El conde de Montecristo: 5-02

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El conde de Montecristo
Quinta parte: La mano de Dios
Capítulo 2

de Alejandro Dumas


Capítulo segundo
La fractura

Al día siguiente, el conde de Montecristo marchó efectivamente a Auteuil con Alí, con muchos criados y con los caballos que quería probar. La llegada de Bertuccio, que volvía de Normandía, con noticias de la casa y de la corbeta, determinó este viaje, en el que el conde no pensaba la víspera.

La casa estaba dispuesta y la corbeta hacía ocho días que se hallaba al ancla en una rada pequeña después de haber cumplido con las formalidades exigidas, y pronta a darse de nuevo a la vela. El conde alabó el celo de Bertuccio. Le dijo que se preparase a partir pronto, pues su permanencia en Francia podría durar un mes.

-Ahora -le dijo- puede que me sea necesario ir en una noche desde París a Treport; quiero ocho relevos de caballos en el camino, para poder recorrer las cincuenta millas en diez horas.

-Vuestra excelencia me había manifestado ya este deseo -respondió Bertuccio-, y los caballos están prontos, los he comprado yo mismo, y los he colocado en los sitios más cómodos, es decir, en pueblecitos retirados, donde generalmente no pasa nadie.

-Está bien -dijo Montecristo-, quédate aquí un día o dos.

Cuando Bertuccio iba a salir para dar las órdenes correspondientes a consecuencia de la conversación que había tenido con su amo, Bautista abrió la puerta y se presentó con una carta en la mano.

-¿Qué traéis? -le preguntó el conde, al verle llegar cubierto de polvo-. No os he llamado, según creo.

Bautista, sin responder, se acercó al conde y le entregó la carta.

-Importante y urgente -dijo.

El conde la abrió y leyó lo siguiente:

«Señor de Montecristo: Debe saber que esta misma noche se introducirá furtivamente un hombre en su casa de los Campos Elíseos para sustraer varios documentos que cree están encerrados en el secreter que se halla en el gabinete de vestir. Se sabe que el señor de Montecristo tiene bastante corazón para no recurrir a la intervención de la policía, lo que podría comprometer grandemente a la persona que le da este aviso. El señor conde puede tomar sus precauciones, esconderse en el gabinete y hacerse justicia por su propia mano. Precauciones ostensibles o un aumento de criados, alejarían ciertamente al malhechor, y harían perder al señor de Montecristo la ocasión de conocer un enemigo que la casualidad ha hecho descubrir a la persona que le da este aviso, el cual ya no tendría ocasión de renovar, en el caso de que, saliendo con éxito el malhechor de esta primera tentativa, intentase otra.»

El primer impulso del conde fue creer que se trataba de un burdo lazo tendido por los ladrones, que señalaban un mediano peligro para exponerle a otro mucho mayor. Lo primero que pensó fue enviar la carta a un comisario de policía, a pesar de la recomendación, y quizás a causa de ella misma, cuando de repente se le presentó la idea de que podría ser un enemigo particular a quien sólo él conociese, y en este caso nadie más que él podía sacar partido de esto, como había hecho Fieschi con el moro que quiso asesinarle.

Ya conocen al conde nuestros lectores y es inútil decirles que las dificultades no lo abatían y la vida que había vivido y su resolución de no retroceder ante el peligro le habían dado ocasión de saborear los goces desconocidos a los demás hombres, goces que encontraba en la lucha que muchas veces sostenía contra la naturaleza, que es Dios, y contra el mundo, que puede muy bien llamarse el diablo.

-No quieren robarme mis papeles -pensó Montecristo-, quieren matarme. No son ladrones, son asesinos. No quiero que el prefecto de policía se mezcle en mis asuntos particulares. Soy bastante rico para poder excusarme de ser gravoso en esto a su presupuesto.

El conde llamó a Bautista, que había salido después de entregarle la carta.

-Ahora mismo vais a París, y haréis venir a todos mis criados, les necesito en Auteuil.

-¿Y no queda ninguno en la casa, señor conde? -preguntó Bautista.

-Sí, el portero.

-Reflexionad, señor conde, que hay mucha distancia desde la portería a la casa.

-¡Y bien!

-Que podrían robarlo todo sin que el portero oyese el menor ruido.

-¿Y quién?

-¿Quién? Los ladrones.

-Sois un tonto, señor Bautista. Si me robasen cuanto hay en casa me importaría menos que si me faltase lo más mínimo en mi servicio tal cual lo quiero.

Bautista hizo un profundo saludo.

-¿Me habéis comprendido? Que todos vuestros compañeros vengan con vos. Lo dejaréis todo como de costumbre y únicamente tendréis cuidado de cerrar las ventanas del piso bajo.

-¿Y las del primero?

-Sabéis que nunca se cierran; ahora podéis marchar.

El conde advirtió que comería solo, y que no quería le sirviera la comida otro criado más que Alí.

Comió con la tranquilidad acostumbrada y cuando terminó, hizo seña a Alí de que le siguiese. Salió por una puerta pequeña que daba al bosque de Bolonia y como si fuese a dar un paseo, tomó sencillamente el camino de París. Al anochecer se hallaba frente a su casa de los Campos Elíseos.

Todo se hallaba sumido en la oscuridad, salvo el cuarto del portero, donde se veía el débil reflejo de una vela.

Montecristo se arrimó a un árbol, y con aquella mirada penetrante que todo lo descubría, examinó los árboles, las entradas y aun las calles próximas, hasta que se convenció de que no había nadie emboscado.

Se dirigió en seguida a la puerta secreta, entró apresuradamente con Alí, subió por la escalera excusada, cuya llave tenía, entró en su dormitorio sin descorrer ni una cortina, y sin que el portero pudiera pensar que había alguien en la casa que él creía vacía en aquel momento.

Llegados al dormitorio, el conde hizo señas a Alí de que se detuviese. Pasó en seguida al gabinete, que examinó con cuidado, todo estaba como de costumbre. El secreter en su sitio y la llave puesta. Dio dos vueltas a ésta. Volvió al dormitorio, quitó las anillas dobles del cerrojo, y entró de nuevo.

Entretanto, Alí ponía sobre la mesa las armas que el conde le había pedido, una carabina corta y un par de pistolas de dos cañones, seguras como pistolas de tiro. Armado de este modo, el conde tenía en sus manos la vida de cinco hombres.

Serían las nueve poco más o menos, cuando el conde y Alí tomaron un poco de pan y un vaso de vino generoso. Aquél levantó una puerta secreta, que le permitía ver lo que pasaba en ambas habitaciones; había traido sus armas, y Alí, en pie junto a él, tenía en la mano un hacha de abordaje, arábiga, como las que usaban los turcos en tiempos de las Cruzadas. Por la ventana de enfrente, que estaba en el dormitorio, el conde podía ver lo que sucedía en la calle.

