El conde de Montecristo: 5-19

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El conde de Montecristo
Quinta parte: La mano de Dios
Capítulo 19

de Alejandro Dumas


Capítulo diecinueve
El 5 de octubre

Serían las seis de la tarde. Un horizonte de color de ópalo, matizado con los dorados rayos de un hermoso sol de otoño, se destacaba sobre la mar azulada.

El calor del día había ido atenuándose poco a poco, y empezaba a sentirse la ligera brisa que parece la respiración de la naturaleza exhalándose después de la abrasadora siesta del mediodía; soplo delicioso que refresca las costas del Mediterráneo y lleva de ribera en ribera el perfume de los árboles, mezclado con el acre olor del mar.

Sobre la superficie del lago que se extiende desde Gibraltar a los Dardanelos, y de Túnez a Venecia, una embarcación ligera, de forma elegante, se deslizaba a través de los primeros vapores de la noche. Su movimiento era el del cisne que abre sus alas al viento surcando las aguas. Avanzaba rápido y gracioso a la vez, dejando en pos de sí un surco fosforescente.

Lentamente, el sol, cuyos últimos rayos hemos saludado, desapareció por el horizonte occidental, pero como para secundar los sueños brillantes de la mitología, sus fuegos indecisos, reapareciendo en la cima de cada ola, parecían revelar que el dios de la luz acababa de ocultarse en el seno de Anfítrite, quien procuraba en vano guardar a su amante entre los pliegues de su azulado manto.

El barco avanzaba velozmente, aunque al parecer, apenas hacía viento para sacudir los rizados bucles de una joven. En pie sobre la proa, un hombre alto, de tez bronceada, ojos dilatados, veía acercarse hacia él la tierra bajo la forma de una masa sombría en forma de cono, y saliendo del medio de las olas como un ancho sombrero catalán.

-¿Está ahí la isla de Montecristo? -preguntó con una voz grave, impregnada de profunda tristeza, el viajero a cuyas órdenes parecía estar en aquel momento la embarcación.

-Sí, excelencia -respondió el patrón-; ya llegamos.

-¡Llegamos! -murmuró el viajero con un acento indefinible de melancolía.

Luego añadió en voz baja:

-Sí; éste será el puerto.

Y se sumergió en sus meditaciones, que se revelaban con una sonrisa más triste aún que lo hubiesen sido las mismas lágrimas.

Unos minutos más tarde se distinguió en tierra una llama, que se apagó al instante, y el estampido de un arma de fuego llegó hasta el barco.

-Excelencia -dijo el patrón-, he ahí la señal, ¿queréis responder vos mismo?

-¿Qué señal? -preguntó.

El patrón extendió la mano hacia la isla, desde cuyas orillas ascendía una larga y blanquecina columna de humo, que se iba extendiendo sensiblemente en la atmósfera.

-¡Ah!, sí -dijo, como saliendo de un sueño-, dadme...

El patrón le entregó una carabina cargada. El viajero la tomó, apuntó hacia arriba y la disparó al aire.

Diez minutos después se amainaba la vela, y se echaba el ancla a quinientos pasos del puerto.

El bote estaba ya en el mar con cuatro remeros y el photo. El viajero bajó, y en vez de sentarse en la popa guarnecida para él de un tapiz azul, se mantuvo en pie con los brazos cruzados.

Los remeros esperaban con los remos medio levantados, como aves que ponen a secar las alas.

-¡Avante! -dijo el viajero.

Los ocho remos cayeron al mar de un solo golpe, y sin hacer saltar una chispa de agua. Después la barca, cediendo al impulso, se deslizó rápidamente.

En seguida entró en una pequeña ensenada, formada por una abertura natural. La barca tocó en un fondo de arena fina.

-Excelencia -dijo el piloto-, subid a espaldas de dos de nuestros hombres, que os llevarán a tierra.

El joven respondió a esta invitación con un gesto de completa indiferencia. Sacó las piernas de la barca y se dejó deslizar en el agua, que le llegó hasta la cintura.

-¡Ah, excelencia! -murmuró el piloto-, habéis hecho mal, y el señor os censurará por ello.

El joven continuó marchando hacia la ribera, detrás de dos marineros que habían encontrado el mejor fondo.

A los treinta pasos llegaron a tierra. El joven sacudió los pies y comenzó a buscar el camino que se le indicaba en medio de las tinieblas de la noche. En el momento en que volvía la cabeza, sintió una mano sobre el hombro y una voz que le hizo estremecer.

-Buenas noches, Maximiliano -le dijo la voz-, veo que sois puntual, gracias.

-¡Vos, conde! -exclamó el joven con un movimiento, expresión más que de otra cosa de alegría, y estrechando entre sus dos manos la de Montecristo.

-Sí, ya lo veis, tan puntual como vos, pero estáis no sé cómo, caro amigo. Es preciso transformaros, como diría Calipso a Telémaco. Venid, pues. Hay por aquí una habitación preparada para vos, y en la cual olvidaréis las fatigas y el frío.

Montecristo vio que Morrel se volvía, y esperó.

El joven, en efecto, veía con sorpresa que ni una sola palabra le habían dicho sus conductores, a los cuales no había pagado, y sin embargo, partían. Oíanse ya los movimientos de los remos del bote que volvía hacia la embarcación.

-¡Ah, sí! -dijo el conde-, ¿buscáis a vuestros marineros?

-Sin duda, nada les he dado y no obstante han partido.

-No penséis en eso, Maximiliano -dijo sonriéndose Montecristo-, tengo un contrato con la marina para que el acceso de mi isla quede libre de todo gasto de viaje. Soy su abonado, como se dice en los países civilizados.

Morrel miró al conde con admiración.

-Conde -le dijo-, no sois el mismo aquí que en París.

-¿Cómo es eso?

-Sí; aquí os reís.

La frente de Montecristo se ensombreció.

-Tenéis razón en recordármelo, Maximiliano -dijo-, volveros a ver es una ventura para mí, y olvidaba que toda ventura es pasajera.

-¡Oh!, no, no, conde -exclamó Morrel volviendo a asir las manos de su amigo-, reíd, por el contrario; sed dichoso y probadme con vuestra indiferencia que la vida no es mala sino para los que sufren. ¡Oh!, sois benéfico, bueno, grande, amigo mío, y para darme valor afectáis esa alegría.

-Os equivocáis, Morrel -dijo el conde-, es que en efecto soy feliz.

-Vamos, os olvidáis de mí, ¡tanto mejor!

-¿Cómo?

-Sí, porque ya lo sabéis amigo. Como el gladiador cuando entraba en el circo decía al emperador, os digo: «El que va a morir te saluda.»

-¿No estáis consolado? -preguntó Montecristo, con una expresión particular.

-¡Oh! -dijo Morrel, con una mirada llena de amargura-, ¿suponéis acaso que puedo estarlo?

-Escuchad -prosiguió el conde-, comprendéis bien el sentido de mis palabras, ¿no es verdad, Maximiliano? No me tenéis por un hombre vulgar, por una urraca que pronuncia frases vagas y vacías de sentido. Al preguntaros si estáis consolado, os hablo como hombre para quien el corazón humano no tiene secretos. Y bien, Morrel, bajemos juntos al fondo de vuestro corazón y sondeémosle. ¿Siente aún la fogosa impaciencia del dolor que hace estremecer el cuerpo, como se estremece el león picado por el mosquito? ¿O sufre esa sed devoradora que no se acaba hasta el sepulcro? ¿O la idealidad del recuerdo ya irrealizable que lanza al vivo en pos de la muerte? ¿O tan sólo la postración del valor agotado, el tedio que apaga los rayos de esperanza que quisieran lucir de nuevo? ¿O la pérdida de la memoria junto con la impotencia para el llanto? ¡Oh!, querido amigo, si esto es así, si no podéis llorar, si creéis muerto vuestro corazón embotado, si no encontráis fuerza más que en Dios, miradas más que para el cielo, amigo, dejemos a un lado las palabras harto mezquinas para la comprensión de nuestra alma. Maximiliano, estáis consolado, dejad, pues de lamentaros.

-Conde -dijo Morrel con una voz dulce y firme al mismo tiempo-, conde, escuchadme, como se escucha al hombre que habla con el dedo extendido hacia la tierra, con los ojos levantados al cielo. He venido cerca de vos para expirar en brazos de un amigo. Hay, es cierto, personas a quienes amo. Amo a mi hermana Julia, a su esposo Manuel, mas necesito que se abran unos brazos fuertes y se me estreche en ellos en mis últimos instantes. Mi hermana se desharía en lágrimas y se acongojaría. La vería sufrir, y ¡he sufrido yo tanto! Manuel me arrancaría el arma de las manos y atronaría la casa con sus destemplados gritos. Vos, conde, cuya palabra me esclaviza, que sois más que hombre, a quien llamaría dios si no fueseis mortal. Vos, vos me conduciréis dulcemente y con ternura, ¿no es verdad?, hasta las puertas de la muerte.

-Amigo -repuso el conde-, me queda aún una duda: ¿tendréis tan poca fuerza que empeñéis vuestro orgullo en exhalar vuestro dolor?

-No; mirad, soy sincero -dijo Morrel tendiendo la mano al conde-, y mi pulso no late más ni menos débil que de costumbre. No; me siento al término del camino. No, no procederé más allá. Me habéis hablado de aguardar, de esperar, ¿sabéis lo que habéis hecho, desventurado sabio? ¡He esperado un mes, es decir, que he sufrido un mes! He esperado, ¡el hombre es pobre y miserable criatura! He esperado, ¿y qué? No lo sé, ¡algo desconocido, absurdo, insensato!, un milagro..., ¿cuál? Dios sólo puede decirlo, que ha envuelto nuestra razón con la locura que se llama esperanza. Sí; he estado esperando. Sí; he esperado, conde, y en un cuarto de hora que hace que hablamos esta vez, me habéis, sin saber, partido, torturado el corazón cien veces, porque cada una de vuestras palabras me prueban que no hay esperanza para mí. ¡Oh, conde, cuán dulce y voluptuoso sería el descanso de la muerte!

Estas últimas palabras fueron pronunciadas por Morrel con una explosión de alegría que hizo estremecer al conde.

-Amigo mío -continuó Morrel, viendo que el conde callaba-, me designasteis el 5 de octubre como término del plazo definitivamente convenido... ; amigo mío, hoy es el 5 de octubre...

Y sacó el reloj.

-Son las nueve; todavía me quedan tres horas de vida.

-Sea -respondió el conde-, venid.

Morrel siguió maquinalmente al conde, y estaban ya en la gruta, sin que Maximiliano se hubiese dado cuenta de ello. Vio alfombras bajo sus pies, y abierta una puerta de donde se exhalaban delicados perfumes. Una luz resplandeciente hirió sus ojos. Morrel se detuvo dudoso sin seguir adelante.

Desconfiaba de las delicias mágicas que le rodeaban. Montecristo le atrajo dulcemente.

-¿Será preciso -dijo-, que empleemos las tres horas que nos restan, como los antiguos romanos, que, condenados por Nerón, su emperador y heredero, se sentaban a la mesa coronados de flores y aspiraban la muerte con el perfume de los heliotropos y de las rosas?

-Como gustéis -respondió Morrel-, la muerte es siempre la muerte, es decir, el reposo, es decir, la ausencia de la vida, y por consiguiente del dolor.

Sentóse, y Montecristo enfrente de él.

Estaban en el maravilloso comedor que hemos descrito, y en donde estatuas de mármol sostenían en la cabeza canastillos siempre llenos de flores y de frutas. Morrel lo había mirado todo vagamente, probablemente sin ver nada.

-Hablemos -dijo, mirando finalmente al conde.

-¡Hablad! -le respondió éste.

-Conde -repuso Morrel-, sois el compendio de todos los conocimientos humanos, y me parecéis bajado de un mundo más adelantado y sabio que el nuestro.

-Hay algo de cierto en eso -dijo el conde, con la sonrisa melancólica que confería a su rostro destellos de inefable bondad-, he bajado de un planeta que llaman el dolor.

-Creo todo lo que me decís, sin tratar de investigar su sentido, conde; y la causa de ello es porque me habéis dicho que viva y he vivido, porque me habéis dicho que espere y he esperado. Osaré preguntaros como si hubieseis muerto alguna vez: ¿Conde, es eso un mal?

Montecristo miraba a Morrel con una inefable expresión de ternura.

-Sí -dijo-, sí, sin duda; eso es un mal si rompéis brutalmente la capa mortal que os reclama obstinadamente la vida. Si desgarráis vuestra carne con la imperceptible punta de un puñal, si abrís con una bala siempre insegura vuestra cabeza, sensible al más leve dolor, ciertamente que sufriréis, y dejaréis odiosamente la vida, hallándola en medio de una agonía desesperada, mejor que un reposo a tanta costa comprado.

-Sí, lo comprendo -dijo Morrel-; la muerte, como la vida, tiene secretos de dolor y de voluptuosidad. Todo estriba en conocerlos.

-Exacto, Maximiliano. Acabáis de decir una gran verdad. La muerte es según el cuidado que tomamos de ponernos bien o mal con ella: o una amiga que nos mece dulcemente como una nodriza, o una enemiga que nos arranca con violencia el alma del cuerpo. Un día, cuando el mundo haya vivido un millar de años más, y se haya hecho dueño de todas las fuerzas destructoras de la naturaleza para aprovecharlas en el bienestar general de la humanidad, cuando el hombre conozca, como decíais no ha mucho, los secretos de la muerte, será ésta tan dulce y voluptuosa como el sueño en los brazos de la mujer querida.

-Y si quisierais morir, conde, ¿sabríais hacerlo de ese modo?

-Sí.

Morrel le tendió la mano.

-Comprendo ahora -dijo- por qué me habéis citado aquí, en esta isla perdida en medio del Océano, en este palacio subterráneo, sepulcro que envidiaría Faraón. Es porque me queréis, ¿no es así, conde?, ¿es que me queréis lo suficiente, para procurarme una de esas muertes de que me habláis, una muerte sin agonía, una muerte que me permita desahogarme pronunciando el nombre de Valentina, y estrechándoos la mano?

-Sí; habéis adivinado, Morrel -dijo el conde con sencillez-, y así es como lo comprendo.

-Gracias, la idea de que mañana no sufriré más resulta consoladora para mi angustiado corazón.

-¿No dejáis a nadie? -preguntó Montecristo.

-¡No! -respondió Morrel.

-¿Ni siquiera a mí? -repuso el conde con emoción profunda.

Morrel quedó suspenso. Sus claros ojos se nublaron de pronto, y brillaron luego con vívida llama, brotando de ellos una lágrima que rodó abriendo un surco plateado en su mejilla.

-¡Cómo! -dijo el conde-, ¡os queda un recuerdo en la tierra y morís...!

-¡Oh!, por favor -exclamó Morrel con voz apagada-, ¡ni una palabra más, conde, no prolonguéis mi suplicio!

Montecristo creyó que Morrel iba a entrar en delirio.

Esta creencia de un instante resucitó en él la horrible duda sepultada ya una vez en el castillo de If. Pensó devolver este hombre a la ventura, mirando tal restitución como un peso echado en la balanza para compensación del mal que pudiera haber derramado.

«Ahora -pensó el conde-, si yo me equivocase, si este hombre no fuera tan desgraciado que mereciese la ventura, ¡ay!, ¡qué sería de mí que no puedo olvidar el mal sino representándome el bien!»

-Escuchad, Morrel -dijo-, vuestro dolor es inmenso, me doy cuenta, pero, sin embargo, creéis en Dios, y no querréis arriesgar la salvación del alma.

Morrel se sonrió con tristeza.

-Conde -dijo-, sabéis que no entro fríamente en los espacios de la poesía; pero, os lo juro, mi alma no es mía.

-Escuchad, Morrel -dijo el conde-, no tengo pariente alguno en el mundo, ya lo sabéis. Me he acostumbrado a miraros como hijo, ¡y bien!, por salvar a mi hijo, sacrificaría mi vida, cuanto más mi fortuna.

-¿Qué queréis decir?

-Quiero decir, Morrel, que atentáis a vuestra vida porque no conocéis todos los goces que ofrece una gran fortuna. Morrel, poseo cerca de cien millones, os los doy. Con tal fortuna podéis esperar todo lo que os propongáis. ¿Sois ambicioso?, todas las carreras os serán abiertas. Revolved el mundo, cambiad su faz, entregaos a prácticas insensatas, sed criminal si es preciso, pero vivid.

-Conde, cuento con vuestra palabra -respondió fríamente Morrel, y añadió, sacando el reloj-, son las nueve y media.

-¡Morrel! ¿Insistís?, ¿a mi vista?, ¿en mi casa?

-Dejadme marchar, entonces -dijo Maximiliano, profundamente sombrío-, o creeré que no me amáis sino por vos.

Y se puso en pie.

-Está bien -dijo el conde, cuyo rostro pareció iluminarse-, lo queréis, Morrel, y sois inflexible. ¡Sí!, sois profundamente desgraciado, y lo habéis dicho, sólo puede remediaros un milagro. Sentaos y esperad, Morrel.

Morrel obedeció. Montecristo se levantó a su vez y fue a buscar a un armario cuidadosamente cerrado, y cuya llave llevaba suspendida de una cadena de oro, un cofrecito de plata primorosamente cincelado, cuyos ángulos representaban cuatro figuras combadas, parecidas a esas cariátides de formas ideales, figuras de mujer, símbolos de ángeles que aspiran al cielo. Colocó el cofre encima de la mesa. Luego, abriéndolo, sacó una cajita de oro, cuya tapa se levantaba apretando un resorte secreto.

Esta caja contenía una sustancia untuosa medio sólida, cuyo color era indefinible, a causa del reflejo del oro bruñido, de los zafiros, rubíes y esmeraldas que la guarnecían, mezcla de azul, de púrpura y oro. El conde tomó entonces una pequeña cantidad de esta sustancia con una cuchara de plata sobredorada, y la ofreció a Morrel, mirándole fijamente largo tiempo. Pudo verse entonces que esta sustancia era de un color verdoso.

-He aquí lo que me habéis pedido -dijo-. He aquí lo que os he prometido.

-Viviendo aún -dijo el joven, al tomar la cuchara de manos del conde-, os doy las gracias desde el fondo de mi corazón.

El conde cogió otra cuchara y la metió también en la caja de oro.

-¿Qué vais a hacer, amigo? -inquirió Morrel, deteniéndole la mano.

-A fe mía, Morrel -le dijo sonriéndose-, creo, y Dios me lo perdone, que estoy tan cansado de la vida como vos, y puesto que la ocasión se presenta...

-¡Alto! -exclamó el joven-. ¡Vos que amáis, que sois amado, que tenéis fe y esperanza! ¡Oh, no hagáis lo que yo voy a hacer! ¡En vos sería un crimen! ¡Adiós, mi noble y generoso amigo, adiós! Voy a decir a Valentina todo lo que habéis hecho por mí.

Y lentamente, sin otro movimiento que el de una contracción de la mano izquierda que tendía a Montecristo, Morrel tomó o más bien saboreó la misteriosa sustancia que le había ofrecido el conde.

En este momento quedaron ambos silenciosos. Alí, también callado y atento, les dio tabaco, sirvió el café y desapareció.

Poco a poco, las lámparas palidecieron en las manos de las estatuas de mármol que las sostenían, y el perfume de los pebeteros pareció menos penetrante a Morrel. Sentado frente a él, el conde le miraba desde el fondo de la sombra, y Morrel no veía brillar más que los ojos de Montecristo.

Apoderóse del joven un dolor inmenso. Sentía caerse el servicio de café de las manos. Los objetos iban perdiendo insensiblemente su forma y sus colores. Sus ojos turbados veían abrirse como puertas y cortinas en las paredes.

-Amigo -dijo-, conozco que me muero. Gracias.

Realizó un esfuerzo por tenderle por segunda vez la mano, pero sin fuerza se dejó caer sobre él. Entonces le pareció que Montecristo se sonreía, no con la risa extraña e impresionante que le había dejado entrever muchas veces los misterios de su alma profunda, sino con la compasiva bondad que tienen los padres para con sus hijos extraviados. Al mismo tiempo el conde crecía a sus ojos. Su estatura, casi doble, se dibujaba sobre las pinturas rojas; había echado hacia atrás sus negros cabellos y se presentaba alto e imponente como uno de esos ángeles que amenazarán a los pecadores el día del juicio eterno.

Morrel, abatido, desconcertado, se tendió en un sofá. Advertíase entorpecimiento en la circulación de la sangre, ya algo azulada. Su cabeza experimentaba un trastorno en las ideas.

Tendido, enervado, anhelante, Morrel no sentía en sí nada de vivo más que un sueño. Parecía entrar decididamente en el vago delirio que precede al estado desconocido que llamamos muerte. Trató de tender nuevamente al conde la mano, pero carecía ya de movimiento. Quería decirle ya un adiós supremo, y su lengua se agitó sordamente en su garganta, como la losa al cerrar el sepulcro.

Sus ojos, llenos de languidez, se cerraron a pesar suyo; sin embargo, en derredor de sus párpados se agitaba una imagen que reconoció a pesar de la oscuridad en que se creía envuelto. Era el conde que acababa de abrir una puerta. De pronto, una claridad inmensa resplandeció en la cámara contigua, o más bien en un palacio encantado, inundando la sala donde Morrel se abandonaba a una dulce agonía.

Entonces vio aparecer a la puerta de la cámara, en el límite de ambas estancias, una mujer de maravillosa belleza. Pálida y sonriéndose dulcemente, parecía un ángel de misericordia, conjurando al ángel de las venganzas.

«¿Será el cielo que se abre para mí? -pensó el moribundo-; este ángel se parece al que he perdido.»

Montecristo señaló con el dedo a la joven el sofá donde estaba Morrel. La joven dirigióse hacia él con las manos juntas y la sonrisa en los labios.

-¡Valentina! ¡Valentina! -exclamó Morrel desde el fondo de su alma.

Pero su boca no articuló sonido alguno, y como si todas sus fuerzas se concentrasen en esta emoción interior, dio un suspiro y cerró los ojos. Valentina se precipitó sobre él. Los labios de Morrel hicieron todavía un movimiento.

-Os llama -dijo el conde- desde el fondo de su sueño aquel a quien habíais confiado vuestro destino y la muerte ha querido separaros. Pero esto ha sido por vuestro bien. Yo he vencido la muerte. Valentina, en lo sucesivo no debéis separaros más sobre la tierra, puesto que para encontraros se precipitaba en el sepulcro. Sin mí moriríais los dos. Os devuelvo el uno al otro. ¡Así Dios me tenga en cuenta las dos existencias que ahora salvo!

Valentina asió la mano de Montecristo y en un irresistible impulso de alegría la llevó a sus labios.

-¡Oh, perdonadme! -dijo el conde-. ¡Oh, repetidme, sin cansaros de repetírmelo! ¡Repetidme que os he hecho dichosa! No sabéis cuánta necesidad tengo de la seguridad de vuestras palabras.

-¡Oh, sí, sí, os lo agradezco con toda mi alma! -dijo Valentina-, y si dudáis de mis palabras, ¡ay!, preguntádselo a Haydée, a mi querida hermana Haydée, que después de nuestra partida de Francia me ha hecho esperar resignada, hablándome de vos, el venturoso día que hoy luce para mí.

-¿Conque amáis a Haydée? -preguntó Montecristo con una emoción que en vano se esforzaba en disimular.

-¡Oh!, con toda mi alma.

-Escuchad entonces, Valentina -dijo el conde-; tengo una gracia que pediros.

-¡A mí, gran Dios! ¿Seré tan dichosa?

-Sí; habéis llamado a Haydée vuestra hermana; séalo en efecto. Valentina, dadle todo lo que creáis deberme a mí. Protegedla, Morrel y vos, porque -la voz del conde pareció ahogarse en su garganta- en adelante quedará sola en el mundo...

-¡Sola en el mundo! -repitió una voz detrás del conde-, ¿y por qué?

Montecristo se volvió.

Haydée estaba en pie, pálida y helada, mirando al conde con expresión de profundo estupor.

-Porque mañana, hija mía, estarás libre -respondió el conde-, porque recobrarás en el mundo el puesto que te es debido, porque no quiero que mi destino oscurezca el tuyo. ¡Hija de príncipe, te devuelvo las riquezas y el nombre de tu padre!

Haydée palideció, abrió las manos diáfanas como hace la virgen que se encomienda a Dios y con una voz trémula por las lágrimas:

-¿Veo, señor, que me abandonas? -dijo.

-¡Haydée! Haydée! Eres joven, eres bella, olvídate hasta de mi nombre y sé dichosa.

-Perfectamente -dijo Haydée-; tus órdenes serán cumplidas. Olvidaré hasta tu nombre y seré dichosa.

Y dio un paso atrás para retirarse.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó Valentina, sosteniendo con su espalda la cabeza inmóvil de Morrel-, ¿no veis su palidez, no comprendéis lo que sufre?

Haydée le dijo con una expresión desgarradora:

-¿Por qué quieres, hermana mía, que me comprenda? Es mi señor, soy su esclava; tiene derecho a no ver, a no comprender nada.

El conde tembló a los acentos de esta voz que hizo vibrar hasta las fibras más secretes de su corazón.

Sus ojos se encontraron con los de la joven y no pudieron resistir su resplandor.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -dijo-, ¿será verdad lo que me habíais dejado sospechar? Haydée, ¿serías dichosa en no abandonarme?

-Soy joven -respondió con dulzura-; amo la vida que me ha hecho siempre tan venturosa, y sentiría morir.

-Lo cual quiere decir que si yo te dejo, Haydée...

-¡Moriré, señor, sí!

-¿Conque me amas?

-¡Oh, Valentina, pregunta si le amo! ¡Valentina, dile tú si amas a Maximiliano!

Montecristo sintió desahogado el pecho y dilatado el corazón. Abrió los brazos: Haydée se lanzó en ellos dando un grito.

-¡Oh, sí, te amo! -dijo-, te amo como se ama a un padre, a un hermano, a un esposo! ¡Te amo como se ama a Dios, porque eres para mí el más bello, el mejor y el más grande de los seres creados!

-¡Sea como tú quieres, ángel querido! -dijo el conde-, Dios, que me levantó contra enemigos y me dio la victoria; Dios, lo veo bien, no quiere que sea el arrepentimiento el término de mis triunfos. Yo quería castigarme; Dios quiere perdonarme. Ama, pues, ¡Haydée! ¿Quién sabe? Tu amor acaso logre hacerme olvidar lo que es necesario que olvide.

-¿Y qué dices tú, señor? -preguntó la joven.

-Digo que una palabra tuya, Haydée, me ha enseñado más que veinte años de lenta experiencia. ¡No tengo más que a ti en el mundo, Haydée; por ti vuelvo a la vida; por ti puedo sufrir, por ti puedo ser dichoso!

-¿Lo oyes, Valentina? -exclamó Haydée-; dice que por mí puede sufrir, ¡por mí, que por él daría la vida!

El conde quedó un instante pensativo.

-¿Habré entrevisto la verdad? -dijo-. ¡Oh! ¡Dios mío! No importa: recompensa o castigo, acepto este destino. Ven, Haydée, ven...

Y estrechando con su brazo el talle de la joven, apretó la mano a Valentina, y desapareció.

Transcurrió aproximadamente una hora, durante la cual, muda, anhelante, con los ojos fijos, permaneció Valentina al lado de Morrel. Al cabo sintió que palpitaba su corazón; que un soplo imperceptible abrió sus labios y advirtió el estremecimiento que anunciaba la vuelta a la vida en todo el cuerpo del joven. Al fin, abriéronse sus ojos, pero fijos primero, recobró luego la vista clara, real y, con la vista, la sensibilidad; con la sensibilidad el dolor.

-¡Oh! -exclamó con el acento de la desesperación-, vivo aún; ¡el conde me ha engañado!

