La Montálvez: II-16

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La Montálvez
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Parte II: Capítulo XVI​
 de José María de Pereda

Mientras rodaba el coche se me iba ocurriendo que podía no ser verdad que las ausencias de Ángel de mi casa consistieran en lo que decía el anónimo; mas como para aclarar la duda se necesitaba un trámite, no corto, y no andaban mis asuntos para prodigar el tiempo en lujos de preliminares, y si lo del anónimo no era la pura verdad, podría serlo, lo sería a la hora menos pensada, lo que yo iba a hacer hecho estaría, y eso tendríamos adelantado. ¡El anónimo!... Pero ¡de quién era la mano que le habla escrito? No podía dar en ello por más que cavilaba, y casi casi la estaba viendo delante de los ojos.

»Detúvose el coche y bajé. Sólo otra vez en mi vida había estado yo en aquella casa, ¡y en qué situación de ánimo tan diferente! Subí la angosta y larga escalera sin tomar un respiro, y llamé.

»Esta vez fuí recibida en la sala, pieza triste y pobre, sin otro lujo que el aseo, el cual relucía hasta en los damascos descoloridos de los muebles. Apareció el matrimonio a los pocos momentos de estar yo aguardando. La mujer era el mismo espectro de la otra vez, pero sin la calceta, aunque no por eso me pareció menos terrible. Dispuso con un ademán de los suyos que me sentara en el centro del sofá, y senteme allí. Delante del sofá, a sus dos extremos y mirándose frente a frente, había dos butacas. La mujer se sentó en la una y el marido en la otra. Colocados así los tres, el espectro estaba a mi derecha.

»El bueno de don Santiago había estado muy afable y cortés conmigo... y también un poco desconcertado al saludarme. Su mujer fue la de siempre y lo que yo esperaba que fuera en aquella ocasión; pero ni me alentaba lo uno, ni me intimidaba lo otro. En la enormidad de mi cuita, no debía reparar yo en pequeñeces de más o de menos.

»Sin detenerme en excusas ociosas ni en preámbulos atenuantes, referí lo del anónimo y hasta le relaté casi al pie de la letra, y pregunté en seguida si era cierto que entre ellos (mis dos oyentes) y su hijo hubiera pasado lo que en el papel se declaraba. La mujer respondió al punto, seca y muy acentuadamente, que sí; el marido, cuando me volví hacia él, humilló un poco la cabeza, pero no dijo que no.

»Ya sabía a qué atenerme con toda certidumbre; y a continuar iba en mi empresa, fundada sobre esta base, cuando se me anticipó el espectro para decirme:

»-Ya supondrá usted que en esta casa, donde con tanta lealtad se habla y se procede, no hay nadie que sea capaz de cometer tales felonías...

»-No había necesidad de esa advertencia, señora -la dije de todo corazón.

»-Es que cómo la carta, según usted ha referido, fue entregada de parte de mi hijo...

»-Razón de más para creer que no era obra suya, puesto que no la firmaba.

»-Eso mismo pienso yo -dijo don Santiago, y eso solo debiera bastar como prueba decisiva, si hubiera alguien capaz de atribuirle...

»-Señor don Santiago -le interrumpí-, todas esas salvedades están fuera de su lugar...

»-Pero es extraño -dijo su mujer-, ¡muy extraño!, que una cosa tratada aquí, a puertas cerradas, entre nosotros solos, hace dos o tres días, se sepa a estas horas donde se sabe. ¿Cómo ha podido saberse?...

»-¡Oh, por el amor de Dios! -repliqué fatigada con aquella ociosa digresión-, no se preocupen ustedes ahora con eso... Ya se sabrá todo..., y si no se sabe, ¡qué importa! No es eso lo que a mí me duele ni por lo que he venido.

»Calláronse entonces; y como los vi dispuestos a escucharme, díjeles al punto, palabra más o menos:

»-Hay en el anónimo ese un alcance más hondo que el que se ve, tomado el papel en la sencillez de su contenido. Parece la obra de un amigo indiscreto, y es un puñal envenenado que ha producido en mi casa dos heridas mortales. Para eso fue escrito, y como puñal le esgrimió, la mano alevosa. De una de las dos heridas no hay para qué tratar: es la mía; quizás la merezco, y poco importa. Pero de la otra, que es la de mi hija inocente... ¡Dios bendito!... Yo no sé si habrá en el mundo remedio que alcance a cicatrizarla: sospecho que no; pero sé de algo que puede combatir el veneno y amortiguar los dolores; y con esto, aunque mal, ya se vive... Pues ese bálsamo milagroso está aquí, en una palabra, en una mirada, en un latido del corazón de ustedes; y yo vengo a preguntarles: ¿a costa de qué sacrificios, de qué humillaciones, de qué penitencias, le puedo adquirir para que viva la desventurada Luz?

