El conde de Montecristo: 3-01

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El conde de Montecristo
Tercera parte: Extrañas coincidencias
Capítulo 1

de Alejandro Dumas


Capítulo primero
El almuerzo

-¿Qué clase de personas esperáis? -repuso Beauchamp.

-Un hidalgo y un diplomático -repuso Alberto.

-Pues entonces esperaremos dos horas cortas al hidalgo y dos horas largas al diplomático. Volveré a los postres. Guardadme fresas, café y cigarros, comeré una tortilla en la Cámara.

-No hagáis eso, Beauchamp, pues aunque el hidalgo fuese un Montmorency y el diplomático un Metternich, almorzaremos a las once en punto. Mientras tanto, haced lo que Debray: probad mi Jerez y mis bizcochos.

-Está bien, me quedo. En algo hemos de pasar la mañana.

-Bien, lo mismo que Debray. Sin embargo, yo creo que cuando el ministerio está triste, la oposición debe estar alegre.

-¡Ah! No sabéis lo que me espera. Esta mañana oiré un discurso del señor Danglars en la Cámara de los Diputados y esta noche, en casa de su mujer, una tragedia de un par de Francia. Llévese el diablo al gobierno constitucional y puesto que podíamos elegir, no sé cómo hemos elegido éste.

-Me hago cargo, tenéis necesidad de hacer acopio de alegría.

-No habléis mal de los discursos del señor Danglars -dijo Debray-, vota por vos y hace la oposición.

-Ahí está el mal. Así, pues, espero que le enviéis a discurrir al Luxemburgo para reírme de mejor gana.

-Amigo mío -dijo Alberto a Beauchamp-, bien se conoce que los asuntos de España se han arreglado. Estáis hoy con un humor insufrible. Acordaos de que la Crónica parisiense habla de un casamiento entre la señorita Eugenia Danglars y yo. No puedo, pues, en conciencia, dejaros hablar mal de la elocuencia de un hombre que deberá decirme un día: <Señor vizconde, ¿sabéis que doy dos millones a mi hija? »

-Creo -dijo Beauchamp- que ese casamiento no se efectuará. El rey ha podido hacerle barón, podrá hacerle par, pero no lo hará caballero, el conde de Morcef es un valiente demasiado aristocrático para consentir, mediante dos pobres millones, en una baja alianza. El vizconde de Morcef no debe casarse sino con una marquesa.

-Dos millones... no dejan de ser una bonita suma -repuso Morcef.

-Es el capital social de un teatro de boulevard o del ferrocarril del Jardín Botánico en la Rapée.

-Dejadle hablar, Morcef -repuso Debray- y casaos. Es lo mejor que podéis hacer.

-Sí, sí, creo que tenéis razón, Luciano -respondió tristemente Alberto.

-Y además, todo millonario es noble como un bastardo, es decir, puede llegar a serlo.

-¡Callad! No digáis eso, Debray -replicó Beauchamp riendo-, porque ahí tenéis a Chateau Renaud, que, para curaros de vuestra manía, os introducirá por el cuerpo la espada de Renaud de Montauban, su antepasado.

-Haría mal -respondió Luciano-, porque yo soy villano, y muy villano.

-¡Bueno! -exclamó Beauchamp-, aquí tenemos al ministerio cantando el Beranger; ¿dónde vamos a parar, Dios mío?

-¡El señor de Chateau Renaud! ¡El señor Maximiliano Morrel! -dijo el criado, anunciando a dos nuevos invitados.

-Ya estamos todos, mas si no me equivoco, ¿no esperaban más que dos personas?

-¡Morrel! -exclamó Alberto sorprendido-, ¡Morrel! ¿Quién será ese señor?

Pero antes de que hubiese terminado de hablar, el señor de Chateau Renaud estrechaba la mano a Alberto.

-Permitidme, amigo mío -le dijo-, presentaros al señor capitán de spahis, Maximiliano Morrel, mi amigo, y además mi salvador. Por otra parte, él se presenta bien por sí mismo; saludad a mi héroe, vizconde.

Y se retiró a un lado para descubrir a aquel joven alto y de noble continente, de frente ancha, mirada penetrante, negros bigotes, a quien nuestros lectores recordarán haber visto en Marsella, en una circunstancia demasiado dramática para haberla olvidado. En su rico uniforme medio francés, medio oriental, hacía resaltar la cruz de la Legión de Honor.

El joven oficial se inclinó con elegancia; Morrel era elegante en todos sus movimientos, porque era fuerte.

-Caballero -dijo Alberto con una política afectuosa-, el señor barón de Chateau Renaud sabía de antemano el placer que me causaría al presentaros. Sois uno de sus amigos, caballero, sedlo, pues, también nuestro.

-Muy bien -dijo el barón de Chateau Renaud-, y desead, mi querido vizconde, que si llega el caso, haga por vos lo que ha hecho por mí.

-¿Y qué ha hecho? -inquirió Alberto.

-¡Oh! -dijo Morrel-, no vale la pena hablar de ello, y el señor exagera las cosas.

-¡Cómo! ¡Que no vale la pena! ¡Conque la vida no vale nada...! Bueno, que digáis eso por vos, que exponéis vuestra vida todos los días, pero por mí, que la expongo por casualidad...

-Lo más claro que veo en esto es que el señor capitán Morrel os ha salvado la vida...

-Sí, señor; eso es -dijo Chateau Renaud.

-¿Y en qué ocasión? -preguntó Beauchamp.

-¡Beauchamp, amigo mío, habéis de saber que me muero de hambre! --dijo Debray-, no empecéis con vuestras historias.

-¡Pues bien!, yo no impido que vayamos a almorzar, yo... Chateau Renaud nos lo contará en la mesa.

-Señores -dijo Morcef-, todavía no son más que las diez y cuarto, aún tenemos que esperar a otro convidado.

-¡Ah!, es verdad, un diplomático -replicó Debray.

-Un diplomático, o yo no sé lo que es. Lo que sé es que por mi cuenta le encargué de una embajada que ha terminado tan bien y tan a mi satisfacción, que si fuese rey, le hubiese hecho al instante caballero de todas mis órdenes, incluyendo las del Toisón de Oro y de la Jarretera.

-Entonces, puesto que no nos sentamos a la mesa -dijo Debray-, servios una botella de Jerez como hemos hecho nosotros, y contadnos eso, barón.

-Ya sabéis todos que tuve el capricho de ir a Africa.

-Ese es un camino que os han trazado vuestros antecesores, mi querido Chateau Renaud -respondió con galantería Morcef.

-Sí; pero dudo que fuese, como ellos, para libertar el sepulcro de Jesucristo.

