Aura o las violetas: 012

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Era ya tarde, cuando el coche se detuvo en el patio de la hacienda; en todos los rostros, se leía la ansiedad, y la tristeza; en el descanso de la escalera, hallé a mi madre, que venía a recibirme, tratando de ocultar las huellas del llanto.

–¡Hijo mío! –exclamó al verme, y se lanzó a mis brazos; luego me brindó el suyo, para servirme de apoyo, y acabamos de subir juntos;

ni un reproche, ni una reconvención, asomó a sus labios, pero sus miradas estaban llenas de quejas contenidas, y tenían esa dulce ternura que sólo saben acendrar las madres; su amor hacia mí, había aumentado desde que era tan des­graciado; he ahí la condición del amor materno; único afecto al cual la desgracia hace aumentar el cariño al ser amado; ved adondequiera: el hijo más infeliz, es el más querido *de* la madre; aquel a quien la naturaleza, ha negado sus dotes físicas, o intelectuales, tiene mayor parte en el amor de la madre, el idiota, el enfermo, el extraviado, he ahí el hijo predilecto, el criminal mismo, a quien la sociedad rechaza, la madre no lo repudia nunca; siempre en sus labios, hay un beso para nuestra frente, una disculpa para nuestras faltas, un consuelo para nuestros dolores;  siempre en sus labios, palpitan estas palabras: ¡pobre mi hijo! ¡pobre hijo mío!;

un canto de dulzuras infinitas, de infinitas ternezas, de arranques de generosidad, de desprendimiento, de abnegación, de sacrificios, de lágrimas, y de caricias; he ahí el poema del amor materno;

la madre, como la escala mística de Jacob, es el lazo que nos une a Dios;

entre Dios y los hombres, la madre;

entre Jesús y la humanidad, María;

la pasión del Cristo, es un gran poema, el poema más grande de la humanidad; casi siempre se lee con lágrimas en los ojos, pero ninguna de sus escenas, conturba tanto, como el encuentro con su madre;

quitad a María, de la vía dolorosa, y habréis quitado a aquel drama sublime, si no su grandeza, sí toda la sublime poesía de su ternura;

de la madre, a Dios, no hay sino un paso;

yo no he podido dudar nunca de Dios, porque he visto sus reflejos en los ojos de mi madre;

he tenido que forjarme la ilusión de un cielo, porque lo necesito para ella;

he tenido que creer en el premio de los buenos, y de los mártires, porque ¿cómo imaginarme que aquella santa mujer, que ha recorrido tantas escalas del martirio, no será premiada por Dios?

yo, he podido comprender, lo que es la virtud llevada al heroísmo, porque he tenido a mi madre por modelo;

yo, no he podido concebir nunca, que haya hombres que no quieran a su madre, porque si los hay, son bestias feroces con aspecto humano;

¡ay! ¡qué hubiera sido de mí, sin mi madre, sin este amparo en mi desgracia, sin este ángel cuyas alas se han interpuesto siempre entre el dolor y yo; estrella cuyos blancos resplandores han caído sobre mi frente, en esta noche eterna y borrascosa de mi angustia!

¡Madre del corazón! ¡Madre del alma! ¡tu recuerdo, sólo es un consuelo en mis dolores!

una vez en el aposento, ella misma me ayudó a recogerme; mis hermanas, con semblante cariñoso y triste, arrojaban abrigos sobre mis pies, mientras ella, me tocaba con vaga inquietud la frente, y me cogía las manos; ella temía una recaída, y trataba no obstante, de ocultar sus presentimientos y de engañarse a sí misma;

no se le escapó una sola pregunta indiscreta, la más ligera alusión a la salida de casa, pues sabía que debía mortificarme horriblemente; lo sabía o lo había adivinado todo, y por eso callaba, compadeciendo en silencio la magnitud de mi dolor;