Así transcurrieron dos horas. La oscuridad era completa, y con todo, Alí, gracias a su naturaleza casi salvaje, y el conde a una cualidad adquirida, distinguían en medio de aquella oscuridad tan profunda las menores oscilaciones de los árboles del jardín. Hacía ya mucho tiempo que no se percibía luz en el cuarto del portero.

Era de presumir que si se efectuaba el ataque proyectado sería por la escalera, y no por una de las ventanas. Según las ideas de Montecristo, los malhechores querían su vida y no su dinero. Pensaba, pues, que se dirigirían al dormitorio, por la escalera o por la ventana del despacho.

Las once y tres cuartos sonaron en un reloj de los Inválidos. Un viento húmedo del Oeste trajo el sonido de los tres golpes. Al concluir el tercero, el conde creyó oír un ruido casi imperceptible hacia el despacho. A este ligero rumor siguieron otros dos. Otro después, y ya el conde estaba seguro de lo que era, cuando una mano firme y ejercitada se había ocupado en cortar los cuatro lados de uno de los cristales con un diamante.

Montecristo sintió latir con más violencia su corazón. Por acostumbrados que estén los hombres al peligro, y por prevenidos que se hallen, conocen, sin embargo, en el momento supremo la diferencia que existe entre el sueño y la realidad, entre el proyecto y la ejecución.

El conde hizo una seña a Alí. Este comprendió que el peligro estaba por la parte del despacho, y dio un paso para acercarse a su amo. Este deseaba con impaciencia saber cuántos eran sus enemigos.

La ventana en que éstos trabajaban se hallaba situada frente al sitio desde donde el conde observaba el despacho. Sus ojos se fijaron, pues en ella. Vio dibujarse una sombra en la oscuridad. En seguida, uno de los cristales se oscureció, como si sobre él hubiesen puesto un papel. Crujió, pero sin caer al suelo. Un brazo pasó por la abertura buscando el pestillo y un minuto después se abrió la ventana, entrando por ella un hombre. Estaba solo.

-He aquí un pillo muy atrevido -pensó Montecristo.

Entonces sintió que Alí le tocaba suavemente en el hombro. Se volvió, y éste le indicó la ventana de enfrente, que daba a la calle.

Montecristo dio tres pasos hacia la ventana, conocía la fina sensibilidad de su servidor, y efectivamente, vio otro hombre que se separaba de una puerta, subía sobre un poste y procuraba ver lo que sucedía en el interior de la casa.

-Bien -dijo-, son dos. El uno trabaja y el otro le guarda las espaldas.

Hizo una señal a Alí para que no perdiese de vista al hombre de la calle, mientras él volvía al del despacho. El ladrón había entrado y procuraba reconocer el terreno, extendiendo hacia adelante sus brazos. Finalmente, después de orientarse, corrió los cerrojos de las dos puertas que había en el despacho. Al acercarse a la del dormitorio, Montecristo creyó que iba a entrar, y preparó una de sus pistolas, pero pronto se convenció de lo contrario por el ruido de los cerrojos. Era una medida de precaución únicamente. El visitante nocturno, que ignoraba que el conde había quitado los aros, podía creerse en toda seguridad y obrar tranquilamente.

El hombre sacó de su bolsillo un objeto que el conde no pudo distinguir. Lo puso sobre la mesa y se dirigió en seguida al secreter. Palpó el lugar de la cerradura y se convenció de que estaba cerrada. Pero venía prevenido. Pronto oyó el conde el ruido que produce un hierro contra otro, y que provenía de un manojo de ganzúas con las que los cerrajeros suelen abrir las puertas, y a las que los ladrones han dado el nombre de ruiseñores, sin duda por el placer que les causa el chirrido producido por ellas.

-¡Ah, ah! -díjose a sí mismo Montecristo-, no es más que un ladrón.

Pero el hombre, que en la oscuridad no podía encontrar el instrumento que necesitaba, recurrió al objeto que había puesto sobre la mesa. Tocó un resorte y en seguida una luz pálida, pero bastante viva, iluminó la habitación.

-¡Cómo...! -dijo Montecristo retrocediendo con un movimiento de sorpresa-. Es...

Alí levantó el hacha.

-No te muevas -le dijo Montecristo muy bajo-, deja el hacha, no tenemos necesidad de armas.

Añadió algunas otras palabras, bajando más la voz, porque, aun cuando imperceptible, bastó la exclamación que le arrancara su sorpresa para hacer que el hombre se quedara inmóvil como una estatua.

El conde debió dar alguna orden a Alí, porque éste se retiró de puntillas, descolgó de la pared de la alcoba un vestido negro y un sombrero triangular. Entretanto, Montecristo se quitó la levita, la corbata y dobló el cuello de su camisa. En seguida se le vio con una sotana, y sus cabellos ocultos por una peluca tonsurada, el sombrero triangular le acabó de disfrazar completamente, cambiándole en un abate.

El hombre, que no había vuelto a oír nada, se había levantado, y mientras el conde concluía su metamorfosis, se había acercado al secreter, haciendo esfuerzos por abrirlo con la ganzúa.

-Trabaja, que para rato tienes -dijo el conde para sí, pues la cerradura no era de las comunes, y el ladrón no conocía el secreto. Dirigióse a la ventana.

El hombre que había visto subido en el poste había vuelto a bajar y se paseaba inquieto por la calle. Cosa extraña, en lugar de observar si venía alguien bien por la entrada de los Campos Elíseos, bien por el arrabal de Saint-Honoré, parecía que solamente se ocupaba de lo que pasaba en casa del conde. Montecristo llevó la mano a la frente y una sonrisa se escapó de sus labios entreabiertos, y acercándose a Alí le dijo:

-Quédate aquí, oculto en la oscuridad, y oigas lo que oigas no salgas, si no te llamo por tu nombre.

Alí hizo con la cabeza señal de que había comprendido y que obedecería.

Montecristo sacó entonces de un armario una vela encendida, y en el momento en que el ladrón estaba más atareado con la cerradura, abrió la puerta sin hacer ruido, cuidando de que la luz que tenía en la mano diese toda de lleno en la cara del ladrón. La puerta se había abierto tan sigilosamente, que éste no se dio cuenta, y con admiración suya vio iluminarse de pronto el cuarto. Volvióse de repente.

-Buenas noches, querido señor Caderousse -dijo Montecristo-, ¿qué venís a buscar aquí a esta hora?

-¡El abate Busoni... ! -gritó Caderousse.

Y no sabiendo cómo aquella extraña aparición se había efectuado, pues él había cerrado las puertas, dejó caer de la mano las ganzúas y permaneció inmóvil, como herido por un rayo.

