La Montálvez: II-14

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La Montálvez
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Parte II: Capítulo XIV
 de José María de Pereda


Llegó sereno, llamó con brío, preguntó lo que es de costumbre; y sin aguardar la respuesta, para ganar tiempo y economizar trámites, dio su nombre y apellido antes que se los pidieran. Como si sonaran allí a muy conocidos, abriéronle la puerta de par en par; rogáronle que entrara; le condujeron a un salón que estaba enfrente, y le pidieron el favor de que aguardara unos instantes.

El tal salón era un completo museo de riquezas de buen gusto; pero Ángel no tenía los suyos en disposición de entretenerse contemplando aquellas pompas de la vanidad mundana. Miraba sin ver lo que tenía delante de los ojos, y sólo estaba atento a los minutos que corrían sin que saliera la señora cuyos pareceres iba buscando él allí; porque hasta temía que con una larga espera en tan extraño lugar se le fueran entibiando los propósitos y acobardando los bríos.

Y minuto tras minuto, corrió más de media hora hasta que llegó, no Leticia, sino una doncella para rogar al guapo mozo que la siguiera a donde su señora tendría el gusto de recibirle.

Siguiola Ángel muy complacido en que de cualquier modo se pusiera término a sus impaciencias; y atravesando salas y pasadizos, detuviéronse ante una puerta medio oculta entre, los paños de un doble cortinaje, quiero decir uno por dentro y otro por fuera. Recogió más una de las mitades de éste la doncella, y apareció Leticia haciendo lo mismo por la parte de adentro. Avanzó Ángel, muy cortés, entre las elegantes angosturas del boquete, y en cuanto pasó al otro lado se corrieron de nuevo las cortinas, y hasta oyó que se cerraba la puerta.

Se quedó muy sorprendido delante de Leticia: parecía una sultana; y esta idea se la sugirió al gallardo visitante, no tan sólo el tipo de la visitada, que adquiría mayor acento oriental con la caprichosa y rica bata que vestía y el estilo de todos sus restantes ornamentos, sino también el lugar en que se hallaba: un salón con anchos divanes, grandes cojines, maderas olorosas, alfombras turcas, cueros marroquíes, espejos venecianos, bronces desnudos, tibores japoneses y ¡qué sé yo! Aquello era un harén preparado al gusto europeo: sólo faltaban los pebeteros y las pipas de largos tubos de seda; y así y todo, trascendía el aposento, a molicie africana.

Leticia condujo a uno de los divanes al sorprendido mancebo, que también tenía mucho de oriental entonces con lo lánguido y ojeroso que le habían dejado sus pesadumbres, y se sentó a su lado. Casualidad sería; pero al sentarse quedó fuera de la fimbria de su bata medio piececito primorosamente calzado con una babucha de raso, muy escotada, sobre una media de seda azul con rayas blancas.

Hubo en seguida lo de «yo no debía recibirle a usted, porque es usted un ingrato», y lo de «usted me estima en mucho más de lo que yo merezco»; «usted no viene aquí por tal y cual cosa»; «pues sepa usted que no he venido sino por esto y por lo otro»; «que sí», «que no», etcétera, etc.; porque, mutatis mutandis, en estos preludios de visita siempre se dice lo mismo y no se adelanta un paso, por más que muden los tiempos y se ilustren los actores. Pero, en fin, hablando, hablando, Ángel sorteó con habilidad los estorbos de la introducción, y llegó lo antes que pudo al tema de sus angustias.

Tardó bastante, pero lo expuso bien, sin ocultar un ápice de cuanto sabía. De todo habló, unas veces conmovido y otras veces animoso, pero siempre con buen arte; y Leticia, mientras le estaba oyendo, parecía devorarle con los ojos. Tanto le interesaba la relación.

-Y bien -le dijo, muy cariñosa, cuando ésta fue acabada-, ¿qué me toca hacer a mí en ese triste proceso? ¿De qué modo puedo yo tener la suerte de hacer algo por la causa de usted?

-Por de pronto -respondió Ángel-, diciéndome (porque usted debe saberlo, o no lo sabe nadie) qué hay de cierto en lo que se refiere de la marquesa de Montálvez; si es o no tan... pecadora como se la pinta.

Leticia bajó algo la cabeza, sin dejar de sonreírse, y se rascó un poquitín la sien derecha con un dedo, muy mono por cierto. Después se enderezó; y mirando valientemente a los ojos mismos, grandes, negros y melancólicos, de su interlocutor, respondiole:

-En eso de rumores públicos, ¡es tan difícil saber a qué atenerse! ¡Se abusa tanto de ellos!... A Cristo le crucificaron, conque figúrese usted.

