El conde de Montecristo: 5-05

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El conde de Montecristo
Quinta parte: La mano de Dios
Capítulo 5

de Alejandro Dumas


Capítulo quinto
El insulto

Beauchamp detuvo a Morcef a la puerta de la casa del banquero.

-Escuchad -le dijo-, hace poco que habéis oído en casa de Danglars que al conde de Montecristo debéis pedirle una explicación.

-Sí; ahora mismo vamos a su casa.

-Un momento, Morcef; antes de presentarnos en ella, reflexionad.

-¿Qué queréis que reflexione?

-La gravedad del paso que vas a dar.

-¿Es más que haber venido a ver a Danglars?

-Sí. Danglars es un hombre de dinero, y éstos saben demasiado bien el capital que arriesgan batiéndose; el otro, por el contrario, es un noble, al menos en la apariencia, ¿y no teméis encontrar bajo el noble al hombre intrépido y valeroso?

-Lo único que temo encontrar es un hombre que no quiera batirse.

-¡Oh!, podéis estar tranquilo, éste se batirá; lo único que temo es que lo haga demasiado bien, tened cuidado.

-Amigo -dijo Morcef sonriéndose-, es cuanto puedo apetecer, nada puede sucederme que sea para mí más dichoso que morir por mi padre: esto nos salvará a todos.

-Vuestra madre se moriría.

-¡Pobre madre! -dijo Alberto, pasando la mano por sus ojos-, bien lo sé; pero es preferible que muera de esto que de vergüenza.

-¿Estáis bien decidido, Alberto?

-Vamos.

-Creo, sin embargo, que no le encontraremos.

-Debía salir para París pocas horas ya habrá llegado.

Subieron al carruaje, que les condujo a la entrada de los Campos Elíseos, número 30. Beauchamp quería bajar solo; pero Alberto le hizo observar que, saliendo este asunto de las reglas ordinarias, le era permitido separarse de las reglas de etiqueta del duelo.

Era tan sagrada la causa que hacía obrar al joven, que Beauchamp no sabía oponerse a sus deseos; cedió, y se contentó con seguirle.

De un salto plantóse Alberto del cuarto del portero a la escalera; abrióle Bautista. El conde acababa de llegar, estaba en el baño, y había dicho que no recibiese a nadie.

-¿Y después del baño? -preguntó Morcef.

-El señor conde comerá.

-¿Y después de comer?

-Dormirá por espacio de una hora.

-¿Y a continuación?

-Irá a la ópera.

-¿Estáis seguro?

-Sí, señor; ha mandado que el carruaje esté listo a las ocho en punto.

-Muy bien -dijo Alberto-, es cuanto deseaba saber.

Y volviéndose en seguida a Beauchamp:

-Si tenéis algo que hacer, querido mío, despachad vuestras diligencias en seguida; si tenéis alguna cita para esta noche, aplazadla hasta mañana. Cuento con que me acompañaréis esta noche a la ópera, y que si podéis haréis que venga con vos Chateau-Renaud.

Beauchamp aprovechó el permiso, y se despidió de Alberto, ofreciéndole que iría a buscarle a las ocho menos cuarto.

Alberto volvió a su casa, y avisó a Franz y a Debray que deseaba verles por la noche en la ópera.

Fue en seguida a ver a su madre, que desde el acontecimiento del día anterior no salía de su cuarto ni permitía entrar a nadie; hallóla en cama, abismada por el dolor de aquella pública humillación.

La vista de Alberto produjo en Mercedes el efecto que debía esperarse; apretó la mano de su hijo, y prorrumpió en copioso llanto. Las lágrimas la aliviaron.

Alberto permaneció un momento en pie y sin proferir una palabra junto a la cama de su madre. Veíase en su pálida cara y sus fruncidas cejas que el deseo de venganza se arraigaba cada vez más en su corazón.

-Madre mía -dijo Alberto-, ¿conocéis algún enemigo del señor Morcef?

Mercedes se estremeció al notar que el joven no había dicho «mi padre».

-Hijo mío -le dijo-, las personas de la posición del conde tienen muchos enemigos a quienes no conocen, y éstos, como sabéis, son los más temibles.

-Lo sé, y por eso recurro a vuestra perspicacia; sois, madre mía, una mujer tan superior, que nada se os oculta.

-¿Por qué me decís eso?

-Supongo que observasteis que la noche del baile, el señor de Montecristo no se permitió tomar nada en casa.

Mercedes, incorporándose sobre el brazo, y con ardiente fiebre, le dijo:

-¡El señor de Montecristo! ¿Y qué tiene que ver eso con la pregunta que me hacéis?