-Tenéis razón, Beauchamp -repuso el joven aristócrata-; era sólo para dar un golpe, como aficionado. El duelo me repugna, como sabéis, desde que dos testigos, a quienes yo había elegido para arreglar cierto asunto, me obligaron a romper un brazo a uno de mis mejores amigos... ¡Diantre...!, a ese pobre Franz d'Epinay, a quien todos conocéis.

-¡Ah!, sí, es verdad -dijo Debray-, os habéis batido en tiempo de... ¿de qué?

-¡Que el diablo me lleve si me acuerdo! -dijo Chateau Renaud-. De lo que me acuerdo bien es de que no queriendo dejar dormir mi talento, quise probar en los árabes unas pistolas nuevas que me acababan de regalar. De consiguiente, me embarqué para Orán, desde Orán fui a Constantina y llegué justamente para ver levantar el sitio.

Me puse en retirada como los demás. Por espacio de cuarenta y ocho horas sufrí con bastante valor la lluvia del día y la nieve de la noche, en fin, a la tercera mañana mi caballo se murió de frío. ¡Pobre animal! ¡Acostumbrado a las mantas y a las estufas de la cuadra!, un caballo árabe que murió sólo al encontrar diez grados de frío en Arabia.

-Por eso me queríais comprar mi caballo inglés -dijo Debray-, suponéis que sufrirá mejor el frío que vuestro árabe.

-Estáis en un error, porque he hecho voto de no volver más al Africa.

-¿Conque tanto miedo pasasteis? -preguntó Beauchamp.

-¡Oh!, sí, lo confieso -respondió Chateau Renaud-, y había de qué tenerlo. Mi caballo había muerto, yo me retiraba a pie, seis árabes vinieron a galope a cortarme la cabeza, maté a dos con los tiros de mi escopeta, y otros dos con mis dos pitolas, pero aún quedaban dos y estaba desarmado. El uno me agarró por los cabellos; por eso ahora los llevo cortos; nadie sabe lo que puede suceder; el otro me rodeó el cuello con su yatagán. Y ya sentía el frío agudo del hierro, cuando el señor que veis aquí cargó sobre ellos, mató al que me cogía de los cabellos de un pistoletazo y partió la cabeza al que se disponía a cortar la mía, de un sablazo. Este caballero se había propuesto salvar a un hombre aquel día, y la casualidad quiso que fuese yo. Cuando sea rico, mandaré hacer a Klayman o a Morocheti una estatua a la Casualidad.

-Sí -dijo sonriendo Morrel-, era el 5 de septiembre, es decir, el aniversario de un día en que mi padre fue milagrosamente salvado; así, pues, siempre que esté en mi mano, celebro todos los años ese día con una acción...

-Heroica, ¿no es verdad? -interrumpió Chateau Renaud-. En fin, yo fui el elegido, pero aún no es eso todo. Después de salvarme del hierro me salvó del frío, dándome, no la mitad de su capa, como hizo San Martín, sino dándomela entera, y después aplacó mi hambre partiendo conmigo, ¿no adivináis el qué...?

-¿Un pastel de casa de Félix? -preguntó Beauchamp.

-No; su caballo, del que cada cual comimos un pedazo con gran apetito, aunque era un poco duro...

-¿El caballo? -inquirió Morcef.

-No; el sacrificio -respondió Chateau Renaud-. Preguntad a Debray si sacrificaría el suyo inglés por un extranjero.

-Por un extranjero, seguro que no -dijo Debray-; por un amigo, tal vez.

-Supuse que juzgaríais como yo -dijo Morrel-, por otra parte, ya he tenido el honor de decíroslo, heroísmo o no, sacrificio o no, yo debía una ofrenda a la mala fortuna, en premio a los favores que nos había dispensado otras veces la buena.

-Esa historia a que se refiere el señor Morrel -continuó Chateau Renaud- es una curiosa historia que algún día os relatará cuando hayáis trabado más íntimo conocimiento. Por hoy pensemos en alimentar el estómago y no la memoria. ¿A qué hora almorzáis, Alberto?

-Alas diez y media.

-¿En punto? -preguntó Debray sacando su reloj.

-¡Oh!, me concederéis los cinco minutos de gracia -dijo Morcef-, puesto que también yo estoy esperando a un salvador.

-¿De quién?

-De mí, ¡qué diantre! -respondió Morcef-. ¿Creéis que a mí no me puedan salvar como a cualquier otro y que sólo los árabes cortan la cabeza? Nuestro almuerzo es un almuerzo filantrópico, y tendremos en nuestra mesa a dos bienhechores de la humanidad.

-¿Cómo lo haremos? -dijo Debray-; solamente tenemos un premio Montyon.

-¡Pues bien!, se le dará al que nada haya hecho -dijo Beauchamp-. De este modo, en la Academia podrán salir del apuro.

-¿Y de dónde viene? -preguntó Debray-. Dispensad que insista, ya habéis respondido a esta pregunta, pero muy vagamente.

-En realidad -dijo Alberto-, no lo sé. Cuando le invité hace tres meses, estaba en Roma; pero después, ¿quién puede saber dónde ha ido a parar?

-¿Y le creéis capaz de ser puntual? -preguntó Debray.

-Le creo capaz de todo -respondió Morcef.

-Cuidado, que ya no faltan más que diez minutos, contando los cinco de gracia.

-Pues bien, los aprovecharé para deciros unas palabras acerca de mi invitado.

-Perdonad -dijo Beauchamp-, ¿hay materia para un folletín en lo que vais a contar?

-Sí, seguramente -dijo Morcef-, y de los más curiosos.

-Entonces, ya podéis hablar.

-Estaba yo en Roma en el último Carnaval...

-Esto ya lo sabemos -dijo Beauchamp.

-Sí, pero lo que no sabéis es que fui raptado por unos bandidos.

-¡Pero si no hay bandidos! -dijo Debray.

-Sí que los hay, y capaces de asustar a cualquiera.

-Veamos, mi querido Alberto -dijo Debray-, confesad que vuestro cocinero se tarda mucho, que las ostras aún no han llegado de Marennes o de Ostende, y que siguiendo el ejemplo de Maintenon, queréis sustituir el plato por un cuento. Decidlo, querido, franqueza tenemos para perdonaros y paciencia para escuchar vuestra historia, por fabulosa que parezca a primera vista.

-Y yo os digo que, por fabulosa que sea, os la cuento por verdadera desde el principio hasta el fin. Habiéndome raptado los bandidos, me condujeron a un lugar muy triste, que se llama las Catacumbas de San Sebastián.

-Ya conozco el sitio -dijo Chateau Renaud-; me faltó poco para coger allí la fiebre.

