El conde de Montecristo: 2-11

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El conde de Montecristo
Segunda parte: Simbad el Marino
Capítulo 11

de Alejandro Dumas


Capítulo once
Vampa

»El tiempo del carnaval se acercaba y el conde de San Felice anunció que iba a dar un baile de máscaras, al cual sería convidada toda la elegancia de Roma, y como abrigaba Teresa vivos deseos de ver este baile, Luigi Vampa pidió a su protector el mayordomo, permiso para asistir él y Teresa a la función mezclados entre los sirvientes de la casa, permiso que le fue concedido.

»Si el conde daba este baile, era sólo para complacer a su hija Carmela, a quien adoraba. Carmela tenía la misma edad y la misma estatura de Teresa, y Teresa era por lo menos tan hermosa como Carmela.

»La noche del baile, Teresa se puso su traje más bello, se adornó con sus más brillantes alhajas. Llevaba el traje de las mujeres de Frascati. Luigi Vampa vestía el de campesino romano en los días de fiesta y ambos se mezclaron, como se les había permitido, entre los sirvientes y paisanos.

»La fiesta era magnífica. No solamente la quinta estaba profusamente iluminada, sino que millares de linternas de varios colores estaban suspendidas de los árboles del jardín.

»En cada salón había una orquesta y refrescos, las máscaras se detenían, formábanse cuadrillas, y se bailaba donde mejor les parecía. Carmela iba vestida de aldeana de Sonnino, llevaba su gorro bordado de perlas, las agujas de sus cabellos eran de oro y de diamantes, su cinturón era de seda turca con grandes flores, su sobretodo y su jubón de cachemir, su delantal de muselina de las Indias, y por fin los botones de su jubón eran otras tantas piedras preciosas. Otras dos de sus compañeras iban vestidas, la una de mujer de Nettuno, la otra de mujer de la Riccia.

»Cuatro jóvenes de las más ricas familias y más notables de Roma las acompañaban con esa libertad italiana que no tiene igual en ningún otro país del mundo. Iban vestidos de aldeanos de Albano, de Velletri, de Civita-Castellane y de Sora. Además, tanto en los trajes de los aldeanos como en los de las aldeanas, el oro y las piedras preciosas deslumbraban.

»Deseó formar Carmela una cuadrilla uniforme, pero faltaba una mujer, y aunque la hija del conde no cesaba de mirar a su alrededor, ninguna de las convidadas llevaba un traje análogo al suyo y a los de sus compañeros. El conde de San Felice le señaló, en medio de las aldeanas, a Teresa, que se apoyaba en el brazo de Luigi Vampa.

»-¿Permitís acaso, padre mío?

»-Sin duda -respondió el conde-, ¿no estamos en carnaval?

»Se inclinó Carmela hacia un joven que la acompañaba y le dijo algunas palabras en voz baja, mostrándole con el dedo a la joven. El caballero siguió con los ojos la dirección de la linda mano que le servía de conductor, hizo un ademán de obediencia y fue a invitar a Teresa para figurar en la cuadrilla dirigida por la híja del conde.

»Teresa sintió que su frente ardía. Interrogó con la mirada a Luigi Vampa, que no podía rehusar. Vampa dejó deslizar lentamente el brazo de Teresa que se apoyaba en el suyo, y Teresa, alejándose conducida por su elegante caballero, fue a ocupar, temblando, su puesto en la aristocrática cuadrilla.

»A los ojos de un artista seguramente el exacto y severo traje de Teresa hubiera tenido un carácter muy distinto del de Carmela y sus compañeras, pero Teresa era una joven frívola y coqueta, y los bordados de muselina, las perlas de los brazaletes y pendientes, el brillo de la cachemira, el reflejo de los zafiros y de los diamantes la enloquecían.

»Por su parte, Luigi sentía nacer en su corazón un sentimiento desconocido, una especie de dolor sordo desgarraba su alma y después circulaba por sus venas y se apoderaba de todo su cuerpo. Seguía con la vista los menores movimientos de Teresa y de su pareja, cuando sus manos se tocaban, sus arterias latían con violencia, y hubiérase dicho que vibraba en sus oídos el sonido de una campana. Cuando se hablaban, aunque Teresa escuchase tímida y con los ojos bajos los discursos de su caballero, como Luigi Vampa leía en los ojos ardientes del bello joven que aquellos discursos eran lisonjas, le parecía que la tierra se abría bajo sus pies y que todas las voces del infierno murmuraban sordamente a su oído palabras de muerte y de asesinato. Luego, temiendo dejarse arrastrar por su locura, se cogía con una mano al sillón en el cual se apoyaba, y con la otra oprimía con un movimiento convulsivo el puñal de mango cincelado que pendía de su cinturón, y que, sin darse cuenta, sacaba algunas veces casi enteramente de la vaina.

