La Montálvez: II-15

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La Montálvez
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Parte II: Capítulo XV​
 de José María de Pereda

Desde que la Marquesa de Montálvez era juiciosa y administraba sus caudales por sí misma, tenía un regaladísimo placer en encerrarse en su despacho, hojear sus libros de cuentas, tomar notas, calcular gastos e ingresos, apuntar cantidades en dos columnas, sumarlas, restar una suma de otra, y ver al fin que, sin privarse de nada de lo necesario, le resultaban sobrantes para imprevistos, después de destinar un buen puñado para amortizar censos procedentes de su mala vida pasada. «Es preciso verme, pensaba algunas veces la marquesa riéndose de sí propia, aquí, y en el oratorio rezando con mi hija, para creerlo. ¡Vaya si he dado vuelta y soy mujer arregladita y hacendosa! ¡Si hasta me creo capaz de llegar a ser mística y avara! Explíquese usted estos arrechuchos de la vida, o estos misterios del corazón humano, como diría Aljófar, que, aunque desdentado y ronco, todavía canta y engulle.»

Y volvía a sonreírse, y continuaba haciendo cálculos y sumando guarismos.

En eso se entretenía y casi del mismo modo pensaba la mañana siguiente al día en que ocurrió lo que se refiere en el capítulo anterior.

Después que despachó su tarea, se dio a pensar en su hija, que en aquellos momentos estaba en su tocador. Luz andaba algo preocupada con la indisposición de Ángel: cosas de chicuelas enamoradas. -La marquesa ignoraba lo del grave punto que había quedado pendiente la antevíspera entre los dos interesados. De otro modo, quizás hubiera dado mayor importancia a las preocupaciones de Luz, mejor dicho, a la ausencia de Ángel; porque en Luz no cabían recelos de cierta especie. -Si ella (la marquesa) estaba satisfechísima del novio que le había tocado en suerte a su hija, Guzmán no lo estaba menos; pero entrambos temían, porque si siempre se teme cuando se desea, en aquel caso estaban más en su punto los temores por motivos que el lector, conoce bien. Y ¿qué hacer? ¿Hay negocio en la vida que no esté sujeto al vaivén de las contrariedades y de la fortuna? Y, sin embargo, muchos se logran como fueron calculados. ¿Por qué no había de ser uno de ellos el negocio de Luz?

Dándolo por hecho, como lo daba casi siempre, la marquesa puso su consideración en el cuadro venturoso de la vida de aquella pareja incomparable, lejos, muy lejos, todo lo más lejos que ella pudiera, de la peste del «gran mundo». Luz le detestaba, y Ángel no le conocía. No cabía temor de que se necesitaran esfuerzos para apartarlos de él; y en apartándose, el ejemplo de los demás impulsaría hacia lo bueno al que de los dos tuviera la desdicha de sentir tentaciones de no serlo. La vida de familia, el ambiente del hogar, el apego a los hijos, la atención esclava del detalle doméstico, y Dios en el corazón más que en la lengua... Este era todo el saber, toda la ciencia que daba por fruto en los matrimonios hombres útiles y mujeres honradas. Y ellos seguirían esa, misma ley, y serían dichosos, y ella lo vería; y si algún día los vientos de la maldad llevaban hasta los oídos de Luz el ruido de los pecados de la madre, o no los daría crédito la hija, o si se le daba, ya habría en su corazón la necesaria fortaleza para perdonarla después de llorarlos. Pero no irían nunca tan allá esos aires de muerte, porque no abundaban las almas de Lucifer capaces de conducirlos. Por de pronto, las cosas iban del mejor modo posible, y la marquesa reconocía que Dios era demasiado bueno con ella dándola lo que la daba por fin y remate de una vida como la suya.

