El conde de Montecristo: 4-08

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

El conde de Montecristo
Cuarta parte: El mayor Cavalcanti
Capítulo 8

de Alejandro Dumas


Capítulo octavo
Las actas del club

El señor Noirtier esperaba vestido de negro, instalado en un sillón.

Cuando hubieron entrado las tres personas a las que deseaba ver, miró a la puerta, que al punto cerró su criado.

-Cuidado -dijo Villefort en voz baja a Valentina, que no podía disimular su alegría-, cuidado, pues si el señor Noirtier quiere comunicaros algo que impida vuestro casamiento, debéis hacer como si no le comprendierais.

Valentina se sonrojó, pero no respondió.

Villefort se acercó a Noirtier.

-Aquí tenéis al señor Franz d'Epinay -le dijo-. Le habéis llamado, y al punto acude a vuestra llamada. Sin duda todos nosotros deseábamos esta entrevista hace mucho tiempo, y me alegraré de que os demuestre cuán poco fundada era vuestra oposición al casamiento de Valentina.

Noirtier no respondió sino por una mirada que hizo estremecer a Villefort.

Y con sus ojos hizo seña a Valentina de que se acercase.

En un momento, gracias a los medios de que se solía servir en las conversaciones con su abuelo, encontró la palabra llave.

Consultó entonces la mirada del paralítico, que estaba fija en el cajón de una cómoda colocada entre los dos balcones. Abrió el cajón y efectivamente encontró una llave.

Así que el anciano le hizo seña de que era lo que él pedía, los ojos del paralítico se dirigieron hacia un viejo buró, olvidado hacía muchos años, y que según todos creían no encerraba más que papeles inútiles.

-¿Queréis que abra el buró? -preguntó Valentina.

-Sí -dijo el anciano.

-Bien. Ahora, ¿abro los cajones?

-Sí.

-¿Los de ambos lados?

-No.

-¿El de en medio?

-Sí.

Valentina lo abrió y sacó un legajo de papeles.

-¿Es esto, abuelo, lo que queréis? -dijo.

-No.

Sacó nuevamente todos los demás papeles, hasta que no quedó uno solo en el cajón.

-¡Pero el cajón está vacío ya! -dijo la joven.

Los ojos de Noirtier se fijaron en el diccionario.

-Sí, abuelo, os comprendo -dijo la joven.

Y fue repitiendo una tras otra todas las letras del alfabeto hasta llegar a la S. En esta letra la detuvo Noirtier.

Abrió el diccionario y buscó hasta la palabra secreto.

-¡Ah! ¿Conque tiene un secreto? -dijo Valentina.

-Sí.

-¿Y quién lo conoce?

Noirtier miró a la puerta por donde había salido el criado.

-¿Barrois? -dijo Valentina.

-Sí -respondió Noirtier.

-¿Queréis que le llame?

-Sí.

La joven se dirigió a la puerta y llamó a Barrois.

Durante todo este tiempo, el sudor de la impaciencia bañaba la frente de Villefort, y Franz estaba estupefacto.

El antiguo criado entró en el aposento.

-Barrois -dijo Valentina-, mi abuelo me ha mandado que tome la llave que estaba en esta cómoda, que abriese con ella este secreter, y luego sacase este cajón. Ahora, pues, este cajón tiene un secreto, dice que vos lo conocéis; abridlo.

Barrois miró al anciano.

-Obedeced -dijo la inteligente mirada del anciano.

Barrois obedeció. Abrió un doble cajón que dejó al descubierto un paquete de papeles atado con una cinta negra.

-¿Es esto lo que deseáis, señor? -preguntó Barrois.

-Sí -respondió Noirtier.

-¿A quién he de entregar estos papeles? ¿Al señor de Villefort?

-No.

-¿A la señorita Valentina?

-No.

-¿Al señor Franz d'Epinay?

-Sí.

Franz, asombrado, se adelantó un paso.

-¿A mí, caballero? -dijo.

-Sí.

Franz recibió los papeles de manos de Barrois, y echando una mirada sobre la cubierta, leyó:

Para que se deposite después de mi muerte en casa de mi amigo el general Durand; quiero al morir legar estos papeles a su hijo, recomendándole que los conserve, pues son de la mayor importancia.