»-No me respondieron una palabra. Don Santiago me había oído sin apartar de mí sus ojos compasivos; pero su mujer era una roca.

»Convencida de ello, abandoné por inútiles los toques al sentimiento de aquella inexorable criatura, y acometí de frente la empresa llamando a las cosas por sus nombres. Lo que pretendía, lo que yo suplicaba era que no se pusieran obstáculos a los proyectos acordados entre Ángel y mi hija.

»-Quisiera yo que la señora marquesa considerara -dijo al oírme don Santiago, en tono muy afable -que cuando se tratan en familia asuntos como el que nuestro hijo vino a tratar con nosotros, no debe extrañarse que los padres, mirando por el bienestar y por...

»-¡Si yo no me extraño de nada de eso, amigo mío! Ustedes han hecho muy bien en lo que hicieron, pensando que lo que hacían era lo mejor; pero entonces ignoraban...

»-Mi hijo -interrumpiome la implacable madre -nos ha oído cuanto necesita saber en este caso, y a ello se atendrá, como nosotros también nos atendremos.

»-Pero su hijo de usted ignora -díjela yo- lo que sucede en mi casa, y no sospecha todo lo que puede suceder.

»-Mi hijo -insistió con voz tremenda el espectro- no tiene obligación de saber esas cosas, ni sus padres la tienen tampoco: lo que saben los padres y el hijo, porque son bautizados y no han renegado nunca de serlo, es que hay que bajar la cabeza cuando pasan las iras del cielo, como pasan ahora para castigo de usted. Quien la hizo, que la pague. Resígnese y sufra, y no pretenda que la ayude nadie a enmendar los decretos de Dios.

»-¡Mujer, mujer! -exclamó aquí el bueno del marido-, ¡caridad siquiera!

»-¡Oh!, déjela usted decir, que no me duele por lo que de ello me toca: eso y más merezco. «Quien la hizo, que la pague»: ha dicho muy bien esta señora; nada más justo. Yo la hice: yo acepto el castigo sin protesta, para pagar todo lo que debo; pero por lo mismo que esta es la ley, me parece que la infringen los que castigan en una hija inocente, como la mía, los pecados de una madre como la suya. Vengan sobre mi cabeza todas las iras del cielo, toda la indignación y todo el menosprecio de ustedes; pero déjenme que implore un poco de misericordia para la desdichada, que no ha cometido otro pecado que el haber nacido de mí.

»Aquella mujer no se ablandaba: quizás no me comprendía; acaso no daba más valor a mis instancias que el que tiene cualquier otro fracaso de casamiento ventajoso. Por si no me equivocaba, conté la historia de Luz desde que tuvo uso de razón, desde el día en que vino al mundo; su carácter, su inocencia; mis incesantes afanes porque la conservara, porque no supiera jamás entre qué inmundicias había caído..., en fin, porque no se pareciera a su madre ni tomara en su ejemplo la menor disculpa para no ser buena, si algún día se obraba milagro de que aquel corazón tan puro llegara a corromperse: de todo esto hablé; y después de hablar de ello, hablé de sus extrañas fantasías, origen de unos amores que, por nacer como nacieron, parecían providenciales; de mi súbito cambio de costumbres, de mis esperanzas..., de mi soñada felicidad, que sólo consistía en que jamás turbara la de Luz el ruido de los escándalos de su madre. Ya no era posible evitar esto, porque la infamia se había consumado; pero ¿por qué al dolor de esta puñalada se había de añadir otro más hondo todavía? ¿No era sobrada crueldad herirla, para que también se pretendiera matarla? ¿En qué me rebelaba yo contra las iras del cielo, que castigaban mis pecados, pidiendo la vida de la inocente?