-Sabéis, madre mía, que Montecristo es casi un oriental, y los orientales, para conservar toda su libertad en su venganza, no comen ni beben jamás en casa de sus enemigos.

-¿El señor de Montecristo nuestro enemigo, decís, Alberto? -respondió Mercedes poniéndose pálida como una muerta-. ¿Quién os lo ha dicho? ¿Y por qué? ¿Estáis loco, Alberto? Montecristo nos ha manifestado siempre la mayor amistad, os ha salvado la vida, y vos mismo nos lo presentasteis; ¡oh, hijo mío!, si tenéis semejante idea, desechadla; y si puedo recomendaros, o mejor diré rogaros, una cosa, es que estéis bien con él.

-Madre mía, ¿tenéis sin duda algún motivo personal para recomendarme tanto a ese hombre?

-¡Yo! -replicó Mercedes poniéndose colorada con la misma rapidez con que antes había palidecido, y volviendo de nuevo a su palidez.

-Sí, sin duda, y esa razón no es -dijo Alberto- la de que ese hombre no puede hacernos mal.

-Me habláis de un modo extraño, Alberto, y me hacéis singulares prevenciones. ¿Qué os ha hecho el conde? Hace tres días que estabais con él en Normandía, y le mirabais como a vuestro mejor amigo.

Una sonrisa irónica se asomó a los labios de Alberto; Mercedes la vio, y con el instinto de mujer y de madre lo adivinó todo; pero prudente y valerosa, ocultó su turbación y su miedo.

Alberto permaneció silencioso, y la condesa al poco rato reanudó la conversación.

-¿Veníais a preguntarme cómo estaba? Os responderé francamente, hijo mío, que no me siento bien; debéis quedaros aquí, Alberto; me acompañaréis, necesito no estar sola.

-Con mucho gusto, madre mía. Sabéis que es mi mayor dicha, pero un asunto urgente e importante me impide haceros compañía esta noche.

-¡Ah!, muy bien, Alberto; no quiero que seáis esclavo de vuestra piedad filial.

Alberto hizo como que no oía, saludó a su madre y salió.

Apenas hubo cerrado la puerta, cuando Mercedes mandó llamar a un criado de confianza, le ordenó que siguiese a Alberto a todas partes y viniese a darle cuenta de todo.

En seguida, entró su doncella, y aunque muy débil, se vistió para estar pronta a lo que pudiera presentarse.

La comisión dada al lacayo no era difícil de ejecutar. Alberto entró en su cuarto y se vistió con suma elegancia; a las ocho menos diez minutos llegó Beauchamp; había visto a Chateau-Renaud, el que le había ofrecido encontrarse en la orquesta al levantarse el telón.

Ambos subieron en el coche de Alberto, que no teniendo motivo para ocultar adónde iba, dijo:

-A la Opera.

Tal era su impaciencia que llegó mucho antes de que se alzara el telón.

Chateau-Renaud se hallaba sentado en su butaca, prevenido de todo por Beauchamp, y así Alberto no tuvo necesidad de decirle nada; la conducta de este hijo, que procuraba vengar a su padre, era tan natural, que Chateau-Renaud no pensó en disuadirle, y se contentó con renovarle la promesa de que estaba a su disposición.

Debray no había llegado aún; pero Alberto sabía que rara vez faltaba a la Opera; se paseó de un lado a otro hasta que se levantó el telón. Esperaba encontrar a Montecristo en los corredores o en la escalera.

Empezó la ópera, y fue a ocupar su asiento entre Chateau-Renaud y Beauchamp.

Pero su vista no se apartaba de aquel palco entre columnas, que durante todo el primer acto permaneció cerrado.

Finalmente, al mirar Alberto su reloj por centésima vez, al principio del segundo acto, la puerta se abrió, y Montecristo, vestido de negro, entró y se apoyó sobre la baranda para mirar a la sala; Morrel le seguía, buscando con la vista a su hermana y a su cuñado; divisóles en un palco segundo, y les saludó.

Al mirar el conde a la sala, vio sin duda un rostro pálido y dos ojos centelleantes que ávidamente le buscaban: reconoció a Alberto; pero la expresión que notó en aquella fisonomía tan trastornada, le aconsejó sin duda que fingiese no fijarse, cual si no le hubiese distinguido; sin dar, pues, lugar a que pudiese conocerse su pensamiento, se acomodó en su asiento, sacó su lente, y se puso a mirar con la mayor indiferencia a uno y otro lado.

Pero aunque aparentaba no hacer caso de Alberto, no le perdía de vista, y al caer el telón, concluido el segundo acto, su mirada infalible siguió al joven, que salía acompañado de sus dos amigos; al poco tiempo vio aparecer aquella misma cabeza por entre los cristales de un palco frente al suyo; comprendió que la tempestad se avecinaba, y aun cuando hablaba a Morrel con un semblante el más risueño, se había preparado a todo antes que oyese a la llave dar vuelta en la cerradura de su palco; abrióse éste, y Montecristo se volvió y se encontró con Alberto, lívido y temblando; tras él entraron Beauchamp y Chateau-Renaud.

