La Montálvez: II-11

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La Montálvez
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Parte II: Capítulo XI​
 de José María de Pereda

Un mozo rico, muy guapo, de alma noble, de claro y bien cultivado entendimiento, sin gota de sangre azul en las venas y sin trato ni conexiones de ninguna especie con el «gran mundo», era cuanto, puesta a soñar, hubiera soñado la Montálvez para novio de su hija. Y este novio existía de verdad, y amaba a Luz, y Luz estaba enamorada de él.

Hasta aquí el asunto iba rodando sobre carriles de seda y oro. Pero Ángel, el autor de aquella novela nonata, en la cual se hilaba tan delgado a propósito de las hijas buenas de madres malas, resultaba, a última hora, pedazo de las entrañas de aquel espectro que parecía no tenerlas para las madres pecadoras, y que la marquesa no podía olvidar, con no haberle visto más que una vez; y con este resultando y aquellas dudas novelescas del mozo, ya el asunto cambiaba de aspecto y de marcha, y hasta cabía pensar en que descarrilara, si el diablo se metía por medio con una de las suyas. Por de pronto, solamente al diablo se le podía haber ocurrido la idea de que tantas y tan buenas prendas estuvieran reunidas en un hijo de aquel otro demonio, y que este hijo se le hubiera metido a ella por las puertas, y hasta en lo más hondo del corazón de Luz. ¿Por qué no le había parido otra madre más humana? Y ¿cómo se concebía que pudiera nacer tan hermosa rama de tan feo tronco? Caprichos de la naturaleza.

A todo esto, la marquesa estaba ya, de vuelta de sus baños, en su casa de Madrid; la cual casa frecuentaba mucho Ángel, porque para eso le había sido ofrecida por la amable señora. ¡Y qué bien se acomodaba el mozo a aquellos ambientes refinados que tan nuevos eran para él! Verdad que, fuera del aparato escénico que ya nos es conocido, no había en las costumbres de la casa de Luz la menor singularidad que pudiera extrañarle ni aturdirle.

La mayor parte de las noches la madre y la hija se las pasaban sin salir y eran contadísimas las personas que las visitaban: señores mayores, muy sosegados y juiciosos, y muy atentos y muy amables con él. Algunas señoras por el estilo andaban por allí de vez en cuando, y, más de tarde en tarde, dos, como de la edad de la marquesa, jamonas tan de buen ver todavía como ella. La una era rubia, condesa viuda de Camposeco; pero la marquesa siempre la llamaba por su nombre de pila: Sagrario. Gastaba muy buen humor, y solía decirle cuchufletas; lo mismo que a los demás. La otra, también viuda y también titulada, aunque por derecho propio, marquesa de Espinosa, y también llamada por la de Montálvez por su nombre de pila, Leticia, era muy distinta de Sagrario: menos estrepitosa, más seria y, quizá, mejor tipo. Tenía unos ojos negros y escrutadores que punzaban al mirar, correctísimas facciones, algo morena, y muy esbelta todavía. Observaba mucho y hablaba poco; pero esto poco resultaba esculpido. Con él, con Ángel, estaba sumamente amable, y cuando no le hallaba hablando con Luz, le llamaba para que se sentara a su lado. Le hacía muchas preguntas sobre su modo de vivir, sobre el origen de su enamoramiento y sobre el de Luz, y parecía interesarse profundamente por los dos, y con este motivo le daba consejos, y muy juiciosos; a veces, hasta le floreaba todo cuanto cabía en una señora tan discreta y tan... últimamente mostraba gran empeño en que fuera de vez en cuando por su casa. No le pesaría. Había en ella buenos cuadros, bronces de mérito, encuadernaciones y grabados que merecían verse por un hombre de tan nobles aficiones y de tan buen gusto como él; sólo que Ángel, aunque muy reconocido a tan inmerecidas deferencias, no se atrevía a abusar de ellas ni juzgaba que debía hacerlo por entonces. Temía adquirir nuevos compromisos de sociedad, cuando su trato con la marquesa de Montálvez era todo cuanto podía soportar sin trastorno considerable del método de vida que se hacia en su casa. Más adelante ya sería otra cosa... y hasta conveniente para él. ¿Quién dudaba que era provechosa la amistad bien cultivada de una persona tan distinguida, discreta e influyente como aquella señora?

