El conde de Montecristo: 4-07

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El conde de Montecristo
Cuarta parte: El mayor Cavalcanti
Capítulo 7

de Alejandro Dumas


Capítulo séptimo
La promesa

Era Morrel, en efecto, que, desde la víspera, no vivía ya; con ese instinto particular de los amantes y de las madres, había adivinado que, a consecuencia de la vuelta de la señora de Saint-Merán y de la muerte del marqués, iba a ocurrir algo en casa de Villefort que afectaría a su amor.

Como se verá, sus presentimientos se habían realizado, y ya no era una simple inquietud lo que le llevó tan preocupado y tembloroso a la valla.

Pero Valentina no estaba prevenida de la visita de Morrel; no era aquella la hora en que solía venir, y fue una pura casualidad, o si se quiere mejor, una feliz simpatía la que le condujo al jardín.

En cuanto se presentó en él, Morrel la llamó; ella corrió a la valla.

-¿Vos a esta hora? -dijo.

-Sí, pobre amiga mía -respondió Morrel-; vengo a traer y a buscar malas noticias.

-¡Esta es la casa de la desgracia! -dijo Valentina-; hablad, Maximiliano; pero os aseguro que la cantidad de dolores es bastante crecida.

-Escuchadme, querida Valentina -dijo Morrel procurando contener su emoción para poderse explicar-, os lo suplico, porque todo lo que voy a decir es solemne: ¿cuándo piensan casaros?

-Escuchad -dijo a su vez Valentina-, no quiero ocultaros nada, Maximiliano. Esta mañana se ha hablado de mi boda, y mi abuela, con la que contaba yo como un poderoso aliado, no solamente se ha declarado a su favor, sino que la desea hasta tal punto, que en cuanto llegue el señor d'Epinay será firmado el contrato.

Un suspiro ahogado exhalóse del pecho del joven, y la miró tristemente.

-¡Ay! -dijo en voz baja-, terrible es oír decir tranquilamente a la mujer que se ama: el momento de vuestro suplicio está fijado, será dentro de algunas horas. Pero no importa, es menester que sea así, y por mi parte no pondré la menor resistencia. ¡Pues bien!, puesto que, según decís, no se espera más que al señor d'Epinay para firmar el contrato, puesto que vais a ser suya al otro día de su llegada, mañana lo seréis, porque ha llegado a París esta mañana.

Valentina lanzó un grito.

-Me hallaba yo en casa de Montecristo hace una hora -dijo Morrel-; hablábamos, él del dolor de vuestra casa, y yo del vuestro, cuando de repente paró un carruaje en el patio. Escuchad: hasta entonces no creía yo en los presentimientos, Valentina; mas ahora conviene que crea en ellos; al ruido del carruaje me estremecí; pronto se oyeron pasos en la escalera; los retumbantes pasos de la estatua del comendador no asustaron tanto a don Juan como me aterraron a mí éstos. Al fin se abrió la puerta, y Alberto de Morcef entró primero, y ya iba yo a dudar de mí mismo, iba a creer que me había equivocado, cuando entró detrás de él un joven, a quien el conde saludó, exclamando:

-¡Ah, señor Franz d'Epinay!

Reuní todas mis fuerzas y todo mi valor para contenerme. Me puse pálido, encarnado; pero seguramente me quedé con la sonrisa en los labios; cinco minutos después salí sin haber oído una palabra de lo que había pasado; ¡estaba loco!

Valentina murmuró:

-¡Pobre Maximiliano!

-Veamos, Valentina. Ahora, respondedme como a un hombre al que van a sentenciar a vida o a muerte: ¿qué pensáis hacer?

Valentina bajó la cabeza, estaba anonadada.

-Escuchad -dijo Morrel-, no es la primera vez que pensáis en la situación a que hemos llegado; es grave, es perentoria, es suprema, no creo que sea el momento de abandonarse a un dolor estéril; esto es bueno para los que se avienen a sufrir fácilmente y a beber sus lágrimas en silencio. Hay personas así, y sin duda Dios les recompensará en el cielo su resignación en la tierra; pero el que se siente con voluntad de luchar, no pierde un tiempo precioso, y devuelve inmediatamente a la suerte el golpe que ella le ha dado. ¿Estáis resuelta a luchar contra la suerte, Valentina? Decid, porque eso es lo que vengo a preguntaros.

Valentina se estremeció, y miró a Morrel con asombro.

La idea de luchar contra su padre, contra su abuela, contra toda la familia, no se había presentado a su imaginación.

-¿Qué me decís, Maximiliano? -preguntó Valentina-, ¿y a qué llamáis una lucha? ¡Oh!, decid más bien sacrilegio. ¡Cómo! ¿Habría de luchar yo contra la orden de mi padre, contra los deseos de mi abuela moribunda? ¡Es imposible!

Morrel hizo un movimiento. Valentina añadió:

-Tenéis un corazón demasiado noble para que no me comprendáis, y me comprendéis tan bien, querido Maximiliano, que por eso os veo tan callado. ¡Luchar yo! ¡Dios me libre! No, no; guardo toda mi fuerza para luchar contra mí misma, y para beber mis lágrimas, como vos decís. En cuanto a afligir a mi padre, en cuanto a turbar los últimos momentos de mi pobrecita abuela, ¡jamás!

-Tenéis razón -dijo Morrel con una calma irónica.

-¡Qué modo tenéis de decirme eso, Dios mío! -exclamó Valentina ofendida.

-Os lo digo como un hombre que os admira, señorita -repuso Maximiliano.

-¡Señorita! -exclamó Valentina-; ¡señorita! ¡Oh!, ¡qué egoísta!, me ve desesperada y finge que no me entiende.

-Os equivocáis, y al contrario, os entiendo perfectamente. No queréis contrariar al señor de Villefort, no queréis desobedecer a la marquesa y mañana firmaréis el contrato que debe enlazaros con el señor d'Epinay.

-¡Pero, Dios mío! ¿Puedo yo hacer otra cosa?

-No me preguntéis, señorita, porque yo soy muy mal juez en esta causa y mi egoísmo me cegaría -respondió Morrel, cuya voz sorda y puños apretados anunciaban una creciente exasperación.

-¿Qué me hubierais propuesto, Morrel, si me hallaseis dispuesta a hacer lo que quisierais? Vamos, responded. No se trata de decir: hacéis mal; es preciso que me deis un consejo.

-¿Me habláis en serio, Valentina, y debo daros ese consejo?

-Seguramente, querido Maximiliano, porque si es bueno, lo seguiré sin vacilar.

-Valentina -dijo Morrel rompiendo una tabla ya desunida-, dadme vuestra mano en prueba de que me perdonáis la cólera; ¡oh!, tengo la cabeza trastornada, y hace una hora que pasan por mi imaginación las ideas más insensatas. ¡Oh!, en el caso en que rehuséis mi consejo...

-Vamos, decidme cuál es.

-Escuchad, Valentina.

La joven alzó los ojos y arrojó un suspiro.

-Soy libre -repuso Maximiliano-, soy bastante rico para los dos; os juro ante Dios que seréis mi mujer antes de que mis labios hayan tocado vuestra frente.

Valentina dijo:

-¡Me hacéis temblar!

-Seguidme -continuó Morrel-; os conduzco a casa de mi hermana, que es digna de serlo vuestra: nos embarcaremos para Argel, para Inglaterra o para América, o si preferís nos retiraremos juntos a alguna provincia, o esperaremos a que nuestros amigos hayan vencido la resistencia de vuestra familia para volver a París.

Valentina movió melancólicamente la cabeza.

-Ya lo esperaba, Maximiliano -dijo-; es un consejo de insensato; y yo lo sería más que vos, si no os detuviese con estas palabras: ¡Imposible, Morrel, imposible!

-¿De modo que seguiréis vuestra suerte, sin tratar de modificarla? -dijo Morrel.

-¡Sí, aunque luego hubiera de morirme!

-¡Bien, Valentina! -repuso Maximiliano-, os repetiré que tenéis razón. En efecto, yo soy un loco, y vos me probáis que la pasión ciega los entendimientos más claros: os lo agradezco a vos, que obráis sin pasión. ¡Bien, es cosa decidida! Mañana seréis irrevocablemente la esposa del señor Franz d'Epinay, no por esa formalidad de teatro inventada para el desenlace de las comedias, sino por vuestra propia voluntad.

-¡Por Dios!, no me desesperéis, Maximiliano -dijo Valentina-, ¿qué haríais, decid, si vuestra hermana escuchase un consejo como el que me dais?

-Señorita -repuso Morrel con una amarga sonrisa-, yo soy un egoísta, vos lo habéis dicho, y como tal no me ocupo de lo que harían otros en mi lugar, sino de lo que he de hacer yo. Pienso que os conozco hace un año, que desde que os conocí, todas mis esperanzas de felicidad las cifré en vuestro amor; llegó un día en que me dijisteis que me amabais; desde entonces no deseé más que poseeros; era mi anhelo, mi vida; ahora ya no tengo deseo alguno; solamente digo que la desgracia me persigue, que había creído ganar el cielo y lo he perdido. Eso está sucediendo todos los días; un jugador pierde, no tan sólo lo que tiene, sino lo que no tiene.

Morrel pronunció estas palabras con una calma perfecta; Valentina le miró un instante con sus ojos grandes y escudriñadores, procurando no dejar entrever la turbación que iba sintiendo en el fondo de su pecho.

-Pero, en fin, ¿qué vais a hacer? -preguntó.

-Voy a tener el honor de despedirme de vos, señorita, poniendo a Dios, que oye mis palabras, por testigo, que os deseo una vida tan sosegada y feliz, que no dé cabida en vuestro pecho a un recuerdo mío.

-¡Oh! -murmuró Valentina.

-¡Adiós, Valentina, adiós! -dijo Morrel inclinándose.

-¿Dónde vais? -gritó la joven sacando la mano por la hendidura y agarrando el brazo de Morrel, pues sospechaba que aquella calma de su amado no podía ser real-, ¿dónde vais?

-Voy a tratar de no causar un nuevo trastorno a vuestra familia, y a dar un ejemplo que podrán seguir todos los hombres honrados que se encuentren en mi situación.

