El Lazarillo de Manzanares: 10

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Capítulo III[editar]

Cómo se fue a Alcalá y se acomodó con un pastelero


Considere vuesa merced qué sentiría un muchacho solo y que dejaba su tan amada patria, cuando menos la Corte. Tanto lloré, tanto me afligí y tan desconsolado estuve, que a no llegar el carro llegara mi fin. ¡Oh pecador de mí, era quien quiera lo que yo perdía! Mis padres habían de ser muy ricos, porque los dos eran mayores ladrones que antes y ella muy gran hechicera, y esto la valía muchos ducados, y según lo que me querían toda la hacienda había de venir a parar en mí. Subíme en él y al otro día busqué por aquellas calles algún estudiante a quien servir para estudiar. Sucedióme mejor, porque como llegase a una pastelería, cerca de la cual pregunté a uno si había menester un criado, me encaró la pastelera y yo a ella, y llamándome me dijo si tenía quién me conociese.

-¿Para qué?

-Para recibirte yo.

Dije que sí.

-Y ¿fiarte ha?

-También me fiará.

-¿Dónde vive?

-En Madrid.

-¡Y hallarás comodidad en breve teniendo el fiador tan cerca! ¡Miren que al cabo de la calle era su casa!

Yo la respondí: «Señora, claro es que quien busca comodidad en Alcalá que no anda avisado en decir que tiene el fiador en Madrid», mas que había respondido conforme a su pregunta, porque oírme buscar por dónde fuese estudiante y quererme hacer pastelero, era de las donosas cosas que en mi vida oiría.

Entonces volvió a mí toda la cara, que antes no tuvo más que la media, porque el breve coloquio pasó entre los dos metida la media pala en el horno y ella de un lado, y me dijo:

-Que no tan sólo te quiero hacer pastelero, antes ayudar para que seas tan gran estudiante como de tu natural fío. ¿Sabes leer?

-Sé leer, escribir y contar, y algo de los principios de la latinidad.

-Entra pues; almorzarás.

Hícelo, y subiendo arriba bajó un par de huevos. Aderezóme con ellos un pastel, hízome traer vino, preguntándome si quería otra alguna cosa; tanto la cuadró lo que de la fianza le dije y el hallarme hábil para lo que ella había menester.

Ya vino el marido y se le dijo cómo me había recibido con condición que me diese estudio, y que el demás tiempo gastaría en cobrar cosas que se les debía, en escribirles lo que fuese menester en casa y hacer la cuenta de muchas cosas que por falta de solicitador y de quien supiese contar estaban perdidas, y que no había de entrar ni salir en el oficio.

Ansí fue; diéronme el hueco de debajo de un escalera, un cofre con mi llave y la del aposentillo. Luego escribí a mis padres la buena fortuna que me había corrido y ellos me respondieron muy contentos, en particular mi madre, prometiéndome cumplir lo prometido.

Yo empecé mi obra acudiendo a lo concertado. Teníalos locos de contento porque les leía en un libro, y todas las coplas nuevas que salían. Regalábanme, queríanme y dábanme muchas cosas, y después de bien ganada la voluntad me dijo si la quería escribir un papel para un su primo, familiar de cierto colegio. Dije que sí, y en el discurso dél conocí que era primo carnal. Y es el caso que mi ama quería bien al familiar y mi amo a una hermana suya. Llevésele y fui en él muy encomendado, y tanto que, leído, me llevó a su aposento donde me hizo mil regalos, dándome confites y dineros y ofreciéndome encomendarme al preceptor de la gramática para que tuviese particular cuidado conmigo. Y a todo esto no cesaba yo de mirarle, y era ocasionado para ello, porque no he visto yo hombre más alto ni más cerrado de barba, más negra ni tan apretada; tanto, que parecía de las escobillas con que nos limpiamos la cabeza. Era tan negro como mis culpas, y como los dientes fuesen muy blancos y los labios colorados y lo demás tan negro, parecía, riéndose, Ganasa. Era carirredondo todo lo que vuesa merced mandare, y las narices tan romas que parecía tenerlas derramadas por la cara. Tenía una gran vara de medir de espalda y otra de pecho y dos de cintura. ¡Dejaba de comer por mirarle!

Ya me respondió al papel y me fui a casa, donde tampoco me hartaba de mirar a mi ama, porque, como sea verdad que tras lo hermoso se suelan despeñar las voluntades, me admiró mucho que una mujer de sus partes se pagase de las del familiar.

Era blanca, ni muy flaca ni muy gruesa. Tenía lindas figuras y hermosísimas manos; lindos ojos, gran donaire. Y finalmente, era muy dama, y toda ella rebuena.

Que solenizó el papel pensará vuesa merced, holgándose con él. Antes se mostró enfadada, propia paga del diablo. Valióme dos reales dél y uno della, los cuales guardé con los demás que había llegado y con los diez escudos que mi madre me dio. Porque los amigos favorecen tal vez y el dinero de ordinario. De ellos se dice ser otro yo, mas, si se entendiere del dinero, no se habrá puesto en mal lugar, porque si yo haré por mí lo que pudiere, ¿quién mejor que él hará otro tanto?




El Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés de Tolosa

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