Ni rey ni Roque: 16

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Capítulo III[editar]

 La más bella niña
 de nuestro lugar,
 hoy viuda y sola,
 y ayer por casar.
(GÓNGORA.)


MANUSCRITO DE INÉS

«¡Oh Clara! ¡Mi amada Clara! Si desde tu morada celestial tu alma pura puede todavía conservar sus relaciones con los objetos que en la tierra fueron queridos, me atrevo a creer que nunca tu espíritu se apartará de tu Inés. La feliz indiferencia por los hombres, que tanto envidiabas en ella, ha desaparecido para siempre: ahora y no entonces es cuando comprende todos tus tormentos. ¡Pobre Clara! Sólo en la tumba has hallado el descanso. ¿Será mi destino correr igual fortuna?

»Aún no sé si este escrito será jamás leído por otro viviente más que yo misma. ¿Quién podrá asegurar que la persona para quien le destino querrá comprar, a costa tal vez de su propia dicha, la satisfacción de su curiosidad con respecto a mí? Como quiera que sea, si estos caracteres, trazados por mi mano, llegaren a las suyas algún día, sepa que para él y para él solo, he podido resolverme a confiar al papel las desgracias de mi familia, cuyo término está, cuando menos, muy lejano.

»Don Sebastián Contiño de Álvarez nació en la ciudad de Oporto, en el reino de Portugal, vástago de una ilustre familia. Su inclinación le llamó al ejercicio de las armas desde la niñez, y en ella se envejeció. Era don Sebastián un soldado a toda ley: valiente, sincero, y fiel a su rey. Ya muy adulto se enamoró, y obtuvo sin dificultad la mano de doña María de Sotomayor de Castro, que era una señora igual a él en nacimiento, superior en fortuna, y célebre por sus virtudes y claro entendimiento.

»Fruto de este matrimonio fueron dos hijas: mi pobre hermana Clara y yo, que nací dos años después.

»Apenas habría yo cumplido cuatro años, cuando tuve la desgracia de perder a mi madre; y a pesar de ser entonces tan tierna de edad, no he podido jamás olvidar la dolorosa impresión que aquel suceso me causó, ni los extremos que mi padre hacía con la aflicción de separarse para siempre de una esposa a quien adoraba. Clara y yo recibimos, deshechas en lágrimas, la última bendición de nuestra madre moribunda; y sólo a ella puedo atribuir el que en medio de tantas vicisitudes en que después nos hemos visto, ni la una ni la otra nos hemos apartado un solo instante de la senda de la virtud; gracias sean dadas al que todo lo puede.

»El mismo año de la muerte de mi madre, que fue el pasado de 1578, se partió el rey don Sebastián a su desgraciada expedición al África; y mi padre, no queriendo dejar de acompañarle, nos puso al cuidado de una parienta de mi madre, llamada doña Francisca de Alba, mujer de don Fray Cristóbal de Tabora, gran privado del rey, y que también le acompañó en aquella sangrienta jornada causa de dolor eterno para el Portugal.

»Parece que mi padre al despedirse de nosotras tenía el triste presentimiento de no volvernos a ver. Estrechonos en sus brazos mil veces, y no pudo dejarnos sin derramar copiosas lágrimas; cosa en él bien singular, pues acaso en esta ocasión y en la de la muerte de mi madre serían las dos únicas de su vida en que se le viese llorar.

»Perdiose la batalla: murió en ella la flor de la nobleza lusitana, y la consternación fue general. Mi tía doña Francisca no supo de su marido; nosotras ignoramos la suerte de nuestro padre; y ni teníamos ni podíamos hallar consuelo, porque donde quiera que volviésemos la vista solo hallábamos orfandad, viudez y desolación. Jamás pueblo fue tan severamente castigado por faltas de su rey como Portugal por el imprudente arrojo de don Sebastián.

»La edad de Clara y la mía nos libertaron entonces de apurar aquel cáliz de amargura; pero, sin embargo, mi hermana, que nació con un corazón demasiado sensible, contrajo desde entonces una melancolía que conservó hasta la sepultura.

»Para colmo de desdichas, nuestra tía se hizo un objeto de sospechas eternas para el gobierno; y es de advertir que cuantos volvieron de la batalla o eran deudos, amigos y allegados de los que fueron a ella, o bien habían gozado de algún favor con don Sebastián, fueron desde entonces perseguidos más o menos, casi sin excepción.

»¿Qué cosa más natural que ignorándose la suerte de un padre, de un esposo; de un hermano, de un amigo, se tratase de inquirir que era de él? ¿Quién se atreverá a condenar al que no quiere convencerse, sin haber adquirido pruebas innegables, de que ha perdido para siempre a una persona querida?... Y, sin embargo, cualquiera de estas dos cosas se miraba y se mira hoy en Portugal como un crimen atroz.

»Doña Francisca de Alba preguntaba, inquiría, buscaba sin cesar indicios de que su marido no había muerto... "Conspira", dijeron los satélites del tirano; y la triste viuda se vio muy cerca de ser sepultado en un calabozo. Tuvo, pues, que salir de Lisboa y establecerse en su quinta de la Torre Vieja. Nosotras la seguimos; pero mi tía, que aún no se consideraba segura, no queriendo exponerse a una tropelía de las que entonces eran frecuentes; ni envolvernos en su ruina, nos envió a la Sierra del Carnero, con una criada de confianza llamada Marta y el mulato Domingo, a quien don Juan conoce.