-Antes de separaros de mí, decidme lo que vais a hacer, Maximiliano.

El joven se sonrió tristemente.

-¡Oh!, ¡hablad! -dijo Valentina-, ¡por favor!

-¿Habéis cambiado de resolución, Valentina?

-¡No puedo cambiar! ¡Desdichado! ¡Bien lo sabéis! -exclamó la joven.

-¡Entonces adiós, Valentina!

Valentina golpeó la valla con una fuerza de que nadie la hubiera creído capaz, y cuando Morrel se alejaba, pasó sus dos manos a través de la misma y cruzándolas, exclamó:

-¿Qué vais a hacer? Yo quiero saberlo; ¿adónde vais?

-¡Oh!, tranquilizaos -dijo Maximiliano deteniéndose a tres pasos de la puerta-; no tengo la intención de hacer a nadie responsable de los rigores a que la suerte me destina. Otro os amenazaría con ir a buscar al señor Franz, provocarle, batirse con él; esto sería una locura. ¿Qué tiene que ver el señor Franz con todo esto? Me ha visto esta mañana por primera vez; ni siquiera sabía que yo existía cuando vuestra familia y la suya decidieron que seríais el uno para el otro. ¡No tengo por qué buscar al señor Franz, y os lo juro, no le buscaré!

-Pero ¿con quién vais a desfogar vuestra cólera? ¿Conmigo?

-¡Con vos, Valentina! ¡Dios me libre! La mujer es sagrada y la que se ama es santa.

-¡Será entonces con vos, Maximiliano, con vos mismo!

-¿No soy yo el culpable, decid? -dijo Morrel.

-Maximiliano -dijo Valentina-, Maximiliano, ¡venid aquí, lo exijo!

Maximiliano se acercó con su dulce sonrisa en los labios; y a no ser por su palidez hubiera podido creerse que estaba en su estado normal.

-Escuchadme, adorada Valentina -dijo con su voz melodiosa y grave-: las personas como nosotros, que jamás han debido reprocharse una mala acción ni un mal pensamiento; las personas como nosotros pueden leer uno en el corazón del otro con la mayor claridad. No, nunca me he considerado un romántico, no soy un héroe melancólico, no soy un Manfredo ni un Antony; pero sin palabras, sin protestas, sin juramentos, he puesto en vos mi vida, vos me faltáis, y obráis con mucha razón, os lo he dicho y os lo repito, pero en fin, me faltáis y mi vida se pierde. Desde el instante en que os alejéis de mí, Valentina, quedo solo en el mundo. Mi hermana es feliz con su marido; su marido es sólo mi cuñado, es decir, un hombre emparentado conmigo por las leyes sociales; nadie tiene necesidad de mi existencia. He aquí lo que voy a hacer: esperaré hasta el último segundo a que estéis casada, porque no quiero perder la sombra de una de esas casualidades imprevistas que pueden suceder; el señor Franz puede morir de aquí a entonces; puede caer un rayo en el altar en el momento en que os acerquéis, todo parece creíble al condenado a muerte, y para él no son imposibles los milagros si se trata de la salvación de su vida. Aguardaré, pues, hasta el último instante, y cuando sea cierta mi desgracia, sin remedio, sin esperanza, escribiré una carta confidencial a mi cuñado, otra al prefecto de policía para darles parte de mi designio; y en lo más escondido de un bosque, a la orilla de algún foso me saltaré la tapa de los sesos, tan cierto como que soy hijo del hombre más honrado que ha vivido en Francia.

Un temblor convulsivo agitó los miembros de Valentina; sus brazos cayeron a ambos lados de su cuerpo, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

El joven permaneció delante de ella, sombrío y resuelto.

-¡Oh!, por piedad, por piedad -dijo-, viviréis, ¿no es verdad?

-No, por mi honor -dijo Maximiliano-; ¿pero qué os importa? Vos haréis vuestro deber y no os remorderá la conciencia.

Valentina cayó de rodillas oprimiéndose el corazón, que parecía querer salírsele del pecho.

-Maximiliano -dijo-, Maximiliano, mi amigo, mi hermano sobre la tierra, mi verdadero esposo en el cielo, lo suplico, imítame, vive con el sufrimiento, tal vez llegará un día en que nos veamos reunidos.

-Adiós, Valentina -repitió Morrel.

-Dios mío -dijo Valentina levantando sus dos manos al cielo con expresión sublime-; ya veis que he hecho cuanto he podido por permanecer siempre hija sumisa; no ha escuchado mis súplicas, mis ruegos, mis lágrimas. ¡Pues bien! -continuó enjugándose las lágrimas y recobrando su firmeza-, ¡pues bien!, no quiero morir de remordimiento, quiero morir de vergüenza! Viviréis, Maximiliano, y no seré de nadie sino de vos. ¿A qué hora? ¿Cuándo? ¿En este momento? Hablad, mandad, estoy pronta.

Morrel, que había dado de nuevo algunos pasos para alejarse, volvió, y pálido de alegría, el corazón palpitante de gozo, extendiendo al través de la valla sus dos manos hacia la joven:

-Valentina -dijo-, querida amiga, no me habéis de hablar así, o si no dejadme morir. ¿Por qué os he de deber a la violencia, si me amáis como yo os amo? Me obligáis a vivir por humanidad, eso es todo lo que hacéis; en tal caso prefiero morir.

-Después de todo -murmuró Valentina-, ¿quién me ama en el mundo? ¿Quién me ha consolado de todos mis dolores? ¿En quién reposan mis esperanzas? ¿En quién se fija mi extraviada vista? ¿Con quién se desahoga mi afligido corazón? En él, él, él, siempre él. Tienes razón, Maximiliano, lo seguiré; huiré de la casa paterna. ¡Oh, qué ingrata soy! -exclamó Valentina sollozando-. ¡Me olvidaba de mi abuelo Noirtier!

-No -dijo Maximiliano-, no le abandonarás; el señor de Noirtier ha parecido experimentar alguna simpatía hacia mí; y antes de huir se lo dirás todo; su consentimiento te servirá de escudo, y una vez casados vendrá a vivir con nosotros: en lugar de un hijo tendrá dos. Tú me has dicho el modo con que os habláis, pues yo aprenderé pronto el tierno lenguaje de los signos, sí, Valentina. ¡Oh!, lo lo juro, en lugar de la desesperación que nos aguarda, te prometo la felicidad.

-¡Oh!, mira, Maximiliano, mira si es grande el poder que ejerces sobre mí, que me haces casi creer en lo que dices, a pesar de que es insensato, porque mi padre me maldecirá; le conozco bien, y sé que es inflexible, nunca perdonará. Así, pues, escúchame, Maximiliano: si por artificio, por súplicas, por un accidente, ¿qué sé yo?, en fin, si por un medio cualquiera puedo retrasar el casamiento, esperarás, ¿no es verdad?

-Sí, lo juro, como jures tú también que ese espantoso casamiento no se efectuará, y aunque te arrastren delante del magistrado, delante del sacerdote, dirás que no.

-Te lo juro, Maximiliano; por lo más sagrado que hay para mí, por mi madre.

-Esperemos, pues -dijo Morrel.

-Sí, esperemos -dijo Valentina, que al oír esta palabra dio un suspiro de alivio-; ¡hay tantas cosas que pueden salvar a unos desgraciados como nosotros!

-En ti confío, Valentina -dijo Morrel-; todo lo que hagas estará bien; pero si son desgraciadas tus súplicas, si tu padre, si la señora de Saint-Merán exigen que el señor d'Epinay sea llamado mañana para firmar el contrato...

-Tienes mi palabra, Morrel.

-En lugar de firmar...

-Vendré a buscarte y huiremos; pero desde ahora hasta entonces no tentemos a Dios, Morrel; no nos veamos, ha sido un milagro que hasta ahora no nos hayan visto; si nos sorprendiesen, si supieran cómo nos vemos, no tendríamos ningún recurso.

-Es verdad, Valentina, ¿pero cómo sabré...?

-Por el notario señor Deschamps.

-Le conozco.

-Y por mí misma. Yo lo escribiré, créeme. ¡Dios mío! Bien sabes cuán odiosa me es a mí también esa boda.

-¡Bien!, ¡bien!, ¡gracias, mi adorada Valentina! -replicó Morrel-. Entonces ya está todo dicho; vengo aquí, subes a la valla y yo te ayudo a saltar, un carruaje nos esperará a la puerta del cercado, subimos a él, lo conduzco a la casa de mi hermana; allí, desconocidos de todos o como quieras, tendremos valor, resistiremos, y no nos dejaremos degollar como el cordero que no se defiende sino con sus gemidos.

-Bien -dijo Valentina-; yo también te diré, Maximiliano, que cuanto hagas está bien hecho.

-¡Oh!

-Pues bien, ¿estás contento de tu mujer? -dijo tristemente la joven.

-¡Mi querida Valentina, es tan poco decir que sí!

-Pues dilo siempre.

Valentina se había acercado, o más bien había acercado sus labios a la valla, y sus palabras y su perfumado aliento llegaban hasta los labios de Morrel, que iba acercando su boca al frío e inflexible cercado.

-Hasta la vista -dijo Valentina-, hasta la vista.

-Me escribirás, ¿no es verdad?

-Sí.

-¡Gracias, gracias, hasta la vista!

Oyóse el ruido de un inocente beso y Valentina desapareció bajo los tilos.

Morrel escuchó un instante el crujido de su vestido y el rumor de sus pies en la arena; levantó los ojos al cielo con una expresión inefable de felicidad, como para dar gracias al divino Creador, que permitía fuese amado de aquella manera, y desapareció a su vez.

Entró en su casa y esperó toda la tarde y todo el día siguiente sin recibir nada. A las dos, y cuando se dirigía a casa del señor Deschamps, notario, recibió por fin por la estafeta un billete que sin duda era de Valentina, aunque nunca había visto su letra.

