mitad religiosos, y mitad profanos, que se ven con tanta frecuencia; el lujo de los atavíos, el tocado de las señoras, la disposición de los asientos, me demostraron la naturaleza de la ceremonia: era un matrimonio; al primer golpe de vista, lo comprendí todo, el corazón en la desgracia no se engaña... ¡había llegado tarde! ¡el sacrificio estaba consumado!... y, sin embargo, tuve aliento para avanzar; ¿fue resignación, demencia o valor? yo no lo sé; sería la resignación de la impotencia, la demencia del dolor, o el valor de la desesperación; ese valor que hace sonreír a un condenado a muerte, en las gradas del patíbulo, como una maldición contra sus verdugos, y lo hace tender con orgullo el cuello a la cuchilla homicida; era el destino que por presenciar mi agonía, me daba valor para resistirla; así lo hacían los Procónsules romanos, con los primeros mártires del cristianismo: no los mataban de un golpe; era la cobardía feroz del infortunio, cebándose en su víctima;

pálido, con las huellas de la fiebre en la faz, los cabellos en desarreglo y el aspecto de un loco, subí por la nave derecha ~del~ templo hasta colocarme frente al altar; allí, los pude ver de cerca, el anciano  demostraba la felicidad completa; tenía el semblante severo y dulce al mismo tiempo; en su frente se leían la bondad y la honradez; sus cabellos blancos, caídos sobre la' sienes, y su aspecto agotado y venerable, hacían triste contraste con la blonda cabellera y la divina juventud de Aura, cuya belleza resaltaba más, bajo los blancos pliegues de su manto y su hermosa corona de azahares; así, postrada de rodillas, y con aquellos atavíos, parecía más una niña llevada por su padre, a hacer la primera comunión que una esposa, al lado de su esposo, en el acto de tomarse la mano para seguir juntos la senda de la vida; sus ojos no osaban alzarse hasta el altar; estaba resignada, con esa dulce mansedumbre con que debió inclinarse el hijo de Abraham, para recibir el golpe mortal, de manos de su padre, y la hija de Jefté para marchar al sacrificio; así caminaban sin vacilar las vírgenes cristianas a la hoguera; al lado de aquel anciano que iba a poseerla, Aura se veía más bella, con la aureola de la juventud y del martirio; era la primavera, al lado del invierno; la vida cerca de la muerte; la luz de la mañana, impulsando al Occidente las últimas sombras de la noche; una espiga, tocada por el hielo; una flor, bajo una capa de escarcha; una parásita, en la cima de un nevado; eran, el pasado, y el presente, en un abrazo estrecho; la cuna y la tumba, que se daban un beso misterioso; florida enredadera, que se adhería a un tronco anciano, tal vez lo arrastraría en su caída; ¡qué tristes, eran aquellas nupcias, del infortunio con la ancianidad!

mudo como una estatua, oculto a sus miradas, y, apoyado en una de las columnas del templo, los contemplé largo rato; ¡qué pensamientos ocurrieron entonces a mi imaginación! hubiera querido en mi desesperación, matarlos ambos de un golpe, y perecer con ellos; pero, mis labios no se movieron, mis pies no avanzaron una línea;

en aquel momento, el sacerdote levantó la hostia, y los concurrentes doblaron la cabeza, como si el aliento de Dios, pasara sobre ellos; incliné la frente, y desamparado del mundo, levante el alma a Dios; así permanecía absorto, en un reclinatorio, y cubierto el rostro con las manos;

cuando levanté la frente, la ceremonia había acabado; entonces me puse de pie; los dos esposos, bajaban del altar cogidos de la mano; me adelanté hacia el grupo de los convidados, penetré en él, hasta llegar a la primera fila, asomé mi cabeza enloquecida y sombría, y pronuncié su nombre...

Aura, como herida de un rayo, volvió a mirar; a la vista de mi rostro cadavérico, y mis ojos extraviados» por la fiebre y el insomnio, dio un paso hacia atrás:  ¡Dios mío!... exclamó, y cubriéndose el rostro con un pañuelo, se apoyó  en el brazo de su esposo, y avanzó temblando hasta el carruaje que la esperaba en la puerta; el concurso la ocultó mis ojos; sin embargo, la seguí con el alma, y quedé clavado allí; el ruido de los coches que desfilaban, se escuchó pronto, anunciándome su desaparición;

todos salieron, las luces del altar se apagaron, el órgano calló en el coro, y el silencio imponente de los templos me rodeó; Entonces, solo, bajo aquellas naves solitarias, comprendí toda la inmensidad de mi infortunio; la Religión y el llanto, consuelo de los desgraciados, me negaban su amparo: la duda había matado la fe, en el corazón, y el dolor, había agotado e] llanto en las pupilas; me sentía ahogar, el cerebro parecía querer saltar en pedazos, a fuerza del tropel de pensamientos, y el cuerpo se sentía débil para contener las borrascas del alma... ¡ni una oración en los labios, ni una lágrima en los ojos!... de súbito me faltó el aliento, creí que la razón me iba a abandonar, y me pareció sentir en la frente el beso helado de la locura; llevé las manos al pecho, y exclamé con desesperación:

–¡Madre mía, madre mía!

a la virtud de aquel nombre, como de la roca al contacto de la vara de Moisés, saltaron de mis ojos, los torrentes de llanto, y al mirar con el alma la imagen de mi madre, vagando en mi rededor, vinieron a mi memoria, y brotaron a mis labios, aquellas palabras con que ella me dormía; alcé los ojos al Nazareno expirante, y exclamé:

–Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo;

junté las manos y bajé la frente.

 

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


Un momento no más, duró aquel éxtasis bendito;

volvió la tempestad a rugir en el cerebro, la sombra a aposentarse en la conciencia, el dolor a apoderarse del alma, y la memoria, como barquilla sin lastre, a perderse en el mar de los acuerdos; entonces, como cruza un cielo preñado de electricidad, la luz fosforescente de un relámpago, cruzó las sombras de mi mente un pensamiento; ¡Eureka!, pareció gritarme el genio del mal, desde el fondo de la conciencia; creí que estaba salvo, entonces sonreí; mi sonrisa era convulsiva y triste, como la de los locos; vaga y sombría; tenía tintes de crimen, de delirio y de sepulcro;  la sonrisa de la desesperación, que cree burlarse del dolor, esa sonrisa que lo hace a uno exclamar con el poeta: "Me duele el corazón, pero me río"; lágrima, que escapada del corazón, no alcanza a llegar a los ojos, y se derrama por los labios; el dolor también tiene sus sonrisas; ¡qué horribles son las sonrisas del dolor!...

Pablo, y dos jóvenes más, enviados por mi madre, entraron al templo en busca mía; era ya tiempo, porque decaído el ardor febril que me sostenía por la fuerza de las emociones, empezaba a desfallecer; sostenido por ellos abandoné el templo;

poco antes de llegar a la puerta, por el mismo camino que la comitiva había llevado, mis pies tropezaron con un objeto, me incliné para recogerlo:  ¡era un ramo de violetas! ¿había sido desprendido del traje de Aura, o dejado caer por ella, en el acto de la sorpresa? ¿era aquello una casualidad o era un recuerdo? yo no lo sé, pero al acercarlo a mis labios, me pareció notar que las gotas de su llanto, le habían servido de rocío; lo guardé sobre mi corazón; me lancé adentro del carruaje y grité:

–A casa.