El Lazarillo de Manzanares: 25

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Capítulo XVIII[editar]

En que cuenta un sueño y cómo pasó a las Indias


Pues sepa vuesa merced que mi viudo se animó un poquito y dio conmigo una noche en casa de unas damas que, luego que me vieron, no hallaron lugar donde sentarme por la golosina de las cosas que he dicho. Hablamos allí y entretuvímonos un rato, al cabo del cual una dellas me preguntó qué quería decir soñar que la llamaban a juicio y que la llevaba el diablo, a quien yo respondí que no era Josef ni éste el tiempo en que se daba respuesta a tales preguntas, mas que aunque creer en sueños era gravísimo pecado, que la daba licencia que cuando lo tal soñase lo creyese y a la mañana se confesase, pues de nadie se podría decir se curaba en salud.

¡Ah verdad compuesta siempre con zumo de ajenjos! ¡También aquí tuviste mala posada!, pues mostrando el rostro agrio me dijo:

-Que me interpretéis el sueño os pido, no que me deis consejo, y esto burlándome os lo pregunto; como por pasar tiempo os lo he referido.

-Ara pues va de interpretación, ¿en qué habéis entendido estos días?

-He ido a la comedia de allí en un coche, y hémonos juntado mis amigas y yo a merendar y holgarnos.

-Pues digo, señora -la dije-, que justamente sueña que la lleva quien vos decís, a la que en tantos ejercicios se ha ocupado; y para esta interpretación no es menester la habilidad de Josef, pues cualquiera oyendo vuestro dicho os condenara a lo que yo. Fuera de que cuando las conversaciones no hayan sido de más peligro que ésta, soñastes jurídicamente, porque sueño es representación de algún objecto en la imaginativa mediante la especie sensible.

-¡Jesús qué cansado hombre! -me dijo apartándose de mí.

Acordéme entonces de la fábula del león, que preguntando él mismo si tenía mal olor en la boca mataba a quien le decía que sí. Experimentó este efecto el perro, pues de buenas a buenas le dijo que le olía muy mal. Ansí, señor perro, no haréis vos casas con azulejos, aprended de la zorra, que dice que no huele porque está con romadizo.

Con esto nos fuimos y yo dando y tomando en el sueño aún mientras cenábamos, y como aquellos días anduviese melancólico, tanto por haber visto morir a la señora de casa cuanto por el mal suceso de aquella pobre gente, y me acostase con esto, me dormí luego, porque había mucho que hacer. A cuyo cerebro me subieron unos flatos que por pasar por el corazón y tenerle tan melancólico como he dicho, soñé triste uno y ridículo otro, de cuya variedad de cosas se me representó la que más tuve entre las manos y más me importó salir bien della. Y tras ésta, luego inmediatamente, un donoso disparate, y fue que venía un comisario de la otra vida con pleno poder para castigar y hacer mercedes, el cual puso su supremo tribunal en la plaza, a cuya audiencia acudió multitud de gente: bien sea verdad que éstos fueron los que traían causas legítimas para que se les hiciese merced, que los que habían de ser castigados por fuerza vinieron.

Sentado que fue el juez en su tribunal, sin estar presentes más que la Muerte, el Desengaño y la Verdad -porque para ello se hizo un apartado a cuya puerta había porteros-, fueron entrando por su orden.

El primero que se visitó fue un hombre mozo, de no mal talle. Éste dijo:

-Señor, yo soy casado y vivo con gran tormento y muchas pesadumbres, de que es causa mi suegra, y yo no tengo madre en estos reinos. No se puede reñir con armas dobles, suplícoos mandéis que muera.

-¡Oh, la Muerte, llevaos esa suegra! Y para aliviar de gente, supuesto que la mayor parte viene a eso, todas las que hubiere en este lugar.

Cuando se oyó una voz que dijo:

-Señor, suplícoos que no muera la mía, que yo no me hallo mal con ella.

-¿Qué dice aquel hombre? -preguntó.

-Pide que no muera la suya -dijo un portero.

-Pues llevalde al infierno.

Y saliendo la Muerte a ejecutar la sentencia y pasando por junto a mí, me dijo:

-¿No sois vos Lázaro de Manzanares?

Espeluzáronseme los cabellos, y sin acertar a pronunciarlo, dije que sí, y junto con ello pregunté de qué me conocía.

Ella me respondió:

-¿Pues no queréis que conozca a quien estuvo a pique de casarse? Vení conmigo, que seguramente podréis ya.