»Estaba celoso. Sentía que llevada de su naturaleza ligera y orgullosa, Teresa podía olvidarle. Y sin embargo la bella aldeana, tímida y casi espantada al principio, pronto se había repuesto. Ya hemos dicho que Teresa era hermosa, pero aún no es esto todo: Teresa era coqueta con esa coquetería salvaje mucho más poderosa y atractiva que nuestra coquetería afectada. Unido esto a su gracia, a su candor, a su belleza, porque era bella y muy bella, le atrajo todos los obsequios de los caballeros de la cuadrilla, y si bien podemos asegurar que Teresa tenía envidia a la hija del conde, sin embargo, no nos atrevemos a decir que Carmela no estuviese celosa de ella.

»Una vez estuvo terminada la danza, su elegante compañero, no sin cesar los cumplidos y obsequios, la volvió a conducir al punto del que la había sacado a bailar y donde la esperaba Luigi.

»Dos o tres veces durante la contradanza, la joven le había dirigido una mirada, y cada vez le había visto pálido y con las facciones alteradas.

»Una vez la hoja de su puñal, medio sacada de su vaina, había brillado a sus ojos con un resplandor siniestro, y he aquí por qué temblaba como el azogue cuando volvió a apoyar su brazo en el de su amante.

»Había obtenido tan grande éxito la cuadrilla, que se trató de repetir la danza, y aunque Carmela se oponía, el conde de San Felice rogó con tanta ternura a su hija, que al fin consintió.

»Al punto uno de los caballeros se dirigió a Teresa, sin la cual era imposible que la contradanza se verificase, pero la joven había desaparecido.

»En efecto, Luigi no se sintió con ánimos para sufrir una segunda prueba, y sea por persuasión o por fuerza, arrastró a Teresa hacia otro punto del jardín. Teresa cedió bien a pesar suyo, pero había visto la alterada fisonomía del joven, y comprendía por su silencio entrecortado, por sus estremecimientos nerviosos que pasaba en él algo raro.

Ella sentía también una agitación interior, y sin haber hecho, sin embargo, nada malo, comprendía que Luigi tenía derecho para quejarse. ¿De qué...?, lo ignoraba, pero no por eso dejaba de conocer que sus quejas serían merecidas. No obstante, con gran asombro de Teresa, Luigi permaneció mudo y ni siquiera entreabrió sus labios para pronunciar una palabra durante el resto de la noche. Mas cuando el frío hizo salir de los jardines a los convidados, y cuando las puertas se hubieron cerrado para ellos, pues iba a comenzar una fiesta íntima, se llevó a Teresa, y al entrar en su casa le dijo:

»-Teresa, ¿en qué pensabas cuando estabas bailando frente a la joven condesa de San Felice?

»-Pensaba -respondió la joven con toda la franqueza de su alma-, que daría la mitad de mi vida por tener un traje como el de ella.

»-¿Y qué te decía tu pareja?

»-Que sólo me bastaba pronunciar una palabra para tenerlo.

»-Y no le faltaba razón -contestó Luigi con voz sorda-. ¿Deseas, pues, ese traje tan ardientemente como dices?

»-Sí.

»-¡Pues bien!, lo tendrás.

»Levantó asombrada la joven la cabeza para preguntarle, pero su rostro estaba tan sombrío y tan terrible que la voz se le heló en sus labios. Por otra parte, al pronunciar estas palabras Luigi se había alejado. Teresa le siguió con la mirada en la oscuridad mientras pudo, y así que hubo desaparecido entró en su cuarto suspirando.

»Aquella misma noche tuvo lugar un desagradable acontecimiento: tal vez por la poca precaución de algún criado al apagar las luces, el fuego se había apoderado de la quinta de San Felice, justamente en los alrededores de la habitación de la hermosa Carmela.

