El cantar del romero: 17

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IV[editar]

Es una historia tristísima:
pasaron tres meses más:
Marica y don Juan vivían
cada vez con más afán;
mas callaban esperando
en silencio cada cual
algo, que a cambiar viniera
su incertidumbre en verdad.
Una verdad que no osaban
a ninguno preguntar,
y que excepto ellos temían
que sabían los demás.
Las gentes con quienes daban
les miraban al pasar
y saludaban de un modo
que les sentaba muy mal.
Parecíales que nadie
les daba franca la faz,
y que todos la palabra
les querían esquivar.
¿Qué había en derredor de ellos?
¿Por qué emanación letal
de su palabra el aliento
no querían respirar?
Y los dos encastillados
en su propia dignidad,
en su aislamiento esperaban
en Dios y en algún azar.
Una tarde, ya al crepúsculo,
se volvían del breñal
a su casa padre e hija,
cuando sintieron detrás
de sí sobre la calzada,
muy sostenido e igual,
el galope de un caballo
que avanzaba; y a la par
echáronse padre e hija,
por instinto natural,
a la vera del camino
para dejarle pasar;
pero al conocer, volviéndose,
al del caballo, don Juan,
de la estrecha carretera
el centro volvió a ganar:
y al llegar a él el jinete,
echando la mano, audaz,
a las bridas del caballo,
le obligó en firme a parar
diciendo: «Pues no se os halla
sino por casualidad,
no quiero yo perder ésta,
señor don Diego.» —¡Voto a…!
exclamó el jinete, alzando
la fusta para vengar
en su atajador osado
un atrevimiento tal;
mas conociéndole, díjole:
«—¡A no ser vos!…» «—Excusad,
dijo don Juan, mi mal modo,
pero tenemos que hablar.»

Y soltando el de Noriega
la brida del alazán
de don Diego, así entablaron
el diálogo: en que a terciar
no llegó, pero sí a oír,
Marica; quien, ¡ojalá
que no oyera lo que allí
oír la hizo Satanás!

D. JUAN. Tres años ha que no entiendo
vuestro proceder falaz
con nosotros: hay pendiente
un compromiso formal
entre nuestros hijos: ¿qué es
del vuestro?
D. DIEGO. ¡Dios mío!, ¿estáis
en eso aún?
D. JUAN. ¿Cómo no?
D. DIEGO. Pues, ¿no sabéis…?
D. JUAN. ¿Qué?
D. DIEGO. Que está
ya hace dos años casado
Fermín.
D. JUAN. ¡Casado!
D. DIEGO. Y no mal:
su mujer es propietaria
de unas minas que les dan
millones: en la parroquia
no hay quien no lo sepa ya,
y creí…
D. JUAN. Pero ¡y mi hija!
¿y su juramento?
D. DIEGO. ¡Bah!
cosas de chiquillos: eran
ambos menores de edad.
D. JUAN. ¿Pues no les dimos nosotros
nuestro asenso paternal?
D. DIEGO. Sin duda: mas vos entonces
no les quisisteis casar,
y él se fué… e ir le dejamos…
y van seis años… y allá
hay muchas novias muy ricas…,
la cosa es natural.
D. JUAN. No, sino villana, indigna,
y falta de probidad.
D. DIEGO. ¡Señor don Juan!
D. JUAN. Mi hija guarda
su fe incólume, y a dar
me vais razón de una afrenta
tan traidora y desleal.
D. DIEGO. Pensadlo, don Juan, mejor:
si fuera del mundo andáis
y no sabéis con el mundo
vivir…
D. JUAN. Yo sé ser veraz
y sostener mi palabra:
debíamos esperar,
y esperamos.
D. DIEGO. Mas seis años…,
cuatro sin cartas…, ¿señal
no era bien clara de que él
lo dejaba caducar
todo?
D. JUAN. Mientras que conserven
ambos prendas…
D. DIEGO. ¡Voto a San!,
¿quién había de creer
semejante terquedad?
D. JUAN. ¿Y quién que fuera el dinero
vuestro móvil nada más?
D. DIEGO. Mas si vos, señor Noriega,
fuisteis el que nivelar
quisisteis la hacienda de ambos,
y él por eso se fué allá.
D. JUAN. Y allá en cuanto vió dinero…
D. DIEGO. ¡Y a quién tenéis que envidiar
vos ahora, que tenéis
más millones que el Sultán!
D. JUAN. ¡Aún os mofáis!
D. DIEGO. ¿Pues no os trajo
el escribano don Blas
hoy un pliego?
D. JUAN. Nada he visto.
D. DIEGO. ¿Por qué vivís junto al mar
siempre como las gaviotas?
Vaya, en vuestra casa entrad,
id lo que os envía Dios
por vuestra chica a tomar.
El inglés se ahorcó por ella,
y en documento legal
la deja por heredera
diz que de una enormidad.
D. JUAN. ¡Estáis en vos!
D. DIEGO. Por la chica
vais a ser vos un Nabab.
¡Vaya una estrella que tiene!
Si queréis, podéis comprar
de aquí a Llanes todo el Valle;
y si a la corte lleváis
a vuestra hija, lo que es
novios no la han de faltar.»

Y así diciendo, don Diego,
espoleando su alazán,
estupefacto dejóle
de la calzada en mitad.
Había anochecido en esto:
y por la mano don Juan
tomando a su hija, llevósela:
y ella se dejó llevar.





El cantar del romero de José Zorrilla

Leyenda en verso: I

Introducción - El bufón de Vidiago: I - II - III - IV - V - VI - VII

Primera parte - Ida: I - II - III - IV - V

Segunda parte - Mariposa: I - II - III - IV - V

Tercera parte - Vuelta: I - II - III - IV - V - VI - VII