El Lazarillo de Manzanares: 20

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Capítulo XIII[editar]

Cómo se enamoró y cómo de esta causa nació despedirle su amo


Heme aquí, vuesa merced, que gozo tranquilidad de vida sin cuidar más que de comerme lo mejor que a las manos podía haber. Pues sepa ahora que el diablo del portugués cayó en desgracia de mi dueño por haber entendido que sólo servía tratar de los polvos filosofales, consumir su hacienda y quedarse él con parte della, aunque en el hábito no lo mostró, porque si supiera de la piedra que intentaban lo que de estudiar un jubón de ajedrez, a ser de color los remiendos que le echaba, diera muy presto con ella; pues ya cerca de las medias tenían tantos puntos que nos sucedía a los que las mirábamos lo que a un hombre ciego con su mujer, hermosa pero corcobada, que era tentarla el defeto y no verla el buen rostro, porque lo que veíamos estaba tan puntuoso como he dicho, y bueno lo que cubría el herreruelo.

Este tal hombre o diablo, más astuto que Ulises, me olió los dineros, y procurando entrar en mi voluntad para por allí soldar la pérdida que el salir de en casa de mi amo le trajo, dio conmigo en la de unas damas de buenos talles y caras, cuyas salas estaban tan bien aderezadas que yo creí servía en ella, y era el dueño.

Luego que entré se levantaron, y haciéndome más cortesía de la que una sotanilla y herreruelo de bayeta merecían, me sentaron dentro de la tarima en un taburete bajo, en medio de las dos puedo decir, porque si al principio no se me puso más que la una al lado luego vine a estar con la otra al otro. Sentóse él al de uno dellas y empezaron a combatir mis dineros, que a eso miraba ofrecerme posada, hacienda y personas, y esto asiéndome las manos la que a mi lado izquierdo estaba, porque era la que mejores las tenía, por cuya razón la tocaba hacer aquel papel. Eran tan blancas que me deslumbraban, pues me sacaron mis dineros, y tan largas que alcanzaron desde su posada hasta la mía, donde estaba mi baúl.

Tenían las dos buenas caras, y la que no tan buenas manos, rebuena; de manera que no sabía a dónde volverme, y me lo conocieron ellas, y que habían negociado, porque como quiera que el interés había de quedar en casa, no importaba viniese más por la una que por la otra.

Dijéronme tantas cosas que yo no las sabré referir, mostrándose enamoradas y celosas la una de la otra, a cuya música, sirviendo mi fratiquera de tecla y de fuelles mis cascos, echaba el bellacón una voz por defuera, por defuera digo, siguiendo la metáfora, que por de dentro fue, pues metió en casa el dinero. Éste me decía que era yo hechicero para cuantos me trataban, y que era sin duda tener piedra imán conmigo, y ellas que había muchos días que estaban enamoradas de oídas, porque las habilidades, buen término y mejor persona que se les había pintado obligaba a ello. No tan sólo me pidieron, antes dándome de merendar me bailaron como rascándose un baile endemoniado cuyas mudanzas me atestaron en el alma, porque el garabato y el aire con que lo hacían era mejor que lo que hacían.

Yo me puse bueno para ellas, mas muy bellaco para mí. Enamoréme a fuer de discreto de manos blancas y ojos negros. Y que hice lo que digo lo conocí en que poniendo los ojos en el dinero que tenía que gastar, me pareció poco, como en realidad de verdad para aquella casa lo era. Y dije entre mí: «¡Enamoradito estoy!, pues yo haré cómo no gastar mi dinero bobamente.» Y fue el cómo comprando una cadena que pesase el que yo tenía; fui un asno, porque determiné esto, mas no dejar de acudir allá.

Despedíme, bajaron conmigo hasta la puerta de la calle pidiéndome no las olvidase y haciéndome mil monerías. Prometílas volver y a mí me prometí cumplirlo. Compré luego la cadena como determiné, porque teniendo docientos y cincuenta ducados empleados en ella, me parecía a mí que estaban en sagrado, y que cincuenta que me quedaban eran muy suficientes para pleitear, según la voluntad que me mostraban; y a esto me persuadí a los postreros tercios de la conversación, viendo las veras con que me hablaba la de las manos blancas, la cual me dejó tan a puertas como vuesa merced veía.

¿Viendo las veras dije? ¡Fui un asno! Y no es milagro, pues los muy socarrones no se persuaden a que lo que se les dice es mentira, ni a que lo que gastan es más de por ser ellos hombres de bien y reconocidos; y si se descuidasen los pondrían de pies en la calle con un rótulo a las espaldas que dijese su nombre y a dónde vive, más por echar della a quien no tiene qué dar, que por hacerle buena obra.

Dije veras; las palabras dulces he de decir, pues éstas puede conocer cualquiera, no las veras, que ésas están guardadas para Aquel ante quien todas las cosas van a registrar. ¡Oh, gran maestro, mi amo y mi compañero que días ha fuiste alimento de gusanos! ¿Dónde estás?, o ¿dónde estuve yo pues tan presto olvidé tu dotrina? Mas como sea ansí que la plática es distante de la teórica, si ésta me pudo enseñar lo que había de hacer, por faltarme la otra, no cómo lo había de hacer, si para salir bien desta había de haber probado en otra.

Compréla como he dicho, y una sotanilla de gorgorán para con el herreruelo de bayeta que era nuevo; y puesto con muy lindo cuello bajo con sus vueltas y la cadena encima del jubón, me fui allá, donde me lisonjearon y enseñaron lo que había de hacer con ellas si fuera querido, aunque me lo advirtieron para con otras. Y fue la doctrina que huyese de mujercillas, porque a una me acabarían vida y hacienda, y que pues tenía buen entendimiento me sería muy fácil conocer quién me quería a mí o a mis dineros; y a todo esto ayudaba mi amigo el portugués valientemente.

Pasé, como he dicho, que yo compré la cadena por no darla el dinero y fue ella lo primero que me quitaron, porque las ocasiones y el salir mal dellas obligan a lo que un hombre no piensa; y que la di más la resta de los cincuenta ducados, y que más la di la sotanilla, que lo mismo fue darla el dinero que me dieron por ella, y que más todo lo que pude adquirir por aquí o por allí, y que muchas cosas que en casa tomé con la salida de que los hijos lo hacían. Porque jugador o enamorado pobre no andan entre la cruz y el agua bendita, porque estas cosas huyen del diablo y él anda cargado de ellos, y es infalible que el que a una destas dos pasiones se sujetó, que se manchará si no saca pies.




El Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés de Tolosa

Aprobaciones: 1 - 2 - 3 - Suma del privilegio - Tasa - Dedicatoria - Al lector -

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