Y Ángel tuvo que sonreírse, porque a ello le obligaron esta salida y la singular expresión de que fue acompañada.

-No es broma, aunque lo parezca -añadió Leticia-. Las gentes son así: por natural inclinación, muy malas; y el resobado símil de la bola de nieve, es la pura verdad a cada hora del día. No afirmaré que mi amiga sea una santa; ¿quién lo es ya hoy, tal y como van las cosas en el mundo! Pero entre no ser santa y lo que de ella se dice... El caso de Guzmán, por ejemplo..., ¿en qué le fundan? En amistades íntimas del tiempo de las mocedades de los dos, ¡como si Guzmán no hubiera sido antes amigo de otras mujeres!, y en cierta semejanza de fisonomía, que yo no veo, entre Luz y él, y que, aunque exista, nada resuelve... Luz se parece a Guzmán por una casualidad, como pudo parecerse al Nuncio. ¿Y también en este caso íbamos a suponer...? ¡Pues decente estaría! En fin, que lo de Guzmán puede ser y puede no ser. Yo creo que no lo es. Lo de su marido... ¿Le eligió ella, por ventura? ¿No se le impusieron? Y ¿en qué se diferencia ese pobre hombre, tan difamado, de otros muchos ladrones muy respetables que yo conozco? Pues únicamente en que fue más torpe que éstos en el oficio de robar. De modo que, a juzgar por lo que se ve en estos y otros varios ejemplos que citar pudiera, la opinión pública sólo castiga a los grandes bribones cuando no saben serlo. ¡Y a este tribunal sin conciencia ha de someter usted los honrados consejos de la suya?

-Pues eso mismo pienso yo -exclamó Ángel, enardecido con aquel dictamen tan favorable a su causa.

-Y piensa usted como un sabio -añadió Leticia- y, además, como un valiente; porque valor se necesita para seguir pensando bien entre gentes que piensan y obran tan mal.

-Y de todo lo restante que se refiere de la marquesa -dijo el impresionable mozo, más impaciente por llegar a donde deseaba cuanto más llano le ponía el camino su amable interlocutora-, ¿puede presumirse también...?

-¿Que tiene escasos fundamentos de verdad?

-Eso mismo...

-Con grandísimas razones. ¿Quién lo ha visto? ¿Quién puede certificar de ello?... Mire usted: la mayor parte de lo que se dice en ese sentido, procede de aspirantes desairados; el resto lo inventan los que ni para ese triste papel sirven. Los afortunados, cuando los hay, se guardan muy bien de decirlo; porque si los hubiera, lo publicaran, serían unos majaderos; y la marquesa tiene sobrado buen gusto para que, resuelta a perderse, se dejara caer en tales manos.

-Eso me parece a mí también.

-Y eso es lo que debe parecerle a usted, porque es de sentido común. Así sucede tan a menudo que de ciertas mujeres pecadoras todo se cuenta menos la verdad... Porque hay mujeres pecadoras, ¡y muy pecadoras, amigo mío!

-¿Quién lo duda!

-Y las hay de todos los linajes: por pasión, por temperamento, por lujo, por moda..., hasta por necesidad; pero ninguna es tan necia que publique sus propios pecados por el gusto de dar cebo a las lenguas maldicientes, y la menos aprensiva trata, por egoísmo de viciosa, de no quitar al pecado el incentivo del secreto. De igual modo tienen que proceder sus cómplices; porque si la misma causa no les indujera a ello, les obligaría, como ya le dije a usted, la necesidad de ser reservados si querían ser favorecidos. También esto es de sentido común. Hay excepciones en la regla, como en todas las demás; pero las excepciones solas no dan bastante materia, en el caso de mi amiga, para formar un proceso tan voluminoso como el que el público le ha formado a ella..., y a otras amigas suyas también. De modo que, por el precepto establecido, si en la vida de la marquesa de Montálvez hay pecados de esa especie, o son muy pocos, o no los conoce el público.

-¿Y eso es lo que debo creer? -preguntó Ángel con el ansia de todos los que temen que no sea bastante cierto lo que se les asegura.

-Pues ¿para qué se lo estoy contando? -respondiole Leticia riéndose muy de veras.- ¿O piensa usted que me divierto en engañarle?