-Y yo -dijo Morcef- la tuve realmente. Me anunciaron que estaba prisionero y me pedían por mi rescate una miseria, cuatro mil escudos romanos, veintiséis mil libras francesas. desgraciadamente no tenía más que mil quinientas; me hallaba al fin de mi viaje y mi crédito se había concluido. Escribí a Franz. ¡Y por Dios!, aguardad, al mismo Franz podéis preguntarle si miento. Escribí a Franz que si no llegaba a las seis de la mañana con los cuatro mil escudos, a las seis y diez minutos me habría ido a reunir con los bienaventurados santos y los gloriosos mártires, en compañía de los cuales tendría el honor de encontrarme, y Luigi Vampa, éste era el nombre del jefe de los bandidos, hubiera cumplido escrupulosamente su palabra.

-¿Pero llegó Franz con los cuatro mil escudos? -dijo Chateau Renaud-. ¡Qué diantre!, ni Franz d'Espinay ni Alberto de Morcef pueden verse apurados por cuatro mil escudos.

-No; llegó simplemente acompañado del convidado que os anuncio y que espero presentaros.

-¡Ah!, ya. ¿Pero era ese hombre un Hércules matando a Caco, o un Perseo salvando a Andrómeda?

-No; es un poco más o menos de mi estatura.

-¿Armado hasta los dientes?

-No llevaba arma alguna.

-¿Pero trató de vuestro rescate?

-Dijo dos palabras al oído del jefe y fui puesto en libertad.

-Le daría excusas por haberos preso -dijo Beauchamp.

-Exacto -respondió Morcef.

-¡Pero era Ariosto ese hombre!

-No; era el conde de Montecristo.

-¿Se llama el conde de Montecristo? -inquirió Debray.

-No creo -añadió Chateau Renaud, con la sangre fría de un hombre que tiene en la punta de los dedos la nobleza europea-, que haya en parte alguna un conde de Montecristo.

-Puede ser que venga de la Tierra Santa -dijo Beauchamp-, alguno de sus ascendientes habrá poseído el Calvario, como los Montemar el Mar Muerto.

-Perdonad -dijo Maximiliano-, pero creo que voy a arrojar luz sobre el asunto. Señores, Montecristo es una pequeña isla, de que he oído hablar muchas veces a los marinos que empleaba mi padre, un grano de arena en medio del Mediterráneo, en fin, un átomo en el infinito.

-Exactamente -dijo Alberto-. ¡Pues bien! De ese grano de arena, de ese átomo, es señor y rey ése de quien os hablo; habrá comprado su título de conde en alguna parte de Toscana.

-¿Será muy rico vuestro conde?

-¡Muchísimo!

-Se notará en el aspecto, supongo.

-Os engañáis, Debray.

-No os comprendo.

-¿Habéis leído las Mil y una noches?

-¡Vaya pregunta!

-Pues bien, ¿sabéis si las personas que allí se ven son ricas o pobres? ¿Si sus granos de trigo no son de rubíes o de diamantes? Tienen el aire de miserables pescadores, ¿no es esto? Los tratáis como a tales, y de pronto, os abren alguna caverna misteriosa, en donde os encontráis un tesoro que basta para comprar la India.

-¿Y qué?

-¿Y habéis visto esa caverna, Morcef? -preguntó Beauchamp.

-Yo no, Franz... Pero silencio, es preciso no decir una palabra de esto delante de él. Franz ha bajado allí con los ojos vendados, y ha sido servido por mudos y por mujeres, al lado de las cuales, a lo que parece, no hubiese sido nada Cleopatra. Por lo que se refiere a las mujeres, no está muy seguro, puesto que no entraron hasta después que hubo tomado el hachís, de suerte que podrá suceder que lo que ha creído mujeres fuesen estatuas.

Los jóvenes miraron a Morcef, como queriendo decir:

-Querido, ¿os habéis vuelto loco, o queréis burlaros de nosotros?

-En efecto -dijo Morrel pensativo-, yo he oído contar a un viejo llamado Fenelón, alguna cosa parecida a lo que ha dicho el señor de Morcef.

-¡Ah! -dijo Alberto-, me alegro de que el señor de Morrel venga en mi ayuda. Esto os contraría, ¿verdad?, tanto mejor...

-Dispensadme, mi querido amigo -dijo Debray-, pero nos contáis unas cosas tan inverosímiles...

-¡Ah, es porque vuestros embajadores, vuestros cónsules no os hablan! No tienen tiempo, es preciso que incomoden a sus compatriotas que viajan.

-¡Ah! He aquí por lo que nos incomodáis culpando a nuestras pobres gentes. ¿Y con qué queréis que os protejan? La Cámara les rebaja todos los días sus sueldos hasta que los deje sin nada. ¿Queréis ser embajador, Alberto? Yo os haré nombrar en Constantinopla.

-No, porque el Sultán, a la primera demostración que hiciera en favor de Mohamed-Alí, me envía el cordón, y mis secretarios me ahorcarían.

-¿Lo veis? -dijo Debray.

-Sí; pero todo ello no es obstáculo para que exista mi conde de Montecristo.

-¡Por Dios! Todo el mundo existe: ¿Qué tiene eso de particular?

-Todo el mundo existe, sin duda, pero no en condiciones semejantes. ¡No todo el mundo tiene esclavos negros, armas a la Casauba, caballos de seis mil francos, damas griegas!

-¿Habéis tenido ocasión de ver a la dama griega?

-Sí, la he visto y oído. La he visto en el teatro del Valle y la he oído un día que almorzaba en casa del conde.

-¿Come acaso ese hombre extraordinario?

-Si come, es tan poco, que no vale la pena de hablar de ello.

-Ya veréis como es un vampiro.

-Podéis burlaros si queréis. Esta era la opinión de la condesa de G..., que como sabéis ha conocido a lord Ruthwen.

-¡Ah, muy bien! --dijo Beauchamp-. Aquí tenemos para un hombre que no es periodista, la cuestión de la famosa serpiente de mar del Constitutionnel; ¡un vampiro, eso es estupendo!

-Ojo de color leonado, cuya pupila disminuye y se dilata según su voluntad ---dijo Debray-, aire sombrío, frente magnífica, tez lívida, barba negra, dientes largos y agudos y modales desenvueltos.

-Y bien, eso es justamente -dijo Alberto-, y las señas están trazadas perfectamente. Sí, política aguda e incisiva. Este hombre me ha dado miedo muchas veces, y un día entre otros que presenciábamos juntos una ejecución, creí que iba a ponerme malo, más bien de verle y oírle hablar fríamente sobre todos los suplicios de la tierra, que de ver al verdugo cumplir su oficio y oír los gritos del condenado.

-¿No os condujo a las ruinas del Coliseo para ver correr la sangre, Morcef? -preguntó Beauchamp.