Lo que sucedió poco después, va a referirlo la marquesa misma:

«Se abrió rápidamente la puerta de escape, y apareció Luz delante de mí, de la manera más extraña: el pelo destrenzado y flotante sobre la espalda, y recogido lo demás en ancho lazo sobre cada sien; el blanco peinador mal ceñido a su cuerpo; entre las manos, convulsas, un papel, y la cara..., ¡oh!, el espanto, la ira, el dolor, la sorpresa, el desconsuelo... todo esto se podía leer en su cara transfigurada, y en su actitud resuelta e indecisa al mismo tiempo.

»Me quedé estupefacta al verla así, y ella permaneció un instante sin acertar a pronunciar una sílaba y mirándome con la agonía en los ojos.

»De pronto díjome con voz muy desconcertada, pero con gran energía:

»-Ya sé por qué no ha vuelto desde entonces...

»-Y ¿qué es lo que sabes, hija mía? -preguntéla con el alma suspensa.

»-¡Todo..., todo! Pero es una cosa enorme... que yo no quisiera creer..., que no la creo -respondió estremeciéndose; y en seguida, con un timbre de voz indefinible, porque me sonaba a todo lo siniestro, desde la maldición hasta el quejido, preguntome, con sus ojos anhelantes fijos en los míos asombrados-: Dime, madre, ¿es verdad que tú eres... mala?

»-¡Mala yo, hija de mi vida!-exclamé bajo la sensación de un escalofrío mortal-. Pues ¿no me conoces todavía? ¿No sabes lo que te quiero..., cómo te trato?...

»-¡No es eso, no, lo que yo te pregunto! -añadió con una entereza y una decisión que me aterraron-: te pregunto si es verdad que eres mala, pero mala... de otro modo..., ¡mala mujer!

«¡Ciega yo, torpe mil veces, que, con pensar tanto en ello a todas horas, no sospeché de qué se trataba entonces hasta que sonaron en mi oído estas tremendas palabras!

»Dicen que dos grandes poetas han apurado todos los horrores que caben en la imaginación para pintar los tormentos que padecen los condenados en el infierno. Es imposible que entre tantos suplicios imaginados haya uno solo comparable al que yo padecí en aquel terrible instante. Espantábame el siniestro resonar de aquella afrentosa pregunta en una boca tan casta; pero aún me atormentaba más la vergüenza de merecerla.

»No sé si por eludir la contestación con una evasiva, tregua ilusoria de un condenado a muerte delante ya del patíbulo, o porque así lo pedía el tumulto de mis ideas, dejando a la pobre niña en las garras de sus dudas mortales, atrevime a preguntarla, aparentando un valor que no tenía:

»-¿Quién te ha dicho eso?

»-Esta carta -me respondió, entregándome el papel que traía en la mano.

»-¿Cuándo la has recibido y de quién es?

»-No tiene firma ni fecha, y la he recibido poco antes de entrar aquí. Me la trajeron de su parte; de parte de él...

»-Justo, para que, como cosa suya, cayera en tus manos y no en las mías. ¿Y tú crees que sea obra de Ángel?

»-Ángel podía llegar a olvidarme, pero no a herirme de este modo.

»¡Y todo este diálogo, con mucho más que no hay para qué reproducir, le sostenía yo para ir alejando el instante de fijar la vista en el papel, que me abrasaba las manos! Fuera de quien fuera, ¿qué más daba, si era la delación de mis delitos al juez que más me intimidaba en el mundo!

»Al fin, puse mis ojos en la carta, y tuve alientos para enterarme de todo su contenido. ¡Qué infamia! ¡Y yo dudaba poco antes que hubiera almas bastante viles para cometerlas tan grandes como aquella!

»La letra estaba desfigurada; pero así y todo, yo veía en aquellos renglones contrahechos, sobre la fina superficie del papel, un cierto tufo diabólico, un rastro que me delataba una mano conocida que no acababa yo de descubrir.