-¡Hola! -exclamó con aquella exquisita finura que le distinguía-, he aquí un caballero que ha llegado al fin. Buenas noches, señor de Morcef.

Y el rostro de aquel hombre tan admirablemente dueño de sí mismo manifestaba la más perfecta cordialidad.

Morrel se acordó entonces de la carta que había recibido del vizconde, y en la que sin más explicación le rogaba asistiese a la ópera, y conoció que iba a suceder una terrible escena.

-No venimos aquí para cambiar frases hipócritas o falsas muestras de amistad -dijo el joven-, venimos a pediros una explicación, señor conde.

Su voz era lúgubre, y apenas se dejaba oír por entre sus dientes, fuertemente apretados.

-¿Una explicación en la Opera? -dijo el conde, con aquel tono tranquilo y aquella mirada penetrante en que se distinguía al hombre enteramente dueño de sí mismo-. Por poco versado que esté en las costumbres de París, no me parece, caballero, que sea éste el lugar adecuado para pedir explicaciones.

-Cuando las personas se ocultan, cuando es imposible llegar hasta ellas, porque se excusan con que están en el baño, en la mesa o en la cama, es preciso dirigirse a ellas donde se las encuentra.

-No es difícil hallarme -dijo Montecristo-, porque, si mal no recuerdo, ayer mismo estabais en mi casa.

-Ayer -dijo el joven, que se iba acalorando- estaba en vuestra casa porque ignoraba quién erais.

Y al decir estas palabras, Alberto levantó la voz de modo que pudiesen oírlas las personas de los palcos inmediatos y las que pasaban por los corredores. Las unas volvieron la vista hacia el conde y las otras se detuvieron a la puerta detrás de Beauchamp y Chateau-Renaud, al ruido de aquel altercado.

-¿De dónde venís? -preguntó Montecristo-, me parece que habéis perdido la cabeza. -Y su semblante no dejó traslucir la menor emoción.

-Con tal que comprenda vuestras perfidias y llegue a vengarme de ellas, tendré toda mi razón -dijo Alberto, furioso.

-No os comprendo -replicó Montecristo-, y aun cuando os comprendiera, no hablaríais más alto: estoy aquí en mi casa, y solamente yo tengo el derecho de levantar la voz sobre los demás. Salid, caballero.

Y mostró la puerta a Alberto con un admirable ademán imperativo.

-¡Ah!, yo soy el que haré que salgáis vos de aquí -respondió Alberto, apretando entre sus manos convulsivas su guante, que el conde no perdía de vista.

-¡Bien! ¡Bien! -dijo flemáticamente Montecristo-, buscáis una querella, caballero, lo veo; pero un consejo, vizconde, y conservadlo bien en la memoria: es muy mala costumbre meter ruido al provocar. No a todos conviene el ruido, señor de Morcef.

Al oír aquel nombre, un murmullo sordo se dejó oír entre los asistentes extraños a esta escena. Todos hablaban de Morcef desde la víspera.

Alberto, mejor que todos, y el primero, comprendió la alusión e hizo la demostración como de ir a tirar el guante al rostro del conde, pero Morrel le sujetó por la muñeca, mientras Beauchamp y Chateau-Renaud le detenían por detrás, temiendo que la escena rebasara los límites de una provocación.

Montecristo, sin levantarse, inclinando su silla solamente, alargó la mano, y cogiendo el guante húmedo y arrugado que el joven tenía en las suyas, le dijo con terrible acento:

-Caballero, tengo por arrojado vuestro guante, y os lo enviaré envuelto con una bala; ahora ya, salid de aquí o llamo a mis criados y os hago poner en la puerta.

Ebrio, trastornado e inyectándosele los ojos en sangre, Alberto dio dos pasos atrás. Morrel aprovechó el momento para cerrar la puerta.

Montecristo volvió a tomar su lente, y se puso a mirar de un lado a otro, como si nada de particular hubiese sucedido.

-¿Qué le habéis hecho? -dijo Morrel.

-Yo, nada, personalmente al menos.

-Sin embargo, esta extraña escena debe tener una causa.

-La aventura del conde de Morcef exaspera al desgraciado joven.

-¿Tenéis alguna parte en ella?

-Haydée es la que ha instruido a la Cámara de los Pares de la traición de su padre.

-Me habían dicho, efectivamente, aunque no quise creerlo, que la esclava griega que he visto con vos en este mismo palco es la hija de Alí-Bajá; pero repito que no quise creerlo.

