El cantar del romero: 22

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IV[editar]

En el corazón humano
no ve nadie más que Dios,
y ésta es una historia oscura,
porque lo es del corazón.
Fermín se fué por dinero
para lograr el amor
de una mujer, y con otra
en Méjico se casó.
Según dice, luchó un año
y medio con su pasión:
año y medio…, no fué mucho;
su tío se la apagó
en el pecho en donde ardía,
con un soplo tan traidor
como constante y seguro
por su fija dirección.
Su tío era un tío antiguo
para quien no había —no—
de los del antiguo régimen,
de carácter y tesón:
aunque era manso y flexible
cuando le iba bien y en pro
Su tío le dijo: «es fuerza
darte nueva educación»:
y hora por hora tres años
en educarle empleó
a su modo: no dejándole
la más leve aspiración
propia de él, ni tener suyo
el pensamiento menor,
ni un instante sin asidua
y precisa ocupación.

Halagando su esperanza
e inculcándole el temor
de perderse él y a su padre,
que al enviarle en él fió,
hasta le dictó sus cartas
de estilo y de corrección
con pretexto; y explotando
su amor filial, le fundió
y le amoldó; y otro haciéndole,
por interior y exterior,
le dió otra forma y espíritu:
hasta que ni vió, ni oyó,
ni pensó más que a su antojo:
y echándole en el turbión
de los negocios, haciéndole
viento coger y favor
a su sombra y a su nombre,
y su orgullo y su ambición
fomentando, él, inconsciente,
a sí se le asimiló:
de él hizo un socio forzado,
mercantil, calculador,
frío, práctico, hecho en todo
a ver la especulación,
a buscar la utilidad,
a seguirla ojo avizor,
con constancia, sin caer
en falta ni en distracción,
sin dejarse seducir
por nada alucinador;
y cuando fué lo que él quiso,
un otro él, él uno en dos,
el tío con su cuñada
y su caja le casó;
y él se cargó con la mina
de que propietarias son
las hermanas, y de que él
fué el único explotador,
Fermín el único socio,
sus dos nombres la razón
social, y las dos hermanas
dos peces en red de amor.
Si Fermín de amor guardaba
un recuerdo, una ilusión,
un átomo…, con sus besos
su mujer se lo quitó;
de él le lavó el alma el cura
con su santa bendición,
y el primer hijo, el pasado
de su memoria borró;
y el corazón que tenía
perdió con el viejo amor.

Todo ello muy natural,
muy común, muy en razón,
muy conforme con las leyes,
con el mundo y con su honor…,
mas, ¿por qué diablos volver
a Vidiago imaginó
Fermín, si allí hallar podía
otra vez su corazón?

............................

Don Diego, inconscientemente,
a Fermín aposentó
en la cámara que fué
de Marica habitación.
Fermín debió de dormir
mal; porque se levantó
temprano, ojeroso, pálido
y por vaga distracción
dominado; durmió poco,
bebió agua pura, y no habló
más que lo de que en la mesa
hubo de hablar precisión.
Pasó el día en visitar
los amigos que dejó
y los que adquirió su padre
al cambiar de posición.
Anduvo a pie y a caballo,
y si no en su buen humor
se repuso, el ejercicio
casi le tranquilizó.
Don Diego a sus comensales,
por procurar distracción
a Fermín, diariamente
que vinieran suplicó
a su mesa; y de los cuatro
amigos la reunión,
la vaguedad de Fermín
de disipar acabó.

Dos días así pasaron;
el tercero, casi el sol
despuntando, de su casa
salió Fermín como en pos
de aire y luz; echó al azar
y sin fija dirección
por el pueblo, del cual pronto
como es pequeño, salió:
y como una cordillera
acota la población
por un lado, por el otro
naturalmente, tiró.
Tampoco allí el campo es llano,
mas no hay por allí espesor
de árboles, y allí se abarca
un ancho y doble jirón
de cielo y tierra, y del mar
se oye el cercano rumor,
y se respira una atmósfera
que vivifica el pulmón.
Iba Fermín sin mirar
a dónde, a su alrededor
hallando en peñas, breñales
y sendas una porción
de objetos que conocidos
le eran, y que a su anterior
existencia transportando
iban su imaginación.