El conde se colocó entre Caderousse y la ventana, cortando de este modo al ladrón aterrado su única retirada.

-¡El abate Busoni! -exclamó de nuevo Caderousse clavando en el conde sus espantados ojos.

-¡Y bien! Sin duda: el abate Busoni -respondió Montecristo-, el mismo en persona, y tengo un placer en que me hayáis reconocido, mi querido señor Caderousse; eso prueba que tenéis buena memoria, porque si no me equivoco, hace diez años que no nos vemos.

Aquella calma, aquel poder, aquella fuerza hirieron el ánimo de Caderousse de un terror espantoso.

-¡El abate! ¡El abate! -murmuró, con los dedos crispados y dando diente con diente.

-¿Queremos, pues, robar al conde de Montecristo? -continuó el fingido abate.

-Señor abate -decía Caderousse, procurando acercarse a la ventana que le interceptaba el conde-, os ruego que creáis..., os juro...

-Un cristal cortado -dijo el conde-, una linterna sorda, un manojo de llaves falsas, secreter medio forzado, claro está...

Caderousse se ahogaba, buscaba un sitio donde ocultarse, un agujero por donde escapar.

-Vaya, veo que sois siempre el mismo, señor asesino.

-Señor abate, puesto que lo sabéis todo, no ignoráis que no fui yo, sino Carconte, así se reconoció por los jueces, y por eso me condenaron solamente a galeras.

-Habéis concluido vuestra condena y os hallo en camino para volver a ellas.

-No, señor abate, hubo uno que me libertó.

-Ese tal hizo un buen servicio a la sociedad.

-¡Ah!, yo había prometido...

-¿Sois un evadido de presidio? -interrumpió Montecristo.

-¡Desdichado de mí! Sí, señor -dijo Caderousse inquieto.

-Mala broma... Esta os conducirá, si no me engaño, a la plaza de Grève. Tanto peor, tanto peor, diabolo, como dicen en mi país.

-Señor abate, he cedido a un mal pensamiento.

-Todos los criminales dicen lo mismo.

-La necesidad...

-Dejadme -dijo desdeñosamente Busoni-. La necesidad puede conduciros a pedir limosna, a robar un pan a un panadero. Pero no a venir a forzar un secreter en una casa que se cree deshabitada y cuando el joyero Joannés acababa de contaros cuarenta y cinco mil francos por el diamante que os di y le asesinasteis para quedaros con el diamante y el dinero. ¿Era también la necesidad?

-Perdón, señor abate -dijo Caderousse-, ya me habéis salvado la vida una vez; salvádmela otra.

-Esto me anima.

-¿Estáis solo, señor abate -preguntó Caderousse-, o tenéis cerca a los gendarmes para prenderme?

-Estoy solo -dijo el abate-, y todavía me compadecería de vos y os dejaría ir, a pesar de las nuevas desgracias que puede producir mi debilidad, si me dijeseis la verdad.

-¡Ah, señor abate! -exclamó Caderousse, juntando las manos y dando un paso hacia el conde-, puedo llamaros mi salvador.

-¿Decís que os libertaron de presidio?

-Sí, a fe de Caderousse, señor abate.

-¿Y quién fue?

-Un inglés.

-¿Cuál era su nombre?

-Lord Wilmore.

-Lo conozco y sabré si decís la verdad.

-Señor abate, la he dicho.

-¿Este inglés es, pues, vuestro protector?

-No, pero lo es de un joven corso, mi compañero en la cadena.

-¿Cómo se llama ese corso?

-Benedetto.

-¿Ese será su nombre de pila?

-No tenía otro, era un expósito.

-¿Y ese joven se fugó con vos? ¿Y cómo?

-Trabajamos en San Mandrier, cerca de Tolón. ¿Conocíais San Mandrier?

-Sí.

-Pues bien, mientras estaban durmiendo de las doce a la una...

-¡Forzados que duermen la siesta, compadecedlos! -dijo el abate.

-¡Cómo! -dijo Caderousse-, no se puede trabajar, no somos perros.

-Más valen los perros -dijo Montecristo.

-Mientras los otros dormían la siesta nos alejamos un poco, limamos nuestras cadenas con una lima que nos dio el inglés, y escapamos nadando.

-¿Y qué ha sido de Benedetto?

-No lo sé.

-Debes saberlo.

-No, en verdad, no lo sé. Nos separamos en Hyéres.

Y como para dar mayor peso a su afirmación, Caderousse dio un paso hacia el abate, que permaneció inmóvil, siempre tranquilo e interrogador.

-Mientes -dijo Busoni con terrible acento.

-Señor abate...

-¡Mientes! Ese hombre es aún tu amigo, y quizá te sirvas de el como de un cómplice.

-¡Oh, señor abate...!

_¿Cómo has vivido desde que saliste de Tolón? Responde.

-Como he podido.

-¡Mientes! -dijo por tercera vez el abate con acento aún más imperativo.

Caderousse miró al conde aterrado.

-Has vivido -prosiguió éste- con el dinero que aquel hombre te ha dado.

-Y bien, es verdad. Benedetto ha sido reconocido como el hijo de un gran señor.

-¿Cómo puede ser hijo de un gran señor?

-Hijo natural.

-¿Y quién es ese gran señor?

-El conde de Montecristo, en cuya casa estamos.

-¿Benedetto, hijo del conde? -respondió Montecristo sorprendido a su vez.

-Es necesario creerlo, puesto que el conde le ha hallado un padre ficticio. Le da cuatro mil francos todos los meses y le deja quinientos mil en su testamento.

-¡Ah!, ¡ah! -dijo el falso abate, que empezaba a comprender-. ¿Y cómo se llama ahora ese joven?

-Se llama Cavalcanti.

-¡Ah! ¿Es el joven que mi amigo el conde de Montecristo recibe a menudo en su casa y va a unirse en matrimonio con la señorita Danglars?

-Exacto.

-¿Y podéis consentir eso, miserable, vos que le conocéis?

-¿Y por qué queréis que impida a un camarada el hacer fortuna? -dijo Caderousse.

-Es justo; a mí me toca advertírselo.

-No hagáis eso, señor abate.

-¿Por qué?

-Porque nos haríais perder nuestra suerte.

-¿Y creéis que para conservársela a unos miserables como vosotros me haría cómplice de sus engaños y sus crímenes?

-Señor abate... -dijo Caderousse, aproximándose todavía más.

-Lo diré todo.

-¿A quién?

-Al señor Danglars.

-¡Trueno de Dios! -exclamó Caderousse sacando de debajo del chaleco un cuchillo y dando en medio del pecho del conde-. ¡Nada dirás, abate!

Con gran admiración de Caderousse, el puñal retrocedió con la punta rota en lugar de penetrar en el pecho del conde; ignoraba que éste llevaba puesta una cota de malla.