Estaba concebido en estos términos:

Lágrimas, súplicas, ruegos, todo inútil. Ayer, por espacio de dos horas estuve en la iglesia de San Felipe de Roule, y por espacio de dos horas recé con toda mi alma; Dios es insensible como los hombres, y el contrato se firma esta noche a las nueve.
No tengo más que una palabra, como no tengo más que un corazón, Morrel; os he dado esa palabra y

el corazón es vuestro. Esta noche, a las nueve menos cuarto, en la valla.
Vuestra mujer,
Valentina de Villefort.
P. D.: Mi pobre abuela se encuentra cada vez peor; ayer tuvo un fuerte delirio; hoy no ha sido delirio, sino locura. Me amaréis mucho, ¿no es verdad, Morrel? Mucho..., pare hacerme olvidar que la he abandonado en

este estado.
Creo que ocultan a papá Noirtier que el contrato se firma esta noche a las nueve.

Morrel no se limitó a los informes que le diera Valentina, fue a case del notario, que le aseguró la noticia de que el contrato se firmaba aquella noche a las nueve.

Luego pasó a ver a Montecristo; allí supo más detalles: Franz había ido a anunciarle aquella solemnidad; la señora de Víllefort había escrito al conde pare suplicarle que la disculpase si no le invitaba; pero la muerte del señor de Saint-Merán, y el estado en que se hallaba su viuda esparcía sobre aquella reunión un velo de tristeza con el que no quería oscurecer la frente del conde, al cual deseaba toda especie de felicidad.

Franz habfa sido presentado el día anterior a la señora de Saint Merán, que se levantó pare esta presentación, volviendo a acostarse en seguida.

Morrel se hallaba presa de una agitación que no podía escapar a una mirada tan penetrante como la del conde; así, pues, Montecristo se mostró con él más afectuoso que nunca; tanto que dos o tres veces estuvo Maximiliano a punto de decírselo todo. Pero se acordó de la promesa formal dada a Valentina, y su secreto no salió de su corazón.

El joven volvió a leer veinte veces la misiva. Era la primera vez que le escribía, ¡y en qué ocasión! Cada vez que la leía, juraba veinte veces hacer feliz a Valentina. En efecto, ¡qué autoridad tiene la joven que toma una resolución tan peligrosa! ¡Qué abnegación no merece de parte de aquel a quien todo se ha sacrificado! ¡Cuán digna es del culto de su amante! ¡Es la reina y la mujer, y no se tiene bastante con un alma pare darle gracias y adorarla... !

Morrel pensaba con una inexplicable agitación en aquel momento en que Valentina llegara diciendo:

-Aquí estoy, Maximiliano, ayudadme a subir a la tapia.

Todo estaba preparado pare la fuga; dos escalas habían sido guardadas en la choza de la huerta; un cabriolé, que debía conducir a Maximiliano, esperaba; ni criados, ni luz; al doblar la primera esquina, se encenderían las linternas, porque podían muy bien caer en manos de la policía.

De vez en cuando se estremecía; pensaba en el momento en que, al lado de aquella cerca, protegería la bajada de Valentina, y sentiría, temblorosa y abandonada en sus brazos, a aquella de quien aún no había estrechado más que una mano.

Pero al llegar la tarde, cuando vio acercarse la hora, sintió una gran necesidad de estar solo; su sangre le hervía en las venas, las simples preguntas, la sola voz de un amigo le habrían irritado; se encerró en su cuarto procurando leer, pero su mirada se deslizaba sobre las páginas sin comprender nada, y acabó por tirar el libro contra el suelo, pare dibujar por segunda vez su piano, sus escalas y su huerta. Al fin se acercó la hora. Morrel pensó entonces que ya era tiempo de partir, pues eran las siete y media, y aunque el contrato se firmaba a las nueve, era probable que Valentina no esperaría; de consiguiente, después de haber salido a las siete y media en su reloj, de la calle de Meslay, entraba en la huerta cuando daban las ocho en San Felipe de Roule.

El caballo y el cabriolé fueron ocultados detrás de una cabaña arruinada en la que Morrel solía esconderse. Poco a poco el día fue declinando, y los árboles desapareciendo entre las sombras.

Entonces salió de su escondite, y con el corazón palpitante fue a mirar por la tapia: aún no había nadie.

Las ocho y media dieron.

Estuvo esperando una media hora; se paseaba de un lado a otro, y de vez en cuando iba a mirar por la rendija de las tablas.

El jardín se iba oscureciendo más y más, y en vano buscaba en la oscuridad el vestido blanco, en vano procuraba oír en medio del silencio el ruido de los pasos.

La casa que se vislumbraba a través de los árboles permanecía oscura, y no presentaba ninguno de los aspectos que acompañan a un acontecimiento tan importante como el de firmar un contrato de matrimonio.

Consultó su reloj, que señalaba las diez menos cuarto; pero pronto conoció su error, cuando el reloj de la iglesia dio las nueve y media.

Ya era media hora más del término fijado: Valentina le había dicho que a las nueve menos cuarto.

Este fue el momento más terrible para el corazón del joven, para el cual cada segundo que transcurría era un nuevo tormento.

El más débil ruido de las hojas, el menor silbido del viento, le hacían sudar y estremecerse; entonces, con mano convulsiva agarraba la escala, y para no perder tiempo, ponía el pie en el primer escalón.

En medio de estos temblores, en medio de estas crueles alternativas de temor y de esperanza..., dieron las diez en el reloj de San Felipe de Roule.

-¡Oh! -murmuró Maximíliano con terror-; es imposible que dure tanto firmar el contrato, a menos que haya habido algún suceso imprevisto; ya he calculado el tiempo que duran todas las formalidades, algo ha ocurrido.

Y unas veces se paseaba con agitación por delante de la cerca, otras iba a apoyar su ardorosa frente sobre el hierro helado. ¿Se habría desmayado Valentina durante o después del contrato? ¿O habría sido detenida en su fuga? Estas eran las dos hipótesis que bullían sin cesar en el cerebro del joven.

La idea que al fin llegó a obsesionarle fue la de que a la joven, en medio de su fuga, le habían faltado las fuerzas y había caído desmayada en una de las alamedas del jardín.

-¡Oh!, si así fuera -exclamó lanzándose sobre la escala-, ¡la perdería y sería por mi culpa!

El demonio que le había soplado al oído este pensamiento no le abandonó, y siguió atormentándole con esa tenacidad que hace que ciertas dudas, al cabo de un instante y a fuerza de pensar en ellas, se conviertan en certeza. Sus ojos, que procuraban penetrar la oscuridad creciente, creían ver bajo los sombríos árboles una forma humana.

Morrel se atrevió a llamar, e imaginóse oír un quejido inarticulado.

Dieron las diez y media. Era imposible esperar más tiempo; las sienes de Maximiliano latían violentamente; espesas nubes pasaban por sus ojos; al fin trepó por la escalera, subió a la cerca y de un salto estuvo en el jardín.

Estaba en casa de Villefort, acababa de entrar en ella por escalamiento; pensó un instante en las consecuencias que podría tener una acción semejante, pero no había tiempo para retroceder.

Anduvo unos diez pasos hasta internarse en una alameda.

En un minuto se plantó al extremo de ella. Desde allí se descubría la casa.

Aseguróse entonces de una cosa que había ya sospechado, y es que en lugar de las luces que creía ver brillar en cada ventana, como es natural en los días de ceremonía, no vio más que la masa grís y velada aún por una gran cortina sombría que proyectaba una nube inmensa que se había interpuesto delante de la luna.

Una luz pasaba de vez en cuando como perdida, y lo hacía por delante de tres ventanas del piso principal, que eran de las habitaciones de la señora de Saint-Merán.

Otra luz permanecía inmovíl detrás de unas cortinas encarnadas que eran de la alcoba de la señora de Villefort.

Morrel adivinó todo esto. Mil veces, para seguir a Valentina en su pensamiento a cualquier hora del día, mil veces, repetimos, había hecho que esta última le describiera minuciosamente la casa; de modo que sin haberla visto casi podría asegurarse que la conocía como su dueño.

El joven se asustó todavía más de aquella oscuridad y del silencio, que de la ausencia de Valentina.

Despavorido, loco de dolor, decidido a arrostrarlo todo por volver a ver a Valentina y asegurarse de la desgracia que presagiaba, cualquiera que fuese, llegó a una plazoleta, la que conducía a la alameda, y se disponía a atravesar con toda rapidez posible el parterre, completamente descubierto, cuando un rumor de voces bastante lejano aún, pero aproximado por el viento, llegó a sus oídos.

Al oírlo dio un paso atrás; había salido fuera de las ramas y de los árboles; pero volvióse a internar en ellos, y permaneció oculto en la oscuridad, inmóvil y mudo.

Había abrazado una resolución: si era Valentína sola, la avisaría con una palabra; si venía acompañada, la vería al menos y se aseguraría de que no le haba sucedido desgracia alguna; escucharía algunas palabras de su conversación, y al fin podría comprender aquel misterio incomprensible hasta entonces.

Al fin la luna se desembarazó de la nube que la cubría, y vio aparecer en la puerta de la escalinata a Villefort seguido de un hombre vestido de negro. Bajaron los escalones y se adelantaron hacia la plazoleta. Aún no había andado cuatro pasos y ya Morrel había reconocido al doctor de Avrigny en el hombre vestido de negro.

Al verlos dirigirse hacia donde él estaba, el joven retrocedió maquinalmente hasta que encontró el tronco de un sicómoro, detrás del cual se ocultó.

A los pocos momentos cesó el rumor que en la arena producían los pasos del procurador del rey y del doctor de Avrigny.

-¡Ah!, querido doctor -dijo Villefort-, el cielo se declara contra nuestra casa. ¡Qué muerte tan horrible! No tratéis de consolarme; ¡ay!, no hay consuelo para semejante desgracia; la llaga es demasiado viva y demasiado profunda, ¡muerta!, ¡muerta está!

Un sudor frío heló la frente del joven, cuyos dientes chocaron unos con otros. ¿Quién había muerto en aquella casa que el mismo Villefort maldecía?

-Querido señor de Villefort -respondió el facultativo con un acento que aumentó el terror del joven-, yo no os he conducido aquí para consolaros, al contrario.

-¿Qué queréis decir? -preguntó el procurador del rey asombrado.