»Pero allí constaba todo, ¡todo! ¡Y con qué astucia más infernal! El móvil de la carta parecía ser un hermoso sentimiento de cariño a los dos enamorados. Luz podía estar inquieta por las ausencias no explicadas de Ángel; podía hasta desconfiar de su lealtad; y por eso y porque se suponía a Luz enterada de la historia de su madre, se la hacia saber lo que le pasaba al pobre chico. Sus padres me conocían al pormenor, ya hacía tiempo; y al hablarles el hijo de sus propósitos de casamiento con Luz, le habían presentado como obstáculos insuperables..., y aquí empezaba la lista minuciosa de todos mis pecados, reales y supuestos; con un lujo de colorido sobre sus calidades y resonancia, que no había más que pedir. El oprobio de mi casamiento se escapaba del papel. Donde más se podía escandalizar la inocencia y el candor de la hija, allí se hundía el trazo para afrentar más a la madre. Y esta sarta de iniquidades se hacía para venir a parar a que, no siendo el asunto tan grave como a Ángel se le antojaba, muy pronto se vencería el estorbo, reflexionando los padres que faltas como las mías eran demasiado corrientes y toleradas en el mundo, para que se opusieran como impedimento a la felicidad de dos enamorados tan dignos de ser felices.

»Todo esto leí; de todo esto me enteré, gastando en ello todas las fuerzas de mi voluntad. Pero era preciso hablar, responder de algún modo a aquellos cargos terribles; y para esta empresa ya no tuve alientos. Luz, entretanto, continuaba pidiéndome una respuesta con los ojos. ¡No los apartaba de mí! Estaba trémula, convulsa, la desdichada.

»¡Cómo ciega y aturde el peso de una conciencia cargada de iniquidades! Yo, la mujer desenvuelta, fría y despreocupada de los salones; la dama de los grandes recursos para la intriga; la afamada humorista de las ocurrencias felices, ni siquiera di en el sencillo intento de deshacer con una negativa terminante aquella tempestad de desdichas que bramaba sobre mi cabeza..., porque me hubiera bastado eso solo para conseguirlo: después me he convencido de ello pensándolo con serenidad. Pero entonces, en las pocas preguntas y en la actitud indescriptible de mi hija, yo no sé qué oí, qué vi de extraño, de sobrenatural, como si fuera el rayo de la justicia de Dios que comenzara a castigarme.

»Y me aterré más todavía; y cuando Luz, pareciéndole siglos los instantes que yo tardaba en responderla, me dijo, con la voz de su angustia desesperada: «¡Habla, aunque sea para acabarme de matar!, yo enmudecí y bajé la cabeza, cerrando los ojos. Quería ocultarme en aquella ilusoria obscuridad, ya que el suelo no se abría bajo mis pies para devorarme. Oí entonces sollozos y quejidos: la agonía de un alma. ¡Desventurada! ¡Cuánto perdía con aquel silencio mío, que era la declaración de los escándalos de su madre!

»El remordimiento, el dolor de herirla tan hondo y en tantos sitios a la vez, produjo en mí una súbita reacción. Ardíame la sangre que momentos antes era hielo desleído; zumbábanme las sienes, y el corazón no me cabía en el pecho; abrí otra vez los ojos, y tuve que cerrarlos de repente, porque los sentí deslumbrados por las mismas llamas infernales que me abrasaban el rostro. Un ciego impulso de mi amor de madre me arrastró hacia Luz con los brazos extendidos; pero otro impulso más fuerte de la conciencia me detuvo allí... No me atrevía a abrazarla, porque abrazarla era poner en contacto su inmaculada pureza con las escorias inmundas que imaginaba yo ver salir a borbotones de mi pecho. En tan negro desamparo, elevé mi pensamiento hacia Dios; y tampoco halléel consuelo que buscaba, porque no tuve fuerzas para llegar a tan alto en tan mala compañía. La conciencia de mis culpas me cerraba todos los caminos que yo intentaba seguir mendigando un instante de sosiego. ¡Como si le mereciera! Entonces, en el paroxismo de mi desconsuelo, sin mirar a Luz, sin ver si quedaba viva o muerta, huí de su lado y corrí a esconderme, con el peso de todos los tormentos en el alma y sin el consuelo de una lágrima en los ojos.