Al mismo tiempo el fingido abate agarró con la mano izquierda la del asesino por la muñeca y le torció el brazo con una fuerza tal que sus dedos se abrieron y el puñal cayó al suelo. Caderousse profirió un agudo grito arrancado por el dolor, pero el conde, sin hacer caso, continuó torciendo el brazo del bandido, hasta que se lo dislocó. Cayó primero de rodillas, y después con la cara contra el suelo. El conde puso el pie sobre la cabeza y dijo:

-No sé lo que me detiene, y por qué no te salto los sesos.

-¡Ay!, perdón, perdón -gritó Caderousse.

El conde retiró el pie y dijo:

-¡Levántate!

Caderousse se levantó.

-¡Vive Dios, y qué puños tenéis, señor abate! -dijo Caderousse tocando su lastimado brazo-, ¡qué puños!

-¡Silencio! Dios me ha dado la fuerza necesaria para domar a una fiera. He obrado en nombre de Dios. ¡Acuérdate de esto, miserable, y perdonarte en este momento es servir aún los designios de Dios!

-¡Uf! -hizo Caderousse, con el brazo dolorido.

-Toma esa pluma y papel, y escribe lo que voy a dictarte.

-No sé escribir, señor abate.

-Mientes. Toma esa pluma y escribe.

Caderousse, dominado por aquel poder superior, se sentó y escribió:

«Señor: El hombre que recibís en vuestra casa y a quien destináis por marido de vuestra hija, es un antiguo forzado que se escapó del baño de Tolón. Tenía el número 59 y yo el 58. Se llama Benedetto, pero ignora él mismo su verdadero nombre, porque nunca ha conocido a sus padres.»

-Ahora firma -continuó el conde.

-¿Pero es que queréis perderme?

-¡Majadero! Si quisiera perderte te llevaría al primer cuerpo de guardia y además es probable que cuando se entregue el billete ya nada tengas que temer. Firma, pues.

Caderousse firmó.

-El sobre. Al señor barón Danglars, banquero, calle de la Chaussée d'Antin.

Caderousse escribió el sobre, y el abate tomó la carta.

-Está bien -dijo-. Ahora vete.

-Por dónde.

-Por donde has venido.

-¿Queréis que salte por la ventana?

-Por ella entraste.

-¿Meditáis alguna cosa contra mí, señor abate?

-Imbécil, ¿qué quieres que medite?

-¿Por qué no me abrís la puerta?

-¿Y para qué despertar al portero?

-Decidme que no queréis matarme.

-Quiero lo que Dios quiere.

-Pero juradme que no me heriréis mientras bajo.

-Eres infame y cobarde.

-¿Qué queréis hacer de mí?

-Eso mismo es lo que yo te pregunto: Quise hacer de ti un hombre honrado y dichoso, y sólo he hecho un asesino.

-Señor abate -dijo Caderousse-, haced la última prueba.

-Sea -dijo el conde-, sabes que soy hombre de palabra.

-Sí -dijo Caderousse.

-Si vuelves a tu casa sano y salvo...

-¿A quién tengo yo que temer, si no es a vos?

-Si vuelves a tu casa sano y salvo, márchate de París, márchate de Francia, y en cualquier parte adonde fueses, si te conduces con honradez, te haré pasar una pensión para que puedas vivir, porque si llegas a tu casa sano y salvo...

-¡Y bien! -preguntó Caderousse estremeciéndose.

-Creeré que Dios te ha perdonado y te perdonaré también.

-Como soy cristiano -balbuceó Caderousse retrocediendo-, que me hacéis morir de miedo.

-Anda, vete -dijo el conde señalándole la ventana.

Caderousse, no muy tranquilo, a pesar de las promesas del conde, subió a la ventana, y puso el pie en la escala. Detúvose temblando.

-Ahora baja -dijo el abate cruzándose de brazos.

Caderousse comprendió que nada había que temer, y bajó. El conde acercó la luz de modo que podía distinguirse desde los Campos Elíseos al hombre que bajaba por la ventana y al que le alumbraba.

-¡Qué hacéis, señor abate! ¿Y si pasase una patrulla?

-Apago la vela.

Caderousse continuó bajando, pero hasta que sintió la tierra bajo sus pies no se creyó completamente seguro.

Montecristo volvió a su dormitorio, y echando una rápida mirada al jardín y a la calle, vio primero a Caderousse, que después de haber bajado daba la vuelta por el jardín y plantaba su escala a la extremidad del muro para salir por distinta parte de la que entró. Entonces observó la presencia de un hombre que parecía esperar a alguien y corrió paralelamente la calle, viniendo a colocarse en el ángulo mismo por el que Caderousse iba a bajar.

Este subió lentamente la escala, y llegado a los últimos tramos asomó la cabeza por encima del muro para cerciorarse de que la calle estaba desierta. No se veía a nadie, ni se percibía el menor ruido.

La una en el reloj de los Inválidos. Caderousse colocóse a horcajadas sobre el muro, pasó la escala al otro lado y se preparó para bajar, o mejor diremos, para dejarse resbalar por las cuerdas laterales de la escala, maniobra que ejecutó con una destreza que demostraba su costumbre en tales ejercicios. Pero una vez lanzado, le era imposible detenerse. En vano vio acercarse a un hombre, cuando estaba a la mitad de la bajada; en vano vio levantar su brazo en el momento en que sus pies tocaban el suelo. Antes de que hubiese podido defenderse, aquel brazo le descargó tan fuerte puñalada en la espalda, que abandonó la escala gritando:

-¡Socorro!

Diole una segunda puñalada en el costado y cayó al suelo gritando:

-¡Al asesino!

Revolcábase en tierra, y cogiéndole su asesino por los cabellos le asestó un tercer golpe en el pecho. Quiso gritar y su esfuerzo produjo solamente un gemido sordo, saliendo por sus tres heridas un torrente de sangre.

Viendo el asesino que no gritaba, cogióle de nuevo por los cabellos, levantóle la cabeza, tenía los ojos cerrados y la boca torcida. Creyóle muerto, dejó caer la cabeza y desapareció.

Caderousse le sintió alejarse, levantóse inmediatamente, se apoyó sobre el codo y con voz moribunda y haciendo el último esfuerzo, gritó:

-¡Al asesino! ¡Me muero! ¡Socorredme! ¡Señor abate, socorredme!

La lúgubre voz atravesó las sombras de la noche, llegando hasta el conde. Abrióse la puerta de la escalera secreta, en seguida la pequeña del jardín, y Alí y su amo corrieron trayendo luces al sitio donde se hallaba el herido.

Caderousse continuaba gritando con triste voz:

-Señor abate, ¡socorredme!, ¡socorredme!

-¿Qué ocurre? -preguntó Montecristo.