»En medio de la noche despertóse ésta por el resplandor de las llamas, había saltado de su cama, se había envuelto en su bata, y había intentado huir por la puerta, pero el corredor por el cual debía pasar estaba ya invadido por las llamas. Luego entró en su cuarto pidiendo socorro, cuando de repente se abrió el balcón, situado a veinte pies de altura, un joven aldeano se arrojó en el aposento, cogió a la casi exánime joven entre sus brazos, y con una fuerza y agilidad extraordinarias y sobrehumanas, la transportó fuera de la quinta depositándola sobre la hierba del prado, donde quedó desvanecida. Al recobrar el sentido, su padre se hallaba delante de ella, todos los criados la rodeaban prodigándole socorros. Había sido devorada por el incendio un ala entera del palacio, pero ¡qué importaba si Carmela se había salvado! Buscaron por todas partes a su libertador, pero éste no apareció. Preguntaron a todos, pero nadie le había visto. Carmela estaba tan turbada que no le había reconocido. Además, como el conde era inmensamente rico, excepto el peligro que había corrido su hija, y que le pareció por la milagrosa manera con que se había salvado, más bien un nuevo favor de la Providencia que una desgracia real, la pérdida ocasionada por las llamas fue insignificante para él.

»Al día siguiente, a la hora de costumbre, encontráronse los dos jóvenes pastores en su sitio, cerca del bosque. Luigi era quien había llegado primero a la cita, y salió al encuentro de la joven con alborozo. Parecía haber olvidado por completo la escena de la víspera. Teresa estaba visiblemente pensativa, pero al ver a Luigi tan alegre, afectó por su parte un gozo que no sentía, a pesar de ser propio de su carácter cuando alguna otra pasión no venía a turbarla. Luigi tomó del brazo a Teresa y la condujo hasta la entrada de la gruta. Allí se detuvo. Comprendió la joven que había algo de extraordinario en la conducta del joven y en su consecuencia le miró fijamente como queriendo interrogarle con los ojos.

»-Teresa -dijo Luigi-, ayer por la noche me dijiste que darías la mitad de tu vida por tener un traje semejante al de la hija del conde.

»-En efecto -dijo Teresa-, pero estaba loca al desear tal cosa.

»-Y yo te respondí: "Está bien, lo tendrás."

»-Sí -respondió la joven, cuyo asombro crecía a cada palabra de Luigi-, pero sin duda respondiste aquello para no disgustarme.

»-Nunca te he prometido nada que no te haya dado. Teresa -dijo Luigi con orgullo-, entra en la gruta y vístete.

»Y diciendo estas palabras retiró la piedra y mostró a Teresa la gruta iluminada por dos bujías que ardían a cada lado de un soberbio espejo. Sobre la mesa rústica, hecha por Luigi, estaban colocados el collar de perlas y las agujas de diamantes; sobre una silla estaba depositado el resto del adorno.

» Teresa lanzó un grito de júbilo, y sin informarse siquiera de dónde había salido aquel brillante traje, y sin dar tampoco las gracias a Luigi colocó la piedra detrás de ella, porque acababa de apercibir sobre la cumbre de una pequeña colina que impedía ver a Palestrina, un viajero a caballo, que se detuvo un momento como incierto y vacilante, sin saber qué camino era el que debía seguir.

»Viendo a Luigi, el viajero espoleó su caballo y se acercó a él. Luigi no se había engañado; el viajero que se dirigía de Palestrina a Tívoli no sabía a ciencia cierta cuál era el camino que debía tomar. El joven se lo indicó, pero como a un cuarto de milla de allí el camino se dividía en tres senderos, y llegado a ellos el viajero podía extraviarse de nuevo, rogó a Luigi que le sirviera de guía.

»Luigi se quitó la capa y la colocó en tierra, se echó la escopeta al hombro y marchó delante del viajero con ese paso rápido del montañés, que a duras penas puede seguir el trote de un caballo.

»En diez minutos Luigi y el viajero llegaron al sitio designado por el joven pastor y éste entonces, con el soberbio y majestuoso ademán de un emperador, extendió el brazo señalando con el dedo la senda que debía seguir el viajero.

»-Este es vuestro camino -dijo-, ya no es fácil ahora que su excelencia se equivoque.

»-He ahí tu recompensa -dijo el viajero ofreciendo al joven pastor algunas monedas.

»-Gracias -dijo Luigi retirando la mano-, os doy un servicio, pero no os lo vendo.