Por mucho que al hombre cambien
de la fortuna el favor,
la ausencia, el tiempo, los vicios,
cuanto implica variación
en su ser, conserva siempre
por el sitio en que pasó
su niñez y juventud
tierna e íntima afección:
y Fermín iba sintiendo
de un tiempo ¡tal vez mejor!
mil recuerdos que bullían
de su mente en un rincón.

Así inconsciente, sin rumbo
y ensimismado vagó,
viendo y oyendo del mar
el murmullo, y del chirrión
que sigue la carretera
el chirrío, y del pastor
el silbido, y el cencerro
del jato que muge en pos
de su madre, y la campana
del ángelus, y el rumor
del maizal, cuyas hojas
el céfiro juguetón
besa y mece; y sobre él pasa
el cuervo picoteador
sin verle, ni a la gaviota
que imitando al alcyon
en la espuma de las olas
se deja ir, ni la flor
que pisa en su imaginaria
retrospectiva abstracción.
Y cabizbajo, los brazos
suspendidos sin vigor,
sin percepción ni conciencia
de sí mismo, se paró
maquinalmente en un sitio;
y como si una atracción
oculta le retuviera
allí, allí permaneció
torvo, inerte, a sus ideas
dando en tal divagación
libertad, y errar dejándolas
como exhalado vapor
de su espíritu en los ámbitos
de esa infinita región,
de la eternidad vestíbulo,
velo de la faz de Dios:
y allí estaba de pie, inmóvil
y mudo, cuando veloz
cruzó una ráfaga el mar
y sus ondas encrespó.

Al mismo tiempo tras él
un bufido aterrador,
un espantable baladro,
un rugido hondo y feroz,
parecido al repentino
resoplido de un león
de debajo de la tierra
sacudiéndola salió.
Volvió en sí, volvió espantado
la cabeza a tal fragor,
reconoció el sitio: estaba
a la boca del bufón.

Avanzaba la marea,
la ráfaga se creció
a vendaval, el nublado
vino a oscurecer el sol:
y del bufón en el fondo,
del agua entre el borbotón,
oyó clara, inconfundible
con ningún otro rumor,
resonar lenta, tristísima,
del romero la canción.

«La miel del amor primero
del cielo tiene sabor.
La abeja la flor le liba al romero
zumbando en redor.
Ven, ven, que te espero aquí con mi amor.

Yo contra tu olvido espero
que Dios me dará favor.
La abeja la flor le liba al romero
zumbando en redor.
Ven, ven, que te espero… te espero… te espero
aquí con mi amor.»

Fermín oía espantado
brotar y hundirse este son
con el agua. —¡Era Marica
quien cantaba…, era su voz!
¿Dónde estaba? ¿Allí? Imposible:
barre el mar el socavón,
no hay entrada ni hay salida,
ni hay vital respiración
en aquel antro…, no hay vida
posible allí… y la canción
suena y suena, y él escucha:
es ella, sí: su razón
con los sentidos en lucha
no da con explicación.
Y escucha, y escucha. ¡Es ella
o su espíritu! En redor
de Fermín comenzó el mundo
a girar… y aquella voz
seguía cantando, y él
oyéndola con pavor…
hasta que el frío del miedo
de sentidos le privó.



Dos horas después entraba
trémulo en su habitación:
su padre le dijo: «¿quieres
algo?; y él dijo: «no».




El cantar del romero de José Zorrilla

Leyenda en verso: I

Introducción - El bufón de Vidiago: I - II - III - IV - V - VI - VII

Primera parte - Ida: I - II - III - IV - V

Segunda parte - Mariposa: I - II - III - IV - V

Tercera parte - Vuelta: I - II - III - IV - V - VI - VII