-Socorredme -repetía Caderousse-, me han asesinado.

-Aquí estamos, ¡valor!

-¡Ah! ¡No hay remedio! Habéis llegado muy tarde, solamente para verme morir. ¡Qué heridas! ¡Qué de sangre!

Y se desmayó.

Alí y su amo cogieron en brazos al herido, y lo trasladaron a una habitación. Montecristo hizo seña a Ali de que le desnudase y reconoció las tres terribles heridas que le habían infligido.

-¡Dios mío! -dijo- Vuestra venganza se retrasa algunas veces, pero entonces parece que baja del cielo más completa.

Alí miró a su amo como preguntándole lo que debía hacer.

-Ve a buscar al procurador del rey, señor de Villefort, que vive en el arrabal de Saint-Honoré, y ruégale de mi parte venga al instante. De paso despertarás al portero y le dirás que vaya inmediatamente a buscar un facultativo.

Alí obedeció y dejó al abate a solas con Caderousse, que continuaba desmayado. Cuando abrió los ojos, el conde, sentado a corta distancia, le miraba con una tierna expresión de piedad, y según el movimiento de sus labios, parecía rezar algunas oraciones.

-Un cirujano, señor abate, un cirujano -dijo Caderousse.

-Ya han ido a buscar uno.

-Bien sé que es inútil, las heridas son mortales, pero podrá prolongar mi existencia y darme tiempo para declarar.

-¿Sobre qué?

-Sobre mi asesino.

-Entonces, ¿lo conocéis?

-¡Sí que le conozco!, sí. Es Benedetto.

-¿El joven corso?

-El mismo.

-¿Vuestro compañero?

-Sí; después de haberme dado el plano de la casa del conde, creyendo sin duda que yo le mataría, y así sería más pronto su heredero, o que el conde me mataría, y así se libraría más pronto de mí, me ha esperado en la calle y me ha asesinado.

-He enviado también a buscar al procurador del rey.

-Llegarán demasiado tarde. Siento que toda mi sangre se pierde.

-Esperad -dijo Montecristo.

Salió y entró a los cinco minutos con un frasco.

Los ojos del moribundo permanecían fijos en aquella puerta por la que adivinaba que debía llegarle algún socorro.

-Pronto, señor abate, ¡pronto!, voy a desmayarme de nuevo.

Montecristo se acercó. Vertió tres o cuatro gotas del licor entre los labios amoratados del herido. Este dio un suspiro.

-¡Ah! -dijo- Me habéis dado la vida, aún... aún...

-Dos gotas más de este licor os matarían -respondió el abate.

-¡Oh!, que venga, pues, cualquiera a quien yo pueda denunciar a ese miserable.

-¿Queréis que escriba vuestra declaración y vos la firmaréis?

-Sí, sí -dijo Caderousse, cuyos ojos brillaron con la esperanza de una venganza póstuma. Y Montecristo escribió:

«Muero asesinado por el corso Benedetto, mi compañero de cadena en Tolón con el número 59.»

-Daos prisa -dijo Caderousse-; si no, no podré firmar.

Montecristo presentó una pluma a Caderousse, el cual firmó, y se dejó caer de nuevo sobre la cama, diciendo:

-Contaréis lo demás, señor abate; diréis que se hace llamar Cavalcanti, que vive en la fonda del Príncipe, y que... ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Me muero...!

Caderousse volvió a desmayarse. El abate le hizo aspirar el espíritu del licor contenido en el frasco, y el herido abrió los ojos.

Sus deseos de venganza no le habían abandonado durante su desmayo.

-¡Ah! Lo diréis todo. ¿Verdad, señor abate?

-Todo, sí, y otras muchas cosas.

-¿Qué diréis?

-Diré que seguramente os dio el plano de esta casa con la esperanza de que el conde os mataría. Que previno al conde por medio de una carta, que hallándose ausente la recibí yo, y que he velado esperándoos.

-Y le guillotinarán, ¿no es verdad? -dijo Caderousse-, le guillotinarán, ¿me lo prometéis? Muero con esa esperanza, y ella me ayuda a morir.

-Diré -continuó el conde- que llegó detrás de vos, que os esperó, y que cuando os vio salir corrió a la esquina del muro, desde el sitio en que se había ocultado.

-¿Habéis visto todo eso?

-Recordad mis palabras: «Si entras en tu casa sano y salvo, creeré que Dios te ha perdonado, y te perdonaré.»

-¡Y no me habéis advertido! -exclamó Caderousse procurando incorporarse sobre el codo-. ¿Sabíais que iban a asesinarme al salir de aquí y no me habéis advertido?

-No; porque en la mano de Benedetto veía el brazo de Dios, y hubiera creído cometer un sacrilegio oponiéndome a las intenciones de la Providencia.

-La justicia de Dios..., no me habléis de ella, señor abate. Si existiese la justicia de Dios, muchos hay que merecen ser castigados, y no lo son.

-¡Paciencia! -dijo el abate con un tono que hizo estremecer al herido-, ¡paciencia!

Caderousse le miró espantado.

-Además, Dios es misericordioso para con todos -dijo el abate-, como lo ha sido contigo. Es padre antes de ser juez.

-¡Ah! -dijo Caderousse-. ¿Creéis en Dios?

-Si hubiese tenido la desgracia de no creer en El hasta el presente -dijo Montecristo-, creería ahora, al verte a ti.

Caderousse levantó los puños cerrados, amenazando al Cielo.

-Escucha -dijo el abate, extendiendo la mano sobre el herido como para comunicarle su fe-. He aquí lo que ha hecho por ti ese Dios que rehúsas reconocer en tus últimos momentos. Te había dado salud, fuerzas y ocupación, amigos, y en fin, la vida se lo presentaba tal cual puede desearla el hombre cuya conciencia está tranquila. En lugar de aprovechar estos dones que el Señor rara vez concede con toda su plenitud, he aquí lo que has hecho. Te has entregado a la pereza, a la borrachera y has vendido a uno de tus mejores amigos.

-¡Auxilio! -gritó Caderousse-. No necesito un sacerdote, sino un cirujano. Puede que no esté herido de muerte, que no vaya a morir aún, y pueda salvarme.

-Tus heridas son mortales y de tal naturaleza, que sin las tres gotas de licor que te he dado hace un momento ya habrías expirado. Escucha, pues.

-¡Ah! -murmuró Caderousse-, pues sois buen sacerdote; desesperáis a los moribundos en vez de consolarlos.