-Pues es verdad.

-¡Ay, Dios mío!, ahora lo comprendo todo, y esta escena ha sido premeditada.

-¿Cómo es eso?

-Alberto me escribió que no dejase de venir esta noche a la Opera, y fue sin duda para que presenciase el insulto de que quería haceros objeto.

-Probablemente -dijo Montecristo con su imperturbable tranquilidad.

-¿Y qué haréis con él?

-¿Con quién?

-Con Alberto.

-¿Con Alberto? ¿Qué es lo que yo haré, Maximiliano? -respondió el conde en el mismo tono-, tan cierto como estáis aquí y aprieto vuestra mano, le mataré mañana antes de las diez; he aquí lo que haré.

Morrel estrechó la mano de Montecristo entre las suyas, y tembló al sentir aquella mano frfa y aquella pulsación tranquila: admirado, soltó la mano de Montecristo.

-¡Conde! ¡Conde! -dijo.

-Querido Maximiliano -interrumpióle Montecristo-, escuchad qué bien canta Duprez esta frase: «¡Oh! Matilde, ídolo de mi alma.» Podéis creerme. Yo he sido el primero que adivinó el gran mérito de Duprez, en Nápoles, y el primero que le aplaudió.

Morrel conoció que era inútil hablar más y aguardó.

Concluyó el acto, cayó el telón, y al poco rato llamaron a la puerta.

-Entrad -respondió Montecristo, sin que su voz mostrase alteración.

Presentóse Beauchamp.

-Buenas noches, señor Beauchamp -dijo Montecristo como si viese al periodista por primera vez en aquella noche-, sentaos.

Beauchamp saludó y se sentó.

-Caballero -dijo a Montecristo-, acompañaba un momento ha, como pudisteis ver, al señor de Morcef.

-Lo cual significa que vendríais de comer juntos -respondió Montecristo riéndose-, me alegro de ver que habéis sido más sobrio que él.

-Convengo en que Alberto no ha tenido razón para arrebatarse de aquel modo, y yo por mi parte vengo a presentaros mis excusas: ahora que están hechas las mías, oíd, señor conde, os diré que os supongo demasiado galante para rehusar el dar alguna explicación de vuestras relaciones con la gente de Janina; y después añadiré dos palabras sobre esa joven griega.

Montecristo le hizo seña de que bastaba.

-Vamos -dijo riéndose-, he aquí todas mis esperanzas destruidas.

-¿Por qué? -preguntó Beauchamp.

-Claro, me habéis creado una reputación de excentricidad; soy, según vos, un Lara, un Manfredo, un lord Ruthwen; y después de pasar por excéntrico, echáis a perder vuestro tipo, y queréis hacerme un hombre cualquiera, común, vulgar: me pedís explicaciones, en fin. Vamos, señor Beauchamp, queréis reíros.

-Sin embargo, hay ocasiones -respondió Beauchamp con altanería-, en que el honor manda...

-Señor de Beauchamp -le interrumpió aquel hombre extraño-, quien manda al conde de Montecristo es el conde de Montecristo; así, pues, no hablemos más de eso, si gustáis; hago lo que quiero, y creedme, siempre está bien hecho.

-Caballero, no se paga a hombres de honor con esa moneda, y éste exige garantías.

-Yo soy una garantía viva -respondió Montecristo, impasible; pero sus ojos centelleaban amenazadores-. Los dos tenemos en nuestras venas sangre que deseamos derramar; he aquí nuestra mutua garantía; llevad esta respuesta al vizconde, y decidle que mañana antes de las diez habré visto correr la suya.

-Sólo me resta, pues -dijo Beauchamp-, fijar las condiciones del combate.

-Me son del todo indiferentes -dijo el conde-, y era inútil venir a distraerme durante el espectáculo por tan poca cosa. En Francia se baten con espada o pistola, en las colonias con carabina y en Arabia con puñal. Decid a vuestro ahijado que aunque insultado, para ser excéntrico hasta el fin, le dejo el derecho de escoger las armas, y que aceptaré cualquiera sin distinción, cualquiera, entendéis bien, todo, todo; hasta el combate por suerte, que es lo más estúpido; pero yo estoy seguro de una cosa, y es que ganaré.

-Está seguro de ganar -dijo Beauchamp, mirando espantado al conde.

-¡Eh!, ciertamente -dijo Montecristo, alzando ligeramente los hombros-, sin eso no me batiría con el señor de Morcef. Le mataré, es preciso, y sucederá. Os suplico tan sólo que me enviéis esta noche dos líneas, indicándome las armas y la hora, pues no me gusta que me esperen.