»En lo más escondido de un profundo valle, en medio de un bosque de naranjos y limoneros, una choza, que tal parecía por su techo pajizo y paredes de caña, nos ofreció un asilo cómodo y seguro, del que jamás me olvidaré aun cuando algún día llegue a habitar suntuosos palacios. Formaba aquel valle una cadena circular de montes poblados de añosas encinas, y de lo más alto de uno de ellos corría un abundante y cristalino arroyo, cuyas aguas fertilizaban su suelo, y habiendo no lejos de la choza un profundo remanso, nos proporcionaba el placer de bañarnos en el estío. Una sola vereda de cabras era la comunicación que existía entre nosotras y el resto del mundo. Nuestra choza era grande; bien repartida y cómoda. Poco tiempo después de habitarla se retiró también a ella, huyendo de la persecución, el capellán de mi tía; anciano venerable y lleno de instrucción, que tomo a su cargo educarnos, a Clara y a mí. Marta nos instruía en las labores propias de su sexo.

»Pocas veces dejamos mi hermana y yo de ver brillar en el horizonte el primer rayo del sol: siempre juntas, siempre con los brazos enlazados, corríamos el valle, y cada día encontrábamos un nuevo placer. Hoy era un nido de ruiseñores; mañana la temprana fruta de un árbol querido. Corríamos, saltábamos, y el tiempo presente era el único que nos ocupaba. Ni el estudio ni el trabajo se nos hacían penosos, porque no nos obligaban a él: nuestro preceptor era el hombre más indulgente; más tolerante que es posible imaginar, y nosotras le queríamos tanto, que la idea de complacerle nos hacía aprender con gusto cuanto quería enseñarnos.

»Clara, de más edad, más reflexiva, con mayor talento que yo, aprovechaba también más; pero me quería con tanto extremo, que tenía un verdadero pesar cada vez que se conocía superior a mí. Si el hombre que dice haberse prendado de mí hubiera conocido aquel ángel, viéndome a su lado me tendría por despreciable».

-Imposible -exclamó Vargas al llegar aquí-, imposible; no puede haber habido mujer igual ni comparable a ti, Inés mía.

Después de haber desahogado así su corazón, continuó leyendo.

«Pero yo me olvido de que estos detalles, tan interesantes para mí, han de cansar a cualquiera otra persona: ocho años pasamos, en aquella soledad sin que el menor incidente viniera a turbar nuestra dicha. Nuestros bienes, fielmente administrados por mi tía, nos ponían en estado de proporcionarnos toda especie de comodidades: nada deseábamos ni teníamos que desear.

»Yo tenía ya trece años; mi hermana quince, y era hermosísima criatura. Dicen que se me parecía; pero yo, y no pase por modestia, le soy muy inferior. Clara era muy blanca, perfectamente formada, y sus facciones no eran sólo regulares, sino, además, sumamente agraciadas. Su porte era grave, dulce su mirar, encantadora su sonrisa. En general, padecía melancolía, y jamás su alegría fue estrepitosa; pero había en su corazón una vehemencia, en su fantasía: una exaltación que daban lugar a decir que en los pocos años que pisó la tierra más que en ella vivió en un mundo ideal.

»Cuando al despertarnos por la mañana me refería sus sueños, me parecían de aquellos cuentos maravillosos que me entretenían en mi primera infancia. Todo en ellos era sublime, extraordinario, y bueno. La misma inclinación se notaba en sus lecturas: siempre prefirió las obras más metafísicas. Nunca la oí hablar de tesoros, sino de virtud y gloria. Decir que era muy religiosa es excusado; en su carácter no podía menos de serlo. Era demasiada su semejanza con los espíritus celestiales para que dejase de estar siempre en comunicación con ellos por medio de la oración.

»De mí solo diré que adoraba a mi hermana, y que tenerla a mi lado y juguetear eran todos mis deseos.

»Una tarde de verano, ya mucho después de puesto el sol, nos hallábamos las dos hermanas a la orilla del lago, sentadas al pie de un sauce y abrazadas como de costumbre. Hablábamos de nuestros padres, o por mejor decir, Clara, hablaba y yo la escuchaba. No se le había olvidado ni una sola de las circunstancias de la muerte de mi madre, ni de la despedida de su esposo: referíamelas entonces acaso por la millonésima vez, y, sin embargo, nuestras lágrimas corrían en abundancia. Clara, refiriendo una desgracia, hubiera hecho llorar a las piedras.

»En esta disposición, no sé cómo alcé la vista, y en la cumbre del monte que teníamos enfrente, que era justamente el que atraviesa la vereda por donde se entraba en nuestro valle, creí divisar cuatro o cinco hombres a caballo. Comuniqué mi observación a Clara, y esta confirmó mis sospechas.

»Desde que habíamos ido a la cabaña continuamente estábamos oyendo que era el único rincón de Portugal donde se podía vivir sin estar expuesto a las persecuciones del tirano.

»Sabíamos que nuestra tía no se había venido a vivir a él por no exponerse a que le confiscasen sus bienes, no atreviéndose a visitarnos sino muy de tarde en tarde, y con las mayores precauciones, para que no se descubriese nuestro retiro. Tampoco se nos había ocultado que nuestro capellán estaba allí para sustraerse a la proscripción que le amenazaba. En una palabra, estábamos convencidas de que el descubrimiento del valle en que vivíamos sería seguido, infaliblemente, de nuestra ruina.

»Con estos antecedentes es fácil de concebir cuál sería nuestro sobresalto viendo aquellos cinco hombres que descendiendo del monte se aproximaban a paso largo a nosotras.