-¡Y bien! -dijo Franz-. ¿Qué queréis que haga yo con estos papeles, caballero?

-¡Que los conservéis cerrados como están! -respondió el procurador del rey.

-No, no -respondió vivamente Noirtier.

-¿Tal vez deseáis que el señor los lea? -preguntó Valentina.

-Sí -respondió el anciano.

-Ya lo oís, señor barón; mi abuelo os ruega que los leáis -repuso Valentina.

-Entonces, sentémonos -dijo Villefort con impaciencia-, por que esto durará cierto tiempo.

-Sentaos -dijo el anciano.

Hízolo así Villefort, pero Valentina permaneció en pie al lado de su abuelo, apoyada en su sillón, y Franz en pie delante de él.

Tenía en la mano el misterioso papel.

-Leed -dijeron los ojos del anciano.

Franz quitó la cinta y rompió el sobre. Un profundo silencio reinaba en la estancia. En medio de este silencio, leyó:

Extracto de las actas de una reunión del club bonapartista de la calle de Saint-Jacques, efectuada el 5 de febrero de 1815.

Franz se detuvo.

-¡El 5 de febrero de 1815 -dijo- fue el día que asesinaron a mi padre!

Valentina y Villefort permanecieron silenciosos, mas los ojos del anciano dijeron claramente:

-Continuad.

-¡Al salir de ese club fue asesinado mi padre...!

La mirada de Noirtier continuaba diciendo: Leed.

Y Franz prosiguió en estos términos:

«Los abajo firmantes, Luis Santiago Beaurepaire, teniente coronel de artillería; Esteban Duchampy, general de brigada, y Claudio Lecharpal, director de las aguas y de los bosques:

» Declaran que el 4 de febrero de 1815 llegó una carta de la isla de Elba recomendando a la bondad y a la confianza de los miembros del club bonapartista, al general Flavio de Quesnel, el cual, habiendo servido al emperador desde 1804 hasta 1814, debía ser adicto a la dinastía Bonapartista, a pesar del título de barón que Luis XVIII acababa de agregar a sus tierras de Epinay.

»De consiguiente, se dirigió un billete al general de Quesnel, en que se rogaba que asistiese a la reunión del 5.

»El billete no indicaba la calle ni el número de la casa donde se debía celebrar la reunión. No llevaba firma alguna, pero anunciaba al general que si quería, le irían a buscar a las nueve de la noche.

»Las reuniones tenían lugar de nueve a doce de la noche.

»A las nueve, el presidente del club se presentó en casa del general, que estaba pronto. El presidente le dijo que una de las condiciones de su entrada era que ignoraría el lugar de la reunión, y que se dejaría vendar los ojos, jurando que no procuraría quitarse la venda.

»El general Quesnel aceptó la condición, y prometió por su parte que no trataría de ver adónde le conducían.

»El general había hecho preparar su carruaje, pero el presidente le dijo que era imposible ir en él, ya que no servía de nada que le vendasen los ojos al amo, si el cochero permanecía con los ojos abiertos y reconocía las calles por donde iban a pasar...

»-¿Cómo haremos entonces? -inquirió el general.

»-Yo tengo mi carruaje -contestó el presidente.

»-¿Estáis seguro de vuestro cochero... para confiarle un secreto que juzgáis imprudente decir al amigo?

»-Nuestro cochero es un miembro del club -dijo el presidente-, seremos conducidos por un consejero de Estado.

»-Entonces, ¿corremos peligro de volcar? -dijo el general riendo.

»Consignamos esta broma para probar que el general no fue obligado a asistir a la reunión, sino que fue por su voluntad.

»Así que hubieron subido al carruaje, el presidente recordó al general la promesa que había hecho de dejarse vendar los ojos. El general no opuso ninguna resistencia. Un pañuelo negro y espeso, preparado ya en el carruaje, sirvió para ello.

»En el camino, el presidente creyó notar que el general procuraba mirar por debajo de su venda. Recordóle su juramento y el general respondió:

»-¡Ah, es cierto!

»El carruaje se detuvo delante de la calle de Saint-Jacques. El general bajó, apoyándose en el brazo del presidente, cuya dignidad ignoraba y a quien tomaba por un miembro del club. Atravesaron la calle, subieron un escalón y entraron en la sala de las deliberaciones.