-La pistola; a las ocho de la mañana en el bosque de Bolonia -dijo Beauchamp sin saber si tenía que habérselas con un fanfarrón charlatán o con un ser sobrenatural.

-Bien -dijo Montecristo-, ahora que todo está arreglado, dejadme oír la ópera, y decid a vuestro amigo Alberto que no vuelva por aquí esta noche con sus brutalidades de mal género, que se retire a su casa y se acueste.

Beauchamp se retiró admirado.

-Ahora cuento con vos, ¿no es cierto? -dijo Montecristo volviéndose hacia Morrel.

-Ciertamente, y podéis disponer de mí, conde; sin embargo...

-¿Qué?

-Sería importante conocer la verdadera causa...

-¿Luego, rehusáis?

-No.

-¿La verdadera causa, Morrel? -dijo el conde-, ese joven marcha a ciegas y no la conoce él mismo: la verdadera causa la sabemos Dios y yo; pero os doy mi palabra de honor que Dios que la conoce estará por nosotros.

-Eso me basta, conde -respondió Morrel-. ¿Quién es vuestro segundo testigo?

-No conozco a nadie en París, a quien yo quiera hacer este honor más que a vos y a vuestro cuñado Manuel. ¿Creéis que rehusará este servicio?

-Os respondo de él como de mí.

-Bien; es cuanto necesito; por la mañana, a las siete y media, en mi casa. ¿No es eso?

-Estaremos allí.

-¡Chist!, he aquí que se levanta el telón: escuchemos; tengo por costumbre no perder una nota en esta ópera; ¡es tan hermosa la música del Guillermo Tell!

Montecristo esperó, según su costumbre, a que Duprez hubiese cantado su famosa Sígueme, y entonces se levantó y salió.

A la puerta se separó de él Morrel, renovándole la promesa de ir a su casa con Manuel al día siguiente a las siete de la mañana en punto. Subió en seguida a su coche tranquilo y risueño; a los cinco minutos estaba en su casa; solamente el que no conociese al conde podría dejarse engañar al ver el modo con que al entrar dijo a Alí:

-Alí, mis pistolas con culata de marfil.

Trájole la caja, la abrió, y el conde se puso a examinarlas con aquella atención propia del hombre que va a confiar su vida a un poco de hierro y plomo.

Eran pistolas no comunes, que Montecristo había mandado hacer para tirar al blanco dentro de su habitación; una cápsula sola bastaba para hacer salir la bala; el ruido era casi imperceptible, tanto que en la habitación inmediata ninguno hubiera podido dudar de que el conde, como se dice en términos de tiro, se ocupaba en ejercitar su pulso.

Apenas había cogido la pistola, y se preparaba a buscar el blanco en una plancha de plomo que le servía para tal efecto, cuando se abrió la puerta del despacho y entró Bautista.

Pero antes de que éste hablase, el conde vio en la pieza inmediata a una mujer rubierta con un velo, que había seguido al criado; ella, que vio también al conde con la pistola en la mano y dos floretes de combate sobre la mesa, entró inmediatamente en la habitación.

-¿Quién sois, señora? -preguntó el conde a la mujer cubierta aún con el velo.

La desconocida miró en derredor para asegurarse de que estaban solos, e inclinándose después como si hubiese querido arrodillarse, juntando las manos y con el acento de la desesperación:

-¡Edmundo -dijo-, no matéis a mi hijo!

El conde retrocedió; un grito se escapó de sus labios, y dejó caer el arma que tenía en la mano.

-¿Qué nombre acabáis de pronunciar, señora de Morcef? -dijo.

-El vuestro -respondió levantando su velo-, el vuestro, que solamente yo no he olvidado. Edmundo, no es la señora de Morcef la que viene a veros; es Mercedes.

-Mercedes murió, señora, y no conozco ya a ninguna de ese nombre.

-Mercedes vive, y Mercedes se acuerda de vos; no sólo os conoció al veros, sino aun antes, al sonido de vuestra voz; desde entonces os sigue paso a paso, vela sobre vos y os teme; ella no ha tenido necesidad de adivinar de dónde salió el golpe que ha herido al señor de Morcef.

-Fernando, queréis decir, señora -prosiguió Montecristo con amarga ironía-, puesto que recordamos nuestros nombres propios, recordémoslos todos.

Y Montecristo pronunció aquel Fernando con tal expresión de odio, que Mercedes sintió un frío temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.

-Bien veis, Edmundo, que no me había engañado y que con razón os decía: ¡no matéis a mi hijo!

-¿Y quién os ha dicho, señora, que yo quiero hacer algún daño a vuestro hijo?

-¡Nadie, Dios mío!, pero una madre está dotada de doble vista: todo lo he adivinado, le he seguido esta noche a la Opera, y oculta en un palmera, lo he visto todo.