-Quiero decir que además de la desgracia que os acaba de suceder, hay otra aún más terrible quizá.

-¡Oh! ¡Dios mío! -murmuró Villefort cruzando las manos-; ¿qué es lo que vais a decirme?

-¿Estamos solos, amigo mío?

-¡Oh!, sí, solos. Pero ¿qué significan todas esas precauciones?

-Significan que tengo que haceros una confidencia -dijo el doctor-; sentémonos.

Villefort cayó sobre el banco. El doctor permaneció en pie frente a él con una mano apoyada sobre un hombro.

Horrorizado, Morrel sostenía su frente con una mano, y con la otra contenía su corazón cuyos latidos temía que fuesen oídos.

«¡Muerta! ¡Muerta!», repetía su pensamiento.

Y él mismo se sentía morir.

-Decid, doctor; ya escucho -dijo Villefort-, herid; a todo estoy preparado.

-La señora de Saint-Merán era sin duda de bastante edad, pero gozaba de una salud excelente.

Morrel respiró por primera vez después de diez minutos de agonía.

-La pena la ha matado -dijo Villefort-; ¡sí, el pesar, doctor! Aquella costumbre que tenía de vivir al lado del marqués hacía más de cuarenta años...

-No, no es la pena, mi querido Villefort -dijo el doctor-. El pesar puede matar, aunque son muy raros estos casos; pero no mata en un día, no mata en una hora, no mata en diez minutos.

Villefort no respondió nada, pero levantó la cabeza que hasta entonces había tenido inclinada y miró al doctor con asombro.

-¿Estuvisteis junto a ella durante su agonía? -preguntó el señor de Avrigny.

-Sin duda -respondió el procurador del rey-; vos me dijisteis que no me alejase.

-¿Habéis notado los síntomas del mal a que ha sucumbido la señora de Saint-Merán?

-Desde luego, ha tenido tres accesos consecutivos, y cada vez más graves... Cuando vos llegasteis, hacía algunos minutos que apenas podía respirar; entonces tuvo una crisis que yo tomé por un simple ataque de nervios; pero no empecé a espantarme sino cuando la vi incorporarse sobre el lecho, con los miembros y el cuello crispados. Entonces os miré, y en vuestro rostro conocí que la cosa era más grave de lo que yo pensaba. Pasada la crisis busqué vuestros ojos, ¡pero no los encontré!, le tomabais el pulso, contabais sus latidos, y empezó la segunda crisis, que fue más nerviosa, y sus labios se amorataron y se contrajo su boca. A la tercera expiró. Desde que vi el fin de la primera reconocí que era el tétanos: vos me confirmasteis en esta opinión.

-Sí, delante de todo el mundo -repuso el doctor-; pero ahora estamos solos.

-¿Qué vais a decirme, Dios mío?

-Que los síntomas del tétanos y del envenenamiento por sustancias vegetales son absolutamente los mismos.

El señor de Villefort se levantó, y después de un instante de inmovilidad y de silencio, volvió a caer sobre el banco.

-¡Oh, Dios mío!, señor doctor -dijo-, ¿os dais cuenta de lo que me estáis diciendo?

Morrel no sabía si soñaba o estaba despierto.

-Escuchad -dijo el doctor-, conozco la importancia de mi dedaración y el carácter del hombre a quien se la hago.

-¿Estáis hablando al amigo... o al magistrado? -preguntó Villefort.

-Al amigo, al amigo en este momento; la relación que existe entre los síntomas del tétanos y los síntomas del envenenamiento por las sustancias vegetales es tan parecida, que si fuera preciso firmarlo no vacilaría. Os repito, pues, no es al magistrado, sino al amigo, a quien advierto que tres cuartos de hora he estudiado la agonía, las convulsiones, la muerte de la señora de Saint-Merán, y no solamente me atrevo a decir que ha muerto envenenada, sino que aseguraría qué veneno la ha matado.

-¡Doctor, doctor!

-Como habéis visto, todo ha sido una serie de soñolencias interrumpidas por crisis nerviosas, excitaciones cerebrales... La señora de Saint-Merán ha sucumbido a causa de una dosis violenta de brucina o de estricnina que le han administrado por casualidad o por error sin duda.

Villefort cogió una mano del doctor.

-¡Oh, es imposible! -dijo-, ¡yo sueño, Dios mío! ¿Estoy soñando! ¡Es muy cruel oír decir semejantes cosas a un hombre como vos! En nombre del cielo, os lo suplico, querido doctor, decidme que podéis equivocaros.

-Sin duda, puede ser así..., pero...

-¿Pero?

-Yo no lo creo.

-Doctor, apiadaos de mí; desde hace algunos días me están sucediendo cosas tan inauditas, que creo que voy a volverme loco.

-¿Ha visto alguien más que nosotros a la señora de Saint-Merán?

-No, nadie más.

-¿Han ido a buscar a la botica alguna medicina que no fuese recetada por mí?

-Ninguna.

-¿Tenía enemigos la señora de Saint-Merán?

-Que yo sepa, no.

-¿Tenía alguien interés en su muerte?

-¡No, Dios mío, no! Mi hija es su única heredera... Valentina... ¡Oh!, si llegase a concebir tal pensamiento me daría de puñaladas para castigar a mi corazón por haber podido abrigarlo.

-¡Oh! -exclamó a su vez el señor de Avrigny-, querido amigo, no quiera Dios que yo pueda acusar a nadie: no hablo más que de un accidente, ¿comprendéis? ¡De un error! Pero accidente o error, el caso es que mi conciencia me remordía y necesitaba comunicaros lo que pasaba. Ahora es a vos a quien corresponde informaros.

-¿A quién? ¿Cómo? ¿De qué?

-Veamos. ¿No ha podido engañarse Barrois y haberle dado alguna poción preparada para su amo?

-¿Para mi padre?

-Sí.

-Pero ¿cómo podía envenenar a la señora de Saint-Merán una poción preparada para mi padre? Le habría envenenado a él también.

-No, señor, nada más sencillo; bien sabéis que en ciertas enfermedades los venenos son un remedio; la parálisis es una de éstas. Hará unos tres meses que, después de haber hecho todo cuanto podía para devolver el movimiento y la palabra al señor Noirtier, me decidí a intentar el último medio; hará unos tres meses, repito, le trato por la brucina; así, pues, en la última bebida que le mandé entraban seis centigramos, que no tienen acción sobre los órganos paralizados del señor Noirtier, y a los cuales se ha acostumbrado además por medio de dosis consecutivas; pero que son suficientes para matar a cualquier otro que no sea él.

-Mi querido doctor, no hay ninguna comunicación entre el cuarto del señor Noirtier y el de la señora de Saint-Merán, y Barrois nunca entraba en el de mi suegra. En fin, doctor, os diré que aunque sepa que sois el hombre más concienzudo, el más hábil, aunque siempre vuestras palabras sean para mí una antorcha que me guíe por la oscuridad, a pesar de todo, tengo necesidad de apoyarme en este axioma: errare humanum est.

-Escuchad, Villefort -dijo el galeno-; ¿hay alguno de mis colegas en quien tengáis tanta confianza como en mí?

-¿Por qué me decís eso? ¿Adónde vais a parar?

-Llamadle, le diré todo lo que he visto, lo que he notado, y haremos la autopsia.

-¿Y encontraréis señales del veneno?

-¡Veneno!, yo no he dicho eso; pero estudiaremos la exasperación del sistema, reconoceremos la asfixia patente, incontestable, y os diremos: querido Villefort, si ha sido por descuido, vigilad a vuestros criados; si ha sido por odio, vigilad a vuestros enemigos.

-¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es lo que me proponéis, señor de Avrigny? -respondió Villefort abatido-; desde el momento en que otro que vos posea el secreto, será necesario un proceso, ¡y un proceso en el que yo esté interesado es imposible! Sin embargo, si queréis, si lo exigís, haré lo que decís. En efecto, tal vez deba yo seguir este asunto; mi carácter me lo ordena. Pero, doctor, desde ahora me veis aterrado; ¡introducir en mi casa tal escándalo después de tantas desgracias! ¡Oh!, ¡mi mujer y mi hija morirían! Y yo, yo, doctor, bien lo sabéis, no llega un hombre a ser lo que yo soy, no llega un hombre a ser procurador del rey veinticinco años sin haberse acarreado enemigos; los míos son numerosos... Esté acontecimiento los hará saltar de alegría, y a mí me cubrirá de oprobio; doctor, perdonadme estas ideas mundanas. Si fueseis sacerdote, no me atrevería a decíroslo; pero sois hombre, conocéis a los demás; doctor, doctor, no me habéis dicho nada, ¿no es verdad?

-Querido señor de Villefort -respondió el doctor conmovido-, mi primer deber es la humanidad. Yo habría salvado la vida a la señora de Saint-Merán si la ciencia hubiera podido hacerlo; pero una vez muerta, me consagro a los vivos. Sepultemos en lo más profundo de nuestros corazones este terrible secreto. Si los ojos de algunos llegan a sospechar, permitiré que la muerte se achaque a mi ignorancia; pero guardaré fielmente el secreto. Sin embargo, caballero, no dejéis de indagar, porque probablemente esto no quedará así... Y cuando hayáis descubierto al culpable, si llegáis a descubrirlo, yo seré el primero que os diga: «Sois magistrado, obrad como mejor os parezca.»

-¡Oh!, gracias, ¡gracias, doctor! -dijo Villefort con indescriptible alegría-, jamás había tenido mejor amigo que vos.

Y como si hubiese temido que el doctor Avrigny se retractase de su determinación, se levantó y le condujo hacia su casa.

Los dos hombres se alejaron, y Morrel, que necesitaba respirar, sacó la cabeza del enramado, y la luna iluminó aquel rostro tan pálido, que más bien parecía el de un fantasma.

«Dios me proteja -dijo- ¡Pero Valentina! ¡Valentina!, ¡pobre amiga! ¿Resistirá tantos dolores?

Al decir estas palabras, miraba alternativamente a la ventana de cortinas encarnadas y a las tres de cortinas blancas.