durante el resto de la tarde, y parte de la noche, me esforcé tanto en aparecer mejorado y conforme, que logré con esta astucia, que la familia se recogiera después de las diez; esperé a que todos se hubieran dormido; con la impaciencia del asesino, que aguarda a su víctima o del ladrón, que acecha su presa, había esperado aquel momento-salté del lecho, me envolví en una bata, y me aproximé a la puerta que comunicaba con las otras habitaciones, apliqué el oído, todos dormían... era, pues, la hora; cerré con llave aquella puerta, y miré en torno mío; nadie había quedado adentro; tenía miedo; el zumbido de las alas de una mosca, bastaba para asustarme; la lámpara, encerrada en un globo de cristal verde, daba un tinte amortiguado y sombrío a la habitación; la péndula del reloj se movía a compás, como indicándome el tiempo que me quedaba; los objetos del cuarto, tomaban formas medrosas; todo me parecía poblado de sombras... me acerqué al escritorio, que era el mismo que había servido a mi padre, durante toda su vida; encima, se ostentaba su retrato de medio cuerpo, con su semblante varonil y decidido, demostrando el valor indomable, que lo había hecho en todas partes un héroe; sus grandes ojos, de mirada penetrante y fija, y su bigote negro y poblado, que acababa de dar a toda su fisonomía un aire caballeresco y marcial; vestido de frac negro, no llevaba distintivo ni condecoración alguna, y en su actitud se­vera, parecía destacarse del cuadro, para convencer con esa palabra elocuente y fluida, que le había hecho tan agradable entre los hombres de su época;

al clavar los ojos en él, volví a bajarlos; sentía vergüenza en su presencia; ¡él tan grande, y yo tan pequeño! ¡él tan vale­roso, y yo tan cobarde! sí, porque la acción que iba a cometer, es la más baja de las cobardías, y el más villano de los asesina­tos! ¡y hay quien hable del valor de los suicidas! ¿desde cuándo es valor la retirada vergonzosa en presencia del enemigo? abandonar el campo, en lo más recio del combate, ¿es heroísmo?... el suicidio, es fruto del extravío mental, es una locura, y yo estaba loco; sí, loco de desesperación y de dolor,

me senté al escritorio; era preciso escribirle a Aura, despedirme de ella, decirle que moría pronunciando su nombre, y perdonándola; era preciso dedicarle la última luz de mi alma, tomé la pluma, y con mano temblorosa, escribí estas estrofas.

 

Hoy que llevas la blanca sien ornada
Por la hermosa corona de azahares,
Hoy que ya has roto nuestra fe jurada,
Quiero darte mis últimos cantares;
Hoy que tronchaste mi ilusión amada
Al postrarte a los pies de los altares,
Quiero que escuches mi postrer lamento,
Última luz que da mi pensamiento.
Abandona el festín, y ven conmigo,
Hablemos de los años que han pasado.
¿Me recuerdas? Yo soy aquel amigo
Que siendo niño, jugueteó a tu lado,
Que cuando no teníamos un testigo
Y vagábamos solos por el prado,
Te daba rosas, y sencillamente
Te besaba en los labios y en la frente.
¡Ah! ¿ves aquel hogar que allí blanquea
Medio oculto en el verde naranjal?
Esa era tu morada.
¡Cuánta idea Ella despierta en mi dolor fatal!
¿Cómo al alma impedir que allí te vea
Recostada a la sombra del rosal?
¿Cómo impedir al corazón llagado
Que goce recordando lo pasado?
¿Ves más allá el límpido riachuelo
A cuya orilla te esperaba ansioso?
Él siempre reflejando el mismo cielo.
¿Ves más allá el copudo pomarroso
Que cubrió nuestras horas de desvelo
Cuando en mis brazos te estreché amoroso?
¿Por qué ocultas la faz? Alza la frente
Si ante mí te confiesas inocente.
Nada ha variado allí, el mismo cielo
Siempre limpio hasta el último confín,
Las mismas aves ensayando el vuelo
En los tupidos sauces del jardín;
A la casa cercana al arroyuelo
Con las mismas violetas y el jazmín.
Los mismos nidos siempre en el bambú,
Sólo has variado para mi alma, tú.
Tú, solo encanto que adoré de niño,
De mis juegos bendita compañera,
A quien brindé mi virginal cariño
En los delirios de mi edad primera;
Tú, blanco copo de flotante armiño
Que entre los sueños de mi infancia viera,
Tú, que al amor mi corazón abriste,
¡Ay! ¿por qué me olvidaste y me vendiste?
Tú, a quien mi infancia consagré rendido,
A quien le di mi amor de adolescente,
Tú, a quien amé despierto y vi dormido,
¡Quién pudiera expresarte lo que siente
Mi alma infeliz al ver que te ha perdido!
¡Quién pudiera borrarte de la mente
Y hundirte para siempre en el olvido!
Por este débil corazón me pierdo
Porque quiere vivir de tu recuerdo.
Yo no sé si culparte o defenderte;
No sé explicar traición tan atrevida.
Tú, que alardeabas siempre de ser fuerte:
¿Por qué fuiste a amargar así mi vida
Vendiendo ante el destino cruel tu suerte,
Al postor de más oro?  ¿Por qué uncida
Fuiste a jurar al pie de un Dios sagrado
Ser de un hombre que nunca habías amado?
Yo vi temblar tu planta vacilante
Al marchar al altar do te inmolaban,
vi palidecerse tu semblante,
los azahares en tu sien temblaban;
Te vi casi caer en el instante
En que tus puros labios pronunciaban,
Con apagada voz, los juramentos
Que nuestra antigua dicha hacían fragmentos.
Yo también vacilé, mis tristes ojos
Fijos en ti, querían anonadarte,
Al oír el juramento caí de hinojos,
¡Y juré, por mi madre, perdonarte!
al contemplar los fúnebres despojos
De aquel amor que vengo a recordarte,
Sentí huérfana el alma y solitaria
alcé por ti a los cielos mi plegaria.
Al fin todas las luces se extinguieron,
También el canto se extinguió en el coro;
El templo abandoné, los que me vieron
Advertirían las huellas de mi lloro.
¡Y qué me importa a mí, si comprendieron
Que te amo con delirio y que te adoro,
Si hoy te lo digo en esta despedida
Que te doy con el alma y con la vida!
Adiós, mujer, si acaso a tu ventura
Faltaba el sacrificio de la mía,
Ahí la tienes también; ¡adiós, perjura!
Que seas feliz, pues nunca en mi agonía
Podría yo contemplar que la amargura
Tu vida entristeciera un solo día.
¡Adiós! en prueba de mi inmenso encono,
¡Te saludo al morir, y te perdono!
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