»-Sin embargo, -dijo el viajero, que parecía acostumbrado a aquella notable diferencia entre la servidumbre del hombre de las ciudades y el orgullo del campesino-, si rehúsas un salario no desdeñarás un regalo.

»-¡Ah!, eso ya es otra cosa.

»-¡Pues bien! Toma estos dos zequíes venecianos y dáselos a tu novia para unos zarcillos.

»-Y vos tomad este puñal -dijo el joven pastor-. No encontraréis otro cuyo mango esté mejor tallado desde Albano a Civita de Castelane.

»-Lo acepto -dijo el viajero-, pero entonces yo soy el que quedo agradecido, porque este puñal vale mucho más que los zequíes.

»-En la ciudad tal vez, pero como lo he tallado yo mismo, apenas vale una piastra.

»-¿Cuál es tu nombre? -preguntó el viajero.

»-Luigi Vampa -respondió el pastor con el mismo tono que si hubiera contestado: Alejandro, rey de Macedonia-. ¿Y vos?

»-Yo... -dijo el viajero-, me llamo Simbad el Marino.

Franz de Epinay lanzó un grito de sorpresa.

-¡Simbad el Marino! -exclamó.

-Sí -respondió el narrador-, ése es el nombre que el viajero dijo a Vampa.

-¡Y bien! ¿Qué es lo que os admira en ese nombre? -interrumpió Alberto-, es un nombre muy bello, y las aventuras del patrón de este caballero, debo confesarlo, me han divertido mucho en mi juventud.

Franz no quiso insistir más. Aquel nombre de Simbad el Marino, como se comprenderá, despertó en él una multitud de recuerdos.

-Continuad -dijo al posadero.

-Vampa guardó desdeñosamente los dos zequíes en su bolsillo y emprendió de nuevo el camino que trajera al venir. Así que hubo llegado a unos doscientos pasos de la gruta parecióle oír un grito. Se detuvo, procurando descubrir el lado de donde saliera aquél, y al cabo de un segundo oyó su nombre pronunciado distintamente, viniendo el sonido de la voz del lado donde estaba la gruta.

»Saltando como un gamo montó el gatillo de su escopeta a medida que corría, y en menos de un minuto estuvo en lo alto de la colina opuesta a aquella en que vio al viajero. Allí los gritos de socorro llegaron más distintos a sus oídos. Dirigió una mirada por el espacio que dominaba. Un hombre robaba a Teresa como el centauro Neso a Dejanira. Este hombre, que se dirigía hacia el bosque, había ya andado las tres cuartas partes del camino que mediaba entre aquél y la gruta. Vampa calculó la distancia; aquel hombre le llevaba más de doscientos pasos de delantera; era, pues, imposible alcanzarle antes de que hubiese llegado al bosque, y en el bosque lo perdería. El joven pastor se detuvo como si le hubiesen clavado en aquel lugar. Apoyó en su hombro derecho la culata de su escopeta, apuntó lentamente al raptor, le siguió un segundo en su carrera y al fin hizo fuego.

»El raptor se detuvo, sus rodillas flaquearon y se desplomó arrastrando a Teresa en su caída. Pero ésta se levantó al punto. En cuanto al fugitivo permaneció tendido, luchando con las convulsiones de la agonía. Vampa se lanzó hacia Teresa, porque a diez pasos del moribundo había caído de rodillas y el joven temía que la bala que acababa de matar a su enemigo hubiese herido a Teresa. Felizmente no sucedió así; era el terror únicamente que había paralizado sus fuerzas. Cuando Luigi se hubo asegurado de que estaba sana y salva, se volvió hacia el herido. Este acababa de expirar con los puños crispados, la boca contraída por el dolor y los cabellos erizados por el sudor de la agonía; sus ojos se habían quedado abiertos y amenazadores.

»Vampa se acercó al cadáver y reconoció a Cucumetto.

»El día en que el bandido había sido salvado por los dos jóvenes se había enamorado de Teresa y había jurado que la joven le pertenecería. La había espiado desde entonces, y aprovechándose del único momento en que su amante la dejara sola para indicar el camino al viajero, la había robado y ya la creía suya, cuando la bala de Vampa, guiada por la infalible puntería del joven pastor, le había atravesado el corazón. Vampa le miró un momento sin que la menor emoción se pintase en su semblante, mientras que Teresa, temblorosa aún, no osaba acercarse al bandido muerto sino con lentos pasos, arrojando sólo alguna que otra ojeada sobre el cadaver por encima del hombro de su amante. Al cabo de un instante, Vampa se volvió hacia su amada.