La luz había desaparecido completamente de la ventana de cortinas encarnadas. La señora de Villefort acababa sin duda de apagar la lámpara, y sólo la lamparilla era la que esparcía un reflejo débil, casi imperceptible.

Al extremo del edificio vio abrirse una de las ventanas de cortinas blancas. Una bujía, colocada sobre la chimenea, arrojó fuera del balcón algunos rayos de su pálida luz, y una sombra se apoyó en la balaustrada.

Morrel se estremeció; parecíale haber oído un gemido.

No era extraño que aquella alma tan intrépida y fuerte, turbada ahora y exaltada por las dos pasiones humanas más fuertes, el amor y el miedo, se hubiese debilitado hasta el punto de sufrir exaltaciones supersticiosas.

Por más que resultaba imposible que la mirada de Valentina le distinguiese, oculto como estaba, creyó oírse llamar por la sombra de la ventana, su espíritu turbado se lo decía, repitiéndoselo su corazón abrasado. Este doble error era para él una certidumbre, y por uno de esos incomprensibles impulsos juveniles salió de su escondite, y en dos saltos, a riesgo de ser visto, de asustar a Valentina, de alarmar a todos los de la casa con algún grito involuntario que pudiera proferir la joven, atravesó aquel parterre que la luna iluminaba en aquel instante de lleno, y habiendo llegado a la calle de naranjos que se extendía delante de la casa, divisó la escalinata, que subió rápidamente, y empujó la puerta, que se abrió sin resistencia.

Valentina no le había visto; sus ojos, levantados hasta el cielo, seguían una nube de plata que se deslizaba sobre el azul, y cuya forma se asemejaba a la de una sombra que sube al cielo; su imaginación poética y exaltada le decía que era el alma de su madre.

Morrel había atravesado la antesala y llegó al pie de la escalera. Alfombras extendidas sobre los escalones apagaron sus pasos. Por otra parte, Morrel había llegado a un punto tal de exaltación, que la presencia de Villefort no le habría extrañado si éste hubiese aparecido ante sus ojos. Su resolución estaba tomada. Se acercaba a él y se lo confesaba todo, rogándole que le escuchase, y aprobase aquel amor que le unía a su hija... Morrel estaba loco.

Afortunadamente no vio a nadie.

Entonces fue cuando le sirvieron de mucho las descripciones que del interior de la casa le había hecho Valentina. Llegó sin accidente alguno al final de la escalera y cuando iba a buscar la habitación, un gemido, cuya expresión reconoció, le indicó el camino que debía seguir. Se volvió. Una puerta entreabierta dejaba salir el reflejo de una luz y el sonido de la voz que antes había exhalado aquel gemido.

Abrió esta puerta y entró en la estancia.

Al fondo de una alcoba, bajo el sudario blanco que cubría su cabeza y dibujaba su forma, yacía la muerta, más espantosa a los ojos de Morrel desde la revelación de aquel secreto del que la casualidad le había hecho poseedor.

Al lado de la cama, de rodillas, con la cabeza sepultada entre unos almohadones, Valentina, estremeciéndose a cada instante, a cada gemido, extendía sobre su cabeza, cuyo rostro no se distinguía, sus dos manos cruzadas y crispadas. Se había separado del balcón, que había quedado abierto, y rezaba en voz alta con un acento que hubiera conmovido al corazón más insensible.

Las palabras se escapaban de sus labios rápidas, incoherentes, ininteligibles.

La claridad de la luna, que penetraba por el balcón, hacía palidecer el resplandor de la bujía, y azulaba con sus fúnebres tintas este cuadro desolador.

Morrel no pudo resistir esta escena. No era hombre, en verdad, de una piedad ejemplar, no era fácil de conmover, pero ver llorar a Valentina y retorcerse los brazos, era más de lo que podía sufrir en silencio. Arrojó un suspiro, murmuró un nombre, y una cabeza anegada en lágrimas, una cabeza de Magdalena de Correggio se levantó volviéndose hacia él.

Valentina lo vio y no manifestó el menor asombro. No existen emociones intermedias en un corazón ulcerado por una desesperación suprema.

Morrel extendió la mano a su amiga. Valentina, por toda excusa de no haber acudido a la cita, le mostró el cadáver cubierto por el fúnebre sudario, y volvió a sollozar.

Ni uno ni otro se atrevían a hablar en aquel cuarto. Los dos vacilaban en romper aquel silencio que parecía ordenado por la muerte, que se hallaba en algún rincón, con el dedo índice puesto sobre los labios.

Al fin Valentina se atrevió a hablar.

-Si esta emoción hubiera debido recibir al momento su castigo, es que esa pobre abuela, al morir, dejó dispuesto que terminasen mi boda lo más pronto posible; ¡también ella, Dios mío! ¡Creyendo protegerme, obraba contra mí!

-¡Escuchad! -dijo Morrel.

Los dos jóvenes guardaron silencio.

Oyóse abrir una puerta y unos pesos resonaron en el corredor dirigiéndose a la escalera.

-Es mi padre, que sale de su despacho -díjo Valentina.

-Y que acompaña al doctor -añadió Morrel.

-¿Cómo sabéis que es el doctor? -preguntó Valentina asombrada.

-Lo supongo -dijo Morrel.

Valentina miró al joven.

Oyóse cerrar la puerta de la calle.

El señor de Villefort cerró con llave la del jardín y en seguida volvió a subir la escalera.

Cuando hubo llegado a la antesala, se detuvo un instante como si vacilase en entrar en el cuarto de la señora de Saint-Merán. Morrel se escondió detrás de un biombo. Valentina no hizo el menor movimiento. Hubiérase dicho que un dolor supremo la hacía superior.

-Amigo -dijo-, ¿cómo es que estáis aquí? ¡Ay!, yo os diría de buena gana bien venido seáis, si no fuera la muerte la que os ha abierto la puerta de esta casa.

-Valentina -dijo Morrel con voz trémula y las manos cruzadas-, yo esperaba desde las ocho y media. No os veía venir, me ínquieté, salté la cerca, penetré en el jardín, entonces unas votes que hablaban del fatal accidente...

-¿Qué voces? -preguntó Valentina.

-Las voces de vuestros criados me lo han revelado todo.

-Pero venir hasta aquí era perdernos, amigo mío -dijo Valentina, sin espanto ni enojo.

-Perdonadme -respondió Morrel con el mismo tono-, voy a retirarme.

-No -dijo Valentina-, seríais visto, quedaos.

-Pero si viniesen...

La joven movió la cabeza con melancolía.

-Nadie vendrá -dijo-. Tranquilizaos, ésta es nuestra salvación.

Y le señaló el cadáver cubierto con el paño.

-¿Pero qué ha sido del señor d'Epinay? Decidme, os lo suplico -replicó Morrel.

-El señor Franz vino pare firmar el contrato en el momento en que mi abuela exhalaba el último suspiro.

-¡Ah! -dijo Morrel con alegría egoísta, porque pensaba que aquella muerte retardaba indudablemente el matrimonio de Valentina.

-Ahora -dijo Valentina-, no hay más que una salida permitida y segura, y es la habitación de mi abuelo.

Y se levantó.

-Venid -dijo.

-¿Dónde? -preguntó Maximiliano.

-A la habitación de mi abuelo.

-¡Yo al cuarto del señor Noirtíer!

-Sí.

-¡Qué decís, Valentina!

-Bien sé lo que digo, y hace tiempo que lo he pensado. No tengo más amigo que éste en el mundo y los dos necesitamos de él... Venid.

-Cuidado, Valentina -dijo Morrel vacilando-, cuidado, la venda ha caído de mis ojos. Al venir estaba demente. ¿Conserváis íntegra vuestra razón, querida amiga?

-Sí -dijo Valentina-, y no siento más que un escrúpulo, y es el dejar solos los restos de mi pobre abuela, que yo me encargué de velar.

-Valentina -dijo Morrel-, la muerte es sagrada.

-Sí -respondió la joven-. Pronto acabaremos, venid.

Valentina atravesó la estancia y bajó por una escalerilla que conducía a la habitación de Noirtier. Morrel la seguía de puntillas. Cuando llegaron a la meseta en que estaba la puerta, encontraron al antiguo criado.

-Barrois -dijo Valentina-, cerrad la puerta y no dejéis entrar a nadie.

Valentina pasó primero.

Noirtier, sentado aún en su sillón, atento al menor ruido, informado por su criado de todo lo que sucedía, clavaba ansiosas miradas en la puerta del cuarto. Vio a Valentina y sus ojos brillaron.

Había en el andar y en la actitud de la joven cierta gravedad solemne que admiró al anciano. Así, pues, sus brillantes ojos interrogaron vivamente a la joven.

-Escúchame bien, abuelito -le dijo-, ya sabes que mi buena mamá Saint-Merán ha muerto hace una hora, y que ya, excepto a ti, no tengo a nadie que me ame en el mundo.

Una expresión de infinita ternura brilló en los ojos del señor Noirtier.

-¡A ti sólo, pues, debo confesar mis pesares o mis esperanzas!

El paralítico respondió que sí.

Valentina fue a buscar a Maximiliano y le tomó una mano.

-Entonces -dijo Valentina-, mirad a este caballero.

El anciano fijó en Morrel sus ojos escudriñadores y ligeramente asombrados.

-Es el señor Maximiliano Morrel -dijo ella-, hijo de ese honrado comerciante de Marsella, de quien sin duda habréis oído hablar.

-Sí -respondió el anciano.

-Es un nombre que Maximiliano hará sin duda glorioso, pues a los veintiocho años es capitán de spahis y oficial de la Legión de Honor.

El anciano hizo señas de que se acordaba.

-¡Y bien!, abuelito -dijo Valentina hincándose de rodillas delante del anciano, y mostrándole a Maximiliano con una mano-, le amo, y no seré de nadie sino de él. Si me obligan a casarme con otro, me moriré o me mataré.

Sus ojos de paralítico expresaban un sinfín de pensamientos tumultuosos.

-Tú aprecias al señor Maximiliano Morrel, ¿no es verdad, abuelo? -preguntó la joven.

-Sí -respondió el anciano.