-Así, pues, ya que lo habéis visto todo, ¿habréis visto también que el hijo de Fernando me ha insultado públicamente? -dijo Montecristo con una calma terrible.

-¡Oh! ¡Por piedad!

-Ya habéis visto que me habría arrojado el guante a la cara si uno de mis amigos, el señor Morrel, no le hubiese detenido el brazo.

-Escuchadme: mi hijo todo lo ha adivinado, y os atribuye las desgracias de su padre.

-Señora -dijo Montecristo-, os engañáis, no son desgracias, es un castigo; no he sido yo, ha sido la Providencia la que ha castigado al señor de Morcef.

-¿Y por qué sustituís vos a la Providencia? -exclamó Mercedes-. ¿Por qué os acordáis, cuando ella olvida? ¿Qué os importan a vos, Edmundo, Janina y su visir? ¿Qué mal os hizo Fernando Mondego al hacer traición a Alí-Tebelín?

-Pero eso, señora, es un asunto que concierne al capitán franco y a la hija de Basiliki. Nada tengo que ver con eso; decís muy bien, y por eso si he jurado vengarme, no es ni del capitán franco, ni del conde de Morcef, sino del pescador Fernando, marido de la catalana Mercedes.

-¡Ah! -dijo la condesa-, ¡qué terrible venganza, por una falta que la fatalidad me hizo cometer!, porque la culpable soy yo, Edmundo, y si queríais vengaros debió ser de mí, que no tuve fuerza para resistir vuestra ausencia y mi soledad.

-Pero ¿por qué estaba yo ausente y vos sola?

-Porque estabais detenido, Edmundo, porque estabais preso.

-¿Y por qué estaba yo preso?

-No lo sé -dijo Mercedes.

-No lo sabéis, señora, así lo creo; pero voy a decíroslo; me prendieron, porque la víspera misma del día en que iba a casarme con vos, en una glorieta de la Reserva, un hombre llamado Danglars escribió esta carta que el pescador Fernando se encargó de poner en el correo.

Y dirigiéndose hacia un escritorio, abrió Montecristo un cajón y sacó un papel, cuya tinta se había ya enrojecido, poniendo a la vista de Mercedes la carta de Danglars al procurador del rey, que el día en que había pagado los doscientos mil francos al señor Boville, el conde, nombrándose agente de la casa de Thompson y French, había sustraído del proceso de Edmundo Dantés.

Mercedes leyó temblando lo siguiente:

«Se advierte al señor procurador del rey, por un amigo del trono y de la religión, que el llamado Edmundo Dantés, segundo del navío El Faraón, llegado esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y Porto-Ferrajo, ha sido encargado por Murat de una carta para el usurpador, y por éste de otra para el comité bonapartista de París.
La prueba de este crimen se adquirirá prendiéndole, pues se le encontrará la carta encima, o en casa de su padre, o en su camarote a bordo.»

-Ay, ¡Dios mío! -dijo Mercedes pasando la mano por su frente, inundada en sudor-, y esta carta...

-Doscientos mil francos me ha costado el poseerla, señora, pero es barata aún, puesto que me permite hoy disculparme a vuestros ojos.

-¿Y el resultado de esta carta?

-Ya lo sabéis, señora, fue mi prisión; pero ignoráis el tiempo que duró, ignoráis que permanecí catorce años a un cuarto de legua de vos en un calabozo en el castillo de If: lo que no sabéis es que cada día durante estos catorce años he renovado el juramento de venganza que había hecho el primero de ellos, y sin embargo ignoraba que os hubieseis casado con Fernando, mi delator, y que mi padre había muerto... ¡de hambre!

-¡Santo cielo! -exclamó Mercedes.

-Pero lo supe al salir de mi prisión; y por Mercedes viva y por mi padre muerto, juré vengarme de Fernando, y me vengo.

-¿Y estáis seguro de que el desgraciado Fernando hizo eso?

-Por mi alma, señora, lo ha hecho como os lo digo; y además ¿no es mucho más odioso el haberse pasado a los ingleses siendo francés por adopción; siendo español de nacimiento haber hecho la guerra a los españoles; estipendiario de Alí, venderle traidoramente y asesinarle? Ante tales hechos, ¿qué es la carta? Una mixtificación galante que debe perdonar, lo reconozco y lo confieso, la mujer que se ha casado con ese hombre, pero que no perdona el amante que debió casarse con ella. Ahora bien, los franceses no se han vengado nunca del traidor: los españoles no le han fusilado. Alí desde su tumba ve sin castigo al asesino; pero yo, engañado, asesinado, enterrado vivo en una tumba, he salido de ella, gracias a Dios, y a Dios debo la venganza; me envía para eso y aquí estoy.

