El cantar del romero: 25

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VII[editar]

CONCLUSIÓN

Iba ya a amanecer: imperceptible
casi, un albor que aun no era luz, del monte
delineaba el perfil casi invisible
todavía en el cóncavo horizonte,
por encima del cual iba a la hora
a despuntar el sol tras de la aurora.

Nada aún en Vidiago se movía,
ni había aún abierta una ventana;
ni un pájaro en el nido todavía
el polvo de sus plumas sacudía
ensayando el cantar de la mañana:
porque sin luz de sol, no hay en noviembre
ave que cante ni gañán que siembre.

A través de la sombra, que no era
ya negra, sino gris, mas que confusa
no deja bien la forma verdadera
de los objetos distinguir, acusa
de su paso el rumor marcha de gente,
que avanza por la oscura carretera
viniendo hacia el lugar rápidamente.

Son tres, andan aprisa y hablan poco;
pero algo alguna vez se les atrapa
de lo que dicen: uno que en la capa
se emboza mucho cual si hiciera el coco,
decía: «y hoy nació si de esta escapa,
que temo aún que se nos vuelva loco;»
y dijo otro: «si hoy mismo para Vigo
se va, que Dios le salvará presumo»;
y el primero: «eso dije, y ¡fuera!, digo»;
y el tercero exclamó: «si, la del humo»;
y en el lugar entrando, desde luego
echaron hacia casa de don Diego:
y en tal plática, y tres, y allí…, es bien llano,
son el cura, el doctor y el escribano.

La casa de don Diego quedó abierta,
y con la prisa natural y empeño
de los criados en servir al dueño
en aquella ocasión, de ellos desierta:
nada más las mujeres, lo que pasa
sin comprender, quedaron en la casa:

Con que, en ella al entrar, del edificio
los bajos y exterior, cuadra, cochera,
cuanto en las dependencias del servicio
por acudir la gente a la litera
descuidado quedó, los tres cuidaron
de volver a ordenarlo de tal modo,
que no quedara rastro ni resquicio
del cómo y del por qué la abandonaron
horas antes: y al orden vuelto todo,
la escasa y femenina servidumbre
que apareció, sintiéndolos, mandaron
a emprender las faenas de costumbre;
y mientras esto a los tres entretenía,
alboreó, saltó el sol y fué de día.

Entonces en silencio la escalera
subieron todos tres; y claro era
que lo que a aquella casa a hacer tornaban
ya acordado traían, de manera
que en lo que iban a hacer no vacilaban.
Pero al subir, en su aire y movimientos,
tardos éstos y aquél algo abatido,
se leían sus tristes pensamientos,
recelos y tal vez presentimientos
por lo en aquella casa sucedido.

Y a fe que tras la escena imaginaria,
fatídica, letal, maravillosa
como acción de leyenda visionaria:
de aquella vuelta real y misteriosa
y aquel rápido fin de Mariposa,
visión primero torva y funeraria,
mujer viva y después fresca y hermosa,
no era, en verdad, apetecible cosa
el volver a la estancia solitaria
do su cadáver sin guardián reposa:
mas del cura, el doctor y el escribano
era la obligación, aunque enojosa,
la ley de oficio y el deber cristiano.

Creyente el cura, el médico curioso,
y un tanto el escribano receloso,
de la puerta al lindal del aposento
en que estuvo Fermín, con gesto grave
llegaron; y el doctor tras un momento
de espera al capellán pidió la llave.

Mientras en su ancho bolso la buscaba,
dijo don Blas: —Pues cosa un poco fuerte
va a ser. —¿El qué? —Legalizar su muerte,
de cierto sin saber dónde moraba.

El doctor, que es sabido que picaba
de algo materialista y positivo,
le respondió: —¡Bah, bah!, lo que de cierto
hay que saber para enterrar a un muerto
es que dejó de veras de estar vivo:
y ésta yo la pulsé, y de que dió fondo
en la mar de la vida, yo respondo.
Y de manos tomándola del cura,
vuelta a la llave dió en la cerradura.

Entraron: mas cerradas todavía
las maderas, la pieza estaba oscura;
el doctor del balcón la colgadura
corrió, le abrió y entró la luz del día,
y con ella en sus almas la pavura:
porque, muerto ni vivo, allí no había
nadie: estaba la cámara vacía,
y en lugar del cadáver solitario
que dejaron allí… su relicario.


¿Era verdad la tradición? ¡Quién sabe!
Eso dice el recuerdo legendario,
y de Dios en los juicios todo cabe.



Vidiago, 20 de noviembre de 1882.




El cantar del romero de José Zorrilla

Leyenda en verso: I

Introducción - El bufón de Vidiago: I - II - III - IV - V - VI - VII

Primera parte - Ida: I - II - III - IV - V

Segunda parte - Mariposa: I - II - III - IV - V

Tercera parte - Vuelta: I - II - III - IV - V - VI - VII