-¡Eso no!-repuso el vehemente mozo, temiendo haber dicho una impertinencia-, porque es usted demasiado buena para hallar gusto en tales entretenimientos.

-Gracias por la fineza.

-Lo digo como lo siento,... y, si no, ¿cómo la hablara yo de estas cosas?

-Es la verdad. Pues adelante.

Ya estaba resuelto aquel punto, y muy a satisfacción del interesado. Faltaba otro de mayor entidad para él; porque el primero le daba apoyos en que fundar buenas esperanzas, pero no le sacaba del atolladero en que se veía, y de esto era necesario tratar inmediatamente.

Mientras en su casa se llegaba a juzgar a la marquesa de Montálvez con el mismo criterio bondadoso con que ellos dos acababan de juzgarla, ¡que ya era esperar!, ¿qué hacía el novio de Luz? ¿Continuar acatarrado? ¿Visitarla como antes? Y en este caso, ¿la hablaba o no del punto que quedó pendiente la última vez que se habían visto? Y si la hablaba de él, ¿qué la decía? ¿Con qué mentiras la engallaba?

Estos y otros parecidos fueron los nuevos puntos sometidos por Ángel al dictamen de su experta amiga.

La cual, después de enterada, tomó de pronto una actitud enteramente distinta de las que había tomado hasta entonces; se acercó más a su embelesado interlocutor, y eso que ya estaban bien juntos, y le habló así:

-Vamos a ver eso con mucha serenidad. Lo primero que hay que hacer aquí es ponerle a usted en el peor de los casos; quiero decir, en el que llama usted peor.

-¿Y usted no?

-Allá veremos. No hay modo de convencer a sus padres de usted de que la marquesa de Montálvez no sea la mujer más perdida y más escandalosa del mundo, o se convencen de que es una señora como otra cualquiera; pero se empeñan en que basta su mala fama para que usted no deba casarse, y no se case, con su hija, lo cual es lo mismo para usted. De todos modos se oponen, y hasta le amenazan con las iras del cielo si no son obedecidos en sus píos y honrados mandatos, y usted, que es buen hijo y, aunque otra cosa piensa ahora, algo temeroso de la opinión pública, se encoge y tiembla y padece, porque no tiene resolución para atropellar los obstáculos devolviendo tesón por tesón y amenaza por amenaza... ¿No es esto?

-Cabalmente.

-Y usted padece, tiembla y se encoge, porque en la batalla se juega a Luz, que es hermosa y dulce y hasta santa, según dicen, y no se resigna usted a perder ese tesoro... Vamos a ver, ¿y qué que se pierda?

-¡Señora!...

-Lo dicho: ¿y qué que se pierda? Es usted muy joven todavía, y por eso ignora lo que influye el punto de vista en el conocimiento de las cosas. El amor de Luz es el primero que usted siente, y cree imposible hasta la vida si ese amor se le malogra. Todos los hombres creen y sienten lo mismo la primera vez que se enamoran; pero después, andando los años, van cambiando de parecer, y el obstáculo que de novicios se les antojó desventura sin ejemplo, ya con muchas barbas, le consideran como una dádiva de su buena suerte. No lo dude usted: hay algo de inhumano en eso de amarrar a un mozo que comienza a vivir al macizo carro del matrimonio, y decirle: « tira, y anda por ese camino áspero y obscuro que tienes delante, y por donde jamás has andado», porque se cree que el amor lo suple todo, y esto es una lamentable equivocación. En primer lugar, el amor del alma se confunde muy a menudo con los antojos del cuerpo; pero, aunque no se confunda, el amor, o lo que sea, se acaba luego, porque no duran más los incentivos que le producen; o si se conservan, pierden el encanto por la costumbre de verlos; el resultado es el mismo; lo que se llama amor, desaparece, y la venda se cae; y entonces, cuando los ojos contemplan asombrados lo muchísimo desconocido que tienen delante, la codicia de ello inflama los apetitos, y el hombre más sesudo y morigerado olvida sus deberes y se hace un glotón de cuanto ve. Es decir, cae, y de mala manera, que es mucho peor que caer..., porque también los vicios tienen su estética... ¿Se sorprende usted de lo que digo?... Pues está usted en la obligación de resignarse, porque yo no me comprometí a halagar sus ilusiones, sino a darle mi parecer después de examinar el punto por todas sus caras. Ahora estamos en la fea... Ya le veremos por otra mejor, si es que la tiene.