»No sé cuanto tiempo permanecí en mi gabinete aturdida bajo aquel torbellino de pensamientos desquiciados y de visiones febriles, porque no hay medida para los huracanes del espíritu. El infeliz que los padece siente los estragos, pero no estima las horas. Y eso me pasó a mí.

»Cuando el cansancio de tan ruda batalla prestó un poco de sosiego a mi discurso, comprendí que, con haber pensado tanto, no había pensado en nada útil, y que era preciso pensar en algo, buscar una puerta para salir de aquel antro sombrío, si es que el antro tenía salida que no fuera para conducirme a otro más tenebroso.

»Y discurrí, y fatigué la enardecida máquina de mis ideas..., todo para la pobre víctima de mis enormes faltas: yo, su verdugo, no tenía derecho ni a disculparme para moverla a que me las perdonara. ¡Pero era tan estrecho el círculo en que se revolvían mis pensamientos por la naturaleza misma de las cosas meditadas!, ¡había un enlace tan íntimo entre lo que era irremediable y lo que podía tener algún remedio! Al fin, la necesidad, la obligación de hacer algo, me sugirió una idea que ya había entrevisto yo flotando a ratos en el oleaje de la pasada tempestad. No era todo lo que se necesitaba en una obscuridad como la mía; pero era algo, era un proyecto, una salida, un camino, el único camino que veía, y me decidí a seguirle sin perder un solo instante.

»Llamé, pedí el carruaje y comencé a vestirme para salir... ¡No me atreví a preguntar por mi hija, y no la echaba de la memoria un solo instante! ¿Qué haría, la desdichada, desde que yo la había dejado en el suplicio de su honda pesadumbre y sin alientos para llorar! Quería verla, necesitaba verla, porque su dolor me atormentaba más que los míos; pero me faltaba valor para ello: temía agravar sus angustias con mi presencia..., y temía, hasta el espanto, leer mi desprestigio en sus ojos. Quien haya tenido hijas buenas y enamoradas de su madre, que diga si hay puñal que más hondo hiera, ni azote que más afrente que la mirada que yo temía.

»Me vestí muy pronto y salí de puntillas hasta el gabinete de Luz, que no distaba mucho del mío. La puerta no estaba bien cerrada y había un resquicio entre las dos hojas. Miré por él, latiéndome el corazón y temblándome todo el cuerpo; y la vi, allá en el fondo y en el mismo desaliño en que yo la había dejado en mi despacho, recostada en un sillón; el rostro, descolorido; los ojos, enrojecidos y secos; la mirada, perdida en el cúmulo de los pensamientos; la expresión, de honda tristeza, y las manos, abandonadas sobre el regazo. ¡Qué dolor!... ¡y qué corazón había elegido para anidar! ¡Y todo aquel estrago era obra mía; de mis maldades, de mis escándalos!

»Esta idea me hirió como un rayo: sentí la sacudida en el pecho, y una oleada de lágrimas inundó mis ojos: ¡el primer beneficio que me otorgaba el duelo implacable de aquel día! Porque no oyera Luz mis sollozos, intenté cerrar la puerta; pero notó su débil rechinar y volvió la cara. Por si me había visto, me resolví a entrar, dispuesta a todo. De cualquier manera, yo no podía vivir así.

»No se mostró sorprendida al verme, ni me miró con dureza. Esto solo me dio un gran consuelo y fuerzas bastantes para atreverme a sentarme a su lado; pero no supe qué decirla. Temblaba yo como una hoja de otoño próxima a caer de la rama sin jugos.

»Estando en estas indecisiones, reparó ella en mí traje, y me preguntó con voz algo empañada y muy débil:

»-¿Vas a salir?

»-Sí, hija mía -respondí.

»-¿Adónde?