»Yo me arrojé en los brazos de Clara; a quien estaba acostumbrada a mirar como mi natural protectora; y conocí que, aunque procuraba serenarme, no estaba tampoco muy tranquila.

»-¿Qué hacemos? -le dije.

»-Huyamos a la choza -me respondió-, tal vez no nos habrán visto.

»Tomamos inmediatamente este partido, y llegamos, casi sin aliento, a la pieza en que el capellán leyendo y Marta en sus labores, nos vieron entrar de aquella manera, con no poca sorpresa. Pero nosotras, sin darles lugar a que nos preguntasen cosa alguna, les referimos lo que habíamos visto.

»El capellán, creyendo ya verse en poder de los jenízaros de Felipe, y de allí sepultado en un calabozo de la inquisición, se quedó petrificado; y Marta no pensó más que en tratar de escondernos a mi hermana y a mí. Pareciome bien aquella resolución, pero no así a Clara. Ésta dijo, que si eran gentes enviadas por el rey las que venían, sin duda estarían bien informados de cuántos y quiénes fuesen los habitantes de la cabaña, y que ocultarse cualquiera de ellos sólo serviría para darles lugar a cometer mayores tropelías, sin fruto alguno para el escondido, a quien irremediablemente habían de encontrar por fin.

»Estaban Marta y el capellán combatiendo aquella opinión, cuando se vieron interrumpidos por dos o tres golpes dados con fuerza a la puerta que nosotras al entrar habíamos cerrado.

»Cuál sería nuestro temor, se deja comprender. Quedámonos por algún tiempo inmóviles como estatuas; llamaron segunda vez a la puerta, y fue preciso pensar en lo que se había de hacer.

»-Es necesario responder -dijo Clara.

»-¿Y quién se atreve? -replicó Marta-; yo no.

»-Ni yo -exclamó el capellán.

»-Pues yo iré -dije yo entonces.

»-Vamos las dos -añadió Clara; y así se hizo.

»Acercámonos, en efecto, a una ventana, desde la cual vimos que el que llamaba a la puerta era el mozo de confianza que mi tía solía enviarnos con las provisiones y otras cosas necesarias. Ambas hermanas nos echamos a reír del gran miedo que sin causa habíamos pasado, y abrimos al bueno de Santiago, que así se llamaba el mozo, quien nos manifestó que también se había sorprendido y asustado con nuestra tardanza en responderle.

»El capellán y Marta creo que mientras esto pasaba en la puerta estarían encomendándose a todos los santos del cielo, pues cuando entramos en su cuarto con Santiago los hallamos de rodillas, blancos como la pared, cruzadas las manos y clavados los ojos en el cielo. Costonos algún tanto convencerlos de que nada ocurría que pudiera justificar sus temores; pero, por fin, acabaron cediendo a la evidencia, y el buen eclesiástico preguntó a Santiago cuál era el objeto de su venida. Respondiole éste que lo vería por la carta de doña Francisca de Alba que puso en sus manos.

»Nunca he visto pasar a un hombre con tanta rapidez del exceso de la aflicción al colmo de la alegría, como pasó entonces el capellán con la lectura de aquella carta, que, contra su costumbre de hacerlo en voz alta; reservó entonces para sí.

»Brilló en su rostro un contento inexplicable; y como si le hubieran quitado por encanto veinte años de encima, se levantó de su asiento con indecible agilidad; y, frotándose las manos, dio dos o tres paseos por la sala antes de decirnos una palabra.

»Esperábamos las tres; con la ansiedad que tan natural es en nuestro sexo, la explicación de todo aquello; pero, por entonces, lo que supimos servía más para irritarla que para satisfacerla.

»-Hijas mías, los hombres que habéis visto a caballo no son lo que pensabais. Vienen aquí, pero como amigos. Bien me lo daba a mí el corazón: por eso no me he asustado tanto como vosotras.

»Esto nos dijo el capellán; Clara y yo, oyendo su intempestiva fanfarronada, nos miramos, faltando poco para que soltásemos la carcajada.

»-Son -continuó él, sin advertirlo- sujetas de distinción. Uno de ellos viene enfermo, y es menester disponerle una cama. Vamos, señora Marta, no perdáis el tiempo. Y vosotras, hijas mías, supongo que no tendréis inconveniente en ceder vuestro aposento para un desgraciado. ¿No es verdad?

-Y con mil amores -respondió Clara, cuyo tierno corazón compadecía ya al hombre de quien se la hablaba.

»Marta, mi hermana y yo volamos a nuestro cuarto. En un instante hicimos desaparecer nuestras costuras y bordados; dispusimos una cama que no le hubiera parecido mal a un príncipe, y salimos a anunciárselo al capellán. Supusimos, con razón; que habría salido al encuentro de nuestros huéspedes, pues a poco rato le vimos llegar acompañado de cinco hombres montados en muy buenos caballos. Traían todos unos antifaces negros, cosa que nos sorprendió, pues, viviendo en aquella soledad, ignorábamos que los caminantes, en verano, suelen usarlos para libertar el rostro del ardor del sol y de la incomodidad del polvo. Sus vestidos no eran ni tan buenos ni tan malos que llamasen la atención. Los sombreros, de ala ancha; pero lo que más atrajo las miradas de Clara y las mías fueron las cotas de malla que llevaban encima de unos coletos de gamuza. Tal vez ellas y las armas, tanto blancas como de fuego, de que iban provistos, me hubieran hecho tenerlos por ladrones a haberlos visto algunos años después. Entonces el vicio y el delito eran para mí palabras incomprensibles.