-¿Y quieres protegernos a nosotros, que también somos tus hijos, contra la voluntad de mi padre?

Noirtier fijó su inteligente mirada en Morrel, como diciéndole:

-Depende.

Maximiliano comprendió.

-Señorita -dijo-, vos tenéis que cumplir con un deber sagrado en el cuarto de vuestra abuela; ¿queréis permitirme que tenga el honor de hablar un momento con el señor Noirtier?

-Sí, sí, eso es -expresó el anciano, y después miró a Valentina con inquietud.

-¿Cómo hará para comprenderte, quieres decir, abuelo?

-Sí.

-¡Oh!, tranquilízate. Hemos hablado tan a menudo de ti, que conoce bien la forma en que nos entendemos.

Y volviéndose a Maximiliano con una adorable sonrisa, aunque velada por una tristeza profunda, dijo:

-Sabe todo lo que yo sé.

Valentina se levantó, acercó una silla para Morrel, recomendó a Barrois que no dejase entrar a nadie, y después de haber abrazado tiernamente a su abuelo, y haberse despedido con tristeza de Morrel, salió.

Entonces éste, para probar a Noirtier que poseía la confianza de Valentina, y sabía todos sus secretos, tomó el diccionario, la pluma y el papel, y todo lo colocó sobre una mesa donde había una lámpara.

-En primer lugar -dijo Morrel-, permitidme que os cuente quién soy yo, cómo amo a Valentina, y cuáles son mis intenciones respecto a esto último.

-Escucho -dijo Noirtier.

Era un espectáculo imponente el ver a este anciano, inútil en apariencia, y que era el único protector, el único apoyo, el único juez de los dos amantes jóvenes, hermosos, fuertes y que empezaban a conocer el mundo.

Su fisonomía, que expresaba una nobleza y una austeridad notables, impresionaba en extremo a Morrel, que empezó a contar su historia temblando.

Entonces refirió cómo había conocido y amado a Valentina, y cómo ésta, en su aislamiento y en su desgracia, había acogido su cariño.

Le habló de su nacimiento, de su posición, de su fortuna y más de una vez, al interrogar la mirada del paralítico, vio que ésta le respondía:

-Está bien, continuad.

-Ahora -dijo Morrel así que hubo acabado la primera parte de su historia-, ahora que os he contado también mi amor y mis esperanzas, ¿debo contaros mis proyectos?

-Sí.

-¡Pues bien! Escuchad lo que habíamos decidido.

Y entonces manifestó a Noirtier que un cabriolé esperaba en la huerta, que pensaba raptar a Valentina, llevarla a la casa de su hermana, casarse, y esperar respetuosamente el perdón del señor de Villefort.

-No -dijo Noirtier.

-¿No? -repuso Morrel-, ¿no debemos obrar así?

-No.

-¿De modo que este proyecto no tiene vuestro consentimiento?

-No.

-¡Pues bien!, hay otro medio -dijo Morrel.

La mirada interrogadora del anciano preguntó: “¿Cuál?”

-Buscaré -continuó Maximiliano- al señor Franz d'Epinay, me alegro de poderos decir esto en ausencia de la señorita de Villefort, y me conduciré de modo que no tenga más remedio que acceder a mis proposiciones.

La mirada de Noirtier siguió interrogándole.

-¿Queréis que os diga lo que pienso hacer?

-Sí.

-Escuchad. Le buscaré, como os decía, le diré los lazos que me unen a la señorita de Villefort. Si es un hombre delicado, probará su delicadeza renunciando a la mano de su prometida, y desde entonces puede contar hasta la muerte con mi amistad y mi cariño. Si rehúsa, ya porque le obligue su interés personal, o porque un ridículo orgullo le haga persistir, después de probarle que Valentina me ama y no puede amar a ningún otro más que a mí, me batiré con él, dándole las ventajas que quiera, y le mataré o él me matará. Si yo le mato, no se casará con Valentina. Si él me mata, estoy seguro de que Valentina no se casará con él.

Noirtier contemplaba con un placer inefable aquella noble y sincera fisonomía en que estaban retratados todos los sentimientos que expresaban sus labios.

Cuando Morrel terminó de hablar, Noirtier cerró los ojos repetidas veces, lo cual quería decir que no.

-¿No? -dijo Morrel-. ¿Conque desaprobáis este segundo proyecto lo mismo que el primero?

-Sí -indicó el anciano.

-¿Qué hemos de hacer, caballero? -preguntó Morrel-. Las últimas palabras de la señora de Saint-Merán han sido que el casamiento de su nieta se hiciese al punto. ¿Debo dejar marchar las cosas?

Noirtier permaneció inmóvil.

-Sí, comprendo -dijo Morrel-, debo esperar.

-Sí.

-Pero, señor, una dilación nos perdería -repuso el joven-. Hallándose sola Valentina y sin fuerzas, la obligarán como a un chiquillo. He entrado aquí milagrosamente para saber lo que pasaba. Os he sido presentado milagrosamente y no debo esperar que se renueven tales milagros. Creedme, no hay más que uno de los dos partidos que os he propuesto. Disculpadle a mi juventud esta vanidad, decidme cuál es el mejor, ¿autorizáis a la señorita Valentina a confiarse a mi honor?

-No.

-¿Preferís que yo vaya a buscar al señor Franz d'Epinay?

-No.

-¡Dios mío! ¿De quién nos vendrá el socorro que esperamos del cielo?

El anciano se sonrió con los ojos, como solía cuando le hablaban del cielo. Siempre habían quedado algunos residuos de ateísmo en las ideas del antiguo jacobino.

-¿De la casualidad? -repuso Morrel.

-No.

-¿De vos?

-Sí.

-¿De vos?

-Sí -repitió el anciano.

-Comprendéis lo que os pregunto, caballero, disculpad mi terquedad, porque mi vida depende de vuestra respuesta: ¿Nos vendrá de vos nuestra salvación?

-Sí.

-¿Estáis seguro de ello?

-Sí.

-¿Nos dais vuestra palabra?

-Sí.

Y había en la mirada que daba esta respuesta una firmeza tal, que no había medio de dudar de la voluntad, sino del poder.

-¡Oh!, gracias, caballero, ¡un millón de gracias! Pero, a menos que un milagro del Señor os devuelva la palabra y el movimiento, encadenado en este sillón, mudo e inmóvil, ¿cómo podréis oponeros a ese casamiento?

Una sonrisa iluminó el rostro del anciano, sonrisa extraña, como es la de los ojos de un rostro inmóvil.

-¿De modo que debo esperar? -preguntó el joven.

-Sí.

-¿Pero el contrato?

La misma sonrisa de antes brilló en el rostro de Noirtier.

-¿Queréis decirme que no será firmado?

-Sí -dijo Noirtier.

-¿De modo que el contrato no será firmado? -exclamó Morrel-. ¡Oh!, ¡perdonad, caballero! Cuando se recibe una gran noticia, es lícito dudar un poco. ¿El contrato no será firmado?

-No- dijo el paralítico.

A pesar de esta seguridad, Morrel vacilaba en creerlo.

Era tan extraña esta promesa de un anciano impotente, que en lugar de provenir de una fuerza de voluntad, podía provenir de una debilidad de los órganos. Nada más natural que el insensato que ignora su locura pretenda realizar cosas superiores a su poder. El débil habla de los grandes pesos que levanta; el tímido, de los gigantes que ha vencido; el pobre, de los tesoros que maneja; el más humilde campesino se llama Júpiter.

Sea que Noirtier hubiese comprendido la indecisión del joven, sea que no diese fe a la docilidad que había mostrado, le miró fijamente.

-¿Qué queréis, caballero? -preguntó Morrel-. ¿Que os reitere mi promesa de no hacer nada?

La mirada de Noirtier permaneció fija y firme como para indicar que no bastaba una promesa. Después pasó del rostro a la mano.

-¿Queréis que lo jure? -preguntó Maximiliano.

-Sí -dio a entender el paralítico con la misma solemnidad-, lo quiero así.

Morrel comprendió que el anciano daba una gran importancia a este juramento.

Y extendió la mano.

-Os juro por mi honor -dijo- esperar que hayáis decidido lo que tengo que hacer.

-Bien -expresaron los ojos del anciano.

-Ahora, caballero -preguntó Morrel-, ¿queréis que me retire?

-Sí.

-¿Sin volver a ver a Valentina?

-Sí.

Morrel dijo que estaba dispuesto a salir.

-¿Y permitís -continuó- que vuestro hijo os abrace como lo acaba de hacer vuestra hija?

No había la menor duda en cuanto a lo que querían expresar los ojos de Noirtier.

El joven aplicó sus labios sobre la frente del anciano en el mismo sitio en que la joven había puesto los suyos, y saludando al señor Noirtier por segunda vez, salió.

En la pieza contigua encontró al antiguo criado prevenido por Valentina. Este esperaba a Morrel, y lo guió por las revueltas de un corredor sombrío que conducía a una puerta que daba al jardín.

Una vez allí, se dirigió al cercado en un instante, subió al tejadillo de la tapia y por medio de su escala bajó a la huerta, encaminándose a la choza, al lado de la cual le esperaba su cabriolé.

Subió en él, y agobiado por tantas emociones, pero con el corazón más libre, entró a medianoche en la calle de Meslay, se arrojó sobre su cama y durmió como si hubiera estado sumergido en una profunda embriaguez.

A los dos días de ocurridas estas escenas, una multitud considerable se hallaba reunida, a las diez de la mañana, a la puerta de la casa del señor de Villefort, y ya se había visto pasar una larga hilera de carruajes de luto y particulares por todo el barrio de Saint-Honoré y de la calle de la Pepinière.

Entre ellos había uno de forma singular, y que parecía haber sido hecho para un largo viaje. Era una especie de carro pintado de negro, y que había acudido uno de los primeros a la cita.

Entonces se informaron y supieron que, por una extraña coincidencia, este carruaje encerraba el cuerpo del marqués de Saint-Merán, y que los que habían venido para un solo entierro acompañarían dos cadáveres.