La pobre mujer inclinó la cabeza, dobláronse sus piernas y cayó de rodillas.

-Perdonad, Edmundo, perdonad por Mercedes que os ama aún.

La dignidad de la esposa detuvo el ímpetu de la amante y de la madre.

Su frente se inclinó casi hasta tocar la alfombra.

El conde se acercó a ella y la levantó.

Sentada en un sillón, pudo en medio de sus lágrimas ver el rostro varonil de Montecristo en el que el dolor y el odio se pintaban de un modo amenazador.

-¡Que no haya yo de extirpar esa raza maldita...! ¡Que desobedezca a Dios que me ha sostenido para su castigo...! Imposible, señora, imposible...

-Edmundo -dijo la pobre madre tocando todos los resortes-, Edmundo cuando os llamo por vuestro nombre, ¿por qué no me respondéis Mercedes?

-¡Mercedes! -repitió el conde-, ¡Mercedes! Sí, tenéis razón, aún es grato para mí ese nombre, y he aquí la primera vez hace mucho tiempo que resuena tan claro en mis oídos al salir de mis labios. ¡Oh, Mercedes!, he pronunciado vuestro nombre con los suspiros de la melancolía, con los quejidos del dolor, con el furor de la desesperación; lo he pronunciado helado por el frío, hundido entre la paja de mi calabozo, devorado por el calor, revolcándome en las losas de mi mazmorra. Mercedes, es preciso que me vengue, porque durante catorce años he padecido, he llorado, maldecido; ahora, os lo repito, Mercedes, es preciso que me vengue.

Y temiendo ceder a los ruegos de la que tanto había amado, Edmundo llamaba en su socorro a todos los recuerdos de su odio.

-Vengaos, Edmundo -gritó la pobre madre-, vengaos sobre los culpables, sobre él, sobre mí, pero no sobre mi hijo.

-Está escrito en libro santo -respondió Montecristo-. «Las faltas de los padres caerán sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación.» Puesto que Dios ha dictado estas palabras a su profeta, ¿por qué seré yo mejor que Dios?

-Porque Dios es dueño del tiempo y de la eternidad, y estas dos cosas escapan a los hombres.

Montecristo dio un suspiro que parecía un rugido, y se mesó los cabellos con desesperación.

-Edmundo -continuó Mercedes-. Edmundo, desde que os conozco he adorado vuestro nombre, he respetado vuestra memoria. Amigo mío, no endurezcáis la imagen noble y pura que guardo en mi corazón. ¡Si supieseis los fervientes ruegos que he dirigido a Dios mientras os creí vivo y después muerto! Sí, muerto; me parecía ver vuestro cadáver sepultado en lo más hondo de una sombría torre, creía ver vuestro cuerpo precipitado en uno de aquellos abismos en que los carceleros arrojan a los prisioneros muertos, ¡y lloraba...! ¿Qué otra cosa podía yo hacer, Edmundo, sino llorar y orar? Escuchadme: durante diez años he tenido todas las noches el mismo sueño: dijeron que habíais querido evadiros, que tomasteis el puesto de uno de los presos que murió, y que arrojaron al vivo desde lo alto de la fortaleza de If; y que el grito que disteis al haceros pedazos contra las rocas lo descubrió todo. Pues bien, os juro, Edmundo, por la vida del hijo por quien os imploro, que durante diez años esa escena se ha presentado a mi imaginación todas las noches, y he oído ese grito terrible que me hacía despertar temblando, despavorida; ¡y yo también, Edmundo, creedme, yo también, por criminal que sea, yo también he sufrido mucho...!

-¿Habéis perdido vuestro padre estando ausente? -preguntó Montecristo-, ¿habéis visto a la mujer que amabais dar su mano a vuestro rival mientras os hallabais en un lóbrego calabozo?

-No -interrumpió Mercedes-, no; pero he visto al hombre que amaba, dispuesto a ser el matador de mi hijo.

Mercedes pronunció estas palabras con un dolor tan intenso y un acento tan desesperado, que un suspiro desgarrador brotó de la garganta del conde.

El león estaba amansado; el vengador, vencido.

-¿Qué me pedís, que vuestro hijo viva? Pues bien, vivirá.

Mercedes profirió un grito que hizo saltar dos lágrimas de los párpados del conde, pero aquellas dos lágrimas desaparecieron muy pronto, porque sin duda Dios había enviado un ángel para recogerlas, siendo mucho más preciosas a los ojos del Señor que las más hermosas perlas de Guzarate y de Ofir.