-Óyeme bien -continuó el abate-. Cuando vendiste a tu amigo, empezó Dios, no por castigarte, sino por advertirte. Caíste en la miseria y tuviste hambre, pasaste la mitad de tu vida codiciando lo que hubieras podido adquirir, y ya pensabas en el crimen, dándote a ti mismo la disculpa de la necesidad, cuando Dios obró un milagro, cuando Dios te envió por mi mano, cuando más miserable estabas, una fortuna inmensa para ti, que nada habías poseído. Pero esta fortuna inesperada e inaudita te parece insuficiente desde el momento en que empiezas a poseerla. Quieres doblarla. ¿Y por qué medio? Por el del asesinato. La doblas, pero Dios te la arranca, conduciéndote ante la justicia humana.

-No soy yo -dijo Caderousse- quien quiso asesinar al judío, fue la Carconte.

-Sí -dijo Montecristo-; Dios, siempre misericordioso, permitió que los jueces se apiadasen de ti y no te quitasen la vida.

-Para enviarme a presidio por toda la vida. ¡Vaya una gracia...!

-¡Por tal la tuviste, miserable! Tu corazón cobarde, que temblaba ante la muerte, saltó de alegría cuando supiste que estabas condenado a perpetua afrenta, porque dijiste, como todos los presidiarios: El presidio tiene puertas, pero la tumba no. Y tenías razón, porque las puertas del presidio se abrieron para ti de un modo inesperado. Un inglés llega a Tolón, había hecho voto de librar a dos hombres de la ignominia. Tú y tu compañero fuisteis los elegidos. Otra fortuna cae como llovida del cielo para ti. Encuentras dinero y tranquilidad al mismo tiempo. Puedes empezar a vivir otra vez como los demás hombres, cuando estabas condenado a arrastrar la penosa existencia de los presidiarios. Pero por tercera vez, miserable, te pones a tentar a Dios. No tengo bastante -dijiste-, cuando nunca habías poseído tanto, y cometes otro crimen sin motivo, y que no tiene disculpa. Dios se ha cansado. Dios te ha castigado.

Caderousse se iba debilitando por momentos.

-¡Quiero beber! -dijo-, tengo sed..., me abraso.

Montecristo le dio un vaso de agua.

-¡Infame Benedetto! -dijo Caderousse devolviendo el vaso-. ¿Y él escapará?

-Nadie escapará, Caderousse. Yo te lo prometo. También Benedetto será castigado.

-Entonces -dijo Caderousse- también vos seréis castigado. Porque no habéis cumplido con los deberes que vuestro ministerio os impone..., debíais haber impedido que Benedetto me asesinase.

-¡Yo! -dijo el conde con una sonrisa que heló de espanto al moribundo-. ¿Cómo querías que impidiese que Benedetto te matara, cuando acababas de romper tu puñal contra la cota de malla que resguardaba mi pecho? Quizá lo hubiera evitado si te hubiese encontrado humilde y arrepentido. Pero te encontré orgulloso y sanguinario, y dejé que se cumpliese la voluntad de Dios.

-¡No creo en Dios! -aulló Caderousse-, y tú tampoco crees en El... ¡Mientes, mientes!

-Calla -dijo el abate-, porque obligas a salir de tu cuerpo las últimas gotas de sangre que te quedan. ¡Ah!, no crees en Dios, y mueres herido por Dios. ¡Ah!, no crees en Dios, y Dios, que sólo exige una súplica, una palabra, una lágrima para perdonar... Dios, que podía dirigir el puñal del asesino de modo que expirases en el acto..., te concedió un cuarto de hora para arrepentirte... ¡Vuelve en ti, desventurado, y arrepiéntete!

-No -dijo Caderousse-, no me arrepiento; no hay Dios, no hay Providencia, no hay más que casualidad.

-Hay una Providencia, hay un Dios -dijo Montecristo-, y la prueba la tienes en que estás tú ahí, tirado, desesperado y renegando de Dios, cuando me ves a mí rico, feliz, sano y salvo, y rogando a ese mismo Dios en quien tú tratas de no creer, y en quien, no obstante, crees en el fondo de tu corazón.

-Pues entonces, ¿quién sois vos? -preguntó Caderousse clavando sus moribundos ojos en el conde.

-¡Mírame bien! -dijo Montecristo cogiendo la bujía y acercándosela a la cara.

-El abate..., el abate Busoni...

Montecristo se quitó la peluca que le desfiguraba y dejó caer los hermosos cabellos que enmarcaban su pálido rostro.

-¡Oh! -exclamó Caderousse aterrado-, si no fuese por esos cabellos negros, diría que sois el inglés, diría que sois lord Wilmore.

-No soy ni el abate Busoni, ni lord Wilmore -dijo Montecristo-. Mírame con mayor atención, mira más lejos, mira en tus primeros recuerdos.

Tenían estas palabras del conde tal majestuosa entonación, que por última vez reanimaron los apagados sentidos de Caderousse.

-¡Oh!, en efecto -dijo-, me parece que os he visto, que os he conocido en otro tiempo.

-Sí, Caderousse, sí; me has visto. Sí; me has conocido.

-Entonces, ¿quién sois?, y si me habéis visto, si me habéis conocido, ¿por qué me dejáis morir?

-Porque nada puede salvarte, Caderousse. Porque tus heridas son mortales. Si hubiera sido posible salvarte, yo habría visto en ello otra misericordia del Señor, y por la tumba de mi padre te juro que hubiera tratado de volverte a la vida y al arrepentimiento.

-¡Por la tumba de tu padre! -dijo Caderousse reanimado sobrenaturalmente e incorporándose para ver más de cerca al que acababa de proferir ese juramento sagrado para todos los hombres-. ¡Ah! ¿Y quién eres? ¿Quién eres?

-Soy... -le dijo al oído-, soy...

Y sus labios, apenas entreabiertos, emitieron una palabra pronunciada tan quedo, que parecía que el mismo conde temía oírla.

Caderousse, que se había incorporado, extendió los brazos, hizo un esfuerzo para retroceder, y luego juntando las manos y levantándose, haciendo un esfuerzo supremo, dijo:

-¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!, perdonadme si existís, y sois el padre de los hombres en el cielo y su juez en la tierra. ¡Dios mío, Señor, por largo tiempo os he conocido! ¡Perdonadme, Señor! ¡Recibid mi alma!

Y cerrando los ojos, Caderousse cayó de espaldas, exhalando el último suspiro.

La sangre se heló en la abertura de sus heridas. Había muerto.

Uno! -dijo misteriosamente el conde, con los ojos clavados en el cadáver, ya desfigurado por una muerte tan horrible.

Diez minutos después llegaron el médico y el procurador del rey, conducidos, uno por el conserje y el otro por Alí. Fueron recibidos por el abate Busoni, que estaba orando al lado del muerto.

Durante quince días, el tema predilecto de las conversaciones de París, fue la tentativa de robo tan audaz hecha en casa del conde; el moribundo había firmado una declaración en la que señalaba a Benedetto como su asesino. La policía se encargó de la persecución del matador y lanzó contra él todos sus agentes.

