La Montálvez: II-09

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La Montálvez
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Parte II: Capítulo IX
 de José María de Pereda


La marquesa había dicho a su médico que probablemente necesitaría tomar, durante el verano que se acercaba, algunas aguas sulfurosas y quizás también algunos baños de mar; pero «caserito todo ello, y a lo pobre». Quería dar a entender que en puntos de poco ruido aristocrático y en España. En seguida expuso las razones en que se fundaba para creer de necesidad lo que decía (fundamentos que bien pudieran haber sido inventados por ella). El amable doctor, después de escucharla atentamente, la respondió muy risueño que estaba enteramente conforme con su parecer. Entonces añadió la marquesa que ella sabía de una provincia española donde se hallaban ambos remedios, y a muy corta distancia el uno del otro.

-Pues a esa provincia -repuso el complaciente médico-. Tome usted muy poco de lo sulfuroso y cuanto pueda resistir de lo del mar; y si Luz no tiene miedo a las olas, que se columpie en ellas también siempre que le dé la gana, pues hasta en naturalezas tan saludables como la suya sientan esos tónicos a maravilla.

Y por estas razones, con alguna más que ella conocería, y que bien pueden sospecharse sabiendo su nuevo modo de pensar sobre las vanidades de su mundo, se hallaba la marquesa de Montálvez con su hija, en el rigor de aquel verano, tomando los baños de mar en una de las playas más hermosas, aunque no la más nombrada, de la Península.

Se encontraba muy bien allí. La concurrencia era abundante, pero no de primer lustre. Precisamente lo que la marquesa quería. Gentes de buen pelaje: de tierra adentro las más, pero sin llegar a Madrid. Como no había etiquetas, aunque si mucha presunción, entre los bañistas, la marquesa vivía entre ellos con la mayor holgura, casi en traje doméstico; y no suprimía el casi, porque no se tomara su desaliño a desdén de gran señora. El aire de la playa, el rumor de las olas, la inquietud de la mar, el abrupto perfil de la costa, las puestas del sol entre celajes de fuego y sumergiéndose el astro y apagando su luz poco a poco en lo último de aquellas aguas sin fin... Cien veces lo había tenido delante de los ojos en otras playas de Europa, y no lo había visto hasta entonces. ¡Qué saludable y qué hermoso le parecía!

Creían hacerla un gran favor aquellos corteses bañistas cuando la invitaban a las fiestas con que entretenían los ocios de la temporada; y no podían imaginarse hasta qué extremo la molestaban poniéndola en el deber de aceptarlo todo. ¡Fiestas a ella, que venía huyendo de las que le habían envejecido el espíritu a lo mejor de la vida!

Pero no se trataba de ella sola: se trataba de Luz, a quien indirecta, pero principalmente, iban enderezadas las invitaciones, y era muy justo no desairarlas, así por la buena intención de los invitantes, como por lo inofensivo de lo brindado. Podía la hermosa novicia hasta saturarse de ello sin temor de daño alguno.

Lo peor era que Luz no lo apetecía mucho más que su madre. Habían hecho que lo tomara casi en aborrecimiento las intemperancias galantes de aquellos donceles que la miraban, que la seguían y que la requebraban implacables, y de aquellas damas que buscaban su trato incesantemente para alabarla cuando hablaban con ella, para ponerla defectos las más, en cuanto se alejaban un poco, y para imitarla todas, al fin, hasta en el modo de andar.

Pero lo que su madre le decía: «estás aquí, y en la edad de divertirte, y tienes hasta que hacer que te diviertes con lo que aquí se divierten los demás». Y Luz lo aceptaba todo con el mejor de los deseos, y en todas partes aparentaba divertirse mucho, aunque en realidad se divirtiera muy pocas veces. Sin embargo, tampoco se aburría; y quiero que conste este dato para que no se confunda con el melindre indigesto lo que era hasta abnegación de una naturaleza sobria y delicada de gustos.