Almorzóse a mi parecer en un cuarto de hora más de diez mil suegras, y si el almuerzo fue éste, ¡cuál sería la comida! Copiosísima, es cierto, a no impedirlo un portero que la vino a llamar. Fue, y yo con ella, a quien el comisario dijo que mirase lo que pedía un pobre hombre y que lo hiciese.

Era su petición que él estaba examinado de zapatero y que por falta de dientes con que tirar del cordobán no usaba el oficio y padecía extrema necesidad, que de la gente que ya no los había menester se le diesen unos. Fuimos a ello los tres y entre todas no se hallaron dientes que poderle dar. Yo me admiré en ver qué de tiempo habían vivido. Volvimos con la respuesta y él también se admiró y dijo que era imposible dejarlos de haber buenos entre las que faltaban, que si los diese entonces ansí había de ser ello. Mas, viendo ellas el daño que tan en casa tenían, se conjuraron y haciendo un escuadrón pusieron a la Muerte de manera que no quedó de provecho, y tan escarmentada que, si había de ejecutar alguna sentencia, preguntaba primero si era en suegra.

Al fin llevó buenos dientes, y como mi ya amiga la Muerte se cansase de estar en pie -por la gran flaqueza que consigo tiene- y se sentase en el suelo, donde se hallaba por la causa dicha tan mal, la dije que si no se nos tuviese a descortesía que, doblada mi capa, nos podríamos sentar sobre ella. Aceptó ella porque dijo saber no enojarse el comisario por ello.

La primera en número que por fuerza vino, y segunda en visita, fue una recién casada muy linda, a quien el comisario preguntó por su madre. Dijo cómo fue una de las que el día antes habían muerto.

-¿Y qué edad tendría?

Respondió que setenta y seis años.

-Ansí, viejos son vuestros pecados, pero ya venís sin ellos. Sírvaos ahora de castigo la vergüenza que aquí padecéis.

De manera que según lo que me pareció, la moza era forzada della en lo malo que hacía, cuyo rostro salió vertiendo -diré en propios términos- salud en las colores que dél se partían. Y bien digo salud, y que aunque la vertía, mejor se quedaba con ella.

-¿Cómo no entran unos hombres que he enviado a llamar?

-Porque no lo son en sus cosas.

-¿Y, pudiendo haber escarmentado, se están tan mozos como de antes? Y vengo determinado a castigarlos.

-Algunas viudas están aquí -dijo un portero-, que por no haberlos hallado las he traído.

-Daldas acá.

Pusiéronselas delante; venían con sus tocas de Cambray y con una vueltas junto a los codos y unos guantes de media legua de andadura. Luego que las vio el comisario dijo:

-¡Bueno, bueno! Esto quiero yo. Traedme aquí luego los hombres que os he dicho.

Vinieron y mandó se casasen con ellas: cruel castigo.

Allí entró luego un hombre, a su parecer satisfecho de que volvería bien despachado, que el juez le desconoció, y, diciéndole que no era él el que había visto hasta entonces, le dio por respuesta que sí era, salvo que por entrar antes que otros había tenido cierta pesadumbre en que perdió la cabellera.

-Y bien, ¿por qué os la ponéis?

-Porque parezco muy mal calvo.

-¿Y queréis volver a la edad en que tuvistes pelo para holgaros, como si ahora amaneciese? Pues sabed que ya es de noche. Y, ¿qué queréis?

-Suplicaros sane de un corrimiento que a las narices me viene, porque las tengo postizas y me ocupa mucho entrarme tan a menudo en un portal a limpiarlas; y podéis dármele en otra parte, cuando la merced no me hagáis cumplida.

-En fin, ¿que sois calvo y tenéis las narices de metal?

-Sí señor, y también tengo dos fuentes.

-Y con todo, los ojos cerrados -le dijo-. Pues el haceros merced es no hacer lo que me pedís, bástaos lo malo que sois sin daros ocasión a que lo seáis más.

Muchas veces dijo: «¡Entradme acá esos gruesos, entrádmelos acá!», cuando veo entrar cuatro o cinco que por fuerza llevaban un hombre muy hinchado, mirando con gran gravedad.

-¿Quién sois? -se le preguntó.

Respondió muchos títulos.

Ansí, dijo:

-Llamadme acá algunos de los que están ahí fuera. ¿Qué oficio tenéis? -fue preguntando.

Dijo el primero que gentilhombre de una señora.

-¡Vos tenéis harta mala ventura!

En fin, entre cantidad dellos el que mejor comodidad tuvo fue comer en casa de un hermano suyo.