-Y después de haber deliberado, ¿no os ha hecho firmar algún pergamino de color de fuego, por el cual le cedáis vuestra alma como Esaú su derecho de primogenitura? -dijo Debray.

-¡Burlaos, burlaos lo que queráis, señores! -dijo Morcef un poco amoscado-. Cuando os miro a vosotros, bellos parisienses, habitantes del Boulevard de Gante, paseantes del bosque de Boulogne, y me acuerdo de ese hombre, me parece que no somos de la misma especie.

-¡Yo me lisonjeo de ello! -dijo Beauchamp.

-Siempre será -añadió Chateau Renaud- vuestro conde de Montecristo un hombre galante en sus ratos de ocio, prescindiendo de esos pequeños arreglos con los bandidos italianos.

-¡Ya no hay bandidos italianos! -dijo Debray.

-¡Ni vampiros! -añadió Beauchamp.

-Ni conde de Montecristo -respondió Debray-. Aguardad, querido Alberto, que son las diez y media.

-Confesad que habéis tenido una pesadilla, y vamos a almorzar -dijo Beauchamp.

Pero aún no se había extinguido la vibración del reloj, cuando se abrió la puerta y Germán anunció:

-¡Su excelencia, el conde de Montecristo!

Todos los presentes, a pesar suyo, hicieron un gesto que denotaba la preocupación que la relación de Morcef había dejado en sus almas. Alberto mismo no pudo contener una emoción súbita. No se había oído ni carruaje en la calle, ni pasos en la antesala. La puerta misma se había abierto sin hacer ruido.

El conde apareció en el dintel, vestido con la mayor sencillez, pero el elegante más exquisito no hubiese encontrado nada que reprender en su traje. Todo era de un gusto delicado, todo salía de las manos de los más elegantes proveedores; vestidos, sombrero y ropa blanca.

Apenas aparentaba treinta y cinco años de edad, y lo que admiró a todos fue su extrema semejanza con el retrato que de él había trazado Debray.

El conde se adelantó sonriendo y se dirigió en derechura a Alberto, quien saliéndole al encuentro, le ofreció la mano con prontitud.

-La puntualidad -dijo el conde de Montecristo- es la política de los reyes, según ha dicho, creo, uno de vuestros soberanos. Pero cualquiera que sea su buena voluntad, no es siempre la de los viajeros. Sin embargo, espero, mi querido vizconde, que me disculparéis en favor de mis buenos deseos, los dos o tres segundos que he tardado a la cita. Quinientas leguas no se recorren sin algún contratiempo, particularmente en Francia, donde está prohibido, según parece, dar prisa a los postillones.

-Señor conde -respondió Alberto-, estaba anunciando vuestra visita a algunos amigos míos, que he reunido hoy contando con la promesa que tuvisteis a bien hacerme, y que tengo el honor de presentaros. Son los señores, Conde de Chateau Renaud, cuya nobleza proviene de los Doce Pares, y cuyos antepasados ocuparon un puesto en la Mesa Redonda; el señor Luciano Debray, secretario particular del Ministro del Interior; Beauchamp, enérgico periodista, terror del gobierno francés. No habréis jamás oído hablar de él en Italia, donde no permiten la entrada de su periódico; en fin, el señor Maximiliano Morrel, capitán de spahis.

Al oír este nombre, el conde, que hasta entonces había saludado cortésmente, pero con una frialdad y una impasibilidad inglesa, dio, a pesar suyo, un paso hacia adelante, y un leve tabor tiñó por breves instantes sus pálidas mejillas.

-¿El señor lleva el uniforme de los nuevos vencedores franceses? -dijo él-; es un bonito uniforme.

No habría podido decirse cuál era el sentimiento que daba a la voz del conde una vibración tan profunda, y que hacía brillar, a pesar suyo, su mirada tan expresiva cuando no había motivo para ello.

-¿No habéis visto jamás a nuestros africanos, caballero? -dijo Alberto.

-Nunca -replicó el conde, repuesto ya por completo de su sorpresa.

-Pues bien, bajo ese uniforme late un corazón de los más valientes y nobles del ejército.

-¡Oh!, señor conde -interrumpió Morrel.

-Dejadme hablar, capitán... Además -continuó Alberto-, acabamos de enterarnos de una acción tan heroica que, aunque lo haya visto hoy por la primera vez, reclamo de él el favor de presentárosle como amigo mío.

Aún se hubiera podido notar en estas palabras en el conde de Montecristo, esa mirada fija, ese tabor fugitivo, y el ligero temblor del párpado que denotaba la emoción que sentía.

-¡Ah!, el señor tiene un corazón noble -dijo el conde-, ¡tanto mejor!

Esta especie de exclamación, que respondía al pensamiento del conde, más bien que a lo que acababa de decir Alberto, sorprendió a todo el mundo, y sobre todo a Morrel, que miró a Montecristo con admiración. Pero al mismo tiempo, el acento era tan suave, que por extraña que fuese esta exclamación, no había medio de incomodarse por ella.

-¿Por qué había de dudar? -dijo Beauchamp a Chateau Renaud.

-En verdad -respondió éste, quien con su trato de mundo y su mirada aristocrática había penetrado en Montecristo todo lo que se podía penetrar en él-, en verdad, que Alberto no nos ha engañado, y que es un personaje singular el conde, ¿qué decís vos, Morrel?

-Por mi vida -dijo éste-, tiene la mirada franca y la voz simpática, de manera que me agrada a pesar de la extraña reflexión que acaba de hacerme.

-Señores -dijo Alberto-, Germán me anuncia que estamos servidos. Mi querido conde, permitidme indicaros el camino.

Pasaron silenciosamente al comedor. Cada uno ocupó su sitio.

-Señores -dijo el conde sentándose-, permitidme que os haga una confesión, que será mi disculpa por todas las faltas que pueda cometer: soy extranjero, pero hasta tal extremo, que es la vez primera que vengo a París. Las costumbres francesas me son particularmente desconocidas, y no he practicado bastante hasta ahora, sino las costumbres orientales, las más contrarias a las buenas tradiciones parisienses. Os suplico, pues, que me excuséis si encontráis en mí algo de turco, de napolitano o de árabe. Dicho esto, señores, almorcemos.

-Por lo que ha dicho -murmuró Beauchamp-; es, desde luego, un gran señor.

-Un gran señor extranjero -añadió Debray.

-Un gran señor de todos los países, señor Debray -dijo Chateau Renaud.

Como hemos dicho, el conde era un convidado bastante sobrio. Alberto se lo hizo observar, atestiguando el temor que desde el principio tuvo de que la vida parisiense no agradase al viajero en su parte más material, pero al mismo tiempo más necesaria.