La marquesa, por vecindades en la mesa redonda del hotel en que se hospedaba, había trabado amistad con una señora de buen aire, la cual señora tenía dos hijas muy guapas: la una y las otras eran, además, muy discretas y muy distinguidas de porte. Tampoco eran de Madrid -condición muy del gusto de la marquesa-; pero sin ser de Madrid se puede ser guapo, y hasta listo y elegante. El caso es que si las dos señoras simpatizaron entre sí, las chicas de la una se entendieron con Luz y Luz con ellas, como si toda la vida hubieran andado juntas y en paz. En muy pocos días llegó a haber entre ambas familias toda la intimidad que cabe en los tratos de esta especie. La marquesa, particularmente, estaba como niño con zapatos nuevos con la amistad de aquella señora, que era afable sin fingimientos, y buena sin doblez. Nunca se había visto en otra la gran dama; y este sencillo y honrado placer se le debía a la mujer de un magistrado cesante. ¡Y ella se había pasado la vida pagándolos a precios exorbitantes en las grandes cúspides sociales, sin adquirir uno solo que no la dejara rastros de amargura y de remordimientos!

Luz y sus dos amigas paseaban juntas muy a menudo, juntas se bañaban y juntas asistían a bailes, jiras y conciertos. Las del magistrado habían visto y aprendido más cosas de la vida que ella, y la entretenían mucho con sus relatos de sucesos (limpios, se entiende) recogidos siguiendo a su padre de la Ceca a la Meca, por azares de su destino. Luz, en cambio, nada por el estilo podía contarlas; porque hasta de su mundo, al cual era recién llegada, sabía mucho menos que ellas, aunque sólo le conocían de oídas.

Y hablando, hablando, llegaron las confianzas al último límite, y resultó que la mayor de las dos hermanas estaba ya para casarse, y muy enamorada. Él era un joven muy guapo, recién graduado de doctor en Medicina; rubio, con toda la barba, pero muy recortada, lo mismo que el pelo; muy alegre por carácter, y muy cariñoso: a ella la quería atrozmente. A la hora menos pensada se presentaría por allí: se lo tenía prometido. En la última carta, que era de Madrid, la anunciaba una gran sorpresa. Debía de ser su llegada. Ya tenían puesta la casita, muy mona, en la mejor de las calles de la ciudad. Él era buen músico y algo pintor, y ella tocaba regularmente el piano. Habían comprado uno nuevo, vertical: como mueble, muy elegante.

Luz oía todas estas cosas con gran atención, y no negaba que el novio de su amiga fuera muy guapo, con su barba rubia y su pelo recortado; pero a ella le gustaban más los hombres de pelo negro y abundante y con bigote solo, y no largo ni muy espeso. Bien estaría la casita de los novios; pero no tanto cómo el chalet que ella tenía en lo alto de «su mundo»; y en cuanto al piano, por superior que fuera, ¿a que no sonaba tan bien como el suyo, cuando se ponía a tocarle después de dar un paseo por las tortuosas veredas de su paraíso, con «el arcángel» que se le custodiaba?

Por supuesto que Luz no decía nada de esto a sus amigas, ¡quién se lo mandara!, pero lo iba pensando y hasta lo creía. ¿Y qué mal había en ello?

Aquella noche había baile en el gran salón que uno de los hoteles tenía destinado a esa clase de fiestas. Las tres amigas, seguidas a corta distancia de las dos madres, se dirigían a él, algo más peripuestas de lo que habían pensado por la mañana, porque a última hora se supo que acababa de llegar un gran contingente de bañistas de buen humor, que no faltarían al baile. No era bastante motivo este para emperejilarse más las mujeres que asistían a otros tales muy bien vestidas; pero la idea nació de la novia del doctor de barba rubia; y hay motivos para creer que tomó por pretexto la asistencia de gente desconocida al salón, para presentarse en él bien engalanada, sospechando que su novio le había de dar allí la anunciada sorpresa. Por lo mismo que ya no bailaba más que con él, quería, si sus sospechas se realizaban, hacerle en aquella ocasión los honores en toda regla.

Y fue verdad que hubo gente nueva en el baile, y bastante, y de muy buen porte; y también se confirmaron las sospechas de la hija mayor del magistrado cesante: allí se le apareció de golpe su novio, tal como ella le había descrito, con la barba y el pelo rubios y recortados, alegre y cariñoso, a juzgar por las muestras del momento. Comenzaron en seguida las presentaciones y los mutuos cumplimientos; tocose luego a bailar, y con este motivo la novia se colgó del brazo que el novio la ofrecía y, se largaron juntitos por el salón adelante.