El cuchillo de Caderousse, la linterna sorda, el manojo de ganzúas y los vestidos, menos el chaleco, que no pudo hallarse, fueron depositados en la comisaría. El cadáver se transportó a la Morgue.

El conde decía a todos que esta aventura había sucedido mientras él estaba en su casa de campo de Auteuil, y que solamente sabía lo que le había contado el abate Busoni, que aquella noche, por una feliz coyuntura, le había pedido permiso para pasarla en su biblioteca, buscando varios libros raros que tenía en ella. Bertuccio palidecía cada vez que se nombraba en su presencia a Benedetto, pero nadie tenía motivo para sospechar de su palidez.

Villefort, llamado para verificar la existencia del crimen, habíase encargado del asunto y proseguía la instrucción con la celeridad y el empeño que tenía en todas las causas criminales. Más de tres semanas habían transcurrido sin que las diligencias más activas produjesen resultados y empezaba ya a olvidarse la tentativa de robo y el asesinato del ladrón por su cómplice, para ocuparse del próximo enlace de la señorita Danglars con el conde Cavalcanti. El joven era ya recibido en casa del banquero como su futuro yerno.

Se había escrito al señor Cavalcanti padre, que contestó aprobando este matrimonio, y diciendo sentía infinito que su servicio le impidiese ausentarse de Parma, por lo que se vería precisado a privarse del placer de asistir al acto de su celebración. Al mismo tiempo declaraba estar pronto a entregar el capital de los ciento cincuenta mil francos de renta.

Se había convenido ya en que los tres millones se colocasen en casa del señor Danglars, el cual los haría producir. Varias personas procuraron infundir sospechas en el joven, sobre la sólida posición de su futuro suegro que había sufrido en la bolsa pérdidas de consideración, pero con un desinterés y confianza sublimes, desdeñó los avisos, teniendo la delicadeza de no decir una palabra sobre ellos al señor Danglars. Así es que el barón adoraba al conde Cavalcanti.

No le sucedía lo mismo a la señorita Eugenia Danglars. Su aborrecimiento instintivo al matrimonio le hizo acoger a Andrés como un medio para alejar a Morcef, y ahora que Andrés se formalizaba, sentía hacia él una visible repugnancia. Quizás el barón se dio cuenta de ello, pero no pudiendo atribuirlo más que a un capricho, hizo como si no lo conociese.

Con todo, el retraso pedido por Beauchamp, había tocado casi a su término. Morcef, por su parte, podía apreciar lo que valían los consejos de Montecristo. Cuando éste le dijo que dejase que las cosas marcharan por sí mismas, nadie había sospechado todavía del general, nadie había reconocido en el oficial que entregó el castillo de Janina, al noble conde que se sentaba en la Cámara de los Pares.

Alberto no por esto se creía menos insultado, porque la intención de la ofensa existía ciertamente en las pocas líneas que le habían herido. Además, el modo con que Beauchamp había puesto fin a su entrevista, había dejado un recuerdo muy amargo en su corazón. Acariciaba, pues, con toda su voluntad, la idea de un duelo, del que pensaba, si Beauchamp consentía, ocultar la causa aun a sus testigos.

No se había vuelto a ver a Beauchamp desde el día de la visita que le hizo Alberto, y a cuantos preguntaban por él se les respondía que estaba ausente por unos días. ¿Dónde había ido? Nadie lo sabía.

Una mañana, Alberto vio entrar a su ayuda de cámara, que le anunció a Beauchamp. Estaba aún medio dormido, se frotó los ojos, dio orden para que introdujesen a Beauchamp en el salón del piso bajo, rogándole esperase un momento. Vistióse de prisa y bajó.

Le halló paseando de un lado a otro del salón, pero al ver a Alberto se detuvo.

-El paso que dais presentándoos en mi casa, sin esperar a que hubiese ido a la vuestra, como me proponía hacerlo hoy, me parece de buen agüero -dijo Alberto-. Veamos, decidme pronto, ¿debo alargaros la mano diciéndoos: Beauchamp, confesad vuestra falta y seamos amigos? ¿O debo preguntaros cuáles son las armas que habéis escogido?

-Alberto -respondió éste con una tristeza que llenó de asombro al joven-, sentémonos y hablemos.

-Creo, caballero, que antes de sentaros debéis responderme.

-Alberto -dijo el periodista-, hay circunstancias en que la dificultad consiste cabalmente en la respuesta.

-Yo os haré que sea fácil, repitiéndoos la pregunta: ¿Queréis retractaros? Sí o no.

-Morcef, no puede uno contentarse con responder sí o no a las preguntas que interesan al honor, la posición social y la vida de un hombre como el señor teniente general conde de Morcef, par de Francia.

-¿Qué es entonces lo que se dice?

-Lo que yo voy a decir, Alberto, se dice: el dinero, el tiempo y la fatiga son nada, cuando se trata de la reputación a intereses de una familia. Se dice: es necesario más que probabilidades, es menester certezas, para aceptar un duelo a muerte con un amigo. Se dice: si cruzo la espada, o disparo una pistola sobre un hombre a quien durante tres años he apretado la mano como a un amigo, es necesario al menos que sepa por qué lo hago, para poder llegar sobre el terreno con el corazón en reposo, y la tranquilidad de conciencia de que el hombre necesita cuando su brazo debe salvar su vida.

-¡Y bien! ¡Y bien! ¿A qué viene todo eso?

-Eso quiere decir que acabo de llegar de Janina.

-¿De Janina, vos?

-Sí, yo.

-Imposible.

-Mi querido Alberto, aquí tenéis mi pasaporte, ved los refrendos, Génova, Milán, Venecia, Trieste, Delvino, Janina: ¿Creeréis a la policía de una república, un reino y un imperio?

Alberto bajó los ojos sobre el pasaporte y los levantó sorprendido sobre Beauchamp.

-¿Habéis estado en Janina? -dijo.

-Alberto, si hubieseis sido un extranjero, un desconocido, un simple lord como aquel inglés que vino a exigirme una satisfacción hace tres o cuatro meses, y a quien maté para desembarazarme de él, no me hubiese tomado, como conocéis, tanto trabajo, pero he creído que os debía esta consideración. He empleado ocho días en ir, ocho en volver, cuatro de cuarentena y cuarenta y ocho horas que he permanecido en Janina. Llegué anoche y aquí me tenéis ahora.

-¡Dios mío! ¡Dios mío!, cuántos circunloquios, Beauchamp, y cuánto tardáis en decirme lo que espero de vos.

-Es que, en verdad, Alberto...

-Diría que titubeáis.

-Sí, tengo miedo.

-¿Teméis confesar que vuestro corresponsal os engañó? ¡Oh!, dejad el amor propio, Beauchamp, confesadlo, nadie puede dudar de vuestro valor.