 

En estos versos derramé toda la hiel y las tristezas de mi alma; los coloqué bajo de un sobre, con una súplica para que fueran enviados a su destino, y los arrojé sobre la mesa; pensé escribir a mi madre, pedirle perdón, y excusarme ante ella; mas, ¿cómo disfrazar mi acción? ¿cómo disculparme del abandono en que iba a dejarla?... era mejor callar; arrojé la pluma lejos, y reuní todas mis fuerzas; abrí con mano convulsiva, un cajón del escritorio, y hallé lo que deseaba; mi revólver estaba allí; a su vista, mis ojos brilla­ron de alegría, y sin embargo temblé; al cogerlo en mis manos, para cargarlo, estaba confuso, apenas acertaba a poner los proyectiles; cuando estuvo listo, volví a mirar; estaba aún solo, algo como el silencio del sepulcro me rodeaba ya; ¡los momentos avanzaban!... hice el último esfuerzo, y llevé el arma a la sien; el frío de la muerte me tocó; en aquel momento levanté los ojos, y al ver el retrato de mi madre, exclamé como una despedida, montando el arma fatal:

–¡Madre del alma!

–¡Hijo mío, hijo del corazón! –escuché decir detrás de mí;

el arma rodó, a mis plantas, y en mi frente en vez del plomo suicida, sentí posarse los labios temblorosos de mi madre, que había entrado por la puerta del corredor; pálida, convulsiva, nerviosa, me tocaba como para convencerse de que estaba vivo; me miraba, pero sus ojos tenían una fijeza extraña, y rodaban sobre su rostro, las lágrimas, como las gotas de la lluvia sobre las estatuas que adornan los monumentos mortuorios;

súbitamente dio un grito, llevó las manos al pecho, y cayó Poniendo su frente sobre mis rodillas, como para morir sobre su hijo, y luego rodó al suelo...

a la vista de aquella madre infeliz, exánime a mis plantas, el corazón se despertó, toda mi sensibilidad volvió a brotar para ella, y ya no me acordé sino de atenderla;

el dolor, había hecho al fin su efecto, en aquella víctima inocente; ¡era ya demasiado, tanto y tanto golpe asestado a aquel corazón de ángel! me precipité a su lado, la recliné en mi pecho y la llamé con voces desesperadas; a mis gritos acudieron mis hermanas; imposible pintar el dolor que se apoderó de aquellas pobres niñas, que apenas alcanzaban a comprender el drama que se desarrollaba en torno de ellas; recogimos aquel cuerpo tan querido para todos, y lo llevamos a su lecho; poco después, partían en busca del médico, mientras nosotros nos desesperábamos por volver a la vida, aquella madre adorada; ¡qué remordimientos, qué dolor, qué vergüenza se apodera­ron de mí!... al lado del lecho materno velé con el corazón y con el alma; ¡noche de angustia, yo no os podré olvidar jamás! ¡yo no había probado lo que era el remordimiento, y éste era superior a todos los dolores!