Luz (que se excusaba de bailar siempre que podía) estaba sentada entonces, y desde su asiento seguía con la mirada a los novios, asociando, sin poderlo remediar, a algunos pormenores de aquel suceso otros detalles semejantes de sus imaginaciones paradisiacas. En aquel encuentro y en aquel paseo, ¿no había un extraordinario parecido con los encuentros que ella tenía y con los paseos que se daba bien a menudo en las arboledas de su retiro? Cierto que los fondos eran muy distintos entre sí; pero las figuras... También en las figuras, en las de ellos, encontraba grandes diferencias. Este era rubio y poco esbelto, al paso que el otro...

Y al llegar aquí la candorosa Luz con sus comparaciones mentales, se quedó abismada en el mayor de los asombros... junto a la puerta de entrada al salón, en el mismo sitio donde ella tenía puesta la mirada, casi rozándose con el novio de su amiga, que pasaba por allí en aquel momento, acababa de aparecer... el otro, el mancebo de sus imaginaciones; la figura de su cuadro, con su gallardía de continente; con su pelo negro, suelto y abundante; sus rasgados ojos tan negros como el pelo y el sedoso bigote; su boca risueña y su mirar dulce y profundo. ¿De dónde venía? ¿A qué iba allí?... No cabía duda: venía de su paraíso... y en busca de ella. ¿De qué otra parte podía venir, ni qué otra cosa, sino a ella, podía buscar en el salón con aquel modo de mirar tan suyo?... Ya la había encontrado. ¡La misma sonrisa de allá; la misma expresión de ansias bien satisfechas, en los ojos; el mismo andar que cuando iba hacia la roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos! Si Luz hubiera estado entonces sola en su azotea, habría bajado de ella en seguida para salirle al encuentro; pero no estaba sola, ni en la azotea, y esperó a que llegara él.

Y llegó, y la invitó a bailar; y Luz, sin dudar un solo instante, se levantó de su asiento, enlazó su brazo con el brazo que le ofrecía el mancebo, y se fue con él por el salón adelante... ¡Lo mismo que cuando se iban por los tortuosos y blandos senderos de su mundo!

No bailaron..., ¡qué habían de bailar?

Lo que Luz no recordaba bien era el timbre de la voz de su acompañante de allá; pero en cuanto oyó hablar al otro de carne y hueso, exclamó para sí con nuevo asombro: «¡El mismo!»

Este otro la dijo que había ido a buscarla allí, porque una corazonada le había declarado que allí la encontraría. Luz no se atrevió a preguntarle dónde se habían conocido los dos, ni qué era lo que le movía a buscarla con tanto empeño; y él la enardeció todavía más los deseos, declarando que la conocía mucho, ¡muchísimo! Jurara que de toda la vida, aunque la había visto muy pocas veces, y sólo sabía de ella que se llamaba Luz.

¡Y Luz, en cambio, con haberle tratado tanto, ignoraba todavía cómo se llamaba él!... Se atrevió a preguntárselo.

-Me llamo Ángel -respondió el mozo.

¡Ángel! Por arcángel le había tomado ella muchas veces al contemplarle en su imaginado paraíso guardándole las puertas. ¿Qué venía a suponer esa leve discrepancia de jerarquías? Siempre resultaba el mismo «guardián».

Pero ¿dónde la había conocido? Eso es lo que ella quería saber para acabar de orientarse en aquel laberinto de coincidencias tan de su agrado. Y al fin lo supo también. Ángel la habla visto con admiración desde lejos, entre otros que también la admiraban. Por lo que les oyó decir, averiguó que se llamaba Luz, nada más que Luz. ¿Y no era eso bastante? No volvió a verla en el mundo de la realidad, por más que la buscó; pero se forjó él otro mundo a su capricho, en el cual la veía a todas horas; porque aquel mundo era para los dos solos, Y viéndola allí y admirándola sin cesar, le parecía que volaba el tiempo que había de correr hasta que la encontrara de veras; porque este encuentro había de ocurrir necesariamente. Lo creía con ciega fe. Dios no infunde en el corazón humano sentimientos tan dulces, tan puros y tan hondos como los que había infundido en el suyo, para que se conviertan en semillas de negros y dolorosos desencantos. Por eso se habían realizado allí sus esperanzas de encontrarla. El sitio era lo de menos, porque en alguno de la tierra había de ser. Como creía llevar los pensamientos en los ojos, y entre estos pensamientos estaba hecha a vivir la Luz de sus ilusiones, no se asombró de que la Luz de la realidad los leyera en las miradas con que la buscaba por el salón, ni de que no temiera acercarse a ellos para vivir también un rato entre tan buenos amigos. Esta era la verdad; y si no se la decía, ¿para qué había ido él allí?