Volvióse al hinchado y díjole:

-Hermano, he mirado todos estos hombres y veo que no tenéis más que ellos. Compuesto de las partes que ellos están, véolos sin tener en qué se ocupar, y a vos muy cargado de oficios. Id dando a esa gente hasta lo que alcanzare y quedaos vos con uno sólo, y no trabajéis más de por uno si no habéis de vivir más que por vos sólo.

Hízolo con tan grandes lástimas y tanto sentimiento que al paso que se iba desposeyendo se iba secando.

Tras éste entró una vieja y dijo que ella era ama de un cura medio sordo, muy mal acondicionado, y que ella era balbuciente y su amo reñía muy a menudo, y que por meterse en cólera no podía dar cuenta de sí, y andaba siempre la casa como si fuese de locos; que le suplicaba la hiciese merced de quitarla aquel defecto, pues naturaleza la hizo menesterosa de que hubiese de servir para comer, que la pusiese en estado que sin tanto trabajo lo ganase.

-¿Dónde está el cura? -dijo el comisario.

-Está aquí fuera.

-Pues, ¿por qué no entró?

-Dijo que aguardaba a ver mi despacho para entrar él luego.

Mandó entrase, hízole llegar cerca y díjole:

-¿Es esta criada de vuestra casa, amigo?

No se lo dijo en el tono que solía responder a propósito, y dijo:

-Si ella lo ha dicho miente, que no sé si es hombre o mujer.

-Ta, ta -dijo el comisario-, yo apostaré que hay sobrino en casa.

-Sí, señor -dijo la vieja-, un sobrino grandecito, gloria al Señor, tiene su merced.

-Ansí pues, Muerte, llevaos ama y cura y todos los demás que tuvieren sobrinos.

Tras éstos entró luego una mujer llorando muy amargamente, mas muy compuesta con su beca, lindos puños, muy bien aderezada toda ella y no menos la cara, muchas sortijas, lindo apretador de diamantes y muy buen cabestrillo. Y esto ya era a otro día muy de mañana.

Luego que el juez la vio dijo:

-¿Pues trayendo beca venís tan llorosa? Pensé yo que una de estas estolas alegraba toda una calle. ¿Qué es lo que tenéis que os ha obligado a madrugar tanto?

Ella dijo:

-¡Son grandes mis males!

-¡En verdad que no lo mostráis! No he visto yo venirlos a contar tan compuesta. Veníslo tanto que parece habéis salido de una caja. ¿Qué es lo que queréis?

-Señor -dijo-, ya que naturaleza me dio el parecer que veis y fortuna con que le adornase, son tan infernales los celos que de mí tiene mi marido que en el mes no se deja de reñir un día, y en ése dos veces cuando menos; de suerte que es mi casa un infierno sin darle yo ocasión para ello.

-¿No le dais ocasión -dijo- y parecéis diosa de las Indias, compuesta tan de mañana? Mas, ¿que no habéis mandado aderezar la casa?

-Es ansí, señor, mas fue por venir temprano a la vuestra.

-Pues, ¿el tiempo que gastastes en eso no fuera mejor gastarlo en esotro, y más no habiendo de poner vos de vuestra parte más que mandarlo? ¿En qué se ocupa vuestro marido?

-Hace negocios, y desde antes que yo viniese aquí está él fuera ocupado en ellos.

-¡Está bien, él trabajando y vos tan cuidadosa en engalanaros! ¡Llámenmele! -dijo.

Cuando puso los pies en los umbrales entró sentido de que le hubiese su mujer ganado por la mano. Traía la abertura del cuello enfrente de la oreja y muchos papeles en la pretina.

-¿Por qué sois -le dijo- tan celoso que aguáis los gustos a vuestra mujer?

Respondióle:

-Señor, yo la traigo de la suerte que veis y ella me trae de la que aquí vengo; no la pido más de que deje la amistad de ciertas amigas, cuya conversación será muy buena, mas yo no la quiero.

-¿Qué os parece? -la preguntó.

Ella dijo:

-Son unas viudas muy honradas y muy buenas cristianas que están rezando en la iglesia desde la mañana hasta mediodía.

-Digo, señor, que yo me entiendo y que quiero que rece mi mujer en casa.

-¿No le dais causa para que tenga celos? -dijo vuelto a ella, y a él mandó no hablase más, diciendo conocía a las viudas, a quien, poco ha, hizo langostas de unos hombres a quien venía a castigar, casándolos con ellas-. Vos, señora, venistes por remedio y fuera bien llevárades castigo, mas usando de clemencia por vuestro marido, que le hallo hombre de bien: ¡Desengaño, Muerte y Verdad, encargaos della!

