Aura o las violetas: 017

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¡Había un silencio profundo en toda la casa!...

algunas personas, vagaban por los corredores con aire misterioso; un hálito de muerte, se respiraba allí; un pensamiento me ocurrió entonces: acaso el anciano estaba enfermo... ¡había muerto!... lo confieso avergonzado, sonreí con aquella idea; yo sabía que él, vivía enfermo, y la letra de su carta, demostraba un pulso inseguro y tembloroso; no había duda, habría querido recomendarme a Aura, antes de morir; al pensar en esto, me compadecí de él; pero la idea de que Aura estaba libre, se apoderó de mí; en esto, oí llanto de mujeres, en una pieza inmediata; me pareció distinguir el suyo; no había duda, Aura era viuda; avancé a la sala, no había nadie; empujé una puerta, y penetré en un aposento; ¡todo estaba enlutado!... ¡allí estaba ella!... vestida de negro, alumbrada por cuatro cirios, y tendida en un tálamo mortuorio, reposaba sobre un lecho de violetas, y gasas negras; sólo su esposo la acompañaba; de rodillas, al pie del ataúd, el pobre anciano, con los brazos cruzados sobre el féretro, y la frente inclinada, regaba con su llanto, los pies y el traje de la muerta; cuando entré, parecía rezar; alzó los ojos para verme, y volvió a dejar caer la cabeza, presa de una horrible atonía; su blanca cabellera, brillaba con la luz de las antorchas, como el nevado del Tolima, a los rayos temblorosos de la luna, y parecía un padre al pie del cadáver de su hija;

aturdido con lo que me pasaba, no sabía ni darme cuenta de lo que sentía, pues los dolores morales, son como las heridas físicas: el primer golpe aturde, y al enfriarse la herida, es que empieza el sufrimiento;

me acerqué al catafalco, Aura parecía dormida; me incliné sobre ella, y la besé en la frente; al contacto de aquel beso, pareció querer abrir los ojos para mirarme; ¡cuan bella estaba así, cubierta por las sombras de la muerte! el tinte azulado de los cadáveres, no había des­perfeccionado su divino semblante, y la sombra de sus largas pestañas negras, se proyectaba sobre su rostro como las alas abiertas de un colibrí, sobre el blanco matiz de una azucena; las venas azuladas, surcaban su frente tersa, y, sus labios, estaban aún como plegados, por la última sonrisa que había tenido al ver el cielo; sus manos blanquísimas, cruzadas sobre el pecho, resaltaban en el fondo negro de su traje, como dos rosas blancas, que hubiera arrojado el viento, sobre el mármol negro de una tumba, y entre ellas, atado con un lazo de cinta negra, tenía un hermoso ramo de violetas; a la vista de aquellas flores, y las otras que rodeaban su cadáver, me estremecí, y di un paso atrás; el anciano, que hasta entonces había permanecido con la frente oculta en las manos, se puso en pie, y se acercó a mí; al ver la impresión que aquellas flores me causaban, dijo:

 –Aura, amaba tanto estas flores, que me suplicó que con ellas adornara su cadáver, y cubriera su tumba;

el llanto, largo tiempo comprimido, brotó a mis ojos, los sollozos invadieron mi voz, me cubrí el rostro con el pañuelo y empecé a llamarla a gritos; al ver tanta emoción, el anciano añadió:

–¿La habéis amado mucho?

–Como a una hermana –le respondí;

a la luz de los cirios, pareció que con aquella palabra mentirosa, el cadáver se hubiese enrojecido.

–Fue la compañera de mi infancia, mi amiga más íntima, y más querida.

–¡Ah! entonces sois... –aquí el anciano pronunció mi nombre.

–Sí.

–Ella os amaba mucho, fue el vuestro, el último nombre que pronunció, y sus labios se cerraron para siempre, después de haberos llamado por última vez.

–¡Ah! señor –le dije entonces–, sois muy cruel; ¿me habéis llamado sólo para esto?