»La sesión había empezado. Los miembros del club, prevenidos de la especie de presentación que debía tener lugar aquella noche se habían reunido todos. Así que llegó en medio de la sala, dijeron al general que podía quitarse la venda. Accedió a esta invitación, y pareció muy asombrado de encontrar un número tan crecido de fisonomías conocidas en una sociedad cuya existencia ignoraba hasta entonces.

»Le preguntaron acerca de sus sentimientos, pero limitóse a responder que las cartas de la isla de Elba los habrían enterado ya de...

Franz se interrumpió en la lectura.

-Mi padre era realista -dijo-. No tenían necesidad de preguntarle sobre sus sentimientos, harto conocidos eran.

-Y de allí -dijo Villefort- provenía mi estrecha alianza con vuestro padre, mi querido Franz. Fácilmente se forman íntimas amistades, cuando se profesan las mismas ideas.

-Leed -dijo el anciano con la mirada.

Franz continuó:

»El presidente tomó entonces la palabra para decirle al general que se explicase con más claridad, pero el señor de Quesnel respondió que, ante todo, deseaba saber qué era lo que querían de él.

»Entonces le hablaron de aquella misma carta de la isla de Elba que le recomendaba al club como hombre con quien podían contar. Un párrafo entero explicaba la vuelta probable de la isla de Elba, y prometía una nueva carta y detalles más amplios a la llegada del Faraón, buque perteneciente al naviero Morrel de Marsella, y cuyo capitán pertenecía en cuerpo y alma al emperador.

»Mientras duró esta lectura, el general, con quien habían creído contar como un hermano, dio señales visibles de disgusto y repugnancia.

»Terminada la lectura, se quedó silencioso y frunció las cejas.

»-!Y bien! -preguntó el presidente-, ¿qué decís de esta carta, señor general?

»-Digo que hace muy poco tiempo que se ha prestado juramento al rey Luis XVIII para violarlo ya en beneficio del ex emperador.

»Esta vez era demasiado clara la respuesta para poder dudar de sus sentimientos.

»-General -dijo el presidente-, para nosotros no hay rey Luis XVIII ni ex emperador. No hay más que la Majestad.

»El emperador y rey, alejado después de seis meses de Francia por la violencia y la traición.

»-Perdonad, señores -dijo el general-, puede ser muy bien que para vosotros no haya rey Luis XVIII, mas para mí lo hay, puesto que me ha hecho barón y mariscal de campo, y que nunca olvidaré que esos títulos los debo a su regreso a Francia.

»-¡Caballero! -dijo el presidente con tono grave y poniéndose en pie-, mirad lo que decís; vuestras palabras nos demuestran que se equivocan respecto a vos en la isla de Elba, y que nos han engañado. La comunicación que él os ha hecho se basa en la confianza que se tenía de vos, y por consiguiente sobre un sentimiento que os honra. Ahora veo que padecemos un error: un título y un grado os hacen que seáis adicto al nuevo gobierno que todos queremos derribar. No os obligaremos a que nos prestéis vuestra ayuda. No obligamos a nadie contra su voluntad, pero os obligaremos a obrar como caballero, aunque a ello no estéis dispuesto.

»-¡Vos llamáis ser caballero a conocer vuestra conspiración y no revelarla!, pues yo llamo a eso ser vuestro cómplice. Ya veis que soy mucho más franco que vosotros...

-¡Ah!, ¡padre mío! -dijo Franz interrumpiéndose-, ahora comprendo por qué lo asesinaron.

Valentina no pudo menos de arrojar una mirada a Franz. El joven estaba realmente hermoso y arrogante en su entusiasmo filial.

Villefort se paseaba de un lado a otro detrás de él.

Noirtier seguía con los ojos la expresión de cada uno de los hombres y conservaba su actitud digna y severa.

Franz volvió al manuscrito y continuó:

»-Caballero -dijo el presidente-, se os dijo que fuerais al seno de la asamblea, no se os obligó por la fuerza, se os propuso que os vendaríais los ojos, vos aceptasteis. Cuando accedisteis a esta doble demanda, sabíais perfectamente que no nos ocupábamos de asegurar el trono de Luis XVIII, pues a ser así no habríamos tomado tantas precauciones para ocultarnos a los ojos de la policía. Ahora ya comprendéís que nada es más fácil que cubrirse de una máscara, con ayuda de la cual se sorprenden los secretos de las personas, y quitársela después para perder a los que se han fiado de vos. No, no; vais a contestar francamente si estáis por el rey que actualmente reina o por Su Majestad el emperador.