Luego la asió el Desengaño, que más cerca estaba. Levantóse de mi lado la Muerte y todos tres cargaron con ella -a quien yo seguí, fiado en mi amiga-, los cuales dieron con ella en el infierno, a cuya puerta hallé multitud de hombres que yo conocía muy bien. Tenían los más sus hijos de las manos, y luego que vieron la Muerte al ojo se hincaron de rodillas y empezaron a gemir.

Yo llegué hasta la puerta y puse la cabeza por ver si hallaría allí ciertas personas cuyo desordenado camino me olió a tal paradero. No pude ver nada, tanto por el mucho humo cuanto porque luego que entró la Muerte cerraron, y la gente que antes estaba tiró de mí para ganarme el lugar. Yo me quité de muy buena gana, y poniéndome de los postreros pregunté a uno:

-¿Qué es lo qué aquí hacéis?

Él me respondió:

-¡Oh, qué bueno es eso! Sois tan afortunado, que pusistes aquí los pies y preguntáis qué es lo que hacemos. ¿No sabéis que allí dentro dan lindos oficios o sino, mucho dinero?

Yo le respondí:

-Luego, ¿por eso van entrando tan por contadero que casi no está abierta la mitad cuando todos se abalanzan a hacer diligencia?

-Sí señor, y cuando toda no se abre, por un resquicio que haya entra el que está cerca su hijo.

Yo le respondí:

-Pues, ¿cómo tardan tanto los que desde que vine han entrado?

Respondióme:

-Hay otra puerta por donde salen.

Entonces, lastimado, con voces que lo mostraban, les dije:

-Hombres, mirad que entráis en el infierno y que os tiene tan cerca dél el trato ilícito y la hacienda ajena. No os engañéis a vosotros propios, que no hay qué dar allá, sino pena eterna. Mirad que no hay más que esa puerta por donde vuestros compañeros han entrado y no han vuelto. Mirad también que una vez allá no hay redempción.

Esto acabé de decir, cuando el que me había informado dijo tan recio como yo:

-¡Oh, qué gracioso está el hombre! ¡Por ganar buen lugar lo hace!

Yo respondí:

-Pues, ¿no estuve a la puerta? ¿Quién me impedía entonces la entrada? Y ya que vosotros queréis ir allá, no llevéis vuestros hijos.

No sé si cuando me asomé a ella me conoció alguno que dentro estaba o por las voces que di vino en quién fuese, porque, abriéndola de repente dijeron: «¡Ah, hermano Lázaro!»,esto con una voz lastimosa diferente de las del siglo. Apenas hubo sonado cuando tras ella salió un diablo tan contento, haciendo cabriolas, que pareció no le doler nada, y preguntando:

-¿Quién se llama aquí Lázaro?

Luego que yo le vi dejé el sermón y me encomendé a mis pies. No sabía, por haber entrado a escuras, por dónde me iba, y por no despeñarme me senté con grandísimo miedo, diciendo:

-Conocidos tengo aquí yo. ¡Ah, Muerte amiga, si vinieses!

No salió por entonces, antes, oí unos gritos que sonaban, a mi entender, por más de ocho leguas alrededor, los cuales daba la que dentro entraron los ministros con quien yo vine.

Lo que en aquellas cortes se juraba era lo siguiente: «No usaré más de la amistad de aquellas amigas; no iré a todas las comedias; no saldré fuera tan a menudo; no pediré galas superfluas ni afligiré a mi marido por ellas, ni le daré ya mala vida.» A todo lo cual estaba yo tamañito, porque cuando mis muchachos asentaban conmigo cosas de aquel jaez, no estaban los más contentos del mundo. Y entonces me pasó por el pensamiento si aquel gentilhombre que salió en mi busca me quería para preguntarme algo cerca del caso.

¿Quién creerá que se haya oído en algún tiempo en el infierno cosa que sonase bien?, porque con lo que la atormentada mujer dijo, el tono más bien cantado no se puede comparar. Admiróme mucho una cosa, y fue que con haber prometido tanto, aún se quejaba con las ansias que al principio, señal de que el tormento aún no había cesado; cuando la oigo decir: «Yo despediré las criadas que al presente tengo», con cuya promesa luego luego fue libre del tormento.

Y entonces salieron todas, y ella tan doméstica -así por lo padecido cuanto por haber visto allá tantas damas que en el siglo fueron sus amigas- que, como una Magdalena se despojó del vestido; cuyo marido no se hartaba de dar gracias a quien tanto bien le hizo. Diéronse las manos diferentemente que otros casados se las suelen dar; llevaba los ojos en el suelo y la beca en la manga. Entonces conocí había alcanzado el marido lo que deseaba, no por gastar menos sino por no gastar su salud viendo el cuidado de su mujer en componerse.