Además, o era aprensión suya, o la marquesa de Montálvez no ponía tan buena cara a estas dos amigas como a otras que también la acompañaban a ratos; y por si el recelo era fundado, trataba de intimar lo menos que podía con ellas, y jamás hablaba a la marquesa de las confianzas y deferencias con que Leticia le distinguía.

También era visita de la marquesa el señor don José Celestino de Guzmán, el amigo de su padre... y de él, salvas las debidas distancias. ¡Con qué gusto le vio aparecer allí una noche! ¿Y quién se lo había contado? Porque el señor de Guzmán lo sabía todo, a juzgar por algunas cosas que le dijo entonces, y otras varias que le fue diciendo después. Preguntole una noche, sonriendo, si lo sabían en su casa, y Ángel le dijo que no. Otra vez, y también muy risueño, le preguntó si creía que podría servirle de algo... para allanarle el camino, por ejemplo; y Ángel, sin detenerse a poner en claro de qué camino se trataba, apresurose a responder que sí; pero a su tiempo, si fuera necesario: por de pronto, quería ser él quien diera la sorpresa a su familia, y contaba con que la sorpresa fuera grata.

Con ser Guzmán el que menos andaba por allí, en opinión de Ángel era el mejor recibido de todos los visitantes de la casa, particularmente de Luz. ¡Cómo le quería... y cómo la mimaba él!... Lo mismo que hija y padre. ¡Y qué bien le sentaba al señor de Guzmán el papel de padre de una hija como aquella! ¡Si, por una rara casualidad, hasta se parecían... y mucho! Según le refirió la marquesa, a Luz la había conocido y tratado él desde que era muy niña. Por eso se querían tanto. Lo que era una compasión, a juicio de Ángel, que siendo viuda la marquesa y soltero su amigo, no hubieran tenido la ocurrencia de casarse. Formarían una excelente pareja...

Pero ¿de dónde habían sacado las personas que Ángel trataba fuera de allí, que las gentes del «gran mundo» eran unas tales y unas cuales? ¿De dónde lo había sacado su madre, que las tenía siempre entre cejas? A juzgar por lo que iba observando él en aquella muestra, ¿qué mayor llaneza, qué mayor afabilidad en el trato, ni qué mayor sencillez de costumbres? Cuidado que en aquella casa hasta se rezaba bien a menudo. Varias veces había llegado él en ocasión de estar la madre y la hija en el oratorio; porque hasta oratorio tenía la casa de la marquesa de Montálvez... ¡Ah!, si las personas mal informadas, si su aprensiva madre pudieran ver lo que él iba viendo tan despacio y tan desapasionadamente, ¡qué diversos serían sus juicios sobre aquel delicado particular!

Muchas veces estuvo a punto de hablar con ella de estas cosas; pero siempre había concluido por considerarlo fuera de sazón todavía. Por eso ni su padre ni su madre estaban al tanto de lo que pasaba. Sospechaban que había algo, porque Ángel era muy otro de lo que fue, por el desarreglo de sus horas, por sus arrobamientos y preocupaciones y hasta por el modo de vestir; pero nada más. Echábanle saetillas bien intencionadas en la mesa y en los ratitos de conversación que había a menudo entre los tres; pero la buena parte iban con indirectas ¿No le veían risueño, no le veían gozoso y no estaban siempre hurgándole para que saliera en busca de su media naranja? Pues si de estar buscándola ya se trataba, como ellos iban sospechando, y le veían lúcido, sano y contento, ¿qué más necesitaban saber por de pronto? Ya se andaría lo que faltaba por andar; ya les daría la sorpresa de las sorpresas cuando fuera la hora de dársela...

Pero ¿por qué lado la tomarían entonces? Estaba seguro de haber oído hablar más de una vez en su casa de la marquesa de Montálvez, no recordaba si para bien o si para mal, ni con qué motivo, porque no se fijaba nunca en el tema de las conversaciones que no le interesaban probablemente sería para mal, porque, para bien, jamás tomaba en boca su madre el nombre de ninguna señorona. Manías sin importancia de la pobre mujer.

Entretanto, que continuara aquella casi muda porfía que aguzaba los apetitos de la curiosidad de los cariñosos viejos con lima de mayores dientes cada día (y ya duraba cerca de cuatro meses la labor destructora), y que le dejaran apurar hasta la última gota de la miel de sus amores castos, la cual le brindaba nuevas dulzuras a cada momento.