»Mientras mi hermana y yo observábamos todo esto, se habían apeado cuatro de los jinetes, y llegándose con muestras de respeto al quinto, que permanecía montado a caballo, recibieron sus armas, que él mismo fue dándoles. Luego que estuvo desembarazado trató de apearse; pero viendo los otros que no podía hacerlo, se encargaron de ello, haciéndolo con brevedad, pero con tanto cuidado, que nos persuadió de que aquel hombre era el enfermo. Ya en el suelo, fue menester que se agarrara de los brazos de dos, de sus acompañantes para entrar en la choza, y aun así andaba con suma dificultad.

»-Ese infeliz -me dijo Clara- parece que está muy malo.

»Marta y yo también pensábamos lo mismo; pero era tal nuestra curiosidad, que no nos daba lugar por entonces a compadecerlo.

»Sin detención ninguna, el capellán condujo a los desconocidos a la habitación preparada, y allí el enfermo se metió inmediatamente en la cama. Al cabo de una media hora salió nuestro preceptor; comunicó a Marta sus disposiciones para la cena, y la orden de arreglar lo mejor que pudiese, en la sala que nos servía de biblioteca y cuarto de estudio; tres camas para aquellos señores; pues uno de ellos había de velar continuamente a la cabecera del enfermo.

»Cuando estuvo dispuesto todo, avisamos; y se nos previno que Domingo llevase la ligera colación preparada para el doliente hasta la puerta de su habitación. Allí la tomó uno de los que le acompañaban, y después se presentaron los cuatro en el comedor para cenar con nosotros, ya sin antifaces, pero con las cotas de malla, espadas y dagas.

»Vimos entonces que de aquellos cuatro sujetos, uno era anciano, dos jóvenes, y el otro, niño, que no llegaría a diez y siete años. Estaban todos tan tostados, que más parecían mulatos que europeos; y mostraban en lo enjuto de los rostros, lacio de los cabellos y gravedad en el mirar, que la vida que llevaban no era ni cómoda, ni exenta de peligro.

»Saludáronnos cortésmente, excusándose de la molestia que nos causaban con la inevitable necesidad de hacerlo. A la mesa se condujeron con la más perfecta urbanidad, pero hablaron poco: no se nombraron jamás unos a otros, y aunque comieron con buen apetito, no mostraron en ello gran placer. Acabada la cena, que no fue larga, nos retiramos, ellos a descansar, y nosotros a hacer conjeturas sobre quiénes serían.

»A la mañana siguiente, después de habernos vestido para ello con algo más de cuidado que solíamos hacerlo diariamente, fuimos conducidas por nuestro preceptor al cuarto del enfermo, a quien hallamos en la cama sin antifaz ni otra cosa que impidiese verle el rostro.

»-Señor -le dijo el capellán-, aquí tenéis a las dos sobrinas de mi señora doña Francisca de Alba.

»-Bellas niñas -contestó con voz, aunque entonces débil; bastante sonora.

»-¿No me habéis dicho que eran hijas de Sebastián Contiño?

»-Y muy servidoras vuestras -respondí yo, que, como de menos edad, estaba también menos cortada que Clara-.

»-¡Pobre Contiño! -contestó el doliente, como si no me hubiera oído-, lo hizo bien, se portó como un valiente, y no fue solo. Pero todo fue inútil; Dios quiso castigar nuestra arrogancia. Que su voluntad sea hecha. Hijas mías, vuestro padre era un buen soldado, un completo caballero; espero que algún día recibiréis la recompensa de sus servicios en la tierra, porque él años ha que disfruta de ella en mejor vida.

»Estas palabras arrancaron nuestras lágrimas. El enfermo, sintiendo al parecer habernos afligido; varió de conversación, y empezó a hacernos a ambas, aunque con más frecuencia a Clara, diversas preguntas, a las cuales tuvimos la dicha de responder acertadamente. Aquella conversación duró una hora. Yo salí ya un poco cansada; pero como Clara parecía muy satisfecha, no quise decirle una palabra.

»Todo aquel día no cesó mi hermana de hablarme del enfermo. Ponderaba su figura, que a mí, a la verdad no me parecía gran cosa; la sonoridad de su voz, que a mí me amedrentaba; y sobre todo, aquel tono grave y majestuoso, que le hacía suponer, y en esto íbamos conformes, que aquel hombre debía de ser un gran personaje.

»La enfermedad, que el tal padecía era una herida en una pierna, que por falta de cuidado estaba en muy mal estado. Agravose considerablemente, le entró calentura; y sus cuatro compañeros y el capellán decidieron unánimemente que era indispensable ya la asistencia de un facultativo. Con este objeto escribieron a mi tía, y el fiel Santiago fue; como siempre, el portador del mensaje.

»Según después he sabido, la elección de doña Francisca de Alba recayó en el licenciado Juan Méndez Pacheco, médico de una aldea vecina a Lisboa; que tenía fama de hábil y de poco afecto a los españoles.

»Avisole que fuera a Gumaraes a ver un enfermo en quien se interesaba. Hízolo así Pacheco, y cuando ya iba a entrar en el lugar, Santiago, sacándolo del camino, lo condujo a lo más áspero del monte; en donde le aguardaban ocultos dos de los incógnitos de nuestra choza. Después de asegurarle que nada tenía que temer, le taparon el rostro para que no viese el camino por donde iba, y lo trajeron así hasta el cuarto mismo del paciente.