Yo conté a mi amiga lo que me pasó, por cuya causa le aguardaba tan lejos. Respondióme:

-No teníades que tener pena, que los que padecieron en el purgatorio que vos los días atrás no van al infierno.

-¡Vea vuesa merced cuál era la tercera que por esposita el amigo me daba! alegréme y causáronme admiración tres cosas: la una, que para que pudiese vivir aquel hombre con su mujer, fue menester llevarla al infierno; la otra, que ganasen lugar los otros con tantas veras para irse a él; la tercera, que en el tiempo que allí estuve vi caer muchos, unos forrados en felpa y otros no tan solamente forrados, mas aún sin capa.

Al fin nos volvimos a nuestro puesto, donde nos sentamos de la misma manera que antes estuvimos, y entró una doncella que tomaba el acero y entonces venía de hacer el acostumbrado ejercicio, sirviéndola de escudero un primo suyo estudiante, la cual traía en el sombrero muchas flores de almendro.

Luego que la vio dijo:

-Yo seguro que ésta que no viene a pedir, que trae flores, aunque la otra vino a ello y tampoco lo parecía. ¿Qué es lo que mandáis y de dónde venís?

Ella dijo:

-Tomo el acero, que estoy muy opilada. Venimos de andar y sírveme mi primo de escudero.

-¡Y venís bien florida! Pues dígoos que no todas las flores hallastis en el jardín, que de casa salís siempre con alguna; y si ellas vienen en el sombrero, el fruto traéis en el vientre, porque de semejantes jarabes tomados por mayo, se suele gozar la operación por enero.

Heláronse los dos y sin preguntarla lo que quería, mandó a la Muerte se llevase a su madre, que era su pretensión y que se casasen ellos. Justos dos castigos: el uno, que se hiciese lo que pedía, porque falta de la madre, aunque esté decrépita, enferma y enfadosa como aquella, gran castigo es; y el otro, que se casase quien tal pedía.

La Muerte, que a mi lado estaba, y entonces divertida, creyó que era suegra, y volviendo a mirarme me hizo un gesto tan feo que me espantó; y desperté privándome de otras muchas cosas que allí se verían. De manera que en cuatro o cinco horas que soñé, pasaron dos años por lo menos. Halléme en mi cama, mentira todo lo imaginado como lo son todos los sueños, mas con gran temor del gesto de la Muerte.

Pasados que fueron algunos días, me dijo mi negociador de la voluntad que aquellos bellacos me querían prender.

-Ya vos, señor, sabéis mi ocupación, que es tratar ansí en asegurar navíos como en enviar cosas a las Indias. Pues dadme acá el dinero que tuviéredes y dejad de ser maestro de niños, que en este trato podéis tener tal fortuna que en breve tiempo intereséis gran cantidad dellos. Cuando mal os dijese vuestra habilidad, os queda en pie para poderos volver a ella, y mi amistad para siempre.

Aceptélo yo y dile mil escudos en oro, sin ningún temor de que por su parte me vendría mal alguno, con lo cual empezamos nuestra obra. Y compradas que tuvimos muchas cosas le dije que tenía intento de pasar a ellas, y que pues todos los años iba un criado suyo, que yo iría en su lugar o que fuésemos los dos, y que si era su parecer me quedase yo con el fator que en Méjico tenía para ayudarle en la administración y venta de las cosas que de España se le enviaban.

Él me respondió que desde que me trajo a su casa había propuesto hacer todo aquello que bien me estuviese y dello gustase, que no lo había de mirar una vez sino muchas y, que si me importaba para mayor utilidad mía, que fuese en buen hora; donde no, que me quedase en su casa, pues en ella se me servía con voluntad sin que por ello se le hubiese de dar interés alguno; y que mirase también que si se perdía el navío en que mi hacienda iba quedaba yo para poder ganar otra tanta, mas que si me perdía, que todo se acababa entonces.

Yo se lo agradecí y como estuviese determinado me embarqué dentro de muy pocos días, donde me sucedió lo que a vuesa merced prometo en la segunda parte, prosiguiendo hasta que ya por mi mucha vejez no me pude contar entre los vivos.


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El Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés de Tolosa

Aprobaciones: 1 - 2 - 3 - Suma del privilegio - Tasa - Dedicatoria - Al lector -

Capítulos: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII