El conde de Montecristo: 2-09

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El conde de Montecristo
Segunda parte: Simbad el Marino
Capítulo 9

de Alejandro Dumas


Capítulo noveno
Al despertar

Cuando Franz volvió en sí, los objetos exteriores le parecieron una segunda parte de su sueño. Imaginóse en un sepulcro, donde apenas penetraba un rayo de sol como una mirada compasiva. Extendió la mano y tocó la piedra, incorporóse y se halló acostado en un lecho de hojas secas, aromáticas y suaves.

Habían desaparecido las visiones, y como si fueran las estatuas sólo sombras salidas de sus sepulcros durante su ensueño, habían huido al despertar. A toda la agitación del sueño sucedía la calma de la realidad. Se encontró en una gruta, se adelantó hacia la abertura. A través de la puerta se veía el azul del mar y del cielo. Aire y agua resplandecían a los primeros rayos del sol de la mañana; a la orilla estaban sentados los marineros riendo y cantando. A diez pasos mar adentro se mecía graciosamente la barquilla sobre sus andotes. Entonces aspiró largo tiempo aquella brisa fresca que le azotaba la frente, escuchó el débil rumor de las olas que se estrellaban en la orilla, salpicando las rocas de blanca espuma, y entregóse instintivamente a este divino éxtasis que la naturaleza produce, sobre todo, después de un sueño fantástico.

La vida exterior, tan pura, tan grande, tan tranquila, recordóle poco a poco lo inverosímil de su sueño, y su memoria empezó a llenarse de recuerdos. Se acordó de su llegada a la isla, y de su presentación a un jefe de contrabandistas, de un palacio espléndido, y de una cena excelente y una cucharada de hachís.

Sólo que en medio de esta realidad palpable parecíale que todas aquellas cosas habían ocurrido por lo menos hacía un mes, tan vivo era el pensamiento de su sueño, y tanta importancia tenía en su imaginación. De vez en cuando, parecíale distinguir entre los marineros, o junto a una roca, o meciéndose sobre el barco, una de aquellas sombras que con besos y miradas poblaron de estrellas el cielo de su noche. Por otra parte, sentía la cabeza completamente despejada y el cuerpo tranquilo, sin peso en el cerebro, sino todo lo contrario, un bienestar general, una predisposición más grande que nunca a absorber el sol y el aire. Acercóse alegremente a sus marineros, que al verle se levantaron todos, y el patrón se le aproximó diciéndole:

-El señor Simbad nos ha encargado de cumplimentar a vuestra excelencia en su nombre, y de expresarle cuánto siente no poder despedirse de vuestra excelencia, mas confía que le dispenséis cuando sepáis que un negocio importantísimo le obligó a marchar a Málaga.

-¡Ah!, oye, mi querido Gaetano, ¿es todo esto verdad? ¿Existe un hombre que me recibió en esta isla, que me dio una hospitalidad regia, y se ha marchado mientras yo soñaba?

-Tan cierto es, que por allí va alejándose su yate a velas desplegadas; con vuestro anteojo de larga vista quizá podréis aún reconocer a Simbad el Marino en medio de la tripulación sobre cubierta.

Y al decir estas palabras extendió Gaetano su brazo en dirección a un barquillo, que se dirigía al extremo meridional de Córcega. Franz sacó su anteojo, lo graduó a su vista y se puso a mirar al sitio indicado. No se engañaba Gaetano. A la popa del barco aparecía el misterioso extranjero, de pie, vuelto hacia Franz, y con un anteojo en la mano como él. Iba vestido con el mismo traje con que se presentara a su huésped, y para despedirse agitaba un pañuelo. Franz devolvióle el saludo de la misma forma. Un momento después se divisó en la popa del barco una nubecilla de humo, elevándose al cielo graciosa y lentamente. Una detonación llegó a oídos de Franz.

-¿Oís? -le dijo Gaetano-. Eso significa que se despide de vos.

El joven tomó su carabina y la descargó disparando al aire, pero sin esperanza de que la detonación pudiese atravesar la distancia que separaba el yate de la costa.

-¿Qué ordena vuestra excelencia? -le preguntó Gaetano.

-Que me deis una luz.

-¡Ah!, ya entiendo -dijo el patrón-; para buscar la entrada de la mansión encantada. Buen provecho os haga, excelencia, puesto que tenéis gusto de ello, voy a daros la antorcha que me pedís, pero sabed que yo también tuve esa idea, que he tenido ese capricho tres o cuatro veces, y que siempre acabé por renunciar a él. Giovanni -añadió-, enciende una tea y tráela a su excelencia.

Aquél obedeció, y tomando Franz la tea entró en el subterráneo seguido de Gaetano.

Reconoció el sitio en que se había despertado, y su lecho de hojas, hollado todavía, pero por más que examinó con ayuda de la tea toda la superficie exterior de la gruta, nada vio, salvo algunos sitios que por lo ahumados demostraban que otros habían hecho antes que él la misma investigación.

Sin embargo, no dejó de examinar ni un solo pie de aquella muralla granítica, impenetrable como el porvenir; no vio una sola grieta sin introducir en ella su cuchillo de monte, no observó un solo ángulo saliente de una piedra sin apoyarse en él, con la esperanza de que cedería; pero todo fue en vano, y en este trabajo perdió dos horas sin resultado alguno.

Al cabo de este tiempo renunció a sus proyectos. Gaetano había triunfado.

Cuando Franz volvió a la playa, el yate no aparecía ya sino como un punto blanco en el horizonte. Recurrió a su anteojo, pero ni aun así le fue posible distinguir nada.

Gaetano le recordó que había venido a cazar cabras, cosa de que él se había olvidado enteramente. Tomó su escopeta y se puso a recorrer la isla más bien como un hombre que cumple una obligación, que como aquel que procura divertirse, y transcurrido un cuarto de hora había muerto una cabra y dos cabritillos. Pero aquellas cabras, aunque salvajes y ligeras como gamuzas, guardaban una gran semejanza con nuestras cabras domésticas, y Franz no las consideraba como caza.

Otras ideas preocupaban, además, su imaginación. Desde la víspera se había constituido en héroe de un cuento de Las mil y una noches, y un poder invencible le arrastraba a la gruta.

Entonces, pese a la inutilidad de sus primeras pesquisas, emprendió otras nuevas, mientras Gaetano, por orden suya, asaba una de las cabras.

Mucho tiempo debió de durar esta segunda visita, pues cuando volvió estaba ya asada la cabra y dispuesto el almuerzo. Sentado Franz en el mismo lugar en el que la víspera fueron a invitarle a cenar de parte del misterioso desconocido, distinguió todavía, como una gaviota cerniéndose sobre las aguas, al diminuto yate, que continuaba su camino a Córcega.

-¿Pero no me dijisteis que el señor Simbad iba a Málaga? -exclamó de repente encarándose con Gaetano-. Paréceme que se dirige a Porto-Vecchio.

-¿No os acordáis -repuso el marinero-, que os dije también que entre su tripulación había casualmente dos bandidos corsos?

-En efecto, irá a desembarcarlos a la costa -observó Franz.

-Eso mismo. ¡Ah! Simbad el Marino es un buen sujeto, que no teme al diablo y que por hacer un servicio a un pobre, dicen que andaría diez leguas.

-Pero ese género de servicios le pueden malquistar con las autoridades del país donde los haga -repuso Franz.

-¡Ah! -exclamó sonriéndose Gaetano-. Bastante le importan a él las autoridades. Se burla de ellas y cuando le persiguen no es su yate un buque velero, sino un pájaro, sin contar con que para encontrar amigos, sólo tiene que acercarse a la costa.

Lo único que resulta claro de todo esto es que el señor Simbad, el agasajador de Franz, honrábase con estar relacionado con todos los contrabandistas y bandoleros del Mediterráneo, posición asaz excéntrica.

Como nada retenía ya a Franz en la isla de Montecristo, y como había perdido la esperanza de descubrir el encanto de la gruta, apresuróse a almorzar, ordenando a los marineros que preparasen la barca para dentro de una hora.

Media hora después estaba ya a bordo. Echó la última mirada al yate, que estaba a punto de perderse de vista en el golfo de PortoVecchio. Cuando, dada la señal de partir, se ponía su barco en movimiento, aquél desapareció enteramente.

Con el yate se desvanecía la postrera realidad de la noche anterior: la cena, Simbad, el hachís, las estatuas, todo, en fin, empezaba a tomar para el joven el colorido de un sueño.

El día y la noche entera navegó la barca, y a la salida del sol a la mañana siguiente, había perdido también de vista la isla de Montecristo.

Tan pronto como puso Franz el pie en tierra firme, se olvidó, aunque sólo por un momento, de los últimos acontecimientos, para terminar sus quehaceres políticos y juveniles en Florencia, y no pensar en otra cosa que en reunirse con su compañero, que le esperaba en Roma.

Partió, pues, en el correo, y el sábado por la noche llegó a la plaza de la Aduana.

Como ya se ha dicho, la habitación la tenía de antemano preparada, no precisando de otra cosa que dirigirse al hotel de maese Pastrini, cosa que no era muy fácil, pues una inmensa muchedumbre henchía ya las calles, y se miraba aturdida Roma por el rumor febril y sordo que precede a las grandes solemnidades.

Las grandes solemnidades de Roma son cuatro: el Carnaval, la Semana Santa, el Corpus y el día de San Pedro. Todo el resto del año vuelve a caer la ciudad en esa triste apatía, punto medio entre la vida y la muerte, entre este mundo y el otro, apatía sublime, característica y poética, que Franz había estudiado ya cinco o seis veces, encontrándola cada vez más fantástica y maravillosa.

Atravesando, pues, aquella turba que crecía por momentos y se agitaba, llegó a la fonda.

A su primera pregunta, le respondieron con esa impertinencia propia de los cocheros de alquiler que tienen ya viaje aparejado, y de los fondistas que tienen ya sus cuartos llenos, que no había para él habitación en la fonda de Londres. Y por esto se vio obligado a enviar una tarjeta a maese Pastrini y a preguntar por Alberto de Morcef. Este recurso fue excelente, pues maese Pastrini acudió personalmente con mil excusas por haber hecho esperar a su excelencia, y tomando la bujía de mano de un cicerone que ya se había apoderado del viajero, preparábase a conducirle junto a su amigo, cuando éste apareció.

La habitación indicada se componía de dos piezas pequeñas y de un gabinete con ventanas que daban a la calle, cualidad que exageró mucho maese Pastrini, añadiendo que era inapreciable su valor. El resto de aquel piso lo tenía alquilado a un personaje muy rico, que pasaba por siciliano o maltés, aunque el fondista no supo decir a ciencia cierta a cuál de las dos naciones pertenecía.

-Está bien, maese Pastrini -dijo Frank-. Necesitamos ahora por lo pronto una cena cualquiera para esta noche, y un carruaje para mañana y los siguientes días.

-En lo de la cena -respondió el fondista-, seréis servidos en el acto; pero concerniente al carruaje...

-¿Cómo es eso, maese Pastrini? ¡Dudáis...! Ea, no os chanceéis, que necesitamos un carruaje.

-¡Oh, caballero!, todo lo imaginable se hará por proporcionároslo, y es cuanto puedo decir.

-¿Y cuándo sabremos la respuesta? -preguntó Franz.

-Mañana por la mañana -respondió el fondista.

-¡Qué diablo! -exclamó Alberto-. Con pagarlo bien, es negocio concluido. Ya sabemos a qué atenernos. Un carruaje de Drake o de Aarón cuesta veinticinco francos los días de trabajo, y treinta o treinta y cinco los domingos y días señalados, conque añadiendo cinco francos diarios de corretaje, suman cuarenta. No se vuelva a hablar de esto.

-Sospecho que aun cuando ofrezcan los señores el doble, no logren proporcionárselo.

-Que pongan entonces caballos al mío, aunque del viaje está algo estropeado, pero no importa...

-No se encontrarán caballos.

Alberto miró a Franz, como a un hombre a quien se le da una respuesta incomprensible.

-¿Oís Franz? -le dijo- ¡No hay caballos! Pero de posta, ¿no podría haberlos?

-Están alquilados todos quince días ha, y sólo quedan los indispensables para el servicio.

-¿Qué es lo que decís?

-Digo que, cuando no comprendo una cosa, acostumbro a no detenerme mucho en ella y paso a otra. ¿Está dispuesta la cena, maese Pastrini?

-Sí, excelencia.

-Pues ante todo, cenemos.

-Pero ¿y el carruaje y los caballos? -dijo Franz.

-No os preocupéis, amigo mío, que ellos vendrán por su propio pie. El busilis está en el precio.

Y Morcef, con esa admirable filosofía del hombre que nada juzga imposible mientras tiene llenos los bolsillos, cenó, se acostó y durmió a pierna suelta, soñando que paseaba las calles de Roma en un carruaje tirado por seis caballos.




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