»-Bueno -dijo-, tú te has vestido ya; ahora me toca a mí.

»Teresa estaba, en efecto, vestida de pies a cabeza con el rico y lujoso traje de la hija del conde de San Felice. Vampa tomó entre sus brazos el cuerpo de Cucumetto y lo llevó a la gruta, mientras que, a su vez, Teresa permanecía fuera.

»Si un segundo viajero hubiese pasado entonces, hubiera visto una escena extraña: una pastora guardando sus ovejas con falda de cachemir, un collar de perlas, collares y alfileres de diamantes y botones de zafiro, de esmeraldas y rubíes. El viajero que hubiera visto tal cosa, no hay duda que se habría creído transportado al tiempo de Florián, y hubiera asegurado a su vuelta a París que había encontrado la pastora de los Alpes sentada al pie de los montes Sabinos.

»Transcurrido un cuarto de hora, volvió a salir Vampa de la gruta. Su traje no era en su género menos elegante que el de Teresa.

»Vestía una almilla de terciopelo grana, con botones de oro cincelados; un chaleco de seda cuajado de bordados, una banda romana atada al cuello, un portapliegos bordado de oro y de seda encarnada y verde, calzones de terciopelo de color azul celeste atados por encima de sus rodillas con dos hebillas de diamantes, unos botines de piel de gamo bordados de mil arabescos, y un sombrero en que flotaban cintas de colores; de su cinturón colgaban dos relojes y asimismo un magnífico puñal.

»Teresa lanzó un grito de admiración. Vampa con este traje se asemejaba a una pintura de Leopoldo Robert o de Schenetz. Se había vestido el traje completo de Cucumetto. El joven reparó en el efecto que producía en su amada y una sonrisa de orgullo satisfecho asomó a sus labios.

»-Ahora -dijo a Teresa-,dime, ¿estás dispuesta a compartir mi suerte, cualquiera que sea?

»-¡Oh, sí! -exclamó la joven con entusiasmo-. Sí.

»-¿Te hallas pronta a seguirme donde yo vaya?

»-¡Aunque sea al fin del mundo!

»-Entonces, cógete de mi brazo y partamos, porque no tenemos tiempo que perder.

»La joven cogió el brazo de su amado sin preguntarle siquiera dónde la conducía, porque en aquel momento le parecía hermoso, fiero y potente como un dios. Entonces avanzaron los dos hacia el bosque atravesando la llanura en menos de un minuto.

»Preciso es decir que ni un sendero había en la montaña que fuese desconocido a Vampa. Avanzó, pues, en el bosque sin vacilar, aunque no hubiese ningún camino, reconociendo solamente el que debía seguir por la posición de los árboles y por la maleza. Un torrente seco que conducía a una profunda garganta apareció ante sus ojos y Vampa siguió este extraño camino, que, enterrado, por decirlo así, y oscurecido por la espesa sombra de los elevados pinos, se asemejaba a aquel sendero del Averno de que nos habla Virgilio.

»Temerosa del aspecto de aquel lugar salvaje y desierto, Teresa se estrechaba contra su guía sin pronunciar una palabra, pero como le veía caminar siempre con un paso igual y como la más profunda tranquilidad brillaba en su semblante, encontró fuerzas bastantes en sí misma para disimular su emoción.

»De pronto, a diez pasos de donde ellos estaban, un hombre pareció destacarse de un árbol detrás del cual estaba oculto, y apuntando con un trabuco a Vampa exclamó: »-¡Si das un paso más, eres hombre muerto!

»-¡Vaya! -dijo Vampa levantando la mano con despreciativo ademán-, ¿acaso se devoran los lobos a sí mismos?

»-¿Quién eres? -preguntó el centinela.

»-Soy Luigi Vampa, el pastor de la quinta de San Felice.

»-¿Y qué es lo que quieres?

»-Hablar a tus compañeros que están en el bosque de RoccaBianca.

»-Entonces, sígueme -dijo el centinela-, o mejor, puesto que sabes el camino, marcha delante.

»Vampa se sonrió con aire de desprecio de aquella precaución del bandido, pasó delante con Teresa, y continuó su camino con el mismo paso tranquilo y firme que le había conducido hasta allí.