Ángel estaba, en efecto, sorprendido, y aun admirado, de ver por dónde tomaba la cuestión su consejera, y hasta de la cara que ésta ponía cuando le hablaba, que no era cara de susto, ciertamente: ¿adónde diablos iría a parar por aquellos caminos, tan distantes de los deseos del enamorado mozo? Ya se vería. Y comenzó a verlo en el acto, porque en el acto le dijo Leticia, después de contemplarle en silencio unos instantes, y como substancia y producto lógico de sus apuntadas reflexiones:

-Creo, pues, que no se halla usted en edad ni en condiciones de casarse.

El aludido brincó sobre el diván, y, sin poder contenerse, dijo con marcado disgusto:

-¡Pero eso es peor aún que defender la causa de mis contrarios!...

-Esto es defender lealmente la causa de usted- respondió Leticia con acento y mirar blandos y cariñosos-. Y si no, a la prueba... Pero déjeme usted concluir sin enfadarse. Contando con que usted, si no me lo dice, piensa, por sellarme la boca, que sin casarse con Luz, porque la ama, no comprende la vida, me anticipo yo a sostener que un amor, aunque sea como el de usted, se cura con otro... Esto, como regla general; pero concretándome al caso presente..., ¡usted, tan joven, tan... (no quiero que me llame lisonjera) tan bien dispuesto para el mundo, rico, independiente, con tan larga y risueña vida por delante!...

Aquí empezó Ángel a sentirse incómodo y desasosegado. Quiso interrumpir a Leticia sin acabar de comprenderla todavía; pero Leticia le contuvo con un ademán enérgico y estas nuevas palabras:

-¡Usted, repito, con todas esas ventajas, llorar como una desventura el recelo de que se le malogren unos intentos como los que le preocupan! Yo doy hasta por indiscutible que el amor de Luz sea el más hechicero de todos los amores... de la misma clase; pero -y con esto vuelvo a lo que quedó pendiente- ¿sabe usted todavía lo que son otros amores? ¿Sabe usted que no son los más sabrosos los que más lo parecen a la simple vista?

Ángel llegó a sentir latidos en las sienes y a cobrar cierto miedo al hablar incisivo y al mirar fulgurante de Leticia; la cual, como si se envalentonara con los encogimientos de su interlocutor, se tiró más a fondo, de esta suerte:

-Usted no sabe aún que los amores, como otras muchas cosas, se mejoran con la salsa de la experiencia; quiero decir que para un paladar de buen gusto, son más sabrosos los más experimentados...

Y como al decir esto Leticia, su voz, su mirada, sus ademanes y el agitado ondular de su alto seno revelaran una emoción y un fuego que no pedía el punto que se había comenzado a tratar allí, Ángel receló ya de todo..., hasta de la bata y de las babuchas de Leticia; del motivo de su tardanza en recibirle, y de la ocurrencia de recibirle entre el aparato moruno de aquella estancia misteriosa; y dejándose llevar de tan malos pensamientos, también sospechó de los que pudo tener aquella dama para insistir un día y otro en que él la visitara a menudo, y aun entrevió los motivos de que la marquesa de Montálvez no tratara a aquella amiga con la afabilidad que a otras suyas... ¿Quién sabe hasta dónde fueron a parar las sospechas del ingenuo mozo en brevísimos instantes!

Lo cierto es que los escozores le llegaron tan al alma, que, sin poder contenerse, se alzó del diván. Entonces Leticia, leyéndole en la actitud lo que le estaba pasando por dentro, quiso salvar su ociosa imprudencia, si es que la había cometido, que yo no lo sé, cambiando súbitamente de aspecto y diciéndole con la mayor serenidad y sin levantarse:

-¡Si no hemos concluido todavía!

A lo que respondió el otro con voz glacial:

-Ya lo veo; pero como el punto que usted toca no es el que yo deseaba ventilar... Sin duda, me ha comprendido usted mal, o yo no he sabido explicarme bien. De cualquier modo, mil perdones por el tiempo que la he robado, y mil gracias por sus bondades.

Hízola una fría reverencia y se fue, estremecido de espanto al considerar que quizás había arrojado todo el rico tesoro de sus cuitas en un hediondo basurero.

Leticia le siguió con la vista; y si el pobre mozo hubiera vuelto la suya entonces, más grandes habrían sido sus terrores al leer lo que expresaban los ojos y el continente de su afectuosa consejera.



La Montálvez de José María de Pereda

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