Lo mismo opinaba Luz. ¿De qué había de hablarla a ella aquel hombre sino de esas cosas y en aquellos términos?... Pero ¿cómo sería el mundo que él también se había forjado a su capricho? Casi se atrevía a jurar que era muy semejante a su paraíso. La duda la impacientaba bastante, y se decidió a salir de ella preguntándolo.

-Ese mundo -respondió el mancebo -se concibe mejor que se pinta, como todo lo que se siente por anhelos del alma. Desde luego no es un mundo de cal y canto como el que han ido construyendo los hombres para nido de sus vanidades dispendiosas y malsanas; es un compuesto de primores de la naturaleza en su más dulce reposo: auras de Mayo, rosas, follaje, pájaros..., ¡qué sé yo!, y, sobre todo ello, y para alumbrarlo, vivificarlo y embellecerlo, la Luz de mis ilusiones, del hada de aquellos encantados jardines.

-¡Los conozco! -exclamó aquí la joven sin poderse contener; y añadió a la pintura, a grandes rasgos, de los jardines del otro, algunos detalles de los del suyo.

-¡Eso mismo!-dijo el pintor idealista; y en el acto preguntó a Luz que de qué los conocía; y Luz tuvo que responder que también ella había vivido mucho tiempo en un mundo de aquella traza.

-¿Sola?-la interrogó entonces el confidente, con fogosa vehemencia.

Y a esta pregunta no pudo responder Luz de pronto, porque le dejó sin ánimos para ello una sensación que hubiera creído de miedo, a no parecerle tan agradable.

-Sola...,sola no -llegó a decir, bajando los hermosos ojos y con las mejillas muy sonrosadas-: con él.

Y de aquí no pasó ya la pobre chica. Verdad es que el otro no porfió mucho para que pasara, respetando aquellas pudorosas resistencias que lo impedían.

Ni ¿para qué pasar? ¿No era preferible la elocuente actitud de la interrogada, a la más terminante de las frases?

Luz, siguiendo la conversación y no hallando en su memoria un motivo real y verdadero de donde derivar el enlace lógico de tantas y tan singulares coincidencias, convino con su amigo, al volver éste sobre lo ya tratado, en que cuando Dios infundía ciertos sentimientos en un corazón, bien podía infundirlos iguales en otro, si entraba en sus designios que ambos corazones se encontraran, por apartados que estuvieran, para formar uno solo...

No podía darse mayor conformidad de pensamientos entre Luz y su amigo, ni realidad más parecida a la hermosa ilusión forjada en dos cerebros juveniles. ¿A qué pedir más por entonces?

Lo peor era que las gentes se regían allí, en el salón del baile, por leyes muy distintas de las del mundo ideal de los dos enamorados; y era ya preciso que ella volviera a sentarse y que se separaran, después.

Y se separaron, tan pronto como Luz se sentó donde antes había estado sentada, entre su madre y su amiga sin novio. La que le tenía continuaba paseando todavía con él.

Con serle tan conocido a Luz cuanto la rodeaba, todo le parecía nuevo, por más hermoso: hasta el piano le sonaba mejor. ¡Lo mismo que le sucedía en la casita de la azotea después de pasear con él por las veredas blandas y retorcidas de su edén!

Ángel, después de dejarla sentada, había desaparecido del salón. La marquesa, que no le había perdido de vista un solo momento, deseaba saber quién era; y ni se lo pudieron decir sus amigas ni la misma Luz, a quienes se lo preguntó. Luz sólo sabía que era él, y esto no debía respondérselo a su madre; la cual, por lo mismo que lo había sospechado por lo que había visto y lo que estaba observando en el arrobamiento y turbación de su hija, tenía mayor empeño en saber algo más; y repitió la pregunta al novio de la hija de su amiga cuando pasó cerca de ella.

Según este declarante, el sujeto en cuestión era madrileño, muy rico, abogado por lujo, y se llamaba Ángel, Ángel Sánchez, o Pérez, o López..., un apellido así, de los más llanos y corrientes. Sabía esto porque habían venido juntos desde Madrid, por casualidad. Parecíale un joven sumamente despejado y discreto..., y no sabía otra cosa de él, ni buena ni mala.



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