»Reconoció Pacheco la llaga, que dijo haber sido hecha por una bala que pasó de soslayo; la curó, y en quince días que permaneció allí sacó al enfermo de peligro y lo puso en disposición de poderse levantar, declarando que ya no creía necesaria su asistencia. Con esto, y con sustituir al ungüento que en una caja de plata llevaban los incógnitos para curar la herida; otro más eficaz se le despachó del mismo modo que vino, con una carta para mi tía; quien no sólo le recompensó liberalmente, sino que tuvo la debilidad de confiarle tal vez cosas que no debiera. Debo advertir que Pacheco no vio jamás el rostro del enfermo, quien siempre que el médico iba a entrar en su cuarto se ponía unos grandes anteojos pardos que le desfiguraban enteramente. A los demás los vio, pero a ninguno pareció conocer, ni ellas a él.

»Durante la estancia del médico en la choza; nuestras relaciones con el enfermo se hicieron más íntimas. Gustaba de nuestra compañía, y el capellán encantado de ello; lejos de poner obstáculo alguno; apenas nos dejaba salir un instante de su estancia. Marta, que no había recibido una educación descuidada, sabía tocar el arpa medianamente, y nos había dado lecciones a Clara y a mí: en breve supe yo tanto como mi maestra, y mi hermana mucho más. Pulsada el arpa por sus ruanos, producía sones que arrebataban; parecía que las cuerdas, animándose, adquirían la sensibilidad de aquella angelical criatura; y nada distraía tanto al enfermo como que Clara tocase algunas de sus composiciones favoritas en aquel instrumento:

»Yo no me apartaba de mi hermana es decir, que no salía del cuarto en que ella estaba; pero como mi edad ni mi carácter permitían que me estuviese mucho tiempo quieta, no cesaba de juguetear, ya en una parte, ya en otra; Clara, por el contrario; siempre sentada a la cabecera del enfermo, ora leía, ora tocaba el arpa, o bien conversaba con él; y si era grande el placer de este en tenerla a su lado, no era menor el de ella en acompañarle.

»Podría tener aquel hombre entonces de treinta y cuatro a treinta y cinco años de edad, y aunque llevaba en el rostro visibles señales de grandes trabajos, lejos de ofrecer nada de repugnante, no dejaba de tener bastante gracia. Su conversación era bastante amena. Había corrido, al parecer, gran parte de la Europa y observado detenidamente sus costumbres; pues describiéndolas con viveza y maestría; nos tenía escuchándole horas enteras. No había en Portugal familia ilustre cuya historia no conociese perfectamente; y según hablaba, no sólo parecía que había estado en relaciones con ellas, sino con cuantos personajes había en dicho reino. De todo hablaba con calma, y acaso con indiferencia; pero si la casualidad hacía que se mencionase al rey de España, se hubiera dicho que una chispa eléctrica le inflamaba. Sus ojos brotaban llamas al solo nombre de Felipe; murmuraba entre dientes algunas mi precauciones y variaba al instante de conversación.

»Siempre que esto ocurría, mi miedo era inexplicable; y daba señales tan claras de tenerlo, que algunas veces, conociéndolo el enfermo, me llamaba para hacerme caricias y desimpresionarme. Sin embargo, siempre miré a aquel hombre con cierta especie de temor que jamás he podido desterrar.

»Clara también se afligía en tales casos, mas no se asustaba; si existe, en efecto, la simpatía entre los humanos, en nadie, se ha explicado con más prontitud ni fuerza que en mi hermana y el enfermo. Yo entonces veía sin comprender; pero reflexionando después muchas veces sobre aquellos sucesos, me he convencido de que muy desde el principio se enamoró Clara del incógnito y éste de ella.

»Una sola circunstancia, que por cierto me afligió bastante, hubiera sobrado hoy para revelarme aquel amor naciente.

»En nuestros paseos, Clara no hablaba una palabra y apenas respondía a mis continuas preguntas. Siempre distraída, no cesaba de suspirar, y hubo días en que, aprovechándose de la primera ocasión favorable, se salía fuera de la choza.

»Ya he dicho de mi cariño a ella que era una verdadera idolatría. Sentime de su proceder, y se lo dije con lágrimas en los ojos; Clara me estrechó tiernamente entre sus brazos, me acarició y se disculpó. Yo la creí, y dos días después volvió a suceder lo mismo que antes.

»Mes y medio pasaron los incógnitos en la choza. De los cuatro que acompañaban al enfermo, los tres de más edad casi siempre estaban conferenciando en secreto con el capellán; el otro gustaba más de acompañarnos a paseo a mi hermana y a mí; para su edad era demasiado formal, y yo le hacía por ello muchísima burla: él lo sufría pacientemente, pero no variaba de conducta. Muchas veces me dijo que era muy hermosa, yo me reía. Parece que ya en aquel tiempo se enamoró de mí; por mi parte, entonces no sabía ni podía saber qué cosa era el amor; y cuando en lo sucesivo me hallé en edad de amar, jamás sentí por aquel joven la menor inclinación.»

Respiró don Juan leyendo esta declaración, pues hubo un momento en que tembló por no ser el primero que hubiera sabido conmover el corazón de Inés.

«Anunciáronnos, al cabo de este tiempo, que trataban de irse. Yo recibí esta noticia con indiferencia; no así Clara, que sintió despedazarse su corazón. Al montar a caballo el incógnito, sacándose de un dedo un precioso anillo, se lo puso a mi hermana diciéndola: "Tomad, hija mía, esta memoria de un hombre cuyos dones fueron en otro tiempo, muy estimados y hoy solo cuenta con algunos corazones fieles; séalo el vuestro también, que del mío jamás se borrarán esas facciones, ni el agradecimiento por vuestros cuidados".