Y su mano se tendió sobre la mesa y cogió un cuchillo.

-Amigo -dijo Valentina con su adorable sonrisa-, despierta ya y mira hacia mí.

Morrel dio un gran grito, y delirante, lleno de dudas, desvanecido como por una visión celeste, cayó sobre las rodillas.

Al siguiente día, al despuntar la aurora, Morrel y Valentina se paseaban por la costa cogidos del brazo.

La joven le contaba cómo Montecristo se había presentado en su cámara, revelándoselo todo, cómo le había hecho comprender el crimen y, finalmente, la salvó milagrosamente del sepulcro, al propio tiempo que la hacía creer que estaba muerta.

Hallando abierta la puerta de la gruta, salieron a dar un paseo. Lucían aún en el cielo las últimas estrellas de la noche. Morrel percibió entre las sombras de un grupo de rocas un hombre que esperaba una señal para acercarse a ellos y se lo mostró a Valentina.

-¡Es Jacobo -dijo-, el capitán!

Y le llamó con una seña.

-¿Tenéis algo que decirnos? -le preguntó Morrel.

-Tengo que entregaros esta carta de parte del conde.

-¡Del conde! -murmuraron a la vez los dos jóvenes.

-Sí, leed.

Morrel la abrió y leyó:

Mi querido Maximiliano: Hay una falúa anclada para vos. Jacobo os llevará a Uorna, donde el señor Noirtier espera a su hija para bendecirla antes de que os acompañe al altar. Todo cuanto hay en esta gruta, amigo mío, mi casa de los Campos Elíseos y mi castillo de Treport, son el regalo de boda que hace Edmundo Dantés al hijo de su patrón Morrel. La señorita de Villefort aceptará la mitad, pues le suplico dé a los pobres de París toda la fortuna que adquiera de su padre, loco, y de su hermano, fallecido en septiembre último con su madrastra.
Decid al ángel que va a velar por vuestra vida, Morrel, que ruegue alguna vez por un hombre que, semejante a Satanás, se creyó un instante igual a Dios, y ha reconocido con toda la humildad de un cristiano, que sólo en manos de la Providencia está el poder supremo y la sabiduría infinita. Sus oraciones endulzarán quizás el remordimiento que lleva en el fondo de su corazón.
En cuanto a vos, Morrel, he aquí el secreto de mi conducta. No hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo.
Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida.
Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!

Vuestro amigo,

Edmundo Dantés, Conde de Montecristo.

Durante la lectura de esta carta, que le revelaba la locura de su padre y la muerte de su hermano, Valentina palideció; un suspiro doloroso se exhaló de su pecho y lágrimas que no eran menos amargas por ser silenciosas, rodaron de sus mejillas. La ventura le costaba bien cara.

Morrel miró a su alrededor con inquietud.

-Pero -dijo- el conde exagera ciertamente su generosidad. Valentina se contentará con mi modesta fortuna. ¿Dónde está el conde, amigo? Conducidme a él.

Jacobo extendió la mano y señaló en dirección al horizonte.

-¡Cómo! ¿Qué queréis decir? -preguntó Valentina-. ¿Dónde está el conde? ¿Dónde está Haydée?

-Mirad -dijo Jacobo.

Los ojos de los dos jóvenes se fijaron en la línea indicada por el marino, y sobre ella, en el horizonte que separa el cielo del mar, distinguieron una vela blanca, grande como el ala de la gaviota.

-¡Partió! -exclamó Morrel-, ¡partió! ¡Adiós, amigo mío! ¡Adiós, padre mío!

-¡Partió! -murmuró Valentina-. ¡Adiós, amiga mía! ¡Adiós, hermana mía!

-¡Quién sabe si algún día le volveremos a ver! -dijo Morrel, enjugándose una lágrima.

-Cariño -repuso Valentina-, ¿no acaba de decirnos que la sabiduría humana se encierra toda ella en estas dos palabras?:

¡Confiar y esperar!




El conde de Montecristo de Alejandro Dumas

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Segunda parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17
Tercera parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10
Cuarta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9
Quinta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19