»Pues tampoco labró toda esta triste y larga plegaria en el corazón de aquella mujer. Según ella, la justicia divina, cuando se dejaba sentir, hería en lo más sensible. Por eso me había herido a mi donde tanto me dolía. Sería cierto; pero ni aun así creía yo faltar a ninguna ley divina ni humana implorando lo que imploraba al precio de sufrir yo sola todas las amarguras decretadas para las dos.

»Don Santiago no desplegó sus labios, porque harto tenía que hacer con ocultar de mí las impresiones que le estaban dominando.

»-Yo no pido a Ángel -concluí- porque es bueno, porque es hermoso, ni porque es rico: le pido, le imploro, porque ama a Luz y es la vida de mi hija, que le merece.

»-Y yo no se lo negaría a usted -respondíame el espectro -si Luz fuera pobre, fea y necia; él la quería, bendijérasela Dios, con tal de que fuera honrada. Pero se la niego, se la negamos... porque su madre no lo es.

»-Lo sé ya, señora -repliquéla-, y en eso estábamos al principio; pero llegando a donde he llegado yo con mis explicaciones y mis súplicas, la pregunto a usted ahora, y a usted, mi buen amigo don Santiago: a cambio de ese gran beneficio, ¿qué reclaman ustedes de mí?, ¿qué testimonios desean para creer que si escandalicé como mujer deshonesta, puedo edificar como arrepentida?, ¿qué martirios, qué humillaciones?... Díganmelo: yo lo haré todo..., todo, sin repugnancia, con la sonrisa en la boca y besando el azote que me castigue.

»La mujer se callaba. El marido me dijo, si no recuerdo mal, algo como esto, y muy conmovido:

»-Señora mía, yo la compadezco a usted con todo mi corazón; yo no dudo de la sinceridad de cuanto nos dice; yo la creo a usted capaz de todo lo que promete, y la aseguro que haría los imposibles por poner las cosas en donde debían estar, si las cosas esas tuvieran remedio a la hora presente; pero con estos mis buenos deseos, que son los de mi mujer, créame, aunque no lo parezca así...

»-Tu mujer -saltó ésta- nunca se ha mordido la lengua para decir lo que siente, si lo que siente va con la ley de Dios, como sucede ahora; y lo dicho, dicho queda, porque no se opone a esa ley; pero aunque se opusiera, también el mundo tiene sus leyes, bien o mal hechas, y hay que respetarlas...

»-¡Ahí está!-dijo con gran viveza don Santiago-: a eso iba yo a parar cuando tú me interrumpiste. El mundo tiene sus leyes: en el mundo vivimos; él nos ha formado a su modo, señora marquesa..., y por esas leyes..., en fin, póngase usted en nuestro caso.

»-¡Ah! -exclamé yo entonces-, ¡si usted se viera en el mío!.. Pero también acepto esas leyes que me son tan desfavorables en esta triste querella. ¿Qué teme usted del mundo en el caso implorado por mí?: ¿que caiga sobre Ángel la ignominia de la madre de su mujer? También para estas tempestades hay conjuros. ¡Yo me arrastraré como penitente donde me han visto triunfar como pecadora!, ¡yo confesaré a voces mis pecados donde quiera que haya gentes honradas que me oigan!... ¿Qué más puedo hacer? Jesús no pidió tanta penitencia a la cortesana arrepentida, y había escandalizado más que yo.

»Se miraron uno a otro, y díjome después don Santiago muy conmovido:

»Ni nosotros, pobres pecadores, le pediríamos a usted, llegado el caso, todo lo que nos ofrece... Aquí hay caridad, señora, gracias a Dios, aunque haya miramientos también, ¡y muchos miramientos!, que respetar, sin que se falte por eso a la ley divina...; pero ¿sabe usted, sabemos nosotros, si asintiendo a lo que usted desea y pide, y es muy natural que lo pida y lo desee, se avendría también nuestro hijo, con lo cual no contamos?

»-Pues ¿no hemos convenido -repuse- en que lo que se afirma en el anónimo es cierto en todas sus partes?

»El buen hombre contestó que sí.

»-Y ¿no se afirma en él que el único obstáculo que encuentra Ángel para el logro de sus ardientes deseos, es la oposición de sus padres? Porque de no contar con esto yo, no les hubiera molestado a ustedes con lo que les he dicho.