El número de las personas era grande. El marqués de Saint-Merán, uno de los dignatarios más celosos y fieles del rey Luis XVII y del rey Carlos X, había conservado gran número de amigos que, unidos a las personas relacionadas con el señor de Villefort, formaban un considerable cortejo.

Mandaron avisar a las autoridades, y obtuvieron el permiso para que aquellos dos entierros se hicieran al mismo tiempo. Un segundo carruaje, adornado con la misma pompa mortuoria, fue conducido delante de la puerta del señor de Villefort, y el ataúd fue también transportado del carro a la carroza fúnebre.

Los dos cadáveres debían ser sepultados en el cementerio del Padre Lachaise, donde hacía ya mucho tiempo el señor de Villefort había hecho edificar el panteón destinado para toda su familia. En él había sido enterrada ya la pobre Renata, con quien su padre y su madre iban a reunirse después de diez años de separación.

París, siempre curioso, siempre conmovido ante las pompas fúnebres, vio pasar con un silencio religioso el espléndido cortejo que acompañaba a su última mansión a dos de los nombres de aquella aristocracia, los más célebres por el espíritu tradicional y por la fidelidad a sus principios.

En el mismo carruaje de luto, Beauchamp y Chateau-Renaud hablaban de aquellas muertes casi repentinas.

-Vi a la señora de Saint-Merán el año pasado en Marsella -decía Chateau-Renaud-, yo volvía de Argel. Parecía destinada a vivir cien años, gracias a su perfecta salud, a su mente tan clara y despierta y a su prodigiosa actividad. ¿Qué edad tenía?

-Setenta años -respondió Alberto-. Al menos así me han asegurado. Pero no es la edad la que le ha causado su muerte. Al parecer, la pena causada por la del marqués la había trastornado completamente, no estaba en sus cabales.

-Pero, en fin, ¿de qué ha muerto? -preguntó Debray.

-De una congestión cerebral, según se dice, o de una apoplejía fulminante. ¿No viene a ser lo mismo?

-¡Psch...!, poco más o menos...

-De apoplejía -dijo Beauchamp- es difícil de creer. La señora de Saint-Merán, a quien he visto una o dos veces en mi vida, era alta, delgada y de una constitución más bien nerviosa que sanguínea. Son muy raras las apoplejías producidas por la pena en una constitución física como la de la señora de Saint-Merán.

-En todo caso -dijo Alberto-, sea cual fuere la enfermedad que la ha llevado al sepulcro, he aquí que el señor de Villefort, o más bien Valentina, o nuestro amigo Franz, entran en posesión de una pingüe herencia, ochenta mil libras de renta, según creo.

-Herencia que será duplicada a la muerte de ese viejo jacobino de Noirtier.

-Vaya un abuelo tenaz -dijo Beauchamp-: Tenacem praepositi virum. Ha apostado con la Muerte, según creo, a que enterraría a todos sus herederos. A fe mía, que se saldrá con la suya. Lo mismo que aquel viejo soldado del 93, que decía a Napoleón en 1814: “Decaéis porque vuestro Imperio es lo mismo que una espiga joven fatigada de crecer tanto. Tomad por tutora a la República, volvamos con una buena Constitución a los campos de batalla y yo os prometo quinientos mil soldados, otro Marengo y un segundo Austerlítz. Las ideas no mueren, señor, se adormecen de vez en cuando, pero despiertan más fuertes que antes”.

-Parece -dijo Alberto- que para él los hombres son como las ideas, pero una sola cosa me inquieta, y es saber cómo se las arreglará Franz d'Epinay con un abuelo que no puede pasar sin su nieta; ¿pero dónde está Franz?

-Va en el primer carruaje con el señor de Villefort, que le considera ya como de la familia.

La conversación de todos los que seguían a las carrozas fúnebres era poco más o menos la misma. Admirábanse de aquellas dos muertes seguidas la una a la otra con tanta rapidez, pero nadie sospechaba el terrible secreto que la noche anterior había revelado el señor de Avrigny al señor de Villefort en el jardín.

Después de una hora de marcha, llegaron a la puerta del cementerio. El tiempo estaba tranquilo, pero sombrío, y por consiguiente bastante en armonía con la fúnebre ceremonia que tenía lugar. Entre los grupos que se dirigieron al panteón de la familia, Chateau-Renaud reconoció a Morrel, que solo y en cabriolé, iba también muy pálido por la calle de los cipreses.

-¿Vos aquí? -dijo Chateau-Renaud cogiendo del brazo al joven capitán-. ¿Conocéis al señor de Villefort? ¿Cómo es que nunca os he visto en su casa?

-No es al señor de Villefort a quien conozco -respondió Morrel-, a quien conocía es a la señora de Saint-Merán.

En este momento Alberto se acercó a ellos acompañado de Franz.

-El momento no es muy adecuado para una presentación -dijo Alberto-, pero no importa, no somos supersticiosos. Señor Morrel, permitid que os presente al señor Franz d'Epinay, mi querido compañero de viaje por Italia. Mi querido Franz, el señor Maximiliano Morrel, un excelente amigo que he adquirido en tu ausencia, y cuyo nombre oirás en mis labios, siempre que tenga que hablar acerca de los buenos sentimientos, del talento y de la amabilidad.

Morrel quedóse un instante indeciso. Dijo para sí que era una infame hipocresía aquel saludo casi amistoso dirigido al hombre que detestaba interiormente, pero recordó su juramento y la gravedad de las circunstancias, se esforzó por que su rostro no expresase ningún sentimiento de odio, y saludó a Franz disimulando lo que sentía.

-La señorita de Villefort estará muy triste, ¿no es verdad? -dijo Debray a Franz.

-¡Oh!, caballero -respondió Franz-, sumamente triste. Esta mañana estaba tan pálida y tan demudada que apenas la conocí.

Estas palabras, en apariencia tan sencillas, desgarraron el corazón de Morrel. Aquel hombre había visto ya a Valentina, había hablado con ella.

Entonces fue cuando el joven oficial necesitó de toda su fuerza para resistir al vehemente deseo de violar su juramento.

Cogió el brazo de Chateau-Renaud y le arrastró consigo rápidamente hacia el panteón, delante del cual los empleados de las pompas fúnebres acababan de depositar dos ataúdes.

-Magnífica habitación -dijo Beauchamp dirigiendo una mirada al mausoleo-, palacio de verano y de invierno. Vos lo habitaréis también algún día, mi querido Epinay, porque pronto seréis de la familia. Yo, en mi calidad de filósofo, quiero una casita de campo, una fosa debajo de árboles sombríos, y nada de piedras sobre mi cuerpo. Al morir, diré a los que me rodean lo que Voltaire escribía a Pirón: Eo rus y punto concluido... ¡Vamos, qué diantre! ¡Valor, vuestra mujer hereda, después de todo!

-En verdad, Beauchamp -dijo Franz-, sois insufrible. Los asuntos políticos os han acostumbrado a reíros de todo y a no creer en nada. Pero, en fin, Beauchamp, cuando tengáis el honor de presentaros delante de hombres ordinarios, y la felicidad de dejar por un momento la política, tratad de no dejaros olvidado el corazón en la Cámara de los diputados o en la de los pares.

-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Beauchamp-, ¿qué es la vida? Una espera en la antesala de la muerte.

-Dejad a Beauchamp con sus ideas -dijo Alberto.

Y se retiró con Franz, abandonando a Beauchamp a sus discusiones filosóficas con Debray.

El panteón de la familia de Villefort formaba un cuadro de piedras blancas de una altura de veinte pies. Una separación interior dividía en dos departamentos a la familia de Saint-Merán y a la de Villefort, y cada una tenía su puerta. No se veía, como en las otras tumbas, esos innobles cajones superpuestos en los que una económica distribución encierra a los muertos con una inscripción que parece un rótulo. Todo lo que se veía por la puerta de bronce era una antesala sombría y severa, separada de la verdadera tumba por una pared.

En medio de esta pared estaban las dos puertas de que hablábamos hace poco, y que comunicaban con las sepulturas de Villefort y Saint-Merán.

Allí podían exhalarse en libertad los gemidos y los ayes doloridos, sin que los transeúntes, que hacen de una visita al Padre Lachaise, una partida de campo o una cita de amor, pudiesen turbar con su canto, con sus gritos o con sus carreras la muda contemplación o las oraciones bañadas de lágrimas del que visitaba la tumba.

Ambos ataúdes fueron colocados en el panteón de la derecha. Este era el de la familia de Saint-Merán, sobre unos pequeños sepulcros preparados ya, y que esperaban su depósito mortal. Solamente Villefort, Franz y algunos parientes cercanos penetraron en el santuario.

Como las ceremonias religiosas habían sido efectuadas a la puerta, y no había ya que pronunciar ningún discurso, los amigos se separaron al punto. Chateau-Renaud, Alberto y Morrel se retiraron, y Debray y Beauchamp hicieron lo mismo.

Franz permaneció con el señor de Villefort a la puerta del cementerio. Morrel se detuvo bajo un pretexto cualquiera. Vio salir a Franz y al señor de Villefort en un carruaje de luto, y concibió un mal presagio de esta unión. Volvió a París, y aunque iba en el mismo carruaje que Chateau-Renaud y Alberto, no oyó una palabra de lo que dijeron los dos jóvenes.

En efecto. Cuando Franz iba a separarse del señor de Villefort, dijo:

-Señor barón, ¿cuándo volveré a veros?

-Cuando gustéis, caballero -respondió Franz.

-Lo más pronto posible.

-Estoy a vuestras órdenes, caballero. ¿Queréis que volvamos juntos?

-¡Si esto no os causa molestia...!

-En absoluto.

Dicho esto, el futuro suegro y el futuro yerno subieron al mismo carruaje, y Morrel al verlos pasar concibió con razón graves inquietudes.

Villefort y Franz volvieron al arrabal Saint-Honoré.