»-Yo soy realísta -respondió el general-, he prestado juramento a Luis XVIII y lo cumpliré.

»A estas palabras siguió un murmullo general, y en las miradas de la mayor parte de los miembros del club era fácil conocer que todos tenían vivos deseos de hacer que el señor d'Epinay se arrepintiera de sus imprudentes palabras.

»El presidente se levantó de nuevo e impuso silencio.

»-Caballero -le dijo-, sois hombre demasiado grave y sensato para no comprender las consecuencias de la situación en que nos hallamos los unos respecto a los otros y vuestra misma franqueza nos dicta las condiciones que hemos de imponer. Vais a jurar por vuestro honor no revelar nada de lo que habéis oído.

»El general llevó la mano a la espalda y exclamó:

»-Si habláis de honor, empezad por conocer sus leyes y no impongáis nada por la violencia.

»-Y vos, caballero -continuó el presidente con una calma más terrible que la cólera del general-, no llevéis la mano a vuestra espada. Es un consejo que quiero daros.

»El general dirigió a su alrededor unas miradas que demostraban cierta inquietud.

»Sin embargo, no dio su brazo a torcer, al contrario, reuniendo toda su fuerza, dijo:

»-No juraré.

»-Entonces moriréis, caballero -respondió tranquilamente el presidente.

»El señor d'Epinay palideció. Miró por segunda vez a su alrededor. La mayor parte de los miembros cuchicheaban y buscaban armas bajo sus capas.

»-General -dijo el presidente-, sosegaos, estáis entre personas de honor, que procurarán por todos los medios convenceros antes de recurrir al último extremo, pero también vos lo habéis dicho, estáis entre conspiradores, sabéis nuestro secreto y es preciso que nos lo devolváis.

»Un silencio significativo siguió a estas palabras, y en vista de que el general no respondía, dijo el presidente a los porteros:

»-Cerrad esas puertas.

»El mismo silencio de muerte sucedió a estas palabras.

»Entonces el general se adelantó y haciendo un violento esfuerzo sobre sí mismo, dijo:

»-Tengo un hijo, y no puedo menos de pensar en él al hallarme entre asesinos.

»-General -dijo con nobleza el jefe de la asamblea-, un hombre solo tiene siempre derecho a insultar a cincuenta, tal es el privilegio de la debilidad. Pero hacéis mal en usar de ese derecho. Creedme, general, jurad y no nos insultéis.

»El general, dominado por aquella superioridad del jefe de la asamblea, vaciló un instante, pero al fin, adelantándose hacia la mesa del presidente, preguntó:

»-¿Cuál es la fórmula?

»-Esta es:

»Juro por mi honor no revelar jamás a nadie en el mundo, lo que he visto y oído el cinco de febrero de mil ochocientos quince, entre nueve y diez de la noche, y declaro merecer la muerte si violo mi juramento.

» El general pareció sufrir una convulsión nerviosa que le impidió responder durante algunos segundos. Al fin, con repugnancia manifiesta, pronunció el juramento exigido, pero con una voz tan baja que apenas se oyó, así que muchos miembros exigieron que lo repitiese en voz más alta y más clara. El lo hizo así.

»-Ahora deseo retirarme -dijo el general-. ¿Estoy ya libre?

»El presidente se levantó y designó a tres miembros de la asamblea para que le acompañasen, y subió al carruaje con el general, después de haberle vendado los ojos.

»En el número de estos tres miembros figuraba el cochero que los había conducido.

»Los otros miembros del club se separaron en silencio.

»_¿Dónde queréis que os conduzcamos? -preguntó el presidente.

»-A cualquier parte, con tal que me vea libre de vuestra presencia -fue la respuesta de d'Epinay.

»-Caballero -repuso entonces el presidente-, os advierto que ahora no estamos en la asamblea, y que estáis frente a hombres solos. No los insultéis si no queréis tenerles que dar una satisfacción del insulto.