»-Es verdad, es verdad -respondió el bendito-: fue un reparo el mío sin fundamento; pero de buena fe. Desgraciadamente para nuestros propósitos..., quiero decir, para los de sus padres, la decisión de Ángel en ese punto es a prueba de inconvenientes: es firme como una muralla. Lo cierto no hay para qué ocultarlo, ni es justo que se oculte.

»¡Cosa rara! Su mujer no hizo el más leve reparo, ni con la palabra, ni con el gesto, ni con un ademán a esta declaración de su marido; declaración que podía tomarse por una señal de triunfo para mí, aun por una persona menos interesada en él que yo.

»Temiendo perder lo ganado, pero resuelta a que quedara donde fuera fructificando bien, no insistí en que llegáramos a un acuerdo terminante, aunque hablé un buen rato todavía y con no mala fortuna; pues o me engañaban mucho las señales, o el espectro se iba humanizando poco a poco.

»Ángel, presente allí, quizás hubiera logrado que yo me llevara hecho lo que, en opinión mía, quedaba en buen camino de hacerse; pero ni se presentó, ni me pareció muy cuerdo preguntar por él entonces.

»En resumen: al concluirse aquella batalla, en que gasté las pocas fuerzas que me había dejado la tremenda fatiga de mi casa, me pareció que el bueno de don Santiago Núñez, más que un enemigo, era ya un aliado mío, y que en la dureza de la mujer quedaba una mela por donde, si su hijo sabía golpearla, llegaría hasta el corazón.

»Al despedirme, el marido me estrechó con efusión la mano entre las dos suyas. No me atreví a tendérsela en seguida a la mujer; pero, en cambio, ¡qué asombro!, me tendió ella la suya. No se la besé, porque no lo juzgara sospechoso por excesivo; pero mis ojos, mal enjutos todavía, volvieron a llenarse de lágrimas.

»En el momento de salir, me advirtió don Santiago que su hijo no había vuelto aún a casa, pero que no tardaría, porque era ya la hora de comer para ellos; le rogué que no le ocultaran que había estado yo allí, y comencé a bajar la escalera.

»Al llegar a la meseta del entresuelo, me encontré con Ángel, que subía. Dios, aunque me castigaba, no me dejaba todavía de su mano.

»Antes que él saliera de la admiración de verme allí, y eso que lo sospechaba por el carruaje que aguardaba en la calle, comencé yo a darle cuenta, en voz muy baja y con el mayor laconismo que pude, de todo lo que le interesaba saber sobre lo que ocurría en mi casa y en la suya. ¡Pobre chico! ¡Qué rato le di y qué horas le preparé! «Pero ¿por dónde se supo? ¿Qué mano ha escrito eso?» La misma pregunta que arriba; la misma que me hacía yo. ¿Y quién podía indagarlo mejor que él?

»De pronto se dio una palmada en la frente, y en seguida me refirió, con muy curiosos pormenores, una visita que había hecho el día antes a Leticia.

»-¡Esa es la mano! -dije sin titubear-. De ella es el rastro que yo veía sobre el papel. No andando suelto por la tierra Satanás, sólo en Leticia, contrariada y ofendida, cabe una felonía como esa. ¡Qué desalmada!

»El fracaso de sus proyectos en aquella visita, dejándole desamparado y con su secreto descubierto en lugar tan sospechoso, le había movido a pedir el auxilio y el consejo de Guzmán. Tres veces en pocas horas había estado en su casa, y se volvía a la suya sin hallarle.

»Díjele que se pasara muy pronto por la mía, donde era más necesario que en ninguna otra, y nos separamos despidiéndonos «hasta luego».

»¡Guzmán!..., la única criatura de cuantas hollaban la tierra, que me parecía más criminal que yo!, ¡el hombre que merecía, en buena ley, que llovieran sobre él solo todas las amarguras que habían entristecido mi hogar! Porque él era la fuente, el origen y el único causante de todas mis desdichas; el demonio sagaz que había socavado mi fortaleza, para arrojarme después hecha jirones al lodazal de las gentes corrompidas. ¡Y con saber esto, y con no poder amarle ya, todavía no lograba aborrecerle! Otro de mis castigos.

»Pensando así, llegué a mi casa una hora más tarde de lo que había calculado. Felizmente, no creía haber perdido el tiempo. Llevaba siquiera una gran esperanza con que alentar, en parte, los abatidos ánimos de Luz.

»Levantarlos por completo, era tan imposible como borrar con un soplo de la memoria de las gentes la mala fama de su madre.


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