-Querido conde -dijo-, temo que la cocina de la calle de Helder no os agrade tanto como la de la plaza de España. Hubiera debido preguntaros vuestro gusto, y haceros preparar algunos platos que os agradasen.

-Si me conocieseis mejor -respondió sonriéndose el conde-, no os preocuparíais por un cuidado casi humillante para un viajero como yo, que ha pasado sucesivamente con los macarrones en Nápoles, la polenta en Milán, la olla podrida en Valencia, el arroz cocido en Constantinopla, el karri en la India y los nidos de golondrinas en China. No hay cocina para un cosmopolita como yo. Como de todo y en todas partes, únicamente que como poco, y hoy que os quejáis de mi sobriedad, estoy en uno de mis días de apetito, porque desde ayer por la mañana no había comido.

-¡Cómo! ¿Desde ayer por la mañana? -exclamaron los convidados-, ¿no habéis comido desde hace veinticuatro horas?

-No -respondió Montecristo-, tuve que desviarme de mi ruta y tomar algunos informes en las cercanías de Nimes, de manera que me retrasé un poco y no he querido detenerme.

-¿Y habéis comido en vuestro carruaje? -preguntó Morcef.

-No, he dormido, como me ocurre cuando me aburro, sin valor para distraerme, o cuando siento hambre sin tener ganas de comer.

-¿Pero mandáis en vuestro sueño, señor? -preguntó Morrel.

-Casi.

-¿Tenéis receta para ello?

-Una receta infalible.

-He aquí lo que sería bueno para nosotros, los africanos, que no siempre tenemos qué comer y rara vez qué beber -dijo Morrel.

-Sí -dijo Montecristo-, desgraciadamente mi receta, excelente para un hombre como yo, que lleva una vida excepcional, sería muy peligrosa aplicada a un ejército que no se despertaría cuando se tuviese necesidad de él.

-¿Y se puede saber cuál es la receta? -preguntó Debray.

-¡Oh! Dios mío, sí -dijo Montecristo-, no hago secreto de ello, es una mezcla de un excelente opio que he ido a buscar yo mismo a Cantón, para estar seguro de obtenerlo puro, y del mejor hachís que se cosecha en Oriente, es decir, entre el Tigris y el Eufrates. Se reúnen estos dos ingredientes en proporciones iguales y se hace una especie de píldoras, que se tragan cuando hay necesidad. Diez minutos más tarde producen el efecto. Preguntad al barón Franz d'Epinay, pues creo que él lo ha probado un día.

-Sí -respondió Morcef-, me ha dicho algunas palabras sobre ello, y ha guardado al mismo tiempo un recuerdo muy agradable.

-Pero -dijo Beauchamp, quien en su calidad de periodista era muy incrédulo-, ¿lleváis esas drogas con vos?

-Constantemente -respondió Montecristo.

-¿Sería indiscreción el pediros ver esas preciosas píldoras? -exclamó Beauchamp, creyendo poner al conde en un aprieto.

-No, señor -respondió el conde, y sacó de su bolsillo una maravillosa cajita incrustada en una sola esmeralda, y cerrada por una rosca de oro, que desatornillándose, daba paso a una bolita de color verdoso y del tamaño de un guisante. Esta bola tenía un color ocre y olor penetrante. Había cuatro o cinco iguales en la esmeralda, y podía contener hasta una docena.

La cajita fue pasando de mano en mano por todos los invitados, más para examinar esta admirable esmeralda que para ver o analizar las píldoras.

-¿Es vuestro cocinero quien os prepara este manjar? -inquirió Beauchamp.

-No, no, señor -dijo Montecristo-, yo no entrego mis goces reales como éste a merced de manos indignas. Soy bastante buen químico, y preparo las píldoras yo mismo.

-Es una esmeralda admirable, y la más gruesa que he visto jamás, aunque mi madre tiene algunas joyas de familia bastante notables -dijo Chateau Renaud.

-Tenía tres iguales -respondió Montecristo-, he dado una al Gran Señor, que la ha hecho engarzar en su espada; otra a nuestro Santo Padre el Papa, que la hizo incrustar en su mitra, frente a otra esmeralda casi parecida, pero menos hermosa, sin embargo, que había sido regalada a su predecesor por el emperador Napoleón. He guardado la tercera para mí, y la he hecho ahuecar, lo que le ha quitado la mitad de su valor, pero es más cómoda para el uso a que he querido destinarla.

Todos contemplaban a Montecristo con admiración. Hablaba con tanta sencillez, que era evidente que decía la verdad o que estaba loco; sin embargo, la esmeralda que había quedado entre sus manos hacía que se inclinasen hacia la primera suposición.

-¿Y qué os dieron esos dos hombres a cambio de tan magnífico regalo? -preguntó Debray.

-El Gran Señor, la libertad de una mujer -respondió el conde-; nuestro Santo Padre el Papa, la vida de un hombre. De suerte que, una vez en mi vida, he sido tan poderoso como si Dios me hubiese hecho nacer en las gradas de un trono.

-Y es a Pepino a quien habéis libertado, ¿no es verdad? -exclamó Morcef-. ¿Es en él en quien habéis hecho aplicación de vuestro derecho de gracia?

-Tal vez -dijo Montecristo sonriendo.

-Señor conde, no podéis formaros una idea del placer que experimento al oíros hablar así -dijo Morcef-. Os había anunciado a mis amigos como un hombre fabuloso, como un mago de las Mil y una noches, como un nigromántico de la Edad Media; pero los parisienses son tan sutiles y materiales, que toman por capricho de la imaginación las verdades más indiscutibles, cuando estas verdades no entran en todas las condiciones de su existencia cotidiana. Por ejemplo, aquí tenéis a Debray y Beauchamp, que leen, todos los días, que han sorprendido y han robado en el boulevard a un miembro del Jockey Club que se retiraba tarde, que han asesinado a cuatro personas en la calle de Saint-Denis, o en el arrabal de Saint-Germain; que han apresado diez, quince o veinte ladrones, sea en un café del boulevard del Temple, o en San Julián; que disputan la existencia de los bandidos de Marennes del campo de Roma, o de las lagunas Pontinas. Decidles, pues, vos mismo, os lo suplico, señor conde, que he sido raptado por esos bandidos, y que sin vuestra generosa intercesión esperaría hoy probablemente la resurrección eterna en las catacumbas de San Sebastián, en lugar de darles una comida en mi casita de la calle de Helder.

-¡Bah! -dijo Montecristo-, me habíais prometido no hablarme nunca de ese asunto.

-No soy yo, señor conde -exclamó Morcef-, es algún otro a quien habéis hecho el mismo servicio que a mí y al que confundiréis conmigo.