-¡Ah! -dijo Mercedes tomando la mano de Montecristo y llevándola a sus labios-, ¡ah!, gracias, gracias, Edmundo, te veo cual siempre te he visto, cual siempre te he amado: sí, ahora puedo decírtelo.

-Sobre todo, porque el pobre Edmundo no tendrá ya mucho tiempo que hacerse amar de vos.

-¿Qué decís, Edmundo?

-Digo que, puesto que lo ordenáis, es preciso morir.

-¡Morir! ¿Y quién dice eso? ¿Quién habla de morir? ¿De dónde vienen esas ideas de muerte?

-No supondréis que ultrajado públicamente, en presencia de una sala entera, en presencia de vuestros amigos y de los de vuestro hijo, provocado por un niño, que se enorgullecerá de un perdón como de una victoria; no supondréis, digo, que me queda un solo instante el deseo de vivir. Después de vos, Mercedes, lo que más he amado es a mí mismo, quiero decir, mi dignidad; esta fuerza que me hace superior a los demás hombres, esta fuerza es mi vida. En una palabra, vos la destruís; yo muero.

-Pero este duelo no se efectuará, Edmundo, puesto que me perdonáis.

-Se efectuará, señora -dijo solemnemente Montecristo-; sólo que en lugar de la sangre de vuestro hijo que debía beber la tierra, será la mía la que correrá.

Mercedes dio un gran grito, acercóse a Montecristo, pero de repente se detuvo.

-Edmundo -dijo-, hay un Dios sobre nosotros; puesto que vivís y que os he vuelto a ver, a él me confío de todo corazón; esperando su apoyo, descanso en vuestra palabra; habéis dicho que mi hijo vivirá. Y vivirá, ¿es verdad?

-Vivirá, sí, señora -dijo Montecristo, sorprendido de que sin otra exclamación, sin otra sorpresa, Mercedes hubiese aceptado el sacrificio que le hacía.

Mercedes dio su mano al conde.

-Edmundo -le dijo con los ojos arrasados de lágrimas-, ¡cuán hermosa, cuán grande es la acción que acabáis de hacer! Es sublime haber tenido piedad de una pobre mujer que se presentaba a vos con todas las probabilidades contrarias a sus esperanzas. ¡Desdichada!, he envejecido más a causa de los disgustos que por la edad, y ni siquiera puedo recordar a mi Edmundo con una sonrisa, con una mirada; aquella Mercedes que otras veces ha pasado tantas horas contemplándole. Creedme, os he declarado que yo también había sufrido mucho, y os lo repito, es muy triste pasar la vida sin un solo goce, sin conservar una sola esperanza; pero eso prueba que todo no ha concluido aún sobre la tierra. No, todo no ha terminado, y me lo demuestra lo que me queda aún en el corazón; os lo repito, Edmundo, es hermoso, grande, sublime, perdonar como lo habéis hecho ahora.

-Decís eso, Mercedes, ¿y qué diríais si conocieseis la extensión del sacrificio que os hago? Imaginad que el Hacedor Supremo, después de haber creado el mundo y fertilizado el caos, se hubiese detenido en la tercera parte de la creación, para ahorrar a un ángel las lágrimas que nuestros crímenes debían hacer correr un día de sus ojos inmortales; suponed que después de prepararlo y fecundizarlo todo, en el instante de admirar su obra, Dios hubiese apagado el sol, y rechazado con el pie el mundo en la noche eterna; entonces podréis tener una idea o mejor, no, no, ni aun así podéis tenerla, de lo que yo pierdo, perdiendo la vida en este momento.

Mercedes miró al conde con un aire que revelaba su admiración y su gratitud. El conde apoyó su frente sobre sus manos, como si no pudiese soportar el peso de sus ideas.

-Edmundo -dijo Mercedes-, sólo me resta una palabra que deciros.

Montecristo se sonrió con tristeza.

-Edmundo -continuó ella-, veréis que si mi frente ha palidecido, si el brillo de mis ojos se ha apagado, si mi hermosura se ha marchitado, que si Mercedes, en fin, no se parece a ella, más que en los rasgos de su fisonomía, veréis que su corazón es siempre el mismo... Adiós, pues, Edmundo; nada tengo ya que pedir al cielo... Os he vuelto a ver, y os hallo tan noble y grande como otras veces. ¡Adiós, Edmundo, adiós y gracias!

Montecristo no respondió.

Mercedes abrió la puerta del despacho y había desaparecido antes que él volviese del profundo letargo en que su malograda venganza le había sumido.

Daba la una en el reloj de los Inválidos, cuando el ruido del coche que se llevaba a la señora de Morcef hizo levantar la cabeza al conde de Montecristo.

-Fui un insensato -dijo- en no haberme arrancado el corazón el día que juré vengarme.




El conde de Montecristo de Alejandro Dumas

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