–Perdonadme, habéis llegado demasiado tarde; cuando os mandé llamar, no nos pareció que estuviera de muerte; ella misma abrigaba la esperanza de veros, pero media hora después de haberse ido el hombre que llevaba nuestra carta, empezó a agonizar, y a poco, estaba ya en el cielo; ¡ah! señor, ¡mucho os llamaba! murió como un niño que se duerme; hacía apenas tres días que había guardado cama, aunque hacía unos meses que la enfermedad la consumía; ella hacía esfuerzos para aparecer repuesta, pero, desde la última vez que fuimos al teatro, se agravó mucho; desde aquella noche empecé a temer por su vida; el viento de esa noche la mató; ayer se sintió más enferma, comprendió su gravedad, y me llamó a su lado: "Amigo mío –me dijo–, siento que os voy a abandonar," y antes os debo una confidencia; entonces me contó toda su vida, vuestro amor, su sacrificio, vuestra desesperación, y la lucha que su corazón había sostenido, para no mancillar mi nombre, y su virtud, ni con el pensamiento; ¡ay! aquella mujer era una santa.

–Una mártir –respondí yo.

–Sí, una mártir, y yo, que creí hacerla feliz... ¡Dios mío! ¡y en vez de ser su protector, fui su verdugo! ¡yo la he matado! ¡desgraciado de mí! –decía, y se mesaba los cabellos y exclamaba, tomando las manos del cadáver–: perdóname, ángel mío, víctima mía, perdona a tu asesino.

–No os desesperéis así –le dije–, vos no habéis tenido la culpa; el crimen, lo constituye la intención, y vos pensabais en su felicidad.

–Sois muy generoso en consolarme –murmuró–, ¡yo os he hecho sufrir tanto! pero me lo perdonáis, yo no he sido culpable, ¿no es verdad que me perdonáis?

las lágrimas de aquel anciano, me conmovieron hasta el alma.

Os perdono –le dije–, en su nombre, y en el mío, el mal involuntario que nos habéis hecho;

abrí los brazos, el anciano afligido, vino a ellos, y así nos enlazamos, quedando por medio el ataúd; la pobre mártir, sonreiría en la eternidad, al vernos unidos para amarla, y perdonarnos; después el anciano se desprendió de mis brazos y me dijo:

–Ya que la habéis amado tanto, acompañadme a orar por ella;

caí de rodillas sobre el féretro, y posé mi frente sobre la frente inanimada de Aura;

el anciano, volvió a arrodillarse a los pies del ataúd, y sólo se levantaba por intervalos, para besarla en la frente; apartaba los rizos del cabello, que el viento hacía flotar sobre su rostro; arreglaba bien su hermosa cabeza en la almohada, como una madre, arregla en la cuna, al hijo que va a dormir; la mi­raba con una amargura indefinible, y volvía a ocupar su puesto; ¡qué imponente era el dolor de aquel anciano! ¡él, quedaba solo, sin la única luz que alumbraba su vejez; no tenía como yo, el sol de la juventud, despuntando en el oriente, y dándole calor! ¡infeliz! ¡él también la amaba y la perdía!... largas horas permanecimos así; ¡cuántas cosas, le dije al oído a aquel cadáver, que su alma las oiría desde el cielo! ¡cuánto tiempo estuve contemplando aquella frente, tratando de adivinar el último pensamiento, que se había apagado tras de ella, y queriendo descifrar la última palabra, que habían tratado de pronunciar aquellos labios, y que -se había extinguido en ellos, como una ave moribunda, que al extender las alas al espacio, vuelve a caer al nido sin aliento!

su esposo y yo, la velamos hasta que las primeras luces de la aurora, empezaron a entrar por la ventana; al uno, había consagrado su vida por el amor, y al otro, por el deber; mártir de ambos, sus dos verdugos, que la amábamos tanto, la velamos el uno junto al otro.