»Los sollozos de Clara respondieron por ella. No perdió de vista a los caminantes hasta que la distancia y la espesura del monte se los ocultaron; suspiró entonces, y puedo asegurar que en muchos días ni aun sonreírse la vi.

»No prolongaré más esta relación con minuciosos pormenores. Baste decir que, desde la marcha de los desconocidos, pasamos un tristísimo año hasta su vuelta, que se verificó inesperadamente.

»El herido venía ya enteramente bueno de salud, pero más caído de espíritu. La vista de Clara le animó algún tanto, y mi hermana no pudo disimular el gozo que en verle sentía. Ella misma me ha confesado después todo lo que voy a referir.

»A pocos días del regreso de aquellos hombres, saliendo Clara a paseo una tarde sin mí, que, no sé cómo, me quedé en la choza, y estando sentada a la orilla del lago, el incógnito se ofreció a sus ojos, cuando menos lo esperaba. Saludola, sentose a su lado y estuvo algún tiempo pensativo, hasta que por fin dijo:

-Mi edad y mis trabajos, hermosa Clara, parece que debían haberme puesto a cubierto de las pasiones; pero vuestros ojos han sido más poderosos que los años y la experiencia. Yo os amo con delirio, y ni la reflexión ni más de un año de ausencia han podido borrar de mi memoria vuestra imagen seductora, y el amor me ha vuelto a traer a este valle, sólo para ofreceros mi corazón y oír de vuestra boca si mi suerte ha de ser en todo adversa o me reserva el cielo aún alguna felicidad.

»Clara decía que esta declaración, aunque hecha en tono apasionado, también lo fue con entereza y dignidad. No me ha dicho lo que respondió; pero es de inferir que el incógnito no quedaría muy descontento de su respuesta, cuando los paseos solitarios se repitieron tantas veces cuantas lo permitió la impertinentilla hermana Inés.

»A poco los incógnitos volvieron a marchar; pero su regreso fue también en breve, y en todo el año siguiente repitieron sus visitas con frecuencia.

»En este intermedio la melancolía y distracción de Clara iban en aumento. El incógnito y ella tenían frecuentes conferencias secretas; pero ni debían de versar sobre materias alegres, ni salir ambos muy satisfechos, pues los ojos de mi hermana estaban inflamados de llorar, y el entrecejo de su amante hacía temblar.

»Un día los dos se presentaron a la mesa, si no alegres, por lo menos no tristes. Después de comer, el desconocido se encerró con el capellán, y estuvieron hablando como dos horas; salió el buen eclesiástico de la tal conversación como loco de contento. Santiago fue despachado en toda diligencia con una carta para mi tía. Dos días después volvió a venir acompañando a la misma doña Francisca de Alba. Ésta, así que vio al incógnito, se echó a llorar, y quiso arrodillarse; mas él, recibiéndola en sus brazos, lo impidió.

»Clara, al parecer, comprendía todo aquello; yo estaba como quien ve visiones, y no poco resentida de la reserva de mi hermana. La noche misma de la llegada de mi tía, así que estuvimos solas, Clara, abrazándome tiernamente, me dijo que se casaba con el incógnito. Jamás ha habido sorpresa igual a la mía ni mayor aflicción, pues creía que casarse Clara y separarme de ella sería todo uno.

»No le costó trabajo consolarme, convenciéndome de que jamás se apartaría de mí; y yo, que sólo a aquello atendía, ni me acordé de preguntarle el nombre de su esposo.

»Veinticuatro horas después, como a las once de la noche, vestidas mi tía; Clara, Marta y yo de toda gala, y escoltadas por el incógnito, sus cuatro acompañantes, el capellán, Santiago y Domingo; montamos a caballo; y habiendo andado dos o tres horas por veredas ocultas; y muchas veces por lo más enmarañado del monte, llegamos, acabada de sonar la una de la madrugada, a corta distancia de una ermita dependiente de cierto monasterio de San Agustín. En sus inmediaciones encontramos a otras cuatro personas embozadas en grandes capas, quienes sin duda nos esperaban, pues así que echamos pie a tierra, y uno de los nuestros habló con ellos algunas palabras, se dirigieron con nosotros a la ermita.

»Santiago se adelantó sólo a llamar a la puerta de ésta, y el religioso que la habitaba no dejó de tardar bastante en responder. Hízolo por fin, preguntando con harto desabrimiento quién era el que llamaba tan a deshora. Respondió Santiago, que un labrador que vivía en una cabaña no distante de allí, en paraje que nombró y ahora no recuerdo, se había puesto repentinamente enfermo de tanto peligro, que se temía expirarse de un instante a otro, por lo cual le suplicaba fuese sin tardanza a administrarle los últimos auxilios espirituales.

»Preguntó el fraile que cómo se llamaba el enfermo, y nuestro mozo, que llevaba bien estudiada la lección, respondió que era un tal Pedro Trebiños labrador muy conocido del religioso, y que, en efecto, habitaba el paraje que Santiago había dicho. Con tales señas no le quedó duda al ermitaño; y diciendo que iba a abrir la puerta de la ermita, se retiró de la ventana a que primero se había asomado. Inmediatamente que lo hizo, y a una seña de Santiago, se aproximaron dos de los incógnitos, y con las dagas desnudas se arrojaron sobre el pobre fraile cuando abrió la puerta, e imponiéndole silencio bajo pena de la vida, entraron con él en el vestíbulo de la ermita. Así que Santiago nos avisó; fuimos también a ella nosotras, los que nos acompañaban y los que habíamos encontrado esperándonos; todos, en fin, a excepción del mismo Santiago y el mulato, que se quedaron en guarda de los caballos.