-Os ruego que hablemos de otra cosa -dijo el conde de Montecristo-, porque si continuáis hablando de esta circunstancia, puede ser que me digáis, no solamente un poco de lo que sé, sino algo de lo que ignoro. Pero me parece -añadió sonriendo-, que habéis representado en todo este asunto un papel bastante importante para saber tan bien como yo lo que ha pasado.

-¿Queréis prometerme, si digo todo lo que sé -dijo Morcef-, decirme luego lo que vos sepáis?

El conde respondió:

-De acuerdo.

-Pues bien -replicó Morcef-, aunque padezca mi amor propio, he de decir que me creí durante tres días objeto de las atenciones de una máscara, a quien yo juzgué alguna descendiente de las Julias o de las Popeas, entretanto que era pura y sencillamente objeto de las coqueterías de una contadina, y observad que digo contadina por no decir aldeana. Lo que sé es que, como un inocente, más inocente aún que de quien yo hablaba ahora, tomé por esta aldeana a un joven bandido de quince a dieciséis años, imberbe, de talle delicado, quien en el momento en que quería propasarme hasta depositar un beso en sus castos hombros, me puso una pistola en el pecho, y con la ayuda de siete a ocho de sus compañeros, me condujeron, o mejor dicho, me arrastraron, al fondo de las catacumbas de San Sebastián, donde encontré al jefe de los bandidos, por cierto, tan instruido que leía los Comentarios del César, y que se dignó interrumpir su lectura para decirme, que si al día siguiente a las seis de la mañana no entregaba cuatro mil escudos, al día siguiente a las seis y cuarto habría dejado de existir. La carta obra en poder de Franz, firmada por mí, con una postdata de Luigi Vampa. Si dudáis de ello, escribo a Franz, el cual hará legalizar las firmas. Hasta aquí, todo lo que sé. Lo que yo no sé ahora es cómo fuisteis, señor conde, a infundir tanto respeto a los bandidos de Roma, que respetan tan pocas cosas. Os confieso que Franz y yo nos quedamos sorprendidos.

-Es muy sencillo -respondió el conde-, yo conocía al famoso Vampa hacía más de diez años. Muy joven, cuando era pastor, un día que le di una moneda de oro por haberme enseñado mi camino, me dio, para no deberme nada, un puñal tallado por él y que habréis visto en mi colección de armas. Más tarde, sea que hubiese olvidado este cambio de regalos o que no me hubiese reconocido, intentó robarme, pero fui yo, al contrario, quien le apresé a él y a una docena de los suyos. Podía entregarle a la justicia romana, que es ejecutiva, y que lo hubiera sido aún más con ellos, pero no hice nada. Lo solté con sus compañeros.

-Pero con la condición de que no robarían ya más -dijo el periodista riendo-. Veo con placer que han cumplido escrupulosamente su palabra.

-No, señor -respondió Montecristo-, con la simple condición de que me respetaría a mí y a los míos. Lo que voy a deciros se os antojará extraño a vosotros, señores socialistas, progresistas, humanitaristas, y es que yo no me ocupo nunca de mi prójimo, no procuro nunca proteger a la sociedad que no me protege, y diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí, sino para perjudicarme, y retirándoles mi estimación y guardando la neutralidad frente a ellos, es aún la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento.

-¡Sea en buena hora! -exclamó Chateau Renaud-. He aquí el primer hombre intrépido a quien he oído predicar leal y francamente el egoísmo, es hermoso esto: ¡Bravo, señor conde!

-Por lo menos es franco -dijo Morrel-, pero estoy seguro que el señor conde no se habrá arrepentido de haber faltado alguna vez a los principios que, sin embargo, acaba de exponernos de una manera tan absoluta.

-¿Cómo que he faltado a esos principios? -inquirió Montecristo, que de vez en cuando no podía dejar de mirar a Maximiliano con tanta atención que ya dos o tres veces el atrevido joven había bajado los ojos delante de la mirada fija y penetrante del conde.

-Me parece -respondió Morrel-, que libertando al señor de Morcef, a quien no conocíais, servíais a vuestro prójimo y a la sociedad.

-De la cual constituye su ornato más preciado -dijo gravemente Beauchamp, vaciando de un solo sorbo un vaso de champán.

-Señor conde -exclamó Morcef-, estáis cogido, a pesar de ser uno de los más sólidos argumentadores que conozco, y se os va a demostrar que, lejos de ser un egoísta, sois, al contrario, un filántropo.

-¡Ah, señor conde! Vos os llamáis oriental, levantino, malayo, indio, chino, salvaje, os llamáis Montecristo por vuestro nombre de familia, Simbad el Marino por vuestro nombre de pila y al poner el pie en París, poseéis por instinto el mayor mérito o el mayor defecto de nuestros excéntricos parisienses, es decir, que usurpáis los vicios que no tenéis, y que ocultáis las virtudes que os adornan.

-Mi querido vizconde -repuso Montecristo-, no veo en todo lo que he dicho o hecho, una sola palabra que me valga por vuestra parte y la de estos señores el pretendido elogio que acabo de recibir. Vos no sois un extraño para mí, porque os conocía, os había cedido dos habitaciones, dado de almorzar, prestado uno de mis carruajes, porque habíamos visto pasar las máscaras juntos en la calle del Corso, y porque habíamos presenciado desde una ventana de la plaza del Popolo aquella ejecución que os causó tan fuerte impresión. Ahora bien, pregunto a estos señores, ¿podía yo dejar a mi huésped en manos de esos infames bandidos, como vos los llamáis? Además, vos lo sabéis, el salvador tenía una segunda intención, que era servirme de vos para introducirme en los salones de París cuando viniese a visitar Francia. Algún tiempo habéis podido considerar esta resolución como un proyecto vago y fugitivo, pero hoy, bien lo veis, es una realidad, a la cual es menester someteros, so pena de faltar a vuestra palabra.