»Pero en lugar de comprender este lenguaje, el señor d'Epinay respondió:

»-Sois tan valientes en vuestro carruaje como en el club, por la sencilla razón de que cuatro hombres son más fuertes que uno solo.

»El presidente mandó que se detuviese el carruaje.

»En aquel momento, estaban junto al muelle de Ormes, frente a la escalera que conduce al río.

»-¿Por qué mandáis detener aquí? -preguntó el general d'Epinay.

»-Porque habéis insultado a un hombre -dijo el presidente-, y este hombre no quiere dar un paso sin pediros lealmente una reparación.

»-¡Otro modo de asesinar! -dijo el general encogiéndose de hombros.

»-Nada de miedo, caballero -contestó el presidente-, si no queréis que os mire como a uno de esos hombres que designabais hace poco, es decir, como a un cobarde que toma por escudo su debilidad. Estáis solo, un hombre solo os responderá. Tenéis una espada al lado, y yo tengo una en este bastón. No tenéis testigo, uno de estos señores lo será de vos. Ahora, si queréis, podéis quitaros la venda.

El general arrancó en seguida el pañuelo que le cubría los ojos.

»-Al fin-dijo-, voy a conocer a mi antagonista.

»Abrieron la portezuela. Los cuatro hombres bajaron...

Franz se interrumpió de nuevo. Enjugóse un sudor frío que corría por su frente. Era, en efecto, espantoso ver a aquel hijo tembloroso y pálido, leer en alta voz los detalles ignorados hasta entonces de la muerte de su padre. Valentina cruzó las manos como si orase interiormente. Noirtier miraba a Villefort con una expresión casi sublime de desprecio y de orgullo.

Franz prosiguió:

»Era, como hemos dicho, el cinco de febrero. Hacía tres días que había helado a cinco o seis grados. La escalera estaba enteramente cubierta de hielo. El general era grueso y alto, el presidente le ofreció el lado del pasamanos para bajar.

»Los dos testigos los seguían.

»Hacía una noche muy oscura, el terreno de la escalera estaba húmedo y resbaladizo por el hielo. Detuviéronse en la mitad de la escalera, en una grande superficie cubierta enteramente de nieve no derretida.

»Uno de los testigos fue a buscar una linterna a una barca de carbón, y al resplandor de esta linterna examinaron las armas.

»La espada del presidente era cinco pulgadas más corta que la de su adversario y no tenía guarnición.

»El general d'Epinay propuso que echaran suertes sobre las dos espadas, pero el presidente respondió que él era quien había provocado, y que al provocarles dijo que cada cual se sirviera de sus armas.

»Los testigos insistieron. El presidente les impuso silencio.

»Pusieron en el suelo la linterna. Los dos adversarios se colocaron uno a cada lado... y el combate empezó.

»La luz hacía brillar siniestramente las dos espadas; en cuanto a los hombres, apenas se les veía, tan densa era la oscuridad.

»El general d'Epinay pasaba por uno de los mejores espadachines del Ejército. Pero se vio tan vivamente atacado a los primeros golpes, que retrocedió y al hacerlo cayó.

»Los testigos le creyeron muerto, pero su adversario, que sabía que no le había tocado, le ofreció la mano para ayudarle a levantarse. Esta circunstancia, en lugar de calmarle, irritó al general, que atacó a su adversario con una furia terrible.

»Pero su adversario no retrocedió siquiera un paso. Recibióle con un quite que hizo retroceder al general, pues se vio comprometido. Dos veces volvió a la carga y a la tercera cayó de nuevo.

»Los testigos creyeron que había resbalado como la primera vez; sin embargo, como no se levantaba, se acercaron a él y procuraron ponerle en pie, pero el que le había cogido por la cintura para levantarle sintió bajo su mano un calor húmedo. Era sangre.

»El general, que estaba medio desvanecido, recobró sus sentidos.

»-¡Ah! -dijo-, me han enviado algún espadachín, algún profesor de regimiento.

»El presidente, sin responder, se acercó al testigo que sostenía la linterna, y levantando su manga mostró su brazo atravesado por dos heridas, y desabrochando su levita y su chaleco, mostró el pecho cubierto de sangre por una tercera herida.

»Y sin embargo, no había arrojado ni tan siquiera un ligero suspiro.

