El conde de Montecristo: 1-09

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El conde de Montecristo
Primera parte: El castillo de If
Capítulo 9

de Alejandro Dumas


Capítulo noveno
La noche de bodas

Como hemos dicho, Villefort tomó el camino de la plaza del GrandCours, y de la casa de la marquesa de Saint-Meran, donde encontró a los convidados tomando café en el salón, después de los postres.

Renata le aguardaba con una impaciencia de que participaban todos, por lo que la acogida que tuvo fue una exclamación general.

-¡Hola, señor corta-cabezas, columna del Estado, moderno Bruto realista! -exclamó uno de los presentes-; ¿qué hay de nuevo?

-¿Nos amenaza quizás otro régimen del Terror? -preguntó otro.

-¿Ha salido de su caverna el ogro de Córcega? -añadió un tercero.

-Señora marquesa -dijo Villefort acercándose a su futura suegra-, vengo a suplicaros que me perdonéis. La necesidad me obliga a dejaros... ¿Tendré el honor, señor marqués, de hablaros un instante en secreto?

-¿Tan grave es el asunto...? -murmuró la marquesa al notar la nube que ensombrecía el rostro de Villefort.

-Tan grave que me obliga a despedirme de vos para una corta ausencia. ¡Mirad si será grave! -añadió volviéndose a Renata.

-¿Vais a partir? -exclamó Renata, sin poder ocultar la emoción que le causaba esta noticia inesperada.

-¡Ay, señorita!, es necesario- respondió Villefort.

-¿Adónde vais? -preguntó la marquesa.

-Es un secreto, señora; sin embargo, si alguno de estos señores tiene algo que mandar para París, sepa que un amigo mío, que está a sus órdenes, partirá esta misma noche.

Todos se miraron unos a otros.

-¿No me habéis pedido una entrevista? -preguntó el marqués.

-Sí, pasemos, si os place, a vuestro gabinete.

El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.

-Vamos, hablad, ¿qué es lo que ocurre? -exclamó el marqués cuando llegaron al gabinete.

-Cosas que creo de alta importancia, y que exigen que me traslade a París inmediatamente. Ante todo, marqués, y perdonadme lo indiscreto de la pregunta que os hago, ¿tenéis papel del Estado?

-Tengo en papel toda mi fortuna. Unos seiscientos o setecientos mil francos.

-Pues vendedlo, vendedlo en seguida, o de lo contrario os vais a ver arruinado.

-¿Cómo queréis que desde aquí lo venda?

-¿Verdad que tenéis un corresponsal banquero?

-Sí.

-Dadme una carta para él, encargándole que venda esos créditos sin perder tiempo. Quizá llegaré tarde.

-¡Diablo! -exclamó el marqués-; entonces no perdamos ni un minuto.

Y sentándose a la mesa se puso a escribir a su banquero una carta, encargándole que vendiera a cualquier precio.

-Ahora que tengo esta carta -dijo Villefort guardándola cuidadosamente en su camera-, necesito otra.

-¿Para quién?

-Para el rey.

-¿Para el rey?

-Sí.

-Pero yo no me atrevo a escribir directamente a Su Majestad.

-Tampoco os la pido a vos, sino que os encargo que se la pidáis al señor de Salvieux. Es necesario que me dé una carta que me ayude a llegar hasta el rey sin las formalidades y etiquetas que me harían perder un tiempo precioso.

-Pero ¿no podría serviros el guardasellos de intermediario? Tiene entrada en las Tullerías a todas horas.

-Sí, mas no quiero partir con otro el mérito de la nueva de que soy portador. ¿Comprendéis? El guardasellos se lo apropiaría todo, hasta mi parte en los beneficios. Baste, marqués, con esto que digo. Mi fortuna está asegurada si llego antes que nadie a las Tullerías, porque voy a prestar al rey un servicio que jamás podrá olvidar.

-En ese caso, amigo mío, id a hacer vuestros preparativos, mientras hago yo que Salvieux escriba esa carta.

-No perdáis tiempo. Dentro de un cuarto de hora tengo que estar en la silla de postas.

-Haced parar el carruaje en la puerta.

-Me disculparéis, ¿no es verdad?, con la señora marquesa y con Renata, a quien dejo en ocasión tan grata con el más profundo sentimiento.

-En mi gabinete las encontraréis a la hora de vuestra partida.