-Y he de cumplirla -dijo Morcef-, pero temo que quedéis descontento, mi querido conde. Vos que estáis acostumbrado a los grandes parajes, a los acontecimientos pintorescos, a los horizontes fantásticos. Nosotros no conocemos el menor episodio del género de aquellos a que os ha acostumbrado vuestra vida aventurera. Nuestro Chimborazo es Montmartre, nuestro Himalaya es el Mont-Valerien, nuestro gran desierto es la llanura de Grenelle, en que hay algún que otro pozo para que las caravanas encuentren agua. Entre nosotros hay ladrones, pero de esos ladrones que temen más a un muchacho del pueblo que a un gran señor; en fin, Francia es un país tan prosaico, y París una ciudad tan civilizada, que no encontraréis en nuestros ochenta y cinco departamentos, digo ochenta y cinco, porque exceptúo Córcega, no hallaréis en nuestros ochenta y cinco departamentos la menor montaña en que no haya un telégrafo y la menor gruta, por lóbrega que sea, en que un comisario de policía no haya hecho poner el gas. Sólo un servicio puedo prestaros, mi querido conde, y es presentaros por todas partes, o haceros presentar por mis amigos, pero vos no tenéis necesidad de nadie para eso, con vuestro nombre, vuestra fortuna y vuestro talento (Montecristo se inclinó con una sonrisa ligeramente irónica), os podéis presentar sin necesidad de nadie, y seréis bien recibido de todo el mundo. En realidad, únicamente puedo serviros en una cosa: si alguna de las costumbres de la vida Parisiense, alguna experiencia, algún conocimiento de nuestros bazares pueden recomendarme a vos, me pongo a vuestra disposición para buscaros una casa de las mejores. No me atrevo a proponeros que compartáis conmigo mi habitación, tal como hice yo en Roma con la vuestra, yo que no profeso el egoísmo, pero que soy egoísta por excelencia, no podría tolerar en mi cuarto ni una sombra, a no ser la de una mujer.

-¡Ah!, ésa es una reserva conyugal. En efecto, en Roma me dijisteis algo acerca de un casamiento..., debo felicitaros por vuestra próxima felicidad.

-La cosa sigue en proyecto, señor conde.

-Y quien dice proyecto -dijo Debray-, quiere decir inseguridad.

-¡No! ¡No! -dijo Morcef-, mi padre está empeñado, y yo espero antes de poco presentaros, si no a mi mujer, por lo menos a mi futura esposa, la señorita Eugenia Danglars.

-¡Eugenia Danglars! -respondió el conde de Montecristo--, aguardad, ¿no es su padre el barón Danglars?

-Sí -respondió Alberto-, pero barón de nuevo cuño.

-¡Oh, qué importa! -respondió Montecristo-, si ha prestado al Estado servicios que le hayan merecido esa distinción.

-¡Oh!, enormes -dijo Beauchamps-. Aunque liberal en el alma, completó en 1829 un empréstito de seis millones para el rey Carlos X, que le ha hecho barón y caballero de la Legión de Honor, de modo que lleva su cinta, no en el bolsillo del chaleco, como pudiera creerse, sino en el ojal del frac.

-¡Ah! -dijo Alberto riendo-, Beauchamp, Beauchamp, guardad eso para el Corsario y el Charivari, pero delante de mí, no habléis así de mi futuro suegro.

Luego dijo, volviéndose hacia Montecristo:

-¡Pero hace poco habéis pronunciado su nombre como si conocierais al barón!

-No le conocía -respondió el conde de Montecristo-, pero no tardaré en conocerle, puesto que tengo un crédito abierto sobre él por la casa de Richard y Blount de Londres, Arstein y Estelus, de Viena, y Thompson y French, de Roma.

Y al pronunciar estas palabras, Montecristo miró de reojo a Maximiliano.

Si el extranjero había esperado que sus palabras produjeran algún efecto en Maximiliano Morrel, no se había engañado. Maximiliano se estremeció como si hubiese recibido una conmoción eléctrica.

-Thompson y French -dijo-, ¿conocéis esa casa, caballero?

-Son mis banqueros en la capital del mundo cristiano -respondió el conde-, ¿puedo serviros de algo respecto a esos señores?

-¡Oh!, señor conde, podríais ayudarnos en unas pesquisas que hasta ahora han sido infructuosas. Esa casa prestó hace tiempo un gran servicio a la nuestra, y no sé por qué siempre negó que lo hubiera hecho.

-Estoy a vuestras órdenes, caballero -respondió Montecristo inclinándose.

-Pero -dijo Alberto-, nos hemos apartado de la conversación que teníamos respecto a Danglars. Se trataba de buscar una buena habitación al conde de Montecristo. Veamos, señores, pensemos, ¿dónde alojaremos a este nuevo habitante de París?

-En el barrio de Saint-Germain -dijo Chateau Renaud-, este caballero encontrará allí una casa encantadora entre patio y jardín.

-¡Bah! -dijo Debray-, no conocéis más que vuestro triste barrio de Saint-Germain; no le escuchéis, señor conde; buscad casa en la Chaussée d'Antin, éste es el verdadero centro de París.

-En el Boulevard de la Opera -dijo Beauchamp-, en el piso principal, una casa con dos balcones. El señor conde hará llevar a ella almohadones de terciopelo bordados de plata, y fumando en pipa o tragando sus píldoras, verá desfilar ante sus ojos a toda la capital.

-Y vos, Morrel, ¿no tenéis idea? ¿No proponéis nada? -dijo Chateau Renaud.

-Claro que sí -dijo sonriendo el joven-, al contrario, tengo una, pero esperaba que el señor conde siguiese algunas de las brillantes proposiciones que acaban de hacerle. Ahora, como no ha respondido, creo poder ofrecerle una habitación en una casa encantadora, a la Pompadour, que mi hermana alquiló hace un año en la calle de Meslay.

-¿Tenéis una hermana? -preguntó Montecristo.

-Sí, señor; una excelente hermana, por cierto.

-¿Casada?

-Pronto hará nueve años.

-¿Dichosa? -preguntó de nuevo el conde.

-Tan dichosa como puede serlo una criatura humana -respondió Maximiliano-. Se ha casado con el hombre que amaba, el cual nos ha sido fiel en nuestra mala fortuna: Manuel Merbant.

Montecristo se sonrió de un modo imperceptible.

-Vivo allí mientras estoy aquí -continuó Maximiliano-, y estoy con mi cuñado Manuel a la disposición del señor conde, para todo lo que precise.

-Un momento -exclamó Alberto antes que Montecristo hubiese podido responder-, cuidado con lo que hacéis, señor Morrel, vais a hacer entrar a un viajero, a Simbad el Marino, en la vida de familia. Vais a convertir en patriarca a un hombre que ha venido para ver París.

-¡Oh!, no -respondió Morrel sonriendo-, mi hermana tiene veinticinco años, mi cuñado treinta, son jóvenes, alegres y dichosos; por otra parte, el señor conde estará en su casa y no encontrará a sus huéspedes síno cuando quiera bajar a verlos.

-Gracias, señor, muchas gracias -dijo Montecristo-. Me encantaría que me presentaseis a vuestra hermana y cuñado, si gustáis hacerme este honor; pero no he aceptado la oferta de ninguno de estos señores porque tengo ya mi habitación preparada.

-¡Cómo! -exclamó Morcef-, vais a ir a una fonda, eso no sería propio de vuestra categoría.

-¿Tan mal estaba en Roma? -preguntó Montecristo.