El procurador del rey, sin entrar en el cuarto de nadie, sin hablar a su mujer ni a su hija, hizo pasar al joven a su despacho, e indicándole una silla, le dijo:

-Señor d'Epinay, como la obediencia a los muertos es la primera ofrenda que se debe depositar sobre su ataúd, debo recordaros el deseo que expresó anteayer la señora de Saint-Merán en su lecho de agonía, a saber: que el casamiento de Valentina se efectuara sin tardanza. Vos sabéis que los asuntos de la difunta estaban muy en regla, que su testamento asegura a Valentina toda la fortuna de los Saint-Merán. El notario me mostró ayer las actas que permiten que se firme definitivamente el contrato de matrimonio. Podéis verle de mi parte y hacer que os las comuniquen. El notario es el señor Deschamps, plaza de Beauveau, barrio de Saint-Honoré.

-Caballero -respondió Franz-, no es éste el momento más oportuno para la señorita Valentina, abismada como está en su dolor, para pensar en la boda. En verdad, yo temería...

-Valentina -interrumpió el señor de Villefort- no tendrá otro deseo más vivo que el de cumplir la última voluntad de su abuela; así, pues, los obstáculos no están de su parte, os respondo de ello.

-En ese caso, caballero -dijo Franz-, como tampoco lo están de la mía, podéis obrar como y cuando mejor os parezca. Está empeñada mi palabra, y la cumpliré, no sólo con placer, sino con felicidad.

-Entonces -dijo Villefort-, nada nos detiene. El contrato debía ser firmado dentro de tres días; todo lo encontraremos preparado, podemos firmarlo hoy mismo.

-Pero ¿y el luto? -dijo Franz vacilando.

-Tranquilizaos, caballero, no es en mi casa donde se hará caso de tales cosas. La señorita de Villefort podrá retirarse durante los tres meses primeros a su posesión de Saint-Merán. Digo su posesión, porque desde hoy suya es esa propiedad. Allí, dentro de ocho días, si queréis, sin ruido, sin esplendor, sin fausto, se celebrará el casamiento civil. Era un deseo de la señora de Saint-Merán que su nieta se casase en esa finca. Después, vos podréis volver a París, mientras que vuestra mujer pasará el tiempo del luto con su madrastra.

-Como gustéis, caballero -dijo Franz.

-Entonces -repuso el señor de Villefort-, tomaos el trabajo de aguardar media hora. Valentina va a bajar al salón.

-Yo mandaré llamar al señor Deschamps, leeremos y firmaremos el contrato inmediatamente y esta misma noche la señora de Villefort conducirá a Valentina a su propiedad, donde iremos nosotros dentro de ocho días.

-Caballero -dijo Franz-, tengo que pediros un favor.

-¿Cuál?

-Deseo que Alberto de Morcef y Raúl de Chateau-Renaud estén presentes al acto de firmar el contrato. Bien sabéis que son mis testigos.

-Media hora es suficiente para avisarles. ¿Queréis irlos a buscar vos mismo? ¿Queréis que se les mande llamar?

-Prefiero ir yo mismo, caballero.

-Os esperaré dentro de media hora, barón, y dentro de media hora Valentina estará dispuesta.

Franz saludó al señor de Villefort y salió.

Apenas se hubo cerrado la puerta de la calle detrás del joven, Villefort ordenó que avisasen a Valentina que bajase al salón dentro de media hora, porque se esperaba al notario y a los testigos del señor d'Epinay.

Esta noticia inesperada produjo una gran impresión en la casa. La señora de Villefort no quería creerlo y Valentina se quedó más aterrada que si hubiese sido fulminada por un rayo.

Miró a su alrededor como para buscar a quien pedir socorro.

Quiso subir a ver a su abuelo, pero en la escalera encontró al señor de Villefort, que la cogió del brazo y la condujo al salón.

Valentina encontró en la antesala a Barrois y dirigió al antiguo criado una mirada desesperada.

Un instante después de Valentina, la señora de Villefort entró en el salón con Eduardo. Era evidente que la mujer había tenido su parte en los pesares de la familia.

Estaba pálida y parecía horriblemente cansada.

Sentóse, colocó a Eduardo sobre sus rodillas y de vez en cuando estrechaba con movimientos casi convulsivos contra su pecho a aquel niño en el cual parecía concentrarse toda su vida.

Al poco rato se oyó el ruido de dos carruajes que entraban en el patio. Uno era el del notario; el otro, de Franz y sus amigos. Todos estuvieron reunidos en seguida en el salón.

Valentina estaba tan pálida que veían dibujarse las azuladas venas de sus sienes alrededor de sus ojos y de sus mejillas. Franz experimentaba también una viva emoción.

Chateau-Renaud y Alberto se miraron con asombro. La ceremonia que se había concluido poco antes les parecía menos triste que la que iba a empezar.

La señora de Villefort se había colocado en la sombra, detrás de una cortina de terciopelo, y como estaba siempre inclinada hacia su hijo, era difícil leer en su rostro lo que sentía en su corazón.

El señor de Villefort estaba, como siempre, impasible.

El notario, después de colocar los papeles sobre la mesa, tomó asiento en el sillón, púsose los anteojos y volvióse hacia Franz.

-¿Vos sois -dijo- el señor Franz de Quesnel, barón d'Epinay? -preguntó, aunque lo sabía perfectamente.

-Sí, señor -respondió Franz.

El notario se inclinó.

-Debo preveniros, caballero -dijo-, y esto de parte del señor de Villefort, que vuestro casamiento proyectado con la señorita de Villefort ha cambiado las disposiciones del señor Noirtier respecto a su nieta y que la desposee de la fortuna que antes pensaba dejarle, pero es de advertir -continuó el notario- que no teniendo el testador derecho a separar más que una parte de su fortuna, y habiéndolo separado todo, el testamento no resistirá el ataque, pues será declarado nulo, y como si no hubiese sido hecho.

-Sí -dijo Villefort-, pero prevengo de antemano al señor d'Epinay que mientras yo viva no será impugnado el testamento de mi padre; pues mi posición no me permite que se arme semejante escándalo.

-Caballero -dijo Franz-, me disgusta en extremo que se haya promovido semejante cuestión delante de la señorita Valentina. Yo nunca me he informado de su caudal, que, por reducido que sea, será más considerable que el mío. Lo que mi familia ha buscado en la alianza de la señorita de Villefort conmigo es la consideración social; lo que yo busco es la felicidad.

Valentina hizo un gesto imperceptible de agradecimiento, mientras que dos lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas.

-Por otra parte, caballero -dijo Villefort dirigiéndose a su futuro yerno-, además de la frustración de una gran parte de vuestras esperanzas, este testamento inesperado no tiene nada que deba heriros personalmente. Todo se explica con la debilidad de espíritu del señor Noirtier. Lo que desagrada a mi padre no es que la señorita de Villefort se case con vos, sino que la señorita de Villefort se case. Una unión con otro cualquiera le hubiera causado la misma impresión. La vejez es muy egoísta, y la señorita de Villefort le servía de compañera fiel, lo cual no podrá hacer siendo ya baronesa d'Epinay. El lamentable estado en que se encuentra mi padre hace que se le hable muy pocas veces de asuntos graves que la debilidad de su cerebro no podría seguir, y yo estoy perfectamente convencido de que ahora, conservando el recuerdo de que su hija se casa, el señor Noirtier ha olvidado hasta el nombre del que va a casarse con su nieta.

No bien acababa Villefort de pronunciar estas palabras, a las que Franz respondía por medio de una cortesía, cuando se abrió la puerta del salón y Barrois entró en él.

-Señores -dijo con una voz muy firme para un criado que habla a sus amos en una circunstancia tan solemne-, señores, el señor Noirtier de Villefort desea hablar inmediatamente al señor Franz de Quesnel, barón d'Epinay.

También el criado, al igual que el notario, daba todos sus títulos al prometido, a fin de que no pudiese haber un error de personas.

Villefort se estremeció y la señora de Villefort soltó a su hijo, a quien tenía sobre sus rodillas, y Valentina se levantó pálida y muda como una estatua.

Alberto y Chateau-Renaud cambiaron una segunda mirada más sorprendidos que antes.

El notario miró a Villefort.

-Es imposible -dijo el procurador del rey-. Por otra parte, el señor d'Epinay no puede salir del salón en este momento.

-Precisamente ahora es cuando el señor Noirtier, mi amo, desea hablar al señor Franz d'Epinay de asuntos muy importantes -repuso el criado con la misma firmeza.

-¡Pues qué! ¿Habla ya papá Noírtier? -preguntó Eduardo con su impertinencia habitual.

Pero esta salida no hizo sonreír ni siquiera a la señora de Villefort, tan preocupados estaban los ánimos y tan grave era la situación.

-Decid al señor Noirtier -repuso Villefort- que no se puede acceder a lo que pide.

-En ese caso, el señor Noirtier me encarga que prevenga a estos señores que va a hacerse conducir aquí.

El asombro llegó a su colmo.

En el rostro de la señorita de Villefort dibujóse una especie de sonrisa. Valentina, como a pesar suyo, levantó los ojos hacia el cielo como para darle gracias.

-Valentina -dijo el señor de Villefort-, os suplico que vayáis a saber qué significa ese nuevo capricho de vuestro abuelo.

Valentina dio algunos pasos para salir, pero luego el mismo señor de Villefort la detuvo.

-Esperad -dijo-, ¡yo os acompañaré!

-Perdonad, caballero -dijo Franz a su vez-, me parece que, puesto que por mí es por quien pregunta el señor Noirtier, yo soy quien debo acudir a su habitación; por otra parte, me aprovecharé de esta ocasión para presentarle mis respetos, no habiendo tenido ocasión de solicitar este honor.

-¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Villefort con visible inquietud-. No os incomodéis.

-Dispensadme, caballero -dijo Franz con el tono de un hombre que ha tomado una resolución-. Deseo no desperdiciar esta ocasión de probar al señor Noirtier que no ha tenido razón en concebir contra mí una aversión que estoy decidido a vencer con mi cariño.

Y sin dejarse detener más por Villefort, Franz se levantó a su vez y siguió a Valentina, que bajaba ya la escalera con la alegría de un náufrago que logra al fin asirse a una roca.

El señor de Villefort los siguió.

Chateau-Renaud y Alberto de Morcef cambiaron una tercera mirada, más llena de asombro aún que las dos primeras.




El conde de Montecristo de Alejandro Dumas

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