»El general d'Epinay, tras una agonía que duró un cuarto de hora, expiró...»

Franz leyó estas últimas palabras con una voz tan ahogada, que, apenas pudieron oírlas, y después de haberlas leído, se detuvo, pasando una mano por sus ojos, como para disimular una nube.

Pero, después de una pausa, prosiguió:

»-El presidente subió la escalera, después de haber introducido su espada en su bastón. Un reguero de sangre iba señalando su camino sobre la nieve. Aún no había subido toda la escalera, cuando oyó un ruido sordo en el agua. Era el cuerpo del general que los testigos acababan de precipitar al río, tras haberse cerciorado de que estaba muerto.

»El general ha sucumbido, pues, en un duelo leal, y no en una emboscada, como después habría de sospecharse.

»En fe de lo cual hemos firmado el presente documento para establecer la verdad de los hechos, temiendo que llegue un momento en que alguno de los actores de esta escena terrible sea acusado de asesinato con premeditación, o de haberse salido de las leyes del honor.

»Firmado, BEAUREPAIRE, DUCH AMPY, LECHARPAL. »

Cuando Franz hubo terminado esta lectura tan terrible para un hijo, y Valentina, pálida de emoción, se enjugó una lágrima; cuando Villefort, temblando en un rincón, hubo tratado de conjurar la tempestad por medio de miradas suplicantes dirigidas al implacable anciano, dijo Franz a Noirtier:

-Caballero, puesto que vos sabéis esa terrible historia con todos sus detalles, puesto que la habéis hecho atestiguar por firmas honrosas, puesto que, en fin, parecéis interesaros por mí, no me rehuséis una gracia: decidme el nombre del presidente del club, conozca yo al que mató a mi pobre padre.

Villefort buscó maquinalmente el pestillo de la puerta. Valentina, que había comprendido antes que nadie la respuesta del anciano, y que varias veces había visto en su brazo dos cicatrices, retrocedió horrorizada.

-¡En nombre del cielo, señorita -dijo Franz dirigiéndose a su prometida-, unid vuestros ruegos a los míos, para que yo sepa el nombre del que me dejó huérfano a los dos años de edad!

Valentina permaneció inmóvil y silenciosa.

-Mirad, caballero -dijo Villefort-, creedme, no prolonguéis esta terrible escena. Los nombres han sido ocultados a propósito. Mi padre no conoce tampoco a ese presidente, y si lo conoce, no lo podría decir, pues los nombres propios no están en ese diccionario.

-¡Oh, desgraciado! -exclamó Franz-, la única esperanza que me ha sostenido durante toda esta lectura, y que me ha dado fuerzas para llegar hasta el fin, era saber el nombre del que mató a mi padre. ¡Señor, señor! -exclamó volviéndose hacia Noirtier-, ¡en nombre del cielo!, haced lo que podáis..., intentad indicarme el nombre de...

-Sí -dijo Noirtier.

-¡Oh, señorita, señorita! -exclamó Franz-, vuestro abuelo ha hecho señas de que podía indicarme... ese nombre... Ayudadme... Vos lo comprendéis..., prestadme vuestro auxilio...

Noirtier miró al diccionario.

Franz pronunció temblando las letras del alfabeto.

Noirtier le detuvo con una mirada significativa en la Y griega.

-¿La Y griega? -preguntó Franz.

Aproximó el diccionario, y el dedo del joven iba apuntando todas las palabras que empezaban con Y griega.

Valentina ocultaba la cabeza entre sus manos.

Aquí Franz llegó a la palabra... Yo...

-¡Sí, eso es! -afirmó el anciano con una mirada llena de nobleza.

-¿Vos, vos...? -exclamó Franz, cuyos cabellos se erizaron de horror-. ¿Vos, señor Noirtier, vos sois quien mató a mi padre..., vos...?

-Sí -repuso Noírtier, fijando en el joven una segunda y majestuosa mirada.

Franz cayó anonadado sobre un sillón.

Villefort abrió la puerta y salió por ella rápidamente, porque no deseaba arrancar aquel resto de existencia que quedaba aún en el corazón del terrible anciano.




El conde de Montecristo de Alejandro Dumas

Primera Parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19 - 20 - 21 - 22 - 23
Segunda parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17
Tercera parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10
Cuarta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9
Quinta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19