»-Muy cerca..., para un asunto que nos interesa..., que te interesa a ti, sobre todo.

»Se encogió de hombros y volvió la cara hacia el balcón. La silla que yo ocupaba era más alta de asiento que su butaca: de modo que su cabeza quedaba algo más baja que la mía. Siempre que yo me separaba de Luz con cualquier motivo, nos dábamos un beso... ¡Qué hambre tenía yo del beso de aquel día! No atreviéndome a pedírsele ni pudiéndome resignar a irme sin él, quise robarle con una astucia, a la cual se prestaba la diferencia de alturas de nuestros asientos. Me fui deslizando del mío poco a poco, y bajando, bajando, hasta verme de rodillas delante de ella. ¡Aquel era mi puesto!, ¡así debía estar yo, y más abajo todavía, y pisoteada por sus pies! Fingí hacer lo que hacía para observar más a mi gusto su cara.

»-Estás casi en ayunas -la dije-, y necesitas tomar algo que te conforte... ¿Quieres que almorcemos antes de salir yo?..., porque ya es hora.

»-Estoy muy bien -me respondió impasible. -No necesito nada, sino quietud... y silencio.

»-De manera que yo he venido a molestarte... Perdóname por la buena intención que tuve... Como voy a salir..., me dejé llevar de la costumbre: ya sabes cuál es...

»Y la miraba a través del velo de la mantilla que me había echado sobre la cara.

»-No me molestas -me dijo sin acercar la suya tanto como yo quería.

»-Pero tampoco me necesitas, ¿no es cierto? -repliqué devorándola con los ojos.

»-Y ¿sé yo -respondiome sacudida por una gran emoción -qué es lo que deseo ni qué es lo que necesito; qué es lo que menos me daña ni lo que más me conviene!... ¡Si todo me parece ahora del mismo sabor!

»Acudí presurosa a contener aquel torrente de dolor que se desbordaba, con los pocos recursos de que podía disponer.

»-Cierto, cierto -la dije, acariciando una de sus manos, que había cogido entre las mías-, y yo soy una imprudente, una egoísta, preguntando esas cosas... Ya vendrá tiempo de tratarlas como se debe; y para que llegue cuanto antes, voy a salir en seguida... Porque ya te dije que iba a salir..., ¿lo has olvidado?

»-No.

»En esto avisaron que el coche aguardaba.

»Ya lo oyes -la dije, acercando más todavía mi cara a la, suya-, y si he de volver pronto... Conque ánimo, que Dios, aunque aprieta, nunca ahoga... En cuanto vuelva, dentro de una hora lo más, te informaré de todo lo que me haya ocurrido... Será bueno para ti..., para las dos, no lo dudes. Entre tanto, dejaré advertido que te den una sopita clara..., un caldo siquiera..., porque no puedes estar así... ¡Ea!, adiós, hija mía...

»Pero yo no me incorporaba ni alejaba mi cara de la suya.

»-Adiós -me dijo, al fin, estampando un beso, frío y maquinal, en mi frente.

»Pero así y todo, me pareció aquel beso un regalo celestial; hízome la impresión de un rocío benéfico en la sequedad de mis amarguras; y dejándome llevar de los impulsos del corazón, tomé la cara de Luz entre mis manos y se la cubrí de besos y de lágrimas. No pensé ya en que pudiera mancharla el rastro de mis liviandades. El llanto de mis remordimientos lo lavaría todo; y, además, yo necesitaba aquello para vivir.

»Salí en seguida con mayores alientos y mejores esperanzas; hice a mi doncella los encargos que juzgué convenientes para atender al cuidado de Luz, y bajé al portal. El aire, el sol, el ruido y el movimiento de la calle me produjeron una impresión tristísima. Parecíame que el velo de mi mantilla no era bastante tupido para evitar que las gentes leyeran en nu cara lo que me estaba pasando.

»Al entrar en la berlina, dije al lacayo en el momento de ir a cerrar la portezuela:

»-Imperial, 15.»


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