-Gracias mil veces. No olvidéis la carta.

El marqués llamó y poco después se presentó un lacayo.

-Decid al conde de Salvieux que le espero aquí. Ya podéis iros -continuó el marqués dirigiéndose a Villefort.

-Bueno; al instante estoy de regreso.

Y Villefort salió de la estancia apresuradamente; pero ocurriósele al llegar a la calle que un sustituto del procurador del rey podría ocasionar la alarma de un pueblo con que se le viese andar muy de prisa.

Volvió, pues, a su paso ordinario, que era en verdad, digno de un juez.

Junto a la puerta de su casa parecióle distinguir una cosa como un fantasma blanco que le esperaba inmóvil.

Era la linda catalana, que al no tener noticias de Edmundo, iba a enterarse por sí misma de la causa del arresto de su amante.

Al acercarse Villefort salióle al paso, destacándose de la pared en que se apoyaba. Como Dantés le había hablado ya de su novia, nada tuvo que hacer Mercedes para que la reconociera. Villefort, sorprendido de la belleza y dignidad de aquella mujer, y cuando le preguntó el paradero de su amado, le pareció que él era el acusado y ella el juez.

-El hombre de quien habláis -dijo Villefort- es un gran criminal, y en nada puedo favorecerle, señorita.

Mercedes lanzó un gemido, y detuvo a Villefort al ver que éste intentaba proseguir su camino.

-Pero decidme al menos dónde está, para que pueda siquiera informarme de si vive aún o ha muerto.

-Ni lo sé, ni eso me atañe a mí -respondió Villefort.

Y molestado por aquellos ojos penetrantes y aquel ademán de súplica, rechazó Villefort a Mercedes, y entró en su casa cerrando apresuradamente la puerta y dejando a la joven entregada al dolor y a la desesperación.

Pero el dolor no se deja rechazar tan fácilmente. Parecido a la flecha mortal de que habla Virgilio, el hombre herido por él lo lleva siempre consigo.

Aunque había cerrado la puerta, al llegar Villefort a su gabinete sintió que sus piernas flaqueaban, y lanzando, más que un suspiro, un sollozo, dejóse caer en un sillón.

Entonces brotó en el fondo de aquel pecho enfermo el primer germen de una úlcera mortal. Aquel hombre sacrificado a su ambición, aquel inocente que pagaba culpas de su propio padre, apareciósele pálido y amenazador, acompañado de su novia, pálida como él, y seguido del remordimiento, no del remordimiento que hace enloquecer al que lo sufre como en los antiguos sistemas fatalistas, sino de ese sordo y doloroso golpear sobre el corazón, que a veces nos hiere como el recuerdo de un crimen casi olvidado, herida cuyos dolores ahondan la llaga que nos conduce a la muerte.

El alma de Villefort todavía vaciló un instante. Había pronunciado muchas sentencias de muerte sin otra emoción que la de la lucha moral del juez con los reos; y aquellos reos ajusticiados gracias a su terrible elocuencia, que convenció al jurado y a los jueces, no puso en su frente una sola arruga, porque aquellos hombres eran criminales, por lo menos en la opinión del sustituto. Mas ahora variaba la cuestión; acababa de aplicar la reclusión perpetua a un inocente que iba a ser feliz, arrebatándole la felicidad y además la libertad; ya no era juez, era verdugo. Y al pensar en esto empezaba a sentir ese sordo golpear que hemos descrito, desconocido de él hasta entonces; oído en el fondo de su corazón, llenando su mente de quimeras. De este modo un dolor instintivo y violento notifica a los que sufren que no deben sin temblar poner el dedo en sus llagas antes que se cicatricen.

Pero la de Villefort era de esas que no se cicatrizan nunca, o que se cierran aparentemente para volver a abrirse más enconadas y dolorosas.

Si en esta situación la dulce voz de Renata le hubiera recomendado clemencia; si entrara la bella Mercedes a decirle: “En nombre de Dios que nos ve y nos juzga, devolvedme a mi prometido” ¡Oh!, sí, aquella voluntad doblegada al cálculo hubiese cedido, y sin duda con sus manos frías, a riesgo de perderlo todo, hubiera firmado inmediatamente la orden de poner a Dantés en libertad; sin embargo, ninguna voz le habló al oído, ni se abrió la puerta sino para el criado que vino a anunciarle que los caballos estaban ya enganchados a la silla de posta.