Porque Ángel, artista de corazón y con el pecho atestado de impresiones vírgenes y profundas, estaba maravillado de ver cómo aquella flor purísima iba desplegando sus hojas al calor del nuevo sol, y absorbiendo con avidez la luz y el ambiente del desconocido mundo, a medida que se ensanchaba y crecía sobre su tallo oscilante.

Estas metáforas eran de Ángel. Luz era la flor; el amor de Ángel, es decir, Ángel entero y verdadero, el sol que la esponjaba; y el ambiente y la luz, los cuadros de humana realidad con que él iba despertando a la cándida soñadora de paraísos alegóricos.

Ya habían concluido entre los dos los temas de aquel colorido fantástico: se habían bajado a la tierra de los mortales; y era de admirar el relieve y la vida que había adquirido la belleza de Luz con este cambio de residencia y de clima. Hasta se sonreía cuando Ángel evocaba aquellas imágenes idílicas para compararlas con las realidades presentes.

-Y has de concluir por borrarlas de tu memoria -la dijo una vez el entusiasmado mozo.

-¡Eso no! -respondió Luz con gran vehemencia-. ¡Cómo he de olvidar yo que por allí vinimos?

Y Ángel no acertó a responder con palabras, ni se atrevió a sustituirlas con el único medio, sobrado terrenal, que se le ocurría, de beberse la respuesta de Luz para refrescar sus ideas.

Así fueron corriendo estos trámites, que parecían no tener fin, porque en un alma como la de Luz siempre hallan tesoros nuevos corazones tan honrados y tan novicios como el de Ángel; pero si no se columbraba el fin, había que salir a buscarle; y Ángel dio los primeros pasos con esos rumbos, bien resuelto a no detenerse en el camino. Lo que él entendía por su deber, que acaso fuera una necesidad mal comprendida, le imponía esta resolución.

Luz no se desorientó tampoco en el nuevo terreno a que la llevó la consulta de Ángel. No llegaba su inocencia al extremo de ignorar a dónde se iba por donde ellos andaban con un mismo impulso y una sola voluntad. ¿Pensaba él que ya era hora de poner fin a aquella placentera jornada de su viaje y de emprender otra nueva y más agradable todavía? Pues bien pensado estaría. Todo era creíble para Luz, menos que Ángel y ella no fueran una misma cosa, con un mismo corazón y un mismo pensamiento; que lo que les estaba pasando a los dos no fuera lo que debía pasar, ni que hubiera en el mundo suceso ni contrariedad destinados a impedirlo. ¿Quién, ni qué se resiste contra el ambiente que se respira y el sol que alumbra? Pues como el sol y el ambiente eran para ella la vida y el amor de Ángel: elementos naturales y necesarios de su propia existencia.

Y esto se lo contaba ella a él a su modo; pero tan sencilla y desembarazadamente como si el ocultárselo le fuera tan imposible como dejar de verle cuando le estaba mirando. Con lo que Ángel acabó de perder los estribos, y se fue poco después, despidiéndose con desusado acento «hasta mañana», dejándola el corazón entero en una frase, y llevándose la energía de los grandes héroes en un propósito.

Recién llegada Luz de su expedición de verano, se había hecho retratar a gusto de Ángel: de cuerpo entero y con un vestido de falda bien plegada, sin pabellones, frunces ni embutidos en ninguna parte; la caída natural de los paños, y el cuerpo ajustado y descubierto; la cabeza sin más adorno que una flor, y el pelo sin artificios piramidales, ni greñas de estúpido ganapán sobre la hermosa frente; la actitud sencilla y la mirada fija en él. Esto le pareció un poco difícil de conseguir a Luz no estando presente Ángel; pero Ángel, que ya contaba con la dificultad, tenía bien estudiado el modo de vencerla, y de vencerla al tenor de sus deseos. «Para retrarte así, la encargó, vuélvete con la imaginación a tu paraíso, y mírame desde la azotea de tu chalet». Y eso hizo Luz, de muy buena gana; y por eso resultó su cara en el retrato con la expresión de la de una virgen ideal de las Catacumbas, en sus arrobamientos celestiales.

Ángel llevaba siempre consigo y sobre el corazón un retrato de estos; y en contemplarle en la soledad de su cuarto se le iban las horas muertas: de modo que, con las que invertía en conversar con el original, casi se le pasaba el día sin separarse de Luz... y la noche también, porque en cuanto se dormía el bendito de Dios, ya estaba soñando con ella.

Pues bien; en la virtud de este retrato confiaba grandemente el hijo de don Santiago Núñez para facilitar sus primeras exploraciones en el ánimo de su madre.


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