» Transcurridos cinco minutos, el bandido les hizo señas para que se detuviesen, y ambos jóvenes obedecieron. El centinela entonces imitó por tres veces el graznido del cuervo y un murmullo de voces respondió a esta triple llamada.

»-Bueno, ahora puedes continuar tu camino -dijo el bandido.

»Ambos jóvenes adelantáronse entonces, pero a medida que avanzaban, Teresa, cada vez más trémula y sobrecogida, se iba arrimando a Luigi, porque a través de los árboles veíanse aparecer hombres y relucir los cañones de sus escopetas.

»El bosque de Rocca-Bianca hallábase situado en la cumbre de un montecillo que antiguamente había sido un volcán, volcán extinguido antes que Rómulo y Remo hubiesen abandonado Alba para ir a fundar Roma.

»La pareja llegó a la cima y se encontraron cara a cara con veinte bandidos.

»-Aquí tenéis un joven que os busca -dijo el centinela.

»-¿Y qué quieres de nosotros? -preguntó el que hacía las veces de capitán en ausencia de éste.

»-Quiero deciros que estoy fastidiado de ser pastor -replicó Vampa.

»¡Ah! ¡Ya! -dijo el teniente-. ¿Y vienes a pedirnos que te alistemos en nuestra partida?

»-Bien venido seas -gritaron muchos bandidos de Ferrusino, de Pampinara y de Anagui que habían reconocido a Luigi Vampa.

»-Sí, pero vengo a pediros otra cosa más que ser vuestro compañero.

»-¿Y qué es? -dijeron los bandidos con asombro.

»-Vengo a pediros ser... vuestro capitán -dijo el joven con aire resuelto.

»Una estrepitosa carcajada contestó a este rasgo de audacia.

»-¿Y qué has hecho para aspirar a tal honor? -preguntó el teniente.

»-He matado a vuestro jefe Cucumetto, cuyos despojos tenéis a vuestra vista -dijo Luigi-, y he incendiado la quinta de San Felice para dar un traje de boda a mi novia.

»Una hora después Luigi Vampa era elegido capitán en reemplazo de Cucumetto.

-¡Y bien!, mi querido Alberto -dijo Franz, volviéndose hacia su amigo-. ¿Qué pensáis ahora del ciudadano Luigi Vampa?

-Digo que eso es mitológico y que jamás ha existido.

-¿Qué significa mitológico? -preguntó maese Pastrini.

-Sería largo de explicároslo, querido huésped -respondió Franz-. ¿Decís, pues, que el tal Vampa ejerce en este momento su profesión en los alrededores de Roma?

-Y con tanta habilidad, que jamás ha demostrado otro bandido antes que él.

-¿Y la policía no ha intentado apresarlo?

-Ya se ve que sí, pero está de acuerdo a un tiempo con los pastores de la llanura, los pescadores del Tíber y los contrabandistas de la costa. Quiere decir que lo buscan por la montaña y se está en el río; le persiguen por el río y le tenéis en alta mar. De pronto, cuando se le cree refugiado en la isla de El-Giglio, de El-Guanocetti o de Montecristo, se le ve aparecer en Albano, en Tívoli o en la Riccia.

-¿Y cuál es su proceder con respecto a los viajeros?

-¡Oh!, muy sencillo. Según la distancia en que esté de la ciudad, da de término ocho horas, doce, o un día para pagar su rescate. Transcurrido este tiempo concede todavía una hora; pasada ésta, si no tiene el dinero, hace saltar de un pistoletazo la tapa de los sesos del prisionero o le hunde un puñal en el corazón, y asunto terminado.

-¡Y bien, Alberto! -preguntó Franz a su compañero-, ¿estáis aún dispuesto a ir al Coliseo por los paseos exteriores?

-Sin duda -dijo Alberto-. ¿No habéis dicho que es el camino más pintoresco?

En aquel mismo instante dieron las nueve, la puerta se abrió y el cochero apareció en ella.

-Excelencia -dijo-, el coche os espera.

-Bien -dijo Franz-, en este caso, al Coliseo.

-¿Por la puerta del Popolo, o por las calles, excelencia?

-Por las calles, ¡qué diantre!, por las calles -exclamó Franz.

-¡Ah, amigo mío -dijo Alberto, levantándose a su vez y encendiendo el tercer cigarro-, a decir verdad os creía más valiente...

Dicho esto, los dos jóvenes bajaron la escalera y subieron al coche.




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