-Qué diantre, en Roma -dijo Morcef- gastasteis cincuenta mil piastras para haceros amueblar una habitación, pero presumo que no estáis dispuesto a repetir todos los días un gasto semejante.

-No es eso lo que me ha detenido -respondió Montecristo-, pero estaba resuelto a tener una casa en París, una casa mía, se entiende. Envié de antemano a mi criado, y ya ha debido habérmela comprado y amueblado.

-Pero ese criado no conoce París -exclamó Beauchamp.

-Es la primera vez, como yo, que viene a Francia, caballero; es negro y no habla -dijo Montecristo.

-¿Entonces es Alí? -preguntó Alberto en medio de la sorpresa general.

-Sí, señor, es Alí, mi nubio, mi mudo, el que habéis visto en Roma, según creo.

-Sí, me acuerdo perfectamente -dijo Morcef.

-¿Pero cómo habéis encargado a un nubio que os comprara una casa en París, y a un mudo hacerla amueblar? Harán las cosas al revés.

-Desengañaos, estoy seguro de que todas las cosas las ha hecho a gusto mío, porque bien sabéis que mi gusto no es el de todos los demás. Ha llegado hace ocho días, habrá recorrido toda la ciudad con ese instinto que podría tener un buen perro cazador. Conoce mis caprichos, mis necesidades, todo lo habrá organizado a mi placer. Sabía que yo había de llegar hoy a las diez, me esperaba desde las nueve en la barrera de Fontainebleau, me entregó este papel. En él están escritas las señas de mi casa, mirad, leed -y Montecristo entregó un papel a Alberto.

-Campos Elíseos, número 30 -leyó Morcef.

-¡Ah! ¡Eso sí que es original! -no pudo menos de exclamar Beauchamp.

-¡Cómo! ¿Aún no sabéis dónde está vuestra casa? -preguntó Debray.

-No -dijo Montecristo-, ya os he dicho que quería llegar puntual a la cita. Me he vestido en mi carruaje y me he apeado a la puerta del vizconde.

Los jóvenes se miraron. No sabían si era una comedia representada por el conde de Montecristo, pero todo cuanto salía de su boca tenía un carácter tan original, tan sencillo, que no se podía suponer que estuviera mintiendo. ¿Y por qué había de mentir?

-Preciso será contentarnos -dijo Beauchamp- con prestar al señor conde todos los servicios que estén en nuestra mano; yo, como periodista, le ofrezco la entrada en todos los teatros de París.

-Muy agradecido, caballero -dijo sonriéndose Montecristo-, pero es el caso que mi mayordomo ha recibido ya la orden de abonarme a todos ellos.

-¿Y vuestro mayordomo es también algún mudo? -preguntó Debray.

-No, señor, es un compatriota vuestro, si es que un corso puede ser compatriota de alguien, pero vos le conocéis, señor de Morcef.

-¿Sería tal vez aquel valeroso Bertuccio, tan hábil para alquilar balcones?

-El mismo. Y le visteis el día en que tuve el honor de almorzar en vuestra compañía. Es todo un hombre, tiene un poco de soldado, de contrabandista, en fin, de todo cuanto se puede ser. Y no juraría que no haya tenido algún altercado con la policía..., una fruslería, por no sé qué cuchilladas de nada.

-¿Y habéis escogido a ese honrado ciudadano para ser vuestro mayordomo? ¿Cuánto os roba cada año?

-Menos que cualquier otro, estoy seguro -contestó el conde-; pero hace mi negocio, para él no hay nada imposible, y por eso le tengo a mi servicio.

-Entonces -dijo Chateau Renaud-, ya tenéis la casa puesta, poseéis un palacio en los Campos Elíseos, criados, mayordomo, no os falta sino una esposa.

Alberto se sonrió, pensaba en la hermosa griega que había visto en el palco del conde en el teatro Valle y en el teatro Argentino.

-Tengo algo mejor -dijo Montecristo-, tengo una esclava. Vosotros alabáis a vuestras señoras del teatro de la Opera, del Vaudeville, del de Varietés, mas yo he comprado la mía en Constantinopla, me ha costado bastante cara, pero ya no tengo necesidad de preocuparme de nada.

-Sin embargo, ¿olvidáis -dijo riendo Debray-, que somos, como dijo el rey Carlos, francos de nombre, francos de naturaleza, y que en poniendo el pie en tierra de Francia, el esclavo es ya libre?

-¿Y quién se lo ha de decir? -preguntó el conde.

-El primero que llegue.

-Sólo habla romaico.

-¡Ah!, eso es otra cosa.

-¿Pero la veremos al menos? -preguntó Beauchamp-; teniendo un mudo, tendréis también eunucos.

-¡No, a fe mía! -dijo Montecristo-, no llevo el orientalismo hasta tal punto. Todos los que me rodean pueden dejarme, y no tienen necesidad de mí ni de nadie. He ahí la razón, quizá, de por qué no me abandonan.

Al cabo de mucho rato, pasado en los postres y en fumar, Debray dijo levantándose:

-Son las dos y media, vuestro convite ha sido delicioso, mas no hay compañía, por buena que sea, que no sea preciso dejar, y aún algunas veces, por otra peor; es necesario que vuelva a mi ministerio. Hablaré del conde al ministro, será menester que sepamos quién es.

-Andad con cuidado -dijo Morcef-, los más atrevidos han renunciado a hacerlo.

-¡Bah!, tenemos tres millones para nuestra policía. Es verdad que casi siempre se gastan antes, pero no importa. Siempre quedan unos cincuenta mil francos.

-¿Y cuando sepáis quién es, me lo comunicaréis?

-Os lo prometo. Adiós, Alberto. Señores, servidor vuestro.

Y al salir Debray exclamó muy alto en la antesala:

-Daos prisa.

-¡Bien! -dijo Beauchamp a Alberto-, no iré a la Cámara, pero tengo que ofrecer a mis lectores algo mejor que un discurso de Danglars.

-Hacedme un favor, Beauchamp; ni una palabra, os lo suplico, no me quitéis el mérito de presentarle y de explicarle. ¿No es cierto que es curioso?

-Es mucho mejor que eso -respondió Chateau Renaud-, es realmente uno de los hombres más extraordinarios que he visto en mi vida. ¿Venís, Morrel?

-Aguardad, voy a dar una tarjeta al conde, que me ha prometido hacerme una visita, calle Meslay, número 14.

-Estad seguro de que no faltaré -dijo el conde inclinándose.

Y Maximiliano Morrel salió con el barón de Chateau Renaud, dejando solos a Montecristo y Morcef.




El conde de Montecristo de Alejandro Dumas

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Segunda parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17
Tercera parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10
Cuarta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9
Quinta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19