El sustituto se levantó, o mejor dicho, saltó de la silla como aquel que triunfa de una lucha secreta, y corriendo a su bufete puso en sus bolsillos todo el oro que encerraban sus cajones. Luego dio por la estancia dos o tres vueltas con las manos en la frente, articulando palabras sin sentido, hasta que los pasos del ayuda de cámara que venía a ponerle la capa, le sacaron de su éxtasis, y lanzándose al carruaje ordenó lacónicamente que parara en la calle de Grand-Cours, en casa del marqués de Saint-Meran.

El infortunado Dantés estaba condenado.

Como le había prometido el señor de Saint-Meran, Renata y la marquesa estaban en su gabinete. Al ver a la joven tembló el sustituto: porque pensaba que le pediría de nuevo la libertad del preso; pero, ¡ay!, que es forzoso decirlo para afrenta de nuestro egoísmo, la linda joven sólo pensaba en una cosa: en el viaje que Villefort iba a emprender.

Le amaba, y Villefort iba a partir en el mismo instante en que habían de enlazarse para siempre, y sin anunciar cuándo volvería. En vez de compadecer a Edmundo, Renata maldijo al hombre que con su crimen la separaba de su amado. ¿Qué era entretanto de Mercedes?

La pobre había encontrado a Fernando en la esquina de la calle de la Logia, a Fernando, que había seguido sus huellas, y volviendo a los Catalanes se arrojó en su lecho moribunda y desesperada. De rodillas y acariciando una de sus heladas manos, que Mercedes no pensaba en retirar, Fernando la cubría de ardientes besos, ni siquiera sentidos de ella.

Así transcurrió la noche. Cuando no tuvo aceite se apagó la lámpara; pero Mercedes no advirtió la oscuridad, como no había advertido la luz. Hasta la aurora vino sin que ella la advirtiese.

El dolor había puesto en sus ojos una venda que no la dejaba ver más que a Edmundo.

-¡Ah! ¿Estáis aquí? -exclamó al fin volviéndose a Fernando.

-Desde ayer no os he abandonado un momento -respondió éste lanzando un suspiro.

El señor Morrel, por su parte, no se había desanimado: supo que Dantés, después de su interrogatorio, fue conducido a una prisión, y entonces corrió a casa de todos sus amigos, y con todas aquellas personas de Marsella que gozaban de alguna influencia; pero ya corría el rumor de que Dantés había sido preso por agente bonapartista, y como en esa época hasta los visionarios tenían por insensatez cualquier tentativa de Napoleón para recobrar su trono, el buen Morrel, acogido con frialdad de todos, regresó a su casa desesperado, aunque confesando que el lance era crítico, y que nadie podría disminuir su gravedad.

Caderousse también se había inquietado mucho por su parte. En lugar de revolver el mundo como Morrel, en vez de hacer algo por Edmundo, encerróse con dos botellas en su cuarto, a intentó ahogar su inquietud por medio de la embriaguez.

Pero en la situación moral en que se hallaba era poco dos botellas para hacerle perder el juicio. Lo perdió, sin embargo, lo suficiente para impedirle que fuese a buscar más vino, y demasiado poco para borrar sus recuerdos; con lo que, puesta la cabeza entre las manos sobre la mesa coja, y al lado de sus dos botellas, se quedó como si dijéramos entre dos luces, viendo danzar a la de su candil aquellos espectros de que ha henchido Hoffman sus libros empapados en ron.

Danglars era el único que no estaba inquieto ni atormentado, sino más bien alegre, por haberse vengado de un enemigo, asegurando en El Faraón su empleo que temía perder. Danglars era uno de esos hombres calculistas que nacen con una pluma detrás de la oreja y un tintero por corazón. Para él todas las cosas del mundo eran sumas o restas, y un número de más importancia que un hombre, cuando el número podía aumentar la suma que el hombre podía disminuir.

Danglars se había acostado a la hora de costumbre y durmió tranquilamente.

Después de recibir Villefort la carta del señor Salvieux, y besado a Renata en las dos mejillas y en la mano a la marquesa de Saint-Meran, y de despedirse del marqués con un apretón de manos, corría la posta por el camino de Aix.

El padre de Dantés se moría de dolor y de inquietud.

En cuanto a Edmundo, ya sabemos cuál era su suerte.



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