-¡Oh!, no es eso -dijo el periodista-, al contrario...

Alberto palideció horriblemente, procuró hablar, pero la palabra expiró en sus labios.

-Amigo mío -dijo Beauchamp con el tono más afectuoso-, creed que me consideraría dichoso al presentaros mis excusas, y que lo haría de todo corazón, pero desgraciadamente...

-¿Pero qué?

-La nota tenía razón, amigo mío.

-¡Cómo! ¿Ese oficial francés...?

-Sí.

-Ese Fernando...

-Sí.

-El traidor que entregó las fortalezas del hombre a quien servía...

-Perdonadme sí os digo lo mismo que vos decís: ¡Ese hombre... es vuestro padre!

Furioso, hizo Alberto un movimiento para lanzarse contra Beauchamp, pero éste le contuvo, más con su dulce sonrisa, que con el brazo que extendió hacia él.

-Tomad, amigo mío -dijo-, ved ahí la prueba.

Y le entregó un papel que había sacado de su bolsillo.

Alberto lo abrió. Era una declaración de cuatro habitantes de los más notables de Janina, asegurando que el coronel Fernando Mondego, coronel instructor al servicio del visir Alí-Tebelín, había entregado el castillo de Janina por la cantidad de dos mil bolsas. Las firmas estaban legalizadas por el cónsul.

Alberto cayó aterrado sobre un sillón. Esta vez no le cabía la menor duda, su apellido se hallaba escrito con todas sus letras. Así es que después de un momento de doloroso silencio, su corazón se oprimió, las venas de su cuello se hincharon extraordinariamente, y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos.

Beauchamp, que había mirado con profunda compasión al joven, se acercó a él y cediendo al dolor, le dijo:

-Alberto, me comprendéis ahora, ¿no es verdad? He querido verlo todo y juzgar por mí mismo, esperando que la explicación sería favorable a vuestro padre, y que yo podría hacerle justicia. Pero, por el contrario, todos los que me han informado aseguran que ese oficial instructor, ese Fernando Mondego, elevado por Alí-Bajá al título de general gobernador, es el mismo que hoy se llama el conde Fernando de Morcef. Entonces he corrido a vos, recordando que hace tres años me dispensasteis el honor de llamarme vuestro amigo.

Alberto, hundido en un sillón, ocultaba sus ojos con las manos, como si quisiese impedir que penetrase hasta ellos la claridad del día.

-He corrido a vos -continuó Beauchamp- para deciros: Alberto, las faltas de nuestros padres en estos tiempos de acción y de reacción, no pueden llegar hasta sus hijos; pocos han atravesado la revolución, en medio de la cual hemos nacido, sin que su uniforme de soldado o su toga de juez hayan sido manchados de lodo o sangre. Alberto, ahora que tengo todas las pruebas, ahora que soy dueño de vuestro secreto, nadie en el mundo puede obligarme a un combate que estoy seguro que vuestra conciencia os echaría en cara como un crimen, pero lo que podéis exigir de mí, vengo a ofrecéroslo. ¿Queréis que desaparezcan estas pruebas, estas revelaciones, estas declaraciones que yo sólo poseo? ¿Este espantoso secreto, queréis que permanezca oculto entre los dos? Confiad en mi palabra de honor. Nunca saldrá de mis labios. Decid, Alberto, ¿lo queréis? Decid, ¿lo queréis, amigo mío?

-¡Ah! ¡Noble corazón! -exclamó Alberto, dando un abrazo a Beauchamp.

-Tomad -dijo Beauchamp presentando los papeles a Alberto.

-Vamos -dijo Beauchamp, cogiéndole ambas manos-. Anima, amigo mío.

-¿Pero de dónde salió esa primera nota inserta en vuestro periódico? -dijo Alberto-. Hay en todo esto un odio secreto, un enemigo invisible.

-Y bien -dijo Beauchamp-, razón de más. Alberto, que desaparezcan de vuestro rostro todas las señales de conmoción. Llevad este dolor dentro de vos, como la nube lleva en su seno la desolación y la muerte. Secreto fatal que sólo se conoce cuando se desencadena la tempestad. Reservad vuestras fuerzas, amigo mío, para aquel momento, si llegase.

-¿Pero creéis que no hemos concluido aún? -dijo Alberto.

-Yo nada creo, amigo mío, pero al fin todo es posible.

Este los recibió con mano convulsiva, los apretó, los iba a romper, pero temiendo que el viento se llevase la más pequeña partícula, y ésta viniese un día a darle en la frente, se fue a la bujía que ardía y quemó hasta el último fragmento.

-¿Qué? -preguntó Alberto, viendo que Beauchamp titubeaba.

-¡Querido amigo! ¡Excelente amigo! -exclamaba Alberto, -¿Pensáis todavía casaros con la señorita de Danglars?

-¿Por qué me hacéis esta pregunta en este momento, Beauchamp?

-Porque creo que la consumación de este matrimonio tiene relación con el objeto que nos ocupa en este instante.

-No -dijo Alberto-, mi matrimonio se ha deshecho.

-Y bien -dijo Beauchamp-, ¿qué más hay aún?

-Hay -respondió Alberto- una cosa que ha destrozado mí corazón. Escuchadme, Beauchamp, no se separa uno así, en un momento, de aquella confianza, de aquel orgullo que inspira a un hijo el nombre sin mancha de su padre. ¡Ay, Beauchamp, Beauchamp! ¿Cómo me acercaré yo ahora al mío? ¿Retiraré mi frente cuando acerque a ella sus labios, mi mano cuando la suya vaya a tocarla? Creedme, soy el más desgraciado de los hombres. ¡Ah, mi madre, mi pobre madre! -dijo Alberto fijando sus ojos llenos de lágrimas en el retrato de su madre.

-Alberto -le dijo-, si queréis seguir mi consejo, vamos a salir. Un paseo al bosque de Bolonia en faetón o a caballo os distraerá, almorzaremos juntos en cualquier parte, y os marcharéis después a vuestros asuntos y yo a los míos.

-Con mucho gusto -dijo Alberto-, pero salgamos a pie, me parece que el cansancio me hará bien.

-Sea -dijo Beauchamp. Y los dos amigos salieron a pie siguiendo el boulevard hasta llegar a la Magdalena.

-Ya que estamos en camino -dijo Beauchamp-, vamos a visitar a Montecristo. El os distraerá, es un hombre admirable para serenar los espíritus. Jamás pregunta, y según mi modo de pensar, las personas que jamás preguntan son las que con más habilidad consuelan.

-De acuerdo -respondió Alberto-, vamos a su casa. Ya sabéis que le aprecio.




El conde de Montecristo de Alejandro Dumas

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Segunda parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17
Tercera parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10
Cuarta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9
Quinta parte: - 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19