Aura o las violetas: 018

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Era la tarde de aquel día, cuya aurora me había sorprendido, velando el cadáver de mi amor;

los últimos convidados, habían abandonado el cementerio; el anciano esposo, había sido arrancado de allí por las súplicas de sus parientes y amigos; sólo quedaban los sepultureros para cumplir su misión;

yo, inmóvil, a la sombra de una tumba vecina, había presenciado todo, y espiaba aquel momento; avancé silencioso hacia el féretro, que estaba a la orilla de la sepultura, abierta ya, como las fauces de un monstruo, para devorarla; a mi aproximación, los hombres encargados del cadáver, y a quienes Pablo, había ya comprometido para el efecto, se re­tiraron;

entonces me acerqué;

hice saltar lejos la cubierta del ataúd, y puesto de rodillas, cerca de aquella mujer, que había sido el encanto de mi vida, tomé con manos temblorosas, las extremidades del paño blanco que le cubría el rostro, y sobre el cual habían arrojado cal, y lo bajé hasta la mitad del cuerpo; entonces, apareció a mi vista, lo que me quedaba de aquel ser, a cuya adoración había consagrado mi existencia; la muerte, empezaba a hacer su efecto; su hermoso rostro, estaba cruzado de manchas moradas, sus labios cárdenos, el óvalo de su faz desencajado, su nariz espantosamente afilada; y, sin embargo, aun así, me parecía bella, con la hermosura majestuosa del sepulcro; levanté su cabeza, la recliné en mi brazo y me incliné sobre aquel cuerpo adorado; posé mi frente, sobre la suya yerta, y la bañé de lágrimas; el frío de aquel cadáver no me helaba; estaba de por medio todo el calor de mi cariño, y mis recuerdos; después, dejé caer mi cabeza, sobre la misma almohada que sostenía la de Aura, y permanecimos así unidos, en aquel abrazo de la muerte; ¡y aun allí, habían de venir a separarnos! ¡la ausencia me la había arrebatado primero; el mundo me la había quitado después, y hoy, la tierra me la reclamaba para convertirla en polvo!...

allí, en aquel coloquio fúnebre, de nuestros espíritus, le conté todas las tristezas de mi vida, desde que nos habíamos separado; todas mis luchas y mi infortunio; la brisa, gimiendo sobre nosotros, parecía traducir en un lenguaje misterioso y desconocido, mis pensamientos; nuestros cuerpos inclinados, a la orilla del sepulcro, estaban mudos, pero ¡ay! nuestras almas, ¡cuántas cosas se dijeron, lejos del mundo, al silencio medroso de las tumbas!... ¡qué de promesas para la eternidad!...

Pablo, vino a despertarme al fin, de aquel enajenamiento; entonces, volví a ponerme de rodillas, después de haber estrechado aquella cabeza querida, por última vez, sobre mi corazón; tomé en mis manos, una de las hermosas trenzas de sus cabellos, y la corté por su nacimiento; ¿era aquello una profa­nación? no, era el reclamo de una herencia, que me pertenecía; acerqué a mis labios, aquella reliquia querida, arrancada a la muerta, y, la guardé cerca a la cartera donde tenía su retrato; ¡ay! qué impresión me produjo la comparación de aquel cadáver casi descompuesto, con el retrato de aquella niña tímida y son­riente; ¡sangrientos sarcasmos del destino! oculté tembloroso aquella imagen que me despertaba tan­tos recuerdos, y tomando en una de mis manos, su pálida cabeza, coloqué en ella la corona de rosas blancas, y de violetas, con que quería adornar sus sienes; y la volví a colocar entre el féretro; arrebaté a sus manos, el ramo de violetas que llevaba, y lo guardé al lado de su cabello; no llevaba la cruz en las manos, como la generalidad de los muertos, porque la había llevado sobre los hombros; cogí una de sus manos en las mías, y la estuve mirando largo rato, con toda la ternura de mi alma; era ya tiempo, los sepultureros habían llegado; me incliné por última vez sobre ella, y le di el postrer y purísimo beso de mi alma; beso que, dado en los labios de una muerta, debió de repercutir en los de un ángel;

cuando levanté la frente, todos lloraban;

fui arrancado por Pablo, del lado del cadáver, y, recostado en el tronco de un árbol, seguí con ojos de idiota, a los sepultureros;

cuando extendieron el paño, y ocultaron su rostro, comprendí que el sol de la ventura se había ocultado para mí; cada martillazo que daban para clavar el ataúd, resonaba en el fondo del alma, y se repercutía en mi corazón; cuando arrojaron el féretro a la sepultura, quise arrojarme también, y Pablo, me cogió de un brazo; ¡entonces me senté sobre una piedra que había allí, oculté el rostro entre mis manos, y lloré la ruina de mis ilusiones!... poco tiempo después, todo había concluido... una cruz de madera, señalaba el lugar donde debía levantarse el mausoleo; caí sobre aquella tierra removida, que guardaba mi felicidad, y la empapé con mi llanto; me abracé a la tosca cruz, y le pedí un consuelo en mi dolor;

gruesas gotas de agua empezaban a caer; el cielo estaba obscuro; la luna, que había pugnado por asomar, entre los nubarrones que la eclipsaban, se había ocultado; así, en las sombras de mi vida, la tranquilidad no había podido asomar en los negros horizontes de mi desgracia; ¡ay! la noche, a pesar de su obscuridad, tiene sus astros que le prestan luz, y la esperanza, astro benéfico que ha puesto Dios en las eternas noches del dolor, no ha vertido su rayo, en las horribles sombras de mi alma.

Pablo me arrancó de allí;

era preciso alejarnos: la lluvia arreciaba por momentos, y la brisa empezaba a gemir fuertemente, entre los cipreses y álamos del cementerio; comencé a alejarme, pugnando a volver a cada pase; al dar la vuelta a una de las calles de árboles, que debía ocultarme su sepulcro, torné a mirar: ¡ay! allí quedaba ella para siempre abandonada; la soledad de la tumba la rodeaba; me parecía que sacaba las manos de entre la tierra para llamarme,.suplicándome que no la dejase sola entre los muertos-quise volverme, pero Pablo, me arrastraba a mi pesar; entonces me acordé de la despedida de Chactas sobre el sepulcro de Átala; ¡ella también, como aquella virgen, quedaba abandonada hasta de mí, que la había amado tanto!... al fin salimos; cuando sentí que la puerta del cementerio se cerraba tras de mí, comprendí que había dejado el corazón adentro;

entré en el coche, y partimos;

la noche era horrible, la lluvia se había hecho torrencial, los truenos se sucedían unos a otros, el viento azotaba los cristales del carruaje, la brisa se había tornado en vendaval, y el cielo no tenía una estrella; era la naturaleza que me ayudaba a llorar.