»Yo no sé quiénes pensaría el fraile que éramos; pero lo cierto es que, aunque no hablaba palabra, se le conocía que estaba muriéndose de miedo. Dijéronle que nos condujese a la sacristía y ya en ella, que nos franquease los mejores ornamentos que para decir misa tuviese. Hízolo todo apresurado y temeroso, así como a ir a encender todas la velas del altar mayor, y enseguida encerráronle en su propia celda, dejando en su guarda a uno de la comitiva.

»Así que el fraile se retiró, arrojó su capa una de las personas que se no habían reunido a las inmediaciones de la ermita, y vi con la mayor admiración que era un venerable anciano, un obispo con todas sus vestiduras. Nuestro capellán y otros que le acompañaban le ayudaron a revestirse, y ellos mismo lo hicieron también.

»Mandáronnos retirar a todos de la sacristía, para que el obispo confesase al incógnito: Clara se confesó enseguida también con él, y luego el prelado nos dijo una misa, asistido por los dos capellanes.

»Concluido aquel sacrificio, Clara, apoyada en mí, pues tal era su turbación que apenas podía andar, se encaminó al altar, como asimismo el incógnito. Todos los asistentes se aproximaron también, y el obispo principió la lectura del rito matrimonial. Concluida la lectura, y al hacer las preguntas de costumbre a los desposados, y oyendo que al incógnito le decía: "Vos, varón, queréis por esposa a la señora doña Clara Contiño Sotomayor Álvarez de Castro", esperé que al hacerle a mi hermana igual interpelación sabría el nombre de su esposo. Engañeme empero. El obispo empezó, en efecto, a decir si quería por esposo al señor don... Pero el incógnito lo interrumpió: "Es inútil que me nombréis. Ella sabe quién soy y vos también: esto basta; las paredes oyen". No replicó el obispo, y la ceremonia se concluyó, con harta mortificación mía, sin que yo tuviese el gusto de saber quién era ni cómo se llamaba mi singular cuñado.

»Antes de retirarnos; firmamos todos un papel, que se nos dijo ser el que en cualquier tiempo haría constar la legitimidad de aquel matrimonio. Besamos enseguida el anillo del obispo, y recibiendo su bendición salimos de la ermita. Poco antes de amanecer estábamos en nuestro valle. Mi hermana se retiró a la estancia de su marido; y yo, que jamás había dormido sino en su compañía, me fui sola y despechada a mi lecho, maldiciendo de todo corazón al que me había robado el cariño y la sociedad de Clara.

»Poco disfrutó ésta por entonces de la compañía de su esposo: a los quince días de casado se separó de ella. Volvió a poco tiempo, y permaneció en el valle algunas semanas. Para abreviar, diré que en el primer año de su casamiento mi pobre Clara no vería a su marido más de cuatro meses.

»Es natural figurarse que yo no dejaría de preguntar cuál era el nombre de mi cuñado pero Clara me contestó que no podía decírmelo, pues había prometido callarlo, bajo juramento; que lo que a mí me bastaba saber, y ella podría revelarme, era que su marido pertenecía a una casa mucho más ilustre que la nuestra, y que él mismo era persona de grande importancia, pero que habiéndole ocurrido grandes desgracias, y sufriendo a consecuencia de ellas una persecución del gobierno, que ponía su vida en peligro, se veía en la precisión de vivir oculto, errante, y en continuo sobresalto.

»No tuve dificultad ninguna en creer cuanto mi hermana me dijo, pues todo iba muy conforme con las apariencias.

»La pobre Clara, durante las continuadas ausencias de su marido, no sosegaba un instante. Llorar, rezar, observar el camino del monte, eran sus ocupaciones. Si algún consuelo encontraba en mi compañía, era bien escaso.

»-¡Qué feliz eres -me decía muchas veces- en conservar tu independencia! ¡Qué dichosa en conservarte hoy como cuando vinimos a esta choza!

»Pasaré por alto nuestras conversaciones. Interesantísimas para nosotras, serían impertinentes para los demás.

»Dieciocho meses hacía que Clara se había casado, cuando una noche, siendo más de las doce de ella, se presentó su marido en el valle. Encerrose con ella como cosa de media hora, y al cabo de ella salió con muestras de grande agitación. Abrazome tiernamente (y ésta era la primera vez que lo hizo), y montó a caballo, encargándome mucho que cuidase de la salud de mi hermana y la consolara en su ausencia, que entonces sería más larga que las pasadas.

»Inútil encargo para quien en nada pensaba más que en la dicha de Clara. Entré en su cuarto y la hallé anegada en lágrimas y postrada de rodillas ante un crucifijo, orando fervorosamente: "Liberadle, Señor -decía- de las manos de sus enemigos. Bastante ha purgado sus delitos. Misericordia, Señor, de él y de mí".

»Caí yo también a su lado, también lloré; y también dirigí mis plegarias al Redentor. Sólo aquello podía consolar a Clara entonces. La mirada que me dirigió, viéndome unir mis oraciones a las suyas, pintaba un agradecimiento, una satisfacción que no hay pluma capaz de describir.

