Ni rey ni Roque: 01

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Introducción[editar]

El mentir de las estrellas
es muy seguro mentir,
porque ninguno ha de ir
a preguntárselo a ellas.


Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación inmemorial, sus jaeces un a jáquima bastante antigua, y una manta de muestra no muy moderna, y a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace mucho por una sierra del reino de Sevilla.

Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.

Cuanto la vista alcanza a descubrir desde el punto más elevado de aquel terreno ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro, y hablando con propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o encañadas, la más ancha de cien toesas, sí las tiene. Compónese, pues, todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.

La Naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía, que a pesar de la indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la tierra, encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de la Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que no en la región meridional de la culta Europa.

En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas encinas, de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura resplandeciente de los cortijos, que vistos de lejos tienen alguna semejanza con los caseríos ingleses, hace un efecto maravilloso.

A corta distancia unos de otros, se descubren muchos pueblos, más o menos considerables, cuya posición, próxima siempre a los pasos precisos de la sierra y en puntos que los dominan, descubre que en su origen fueron puestos militares establecidos por los moros para defenderse de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan suficientemente esta conjetura.

Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas veredas que vistas y andadas parecen y son más a propósito para cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero, animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por ellas. En este caso me hallaba yo.

Andando a la aventura, mi rocín acertó a tomar una estrecha senda, que en la mitad de la altura de una cadena de colinas bastante pendientes corre paralelamente a su base, al pie de la cual se desliza con manso ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe colorado un arroyo cuyo color verdoso y olor azufrado dan claros indicios de ser sus aguas minerales. Crecen en su orilla el romero, la adelfa, y otros muchos arbustos en profusión, y la flor roja, del segundo citado contribuye a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un aspecto ameno y pintoresco.

Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del paso de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, era preciso que permitiese descansar un momento a aquella vera efigies de Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por la frondosidad del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un manantial de agua potable, como la sed empezaba a aquejarme, quise buscarlo. Tuve para esto que meterme por un angosto desfiladero, en el que apenas cabían dos personas de frente. La elevación de los peñascos laterales, y las ramas de muchas higueras silvestres que de sus hendiduras salían, formando una bóveda impenetrable a los rayos del sol, hacía también muy a propósito aquel paraje para madriguera de bandidos, casta de pájaros en que el país suele abundar. Esta circunstancia dio lugar a que yo descolgase el retaco que llevaba pendiente del arzón trasero, según costumbre de Andalucía, y con él terciado y montado entrase en el desfiladero.

No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un tiempo:

-¿Quién va?

Íbamos los dos vestidos a la jerezana, que es también el uniforme de los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y el otro, apenas nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando a un tiempo las escopetas depusimos el airado ceño, y nos saludamos cordialmente con el nombre de compañeros.

Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. Los avíos le habían como curtido; pero conservaba toda la elasticidad de sus miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general de los hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba ver unos cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual color eran los poblados bigotes, que me le dieron a conocer por hombre honrado.

-¿Adónde bueno, mocito? -me dijo con cortesía, pero con aquel tono de superioridad justa que los ancianos toman siempre con los jóvenes.

-Voy, señor mío -le contesté- buscando la fuente.

-Por el acento y el camino que usted toma, bien se conoce que no es del país. Yo también voy a la fuente, y si usted quiere podremos ir juntos.

Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, que aún distaba más de lo que yo me figuraba.

El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero, me hicieren reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos conociéramos de diez años antes.

El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don Sebastián de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce años, esto es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la de Portugal con los franceses; la de América, y la del año 23 en el bizarro ejército constitucional de Cataluña.

Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando, y otras infinitas por distintas acciones; y era comandante de escuadrón, con grado de coronel; gracias a la amnistía, pues desdeñando purificarse en la última época, se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de guerra que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería con harta prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.

Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos, que me convidó a ir a pasar algunos días en un cortijo que habitaba, a media legua de aquel paraje.

-Vivo en el campo -me dijo- con mi familia, que se reduce a una hija de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y mi asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero en cambio será usted bien llegado, siempre que quiera favorecernos, y partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.

Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; y monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después fui al cortijo de Sierra Carnero, que así se llama el de don Sebastián de Vargas.

Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada con más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como éste me había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos, graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite. Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas, bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta, en la que, entre otros muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos, limoneros y granados.

El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre don Pedro Alcántara Hinojosa, me pareció un excelente sujeto; pero yo a la cuenta no tuve igual fortuna con él, pues me trató con notable reserva.

Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima, por manera que pasaba semanas enteras en Sierra Carnero. En una de estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi huésped, que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se hubiese hecho pintar vestida de máscara.

Cabalmente, cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el nombre de la joven, riéndose, me contesto:

-No es usted sólo el que ha tenido esa equivocación, no señor. Ésa no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en la figura nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición en la familia, que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que también en eso nos parecemos.

Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus hermosos ojos.

Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un tantito curioso, pregunté, con bastante empeño; y supe de aquella joven la causa de su disgusto.

He aquí cómo, sobre poco más o menos, me la refirió:

-«Esta señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia muy ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, pasó trabajos indecibles. Su hijo único se llamó Sebastián; y éste dejó muy encargado en su testamento a sus descendientes, que a todos los primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es ésta la cláusula más singular del tal testamento: Parece que entre el marido de la abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo llamado don Pedro Hinojosa de Vargas medió una estrecha amistad, por cuya razón el nieto de aquél se casó con doña Inés, nieta del último. En virtud de esto, don Sebastián 1. º de Vargas encargó también que los primogénitos de sus descendientes en línea recta se casasen con las primogénitas de la de Hinojosa, siempre que estas llevasen el nombre de Inés.

Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin alteración alguna la extraña regla de bautismo y matrimonios establecido en el testamento de don Sebastián; siendo de notar que ninguno de sus sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.

Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había dado a luz.

No puedo quejarme de mi padre; ha llenado sus deberes escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a la ternura paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se le conoce que me mira como un borrón para el árbol genealógico de la familia.

Para colmo de mi desgracia; todas las hembras de la casa de Hinojosa han muerto, y sólo queda un varón, que es mi primo. Nos amamos; y aunque mi padre lo aprecia, no se resuelve a casarnos; porque se llama Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivó de afligirme.»

No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella comprendí que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento celoso, y me puse a castigar su desconfianza; convenciendo a mi anciano amigo de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de don Sebastián 1.º de Vargas.

En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y el viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.

-Usted llama debilidad -me dijo- a lo que no es más que respeto y cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.

-Y está bien -le repliqué yo-, está bien que usted la respete; y yo sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una doña Inés de Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han estado hasta aquí.

-Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, miedo, no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no alcanzo, y que es lo que más me detiene.

-¿Y no podré yo saber cuál es?

-A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en favor de usted. En el testamento de mi séptimo abuelo don Sebastián se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse con sus disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos de lo que ordenase contienen en un rollo de papeles, que cerrados en una caja de plomo sellada deja en su biblioteca. Todos hemos respetado esta caja; pero en tiempo de la guerra de la independencia una partida de los invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría algún tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los papeles, que el ama de llaves recogió, y hoy están en mi poder.

-¿Y usted no los ha leído?

-Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos infernales; de los cuales no he podido descifrar ni uno.

-Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo la letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.

-Me hará usted un servicio impagable.

-Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles no resulta expresamente una prohibición de casarse su hija con su sobrino, cesará usted de oponerse a sus deseos.

-Veremos.

-No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.

-Hombre, eso es hacerme la forzosa. Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted también.

-¡Pero señor, qué empeño!

-Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.

-Pues vamos con un sí.

-Eso es hablar en razón.

-Vengan esos cinco, mi coronel.

-Tome usted, mala cabeza.

Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un rollo de papeles muy voluminoso, que contenía la narración, que sin más condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don Sebastián dar al público.

Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte el carácter moral, político y religioso de una época interesante de nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y sería indisculpable temeridad anticiparse a su fallo.

He tenido la satisfacción de asistir a la boda de Inesita con don Pedro Hinojosa, y de ver a éste tan trocado que me llama su mejor amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este escrito; pero no qué hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.

Sólo falta que el editor de la colección no tenga por qué arrepentirse de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré completamente satisfecho.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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