»Después de algún rato me dijo:

»-Soy muy desdichada, Inés mía. A pesar de las preocupaciones con que mi marido vive, los verdugos españoles han llegado a sospechar su existencia en Portugal, y se cree que esto se debe a alguna indiscreción del licenciado Juan Méndez Pacheco, a quien nuestra tía, Dios se lo perdone, dijo más de lo necesario. Tiene, pues, el desdichado que huir, si puede, del suelo de su patria, y no quiere llevarme consigo, por no exponerme a mil peligros. ¿Y cuándo, Inés, cuándo tiene que abandonarme? Cuando antes de muchos meses seré madre tal vez.

»Al acabar, ocultó su rostro en mi seno; corrieron en abundancia las lágrimas de ambas; y de allí en adelante pocos días se pasaron sin repetirse la misma escena. Una semana después de la noche de que acabo de hablar recibimos a Santiago con un billete de mi tía, cuyo contenido era el siguiente: "Señora y amada sobrina; vuestro esposo y mi señor se ha embarcado, con el favor de Dios, el jueves último, dirigiéndose al puerto de N. para de allí ir a Roma. Conformaos con la voluntad de Dios y confiad en su justicia y misericordia, en tanto que yo quedo rogándole con todo el fervor de mi corazón tenga en su santa guardia, a vuestro esposo y a vos. Vuestra servidora y tía.- Doña Francisca de Alba".

»Tranquilizose Clara algún tanto con esta noticia, y su vida se hizo más serena, aunque sumamente melancólica. Penas tan graves en una persona joven; en extremo sensible y de constitución delicada, no podían menos de hacer grande impresión; y, en efecto, la hicieron. Unida ésta a su embarazo, destruyó para siempre la salud de mi desdichada hermana.

»Después de seis meses de haberse ausentado mi cuñado, nació su hija Clara, tan parecida a su madre, y a mí en particular; que cuantos la han visto después la han tenido por hija mía. Nuestro padre capellán la bautizó, yo fui su madrina; su madre, a pesar de hallarse muy delicada, no quiso consentir en que nadie diera el pecho a la niña más que ella misma.

»Pasamos un año después de esto sin tener noticia alguna de mi cuñado. Clara no le había olvidado, pero la hija la servía de gran consuelo. El excelente carácter, las gracias inocentes y las caricias infantiles de la niña, la hacían sonreír a veces. Jamás la oí formar para su hija proyectos ambiciosos; antes por el contrario, aseguraba que si en su mano estuviera, no saldría nunca Clarita de aquel mismo valle en que ella y yo habíamos pasado momentos tan apacibles.

»Un día, de que no renuevo nunca la memoria sin amargo dolor, aquel joven que acompañaba al incógnito la primera vez, y que según he dicho, parecía enamorado de mí, se presentó en la choza con aire tan abatido y melancólico, que bastaba verlo para presagiar que era portador de alguna funesta nueva.

»-¿Y mi esposo? -preguntó Clara, llena de temor-, ¿vive?

»-Vive, señora -contestó gravemente el mancebo.

»-Dios sea alabado -replicó mi hermana con un profundo suspiro-; ¿y por qué no viene con vos?

»A esto respondió el mensajero, refiriéndonos con brevedad su marcha del valle, y se reducía a haberse embarcado en Portugal mudando de hábito y nombres; llegando con felicidad a N, pasando de allí a Roma, y al cabo de pocos meses a Nápoles; por consejo de algunos amigos. Parece que en esta última ciudad hombres demasiado confiados dejaron entrever el secreto de mi cuñado a otros, que intimidados por el poder o seducidos por el oro de los españoles, lo pusieron en conocimiento del virrey, quien procedió sin tardanza a la prisión del desventurado, que entonces quedaba en el Castell-del-Ovo. Milagrosamente, sus inseparables compañeros pudieron sustraerse a favor de varios disfraces, a la persecución de los satélites del virrey, y el que entonces nos hablaba se encargó de venir a poner en nuestro conocimiento tan triste suceso, exponiéndose, como es de suponer, a peligros inmensos.

»Una revolución completa se obró entonces en Clara: aquella mujer, tímida como la paloma, dulce como el corderillo, se convirtió de repente en un ser animado del mayor entusiasmo.

»-Corramos -exclamó- a Nápoles. No en balde me ha dado el título de esposa suya; si la fortuna hubiera coronado sus esfuerzos, él repartiera conmigo su gloria y su esplendor: hoy que le es contraria, mi deber es participar de sus penas, morir con él, si necesario fuese. Ahora mismo, me pondré en camino.

»-Y yo contigo, Clara mía; nuestra suerte será la misma -dije yo.

»Clara me dio un estrecho abrazo. El capellán, que estaba presente, se opuso a este proyecto en vista de las dificultades y peligros que ofrecía; Marta le apoyó, y el mensajero mismo de mi cuñado se puso de su parte.

»Clara entonces, revistiéndose de una dignidad nueva en ella, dijo en tono solemne:

»-He dicho mi voluntad, y no la revocaré en esta materia. No se hable más de ello.

»Quedámonos todos mudos, y sólo se pensó en hacer los preparativos para el viaje. En dos días todo estuvo pronto; al tercero salíamos del valle; y el quinto, Clara, su hija, el capellán, el desconocido, el mulato y yo, nos embarcamos en Lisboa para Italia.»

A este punto del manuscrito de Inés llegaba don Juan, cuando un criado vino a avisarle que un señor magistrado le buscaba. Suspendió, pues, la lectura, aunque de mala gana, y encerrando los papeles en la cajita, bajó a la sala de estrado.




Ni rey ni Roque de Patricio de la Escosura

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